sábado, 27 de diciembre de 2008

Más vale tarde que nunca. Supongo


Súper polémica a la vista. Al menos eso clamaban los medios especializados ante el desembarco de esas nuevas creaciones de les enfants terribles del splatter francés. Hasta el Festival de Sitges llegaron los ecos de la porfía. ¿Es necesaria tanta violencia en pantalla? ¿Está justificada por la trama? ¿Es sólo otra estrategia de marketing? El caso es que allí se programaron las pelis de las que tanto se está hablado por sus escenas de violencia explícita y brutalismo malrollero: “Mártires” (2008) de Pascal Laugier, “Frontera(s)”(2007) de Xavier Gens y “Reflejos” (2008) de Alexandre Aja. Después de verlas, me decanto por lo opción de la estrategia promocional. Por enésima vez hemos caído en el juego de las productoras, que nos han vendido como rompedor algo que no lo es tanto. Aquello que pretendía ser la polla en vinagre, al final es más de lo mismo pero con ración extra de salsa de tomate. Con todo, tengo una opinión dispar respecto a las tres cintas así que, para ser justos, vayamos una por una.

La peor con diferencia es “Frontière(s)”, dirigida por el casi debutante Xavier Gens. Y se nota. La historia está enmarcada en las futuras elecciones francesas. Concretamente en una segunda vuelta en la que se está dirimiendo que el representante del partido conservador o el de extrema derecha lleguen al Elíseo. Esto lo sé porque viene en la ficha de la película, no porque se desprenda de lo que se muestra en pantalla. Ahí tan solo vemos como los antidisturbios dan palos a diestro y siniestro, frente a unos niñatos que lanzan cócteles molotov sin ton ni son. Los barrios bajos han estallado en protestas y un grupo de jóvenes, aprovechando el tumulto, deciden perpetrar el robo que les habrá de solucionar la vida. Lo consiguen, pero la cosa se complica cuando uno de ellos muere en el intento. Con todo, logran salir de París con el botín y marchan camino a Holanda, como los Reyes Magos del famoso villancico. Pero se les hace de noche y se ven obligados a parar en alguna parte. El problema es que eligen un apartado hostal regentado por un grupo de neonazis caníbales. Así como lo oís…  A partir de aquí comienza el festivalito de sangre y vísceras. Sesión non-stop de torturas y guarreridas variadas no aptas para todos los estómagos. Absolutamente innecesarias como la propia película, que es mala de morirse de principio a fin.

Luego está “Reflejos” que también es pobre, pero no tanto como la anterior. El problema fundamental aquí es la expectativa. Y es que su director es el puto Alexandre Aja y de alguien con su currículum se espera algo mejor. Pero vaya, que la cosa venía lastrada desde el comienzo, cuando aceptó el encargo de filmar un remake de una cinta surcoreana que no vale un peo. Concretamente de “El otro lado del espejo”, dirigida por Kim Seong-ho en el año 2003. Con una idea de partida que podría resultar interesante pero que después, como queda demostrado, no da más de sí. Un guardia de seguridad con una vida de mierda, se ve abocado a trabajar de vigilante en un centro comercial devastado por las llamas. En el incidente, para sorpresa de propios y extraños, los cristales del edificio se mantuvieron intactos. Luego sabremos el porqué: ofrecer a quien los mira un reflejo de su lado oscuro. Eso les hace comportarse en base a pulsiones autodestructivas. Y hasta aquí llegó el agua. El resto es broza. Cierto que hay que reconocerle a Aja el saber hacer en varias de las escenas más potentes del film. Pero vaya, que la trama no va a ningún lado y eso lo lastra todo desde mitad de película, más o menos. Sino antes, con la aparición de esa celebrity asiática con el pelo en la cara y los ojos inyectados en sangre a la que tanto le gusta reptar por las paredes... La que aparecería por primera vez en la versión japonesa de “El Círculo”, de Hideo Nakata, y desde entonces no ha dejado de protagonizar cameos en un sinfín de producciones asiáticas de género. Respecto a la polémica, aquí se originó por unas escenas bastante salvajes que, desde mi punto de vista, sí estarían justificadas. El problema de está peli no son esas escenas. Ojalá.

Ya por último “Mártires”, el segundo trabajo en la corta trayectoria de Pascal Laugier. Que es la mejor de las tres sin ningún género de dudas. Aun así dista mucho de ser una cinta redonda. Mucho menos esa obra maestra que algún crítico desubicado ha querido colocarnos. Pero vaya, que se aproxima más a esa figura geométrica delimitada por una circunferencia, que cualquiera de las otras dos. Y da bastante más miedito, lo cual se agradece, que estamos hablando de cine de terror, ¡leñe! En el trasfondo aparece una suerte de sociedad secreta que se dedica a torturar a niñitas. Una de las crías logra escapar y unos años después decide consumar su venganza. Se trata de una experiencia infernal que el director francés nos muestra sin reparos. Con un montaje muy elegante y una estética visual que recuerda mucho al terror setentero. La primera parte resulta magnífica, pero luego y merced a los excesos, todo se va a la mierda. Y aquello que podría haber sido una obra maestra acaba transformándose en una peliculilla del montón. Una de tantas que sin estar mal del todo, no dejan demasiado poso. Y es una pena, la verdad.

Y eso es todo lo que tenía que decir sobre este nuevo intento de renovar el género. Próximamente más rajadas sobre “obras maestras” del terror contemporáneo. Jaaa me maten!!!

viernes, 26 de diciembre de 2008

Jou Jou Jou


Días de jolgorio, días de júbilo, días de regalos… A ello contribuye la ilusión que genera la oronda figura de Papá Noel. El personaje encargado de traernos aquello que le hemos pedido durante la madrugada del día 25. Eso sí hemos hecho los méritos suficientes durante el año. En caso contrario, la tradición dicta que bajará por la chimenea y nos dejará una bonita rusca de carbón. Estoy convencido de que no es vuestro caso y habréis recibido cientos de regalos. Más de lo que habéis pedido, por supuesto. Pero no a todo el mundo le fue tan bien. Y no hablo sólo por este menda. Me estoy refiriendo a, por ejemplo, esas nueve personas que fueron tiroteadas durante la pasada Nochebuena en una localidad de California. Parece ser que la muerte les sobrevino cuando Santa Claus irrumpió en plena celebración abriendo fuego. Luego incendiaría la vivienda lanzando varios cócteles Molotov. No contento, ese Papá Noel hijoputa y decadente decidió suicidarse, con lo que muchos niños californianos se quedaron sin su regalo pese al buen comportamiento durante el año. Otra cuestión sería conocer qué carajo habían hecho los asistentes a la fiesta para merecer tan terrible regalo.

Se intuía que un acontecimiento de tal magnitud podía sobrevenir en cualquier momento. Que alguna vez tenía que pasar, vaya. En este sentido, alucino con la labor de una ETT madrileña que gestiona ofertas de empleo para actores que quieran encarnar a un Papa Noel del palo. En la última convocatoria ofertaban dos plazas y citó a los candidatos a una prueba de dinámicas de grupo. Tras una serie de preguntas, se les planteó que planificaran una acción militar. En concreto la voladura de un puente, actuando como si todos formasen parte de un comando militar. Y vaya, que después nos extrañan noticias como la del Papá Noel pistolero. Que un gordo cabrón agarre una recortada y se ventile a todo bicho viviente, en un domicilio, en un estadio deportivo o un centro comercial, es casi lo menor que nos podría pasar. Y es que como dicta el refrán, “de aquellos lodos…”

Todo está viciado desde hace mucho. Casi desde el comienzo, cuando se perdieron los rasgos definitorios de una tradición asentada sobre la existencia real del tal San Nicolás -de Bari, para nosotros, de Mira, para los ortodoxos-  Obispo del siglo IV en el que, supuestamente, se inspira nuestro Papá Noel panzón, barbudo y rojiblanco -no por ello seguidor del Atleti-. Todas aquellas tradiciones paganas debidamente cristianizadas que confluyeron en el mito original -desde la Saturnalia romana, el Sinterklaas holandés, el hada Befana italiana o incluso el Olentzero euskaldún- y el tuneado al que le sometió Thomas Nast y la Coca Cola desde 1931, dieron como fruto este Santa Claus/Papá Noel supuestamente más humano y por lo tanto más patético. Algo que, a todas luces, no podía acabar bien. Y es que hacerlo más humano equivale a hacerlo más vulnerable y preso de sus bajas pasiones. Encima condenándolo a morar en los inhóspitos parajes de Laponia, con la única compañía de una camada de duendecillos asexuados y cuatro gigantescos renos. De ahí la transformación de un personaje que nació ridículo y sobrevino en sociópata. Un monstruo en potencia con forma humana que, como en el caso del Golem, acaba sublevándose contra sus creadores.

Por si la cosa no estaba lo suficientemente jodida, este año nos ha dado por decorar los balcones con papanoeles colgantes recubiertos de lucecillas. Indicadores de aquellos lugares en donde se espera al auténtico. Eso y las ETT formando comandos de Papanoeles con tácticas de marine… ¿Qué podría salir mal?

jueves, 25 de diciembre de 2008

Otro que se nos ha ido: Harold Pinter


Discurso de agradecimiento al Premio Nobel de Literatura 2005.

En 1958, escribí lo siguiente:
'No hay grandes diferencias entre realidad y ficción, ni entre lo verdadero y lo falso. Una cosa no es necesariamente verdadera o falsa; puede ser al mismo tiempo verdadera y falsa.'
Creo que estas afirmaciones aún tienen sentido, y aún se aplican a la exploración de la realidad a través del arte. Así que, como escritor, las mantengo, pero como ciudadano no puedo; como ciudadano he de preguntar: ¿Qué es verdad? ¿Qué es mentira?
La verdad en el arte dramático es siempre esquiva. Uno nunca la encuentra del todo, pero su búsqueda llega a ser compulsiva. Claramente, es la búsqueda lo que motiva el empeño. Tu tarea es la búsqueda. De vez en cuando, te tropiezas con la verdad en la oscuridad, chocando con ella o capturando una imagen fugaz o una forma que parece tener relación con la verdad, muy frecuentemente sin que te hayas dado cuenta de ello. Pero la auténtica verdad es que en el arte dramático no hay tal cosa como una verdad única. Hay muchas. Y cada una de ellas se enfrenta a la otra, se alejan, se reflejan entre sí, se ignoran, se burlan la una de la otra, son ciegas a su mera existencia. A veces, sientes que tienes durante un instante la verdad en la mano para que, a continuación, se te escabulla entre los dedos y se pierda.
Me han preguntado con frecuencia cómo nacen mis obras teatrales. No sé cómo explicarlo. Como tampoco puedo resumir mis obras, a menos que explique qué ocurre en ellas. Esto es lo que dicen. Esto es lo que hacen.
Casi todas las obras nacen de una frase, una palabra o una imagen. A la palabra le sigue rápidamente una imagen. Os daré dos ejemplos de dos frases que aparecieron en mi cabeza de la nada, seguidas por una imagen, seguidas por mí.
Las obras son 'The Homecoming' (La vuelta a casa) y 'Old times' (Viejos tiempos). La primera frase de 'The Homecoming' es “¿Qué has hecho con las tijeras?" La primera frase de 'Old times' es “Oscuro”.
En ninguno de los casos disponía de más información.
En el primer caso alguien estaba, obviamente, buscando unas tijeras, y preguntaba por su paradero a otro de quien sospechaba que probablemente las había robado. Pero, de alguna manera, yo sabía que a la persona interrogada le importaban un bledo tanto las tijeras como el interrogador.
En 'Oscuro', tomé la descripción del pelo de alguien, el pelo de una mujer, y era la respuesta a una pregunta. En ambos casos me encontré obligado a continuar. Ocurrió visualmente, en una muy lenta graduación, de la sombra hacia la luz.
Siempre comienzo una obra llamando a los personajes A, B y C.
En la obra que acabaría convirtiéndose en 'The Homecoming', ví a un hombre entrar en una habitación austera y hacerle la pregunta a un hombre más joven sentado en un feo sofá con un periódico de carreras de caballos. De alguna forma sospechaba que A era un padre y que B era su hijo, pero no tenía la certeza. Esta posibilidad se confirmaría sin embargo poco después cuando B (que más adelante se convertiría en Lenny) le dice a A (más adelante convertido en Max), “Papá, ¿te importa si cambiamos de tema de conversación? Te quiero preguntar algo. Lo que cenamos antes, ¿cómo se llama? ¿Cómo lo llamas tú? ¿Por qué no te compras un perro? Eres un chef de perros. De verdad. Crees que estas cocinando para perros.” De manera que como B le llama a A “Papá” me pareció razonable asumir que eran padre e hijo. A era claramente el cocinero y su comida no parecía ser muy valorada. ¿Significaba esto que no había una madre? Eso aún no lo sabía. Pero, como me dije a mí mismo entonces, nuestros principios nunca saben de nuestros finales.
'Oscuro'. Una gran ventana. Un cielo al atardecer. Un hombre, A (que se convertiría en Deeley) y una mujer, B (que luego sería Kate) sentados con unas bebidas. ¿Gorda o flaca?, pregunta el hombre. ¿De quién hablan? Pero entonces veo, de pie junto a la ventana, a una mujer, C (que sería Anna), iluminada por una luz diferente, de espaldas a ellos, con el pelo oscuro.
Es un momento extraño, el momento de crear unos personajes que hasta el momento no han existido. Todo lo que sigue es irregular, vacilante, incluso alucinatorio, aunque a veces puede ser una avalancha imparable. La posición del autor es rara. De alguna manera no es bienvenido por los personajes. Los personajes se le resisten, no es fácil convivir con ellos, son imposibles de definir. Desde luego no puedes mandarles. Hasta un cierto punto, puedes jugar una partida interminable con ellos al gato y al ratón, a la gallina ciega, al escondite. Pero finalmente encuentras que tienes a personas de carne y hueso en tus manos, personas con voluntad y con sensibilidades propias, hechas de partes que eres incapaz de cambiar, manipular o distorsionar.
Así que el lenguaje en el arte es una ambiciosa transacción, unas arenas movedizas, un trampolín, un estanque helado que se puede abrir bajo tus pies, los del autor, en cualquier momento.
Pero, como he dicho, la búsqueda de la verdad no se puede detener nunca. No puede aplazarse, no puede retrasarse. Hay que hacerle frente, ahí mismo, en el acto.
El teatro político presenta una variedad totalmente distinta de problemas. Hay que evitar los sermones a toda costa. Lo esencial es la objetividad. Hay que dejar a los personajes que respiren por su cuenta. El autor no ha de confinarlos ni restringirlos para que satisfagan sus propios gustos, disposiciones o prejuicios. Ha de estar preparado para acercarse a ellos desde una variedad de ángulos, desde un surtido amplio y desinhibido de perspectivas que resulten. Quizá, de vez en cuando, cogerlos por sorpresa, pero a pesar de todo, dándoles la libertad para ir allí donde deseen. Esto no siempre funciona. Y, por supuesto, la sátira política no se adhiere a ninguno de estos preceptos. De hecho, hace precisamente lo contrario, que es su auténtica función.
En mi obra 'The Birthday Party' (La fiesta de cumpleaños) creo que permito el funcionamiento de un amplio abanico de opciones en un denso bosque de posibilidades antes de concentrarme finalmente en un acto de dominación.
'Mountain Language' (El lenguaje de la montaña) no aspira a esa amplitud de funcionamiento. Es brutal, breve y desagradable. Pero los soldados en la obra sí que se divierten con ello. Uno a veces olvida que los torturadores se aburren fácilmente. Necesitan reírse de vez en cuando para mantener el ánimo. Este hecho ha sido confirmado naturalmente por lo que ocurrió en Abu Ghraib en Bagdad. 'Mountain Language' sólo dura 20 minutos, pero podría continuar hora tras hora, una y otra y otra vez, repetirse de nuevo lo mismo de forma continua, una y otra vez, hora tras hora.
'Ashes to ashes' (Polvo eres), por otra parte, me da la impresión de que transcurre bajo el agua. Una mujer que se ahoga, su mano que emerge sobre las olas intentando alcanzar algo, que se hunde y desaparece, buscando a otros, pero sin encontrar a nadie, ya sea por encima o por debajo del agua, encontrando únicamente sombras, reflejos, flotando; la mujer es una figura perdida en un paisaje que las aguas están cubriendo, una mujer incapaz de escapar de la catástrofe que parecía que sólo afectaba a otros.
Pero, de la misma forma que ellos murieron, ella también ha de morir.
El lenguaje político, tal como lo usan los políticos, no se adentra en ninguno de estos territorios dados que la mayoría de los políticos, según las evidencias de que disponemos, no están interesados en la verdad sino en el poder y en conservar ese poder. Para conservar ese poder es necesario mantener al pueblo en la ignorancia, que las gentes vivan sin conocer la verdad, incluso la verdad sobre sus propias vidas. Lo que nos rodea es un enorme entramado de mentiras, de las cuales nos alimentamos.
Como todo el mundo aquí sabe, la justificación de la invasión de Irak era que Sadam Hussein tenía en su posesión un peligrosísimo arsenal de armas de destrucción masiva, algunas de las cuales podían ser lanzadas en 45 minutos y provocar una espeluznante destrucción. Nos aseguraron que eso era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak mantenía una relación con Al Quaeda y que era en parte responsable de la atrocidad que ocurrió en Nueva York el 11 de Septiembre de 2001. Nos aseguraron que esto era cierto. No era cierto. Nos contaron que Irak era una amenaza para la seguridad del mundo. Nos aseguraron que era cierto. No era cierto.
La verdad es algo completamente diferente. La verdad tiene que ver con la forma en la que Estados Unidos entiende su papel en el mundo y cómo decide encarnarlo.
Pero antes de volver al presente me gustaría mirar al pasado reciente, me refiero a la política exterior de Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Creo que es nuestra obligación someter esta época a cierta clase de escrutinio, aunque sea de una manera incompleta, que es todo lo que nos permite el tiempo que tenemos.
Todo el mundo sabe lo que ocurrió en la Unión Soviética y por toda la Europa del Este durante el periodo de posguerra: la brutalidad sistemática, las múltiples atrocidades, la persecución sin piedad del pensamiento independiente. Todo ello ha sido ampliamente documentado y verificado.
Pero lo que yo pretendo mostrar es que los crímenes de los EEUU en la misma época sólo han sido registrados de forma superficial, no digamos ya documentados, o admitidos, o reconocidos siquiera cómo crímenes. Creo que esto hay que solucionarlo y que la verdad sobre este asunto tiene mucho que ver con la situación en la que se encuentra el mundo actualmente. Aunque limitadas, hasta cierto punto, por la existencia de la Unión Soviética, las acciones de los Estados Unidos a lo ancho y largo del mundo dejaron claro que habían decidido que tenían carta blanca para hacer lo que quisieran.
La invasión directa de un estado soberano nunca ha sido el método favorito de Estados Unidos. En la mayoría de los casos, han preferido lo que ellos han descrito como “conflicto de baja intensidad”. Conflicto de baja intensidad significa que miles de personas mueren pero más lentamente que si lanzases una bomba sobre ellos de una sola vez. Significa que infectas el corazón del país, que estableces un tumor maligno y observas el desarrollo de la gangrena. Cuando el pueblo ha sido sometido -o molido a palos, que viene a ser lo mismo– y tus propios amigos, los militares y las grandes corporaciones, se sientan confortablemente en el poder, tú te pones frente a la cámara y dices que la democracia ha prevalecido. Esto fue lo normal en la política exterior de los Estados Unidos durante los años de los que estoy hablando.
La tragedia de Nicaragua fue un ejemplo muy significativo. La escogí para exponerla aquí como un ejemplo claro de cómo ve Estados Unidos su papel en el mundo, tanto entonces como ahora.
Yo estuve presente en una reunión en la embajada de los EEUU en Londres a finales de los 80.
El Congreso de Estados Unidos estaba a punto de decidir si dar más dinero a la Contra para su campaña contra el estado de Nicaragua. Yo era un miembro de una delegación que venía a hablar en nombre de Nicaragua, pero la persona más importante en esta delegación era el Padre John Metcalf. El líder del grupo de EEUU era Raymond Seitz (por aquel entonces el ayudante del embajador, más tarde él mismo sería embajador). El Padre Metcalf dijo: “Señor, dirijo una parroquia en el norte de Nicaragua. Mis feligreses construyeron una escuela, un centro de salud, un centro cultural. Vivíamos en paz. Hace unos pocos meses un grupo de la Contra atacó la parroquia. Lo destruyeron todo: la escuela, el centro de salud, el centro cultural. Violaron a las enfermeras y las maestras, asesinaron a los médicos, de la forma más brutal. Se comportaron como salvajes. Por favor, exija que el gobierno de EEUU retire su apoyo a esta repugnante actividad terrorista.”
Raymond Seitz tenía muy buena reputación como hombre racional, responsable y altamente sofisticado. Era muy respetado en los círculos diplomáticos. Escuchó, hizo una pausa, y entonces habló con gravedad. "Padre", dijo, "déjame decirte algo. En la guerra, la gente inocente siempre sufre". Hubo un frío silencio. Le miramos. Él no parpadeó.
La gente inocente, en realidad, siempre sufre.
Finalmente alguien dijo: "Pero en este caso 'las personas inocentes' fueron las víctimas de una espantosa atrocidad subvencionada por su gobierno, una entre muchas. Si el Congreso concede a la Contra más dinero, tendrán lugar más atrocidades de esta clase. ¿No es así? ¿No es por tanto su gobierno culpable de apoyar actos de asesinato y destrucción contra los ciudadanos de un estado soberano?"
Seitz se mantuvo imperturbable. "No estoy de acuerdo con que los hechos tal como han sido presentados apoyen sus afirmaciones". Dijo.
Mientras abandonábamos la embajada, un asistente estadounidense me dijo que había disfrutado con mis obras. No le respondí.
Debo recordarles que el entonces presidente, Reagan, hizo la siguiente declaración: "La Contra es el equivalente moral a nuestros Padres Fundadores".
Los Estados Unidos apoyaron la brutal dictadura de Somoza en Nicaragua durante 40 años. El pueblo nicaragüense, guiado por los sandinistas, derrocó este régimen en 1979, una impresionante revolución popular.
Los sandinistas no eran perfectos. Tenían una claro componente de arrogancia y su filosofía política contenía un cierto número de elementos contradictorios. Pero eran inteligentes, racionales y civilizados. Se propusieron conseguir una sociedad estable, decente y plural. La pena de muerte fue abolida. Cientos de miles de campesinos pobres fueron librados de una muerte segura. A unas 100.000 familias se les dieron títulos de propiedad sobre tierras. Se construyeron dos mil escuelas. Una notable campaña educativa redujo el analfabetismo en el país a menos de una séptima parte. Se establecieron una educación y un servicio de salud gratuitos. La mortalidad infantil se redujo en una tercera parte. La polio fue erradicada.
Los Estados Unidos denunciaron estos logros como una subversión marxista/leninista. Desde el punto de vista del gobierno de los Estados Unidos, se estaba estableciendo un ejemplo peligroso. Si a Nicaragua se le permitía fijar normas básicas de justicia social y económica, si se le permitía incrementar los niveles de salud y educación y alcanzar una unidad social y un respeto nacional propio, los países vecinos se plantearían las mismas cuestiones y harían lo mismo. En ese momento había por supuesto una feroz resistencia al status quo en el Salvador.
He hablado anteriormente de "un entramado de mentiras" que nos rodea. El presidente Reagan describía habitualmente a Nicaragua como un "calabozo totalitario". Esto fue aceptado de forma general por los medios, y por supuesto por el gobierno británico, como un comentario acertado e imparcial. Pero lo que ocurre es que, bajo el gobierno sandinista, no estaba documentada la existencia de escuadrones de la muerte. No había constancia de torturas. No estaba probada la existencia de una brutalidad sistemática u oficial por parte de los militares. Ningún sacerdote fue asesinado en Nicaragua. De hecho, había tres sacerdotes en el gobierno, dos jesuitas y un misionero Maryknoll. Los calabozos totalitarios estaban en realidad muy cerca, en El Salvador y en Guatemala. Los Estados Unidos habían hecho caer en 1954 al gobierno elegido democráticamente en Guatemala y se calcula que unas 200.000 personas habían sido víctimas de las sucesivas dictaduras militares.
Seis de los más eminentes jesuitas del mundo fueron asesinados brutalmente en la Universidad de Centro América en San Salvador en 1989 por un batallón del regimiento Alcatl entrenado en Fort Benning, Georgia, USA. Un hombre extremadamente valiente, el arzobispo Romero, fue asesinado mientras se dirigía a la gente. Se calcula que murieron 75.000 personas. ¿Por qué fueron asesinadas? Fueron asesinadas porque creían que una vida mejor era posible y que debía conseguirse. Esta creencia los convirtió de forma inmediata en comunistas. Murieron porque se atrevieron a cuestionar el statu quo, la interminable situación de pobreza, enfermedad, degradación y opresión que habían recibido como herencia.
Los Estados Unidos finalmente hicieron caer el gobierno Sandinista. Tardaron varios años y hubo una resistencia considerable, pero una persecución económica implacable y 30.000 muertos al final minaron la moral del pueblo nicaragüense. Exhaustos y condenados a la pobreza una vez más. Los casinos volvieron al país, la salud y la educación gratuita se acabaron. Las grandes empresas volvieron en mayor número. La 'Democracia' había prevalecido.
Pero esta 'política' no se limitó, de ninguna manera, a Centroamérica. Se realizó a lo largo y ancho del mundo. No tenía final. Y ahora es como si nunca hubiese sucedido.
Los Estados Unidos apoyaron y en algunos casos crearon todas las dictaduras militares de derechas en el mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a Indonesia, Grecia, Uruguay, Brasil, Paraguay, Haití, Turquía, Filipinas, Guatemala, El Salvador, y, por supuesto, Chile. El horror que los Estados Unidos infligieron a Chile en 1973 no podrá ser nunca purgado ni olvidado.
Cientos de miles de muertes tuvieron lugar en todos estos países. ¿Tuvieron lugar? ¿Son todas esas muertes atribuibles a la política exterior estadounidense? La respuesta es sí, tuvieron lugar y son atribuibles a la política exterior estadounidense. Pero ustedes no lo sabrían.
Esto nunca ocurrió. Nunca ocurrió nada. No ocurrió ni siquiera mientras estaba ocurriendo. No importaba. No era de interés. Los crímenes de Estados unidos han sido sistemáticos, constantes, inmorales, despiadados, pero muy pocas personas han hablado de ellos. Esto es algo que hay que reconocerle a los Estados Unidos. Han ejercido su poder a través del mundo sin apenas dejarse llevar por las emociones mientras pretendían ser una fuerza al servicio del bien universal. Ha sido un brillante ejercicio de hipnosis, incluso ingenioso, y ha tenido un gran éxito.
Os digo que Estados Unidos son sin duda el mayor espectáculo ambulante. Pueden ser brutales, indiferentes, desdeñosos y bárbaros, pero también son muy inteligentes. Como vendedores no tienen rival, y la mercancía que mejor venden es el amor propio. Es un gran éxito. Escuchen a todos los presidentes de Estados Unidos en la televisión usando las palabras, “el pueblo americano”, como en la frase, “Le digo al pueblo americano que es la hora de rezar y defender los derechos del pueblo americano y le pido al pueblo americano que confíe en su presidente en la acción que va a tomar en beneficio del pueblo americano”.
Es una estratagema brillante. El lenguaje se usa hoy en día para mantener controlado al pensamiento. Las palabras “el pueblo americano” producen un cojín de tranquilidad verdaderamente sensual. No necesitas pensar. Simplemente échate sobre el cojín. El cojín puede estar sofocando tu inteligencia y tu capacidad crítica pero es muy cómodo. Esto no funciona, por supuesto, para los 40 millones de personas que viven bajo la línea de pobreza y los dos millones de hombres y mujeres prisioneras en los vastos “gulags” de las cárceles, que se extienden a lo largo de todo Estados Unidos.
Estados Unidos ya no se preocupa por los conflictos de baja intensidad. No ven ningún interés en ser reticentes o disimulados. Ponen sus cartas sobre la mesa sin miedo ni favor. Sencillamente les importan un bledo las Naciones Unidas, la legalidad internacional o el desacuerdo crítico, que juzgan impotentes e irrelevantes. Tienen su propio perrito faldero acurrucado detrás de ellos, la patética y supina Gran Bretaña.
¿Qué le ha pasado a nuestra sensibilidad moral? ¿La hemos tenido alguna vez? ¿Qué significan estas palabras? ¿Se refieren a un término muy raramente utilizado estos días, conciencia? ¿Una conciencia para usar no sólo con nuestros propios actos sino para usar también con nuestra responsabilidad compartida en los actos de los demás? ¿Está todo muerto? Mirad Guantánamo. Cientos de personas detenidas sin cargos a lo largo de tres años, sin representación legal ni un juicio conveniente, técnicamente detenidos para siempre. Esta estructura totalmente ilegal se mantiene como un desafío a la convención de Ginebra. Esto no es sólo tolerado sino que es difícilmente planteado por lo que se llama 'la comunidad internacional'. Esta atrocidad criminal la comete un país, que se declara a sí mismo 'el líder del mundo libre'. ¿Pensamos en los habitantes de la bahía de Guantánamo? ¿Qué es lo que dicen los medios? Lo reseñan ocasionalmente – una pequeña mención en la página seis. Ellos han sido consignados a una tierra de nadie de la que, por cierto, puede que nunca regresen. En la actualidad muchos están en huelga de hambre, alimentados a la fuerza, incluidos los residentes británicos. No hay sutilezas en estos procesos de alimentación. Ni sedaciones ni anestésicos. Solo un tubo insertado en tu nariz y dentro de tu garganta. Tú vomitas sangre. Esto es tortura. ¿Qué ha dicho la secretaria británica de Exteriores sobre esto? Nada. ¿Qué ha dicho el primer ministro británico sobre esto? Nada ¿Por qué no? Porque los Estados Unidos han dicho: criticar nuestra conducta en la bahía de Guantánamo constituye un acto poco amistoso. O estáis con nosotros o contra nosotros. Así que Blair se calla.
La invasión de Irak ha sido un acto de bandidos, un evidente acto de terrorismo de estado, demostrando un desprecio absoluto por el concepto de leyes internacionales. La invasión fue una acción militar arbitraria basada en una serie de mentiras sobre mentiras y burda manipulación de los medios y, por consiguiente, del público; un acto con la intención de consolidar el control económico y militar de Estados Unidos sobre Oriente Medio camuflado –como último recurso, todas las otras justificaciones han caído por ellas mismas– como una liberación. Una formidable aseveración de la fuerza militar responsable de la muerte y mutilación de cientos y cientos de personas inocentes.
Hemos traído tortura, bombas racimo, uranio empobrecido, innumerables actos de muerte aleatoria, miseria, degradación y muerte para el pueblo Iraquí y lo llamamos “llevar la libertad y la democracia a Oriente Medio”
¿Cuánta gente tienes que matar antes de ser considerado un asesino de masas y un criminal de guerra? ¿Cien mil? Más que suficiente, habría pensado yo. Por eso es justo que Bush y Blair sean procesados por el Tribunal Penal Internacional. Pero Bush ha sido listo. No ha ratificado el Tribunal Penal Internacional. Por eso si un soldado o político americano es arrestado, Bush ha advertido que enviaría a los marines. Pero Tony Blair ha ratificado el Tribunal y por eso se le puede perseguir. Podemos proporcionarle al Tribunal su dirección si está interesado. Es el número 10 de Downing Street, Londres.
La muerte en este contexto es irrelevante. Ambos, Bush y Blair, colocan la muerte bien lejos, en los números atrasados. Al menos 100.000 iraquíes murieron por las bombas y misiles americanos antes de que la insurgencia iraquí empezase. Estas personas no existen ahora. Sus muertes no existen. Son espacios en blanco. Ni siquiera han sido registrados como muertos. "No hacemos recuento de cuerpos", dijo el general americano Tommy Franks.
Al inicio de la invasión se publicó en la portada de los periódicos británicos una fotografía de Tony Blair besando la mejilla de un niño iraquí. "Un niño agradecido", decía el pie de foto. Unos días después apareció una historia con una fotografía, en una página interior, de otro niño de cuatro años sin brazos. Su familia había sido alcanzada por un misil. Él fue el único superviviente. "¿Cuándo recuperaré mis brazos?", preguntaba. La historia desapareció. Bien, Tony Blair no lo tenía en sus brazos, tampoco el cuerpo de ningún otro niño mutilado, ni el de ningún cadáver ensangrentado. La sangre es sucia. Ensucia tu camisa y tu corbata cuando te encuentras dando un discurso sincero en televisión.
Los 2000 americanos muertos son una vergüenza. Son transportados a sus tumbas en la oscuridad. Los funerales son discretos, fuera de peligro. Los mutilados se pudren en sus camas, algunos para el resto de sus vidas. Así los muertos y los mutilados se pudren, en diferentes tipos de tumbas.
He aquí un extracto del poema de Pablo Neruda: 'Explico Algunas Cosas':
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas,
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por las calles la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños
Chacales que el chacal rechazaría,
piedras que el cardo seco mordería escupiendo,
víboras que las víboras odiaran!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa muerta sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallarán un día el sitio
del corazón.
Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
Quisiera dejar claro que citando el poema de Neruda no estoy comparando de ninguna manera la República Española con el Irak de Saddam Hussein. Cito a Neruda porque en ningún otro sitio de la lírica contemporánea leí una descripción más insistente y cierta del bombardeo contra civiles.
He dicho antes que los Estados Unidos están ahora siendo totalmente francos poniendo las cartas sobre la mesa. Éste es el caso. Su política oficial es hoy en día definida como 'Dominio sobre todo el espectro'. Ése no es mi término, es el suyo. 'Dominio sobre todo el espectro' quiere decir control de la tierra, mar, aire y espacio y todos sus recursos.
Los Estados Unidos ahora ocupan 702 bases militares a lo largo del mundo en 132 países, con la honorable excepción de Suecia, por supuesto. No sabemos muy bien como han llegado a estar ahí pero de hecho están ahí.
Los Estados Unidos poseen ocho mil cabezas nucleares activas y utilizables. Dos mil están en sus disparaderos, alerta, listas para ser lanzadas 15 minutos después de una advertencia. Están desarrollando nuevos sistemas de fuerza nuclear, conocidos como 'destructores de búnkeres'. Los británicos, siempre cooperativos, están intentando reemplazar su propio misil nuclear, Trident. ¿A quién, me pregunto, están apuntando? ¿A Osama Bin Laden? ¿A ti? ¿A mí? ¿A mi vecino? ¿China? ¿París? Quién sabe. Lo que sí sabemos es que esta locura infantil -la posesión y uso en forma de amenazas de armas nucleares- constituye el meollo de la actual filosofía política de Estados Unidos. Debemos recordarnos a nosotros mismos que Estados Unidos está en una continua misión militar y no muestra indicios de aminorar el paso.
Muchos miles, sino millones, de personas en los propios Estados Unidos están demostrablemente asqueadas, avergonzadas y enfadadas por las acciones de su gobierno, pero, tal y como están las cosas, no son una fuerza política coherente, todavía. Pero la ansiedad, la incertidumbre y el miedo que podemos ver crecer cada día en los Estados Unidos no es probable que disminuya.
Sé que el presidente Bush tiene algunos escritores de discursos muy competentes pero quisiera prestarme voluntario para el puesto. Propongo el siguiente discurso breve que él podría leer en televisión a la nación. Le veo solemne, con el pelo cuidadosamente peinado, serio, confiado, sincero, frecuentemente seductor, a veces empleando una sonrisa irónica, curiosamente atractiva, un auténtico macho.
"Dios es bueno. Dios es grande. Dios es bueno. Mi dios es bueno. El Dios de Bin Laden es malo. El suyo es un mal Dios. El dios de Saddam también era malo, aunque no tuviera ninguno. Él era un bárbaro. Nosotros no somos bárbaros. Nosotros no decapitamos a la gente. Nosotros creemos en la libertad. Dios también. Yo no soy bárbaro. Yo soy el líder democráticamente elegido de una democracia amante de la libertad. Somos una sociedad compasiva. Electrocutamos de forma compasiva y administramos una compasiva inyección letal. Somos una gran nación. Yo no soy un dictador. Él, sí. Yo no soy un bárbaro. Él, sí. Y aquel otro, también. Todos lo son. Yo tengo autoridad moral. ¿Ves mi puño? Esta es mi autoridad moral. Y no lo olvides"
La vida de un escritor es extremadamente vulnerable, apenas una actividad desnuda. No tenemos que llorar por ello. El escritor hace su elección y queda atrapado en ella. Pero es cierto que estás expuesto a todos los vientos, alguno de ellos en verdad helados. Estás solo, por tu cuenta. No encuentras refugio, ni protección -a menos que mientas- en cuyo caso, por supuesto, te habrás construido tu propia protección y, podría decirse, te habrás vuelto un político.
Me he referido un par de veces esta tarde a la muerte. Voy a citar ahora un poema mío llamado "Muerte"
¿Dónde se halló el cadáver?
¿Quién lo encontró?
¿Estaba muerto cuando lo encontraron?
¿Cómo lo encontraron?
¿Quién era el cadáver?
¿Quién era el padre o hija, o hermano
o tío o hermana o madre o hijo
del cadáver abandonado?
¿Estaba muerto el cuerpo cuando fue abandonado?
¿Fue abandonado?
¿Quién lo abandonó?
¿Estaba el cuerpo desnudo o vestido para un viaje?
¿Qué le hizo declarar muerto al cadáver?
¿Fue usted quien declaró muerto al cadáver?
¿Cómo de bien conocía el cadáver?
¿Cómo sabía que estaba muerto el cadáver?
¿Lavó el cadáver?
¿Le cerró ambos ojos?
¿Enterró el cuerpo?
¿Lo dejó abandonado?
¿Le dio un beso al cadáver?
Cuando miramos un espejo pensamos que la imagen que nos ofrece es exacta. Pero si te mueves un milímetro la imagen cambia. Ahora mismo, nosotros estamos mirando un círculo de reflejos sin fin. Pero a veces el escritor tiene que destrozar el espejo -porque es en el otro lado del espejo donde la verdad nos mira a nosotros.
Creo que, a pesar de las enormes dificultades que existen, una firme determinación, inquebrantable, sin vuelta atrás, como ciudadanos, para definir la auténtica verdad de nuestras vidas y nuestras sociedades es una necesidad crucial que nos afecta a todos. Es, de hecho, una obligación.
Si una determinación como ésta no forma parte de nuestra visión política, no tenemos esperanza de restituir lo que casi hemos perdido - la dignidad como personas."
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miércoles, 24 de diciembre de 2008

El antropólogo inocente


No recuerdo si alguien me recomendó este libro, o simplemente leí una buena crítica en algún suplemento cultural. Lo cierto es que por una cosa o por otra, me decidí a comprarlo. De no ser así, ¿a santo de que iba a interesarme por un estudio sobre las costumbres y creencias de los dowayos? Porque eso es el “Antropólogo inocente”, un libro centrado en una tribu de parias que habita al norte de Camerún y que es marginada por las demás comunidades de la patria del hermano Samuel. Una pieza literaria insólita de la cual se ha dicho que “combina el candor y colorido de los relatos de los primeros exploradores con un agudo ingenio y un desternillante sentido del absurdo” (Roger Sandall, Encounter Magazine)No conozco al amigo Roger pero hasta donde llegan mis –limitados- conocimientos sobre la materia, estoy bastante de acuerdo.

El autor de este trabajo es Nigel Barley, doctor en antropología por la prestigiosa Universidad de Oxford. Quien, según el mismo cuenta, se vio “obligado” a dedicar dos años enteros de su vida al estudio de una tribu extraña, para poner en práctica toda la teoría aprendida en las clases. Es por ello que, repasando todas las posibilidades que le ofrecía el mundo y atendiendo a la sugerencia de un amigo, los dowayos fueron su elección. Para lo cual se tuvo que desplazar hasta un remoto territorio al interior de Camerún e instalarse en una choza de barro. Estamos en 1978 y esta iba a ser la primera experiencia de campo de su autor. Lo que éste no sabía es que casi fue la última. Finalizado el estudio, se incorporaría al Museo Británico y allí le editarían este libro en el que narra sus vivencias. El caso es que, de ser planteado como una pequeña curiosidad, acabaría convirtiéndose en un superventas gracias al boca a boca. De hecho, la edición española que yo adquirí es la número veintidós. Cosa seria.

Como ya he comentado, “El antropólogo inocente -Notas desde una choza de barro-” es un libro sobre antropología, pero no hay que asustarse. Es sumamente divertido y ni tan siquiera es un estudio al uso, sino más bien un cuaderno de viajes que narra las desventuras de un inglés en el culo del mundo. Al inicio Barley describe con todo lujo de detalles las dificultades para llegar hasta el país Dowayo. Unas tienen que ver con la compleja burocracia camerunesa, que hace que la expedición del más simple de los documentos, poner un simple sello y no digamos lograr determinados permisos, se transforme en una odisea. Luego está el tema de los problemas financieros con los que hubo de lidiar Barley durante su estancia. Y es que, pese a ser beneficiario de una sustanciosa beca, vio como el rocambolesco sistema bancario, unido a los vericuetos del derecho internacional y de nuevo a la burocracia, le dejarían sin recursos. Viéndose obligado a pedir préstamos a todo bicho viviente y a malnutrirse con los escasos productos que ofrece la tierra de los dowayos. Básicamente mijo.

Además de descubrirnos un mundo oculto, con una civilización escasamente occidentalizada aún a finales de los setenta, se agradece que Barley no incurra en esa tendencia irritante y buenista, que consiste en ensalzar cualquier cosa que tenga que ver con sociedades primitivas como la dowaya. Cualquiera que haya visto ciertos documentales de La2 o del Canal 33 sobre prístinas comunidades africanas o amazónicas, sabrá de lo que hablo. Tampoco es que se dedique a criticar todo lo que ve, vaya. Se limita a tratar de explicar unos modos de vida que ni enjuicia ni cataloga de mejores o peores. Manifestando extrañeza ante determinadas situaciones, ritos o creencias, que no entiende, pero siempre con amplitud de miras y voluntad de comprensión. Y empleando un estilo fácil en inteligible para el iletrado en cuestiones antropológicas. Y tirando de humor cuando hace falta. De hecho ese refinado sentido del humor inglés del que no se salva nadie -ni siquiera él mismo-, es lo que hace diferente a este estudio. Consiguiendo que algo que podría haber resultado intragable, acabe siendo una lectura amena y divertida, además de interesante. Una suerte de estudio científico livianito, redactado por alguien que comparte el ingenio de los Monty Python.

Las partes más graciosas son, sin ningún género de dudas, aquellas que hacen referencia a las dificultades con las que se topa un occidental medio en África: el clima, las costumbres, los cultos, la alimentación y las enfermedades. Así, por poner un ejemplo de esto, cuando sufre una grave infección en las encías y no le queda más remedio que acudir al dentista, Barley nos cuenta como “dentro había cierta cantidad de instrumentos dentales en un estado lamentable y un gran diploma de la Universidad de Lyon, lo cual me tranquilizó un poco”. Tras explicarle su problema a un tipo grandullón, éste agarró unas tenazas y sin más dilación le arrancó los dos incisivos: “Según declaró, los dientes estaban podridos. Me quedé sentado como un pasmarote (la sangre me corría por el pecho de la camisa) y traté de hacerle comprender que ya podía emprender el siguiente paso del tratamiento” […] “No resulta sencillo discutir en un idioma extranjero faltándole a uno dos incisivos. Al final, el individuo se irrita y me dice que si no estoy satisfecho llamaría al propio dentista. Así es, el que me había arrancado los incisivos no era dentista, era mecánico, y también arreglaba relojes. Había caído en la trampa de creer que cualquiera que se encontrara en un consultorio dental con una bata blanca y preparado para sacar muelas era dentista.”

Después de sobrevivir a este tipo de situaciones, incluyendo enfermedades varias, desastres de todo género y condición, a la hostilidad de algunos lugareños y por encima de todo, al aburrimiento, el país Dowayo y Camerún -y África en general- marcarían la vida del joven investigador. No es casual que el libro acabe de la siguiente forma:
“Varias semanas después de mi retorno llamé por teléfono al amigo cuya conversación me había decidido marcharme al campo.- Ah, ya has vuelto.- Sí.- ¿Ha sido aburrido?- Sí.- ¿Te has puesto muy enfermo?- Sí.- ¿Has traído unas notas a las que no encuentras ni pies ni cabeza y te has dado cuenta de que te olvidaste de hacer todas las preguntas importantes?- Sí.- ¿Cuándo piensas volver?Me reí débilmente. Sin embargo, seis meses más tarde regresaba al país Dowayo.”

martes, 23 de diciembre de 2008

Robert Mulligan (1925 - 2008)

Nos acaba de dejar otro de los grandes del mundillo del celuloide. Lo ha hecho en su casa, con 83 años y como consecuencia de una afección cardiaca. Recientemente también falleció Paul Newman, con una mayor resonancia en los medios escritos. Y lo puedo entender. No tanto la nula cobertura de muchas de las principales cabeceras respecto al deceso de Robert Mulligan. Y es que este tío es el autor de esa joyita del séptimo arte titulada “Matar a un ruiseñor” (1962), que adapta la maravillosa novela homónima de Harper Lee. También se le recuerdan otras películas como “El Otro” (1972), particular  aproximación al cine de género a la que ya me referí en una entrada anterior; O la celebérrima “Verano del 42” (1971), historia sobre tres jóvenes deseosos de perder su virginidad que llegó a ser calificada de película generacional y cuya banda sonora, al cargo de Michel Legrand, alcanzó un tremendo éxito. Tras una veintena de títulos más, cerraría su trayectoria con la flojísima “Un verano en Louisiana” (1991). Una cinta que ostenta el dudoso honor de ser la presentación en sociedad de la enésima “novia de América”,  Reese Witherspoon. Igualmente destacada fue la labor de Mulligan en el medio televisivo. De hecho allí comenzó su despegue. Ganando un Emmy por el telefilm “La luna y seis peniques” de 1959, una adaptación de la novela corta de Somerset Maugham.

Con todo, quien sentirá realmente la muerte de Mulligan es Gregory Peck. Y es que Peck encarnó a Atticus Finch, el honrado abogado y padre de familia protagonista de “Matar a un ruiseñor”, sin duda uno de los papeles de su vida. Actuación que le valdría el Oscar al mejor actor principal. Una película preciosa, repleta de enseñanzas y personajes memorables, que todo el mundo debería ver una vez en la vida, al menos.  


“-Podéis practicar con latas, pero nunca disparéis a un ruiseñor -¿Por qué Atticus? - El ruiseñor es el único pájaro que no actúa por interés o por hacer daño, él dedica su vida a cantar para hacernos felices sin esperar recibir nada a cambio. Así que lastimar o perjudicar a un ser inocente, sería como matar a un ruiseñor.”
Quizás el problema de Mulligan fue tener una filmografía demasiado variada. Lo que ocasionó que se le achacase cierta falta de estilo propio. Una valoración que yo, sinceramente, no comparto. Tampoco François Truffaut, admirador confeso del cine de Mulligan y que se manifestó en desacuerdo con el sentir mayoritario de la crítica. No obstante eso explicaría que su obra se haya visto relegada a un espacio menor, frente a la de otros grandes maestros. Y otros no tan grandes, pero con mayores dotes mercantiles.

Dicho lo cual, descanse en paz Maestro.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Il Divo


La controvertida figura del líder democristiano Giulio Andreotti, es objeto de estudio en una interesante película dirigida por el no menos interesante Paolo Sorrentino. “Il Divo” le valió al director napolitano el Gran Premio del Jurado del pasado Festival de Cannes, además de una ovación de varios minutos del público asistente. Y no es para menos.

Andreotti es el político, escritor y periodista de prestigio que dominó la escena política italiana durante más de cinco décadas, siendo siete veces Primer Ministro. Tras ser nombrado Ministro del Interior y más adelante de Finanzas, alcanzaría la presidencia del Gobierno de la República en 1972-1973, 1976 y 1978-1979. Tras un período al margen de la cosa pública, sería nombrado nuevamente Primer Ministro de un Gobierno de coalición en 1989. Tras dimitir en marzo de 1991, en abril de ese mismo año se le encargó la formación de un nuevo Gobierno con él a la cabeza. El último de sus siete gobiernos, por lo tanto, acabaría en el año de las Olimpiadas de Barcelona, trescientos sesenta y cinco días después de su formación. Además, en el año 91 fue nombrado senador vitalicio.

Será a partir de entonces cuando comience el declive de la figura de Andreotti, hasta entonces inmaculada. Sobre todo a raíz de los testimonios de varios arrepentidos de la Cosa Nostra, que le acusarán de estar relacionado con esta organización criminal. Como consecuencia, durante la década de los noventa pasara más tiempo en tribunales que en su domicilio o en la Iglesia -Andreotti es un cristiano devoto-. Ya en 1999 sería absuelto de todos los cargos por falta de pruebas. Sin embargo, tras las apelaciones, en 2003 se le acusaría nuevamente de “mantener lazos de amistad con la Mafia hasta la primavera de 1980”. Un delito del que también sería absuelto pero ahora por haber prescrito. También fue acusado como instigador del asesinato del periodista Mino Pecorelli, por el que primero fue declarado no culpable, luego sentenciado a 22 años de prisión y definitivamente absuelto por el Tribunal Supremo italiano en el año 2003.

De esta turbulenta etapa es de la que se preocupa “Il Divo”, resumiendo en ciento diez minutos de metraje el día a día de un personaje que dedica las veinticuatro horas del día a trabajar, escribir libros, moverse entre los círculos de moda y, por último aunque no por ello menos importante, a rezar. Maravillosamente interpretada por Toni Servillo, habitual colaborador de Sorrentino, el film destaca por ese retrato impasible del ex presidente italiano ante el infierno que le acecha. Incapaz de titubear ni de mostrar debilidad ante nadie, llámese Justicia, oposición o la propia mafia.

La película trata dos de los aspectos más perturbadores en la vida de este “hombre de estado”: su conexión con Totò Riina - líder histórico de la mafia siciliana- y la implicación en la logia P2 (Propaganda Due) de Licio Gelli - responsable de la “estrategia de tensión” a la que ya me referí en un post anterior-. En este sentido, la cinta alude a la figura de Aldo Moro, aquel líder democristiano secuestrado y asesinado por la Brigadas Rojas el 9 de mayo de 1978, cuya muerte pudo haber evitado nuestro protagonista.

Al final “Il Divo” supone un interesante acercamiento a este personaje poliédrico y aún más polémico, pero protagonista indiscutible de la historia reciente de Italia y, por extensión, de Europa. Alguien al que debemos frases tan ingeniosas como las siguientes:
“Lo leímos en los Evangelios, cuando a Jesucristo se le preguntaba lo que era la verdad, él nunca respondía”
“Sé que soy un hombre medio, pero cuando miro a mi alrededor no veo ningún gigante”
“Pensar mal de tu prójimo es un pecado, pero has acertado”
“No es fácil explicar nuestro país a los extranjeros. En Italia los trenes más lentos se llaman Rápidos y el Corriere della Sera (Noticias de la Tarde) sale por la mañana”

sábado, 20 de diciembre de 2008

Carlos Gordi y Regorder

Llevo doscientas entradas largas en el blog y es inexplicable que hasta hoy no me haya referido a este sujeto llamado Carlos Goñi. Un gordo pedante y avinagrado que va de regalo de Dios a la música y cuya máxima aportación a tan noble actividad consiste en hacerse pasar por la versión española de Bruce Springsteen. Grabando una y otra vez los mismos temas en discos con portadas y títulos diferentes, diseñados para que el incauto populacho desembolse los quince napos de rigor. Contando con el inestimable auxilio de inmensas campañas publicitarias que han convertido a Regorder, el grupo de Carlos Gordi, en un superventas en España. Algo que, desde luego, no nos deja en muy buen lugar como país. Dicen que todo es cuestión de gustos y que sobre gustos no hay nada escrito, pero esto es más falso que la falsa monea. Escrito está, el problema es que ustedes no se lo han leído.

Pues bien, como no podía ser de otra forma, el nuevo álbum del señor Goñi apesta. No más que todo lo que había publicado hasta la fecha, que la cosa tiene su mérito. Mantener un nivel tan bajo sin acertar ni una, aunque sea por pura casualidad, tiene su aquel. Lo digo con conocimiento de causa. Después de haberme chupado el disquito unas veinte veces y en sesiones non-stop, gracias a mi compañero de despacho. Un joputa integral llamado Vicent al que dedico esta entrada (Sorry nano, pero t’ho mereixes!!!). El engendro en cuestión atiende al nombre de “21 gramos”, plagiando el título de la película realizada por el tándem Arriaga – González Iñarritu allá por el 2003. Ni para eso es original. Y que sí, ya sé que lo de los veintiún gramos tampoco es cosecha de estos dos mexicanos, pero vaya, que la copia de una copia no suena mucho mejor.

Y entonces, ¿cómo explicar el éxito de este tío? ¿Cómo puede vender discos como churros? ¿Congregar a legiones de incondicionales que abarrotan sus conciertos? ¿Cómo pueden ser tan insensatos? La respuesta es jodida y la cuestión ardua. Ni siquiera la cosa promocional lo explicaría del todo. Alguien como Quico Alsedo, apunta a que el éxito de Carlos Goñi radica en que hace música para gente a la que no le gusta demasiado la música. Yo estoy bastante de acuerdo con esta afirmación. Si no, ¿como tal cúmulo de sensiblería barata, rimas propias de un niño de diez años, junto a melodías y riffs springstinianos mal copiados, agradarían a tanta gente? Así se entiende que los Vicents del mundo pongan a rodar los discos de Revolver, pero a modo de hilo musical y sin prestarle realmente atención. Lo gracioso es que mi Vicent jura que le gusta. Y eso que ni tan siquiera tiene claro que tema suena en cada momento…Oye Vins, ¿cómo mierdas se llama esta?... Ahhh!...  Esta eeeeeeees…. Pues…. ¿“El Dorado”?…. Ah! No no no no!!!... espera. Esta se llama… ¿“Carreteras secundarias”?…. No no no, espera!!!…  ...y qué más dará, si suenan todas igual -de mal-.

¿Quiero decir con esto que esta inframúsica no tiene mérito alguno? Sí. ¿Qué sus acólitos no tienen derecho a escucharla? Pues hombre, más o menos sí. O no. O yo que sé. Si te hace bien creer que Gordi es el mismísimo Dylan o hasta el puto Beethoven y eso te da un motivo para vivir, o para sufrir y eso te mola, pues muy bien por ti. Salvando las distancias, les pasa un poco igual a los fans de U2, tan esforzados a la hora de defender a Bono. Tan tiernos ellos intentando convencer del valor del “Un, dos, tres… ¡Catorce!” y otras mierdas made in Ireland.

jueves, 18 de diciembre de 2008

Crisis, what crisis?

¿Qué quieren tomar ustedes?

- Sírvanos café a todas.

- Lo siento, no tenemos café.

- Pues que sea té entonces.

- Es que no nos queda.

- ¿Alguna infusión?

- Tampoco.

- Pues díganos qué nos puede ofrecer.

- Pues... les puedo contar mi vida.

“El discreto encanto de la burguesía”, de Luís Buñuel (1972)

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Don't feed the monkey


Me entero por el Last.fm que existen, al menos, seis bandas y otros dos solistas que responden al nombre de Mono. Esa palabreja, que en castellano designa a un primate o a un ser humano con comportamientos y actitudes similares, fue elegida por un combo japonés de post-rock, otro holandés de lo mismo, una banda británica de trip hop, una artista austriaca de reggae, otro sueco de trance, un trío coreano de música popular, unos raperos polacos y una formación indie danesa.

Más allá de lo curioso que pueda resultar que exista un grupo de hip hop que canta en polaco o que una austriaca haga reggae, a quienes yo quería referirme es al cuarteto tokiota fundado a comienzos de 1999. Unos Mono que cuentan en su haber con la friolera de ocho discos, que les han servido para acumular un buen de puñado de seguidores a lo largo y ancho del mundo. Y hablo de ellos no porque me apasionen, que no es el caso, si bien algunos de sus discos me gustan bastante, sino para defender que también se puede sacar algo bueno de las actividades musicales llevadas a cabo por los hijos del Sol Naciente. Sí, esa panda de frikis acostumbrados a viajar en tropel por el mundo, no dejar una esquina por fotografiar, eructar a lo grande y hasta con aroma o practicar el noble arte de colarse allí donde fuera menester. Se ve que el respetar las colas es algo que no se incluye en su cultura milenaria. A este respecto, algún día dedicaré una entradita a la manida excusa de la diversidad cultural para tolerar según qué cosas.

Vaya que me apetecía resaltar que no todo lo que nos llega desde Japón es mugre musicada, por mucho que se hayan empeñado en que parezca lo contrario exportando esa cosa lamentable del J-Pop. La mayor basura musical que se haya visto en años y que está en pleno proceso de desembarco por aquí, merced a nuestra estupendísima juventud amante del manga y de las horribles pelis de terror japonesas. Por cierto que, algún día tendré que hablaros de esa gran actriz, estrella indiscutible del subgénero de terror facturado por aquellas latitudes, cuyo nombre no recuerdo pero de la que estoy seguro habréis visto alguna película. ¡Sí hombre! La misma que siempre aparece reptando, ataviada con una tupida melena negra que le tapa una cara en la que solo apreciamos unos ojillos enrojecidos que piden Vispring como el comer.
Bueno, que no me quiero ir del tema. Que Mono están guays. Sobre todo si eres fan del post-rock o hasta del shoegaze y lo tuyo está en disfrutar de los subibajas y las explosiones escuela This Will Destroy You, God is an Astronaut, Explosions in the Sky o similares. Unos señores que definen su música como “la banda sonora del fin del mundo” y que son responsables de una discografía interesante pero irregular. Sus dos mejores álbumes son, sin ningún género de dudas, “One step more and you die” del 2002 y “You are there” del 2006. Este último, un disco que me costó Dios y ayuda encontrar en esas tiendas tan hipermegaguachis que hay en Londres y que al final de lo único que pueden alardear es de tener toda la colección de artistas promocionados por el NME. Y esto es todo. Ya he hablado suficiente de Mono. Ahora, mientras le doy una oportunidad a la banda polaca de hip hop, paso a relacionar las mejores interpretaciones de la japonesa -o china o coreana…- del pelo lacio…

1. Aquí la vemos “debutando” en “El círculo”, la celebérrima cinta de terror dirigida por Hideo Nakata en el año 1998. Por cierto que, aunque no lo cuelgue aquí, también aparece en el remake americano dirigido por Gore Verbinski en el 2002.
2. Y aquí en “La maldición”, dirigida originalmente por Takashi Shimizu en el año 2003.
3. Después se fue a hacer las Américas y prueba de ello es “El Grito”, versión americana que el propio Shimizu hizo de la película original. Esta es del año 2004. También actúa, aunque no lo ponga por aquí, en “La maldición 2” y “El grito 2”, secuela y remake de la secuela al cargo del prolífico Takashi Shimizu. Que uno llega a pensar que el director este tiene esclavizada a la pobre chica.
4. Una curiosidad, “Shutter” (2004). Producción tailandesa dirigida por dos tipos de nombre impronunciable: Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom. Por supuestísimo que también actúa nuestra amiga. Y es que se ve que tiene copado el mercado asiático.

[...]

Si no os pongo más ejemplos es porque esto iba a quedar más largo que un día sin pan. Pero vaya que si os interesa el tema, estoy seguro de que podréis encontrar otras tantas producciones en las que nuestra amiga interpreta su limitado papel. Sin ir más lejos el otro día vi “Reflejos” (2008) de Alexandre Aja y la hioputa también salía. Y es que si hay desempleo en el sector de los actores de género, en parte es por culpa de esta tipa.

martes, 16 de diciembre de 2008

Quemar después de leer

A puntito de que la retiraran de la cartelera, me acerqué a una de esas multisalas que han proliferado como setas en mi ciudad para ver “Quemar después de leer”, última creación de los hermanos Coen. Por qué me ha costado tanto tiene relación con gente de mi entorno, personas de total confianza en asuntos fílmicos, que me insistían en que la película no valía un peo. Pero es que además leí en algún suplemento cultural que esta producción era tan mala como para postularse a los Razzie 2008. Si a eso le unimos que soy más aficionado a la faceta “seria” de los hermanos, aun no sé cómo al final acudí al cine.

Y oye, que se jodan todos. Eso y que, como dicta el refrán, más vale tarde que nunca. Pese a los malos augurios, o quizás gracias a ellos, la película me gustó un montón. Sobre todo me hizo pasar un buen rato, cuestión esta que yo valoro mucho cuando voy al cine ya que, por desgracia, sucede de uvas a peras. Lo de divertirme, se entiende. Es más, no recuerdo la última vez que me reí tanto en una sala como anteayer. Especialmente con esa hilarante conversación que, a modo de cierre, mantienen los dos agentes de la CIA en el despacho del superior. Un delicioso crescendo de burradas que no desvelaré para que la disfrutéis sin spoilers.

El planteamiento de la historia se sitúa en torno a la figura de Ozzie Cox –personaje interpretado por John Malkovich-, un agente retirado de la CIA que está redactando sus memorias. El problema surge cuando su mujer -Tilda Swinton- le plantea el divorcio y, en connivencia con su abogado, le roba una copia del cedé en el que almacena los avances en el borrador, creyendo que contiene información interesante en aras a un futuro proceso judicial. Todo se enreda cuando el disco compacto cae en las manos del aturdido personal de un gimnasio al cual acude habitualmente una de las secretarias del abogado. A partir de aquí, dos empleados del mismo-Brad Pitt y Frances McDormand-, intentan chantajear a Ozzie. Y en esas andaban cuando la CIA, enterada del asunto, decide tomar cartas en el asunto.

Divertidísima comedia cuya virtud principal consiste en conciliar una trama enrevesada, con el divertimento a la manera de los Coen y sin que por ello perdamos el interés por conocer el desenlace. Todo amenizado por una retahíla de situaciones absurdas en las que se parodia a los servicios de inteligencia norteamericanos y su supuesta eficiencia. Sólo puedo recomendaros que no la dejéis pasar. En el cine, si aún llegáis, o recurriendo al videoclub o a la siempre socorrida mula. Y es que “Quemar después de leer” supone otra muesca más en el revolver de unos Joel y Ethan Coen que rara vez erran el tiro. Por cierto, muy bien el señor Pitt en su papel de atontado.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Mortensen - American Yakuza


Fue durante mis primeros años de Universidad, cuando iba loco recabando apuntes de todo quisque para completar unos temarios que tenían más agujeros que la declaración de la renta de Carlos Fabra. En algún momento y por recomendación de algún compañero, aparecimos en aquella reprografía cutre en la que se prestaban a fotocopiar no sólo apuntes, también libros enteros. Mientras hacíamos la cola nos dedicamos a comentar los curiosos pósteres de películas que, en forma de decoración, colgaban de las paredes del local. Nos pareció curioso el que, a diferencia de la mayoría de negocios que se deciden por este tipo de motivos, los carteles hiciesen referencia a films bizarros, desde luego bastante desconocidos. Por encima de todos destacaba uno con el jetón de un rubiales y en torno a él, unas enormes letras rojas que rezaban “M O R T E N S E N”, en la parte superior, y “A M E R I C A N   Y A K U Z A”, en la inferior. Que si hubiera sido P A C I N O  o  D E  N I R O -o cualquier otro actor más o menos célebre por aquel entonces- la cosa se hubiera quedado ahí. Pero al colocar como reclamo a un tal Mortensen, a quien no conocían ni en su casa cuando se acercaba a cenar, nos resultó cachondísimo. El asunto es que gracias a eso se nos quedó grabado el título de la peliculilla de marras y el apellido danés de aquel fulano. Y volvimos por allí un montón de veces poseídos por el embrujo de Mortensen y sus yakuzas americanos, no tanto para hacer unas fotocopias que podíamos agenciarnos más cerca y hasta barato. La cosa es que “American Yakuza” alcanzaría así la categoría de película de culto en nuestras mentes adolescentes. ¡Y eso que ninguno la había visto!

Pasados unos años y superada la edad del pavo, los complejos entresijos de la función pública valenciana determinaron que servidor recalara en la localidad alicantina de Petrer. Allí, durante mi primer mes de estancia, me alojaría en una especie de apartotel bastante asequible, que contaba con el aliciente de la tele por cable. Y mira tú por donde que, una tarde nada más volver del curro, se produjo el reencuentro con “American Yakuza” y el gran Mortensen. Por fin, tantos años después, conseguí ver esta joyita del cine de acción dirigida por un tal Frank A. Cappello en 1993. La cinta cuenta la historia de un agente del FBI –Mortensen- que se infiltra en una poderosa familia yakuza asentada en los Estados Unidos, con la intención de acabar con ella. A raíz de esto, el hombre se ve envuelto en una sangrienta guerra entre mafias. Vamos que hay tiros a mansalva y muere hasta el apuntador.

Como habréis deducido ese tal Mortensen no es otro que “Aragorn, hijo de Arathorn, heredero de Isildur, señor de los Dunedain, heredero del trono de Gondor, apodado Trancos, Capitán de los Montaraces del Norte…” A quien la fama le sobrevino al poco, así que mis colegas y servidor siempre podremos decir que le descubrimos antes que el populacho. Por lo demás tan sólo apuntar que “American Yakuza”, como película, es una mierda pinchada en un palo. Y el desempeño de Viggo Mortensen, así como la del resto de chinos esquizofrénicos que le acompañan en la aventureta, produce vergüenza ajena. Así que, si no la habéis visto, cosa probable, tampoco hace falta que os rompáis los cuernos buscándola… Dejadlo correr. En serio.

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PD. Por mucho que lo he intentado, no he podido dar con una imagen del cartel igual al que tenían colgado en la mítica reprografía. Me temo que alguno ya se habrá percatado… Y le sonará la música. Recuerdos de juventud lo llaman. Bendita juventud.
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