lunes, 20 de junio de 2011

¿Que pasa habibis?

Ya estoy de vuelta de un mini viaje que me ha llevado a peregrinar por lugares santos repletos de indeseables armados hasta los dientes, bañarme en mares cuya salinidad impide que ningún ser vivo habite en ellos, caminar sin rumbo en inmensos desiertos de arena rojiza sin los cuales no se entendería la Gran Revuelta Árabe y toparme con espectaculares construcciones nabateas en las que se desarrollan las aventuras de un afamado arqueólogo y profesor de la Universidad Barnett de Nueva York. Porque aprovechando una superoferta de última hora, me planté en el caótico aeropuerto de Amman, la antigua Philadelphia romana y actual capital de Jordania, dispuesto a olvidarme de mis problemas durante unos días. No lo conseguí del todo. Tal vez fuera por tratarse de mi primer viaje largo sin la habitual compañía y la verdad es que eché de menos bastantes cosas. Eso no quita que me gustara mucho casi todo lo que visité.   

Antes del viaje conocía poco sobre Jordania y tan sólo un poquito más sobre Oriente Medio. Por los telediarios, los periódicos, pero también gracias al mundo del cine, sabía de la complicada situación política de esa región, en constante conflicto armado. Si bien, siempre he tenido la sensación de no saber demasiado ya que los medios de comunicación ofrecen poca luz, con su visión extremadamente maniquea de lo que allí acontece. La realidad es que en ambos márgenes del río Jordán coexisten, peor que mejor, el Reino Hachemita de Jordania (المملكة الأردنّيّة الهاشميّة) y el estado de Israel (מְדִינַת יִשְרָאֵל). Junto a ellos y para completar la “idílica” estampa, les acompañan países como Siria –donde se están moliendo a palos por obra y gracia de su presidente Bashar al Assad-, Irak -¿hace falta añadir algo más sobre este país?-, Arabia Saudí –teocracia infumable que todavía se mantiene como un sistema feudal en el que la dinastía de los Al-Saud gobierna concentrando toda la autoridad y todo el petróleo, que es mucho- y el Líbano –antaño considerada “la Suiza de Oriente Medio”, ahora el pelele de los israelíes, tan aficionados ellos a bombardear a sus vecinos-. De Jordania conocía que su anterior Jefe del Estado estaba casado con una guapa norteamericana rebautizada como Noor Al-Hussein (“Luz de Hussein”) y que su hijo, el actual rey Abdullah contrajo matrimonio con otra bella mujer, la reina Rania. …y luego esta Petra, motivo suficiente por si mismo para querer visitar la zona. Ahora a la vuelta también sé que es un bonito país lleno de gente súper amable y muy educada, fanáticos de la liga española de fútbol y muy especialmente del Barça y del Madrid, no tan barato como me esperaba, muy caluroso excepto Amman, bastante abierto para ser un país árabe mayoritariamente musulmán y, ¡punto negativo para Jordania!, en el que cuesta Dios y ayuda encontrar una puta cerveza con alcohol.     

Este joven país, conocido hasta 1950 como Transjordania, es un reino repleto de contrastes. Una dictablanda dominada por un rey majete, el omnipresente Abdullah (su efigie en las más variadas poses aparece en todas las esquinas del país, bien sólo bien junto a su esposa e hijo mayor), al que todos sus súbditos parecen adorar. Y es que la gente no olvida que es el hijo de Hussein, hacedor de la Jordania moderna, aquel que con su compleja política de equilibrios consiguió la estabilidad en una zona tan movidita como esa. Algo que redundó en beneficio de un país a priori abocado al fracaso total y absoluto. Además de estar rodeado por países en constante guerra, hay que tener en cuenta que casi todo él es un desierto y que tan sólo tiene un 3,32% de superficie cultivable. Pero Hussein con tácticas más o menos discutibles consiguió que llegara dinero hasta aquel agujero, generando así los recursos necesarios para alcanzar ciertas cotas de progreso. Sobretodo si lo comparamos con sus belicosos e inmensamente más ricos vecinos.    

Aunque si algo tiene Jordania es un rico legado en forma de monumentos y maravillas naturales. Empezando por los castillos del desierto, enormes caravasares y/o espacios para el recreo de los reyes de la dinastía omeya, las aceitosas y saladas aguas del Mar Muerto, las imponentes fortificaciones de los templarios, los vestigios romanos conservados en la ciudad de Jerash (Gerasa), el desierto del Wadi Rum, el esplendor de los mosaicos en Madaba, el muy cristiano Monte Nebo o la muy árabe ciudad de Amman… Pero sin lugar a dudas lo más impresionante es la monumentalidad de Petra, “la ciudad rosa” de los nabateos, que tuve la suerte de visitar casi vacía de turistas. Puedo afirmar sin miedo a equivocarme que ningún documental o película en la que hayáis visto esta ciudad Patrimonio de la Humanidad, os da una idea real de lo que hay allí. Nada le hace justicia. Es de lo más impactante que he visto y que probablemente veré en toda mi vida.

También aproveché, ya que estaba a escasos 55 kilómetros de distancia, para pasar un día la frontera con Israel y ver Jerusalén. Una experiencia que debo calificar de agridulce. Porque la ciudad es preciosa, repleta de pedacitos de historia desperdigados en cada calle, en cada iglesia, mezquita y sinagoga, en cada palacio y muro. Pero entre los desagradables agentes de fronteras que te tienen dos horas llenando papelitos y haciendo colas, los civiles al servicio de empresas de seguridad rollo Blackwater con ametralladoras dignas del videojuego de guerra más moderno, o la presencia abrumadora de medidas de seguridad en cada esquina, al final no disfrutas la ciudad como deberías. Y si encima te toca presenciar el maltrato al que sometieron a un guía por el hecho de ser un palestino de Belén, pues tanto peor… En fin, que ciudad más linda de no ser por sus gentes. 

Mañana más, pero no mejor.        

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