lunes, 20 de mayo de 2019

Lo de GOT. O JdT. O JdT sino te gustó GOT, que también…

Sí, yo también veo Juego de Tronos (en adelante GOT por cuestiones obvias). O más bien la veía, ya que anoche a eso de las 22.30, hora local, se bajó el telón de la serie que me ha acompañado durante los últimos nueve años. ¿Y qué tengo que decir de eso? Pues no mucho más de lo que se desprende de ahí. Vaya, que tras todos esos años siguiéndola, ocho temporadas completas, setenta y un episodios de una hora o más de duración, estando al día y sorteando spoilers con más habilidad que un keniata esquiva los obstáculos, pues como para decir que no me ha gustado. De hecho creo que es la única vez en mi vida en la que he sido realmente fiel a un culebrón de este tipo.  

¿Quiere eso decir que considero a GOT como la mejor serie de la historia de la televisión? Hombre, no. Entre otras cosas porque no he tenido tiempo de verlas todas. Tampoco ganas. Encima, de las que he visto, se me ocurren unas cuantas que me gustaron tanto o más así a bote pronto. Pero nunca fui fiel a cualquiera de ellas. Ni siquiera a “The Wire” o a “Los Soprano”, la cual solo vi tras ceder a la insistencia continuada por años de uno de mis mejores amigos. Los que me conocéis sabéis lo que me cuesta engancharme. Que no soy mucho de esperar. Así que, teniendo eso en cuenta, ¿Cómo no reconocerle el mérito a la HBO, como productora y a David Benioff y D. B. Weiss como creadores, si me han mantenido expectante todos estos años? Solo puedo darles las gracias. Eso y a otra cosa mariposa. Porque sí, todo muy guay pero al final no hay que perder de vista que GOT es mero entretenimiento. Y lo que hoy es GOT mañana será otra cosa. I no passa res. Eso es lo que muchos fans de GOT olvidan. Esto es televisión. Entretenimiento a lo grande, vaya. Muy bien hecho. Y desde esa óptica GOT es un puto diez.

Por eso me sorprende la desazón generalizada en los fans. Mucho más en el caso de esos seguidores sobrevenidos que, aprovechando la popularidad de la serie, se iban sumando al carro. Digo yo: ¿Para qué os acercasteis a la serie? ¿Qué esperabais encontrar, una de Dreyer? ¿Es porque sois más de sitcoms rollo “Friends”? Ah, no…  qué queréis que la última temporada la dirija Peter Jackson… En fin… ¿Acaso no os entretuvo? Entonces... ¿por qué coño continuasteis con ella, so mendrugos?  Y luego están los talibanes de “Canción de Hielo y Fuego”, la fantasía épica escrita por George R. R. Martin en la que se basa/inspira la serie. Los ofendiditos de los libros, vaya. Respecto a estos últimos, tan solo diré que alguna vez comencé la saga y no pude terminar la segunda novela. Me pareció literatura para pajeros. Infumable de principio a fin. Y lo dice alguien que se lee casi cualquier cosa.

Pero el día después de… tan solo leo decepciones. Casi todas basadas en que el personaje X hizo o no hizo tal o cual cosa. Como si los creadores tuvieran que ajustarse a las indicaciones de los fans, en una suerte de democracia del público que espero nunca se dé. Peñita denunciando incoherencias narrativas sobre la base de que, ese final, no se ajusta a sus preferencias. Lo gracioso es que si el final hubiese sido radicalmente diferente, también estarían protestando. Le hubieran llovido las críticas por otro lado, que ya nos conocemos.

Yo me lo he pasado como un Tyrion viendo las ocho temporadas de GOT y perdonadme el chistaco. Y el final me ha parecido bien, ¿Qué queréis que os diga? Que las dos últimas han sido un tanto desastre. Bueno, quizás un poco sí. Especialmente la temporada final. Tal vez porque suceden demasiadas cosas en muy poco tiempo. Supongo que los creadores se habrán visto en la obligación de cerrar el círculo y para ello tuvieron que acelerar la marcha. Cosas que, en la lógica seguida por GOT hasta la sexta temporada, se cocían a fuego lento, ahora se han resuelto por la vía rápida. Las prisas siempre son malas consejeras. Con todo, atendiendo a la complejidad de la trama, creo que el cierre ha sido más que digno. Y para nada improvisado. En este sentido recordar que, ese final estaba escrito desde la visión de la Casa de los Eternos al final de la segunda temporada. Y Tyrion se ha encargado de recordárnoslo en este último episodio, cuando le explica de que va el asunto a Jon Snow. De hecho, cuando anoche lo vi, me pareció hasta innecesario. No me gustan las sobre explicaciones. Pero vistas las reacciones de la peña...  

Ya por último decir algo que parece bastante obvio. Aunque no os haya molado, cualquier relación de tantos años debe evaluarse en su totalidad y no por cómo termina. Desde esa óptica, no se me ocurre ningún otro producto en el actual escenario televisivo que se acerque a GOT. Vamos, ni de cerca. Una historia que nos ha regalado tamaña lista de personajes con los que identificarnos o a los que odiar. Tipos entrañables como Arya Stark, Hodor, el Perro, Tormund, el propio Tyrion Lannister… Otros asquerosos como Joffrey Baratheon o Ramsay Snow. Villanos aterradores como el Señor de la Noche o la gran Cersei… Héroes con capa a los que no sabes si amar u hostiar como el cagapenas de Jon Snow, la Targaryen, Theon Greyjoy y hasta Jamie Lannister. Incluyendo un buen número de momentos impactantes como las muertes de Viserys ante Khal Drogo o de Oberyn Martell a manos de La Montaña, la tremenda boda roja o la decapitación de Ned Stark… Y por supuesto un buen puñado de escenas épicas, que ya son historia viva de la televisión, como las batallas de Aguasnegras y la de los Bastardos, la explosión del Septo de Baelor o cualquier momento dracarys o Valar Morghulis...

Encima ha habido cameos de los Mastodon entre una turba de salvajes más allá del muro, también de los Sigur Rós amenizando la boda de Joffrey y Sansa, o de los Of Monsters and Men cuando aquella obra de teatro que tanto indignó a Arya… Y hemos tenido a Serj Tankian, a los mencionados Sigur Rós o a The National cantando “The Rains of Castamere”, cada uno en su estilo. O a The Hold Steady cerrando la tercera temporada con “The Bear and the Maiden Fair”… También hemos visto más de setenta veces esa intro, ya mítica, que se modificaba año tras año dependiendo de los escenarios en los que se habría de desarrollar la trama. Con la tonadilla compuesta por el gran Ramin Djawadi, responsable de una pieza que se recordará por siempre jamás.  

Y eso es todo lo que tenía que deciros del final de GOT. Luego ya está la cuestión de los chistes y los memes con los que me he reído un rato. Especialmente con Bran “el roto” y tal… O con el momento en el que Sam se adelanta a Clístenes de Atenas e inventa la democracia... Pero eso son historias que darían para otro post.  

miércoles, 15 de mayo de 2019

Los huerfanitos, de Santiago Lorenzo


Lo mejor que se puede decir de este libro, es que te hartas de reír con él. Y cuando digo reír, no me refiero a esbozar una sonrisilla de tanto en tanto, sino reírse a mandíbula batiente. Partirse la caja, desorinarse vivo… descojonarse vaya. No es cosa menor en un mundo en el cual basta con poner la tele para que se nos caiga el alma a los pies. Así que, no le quitemos valor a lo que consigue Santiago Lorenzo. De toda la vida de Dios fue mucho más complicado hacer reír que hacer llorar. Más esforzado y menos reconocido. Y sino que se lo digan a los actores. Con una mención especial para Cary Grant en lo que al reconocimiento de los bufones se refiere. Lo suyo le costó hasta que lo lograra, muy al final de su vida y ya retirado de la industria del celuloide.   

“Los huerfanitos” es la segunda novela del hoy “famoso” escritor y director vasco. Esto viene por el éxito de ventas de su última novela, “Los asquerosos”, que aún no he leído pero seguro leeré. Incluida por el diario El País en su listado de lecturas recomendadas. Una sátira costumbrista en la que tres hermanos mal avenidos, se ven propietarios de un céntrico teatro madrileño por herencia del padre que les repudió.  Pero la cosa viene con sorpresa y se dan de bruces con una deuda inabordable que les haría perder el local sino consiguiesen los fondos necesarios. Para ello pretenden agenciarse una subvención mediante el estreno, en un plazo de cinco meses, de una obra teatral. ¡Y eso que los Susmozas odian el teatro!
“Para los Susmozas, el teatro era una marranada que se merecía en cada alzada de telón todos sus males endémicos. Los actores, unos piernas que buscaban en la calle el caso que no les hacían en casa. Los técnicos, unos enterados de mirada torva. El público, una masa de sujetos ansiosos por dejar claro al de la butaca de al lado que entendían todos los chistes y todas las segundas lecturas. El ambiente general, una cursilada en la que todo el mundo parecía forzado a demostrar gran emotividad. El ambiente particular, una tortura de egos disparados en la que las susceptibilidades saltaban a las primeras de cambio. Tanto besuqueo, tanta expansividad, tanto gritito, tanta moñarronería, tanta baratez. Una asquerosidad, y sin embargo, con todos esos motivos para el repelús hacia la escena, el motivo gordo quedaba aún por consignar.
–Nos da asco. Pero asco asco. Porque nos recuerda a papá.”

Con este panorama, el autor aprovecha para arremeter contra el orden establecido no dejando títere con cabeza. Esbozando una suerte de homenaje al mundo del teatro que esconde, de forma indisimulada, una crítica a esta sociedad que lo ha condenado a ser un espectáculo cada vez más residual. Eso y una buena dosis de leña a las administraciones públicas que, pese a utilizar un registro satírico, es más que evidente.  Así pues ecos de fábula, pero también de crítica social, continuando el sendero iniciado por “Los millones”, su anterior novela de la que ya os hablé aquí. Mucho más negra que esta, cierto.

La historia está repleta de descacharrantes escenas que van entre el humor socarrón e inteligente de Azcona, el patetismo de Fellini y ciertos aires de comedia absurda que honrarían al mismísimo Jardiel Poncela. Protagonizadas por una colección de fantoches que, además de los huerfanitos y familia directa, incluyen al inepto del director de escena, a los pensionistas que hacen las veces de apoyo técnico –la “brigada Guajardo”- al inútil del creador de la obra y a unos actores reclutados entre un grupo de terapia para dejar el alcohol. Pero es que además, todo está dibujado con un uso particularísimo del lenguaje, rico y adornado, en el cual se funden con gracia usos anacrónicos y casi olvidados del castellano con su versión más actual –trafullo, manzámpulas, zahúrda, hartosopas, mandria, maula, caletre, choja…-. Construyendo en definitiva una suerte de culteranismo alla maniera di Santiago.  

Obra de culto aclamada por la crítica y no me extraña. Lo que sí me extraña es que el éxito de público se le haya resistido a Santiago Lorenzo hasta ahora. Creo que lo merecía desde que compuso aquello de “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en  la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Pues eso.  

Finalizo con esta lección de vida que nos ofrece Bartolomé Susmozas, el hermano del medio, que todos deberíamos aprender:
“Tener envidia es de imbéciles. Pero tener envidia de un imbécil sería la imbecilidad en su estadio de exquisitez”  

Localícenlo y cómprenlo. Me lo agradecerán. 
Bueno, a mí no, a él.

jueves, 25 de abril de 2019

Gilead, de Marilynne Robinson


El Gilead real se puede ubicar en un mapa de los Estados Unidos. Se trata de un pueblecito de 209 habitantes, según el censo de 2010 y la Wikipedia, en la frontera sur del estado de Maine. Sin embargo el Gilead de esta novela no es éste sino un enclave imaginario sito en Iowa, en el Medio Oeste. Aunque también es un poblacho con cuatro casas mal dispuestas a lo largo de otras tantas calles. La elección del nombre por parte de su autora no es casual. Es la transliteración inglesa del término hebreo “Galaad” o “Galed” en español. El “monte del testimonio” o el “monte de la alianza” del Génesis 31, que hace referencia al punto geográfico en el que se sustanció el pacto de Jacob con Labán a instancias del mismísimo Yahvé. La cosa se selló con el amontonamiento de piedras conmemorativas, siguiendo la tradición ancestral de los pueblos semíticos para honrar a sus dioses que, de alguna manera y con otra significación, pervive hoy día en el seno de la comunidad judía. También la Biblia habla de “Galaad” como el lugar en el que se haya el bálsamo curativo capaz de preservar la paz y la salvación en tiempos convulsos. Lectura ésta que cobra todo el sentido con lo que Marylinne Robinson nos ofrece en su segunda novela. Y es que el Gilead fabulado viene a ser ese bálsamo que proporciona consuelo, salvación y esperanza a su protagonista, el reverendo John Ames Boughton. Un personaje inolvidable.
Hay que decir que esta significación ya había sido utilizada, a su manera y con notables diferencias, por Mark Twain y Edgar Allan Poe. También y de forma un tanto más cruda en el “El cuento de la criada” de Margaret Atwood.

“Gilead” es una novela epistolar. Se trata de la carta que un reverendo baptista ya en la senectud, le escribe a su hijo de siete años para que la lea una vez él haya muerto. Es por lo tanto, una de esas tantas historias en las que, aparentemente, no pasa nada. Una no-historia vaya. Contrariamente, contiene un buen puñado de pequeñas historias aparentemente inconexas en la que se examinan hechos aislados que afectan al reverendo y/o a sus allegados. Poniendo de relieve todas las contradicciones que acompañan a este hombre bueno a lo largo de más siete décadas. John Ames nos abre su alma, elucubra acerca de la soledad, la vejez, la guerra, la pérdida de la fe, la redención, los celos, la familia, los hijos y en definitiva sobre la condición humana y el milagro de la existencia. “Gilead” también es un fiel retrato de esa América profunda dominada por la religiosidad y por la ignorancia de todo lo que sucede unos kilómetros más allá. La de los hillbillies, vaya. Si bien, no hallareis nada en este libro respecto a las adicciones, la violencia o esas maneras de vivir que condenan a los habitantes de estos enclaves a un modelo social terrible. Bueno, hay que tener en cuenta que no transcurre en la actualidad. Tampoco hay nada de música country. De hecho y ahora que lo pienso, ni religiosa.  
“Nunca creí que vería a una esposa mía idolatrando a un hijo mío. Todavía me asombra cada vez que lo pienso. Escribo esto, en parte, para decirte que si alguna vez te preguntas qué has hecho en tu vida, y todo el mundo se lo pregunta en un momento u otro, sepas que has sido para mí la gracia de Dios, un milagro, algo más que un milagro. Tal vez no me recuerdes muy bien y quizá no te parezca gran cosa haber sido el hijo querido de un viejo en un pueblecito de mala muerte que, sin duda, habrás dejado atrás”.

En lo que se refiere a las formas, la inexistencia de acción requiere un ritmo pausado y reflexivo. La (no) historia es sencilla pero está muy bien contada y no solo por el logrado equilibrio entre los recuerdos y el presente, sino también por la belleza e intensidad de una prosa a la que podríamos calificar de poética. En cierto sentido recuerda a como está contada la maravillosa “Stoner” de John Williams, de la que ya os hablé por aquí. Además de que sus personajes principales tienen puntos en común.   
“Nuestro sueño de vida terminará como acaban los sueños, abrupta y completamente, cuando sale el sol, cuando llega la luz. Y pensaremos, todo ese miedo y esa congoja eran por nada”. 

Un libro muy bello y tremendamente disfrutable incluso para ateos como servidor. O agnósticos que uno no sabe ya que pensar. Por si aún no os he convencido sabed que “Gilead” mereció el Pulitzer 2005 y el National Book Critic Circles Award de 2004.

domingo, 21 de abril de 2019

En ocasiones (también) leo cómics


Y es que no recuerdo la última vez que me sumergí en la lectura de algún eminente representante del mal llamado "noveno arte". Vale que aquí a la distancia me cuesta Dios y ayuda agenciarme las cosas que van publicándose y me interesan. Eso y que cuestan mucha pasta. Ya no sé si es por el impuesto aplicado o porqué los libros llegan nadando desde el Viejo Continente. 

El caso es que me he leído “El Árabe del futuro” del francés Riad Sattouf, ganadora del Gran Premio a la mejor obra en el Salón del Cómic de Angulema. La historia real de un niño rubio y de su familia en la Libia de Gadafi y en la Siria de Hafez el Asad. Poca broma. La primera parte, porque creo que ya tiene tres y aspira a una cuarta bajo la etiqueta “Una juventud en Oriente Medio”. Y es tremenda. Tras unas viñetas de tono bastante naif y en las que abundan los colores pastel, Sattouf nos habla del racismo, del destierro interior, del patrioterismo y de cantidad de temas en clave autobiográfica. No nos habla tanto del hecho de ser árabe como de la atípica infancia de alguien que es medio árabe y medio bretón. Aunque lo más chulo del álbum es como mezcla la gran historia con su historia. La calidez y la naturalidad con la que Sattouf nos da cuenta de las complejidades de criarse en aquellos parajes y en ese momento histórico. Con las revoluciones socialistas de fondo y en un periodo pre Al-Qaeda. Por supuesto mucho antes de ISIS. Resulta entrete, pero sobretodo, muy interesante. Así que, en cuanto pueda, me agencio las secuelas. Creo que merece la pena tenerlas.  

“Cuando empecé a escribir esta historia no me propuse hacer un exorcismo personal ni hablar así, en general, del mundo árabe. Tenía este proyecto en la cabeza desde hacía mucho tiempo pero no me atrevía a ponerlo en marcha, había ahí recuerdos dolorosos, y además me resulta bastante difícil eso de hacer un cómic autobiográfico. Quizá porque a mí, como lector, me gustan poco las historietas autobiográficas”.

sábado, 20 de abril de 2019

Bloodline o la caída del Imperio Rayburn, gente de bien


Hablemos de series, va. Así podréis acusarme de cuentista cuando alardee, por enésima vez, de que yo no pierdo el tiempo en esos menesteres. Conste que esta va por cuenta del Rojo, que fue quien insistió en que la viera. La serie en cuestión se titula “Bloodline”, está en Netflix y consta de tres temporadas. A bote pronto, no sé que nota ponerle a este dramón y casi thriller familiar, ya que comienza muy bien pero acaba de forma lamentable. Con todo y pese al mal sabor de boca final, muy especialmente por culpa de los dos últimos y delirantes episodios, la valoración general no es mala. Vamos, que la he disfrutado. Excepto el cierre. Lo cual me motiva a colgar esta entrada.

La temporada inicial fue estrenada en la plataforma de entretenimiento allá por el año 2015. Y lo cierto es que debieron dejarse los cuartos en ella. El elenco actoral es magnífico, sobresaliendo el tristón de Kyle Chandler en el papel protagónico y también ese fantástico actor australiano llamado Ben Mendelsohn que hace del hermano mayor -¿Cómo olvidar “Animal Kingdom” (David Michod, 2010)?-. También cuenta con dos veteranos de la escena como son Sissy Spacek y Sam Shepard en el papel de los patriarcas del clan. Y un interesante ramillete de secundarios entre los que destaca la presencia de la “desaparecida” Clhoë Sevigny y más adelante, a partir de la segunda temporada, de John Leguizamo. También salen la tipa de “Mandy” y la prota de “La Llorona” (cinta que no he visto, ni creo que vea).

La historia sigue la vida de la familia Rayburn, propietarios de un residencial de lujo sito en los Cayos de Florida, a pocos kilómetros de la rutilante Miami. El mismo enclave en el que se desarrollaba la mítica “Cayo Largo”("Key Largo", 1948), dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart. De hecho incluye algunos guiños a la misma durante la segunda temporada. Todo comienza cuando, con motivo de la fiesta de aniversario del matrimonio, el hijo mayor y oveja negra del clan vuelve a casa. Rápidamente comienzan los problemas en una familia de apariencia idílica, ejemplo perfecto de aquello del “American way of life”, pero que esconde un oscuro pasado. A los recelos iniciales ante el regreso del hijo pródigo, se une el que este se vea involucrado en el mundillo del hampa local. Obligando al clan a tomar cartas en el asunto. El problema es que, para proteger el legado familiar, los hermanos irán adentrándose en una espiral corrosiva de mentiras y secretos inconfesables que parece no tener fin.

La primera temporada es magnífica. En todos los sentidos vaya. De hecho y según he leído, recibió muy buenas críticas e incluso algún premio a las actuaciones de Chandler y Mendelsohn. No me extraña. En ella se nos presenta a los papás Rayburn y a sus cuatro hijos, además de las respectivas familias y allegados. Asistimos a la complejidad de cada uno de los personajes sobre los que pivota la trama. Que es lo que los mueve o hasta remueve. En todos ellos abundan los claroscuros y responden a múltiples y variados intereses. Sin embargo, impera un extraño vínculo de fidelidad familiar.  La historia se cuece a fuego lento. Pero es un ritmo justificado que acaba desembocando en un infartante final que, de alguna manera, ya se venía anticipando a base de flashforwards. Digamos que la tensión va in crescendo episodio tras episodio. Y que engancha un huevo.   

La segunda temporada retoma las cosas allí donde quedaron tras la tragedia que cerró la primera. Si bien, si existía alguna posibilidad de enmienda para los Rayburn, ahora sabemos que ya no hay vuelta atrás. No es tan brillante como la anterior, pero no por ello mala. Aparecen nuevos caracteres, algunos de los cuales resultan más que interesantes. El tórrido ambiente de la Florida sigue marcando el paso a unos personajes que se adentran cada vez más en un camino plagado de errores, engaños y terribles crímenes. ¿Cuál es el problema? Pues que todo acaba resultando demasiado enrevesado. Un exceso de giros y sorpresas hace que la verosimilitud de la historia se resienta. Y abusa de los flashbacks. Algunos son puro artificio y carecen de sentido.

Con todo hasta aquí ni tan mal. Luego llega la tercera temporada y en algún momento te paras y piensas, ¿Pero qué mierda es esto? ¿En qué cojones se ha transformado? Según parece, la serie no había alcanzado el éxito esperado y de ahí que, lo que iban a ser cinco temporadas se redujesen a solo tres. Esta última habría de condensar todo lo que quedaba por explicar pero en muchos menos episodios. Y a Dios gracias visto el resultado porque...  Marededeusinyor… Qué manera de embarrarlo todo. Y es una pena, porque mira que la cosa comenzó bien… Lo peor es que hasta el quinto episodio de la temporada aún se aprecia cierta decencia. A partir de ahí los directores sucumben al desastre llegando a dar vergüenza ajena. Y es que, tan importantes son los preliminares como saber acabar bien. 
¿La recomiendo? Y yo que sé… Haced lo que os dé la gana. O echadle un ojo a la primera temporada que es muy buena y a ver que tal. Al fin y al cabo lo de después no le importó a nadie. Ni siquiera a los creadores del engender

domingo, 24 de marzo de 2019

David Robert Mitchell y la nostalgia noventera


Parece ser que fue a finales del XVII cuando un médico suizo, de nombre Johannes Hofer, compuso una extraña palabra de apariencia griega en la que se reunían dos términos –el regreso (nóstos) y el dolor (álgos)- para describir una condición que afligía a los soldados destacados lejos de su patria. Los síntomas incluían melancolía, anorexia e incluso suicidio. Y todo ello por la añoranza del hogar. De ahí que la primera acepción de nostalgia en el diccionario de la RAE sea la “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos”

David Robert Mitchell, realizador estadounidense nacido en Clawson, sufre de nostalgia crónica. Al menos eso es lo que demuestra con su cine. La añoranza de las cosas de esa “patria” que no es sino un momento y un lugar que, como tal, nunca más volverá. Sus primeras películas como director y guionista -“El Mito de la Adolescencia (The Myth of the American Sleepover - 2010)”, “Te sigue (It Follows - 2014)” y la más reciente, “Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake - 2018)”- así lo atestiguan. Nos muestran a un realizador prodigioso que tira de vivencias, prejuicios, recuerdos, gustos y hasta mitos de juventud para crear su particular universo cinematográfico. Tres obras bien diferentes y personalísimas en las que no es difícil apreciar un hilo conductor - especialmente acuciada en el caso de las dos primeras-. Y es que Mitchell ha construido una suerte de tríptico sobre la adolescencia - o post-adolescencia-, suponemos que basada en la propia, luchando contra las implicaciones del amor, el sexo y las siempre complejas relaciones paterno filiales.

Cronológicamente, El mito de la adolescencia” es la primera cinta firmada por el director de Michigan. Si bien, con anterioridad ya había escrito y dirigido un corto titulado “Virgin” (2002) que no he sido capaz de encontrar. La cinta nos presenta la historia de un puñado de jóvenes de barrio bien, que buscan desesperadamente el amor o hasta algún sucedáneo, durante el último fin de semana del verano. Asistimos aquí al espectáculo de las míticas Pijama-Party de los gringos, repletas de alcohol y confidencias. Una suerte de Høstblót simpático o no tanto y que actúa a modo de ritual de tránsito a esa edad adulta repleta de temores e incertidumbres, pero también de expectativas. Y ahí es donde radica el encanto de esta historia. En el desfase de quienes aún se sienten niños y se resisten a abandonar esa Arcadia feliz, frente al de los que ya se sienten mayores y prestos a comerse el mundo. Si bien, es claro que todos se arrastran de mejor o peor manera hacia esa Terra Ignota.

Años después apareció “It Follows”, que trata con bastante más contundencia la temática mencionada. Siendo con seguridad su obra más conocida y hasta reconocida merced al exitoso paso por festivales. De ella ya os hablé por aquí, así que no me extenderé. Digamos que el punto de partida podría servir de arranque a cualquier film de terror al uso, pero que ver. Se inicia con una rubia adolescente pensando en cosas de adolescentes rubias. La concreción de esos planteamientos le llevará a formar parte de una versión porno-macabra del juego del "tú la llevas". Se trata de una cinta de terror adolescente que se aleja del común de este tipo de producciones. Sumamente poética y filmada con un gusto exquisito. Y con un mensaje muy en línea del de su predecesora.  

La última película de Mitchell hasta el momento es la maravillosa “Lo que esconde Silver Lake” - mencionada con honores en mi lista de lo milloret de lo milloret 2018-. Una suerte de neo-noir trufado de elementos provenientes de la cultura pop y con guiños al cine de Hitchcock, al universo David Lynch, a los cómics de Charles Burns o Daniel Clowes, a lo que esconde el “What’s the Frequency, Kenneth?” de R.E.M. y hasta al puto Kurt Cobain. Hete aquí con otro lugar en donde habita la pena de este ya cuarentón. Que tampoco se aleja mucho de la de un servidor, transitando de peor forma por la misma década, vaya. Y es que en esta, a un David Robert Mitchell nacido en el año 74, la nostalgia le viene por el grunge, los cómics y la cultura pop en general con la que creció y, suponemos, se formó. Como a otros tantos. Si bien, a él, más talentoso y seguramente con más medios, le dio para labrarse un camino en el séptimo arte. Y es que, con tan solo tres películas a la espalda, ya podemos afirmar que estamos ante alguien que, no solo tiene cosas que contar, sino que sabe cómo contarlas. Uno de los más interesantes nuevos realizadores, sin ningún género de dudas. ¿La nueva esperanza blanca? Solo el tiempo nos lo dirá. Pero por ahora pinta bien… 

martes, 19 de marzo de 2019

Discos de principios de este año con los que estoy flipándolo –y otro que no tanto- o da’ best albums of 2019 pa’ este menda (so far)


I Was a King, “Slow Century”
El primero es este bonito álbum de pop con guitarras, fruto de la colaboración del combo escandinavo con el divino Norman Blake. Que de hecho suena más a Teenage Fan Club que lo último de los escoceses y no parece casualidad. También algo hay de The Byrds, de los Beatles, con ciertos ecos a bandas del momento como Nap Eyes. Segundo álbum en la trayectoria de un cuarteto de rubios que podría haber surgido desde algún enclave en la costa californiana, pero nada más lejos de la realidad. Su lugar en el mundo es el ventoso y frío suroeste noruego.     

Reserva Espiritual de Occidente, “Cristo de la Atlántida”
Seguimos con esta propuesta de folk-rock espiritual y apocalíptico, que entronca perfectamente con los universos dibujados por David Tibet al frente de Current 93. Si bien y en palabras de la banda, también con “las primeras etapas instrumentales de Franco Battiato, la experimentación desprejuiciada de Pierrot Lunaire o la psicodelia inteligente de Opus Avantra; retazos de glorias patrias como Música Dispersa, Asfalto o Lole y Manuel; el romance pausado de Joaquín Díaz o el carácter extático-místico de Kiko Argüello; la tristeza atávica de las voces de El Caurel y de la copla; la brutalidad descarnada de Swans, la oscuridad y el fango de Sunn O))) e incluso una aproximación a lo orquestal que otea desde la distancia a Henryk Górecki o Krzystof Penderecki…”. Eso y dos huevos duros. 

Mike Krol, “Power Chords”
Lo de este gachón es guitarrerismo y distorsión. Fuzz escuela San Francisco con ciertas cadencias que recuerdan a los primerísimos Strokes. Un disco repleto de ganchos a los que colgarse y en el que el divertimento campa a sus anchas. Nada nuevo bajo el sol en la trayectoria de este angelino cuyo timbre de voz recuerda al de Jay Reatard. Once temas inmediatos y pegadizos que os tienen que molar sí o sí.   

Boy Harsher, “Careful”
El esperado regreso del dúo de Northampton nos devuelve ese synth-pop de corte minimalista y oscuro, con el que llevan asfaltando su camino desde hace un lustro. Loops enérgicos, ritmos machacones y por encima de todo la voz casi susurrada de la señorita Mathews. A pesar de que el registro está orientado hacia las pistas de baile, el nuevo álbum incorpora una serie de pasajes atmosféricos que le van la mar de bien a una propuesta que se enriquece con cada nuevo lanzamiento.            

Sharon Van Etten, “Remind Me Tomorrow”
Rotas las reticencias iniciales o más bien harto de buscar excusas para decir que no me gusta lo que realmente me encanta... ¡Porque menudo discazo se ha sacao de la manga la de New Jersey! La maternidad y ese abrazo partío al mundillo de los sintetizadores le ha sentado como un guante. Y sí, hemos perdido a una cantautora con guitarrita y aquel espíritu folk de los inicios ya ni está ni se le espera. Pero hemos ganado a una artista mucho más osada, sin miedo a acercarse a otros universos cómo el de St. Vincent, pero mejor. Mucho mejor de hecho.  

Ryan Bingham, “American Love Song”
La cosa ya comenzó de forma inmejorable con el adelanto de “Wolves”. Alegato anti bullying en clave personal que anticipaba un álbum en el que el vaquero de Nuevo México se vuelve a desnudar frente al oyente. Un trabajo muy personal y bastante político que le reafirma como el mejor country-man de la nueva generación junto a Sturgill Simpson. ¡Y todo eso antes de cumplir los cuarenta!



Deer Tick, “Mayonnaise”
Pieza complementaria a sus dos álbumes más recientes, “Deer Tick vol. 1” y “Deer Tick vol.2”, en el cual la banda de Scott McCauley ofrece versiones alternativas de varias de las pistas allí incluidas. No contentos con eso, también nos suministran una rica dosis de nuevo material. Confirmando por enésima vez su estatus dentro del mundillo de la americana. En la vertiente más macarra y juguetona, claro está. Y es que siguen siendo los más juerguistas del bareto.

Sleaford Mods, “Eton Alive”
Paso de alabar más a estos tíos. Williamson y Fearn son más fiables que el motor de un Audi, una cerveza Bundor o un ensamble de Grégory Pérez. Siempre ofrecen la misma mierda y siempre coloca. Afilados y reflexivos pero un tanto más experimentales, por establecer alguna diferencia con trabajos anteriores. Además es el primero que publican bajo el paraguas de su propio sello. El año que viene habrá más y también será bueno. ¿Apostamos?     
Crocodiles, “Love is Here”
Pues sí, esto es un discazo, lo diga Agamenón o su porquero. Si lo oyeran lo afirmarían ambos, de eso estoy seguro. Séptimo largo en la trayectoria de esta particular banda de pop-punk ruidoso originaria de San Diego. Los mismos que se las tuvieron tiesas con el célebre sheriff Arpaio. El dúo conformado por Brandon Welchez y Charles Rowell nos obsequia ahora con un decálogo de canciones que beben los vientos por bandas como The Jesus and Mary Chain. Pero también de The Fall o Sonic Youth ¿Por qué no? Álbum variadito, con un tono general algo más oscuro que anteriores entregas, en el que llama la atención el genial tratamiento de las guitarras. Vamos, que los riffs son una puta pasada.

Lee Harvey Osmond, “Mohawk”
Nueva entrega en solitario del veterano músico canadiense. Como no podía ser de otra manera, todo gravita en torno a esa voz profunda que le ha dado Dios. Folk-blues pantanoso, con ramalazos de psicodelia en el que, incluso, se permite el cameo de un saxo con tintes morphinianos. Disco conceptual que nace fruto de la identidad mohawk recuperada. Y es que, ya cincuentón, se acaba de enterar de que quienes le criaron no eran sus padres biológicos, ya que unos aborígenes se lo cedieron a estos en adopción. Gracias a ese descubrimiento tenemos este pedazo de álbum que entronca con la deriva del último Howe Gelb.

Ladytron, “Ladytron”
Nuevo capítulo de ese pop abiertamente electrónico y tirando a fome marca de la casa. La sexta, descontando recopilatorios y discos de remixes. Y es que, ocho años después del mejorable “Gravity the Seducer”, el cuarteto de Liverpool recupera presencia con estos trece cortes con algo de colorido adicional respecto a anteriores álbumes. Lo cual se agradece. Álbum bastante accesible que, sin embargo y tirando de antecedentes, dudo que capte nuevos adeptos a la causa. También os digo que no defraudará a ningún acólito. Desde luego que a mí no.

Pedro the Lion, “Phoenix”
Quince añitos nos ha tenido el señor Bazan huérfanos del proyecto que le dio fama y fortuna. Ese es el tiempo transcurrido desde que se publicara “Achille’s Heel”, su anterior referencia discográfica con Pedro the Lion. Supongo que ha merecido la pena, aunque no me hubiese importado esperar menos. “Phoenix” contiene  todo aquello por lo que amé a esta banda y lo seguiré haciendo por los siglos de los siglos –Amén-. Trabajo introspectivo y tristón, en el cual Bazan revive su infancia en la capital de Arizona. Precioso ejercicio de nostalgia.  

Beirut, “Gallipoli”
Zach Condon le da una vueltecita a su proyecto musical y nos entrega otra lujuriosa combinación de melodías pop, pero ahora con un carácter protagónico para los instrumentos de cuerda y la sección de viento. El músico santafecino nos vuelve a mostrar como la riqueza cultural de la antigua colonia, va mucho más allá de las laderas de la sierra que la circunda. De ahí esas raíces y ecos fronterizos, pero también los ambientes orientales, la fanfarria, la mediterraneidad tanto del norte como del sur… Y todo ello batido y sin dejar grumos. Con naturalidad.

De Staat, “Bubblegum”
Oriundos de Nijmegen, cómo aquel equipo de mierda con el que gané todas las competiciones habidas y por haber en el PES. Además coleguitas de los imprescindibles dEUS, que no es cualquier carta de presentación. Agrupación holandesa por lo tanto, que vuelve a lo grande con este, su séptimo elepé. Un trabajo inclasificable y heterogéneo que integra todo tipo de sonidos tanto de la música electrónica como del pop y hasta del hip hop. En temas como “Mona Lisa” recuerdan a hitos del math rock como Battles. Otras van más en la línea de Everything Everything.

Robert Forster, “Inferno”
La mitad pensante de los Go-Betweens sigue la línea de aquel fantástico “Songs to Play” de hace tres años largos. El genio de Brisbane nos vuelve a obsequiar con una colección de temas, que no hacen sino ampliar la leyenda de uno de los más grandes compositores vivos. Abusando del piano hasta límites insospechados en varios de los momentos más brillantes del disco y bien que me parece. Y que no os engañe la horrorosa portada. El contenido es gloria bendita. Por momentos roza el cielo y más allá.

[...]

...y el otro: 

Drenge, “Strange Creatures”
No por esperado menos deseado. Si bien, tengo que reconocer que las expectativas no se han visto del todo satisfechas y por eso lo pongo aquí al final, a modo de addenda. Y es que los adelantos en forma de epé que presentaron durante el 2018 condensan todo lo mejor de un álbum que deja atrás el garaje-rock que tan bien les sentaba en los dos álbumes anteriores. Superado el golpe inicial y tras un par de escuchas más, el disco se disfruta. Al menos tres cuartas partes de él. O un poco menos, va... Pero a uno le queda la sensación de que esto podría haber dado mucho más de sí. Oportunidad perdida y es una lástima. 

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domingo, 17 de marzo de 2019

“The Rider”, de Chloé Zhao


- Sabes Lilly, Apollo se lastimó... Y tuvimos que sacrificarlo.
- No... Noo...
- No es justo para el caballo. No puede correr y jugar y hacer todo lo que quiere hacer.
- No va a seguir...
- Sabes… Yo me lastimé como Apollo. Pero soy una persona. Así que puedo vivir.
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El otro día y a través de una conocida red social, elogié esta joyita del cine independiente norteamericano, que ha pasado medio desapercibida por la cartelera. Y eso a pesar del buen puñado de críticas recogidas tras su participación en el Festival Cannes. Pero es que han pasado casi dos semanas de aquello y aún sigo pegándole vueltas a esta hermosísima película sobre lazos, bridas, camisas con botones nacarados y sombreros Stetson. Fundamentalmente por la belleza de sus planos y ese ritmo parsimonioso que le va que ni pintado al relato. El de una de las jóvenes estrellas del rodeo en Dakota del Sur y, suponemos, en todos los EEUU. Quien tras sufrir un accidente y romperse literalmente la cabeza, se ve incapacitado para volver a montar. El problema es que eso es lo único que sabe hacer, montar y domar caballos, amén de participar en rodeos. Y así se va trazando esta historia minúscula sobre aquello de aguantar arriba sin caerse y en caso contrario volverse a levantar. Todas las veces que haga falta y más. Lírica y conmovedora fábula sobre la superación y también la aceptación.
Sorprendente ficción que a la vez no lo es, dotada de una preciosa fotografía crepuscular que recuerda las “Malas Tierras” (“Badlands” - 1973) de Terrence Malick y con un elenco actoral fantabuloso. Especialmente en lo que respecta a su personaje principal, que es digno de la "Trilogía de la frontera" de Cormac McCarthy. Dotado de un verismo desgarrador. Mucho tendrá que ver que sea el propio Brady Jandreau quien se interprete a sí mismo. También el que su padre y hermana, o algunos de sus amigos/profesionales del rodeo, también lo sean en la vida real.

En definitiva, creo que su directora -¡que es china!- ha dibujado uno de los retratos más genuinos y sensibles de lo que debe ser el mundo de los rodeos y por extensión, del Far West actual. Nada que envidiar a “Hombres errantes” (“The Lusty Men”, Nicholas Ray, 1952) o a “El rey del rodeo” (“Junior Bonner”, Sam Peckinpah -1972), como referentes indudables de este sub-género. O a “Dallas Buyers Club” (Jean-Marc Vallée - 2013), que ahora que lo pienso también tenía el asunto este de los rodeos de trasfondo.

Por cierto que la música de “El Jinete” también es una pasada. Y eso que la banda sonora no tieneque ver con el tipo de música que estáis imaginando. Poco o nada de música country. Si bien, os reconozco que no me hubiese importado escuchar alguna de las últimas de Ryan Bingham.  

sábado, 16 de marzo de 2019

La Ciencia Simple en la presentación del nuevo álbum de Dhármico (y un hombre que nos intentó reventar los tímpanos “a modo de tapa”)

Pues sí, fui a ver a los chicos de La Ciencia Simple por segunda vez. No podía dejarlo pasar tras el pedazo de disco que publicaron en 2018 y después de aquel monumental show en Valpo del que os di buena cuenta por aquí. Egregios representantes del post-rock chilensis, su fórmula se caracteriza por los matices ambientales y los patrones matemáticos plasmados en sus trabajos y también en el directo. Y hete aquí con el primer problema del bolo de anoche. No hubo ni rastro de los recursos audiovisuales en base a esos patrones, que tan bien mezclaban con los conceptos musicales desarrollados. Una pena, ya que el espacio, el teatro del Parque Cultural de Valparaíso en el cerro Cárcel, bien que se prestaba a ello. Con todo, en lo musical, la puesta en escena inicial me pareció brutal. Atronador en aquellos momentos en los que la situación lo requería y descendiendo hacía pasajes más etéreos cuando no. Pero con esto llegamos al segundo problema de la noche: cierto desequilibrio entre el trueno y los pajaritos. Sobre todo de mitad hacia el final. Y añadiré un problema más. No sé si debido a problemas técnicos, o por mor de una mejorable ejecución –probablemente un poco de cada-, pero la cosa fue perdiendo fuelle con el transcurrir de los minutos. Vaya, que la sensación final fue un claro ir de más a menos. Una verdadera lástima porque estos críos molan un puñao y su propuesta, pese a no inventar nada, bien merece la pena. Otra vez será.

Antes del combo chileno aterrizó por allí un paracaidista bogotano, de cuyo nombre no quiero acordarme, con el cometido de generar un tinnitus a los presentes. ¡La madre que lo parió! Aún tengo el zumbido taladrándome los oídos.

Después saldrían a escena Dhármico, propuesta que apunta a la psicodelia desde matices progresivos y a la música latinoamericana, presentando su nuevo disco. Lo cierto es que no los tengo muy escuchados. Y lo que he oído cómo que ni fú ni fá. Y era tarde y hacía mucha hambre. Y la Subida Ecuador está allí mismo. Y el ascensor Reina Victoria y la Cervecería Altamira. Y las chorrillanas y las papas choras y el pastel de choclo… 
Pues eso nomás.
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