jueves, 18 de octubre de 2012

No se lo digas a nadie (por favor)


Eso, eso… ¡no se lo digas a nadie! ¡Nunca! No tengas los santos cojones de contar que has caído en las garras de este libro. Sería como reconocer que has malgastado parte de tu tiempo en nada… en leer semejante truño… y eso es duro... muy duro. Niégalo. Niégalo todas las veces que haga falta. ¿Qué si me he leído qué? ¿Yo? ¡¡¡¡Pero que coño!!!! ¿“No se lo digas a nadie? Ezo que ej lo que ej??? ¿Harlan Coben? ¿Quien es? ¿El hermano tonto de Leonard? Ah no, que es con B… ¡con B de basura!

Uppps… al final lo dije, vaya por Dios. Pero fue hace mucho tiempo, así que no me lo tengan en cuenta. Yo era joven y esas cosas. Un inmaduro y un inconsciente. Pero me lo leí, es verdad, así que penitenziagite. En mi descargo diré que el pecado ya lleva incorporada la penitencia. Porque la lectura de esta novelucha es (y será), sin ningún género de dudas, una de las peores experiencias de mi vida. Al nivel de aquella vez en que me extirparon las vegetaciones, o cuando un mal amigo me mostró unas fotos de Aramís Fuster en topless. Así queeeee.... Harlan Coben no more. 

...Nunca Mais.

...y esto dedicado a ti, campeón…

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