domingo, 21 de julio de 2019

José Tomás Molina en El Farol


El viernes por la tarde y casi de casualidad, nos topamos con el bolo que el sello independiente LeRockPsicophonique había montado en la Sala Rubén Darío de Valparaíso, en el marco del ciclo itinerante que lleva por todo Chile el trabajo de sus bandas y artistas. Algún día tendré que dedicar una entrada a la maravillosa labor de un sello capaz de extraer tamaña cantidad de talentos de debajo de las piedras y aquí, en este remoto y apartado rinconcito del mundo. Sería interesante ver la incidencia de esta peña en el chiringuito musical, si se cumpliera la premisa de aquella otra América posible esbozada por Torres García.

El caso es que José Tomás Molina es un brillante compositor y multiinstrumentista, responsable de piezas para orquesta y grupos de cámara. Además forma parte como guitarrista, teclista y bataca del trío de math rock Sistemas Inestables, de quienes ya os hablé en otra entrada. También integra el combo de rock alternativo Inverness, conocidos por aquí tras participar en la banda sonora original de “La memoria del agua” y “La vida de los peces”, ambas películas dirigidas por Matías Bize. Venía a la ciudad de los colores para presentar un adelanto del que será su tercer trabajo en solitario tras “La Orquesta Errante”, de 2014, y el fantástico “Bilanciare” –equilibrio- del año pasado.

Lo que ofrece el músico santiaguino es una suerte de neoclasicismo o clásico moerno muy en línea con el trabajo de artistas internacionales, coetáneos pero un tanto más curtidos y desde luego más reconocidos que él, como Joep Beving o hasta Max Richter. Eso y una suerte de experimentación en base a secuenciadores y algún que otro repiqueteo jazzístico más presente en el directo que en los discos publicados por Molina hasta la fecha. De hecho esto último funcionó anteayer como una especie de homenaje a su banda matriz, a quienes vi en otra ocasión sin que me gustaran tanto. Al menos eso me pareció a mí.
El show, ni muy largo ni muy corto, solo lo justo y necesario, transitó entre lo novedoso y lo reciente, mostrando a un José Tomás Molina un tanto más experimental y menos grandilocuente que en su versión enlatada. Dibujando atmósferas que iban entre lo ambiental y lo esotérico y que podrían venir firmadas por el puto Brian Eno si este se dedicase a reinterpretar las “Gymnopédies” de Satie. Todo ello sin eludir otros aspectos más propios de la música instrumental de guitarras y programitas. Vaya, que forzando un tanto la comparación, hubo momentos en los que me vinieron a la cabeza esas fases más espaciales y vaporosas en la música de Mogwai. En todo caso, si algo quedó demostrado este viernes, es que José Tomás es un tipo talentosísimo. Al piano, por supuesto, pero también con la programación, dándole a las baquetas, rasgando la guitarra o soplando el clarinete. También sus dos acompañantes, un violinista y un violonchelista que tocaron como Dios. Y vaya, que no sé si os interesan demasiado estos sonidos, pero si es el caso, dadle una oportunidad al zagal. Presenciar el concierto aquí en Valpo, en petit comité y a resguardo de los rigores del invierno austral, fue un gustazo. Si puedo, repetiré. Aquí, allá o acullá.

viernes, 19 de julio de 2019

Cuatro lecturas dispares sobre Chernobyl


Cuando ya ha pasado más de un mes desde que HBO emitiera el último de los cinco capítulos de esta miniserie y, de alguna forma, la ola de entusiasmo se ha disipado, es momento de que este menda os hable sobre la última creación de Craig Mazin. “Chernobyl”, dirigida por el sueco Johan Renck, es un drama histórico que recrea el desastre de la central nuclear ucraniana de abril de 1986, contando las historias de aquellos que, supuestamente, lo causaron y de quienes pagaron por ello. Según he leído, bebe de los recuerdos locales de Pripyat recogidos por la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich en su libro “Voces de Chernóbil”. Una obra literaria que descansa en mi estantería desde hace tiempo y a la que no acabo de hincar el diente. 

Antes de nada una anécdota de pre-adolescencia. Servidor forma parte de esa generación de europeos que un 29 de abril de 1986, tres días después del accidente, se desayunó con la noticia de que había una nube radioactiva pululando por el viejo continente. Y que si no moríamos todos poco iba a faltar. Bueno, esto último no sé si fue tan así. Seguro que estoy exagerando. Pero os imaginareis lo sugestionada que estaba la mente de un niño que, por aquel entonces, ya leía historias de Julio Verne, Boy Lornsen, los tebeos de Dany Bub y los de Tintín. Recuerdo que el acojonamiento era más o menos generalizado. Al menos en mi entorno pueblerino. Hasta el punto de dejar apartadas el resto de preocupaciones. Que vaya, en ese momento y con esa edad no pasarían de evitar las collejas del chulito del cole o que me partieran la trompa jugando a el rogle. Bueno, también hinchar para que Duckadam, Belodedici, Balint, Lacatus y Piturca se follaran al Barça en la final de Copa de Europa a disputar en Sevilla, como finalmente ocurriría.

Así pues, como os podéis imaginar, no podría haber recibido con mayor expectación un producto como este. Quien dice expectación dice entusiasmo, por mucho que fuera consciente de que la fabulación iría más allá de lo que realmente sucedió y que eso serviría a los productores, tan occidentales ellos, para plantear una enmienda a la totalidad de aquel bonito sueño que fue la URSS, con su economía planificada y el milagro de la abundancia en cuatro sencillos pasos. Y no seré yo quien reivindique un proyecto a todas luces fracasado, pero me carga que se niegue el pan y la sal a cualquiera de los que creyeron sinceramente en aquello. Y sobre todo que se oculten los logros de aquel modelo político y económico, que también los hubo.

Dicho lo cual, vamos al asunto: Las cuatro lecturas dispares anunciadas al comienzo. Más que dispares contrapuestas. Lo cual deja a este humilde bloguero al nivel de un Pdr Sncz diciendo una cosa hoy y mañana la contraria, o al de un Alberto Carlos haciendo… Bueno, no, al nivel del farlopero jamás.

La primera es que “Chernobyl” mola un puñao. Por intensidad, por la fuerza de las imágenes ligadas a la música de Hildur Gudnadóttir y también a la no-música de muchas escenas… Por la forma en que la cámara penetra en la historia, aislándolos en los detalles más ínfimos… Porque nos transporta a un tiempo y un lugar absolutamente conseguidos, a un escenario creíble… También porque el elenco actoral es estupendo, en algún caso -como el de Jared Harris en el papel de Valeri Legasov, el de Con O’Neill como director de la central, o en el del secundario que hace de líder de los mineros-, absolutamente maravilloso. Por el sonido, los diálogos, la iluminación, el montaje, los encuadres y movimientos de cámara, los decorados… Por ese color desvaído que lo impregna todo… Lo cierto es que todo brilla a gran altura. Dando lustre a una etiqueta como “HBO presents” que suele asociarse a calidad, aún cuando a veces sea discutible. También por como esas imágenes reproducen una realidad que conmueve. Dibujando un escenario en plan “qué coño pasaría sí…” de forma tal que nos olvidamos de que todo eso ya pasó. De verdad que pasó.

Peeeero… la serie está rodada en inglés. Y eso mola menos. Hasta el punto que me cuestiono si realmente importa verla en versión original. Y es que escuchar a Gorbachov, a los camaradas Briujanov, Shcherbina o Pikalov interactuando en un inglés con acento de Londres, me recordó a aquellos blockbusters ochenteros en los que los rusos siempre eran los malos y hablaban entre sí en jerga de Kentucky pero con acento de Vladivostok. Vaya, que los actores ingleses son cojonudos, no cabe duda. De hecho estoy bastante de acuerdo en aquello que afirmaba Garci de que, junto a los argentinos, son los mejores en lo suyo. Pero la cuestión idiomática chirría. La historia es demasiado soviética como para pasar esta circunstancia por alto. Y esa es mi segunda lectura.
Aún mola menos y esta es la tercera, por cómo afronta la cuestión política de fondo. Más bien por lo maniqueo del planteamiento. Todos sabemos que el cine es un lenguaje y por lo tanto es un medio de llevar un relato y de vehiculizar ideas. Esto viene siendo así desde Griffith hasta Ken Loach, pasando por Visconti y por supuestísimo por un Sergei Eisenstein que siendo soviético viene bastante al caso. El cine es un medio de información pero también de propaganda y esta serie, que incide especialmente en el empeño de los soviéticos por impedir que se conociera la gravedad de lo acontecido en Chernóbil, no escapa a esa premisa. No porque lo que cuente sea mentira, supongo, sino por como lo cuenta y, sobre todo, por lo que decide no contar. Presentándonos a un gran villano, el sistema soviético, pero eludiendo que cuando se produjo el accidente ese sistema ya no existía. Eran tiempos de Perestroika, el proceso de reestructuración y desmantelamiento del antiguo régimen soviético capitaneado por Mijail Gorbachov. Alguien que también tiene su cuota de pantalla en “Chernobyl”, presentado como un zote, o más bien un pelele preso de los burócratas. Una retahíla de hijos de puta, viles y mentirosos, que simbolizan el terrible funcionamiento de las cocinerías de la URSS. Como si estas cosas fueran diferentes en el mundo libre de entonces y en el de ahora. Y a la actualidad política de Españita o el Chilito lindo que tan bien me acoge, me remito. Con todo, lo peor es el antagonismo de esos insobornables y abnegados científicos que velan por el progreso compartido y el bien de la humanidad. Unos seres de luz que al parecer nada tuvieron que ver con el merder que se les/nos vino encima. A otro perro con ese hueso…  Ai Marededeu si todo fuera tan sencillo…

Y ya para acabar mi cuarta lectura. Tiene que ver con ese tonito moralizante e hipócrita que incide en los peligros de la energía nuclear pero no para criticarla como fuente de energía, sino para cuestionar que sus beneficios caigan en manos de los malosos. Vaya, lo mismo que hace Trump señalando a Irán, Corea del Norte y demás miembros honoríficos del eje del mal por desarrollar idénticas tecnologías a las que se exploran desde hace décadas en el país de las barras y estrellas. Vamos, que está bien crear bombas atómicas capaces de arrasar ciudades enteras en cuestión de segundos, siempre y cuando lo hagamos nosotros que somos los buenos, pero no ellos. Todo muy olrait. Y es que, como vemos en un vergonzante pasaje del penúltimo episodio de “Chernobyl”, ¿vamos a aprobar que tengan centrales nucleares unos tipos que no dudan en matar perritos a sangre fría? Que más dará si lo hacen para que la contaminación no se propague y que hayan muerto nosecuantos ucranianos intentando reconducir la situación... Todo tiene un límite y este se sitúa en cosas como el sacrificio de mascotas contaminadas. En serio, ¡¿Perritos?! ¿Qué hostias le pasa a esta peña?

Y esto es todo lo que tengo que decir sobre esta miniserie que habla del principio del fin de la guerra fría y de alarmas nucleares. Un producto televisivo de impecable factura y que, aunque ahora no os lo creáis, he disfrutado bastante. Me ha gustado más de lo que me ha disgustado y de hecho le he cascado un siete en el Filmaffinity. ¡Quién te entienda que te compre, Sulo!  

Ah! Y por cierto, acabo de ver lo de las tropecientas nominaciones a los Emmys… Supongo que volverá el entusiasmo que os comentaba al principio.

Eso y que si queréis ver fotos chulas de las consecuencias del desastre, aquí os dejo esta entrada de hace ocho años… ¡Cómo pasa el tiempo conchasumare!  

miércoles, 17 de julio de 2019

Torres García, Obra Viva


Sobre estas líneas “América invertida”, icónica obra del filósofo, educador, poeta, artista y teórico uruguayo Joaquín Torres García. Un sencillo dibujo a pluma y tinta del año 1943, que surge de una premisa tan básica como la de invertir el tablero global. Plantearse aquello de que pasaría si el norte fuera el sur...
“No debe haber Norte para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro Norte.”

Lo cierto es que Torres García creó con un trazo simple el imaginario de otra América posible. Y lo hizo en el marco del que fuera su gran proyecto, la Escuela del Sur, un taller de trabajo, pero sobre todo una suerte de institución de enseñanza colectiva, que tenía como objetivo alterar el mapa conceptual de referencias para la producción de arte moderno desde Latinoamérica. Tirando de las fórmulas artísticas en boga, la indigenista o nacionalista pero también de la visión universalista. Eso sí, alejándose de la mirada romántica o de reivindicación patriotera de muchos de sus coetáneos. Lo importante era la consecución de un arte puramente latinoamericano que incluyese elementos del arte abstracto tradicional precolombino junto a elementos del arte de vanguardia.

Al final, el taller se convirtió en un movimiento con una destacadísima identidad propia. Ahí nació lo que se ha venido en llamar el universalismo constructivo, del que Torres García fue impulsor. Pero para llegar a eso el artista tuvo que pasar por diferentes etapas. A finales del XIX arribó a Barcelona, lugar de formación, inspiración y primeras influencias, donde participaría del noucentisme. Conocería a Picasso y sobre todo a Gaudí, con quien colaboró en el diseño de vitrales de la Catedral de Palma de Mallorca y en la Sagrada Familia. Más adelante se empaparía de la vitalidad artística de una ciudad como Nueva York, entorno más moderno para su propuesta pictórica y artística. Aunque lo más interesante allí fue su creación juguetera. Al poco regresaría a Europa y en algún momento acabaría instalándose en París, entrando en contacto con la vanguardia. De ahí su relación con Piet Mondrian, quien con sus composiciones de figuras geométricas en colores primarios ejerció una notable influencia en la obra posterior de Torres García. En el advenimiento de ese universalismo constructivo mencionado al comienzo.

Y todo eso es lo que puedes ver en la exposición “Torres García. Obra Viva” del Centro Cultural la Moneda. Muestra con más de cien obras de diversas materialidades -cartones, piezas de madera, óleos sobre tela y pinturas sobre papel- además de fotos, ejemplares de revistas editadas por el taller del artista, juguetes de su fábrica artesanal en los EEUU, teatritos creados en un periplo italiano y hasta su escritorio personal, traído específicamente desde el museo del artista en Montevideo.

No es una presentación despampanante, pero no está nada mal. Sobre todo resulta interesante. Como la reflexión que dio origen al cuadro que ilustra esta entrada.  

viernes, 5 de julio de 2019

Too Old to Die Young, de NWR


No hace mucho y a través de las redes, un amigo me agradeció el que le hubiese dado a conocer a Nicolas Winding Refn. No me acuerdo bien de la situación, pero sé que tenía algo que ver con la trilogía “Pusher”, con la que el de Copenhague debutara tras las cámaras a mediados de los noventa. Por lo que a mí respecta, NWR se convirtió en uno de mis favoritos desde el día que quedé patidifuso con “Drive” y así dejara constancia de ello. Un poco antes también hablé por aquí de “Bronson” y hace menos de “The Neon Demon”, extraña versión de Blancanieves en clave posmoderna, gore y sin final feliz, que tantas similitudes guarda con la serie de la que ahora paso a hablar. Porque sí, esta es otra columna sobre la excelsa obra de este cuarentón amigo de Jodorowsky y a quien la vocación le vino tras el visionado de “La matanza de Texas”. Qué mejor motivo que el estreno de “Too Old to Die Young”, un elegante western urbano que podría ser un spin-off de “Drive” pero no lo es y que entusiasmará tanto a amantes de las tramas criminales, como a los apasionados al cine marcianet. Pero sobre todo a los devotos a la causa liderada por el realizador danés, entre los que me incluyo. Amén.

La ficción se estrenó a mitad del mes pasado y a través de Amazon Prime Video, uno de esos servicios de streaming en los que todo se cuece. Bueno, ahí y en Netflix, en Hulu o a través de servicios específicos de canales como HBO o CBS, además de plataformas de transmisión como SlingTV, PlayStation Vue y el cada vez más caro YouTube TV. De todos esos solo tengo el Netflix y el básico de HBO, así que os podéis imaginar cómo llegué a esta serie en la que NWR es el productor ejecutivo, guionista, showrunner y por supuesto director. Contando con la inestimable ayuda del afamado guionista de cómics Ed Brubaker, responsable de “Daredevil”, “Batman” o los “X-Men” entre otros.

La historia sobre la que orbita todo es la de un afligido policía que, junto al tipo que mató a su compañero, se encuentra a sí mismo en un submundo repleto de yakuzas, miembros de un cártel mexicano, pandillas jamaicanas, redes de prostitución y pederastia, productores de snuff movies, videntes y santeros, además de justicieros de la noche. Demasiado viejo para morir joven es un thriller burraco e híper-estilizado que se centra en la ciudad de los Ángeles si bien no elude visitar territorios más al sur. Nos habla del proceso de transformación de un grupo de personajes, entre los que se encuentran el policía y el niño bien metido a vengador antes mencionado, pero también un ex agente del FBI moribundo y una huérfana acogida por un capo de la droga, cuando estos deciden cambiar de vida y convertirse en una suerte de samuráis contemporáneos. Entendiendo esto último en clave Jeff Costello, el mítico protagonista de “El Silencio de un Hombre” de Jean-Pierre Melville. Lo cual, por cierto, supone un nexo de unión entre la figura del detective y el conductor de “Drive”, quién también remitía al personaje interpretado por Alain Delon. De hecho Miles Teller –“Whiplash”- da vida a un personaje prácticamente idéntico al que interpretó Ryan Gosling en sus colaboraciones con Refn. Un pistolero inexpresivo, solitario y parco en palabras. También es verdad que este se muestra un tanto más fiero y despiadado que aquel mecánico aspirante a campeón de la NASCAR.

La estética y el ritmo siguen la línea de las tres últimas películas de Refn, tan celebradas como denostadas. La historia se divide en diez episodios en los que da la sensación de que ha hecho lo que le ha venido en gana. Comenzando por la variable extensión de los mismos. Y es que los hay de casi dos horas, mientras que el último dura apenas treinta minutos, sumando cerca de trece horas de metraje en total. En algunos pasan un montón de cosas, pero en otros casi nada. Bien es cierto que siempre incluyen uno o varios de esos momentos en los que se desata la violencia y que son tan habituales en el cine del director danés. Coinciden también en esas largas y lentas escenas donde los personajes se toman todo el tiempo del mundo para actuar o hablar. Conversaciones que, de haberlas, se limitan a pocas palabras o frases cortas. Alguna vez asistimos a extensos soliloquios en forma de reflexiones en voz alta, que plantean escenarios próximos a los mundos de David Lynch. Alguna escena grotesca me reafirma en este punto. Dicho lo cual, una recomendación: Sed pacientes. La espera compensa.

Con todo, lo mejor que puede decirse del nuevo trabajo de NWR es que es un puto festín visual. La fotografía es espectacular, con ese diseño de luz tan particular y esos colores de alto contraste a los que Refn asigna una gama de emociones bien definida. También los títulos de crédito son una puta pasada, en la línea retro ochentas tan de su gusto. Como la banda sonora, encargada de nuevo a Cliff Martínez y en la que, además de las composiciones de quien fuera bataca en los Red Hot Chili Peppers, también suenan temas de Goldfrapp, 999, New Order, The Skatalites, Barry Manilow, Jimmy Angel, Sarabande o Judas Priest.
Y eso es todo lo que tenía que contar. Aparte de insistir en que le echéis un ojo. Que sí, estoy seguro de que habrá críticas de trazo grueso en las que eminentes juntaletras de la cosa fílmica dirán que es demasiado larga o que es más de lo mismo o bla bla bla y no sé qué pollas más. Luego está el típico desubicado que os dirá que se aburrió como las ostras. Pues muy bien… 'enga va, acepto que haya a quienes no les apasione porque sean incapaces de entrar en la historia. Yo mismo, al comienzo, me debatía entre si “Too Old to Die Young” iba para obra maestra o era una mierda sideral. Lo que sí tuve claro desde el minuto uno, es que estaba ante una sacada de chorra de dimensiones extraordinarias. Y aunque solo fuera por eso ya debéis verla. Y vaya, ahora puedo decir que si no es una puta obra maestra, se le acerca mucho. Si no al tiempo. Avisados estáis.   

miércoles, 26 de junio de 2019

Veinte discos con los que estoy flipándolo a mitad de año o segunda parte del da’ best albums of 2019 pa’ este menda (so far)


Hozando cual chancho entre las matas… Encontrar algún olvidado manjar, saborearlo y después gruñir mientras chapoteo en la charca. En esta fase me hallo, en pleno chapoteo y emitiendo refunfuños que no son tal, ya que estos veinte descubrimientos me producen alborozo y júbilo. Y vale que algunos son más obvios que el jacolarismo de Albert o que a Pdr esto del gobierno de coalición no le va nada bien. Pero oye, lo mismo me da que me da lo mismo. Pa’ mí solo está fantabulosa mid-season harvest, a ver si me atoro.

‘enga vaaaaaaaaa...  la comparto con tós vosotros. 
Ahí va això:

Fews, “Into Red”
Para comenzar el último trabajo de los sueco-americanos. Segundo en su corta trayectoria tras “Means”, con el que debutaran a comienzos del 2016. Lo de ponerlo en primer lugar no es porque lo considere el mejor de todos, sino para remediar un olvido. Juraba y hasta perjuraba que ya había hablado de “Into Red” en el anterior listado de gozos y recomendaciones. Se ve que no. Cosa del señor alemán ese, que no perdona a nadie. Lo cierto es que, si aquel primer álbum ya les colocaba en cabeza en la carrera de aspirantes a llenar el hueco dejado por Interpol, este lo confirma. Desde Malmö a San Francisco y pasando por Londres, la banda liderada por Frederick Rundquist continúa propagando su mensaje kraut-post-punk. Nada en “Into Red” se aleja de esa lógica a base de ritmos mecánicos, guitarras angulares y bajo machacón. Del gusto por la oscuridad, la sobriedad o la contención. Si bien, en esta segunda entrega y merced a la producción, hay ciertas concesiones a un alma más pop. Con melodías un tanto más luminosas que antaño. En todo caso ahí siguen, para bien y sin desviarse demasiado del camino emprendido hace apenas cinco años.

Better Oblivion Community Center, s/t
Artefacto musical confeccionado a cuatro manos: Las de la jovencita Phoebe Bridgers y las del más veterano Conor Oberst  -Bright Eyes, Desaparecidos…-, quienes ya habían colaborado en el debut de la cantautora californiana. Disco íntimo y reposado, decantado hacia la cosa folkie pero con algún ramalazo guitarrero. Con papel estelar para los juegos de voces. De hecho es en torno a estos que gravita todo el álbum y en donde el proyecto encuentra su sentido. Bueno en eso y en una química más que evidente entre las partes. Lo cual les ha dado para componer un puñado de canciones trufadas de microhistorias que rezuman melancolía y algo de tristeza. Al final son diez y no cambiarán el curso de la historia de la música, pero todas juntitas componen un más que interesante debut. Si es que el proyecto goza de continuidad, que está por ver.

Desperate Journalist, “In Search of the Miraculous”
El cuarteto británico sigue allí donde lo dejó hace menos de un año, cuando publicaran “You Get Used to It”. Abundando en esa fórmula que tan bien se mueve entre la escuela The Cure y el pop con tintes melancólicos al estilo Smiths. Incluyendo esos fraseos a lo Morrisey tan habituales en Jo Bevan. Esta búsqueda de lo milagroso refleja la continuidad de un sonido, el de un bonito proyecto musical que no parece destinado a llenar estadios. Ni falta que hace. No se hizo la miel para la boca del asno. El tercer largo en la trayectoria de Desperate Journalist también destaca por sus guitarras, por esos momentitos de oscuridad tenue y, sobre todo, por esa poética que los fanáticos reconocemos al instante. Creo que a estas cosas las llaman obra de madurez. ¿Y qué disco de los londinenses no lo es?

Fontaines D.C., “Dogrel”
No exagero si afirmo que este trabajo, junto a otro que aún no se ha publicado y que no desvelaré por aquello de no mentar la bicha, están en mi top de los más esperados 2019. ¡Hete aquí con el depositario de gran parte de mis esperanzas musicales presto a defraudarlas! Pero ni atisbo de ello, vaya. El debut del quinteto dublinés es magnífico. Rutilante. No solo no decepciona, sino que ofrece mucho más de lo prometido con aquellos anticipos en forma de canción que fueron colgando en redes. Lo que ofrecen Fontaines D.C. es una suerte de post punk de taberna, repleto de amargura pero también con un halo de romanticismo beodo. Ese que te puede citar un verso de Joyce, Beckett o Yeats entre eructos cerveceros y al acabar se pide otra pinta. Un post punk o lo que cojones sea esto, que navega entre la influencia de The Pogues y Joy Division. Vaya, que de tan sui generis no sé si habría que llamarlo de cualquier otra forma. Y con unas letras de tal calidad literaria que harían sentirse orgullosos a cualquiera de esos grandes de la poesía irlandesa arriba mencionados. No sé si merece la pena añadir mucho más. ¿Qué “Dogrel” es simplemente uno de los mejores discos de este 2019? Sí. Va a serlo.

Aldous Harding, “Designer”
La señorita Hannah Harding nos regala una tercera entrega de ese pop amable y aparentemente sencillo, también cabaretero, donde el principal protagonismo recae en la parte vocal. En esa voz dulce y arrulladora que la madre naturaleza le otorgó. Con una preciosa dicción y una variedad de registros, que ya quisieran para sí otras cantautoras con guitarrita. Fantástica herramienta a la que saca todo su potencial, dibujando metáforas, alegorías y metonimias en el marco de unas letras que de tan crípticas se tornan indescifrables. Lo cual me parece una puta maravilla. En la poesía y esto lo es, siempre es preferible la sugerencia a la literalidad. Además están esos complicados juegos de palabras que ya son marca de la casa. Un conjunto de nueve temas que, en lo instrumental,  prescinden de adornos innecesarios. Aun así consigue sumergirnos hacia las profundidades al igual que pasaba en “Party”. Si bien y a diferencia de aquel, “Designer” presenta diferencias en el apartado rítmico. Vaya, que es un tanto más animado y menos oscuro. Y a aquella receta que en ocasiones recordaba a Cat Power, ahora le ha añadido algo del folk tradicional escuela Van Morrison. Hay que reconocer que este giro le sienta como un guante a la neozelandesa.

Vampire Weekend, “Father of the Bride”
La banda de Ezra Koenig, ya sin Rostam como contrapeso compositivo salvo en un par de temas de este álbum, es uno de mis placeres culpables desde que debutaran a comienzos del 2008. Es por eso que siempre recibo como agua de mayo cualquier material con su rúbrica. Incluyendo un disco como este, a priori excesivo por mor de los dieciocho cortes que lo integran. Y en algún caso, para más inri, abusando del autotune. El caso es que me da igual, yo estoy encantado con el padre de la novia. Y no solo eso, es que el disco me parece estupendo. Lleno de ideas locas, cierto, a veces mezclando el agua con el aceite, también. Pero sobre todo alejándose de su zona de confort hasta mucho más allá de lo que sus (tali)fans estaban dispuestos a permitir. E insisto, a mí todo esto me parece fenomenal. Y lo digo no tanto como fan, que lo soy, sino como pringao que lleva ya unas décadas consumiendo tiempo y dinero en estos menesteres. Por cierto que, digan lo que digan “Sunflower”y la guitarrita de Steve Lacy molan un huevo. ¡Ea! De hecho hasta la participación de la sosaina de Danielle Haim, quién colaboradora no sólo cantando en tres de los cortes, sino en todo el álbum con guitarritas y coros, me parece positiva. Vaya, que nunca pensé que alguien así pudiese sumar a este proyecto.

Drahla, “Useless Coordinates”
Uff. A ver cómo presento a estos… Voy a probar va… Sin ser exactamente lo mismo y siendo evidentes las diferencias con FRIGS, este álbum me genera idéntica sensación de incomodidad y claustrofobia que aquel “Basic Behaviour”, el largo con el que se dieron a conocer las huestes de Bria Salmena. Estos Drahla son una banda originaria de Leeds con una fórmula art-rock, por definirla de alguna forma, tan particular como fascinante. Iba decir original, pero no sé si tanto, ya que tienen ese toque entre ominoso y sexy de los primeros Kills (“Keep on your Meanside”) y un enfoque similar en lo rítmico, a gentes como Ought. Resultando mucho más densos que estos últimos, obviamente. También parece evidente la similar forma de cantar de Lucien Brown, a la sazón responsable de las letras, con la de Kim Gordon. Con unas letras bien chulas, muy poéticas, que recrean una serie de imágenes fragmentadas harto inquietantes. En lo musical destacan por las siempre dominantes líneas de bajo, por unas guitarras a lo Gang Of Four y también, cómo no, por ese saxofón casi esotérico que aparece y desaparece a lo largo del álbum. De hecho este último, junto al spoken word, es lo que convierte a la propuesta musical de Drahla en algo tan especial. Al final “Useless Coordinates” resulta un trabajo excitante y feroz, como ese estímulo para vivir que da título a uno de sus mejores temas.

Sasami, s/t
El primer proyecto propio de Sasami Asworth - anteriormente había colaborado en discos de Curtis Harding, Hand Habits o Wild Nothing, además de formar parte de Cherry Glazerr- contiene diez temas de pop ecléctico de tendencia atmosférica. Interesante propuesta en tonos cálidos e introspectivos que destaca por unos pasajes marcadamente shoegaze. Sonado debut en el cual la artista californiana es responsable de casi todo y del cual participan gentes como Devendra Banhart o Dustin Payseur de los Beach Fossils. Añadir que en algunos momentos y sé que fuerzo un poco la cosa, me recuerda un tanto a lo que hacía Laetitia Sadier con Stereolab. Poca broma. Y algo de exageración I know.

Yawners, “Just Calm Down”
La primera vez que escuché a Yawners, creí que eran la nueva propuesta millennial guitarrera proveniente de algún rincón de Gringolandia. Y resulta que no, que son de Madrid, o al menos es por donde andan habitualmente. Leo por ahí que “Just Calm Down” era uno de los discos más anhelados para este 2019. Al menos en lo que al panorama nacional se refiere. No es mi caso, como deduciréis. Encima se me pasó en su momento el escueto “Dizzy”, su anterior referencia publicada en el 2015, así que… El asunto es que suenan de coña. Y no dan vergüenza ajena cuando cantan en inglés como la mayoría de grupos españoles que recurren a la lengua de Shakespeare -y del doctor Greg Graffin-. Incluso molan –mucho- cuando utilizan el castellano en “La Escalera”. Único tema en lengua indígena incluido en el álbum  y que espero no sea el último. Una propuesta fácil y ruidosa de indie rock súpervitaminado que bebe del espíritu noventero y más aún del punk rock que hizo fortuna en los primeros años de este siglo.

The Get Up Kids, “Problems”
Esto de los Get Up Kids, volviendo tras ocho años de silencio, vendría a ser como en “El retorno del Jedi”, cuando Luke decide abandonar su formación junto a Yoda para acudir a rescatar a su amigo Han, prisionero de Jabba en Tatooine. Aquí los Jedis, viejunos y gordacos pero Jedis a fin de cuentas, serían Matt Pryor & Co mientras que Han Solo somos tós nosotros. ¿Y Jabba the Hutt? Yo que sé tíos… ¿Bad Bunny? ¿Los 40 Principales? ¿Radio:3? La verdad es que la comparación se me ha ido de las manos… En todo caso y retomando la cuestión, decir que estoy muy satisfecho con este regreso. No esperaba ya demasiado del quinteto de Kansas. Sin embargo, lo que me he encontrado en “Problems”, son doce píldoras de rock vibrante y emocional que para nada desmerecen todo lo bueno que nos habían regalado con anterioridad. Con mención especial al mítico “Something to write home about” de 1999, que de solo mencionarlo ya se me ponen los pelillos de punta. Y es que “Satellite”, “The problem is me”, “Salina”, “Lou Barlow”, “Common Ground”, “Waking up Alone”, “Brakelines”… suenan a otra época. A esa en la que la despreocupación y el despiporre eran mi modus vivendi. Tiempo de litronas a media tarde, bocatas en cualquier parte y resacas de dos minutos. Si acaso las había. Y de comerse una y contar veinte como en el Parchís y sin que nadie cuestionara nada, en una suerte de machirulismo naif muy de aquel siglo. Gioventù, divino tesoro, te ne vai per non tornare mai più!”       

Continua

[...]

Viene de aquí

Faraón & Los Sarcófagos, “La maldición”
No sé quiénes son esta peña y ni siquiera cuantas molondras computan en total. Tampoco tengo claro si son jienenses o benidormers ya que he leído las dos cosas. Solo sé que llevan una onda entre la cosa punk, el pop oscurete y una suerte de revival de Los Nikis que mola bastante. Eso y unas referencias a la hoy denostada Movida que no se agotan con la mención a los perpetradores de “Marines a pleno Sol” o “La hormigonera asesina”. Los ecos a La Mode, o incluso al Aviador Dro, son hasta más evidentes. El caso es que han parido esta cosa titulada “La maldición”, que creo es su debut largo. Un álbum adictivo y que se consume en un plis plas, con esos catorce temas que dan para escasos veintiséis minutos de música. A menos de dos por canción de media. Échale… Con una temática predominantemente espacial, futurista y con unas gotitas de surrealismo cañí. Alcanzando cotas superiores de frikez con sendos homenajes, bien particulares, a Burt Lancaster y a la mismísima Faraona. De parte del Faraón, que la cosa tiene su aquel.

The Proper Ornaments, “6 Lenins”
Me enganché a este álbum porque encontré en él algo de lo que se perdió con la ruptura de mis añorados Ultimate Painting (no te lo perdonaré jamás James Hoare. ¡Jamás!). Bueno, de hecho estos Proper Ornaments son básicamente el amigo James y su colega Max Claps, así que no es difícil que suenen a lo que suenan. Parece ser que el rompebandas de cabecera, una vez disuelta su asociación con Jack Cooper, centró esfuerzos en la creación de este trabajo con de The Proper Ornaments. Y he de reconocer que me he tenido que tragar el cabreo y medio perdonarle. Porque le ha quedado un trabajito bien chulo. El nuevo álbum se titula “6 Lenins” y, a diferencia de toda su discografía anterior, viene con el sello de confianza de Tapete Records. Un valor seguro. No hay desperdicio alguno en el catálogo ofrecido por los alemanes. Incluye una decena de temas de folk pop psicodélico, bastante calmo, que destacan por sus guitarras cristalinas. Cierto es que, en sus momentos más ruidosos, recorren vías que les acercarían a la Velvet. Pero son los menos y la referencia obvia continua siendo The Beatles y los Byrds. Para no perder la costumbre, vaya.

Billie Eilish, “When we all fall asleep, where do we go?”
¿No encontraste nada más comercial, Suloki? ¿El año pasado la Rosalía y ahora esto? Altra vegà fideus, mante??? Pues sí… ¿Y qué pasa? Como os pongáis chulitos todavía os cuelo al Tangana ese… Ahora en serio (¿?), me gusta mucho lo que ofrece esta niña. Y me alucina que, con tan solo diecisiete añitos, haya sido capaz de parir esto. Que sea un fenómeno mundial me da lo mismo. Por mucha promoción que reciba, que lo sé y sino el Spotify ya se encarga de recordármelo cada diez minutos. Pero que lo sea con un debut en el que pasa de un género a otro con total libertad, transitando entre el R&B, el pop, el soul, la cosa electrónica y lo que se le ocurra, con esa naturalidad, no deja de sorprenderme. Por no hablar de ese bonito halo de oscuridad que lo envuelve todo y que, de alguna forma, le aproxima a lo ofrecido por la neozelandesa Lorde en su debut. Pero mucho mejor que esta última, vaya. El caso es que el disco me parece buenísimo. Y sorprendentemente maduro. Dicen que es por el hermano, quien anda al cargo de la producción. ¡Pero es que el gachón también es un crío de veintiuna primaveras! En fin… Ella misma ha declarado que “When we all fall asleep, where do we go?” está inspirado en las pesadillas, las suyas, en el insomnio, el suyo también, y en ese mundo de nuestro subconsciente que existe entre el sueño y la vigilia. Y los enteraos de la cosa musical comentan que lo que ofrece Billie entronca con la sensibilidad musical de las nuevas generaciones. Pues mira, si a la chavalada le da por escuchar esto y descartar a toda la purria de chatarreros que pululan por los senderos del trap, ya me doy por satisfecho. ¡Y pago cubata! No, en serio, el disco es cojonudo. Insisto. ¡Y yo no bebo cubatas leñe! 

Henryk Gorécki, Beth Gibbons and the Polish National Radio Symphony Orchestra, “Symphony Nº 3 (Symphony of Sorrowful Songs)”
Me metí en esto porque de un tiempo a esta parte me ha dado por lo clásico. Mejor dicho por lo clásico moelno. Y ahí destaca sobremanera lo que hacía este compositor polaco ya fallecido, o su paisano aún vivo Krzysztof Penderecki, quién dirige aquí a la Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional Polaca. Lo cierto es que esta onda me sienta la mar de bien en este momento vital. Que no es que sea malo, pero requiere de estos ambientes etéreos en algunos instantes. Estamos ante un lanzamiento de este año pero no es una obra original. De hecho la pieza tiene los mismos años que un servidor –telita-. Y creo que es la pieza clásica más vendida en la historia. Vaya, que Henryk Gorécki no es cualquier descubrimiento sacado de un blog de tercera o directamente desde el bandcamp. Así que valiente reto el de Beth Gibbons metiéndose en este fregao como soprano. Y yo que se lo agradezco. Le/s ha quedado una sinfonía de canciones que se sienten no solo tristes, sino también oscuras. Hasta peligrosas. Una auténtica delicia. Y es que no solo de rock vive el homo suliens. Aunque no le haría ascos a algo nuevo de Portishead. Que ha pasado demasiado tiempo desde "Third"

Peter Doherty & the Puta Madres, s/t
No sé si llamar a esto resurrección ya que ni Pete Doherty, ni sus Babyshambles, ni siquiera los Libertines anduvieron nunca en mi radar. Vamos, no pasaron ni cerca. El tema es que, lo califique como lo califique, me está gustando mucho el regreso discográfico de este ilustre poeta, músico, compositor, pintor, actor, modelo y ex novio de Kate Moss. Además de protector de los erizos. Si bien, por encima de todo, Pete siempre fue un pintamonas y un farlopero de tres al cuarto. El tema es que, fruto de la extraña conjunción entre Pete y el combo The Puta Madres, a quienes no tengo el gusto de conocer, tenemos este tratado de garage a bajas revoluciones con una mijita de psicodelia. Lo mejor que se puede decir de las once canciones que lo integran, es lo bien que homenajean a don Johnny Thunders. Otro ilustre amigo de la dronja. Este sí un puto genio de la cosa musical, con una trayectoria intachable. Pero vaya, que todo el mundo tiene derecho a segundas oportunidades. Y hasta a terceras. Me parece un gran trabajo el que ha firmado Pete. Obra de un artista que, al fin, parece haber madurado. Say Hallelujah!!!

Business of Dreams, “Ripe for Anarchy”
El segundo álbum en la trayectoria de Corey Cunningham es un brillante ejercicio de pop luminoso repleto de melodías y estribillos. De esos que se nos quedan pegados a las primeras de cambio. Once bonitas canciones, con su justa dosis de nostalgia y ensoñación, que transitan por los senderos marcados por Grant McLennan y sus Go-Betweens. Aunque en el caso del single “Keep the Blues Away” el camino parece marcarlo el mismísimo Ian Curtis. Indie pop con pedigrí, como lo define el Crespo en una magnífica entrada a la que me remito tras invocar la ley del mínimo esfuerzo.

Foxygen, “Seeing other people”
A ver, el principal problema de este disco y de los que vengan detrás, es que nunca llegarán a ser tan buenos como lo fue “Hang”. Y ya está, no le deis más vueltas. Eso no quita que, cómo buenos dealers de la costa oeste, sigan vendiendo buena mierda. Y que siempre resulta agradable reencontrase con las sinfonías tarareables del dueto de San Francisco. Pero es que además saben reinventarse con cada entrega. Con este “Seeing other people” nos llevan a  explorar los confines del funky ochentero y el disco más hortera, siempre desde su perspectiva y sin dejar de lado ese pop de tintes barrocos que les es tan propio. Un álbum arriesgado que podría haber caído en la parodia, pero nada más lejos de la realidad. Además cuenta con esas letras intrigantes, seguramente autorreferenciales, que tan bien suenan en boca de Sam France. Nueve temas con los que probablemente no expandirán fronteras, pero oye, ni falta que hace.

AA Bondy, “Enderness”
Ocho años han pasado desde que Auguste Arthur publicara el inspiradísimo “Believers”. Y cuando ya casi le dábamos por amortizado, el chacho nos sorprende con este fantástico “Enderness”. Digo esto porque, en algún momento, se filtró que quien fuera líder de los maravillosos Verbena, estaba gravemente enfermo. Si a eso añadimos la desaparición de toda escena pública y una absoluta parálisis en sus redes sociales, parecía justificado ponerse en lo peor. Se ve que andábamos mal encaminados y muy desinformados. O no tanto, pero si lo suficiente como para no darnos cuenta de que hace falta algo más para taparle la boca. Y no te digo nada para bloquearle los conductos por donde emanan las ideas... Ni siquiera los graves incendios que asolaron California y arrasaron su casa, pudieron con él. Y menos mal. Nos hubiésemos perdido este precioso álbum repleto de formas alucinógenas, que transita en algún lugar entre el folk cálido de Chris Isaak, los pasajes etéreos de Brian Eno, el pop minimalista de Timber Timbre…. Y con esa dicción tan sexy a lo Sade Adu, ¿Por qué no? Y es que escuchar el cuarto álbum en solitario de este nativo de Alabama, es dejarse llevar por un ritmo adictivo y feérico. Un disco que no tolera interrupciones, hallando su sentido en una seguida de canciones que obligan a escucharlas una y otra vez. Diez temas aparentemente simples, elaborados a base de sintetizadores, más una batería rudimentaria. La guitarra de quien fuera un guitar hero de los noventa ni está ni se le espera. Debió quemársele con la casa. Ningún problema por mi parte.

Michel Cloup Duo, “Danser danser danser sur les ruines”
Mentiría si os dijese que le he seguido la pista a Michel Cloup (Peter), o a su partner en Diabologum Arnaud Michniak (Tadz), tras aquel fantástico “#3” que los de Toulouse publicaran en el lejano 96. Y eso que, por lo menos Peter, ha sido fiel al legado. Primero con Experience y después, aunque en menor medida, con Panti Will. Si bien, nunca de forma tan brillante como cuando lo hace bajo el paraguas Michel Cloup Duo junto a Julien Rufié. Proyecto con el que ha grabado ya cuatro álbumes, incluyendo este “Danser danser danser sur les ruines”. Un trabajo fantástico que me hace cuestionar porque carajo no le presté más atención a los tres anteriores. Y es que desde que empieza a sonar “Gagnants” te das cuenta de que esto es un pepino. No te digo con “Les invisibles” o “Et bien au-delà”… Hete aquí con esa poesía revestida de electricidad, con Michel cual maestro de ceremonias, recitando malestares y ahogando penas, tan reconocible. Como antaño, componiendo esos mantras de sonidos raros, en el marco del particular universo que comenzara a construir a principios de los noventa y que ha ido ampliando desde entonces. Tremendísimo. Confirmando aquello que me dijo un amigo hace demasiado tiempo: “A este menda Francia le queda muy chica”. I tant, xicon…

Bill Pritchard, “Midland Lullabies”
Acabaré mi listado con lo último de este cantautor. Uno de esos artistas enormes a los que casi nadie escucha. Bueno, descontando en Francia donde, según parece, es una verdadera celebridad. Eso a pesar de los treinta añazos de trayectoria en la chepa, que se dice pronto. Y después de haber publicado discazos como aquel “Mother Town Hall” de hace tan solo un par de años, o este mismo, que lo digo ya, es una gozada. También es verdad que no soy quien para criticar estas cosas, siendo como soy de esos que suelen llegar a los sitios tarde y mal. Que le vamos a hacer…  Lo maravilloso de las trece canciones de cuna facturadas por esta suerte de crooner con sombrero pork pie y gafas de pasta, es que están bañadas de esa sustancia que nutre las almas e hincha los corazones. Sobresaliendo  por un sonido sencillo pero impetuoso en el que destacan sobremanera los maravillosos pianos. Algo que, de algún modo, le emparenta con las últimas cositas que ha ido sacando Robert “el magnífico” Forster. Así pues, como nunca es tarde si la dicha es buena y es mejor llegar tarde que no llegar, pues aquí estoy disfrutando del J.D. Salinger del pop (Rolling Stone Francia dixit). Como un auténtico enano, vaya.

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Y hasta aquí hemos llegao.Que no está nada mal. 
¿Podría haber estado mejor? Pues también.  
Al menos espero que os guste alguno.

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