lunes, 29 de mayo de 2017

Jo confesso

He devorado con ferocidad felina las casi mil páginas que componen este impresionante libro, en su edición en catalán al cargo de labutxaca. Me lo regaló un amigo para mi último cumpleaños y cuando vi semejante tocharro me acordé de toda su familia. Confiteor. Siempre le tendré que agradecer las tres semanas de gozo que me ha reportado.

“Jo confesso” es la historia de Adrià Ardèvol, un hijo de la burguesía barcelonesa con tantas aptitudes como carencias. Nacido en el seno de una familia que le inculcó el amor por el estudio pero también un grave déficit afectivo. Tan solo tiene un amigo íntimo, Bernat Plensa –peaso personaje-, a parte de dos figuritas de juguete, un jefe indio arapajó y un sheriff, con quienes interactúa habitualmente. El mozo acabará enamorándose castamente de quien será la mujer de su vida. Tras unos dubitativos inicios, Sara, que así se llama la muchacha, lo rechaza tras conocer secretos inconfensables que afectan a la familia Ardèvol. Apesadumbrado y muy sorprendido, Adrià aprovechará los siguientes años para formarse intelectualmente, llegando a ser un reputado profesor universitario y ensayista de renombre. Al final y casi por sorpresa la novia a la fuga reaparecerá años después. Ocasionando que todo aquello que parecía firme en la vida de Adrià vuelva a tambalearse.

Contra lo que podáis deducir no es este un libro de amor. O al menos no solo. De hecho la temática principal es el mal y la culpa, como ya indica el título. El mal que pervive a través de los siglos hasta llegar al protagonista, que lo hereda y aumenta con la posesión de un violín y una medallita religiosa que son tanto o más protagonistas de la historia que su propia vida. Y la confesión de Adrià a su amada en forma de autobiografía repleta de lagunas, que en ocasiones son rellenadas por fábulas. Con esa premisa viajamos a través de la historia negra del continente europeo, desde la Inquisición hasta la Italia renacentista, pasando por el mundo islámico mediterráneo y centrándose sobretodo en el nazismo y la Shoah, para constatar que nadie está libre de todo mal. Transitan por la historia desde malvados absolutos como el comandante de las SS Aribert Voigt, hasta personajes más ambiguos como el padre del protagonista. También personas aparentemente buenas, como el propio Adrià, su amigo Bernat o hasta Sara, que tampoco quedan totalmente libres de pecado.

Pese a su extensión y complejidad –el autor entremezcla momentos históricos, tramas y hasta las voces de los diferentes personajes en una misma frase- la lectura es vertiginosa. Creo que se debe a la importancia del componente policíaco en un libro en el que se juega con los géneros literarios. Si bien, una de las cosas más sobresalientes son esos pequeños relatos sobre personajes ligados a los objetos y a las fantasías de Adrià, que el autor inserta a lo largo de toda la narración. También molan, aunque a veces parezca que sobran, las digresiones filosóficas -¡en ocasiones rozan la paja mental!- que desarrolla el profesor Adrià.

En fin, que celebro el regalo. Lo he disfrutado muchísimo. Es más, creo que es de lo mejor que he leído últimamente y eso que, como bien sabéis los seguidores de este blog, he enlazado un par de joyitas. No le tengáis miedo a la extensión. 
Más que recomendable. 

martes, 23 de mayo de 2017

...ahondando en la cuestión

Aquí van dos raciones más, o lo que viene a ser la micro-crónica concierteril de mis dos últimas semanas around el Cap i Casal.

Y es que ya hace un par de miércoles que me acerqué hasta el 16 Toneladas para reencontrarme con Micah P. Hinson y su folk rock de tintes clásicos o lo que mierdas perdure de todo eso. Y es que ya van unos años sin noticias de quien fuese considerado y con justicia, como una de las grandes promesas de la música norteamericana. Eso y que la última vez que asistí a uno de sus shows me prometí no volver nunca más. La melopea que llevaba el mendrugo era fina y cualquier parecido con un evento musical, fue pura casualidad. Sin embargo, quizás por la milonga esa de que el tiempo cura las heridas, en cuanto me enteré de que volvía por Valencia, no dude ni un instante en agenciarme la entrada. También porque, según se anunciaba, lo hacía para retomar los temas incluidos en aquel maravilloso “Micah P. Hinson and the Opera Circuit”. Álbum con el que opositó a entrar en el salón de la fama de la música de raíces del país que le vio nacer. Al final hasta eso fue mentira.  

Y allí que se plantó el tipo, con el aspecto infantilizado de siempre y sus gafotas de pasta a lo Woody Allen, para, sin mediar palabra, comenzar con el repertorio en formato acústico. Todo eso ante una sala repleta de nostálgicos. Gente que seguramente se hubiese contentado con muy poquito. Pero ni por esas. Vale que el que tuvo retuvo y eso quedó patente durante la velada, a pesar de la desidia y a lo pobre de la puesta en escena. Pero no resultó suficiente. Porque encima tuvo los santos cojones de dar por finalizado el show a la media hora escasa. ¡Tócate la polla! Cierto que volvió a salir desde sus aposentos, no sin antes decirnos más que un perro por increparle, para tocar tres cancioncillas más. Entre ellas “Beneath the Rose" que no venía a cuento, pero bien está. Insisto en que el hombre sigue teniendo algo de todo aquello que tantos le vimos hace diez años. Por ejemplo, conserva ese vozarrón que Dios le dio al nacer. Y cierto halo de melancolía que, en muchas de sus canciones, resulta delicioso. Pero como no empiece a poner algo más de su parte, se puede ir bien a la mierda. Desde luego a mí ya no me engancha más. Aunque vete tú a saber. Lo mismo dije la última vez. Y creo que en la penúltima también. 


Nada que ver con lo acontecido al miércoles siguiente, en la misma sala pero con bastante menos público. Y es que lo del Reverend Peyton’s Big Damn Band fue la polla. Un bolarro de los que se recuerdan por mucho tiempo. Blues guarro del Delta y rollete redneck al cargo de un trío bastante peculiar. Liderados por un predicador laico proveniente de algún remoto lugar de la América profunda y cuyos salmos harían estremecer al más pintado. Además el tipo toca la guitarra como los ángeles. Bueno, la guitarra y el bajo en un all in one digno de los mejores herederos del maestro LeadBelly. Bueno, la guitarra, el bajo, un hacha encordada y hasta un paquete de puros marca Macanudo. A su vera una enorme hillbilly con más actitud que un diplomático en Corea del Norte, a los mandos de una tabla de lavar metálica. Curioso instrumento al que es capaz de sacarle ritmos tribales, usando unos guantes de colores con dedales. El trío se completa con el batería. Un tipo con aspecto de bon xicon de la Ribera, que usa un enorme cubo de plástico a modo de timbal base. De esos que utilizan los restaurantes de comida rápida para las salsas, ya sabéis.  Por allí sonaron “We deserve a happy ending”, “Shakey Shirley”, “Cornbread and Butterbeans” y otras joyitas incluidas en su último trabajo. También en anteriores discos como el “So Delicious” o el icónico “Between the Ditches”. Por cierto que ese “The Front Porch Sessions” publicado hace menos de dos meses es increíble. Conviene no pasarlo por alto. ¿Cómo son capaces de captar ese sonido tocando en el porche delantero de su casa en Indiana? Una auténtica pasada.

Al final de la carrera disfrutamos de un concierto divertidísimo e incendiario al cargo de unos tipos que, seguramente, merecen más fama de la que disfrutan. Y estoy empezando a pensar que a Micah le pasa justo lo contrario. 


sábado, 6 de mayo de 2017

"Hondonadas" de conciertos

Eso es lo que aconteció por estos pagos la semana pasada. Parafraseando a Pazos, mítico personaje de “Airbag” (1997) de Juanma Bajo Ulloa, claro está. Así que paso a comentaros mis impresiones. Que por aquello de ordenar los acontecimientos en base a un criterio temporal, comenzarán con el Tagomago. Porque eso fue antes… “disculpe agente, ¿se refiere a antes en el tiempo, o antes en el espacio?” ‘enga, vete a tomar por culo Suloki…
 
Pues eso. Que asistí a la jornada del viernes de la tercera edición del Tagomago Fest. Oscilaciones cósmicas y música experimental en la Capital del Rechne, como rezaba en su cartel. En el bueno, no en esa mierda que se sacaron de la manga los de La3 con Will Smith de figurante. Que ya les vale. Por cosas como esta, una propuesta más que interesante, obtuvo peor fortuna de la que seguramente merecía. En fin… El caso es que el set de apertura venía integrado por gentes como el Aviador Dro y Sus Obreros Especializados, Schwarz, Artificiero, Güiro Meets Russia, Yobamochi… Y pese a lo mejorable del recinto, que cambió a última hora por cuestiones ajenas a la voluntad de los organizadores, la cosa fue bien. Principalmente gracias a Schwarz cuyo show me sorprendió gratamente y como no a las huestes del Aviador Dro. Y eso que no soy fan de la banda capitaneada por Servando Carballar. Pero a estas alturas resulta imposible no reconocerle el meritazo de llevar cuatro décadas haciéndonos partícipes de ese universo retrofuturista, que quizás beba más de Devo que de Kraftwerk. En el bolo disfrutamos con la recuperaron de temazos como “Rosemary”, “Nuclear sí” o “La TV es nutritiva” acompañándolo de toda la parafernalia y los bailecitos marca de la casa, como no podía ser de otra manera.
 
No pude acudir a la segunda jornada del Tagomago porque me apetecía ver en directo a Havalina, que actuaban el sábado por la noche en El Loco. Era necesario acudir al llamado. Sobretodo porque creo que el trío madrileño lleva ya un par de discos –o hasta tres- instalados en un nivel superior. Posicionamiento que, para ser sincero, nunca pensé alcanzarían. El grupo ha sabido construirse de a poquito, forjando una identidad propia que no reniega de casi nada y que bebe tanto del metal como del indie. Sin dejar de lado otras influencias bastante sorprendentes, como la alargada sombra de Gustavo Ceratti tan presente en el registro vocal de Manuel Cabezalí tras el acertadísimo tránsito del inglés al castellano. El espectáculo fue tremebundo. Sonido Havalina del de la última época. Atmósferas cargadas y desarrollos de guitarra perfectamente ejecutados. Contundencia y suavidad alterna, sin abusar, que sitúan la propuesta de la banda en un espacio cercano al del mejor post-rock. Un gran concierto al cargo de unos tíos que han sabido alcanzar la madurez con enorme solvencia. Sin necesidad de recurrir a alardes gratuitos.
 

Ya por último toca hablar del esperadísimo y quizás por ello decepcionante concierto ofrecido por Handsome Family. También fue en El Loco, tras el enésimo puente en el calendario laboral valenciano. El dúo de Alburquerque se presentó ante un público numeroso y heterogéneo, distinto del que se suele ver en los conciertos de americana o alt-country que trufan la programación mensual de esta sala. Es lo que tiene que una de tus canciones se convierta en icónica gracias a la serie de moda. Os hablo de, ¿cómo no?, “Far from any road”. La sintonía de la aclamada primera temporada de “True Detective”, de la HBO y que seguramente todos habréis escuchado. El problema es que el repertorio del matrimonio musical no está a la altura del sorpresivo jitazo. Menos aún si atendemos a su último álbum, titulado “Unseen”(2016). Un disco que, de no venir firmado por quien viene, habría pasado sin pena ni gloria como de hecho casi ocurrió. Para más inri la actuación fue tirando a sosa y ni siquiera la simpatía de los protagonistas, empleando un voluntarioso spanglish entre canción y canción, les sacó del atolladero. Por otro lado, un amigo me apuntó algo en lo que no había reparado escuchando los plásticos de la banda. Tiene que ver con los juegos vocales entre marido y mujer. Porque sí, es cierto, las voces de los Sparks no casan demasiado bien. Y no solo es que se complementen regular, es que por momentos resultan incompatibles. Vamos que mejor les iría a ambos buscando combinaciones alternativas. ¡Divorcio ya! No moló. Nada más.

Y eso es todo. Que no es mucho dada la amplitud de la oferta. Pero ¿qué queréis? Estoy falto de tiempo por culpa del laburo y otras mandangas que no me apetece contaros. Además estoy en una fase introspectiva en la que el goce interno se erige como principio y fin de todas las cosas. Y encima…. Ey ey ey ¿Hace falta dar más explicaciones? 


Hostia!!! Con esto último me he acordado de la anécdota aquella del obispo que, visitando una pequeña localidad, se indignó porque al entrar en la localidad no tocaron las campanas de la iglesia. Al requerir al cura acerca del motivo, este le respondió:
-Monseñor, no tocamos las campanas por tres motivos.
-El primero es que no tenemos campanas.

A lo que el Obispo respondió:
-Pues los otros dos métaselos usted en.......

En fin pues eso. Capish!
Y que menos da una piedra gachones. 

viernes, 28 de abril de 2017

El hijo, de Philipp Meyer

A veces y casi sin esperarlo, uno se reencuentra con el placer de la lectura. Vale, es cierto que el mero hecho de leer ya debería conducirnos hasta la dicha. Y es que conforme pasamos páginas y devoramos párrafos nos adentramos en una historia que, en cierta forma, acaba convirtiéndose en la nuestra. Así es como, parafraseando a algún francés cuyo nombre no recuerdo, nos hacemos contemporáneos y hasta compatriotas de todos esos personajes de la trama. Vamos, que el proceso lector ya es gratificante per sé. O al menos es lo que dice la teoría. Lo que pasa es que para algunos devorar libros es, ante todo, una necesidad vital al nivel del respirar, el comer y supongo que el follar. La necesidad imperiosa de llevarse a la boca algún texto aún en los momentos en los que no se encuentra estímulo en ello. Enlazando ladrillos y truñacos que no te aportan nada o casi nada. Lecturas efectuadas con el piloto automático puesto, siempre con la expectativa de que aquello que venga después será mucho mejor. ¿Hay goce y disfrute ahí? Pues no lo sé. Unas veces sí, otras no... Y en estas que te topas con cosas tan maravillosas como la última novela de Philipp Meyer.

Sí, todo este rollo es para introducir mi última lectura: “El hijo” del mencionado autor neoyorquino. Alguien que, según parece, fue cocinero antes que fraile, desempeñando toda suerte de oficios hasta verse publicado. Inmensa novela de resonancias épicas ambientada en el lejano oeste y que en ocasiones recuerda a la obra del gran Cormac McCarthy. Una suerte de auge y caída del Imperio Romano-Tejano, con el papel de los Césares desempeñado por una saga familiar ambiciosa, sacrificada y cruel. Los McCullough y su historia, que abarca desde la independencia de Texas, allá por el 1836, hasta la actualidad. Hombres y mujeres hechos a sí mismos. Corazones indomables capaces de todo, hasta de levantar un imperio con sus propias manos y defenderlo con los dientes. No tanto como heroicidad sino como drama. Y es que hacen lo que hacen porque no saben hacer otra cosa. Es lo que les enseñaron y al final es su único camino en la vida.

La fórmula que emplea Meyer es narrarlo a través de tres de esos personajes del clan McCullough, pertenecientes a tres generaciones diferentes. Ellos nos harán de guías por unos parajes que gotean sangre y, como no, hieden a vaca y más tarde también a petróleo. Los capítulos se van intercalando y así es como vamos conociendo la historia de Eli aka el Coronel, su vida junto a los comanches y su posterior desempeño como Ranger que, tras alejarse del conflicto, devendrá en magnate ganadero. También a Peter, quien carga con el peso emocional de la interminable campaña de su padre por el poder y que tan alejado se muestra de las formas y costumbres de este. Por último Jeannie, bisnieta del Coronel y nieta de Peter, y su denodada lucha por alcanzar el reconocimiento de una sociedad tremendamente machista en pos de conservar un patrimonio familiar que va aumentado gracias a las reservas petrolíferas.

Una novela inmensa y no solo por su extensión, que nos ofrece una descripción muy realista de la terrible violencia sobre la que se edificó Texas y por ende los EEUU. Un prodigio. La he disfrutado muchísimo.

sábado, 8 de abril de 2017

La España Vacía

Con la etiqueta de mejor libro de no ficción 2016, gracias al galardón concedido por el gremio de libreros de Madrid, amén de toda suerte de parabienes, elogios y críticas favorables en prensa, radio y televisión, así fue como llegó hasta mí “La España vacía, viaje por un país que nunca fue” de Sergio del Molino. Periodista madrileño, criado en algún lugar de la costa valenciana y residente en Zaragoza, al que le ha dado por hablarnos de esa España interior, despoblada y atrasada que, en términos geográficos, comprende la meseta y la depresión del Ebro. Es decir, las dos Castillas, Extremadura, La Rioja y Aragón, descontando las grandes urbes. Si bien, tanto la Valencia castellana, como el maestrat, el interior de Murcia y Andalucía, así como los lindes de Galicia, Asturias y Cantabria con Castilla León también serían territorios asimilables.

La premisa del autor es que existe una España vacía en la que viven un puñado de españoles, pero hay otra que habita en la mente y/o memoria de millones de españoles. Aquellos que padecieron el gran trauma. Los que entre la década de los cincuenta y los setenta se vieron obligados a abandonar sus pueblos rumbo a las ciudades. Pero también sus hijos y nietos, en quienes perviven los mitos y tradiciones de esos pueblos en los que ellos no nacieron. Mitos por todos conocidos, mayormente negativos, desde la España negra y embrutecida de Puerro Hurraco o Fago, hasta la vergonzantemente atrasada e inculta de Las Hurdes (tierra sin pan). Prejuicios introducidos en la memoria colectiva desde la otra orilla, la de la España llena sin que a la vacía le asista posibilidad de réplica. Frente a esa realidad han aparecido reacciones de todo tipo: Desde Ramón J. Sénder a Gregorio Marañón e incluso desde antes del mencionado gran trauma, con Machado y Unamuno. O ya llegando a nuestros días, con esa moda hipster que considera esos abandonados territorios como una suerte de Arcadia feliz. Ese lugar idealizado al que conviene retornar.
Es este un libro raro. Peculiar mezcolanza de géneros. Libro de viajes, narración histórica, estudio antropológico, anecdotario aunque, por encima de todo, es un ensayo sin conclusión clara. Una interesante lectura, trufada de hitos de la cultura pop y que se sigue fácil. Quizás le falte un poco de profundidad a la hora de abordar los temas, pero bueno, supongo que por eso resulta tan ameno.

Interesting.

domingo, 26 de marzo de 2017

Ni sí, ni no, sino todo lo contrario

Anoche asistí al show de The Howe Gelb Piano Trio en la Rambleta y no me acabó de gustar. Y sí, ya sé que 99’9% de los allí presentes salieron encantados a la vista de la efusiva despedida que le dedicaron al cantautor de Tucson y todavía más si atendemos a las peticiones de bises, trises y más allá. Así que debe ser cosa mía y mira que lo lamento. Y es que para este menda, como para buena parte de la humanidad, el líder de los imprescindibles Giant Sand es un auténtico jefazo. Alguien capaz de sacar un par de álbumes por año sin que el nivel medio se resienta. Gracias sobretodo a su inmenso talento, aunque también a lo esforzado de un personaje ya sesentón pero con alma de jovenzuelo. Si a eso le unimos la sencillez, simpatía, calidez y ese increíble magnetismo que desprende en vivo, hete aquí con el cóctel perfecto. Pero ni por esas, tú. Me fue imposible entrar en su rollo de anoche.

Vale que a su último álbum, “Future Standards” (2016), no le he dedicado todas las horas de escucha que seguramente merece. Por no hablar del “nuevo” material firmado como The Arizona Amp Alternator e incluido en el reciente “The Open Road” (2017). Una suerte de baúl de recuerdos – a lo Karina - repleto de cosas variopintas, al que apenas si le he hincado el diente. Disco que, en teoría, es el que justifica la gira que lo ha traído, de nuevo, hasta Valencia. Eso y que la deriva jazzística experimentada por su sonido de un tiempo a esta parte, como que no me apasiona. Aunque bueno, en lo que al bolo concierne, apenas si sonó algún corte de esos plásticos. Y cuando lo hizo, caso de la tremenda “Terrible So”, fue de lo mejorcito de la noche junto a las escasas dosis de country-rock con guitarrita cuando tiró de clásicos de Giant Sand.
 Con todo, lo que menos me gustó fue la sensación generalizada de improvisación. Pareciera que todo fluía a base de ocurrencias, por impulsos, incluso a trompicones, por no hablar de las veces en las que el hombre decidió pararse a mitad de interpretación para explicarnos que mejor cambiaba de tema porque creía que no era el apropiado en ese momento, o no se acordaba de parte de la letra, o era material nuevo y estaba inacabado, o simplemente porque entendía que algún otro le vendría mejor a esta velada de jazz que no es exactamente jazz. Ahondando en la última cuestión, he de decir que me pareció inadecuado el espacio para este tipo de concierto. De entrada no sonó especialmente bien. Bueno, al principio sonó directamente como el culo, si bien no parece que fuese por culpa de Howe Gelb y su banda. Una vez solventados los problemas de sonoridad la cosa mejoró, pero aún así me siguió pareciendo como que algo no encajaba. Vamos, que el espacio adecuado para esta surrealista versión alternativa de Sinatra con sombrero Stanton y botas de cowboy hubiese sido un teatro y no una sala para conciertos de música pop.

Cierto que el danés del contrabajo es un músico cojonudo y así lo demostró, pero me pareció que a veces iba un poco por libre. Al otro nórdico, el sueco de la batería, se le puede achacar justo lo contrario y que en demasiados momentos participara del show como un elemento de atrezzo. Y la maravillosa voz arenosa del sr. Gelb sin poder exhibirse ya que quedaba constantemente sepultaba por el piano y también por la mencionada mala sonoridad.

Así pues… ¿el concierto fue un cagarro? Hombre, tampoco es eso. El talento suele salir a flote e incluso con los condicionantes expuestos hubo cosas que se salvaron de la quema. El carisma del genio de Arizona, envuelto al piano y acompañado por un par de virtuosos escandinavos, dio para producir varios momentos brillantes. Si bien no todos los temas se adaptaron por igual a la fórmula musical escogida.  La cadencia fue, en general, demasiado suave y hasta relajante, casi de club de jazz pero sin el club y hasta sin el jazz… Ni los butacones, ni las copas de bourbon... Y por desgracia sin ese marcado carácter fronterizo que caracteriza las mejores composiciones de Howe Gelb en cualquiera de sus versiones y formatos. Lo dicho… Y que otra vez será. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

Ted Chiang y la historia de tu vida

Ted Chiang es un narrador estadounidense que practica esa cosa llamada ficción especulativa. Para entendernos, el compadre escribe historias en las que conjetura sobre eventos que no han ocurrido, pero que podrían tener cabida en el mundo real. Más o menos. Es cierto que Chiang se toma algunas licencias fantasiosas. Es como... para entendernos... ¿habéis visto “Black Mirror”? Pues eso.

El tipo, que es informático de profesión y escritor solo a tiempo parcial, es considerado la nueva estrella del género. Y es que, con apenas un puñado de relatos cortos en su haber, atesora los mayores honores que se pueden alcanzar en literatura de ciencia ficción y fantasía. Un premio Nébula al mejor relato por “La torre de Babilonia” (1990); el premio John W. Campbell al mejor autor novel en 1992; el premio Nébula a la mejor novela corta y el premio Theodore Sturgeon Memorial por “La historia de tu vida” (1998); un premio Sidewise por “Setenta y dos letras” (2000); un premio Nébula, el premio Locus y el premio Hugo al mejor relato por “El infierno es la ausencia de Dios” (2002)... Incluso se permitió rechazar una nominación al Hugo por su historia “¿Te gusta lo que ves? (Documental)” en 2003. Según el mismo cuenta, la historia no presentaba el resultado deseado por culpa de presiones editoriales. El caso es que los cinco cuentos mencionados, además de otros tres, conforman “La historia de tu vida”. Una compilación a la que da título el relato que sirve de argumento a la, para este menda, mejor película estrenada durante el pasado 2016. Os hablo de “La llegada (Arrival)”, del canadiense Denis Villeneuve.

Aquella historia sobre la llegada de unos alienígenas a nuestro planeta fue ideada por Ted Chiang. Eric Heisserer, a la postre guionista de la peli, se enamoró de la historia al toparse por casualidad con ella en una antología y desde ese momento sólo fue capaz de cavilar cómo llevarla a la gran pantalla. Al final sería Denis Villeneuve quien apostase por el proyecto, añadiendo su saber hacer y modificando algunos aspectos de la misma. Y a pesar de las diferencias entre el relato y su adaptación cinematográfica, el interés por los principios variacionales de la física permanece intacto. Aquello de que haríamos si fuésemos capaces de ver lo que está por venir. Nuestra respuesta como personas ante lo inevitable. Tremendo relato y maravilloso film.

El libro también incluye “La torre de Babilonia”. Una versión "chiangesca" del mito de la Torre de Babel, versión Nuevo Testamento. El tránsito de unos albañiles hacia la cima de la torre, más preocupados en no perder sus herramientas que en caerse. Arduo ascenso hacia esa ciudad fantástica en el cielo en la que Chiang fija la huella del “Castillo en los Pirineos” de René Magritte. “Comprende” va de alguien que tras sufrir un grave accidente en el hielo es tratado con una novedosa medicación que no hace sino mejorar sus prestaciones hasta el infinito y más allá. El tipo es cada vez más rápido e inteligente pero, ¿hasta donde podrá llegar? “Dividido entre cero” va de la difícil relación entre las matemáticas y las verdades absolutas. De eso y de como la belleza de la ciencia puede conducirnos al suicidio. Evoca lejanamente ciertos aspectos de “Pi, fe en el Caos” (1998) de Darren Aronofsky. Forzando algo la cosa, también hay algo de ella en “Sesenta y dos letras”, relato inspirado en el mito del rabino Loew y el Gólem de Praga. Historia sobre el poder creativo del lenguaje. “La evolución de la ciencia humana” especula en cómo el desarrollo científico pondrá distancia entre los humanos y el propio concepto de desarrollo. Ese momento en que las fronteras de la indagación científica quedan más allá de la comprensión. El siguiente relato, “El infierno es la ausencia de Dios”, es junto a “La Historia de tu vida” mi favorito. La cosa va de apariciones de ángeles y de búsqueda de la fe. También contiene sus dosis de humor no sé si negro, pero desde luego necesario. La antología se cierra con “¿Te gusta lo que ves? (Documental)”. Un “ensayo” sobre las ventajas de no percibir la belleza física a la hora de tomar nuestras decisiones.

Muy buen libro de un género en el que no me sumerjo demasiado. Lo he disfrutado como un chiquillo.

lunes, 20 de marzo de 2017

Don Alejandro para amenizar las Fallas

Con una Valencia abarrotada por aquello de disfrutar -y padecer- las fallas, las primeras con la etiqueta Patrimonio de la Humanidad. Con los abusos de siempre un tanto mitigados por la nueva administración municipal, pero con más gente que nunca en las calles ergo más borrachos. Con menos bunyolerias y más food trucks. Y con una mejora evidente de la cartelería conmemorativa de las fiestas, al cargo de Luís Demano y Joan Quirós. Así recibimos por estos pagos al gran Alejandro Escovedo, mítico cantautor tejano. Cadavérico personaje de inmenso talento sin el cual no se entiende el vigor del que goza actualmente esa cosa llamada alt-country. Comenzaba aquí, en el Cap i Casal, su tránsito alrededor de la piel de toro en el marco de la gira de presentación del fantástico “Burn Something Beautiful”. Y como no, uno que se define como escovediano hasta la médula, no tuvo más remedio que acudir al llamado.

Pero antes fue el momento de Don Antonio, cuarteto de brillantes músicos, desconocidos para la mayoría de los congregados en El Loco. Italianos, con Antonio Gramentieri ex-Sacri Cuori al frente, que además de presentar sus propias canciones tienen el inmenso honor de ser la banda de acompañamiento de Alejandro Escovedo en este tour europeo. Su participación en el show como banda independiente duró apenas media hora y, pese a la pericia instrumental mostrada conjugando ritmos mediterráneos, cadencias surf y hasta riffs garageros, la cosa no pasó de curiosa. Otro tema es la labor de apoyo al músico chicano. Ahí estuvieron sobresalientes. Como si llevaran toda una vida tocando juntos.

Tras un mini-break fue el momento de que don Alejandro saliera a escena. Ahí comenzó todo lo bueno, lo muy bueno, lo magnífico y lo superlativo. Por que el concierto fue de sacarse el sombrero y hasta besarle los pies al sr. Escovedo. ¡Que manera de pasarlo bien! Y es que el tipo nos dio una master class de rock y de vida. La de quien ha estado a un milímetro de perder la suya para después resurgir de entre las cenizas y seguir haciendo aquello que mejor sabe, componer e interpretar canciones. Y en eso anda. Y en esa coyuntura vino hasta nosotros para hacernos partícipes de sus vivencias musicadas. Con una mención especial para esa “Down in the Bovery” que tan bien sonó. Tema que, según nos contó, dedica a su hijo Diego. El mismo que de pequeñito le decía a su papi que lo suyo es música de viejunos.

Además de la mencionada, por allí desfilaron las energéticas "Horizontal" y "Heartbeat Smile" o esa preciosidad titulada "Farewell to the Good Times", las tres incluidas en su último álbum, al igual que la emotiva “Luna de Miel”. Recuperó un par de himnos de sus discos anteriores como "Sally Was a Cop" y la maravillosa "Castanets", para regocijo de todos los allí presentes. Hasta hubiese gozado con ello George W. Bush (hijo... y tonto), fan reconocido de tremendo cañonazo para desgracia de Escovedo, un anti-republicano declarado. El caso es que entre unas trovas y otras el artista interactuó con el público, mostrándose muy cercano y simpático, haciéndonos partícipes de sus anhelos, homenajeando a sus "amigos" Chuck Prophet, Ian Hunter, el fallecido Jeffrey Lee Pearce o Bruce Springsteen y criticando con rabia a Donald Trump con un “fuck Trump” coreado por todo Cristo.

Un pedazo de concierto. 
...y no hase falta desir namás. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Julian Opie en la Fundación Bancaja

El reto para mí es encontrar una imagen donde puedas sentir realmente su presencia, pero que a la vez siga siendo esquemática, como un logotipo. Una tensión entre el logo y la intimidad y el poder del individuo.”
El otro día, volviendo desde la otra parte de mi ciudad, me topé con que la fachada del edificio que alberga la Fundació Bancaixa estaba semicubierta por un cartelón que anuncia una exposición de Julian Opie. Y es que, según parece, la obra del autor de aquella celebrada portada del recopilatorio de Blur, estará expuesta en Valencia hasta el próximo 25 de junio. Se trata de una pequeña pero interesante muestra del trabajo del artista británico durante los últimos quince años. Una treintena de obras gráficas y audiovisuales de gran formato que evidencian ese estilo minimalista y quasi simbólico en la figura humana con los que Opie ha hecho fortuna. Hablo de esos sujetos humanos convertidos en una suerte de marca única e inimitable.

Chula.

martes, 28 de febrero de 2017

Bowie, de Simon Critchley

Antes de que se cumpliera un año de la muerte de David Bowie, salió publicado este librito firmado por un afamado filósofo británico. Si me interesé por el mismo, entre el cúmulo de lanzamientos dedicados a la figura del Duque Blanco tras su muerte, es precisamente por venir de quien viene. Y es que al ser Simon Critchley filósofo antes que fan, que también, le suponía capacitado para abordar el asunto con un enfoque distinto. Y eso es exactamente lo que encontré en esta obra sobre "Bowie". El intenso esfuerzo de alguien que pretende descifrar el enigma Bowie pero en clave personal. Comprender cómo todas esas grandes canciones y hasta la propia existencia del músico, hicieron de la vida de Critchley algo mucho más interesante y rico. Huyendo de la insustancialidad durante el largo período de vida en el que ambos coexistieron en este mundo. 

El libro huye de las fechas y de las cifras. No importa cuantos álbumes vendió Bowie ni cuantas personas asistieron a aquel mítico concierto celebrado en nosedonde. No se describe ningún hecho importante en la vida de Bowie, ni se cae en cuestiones coloristas más propias de las revistas de papel cuché. Critchley traspasa la hipnótica y mediática apariencia del Duque para llegar hasta sus entrañas, también las de Ziggy y hasta las del Mayor Tom, logrando describir esa original visión del mundo que inspiró su música, aspecto, visiones y estrategias y, en definitiva, su forma de vida. Todo ello desde el particularísimo punto de vista de su autor. Un oyente que asimila en primera persona el mensaje contenido en las letras del músico, traduciéndolo en términos íntimos y personales. De ahí que Critchley nos hable de su vida a través de la experiencia de introducirse en los mundos que Bowie dibuja con sus letras.
"Los episodios que aportan a mi vida alguna estructura vienen con una frecuencia sorprendente de la mano de las letras y la música de David Bowie. Bowie hilvana mi vida como ninguna otra persona que conozca."
Interesante libro, pero solo para fans. O al menos, iniciados en la causa.

viernes, 17 de febrero de 2017

Dos libros del Rojo

Cuentan que la nave Curiosity, que se encuentra orbitando alrededor de Marte desde no se sabe cuando, se canta el cumpleaños feliz a sí misma todos los años. Estamos ante el que, probablemente, sea el aniversario más triste de todo el sistema solar. O no. También está el de los protagonistas de “Ultraligero” (Rasmia Ediciones, 2016) primera incursión en el mundo de la novela de Iván Rojo. Por cierto, un libro que se presenta en una edición muy cuidada, con una bonita cubierta protagonizada por una pintura original de Manuel Sáez.

La vida del hombre pájaro, nuestro protagonista principal, es la de alguien hastiado de vivir. Al menos de vivir de esa forma. Y es que a fuerza de padecer algunos de los sinsabores que sufren a diario tantos seres humanos, ha acabado convirtiéndose en una persona desesperanzada con una vida monótona y más bien aburrida. Nuestro héroe consume los días sorteando la apreturas económicas entre cervezas, partidas al FIFA y cópulas a desgana. Eso cuando no le toca ir a trabajar a uno de esos curros de mierda con los que se gana el pan. Bueno, también le gusta pasear sin destino conocido. Y hasta observar pájaros, para catalogarlos sirviéndose de los conocimientos adquiridos a través de alguna guía ilustrada. Todo eso a la espera de que llegue el fin. El momento en el que se produzca ese gran incendio negro que debe acabar con todo y con el que lleva soñando desde hace tiempo. Sin embargo, su horizonte vital cambiará cuando, de manera fortuita, se tope con nuestra protagonista femenina.

La herida es una mujer rota por fuera pero sobretodo por dentro. Alguien cuyo deterioro físico se antoja insuficiente para reflejar cuan grande es su vacío interior. Su vida es anodina, por decirlo suavemente. Porque más que viva, nuestra heroína se haya en los márgenes de la vida. Aquejada de una tetraplejia consecuencia de un terrible accidente, si se mantiene en este mundo es porque alberga la esperanza de cumplir con el último deseo de su hijo. Acudir hasta Estaca de Bares, en la costa gallega, donde confluyen el Cantábrico y la masa oceánica del Atlántico. El mayor corredor migratorio de aves de Europa.

Y aquí es donde se unen los destinos de ambos en una suerte de viaje redentorio con el que concluye “Ultraligero”. Un tránsito hacía esa soledad alada que tanto ansiaba la Pizarnik.

Y eso es “Ultraligero". Gran novela de temática cotidiana, fiel a ese estilo cultivado durante años por el autor en su obra poética y también en los relatos. Historia cruda y hasta descarnada en la que, cómo no, hay un pequeño espacio para la esperanza. Y con ese tremendo final... Que por algún motivo ha hecho aflorar en mí las mismas emociones que después de leer este poema de Iván, incluido en su último poemario “10.000 caballos de guerra” (Versátiles editorial, 2016):
Un descomunal oso de peluche

más amarillo que el sol

cuelga por las orejas

de un tendedero

a la altura de

Cádiz 44.

Las entrañas de espuma

le asoman por un agujero en el abdomen.

Pero él sonríe, sonríe de pinza a pinza.

Una especie de dios extraño y observante,

de una amabilidad siniestra,

cuya presencia en el cielo

confiere al tráfico,

a los peatones,

a los comercios,

a la ciudad entera,

un aire de irrealidad.

Como si todo lo que sucede aquí abajo

fuera un juego.

Como si todos nosotros

fuéramos los juguetes

de un niño cruel

y perfecto

como solo un niño puede serlo.

Probablemente así sea.
El poema se titula “Juguete Roto” y es uno de los cincuenta y dos que integran esta maravillosa compilación. El cuarto libro publicado por el patraixero tras “Pantano” (Sven Jorgensen – 2014),La vida salvaje” (Rasmia – 2015) y la novela “Ultraligero” reseñada más arriba. Otra buena muestra del universo normcore a la valenciana en el que tan bien se desenvuelve el autor. Realismo magro y a la vez lírico -¡y hasta onírico!-, algunas veces despiadado, que nos remite a lo mejor del género. Y es que el hombre sigue ensanchando sus horizontes literarios y algunos os lo estás perdiendo. No te hagas eso. Debes leer al Rojo.

jueves, 16 de febrero de 2017

Ensayo con público de E, en la Rambleta o el Ram Club que mola más...

"Cualquier tiempo pasado fue anterior", que decía el fenómeno aquel de la melena miembro de Les Luthiers. Y no lo digo por la banda, E -o (A Band Called) E-, proyecto colaborativo que aúna los destinos musicales de la siempre interesante Thalia Zedek (Come, Uzi...), con los de Jason Sanford (Neptune) y Gavin McCarthy (Karate). Me refiero a la escasa peña que se dio cita en el recinto en el cual se celebraba el evento. Y es que, ¿os acordáis cuando las salas de la capital del Regne se llenaban para disfrutar de bandas como Come? Ah! ¿Qué no? La verdad es que yo tampoco. Ni siquiera recuerdo que Come vinieran a Valencia. El caso es que lo mismo me da que me da lo mismo. Los que no vinieron se lo perdieron. Peor para ellos. También para quien pusiera la pasta en esta gira. Y para la sala, supongo.

En fin, a lo que iba, que me enredo... Yo sí que me presenté. ¿Cómo no? Si el trío de Boston se ha sacado de la manga un artefacto musical explosivo, con el que bordean lo industrial, incluso el math rock, aunque sin renunciar al legado indie rocker del cual sus miembros fueron partícipes en los noventa. Y es que el peso de esas décadas de experiencia dentro de la escena alternativa de su ciudad se notan. Y de ese esfuerzo nace este plástico que es como muy de sus bandas matriz, pero también diferente a cualquier cosa que hayan grabado antes. Con un resultado final que, quizás, demuestra un mayor peso en la ecuación de Sanford y sus Neptune. Un álbum de debut homónimo caracterizado por un sonido que es a la vez frío -por momentos incluso marcial- pero también emotivo. Y es que en “E”, de E, también hay espacio para la emoción. La contenida y de la otra, como pudimos apreciar en el show de anoche.
La titawa aspasial de Yeison
Conciertarro en el que, como os dije antes, no había ni el Tato. Hasta el punto de que aquello parecía más una suerte de ensayo con público, en el que los dobles de Jim Jarmush, Rosana afuegolentotumirada y Mr Proper se enfrentaban a un puñado de habituales de la movida, incluyendo a los que pasan de gañote a todos los conciertos celebrados en esta puta ciudad. Algunos permitiéndose el lujo de llegar tarde, que tié webs... Aunque a los E todo esto les importó poco. Se comportaron como si estuvieran en un pabellón rebosante de enfervorizados fans. Destaparon el tarro de las esencias y se dedicaron a tocar esas estructuras repetitivas, quasi hipnóticas, que al parecer son marca de la casa. Y sonando como el trueno, que todo hay que decirlo.

Por allí desfilaron prácticamente todos los cortes incluidos en su único álbum hasta el momento, más alguna que otra cosita. Creí reconocer alguna versión, pero no estoy del todo seguro. De lo que sí lo estoy es de la solidez que mostraron empalmando los catorce temas que integraron el recital, con tan solo el pequeño parón previo a los bises. Abrieron con “Regatta” y cerraron con “Great Light”. Por el camino quedaron “I Want to Feel Good”, “Treeline” o las tremendísimas “Candidate” y “The Archer”. Poca broma. Tan solo se echó en falta “Water”. Pero bueno, ¿que queréis? Más triste es robar que decía aquel. 
 

viernes, 10 de febrero de 2017

Bacalao (con C)

A estas alturas ya sabemos que el bacalao no es solo un pescado blanco o azul, dependiendo de si se presenta fresco o en salazón. Bueno, puede ser que si te criaste a orillas del Atlántico portugués, dónde ese pez es el rey de la cocina, desconozcas la existencia de otras acepciones. Desde luego que no será así si naciste en esta terreta en la que me parieron y te movilizaste en el ambiente de la fiesta en los noventa. El problema es que ha habido una suerte de intoxicación en lo que al bacalao musical respecta. O sea, al bakalao con k. Que fue en lo que devino todo un movimiento cultural que fue capaz de poner a Valencia a la vanguardia europea. Os hablo, cómo no, de esa mierdaca electrónica a base de ritmos rápidos y repetitivos, cantaditas y sonidos editados, con los que gran parte de la chavalada del país se ponía hasta las trancas de viernes a domingo. Ese ruido con pretensiones, esa anti-música a la que odié con toda mi alma durante mi juventud, pero que hacía las delicias de los protagonistas de aquel conocido reportaje emitido por el Canal Plus en el año 93.
Conocido mediáticamente como la Ruta del Bakalao (o Ruta Destroy), fue heredera directa de algo más que interesante a lo que algunos se refieren como "la movida valenciana". Nacida en los años ochenta (o incluso a finales de los setenta), en plena Transición y con un cariz vanguardista, transgresor y hasta underground, esta movida supone el mayor periodo de esplendor cultural que se ha vivido por estos lares. Aquí se alumbraron algunas de las discotecas y pubs más innovadores del país, se pincharon vinilos de gentes a los que nadie conocía y se programaron conciertos de reputadas bandas en horarios imposibles. También se consumieron drogas. Primero mescalinas, luego de otro tipo. Y todo eso dio como fruto el mayor movimiento de clubbing a lo largo y ancho de la piel de toro. Con consecuencias a medio plazo sobre la forma de ocio nocturno practicada en todo el país.

De todo esto nos habla “¡Bacalao! Historia oral de la música de baile en Valencia, 1980 – 1995”, escrito por el periodista y diyéi barcelonés Luis Costa. Libro construido a base de entrevistas con los principales actores de la escena musical valenciana en aquel momento. Por allí transitan los precursores a los platos, los empresarios de la noche que montaron los garitos, los responsables de tiendas de importación imprescindibles en aquellas fechas, algún periodista musical y músicos de aquí y de más allá. De hecho uno de ellos, Shaun Ryder de los Happy Mondays, llega a decir cosas como que “[...] todo estaba ocurriendo antes en Valencia que en Ibiza”. En términos parecidos se manifiestan Mark Burgess, de The Chameleons o Andy Jarman de “A Popular History of Signs”.

Un libro muy interesante que nos acerca a lo que realmente ocurrió y que va mucho más allá de lo que la mayoría de la gente recuerda. Algo importante y que está muy por encima de esa imagen distorsionada, repleta de mascachapas y chimobayos, a la que muchos accedimos por culpa, aunque no solo, de los medios de comunicación.

Os dejo esta interesante listica con la banda sonora del libro...
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