jueves, 3 de junio de 2010

Frases incompletas (Juanjo Millás)


"En la mesa de al lado a la que yo consumía un gin tonic, tomaban café dos señores con aspecto de jubilados.

-Seamos ecuánimes -dijo uno
-Vale -respondió el otro.
Y se quedaron callados para sorpresa mía. La expresión 'seamos ecuánimes' antecede siempre a una propuesta, exige una continuación (por ejemplo: Seamos ecuánimes, el plástico es feo, pero útil). Los de la mesa de al lado, en cambio, dijeron seamos ecuánimes y callaron, como el que deja colgada una oración condicional. Al cabo del rato (y de dos sorbos concienzudos del café), uno de ellos dijo:
-Digamos la verdad.
-De acuerdo -añadió el otro.
Y ambos, contraviniendo las leyes de la lógica (y quizá de la gramática) se sumieron de nuevo en el silencio. Seamos ecuánimes y digamos la verdad. ¿Cuál sería la tercera frase? Yo apuraba las heces (qué asco) de mi gin-tonic y aunque se me hacía tarde para acudir a un compromiso, permanecí en mi sitio, a la espera de que la conversación se reanudara, lo que no sucedió.
-Dios nos ampare -dije entonces en voz alta, para provocar.
-Eso es lo que hace falta -añadió uno de los jubilados volviéndose hacia mí.
-Eso, y que seamos ecuánimes -manifestó su compañero.
-Y que digamos la verdad-remachó el anterior.
De nuevo el silencio. Aguanté unos minutos y pedí la cuenta. Mientras el camarero llegaba, escuché otra frase.
-Más vale prevenir -dijo uno de ellos.
Como el otro no añadiera nada, la completé yo:
-Que curar.
-¿Y a usted quién le ha dado velas en este entierro?-preguntaron al unísono.
Pagué avergonzado y salí del establecimiento. Cuando esa noche se lo conté a mí mujer, me dijo que si éramos ecuánimes, me lo había merecido. Si somos ecuánimes y si decimos la verdad, añadí yo.
-Dios nos ampare -concluyó ella. Y nos pusimos a cenar." 
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Leído en la contraportada del Levante-EMV de ayer.

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