jueves, 8 de diciembre de 2011

Claus y Lucas


El pasado mes de julio, en la ciudad suiza de Neuchatel, falleció la escritora húngara Agota Kristof a los 75 años. Allí marchó junto a su marido e hija cuando la Revolución húngara de 1956 fue aplastada por las tropas del Pacto de Varsovia. Tras cinco años de exilio y soledad trabajando en una fábrica, dejó su trabajo, se separó de su marido, empezó a estudiar francés y comenzó a escribir novelas en ese idioma. Sin embargo su legado literario no es demasiado amplio. La obra de Kristof se agota en un par de obras teatrales, la trilogía de la que a continuación os voy a hablar, una novela posterior titulada “Ayer”, un relato autobiográfico llamado “La analfabeta” y una última colección de cuentos editada en Francia. Eso sí, entre ellas se encuentran tres novelas de gran éxito internacional que confirmaron la reputación de Agota Kristof como uno de los exponentes más provocadores de la narrativa europea. Estas novelas, a las que Kristof se refería como “La trilogía”, son “El gran cuaderno”, “La prueba” y “La tercera mentira” y vienen a ser la historia de dos hermanos gemelos, Claus y Lucas, condicionados por un vínculo agonizante, que se convierte también en una alegoría de las fuerzas que han separado a Europa desde la Segunda Guerra Mundial.

Como bien comentaba mi colega Lau, en el hoy tristemente inactivo Blues Mund, hay que leerse esta trilogía sabiendo que en principio no era tal. Teniendo en cuenta que los protagonistas son dos niños hermanos gemelos, la confusión causada por la guerra y la posguerra en esas personitas en formación, la complejidad de las almas que se forjan en estas circunstancias bélicas, el clima despiadado que obliga a quien haya de sobrevivir a asumir y mezclarse con la más perversa realidad. Agota Kristof nos expone la capacidad de adaptación de esos niños con la contundencia más absoluta, utilizando un estilo sin concesiones que convierte esta trilogía en una mirada al mundo con ojos y palabras de niño malo.
“La abuela es la madre de nuestra madre. Antes de venir a vivir a su casa no sabíamos que nuestra madre todavía tenía madre.
Nosotros la llamamos abuela.
La gente la llama la Bruja.
Ella nos llama hijos de perra.”
 “El gran cuaderno” es la primera parte de la saga y en ella se nos cuenta como Claus y Lucas llegan a la ciudad de K. junto a su madre, que los lleva allí para dejarlos al cuidado de su abuela, una mujer analfabeta y cruel que no los quiere y a la que no quieren. Lejos de rendirse ante esta amenaza los gemelos aprenden las leyes de la vida, de la escritura y de la crueldad, aplicándose a diario y anotando en un gran cuaderno sus progresos. Inocentemente despiadados, la crueldad de los muchachos no tiene más límite que su propia supervivencia.
“La abuela nos dice:
— ¡Hijos de perra!
La gente nos dice:
— ¡Hijos de bruja! ¡Hijos de puta!
Otros nos dicen:
— ¡Imbéciles! ¡Golfos! ¡Mocosos! ¡Burros! ¡Marranos! ¡Puercos! ¡Gamberros! ¡Sinvergüenzas! ¡Pequeños granujas! ¡Delincuentes! ¡Criminales!
Cuando oímos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos escuecen los ojos y nos tiemblan las rodillas.
No queremos ponernos rojos, ni temblar. Queremos acostumbrarnos a los insultos y a las palabras que hieren.
Nos instalamos en la mesa de la cocina, uno frente al otro, y mirándonos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más y más atroces.
Uno:
— ¡Cabrón! ¡Tontolculo!
El otro:
— ¡Maricón! ¡Hijoputa!
Y continuamos así hasta que las palabras ya no nos entran en el cerebro, ni nos entran siquiera en las orejas.
De ese modo nos ejercitamos una media hora al día más o menos, y después vamos a pasear por las calles.
Nos las arreglamos para que la gente nos insulte y constatamos que al fin hemos conseguido permanecer indiferentes.
Pero están también las palabras antiguas.
Nuestra madre nos decía:
— ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados!
Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas.
Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla.
Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera.
Decimos:
— ¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero... No os abandonaré nunca... Sólo os querré a vosotros... Siempre... Sois toda mi vida...
A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa.”
En “La prueba” los gemelos se separan. Claus cruza la frontera y Lucas se queda en un país alejado de la guerra pero dominado por un régimen autoritario. Sólo y privado de una parte de si mismo, Lucas, el que permanece en casa de la abuela, quiere consagrarse a hacer el bien. Asistimos así a su proceso de maduración, a sus primeras y tortuosas relaciones.
“Le pregunto:
—¿Dónde está Lucas?
Dice ella:
—Está aquí, en el hospital. Está herido.
Digo:
—Quiero verle.
Dice:
—Está inconsciente.
—¿Qué quiere decir esto?
—Que de momento no puede hablar.
—¿Está muerto?
—No, pero tiene que descansar.
—¿Y mi madre?
—Tu madre está bien. Pero a ella tampoco la puedes ver.
—¿Por qué? ¿También está herida?
—No, duerme.
—¿Y mi padre? ¿También duerme?
—Sí, tu padre también duerme.
Me acaricia el cabello.
Le pregunto:
—¿Por qué duermen todos menos yo?
Dice:
—Es así. A veces ocurren estas cosas. Toda una familia se pone a dormir y el que no duerme se queda solo.”
Pero en este punto también conoceremos a un Lucas recio y seco, endurecido por el entorno y sus propias circunstancias personales.
“El niño duerme en el regazo de su madre. La madre mira a Lucas
–He querido ahogarlo. No he podido.
Lucas pregunta:
– ¿Quieres que lo haga yo?
– ¿Podrías?
–He ahogado ratas, gatos, cachorros…
–Un niño no es lo mismo
– ¿Quieres que lo ahogue o no?”
Al final de esta entrega su hermano Claus vuelve a la ciudad en su busca, pero será expulsado por las autoridades debido a dudosas cuestiones burocráticas por lo que será llevado a la cárcel en espera de una inmediata expulsión. Ésta, entre otras circunstancias, harán descubrir a Claus que cualquier acto de generosidad viene condicionado por la maldad. Se hace necesario apuntar que Claus regresa a la ciudad en la cual se crió junto a Lucas, como nacional del país al que huyó al final del primer libro. De ahí que utilice un cuaderno -la prueba- con el cual pretende justificar su procedencia y escapar así de la repatriación forzosa.

El tercer volumen, titulado “La tercera mentira”, completa y contradice a los dos anteriores, generando una multitud de preguntas al lector y dando tan sólo unas pocas respuestas. Es así como, pasados los horrores de la guerra y los años negros del régimen de plomo, la autora construye una historia que nos enfrenta a la imposibilidad de alcanzar una verdad duradera e inmutable.
Me acuesto y, antes de dormirme, hablo mentalmente a Lucas, como vengo haciendo desde hace muchísimos años. Le digo más o menos lo de siempre. Le digo que, si está muerto, tiene suerte y que me encantaría estar en su lugar. Le digo que a él le ha correspondido la mejor parte, que yo debo llevar la carga más pesada. Le digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido, es aberración, sufrimiento infinito, invento de un No-Dios cuya maldad rebasa la comprensión.”
En definitiva “La Trilogía” -o “Claus y Lucas” que es como tuvo a bien en titular la recopilación de las tres novelas el editor español- es ya un clásico moderno. Una fábula incisiva sobre los horrores de la guerra y el totalitarismo, pero también una gran novela de iniciación a la vida. Con una mención muy especial a la primera parte, “El gran cuaderno”, el mejor de los tres, y a ese final demoledor con el cual se cierra la tremebunda historia de estos dos hermanos. Sublime y desgarrador. 
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Tan sólo comentar para finalizar que “El gran cuaderno” ha conocido multitud de versiones teatrales en Alemania y Japón. También la compañía chilena La Troppa puso en escena bajo el título de “Gemelos” su propia visión. Sin embargo sigue pendiente de ser adaptada al mundo del celuloide. Y eso que, según reconocía Agota Kristof en una interesante entrevista concedida al diario El País en el año 2007, un productor estadounidense le compró los derechos y contrató a Thomas Vintenberg para rodar la película, pero al final pensó que no era el más adecuado. Sin embargo ella pensaba justo lo contrario. Que este atormentado y genial director danés sería, posiblemente, la elección más adecuada para adaptar su historia. ¡Coño, y yo también lo pienso! O ese o Von Trier. Menuda maravilla podría salir de ahí. 
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Por si no lo he dicho el libro es muy recomendable. Indispensable, añadiría.

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