domingo, 24 de marzo de 2019

David Robert Mitchell y la nostalgia noventera


Parece ser que fue a finales del XVII cuando un médico suizo, de nombre Johannes Hofer, compuso una extraña palabra de apariencia griega en la que se reunían dos términos –el regreso (nóstos) y el dolor (álgos)- para describir una condición que afligía a los soldados destacados lejos de su patria. Los síntomas incluían melancolía, anorexia e incluso suicidio. Y todo ello por la añoranza del hogar. De ahí que la primera acepción de nostalgia en el diccionario de la RAE sea la “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos”

David Robert Mitchell, realizador estadounidense nacido en Clawson, sufre de nostalgia crónica. Al menos eso es lo que demuestra con su cine. La añoranza de las cosas de esa “patria” que no es sino un momento y un lugar que, como tal, nunca más volverá. Sus primeras películas como director y guionista -“El Mito de la Adolescencia (The Myth of the American Sleepover - 2010)”, “Te sigue (It Follows - 2014)” y la más reciente, “Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake - 2018)”- así lo atestiguan. Nos muestran a un realizador prodigioso que tira de vivencias, prejuicios, recuerdos, gustos y hasta mitos de juventud para crear su particular universo cinematográfico. Tres obras bien diferentes y personalísimas en las que no es difícil apreciar un hilo conductor - especialmente acuciada en el caso de las dos primeras-. Y es que Mitchell ha construido una suerte de tríptico sobre la adolescencia - o post-adolescencia-, suponemos que basada en la propia, luchando contra las implicaciones del amor, el sexo y las siempre complejas relaciones paterno filiales.

Cronológicamente, El mito de la adolescencia” es la primera cinta firmada por el director de Michigan. Si bien, con anterioridad ya había escrito y dirigido un corto titulado “Virgin” (2002) que no he sido capaz de encontrar. La cinta nos presenta la historia de un puñado de jóvenes de barrio bien, que buscan desesperadamente el amor o hasta algún sucedáneo, durante el último fin de semana del verano. Asistimos aquí al espectáculo de las míticas Pijama-Party de los gringos, repletas de alcohol y confidencias. Una suerte de Høstblót simpático o no tanto y que actúa a modo de ritual de tránsito a esa edad adulta repleta de temores e incertidumbres, pero también de expectativas. Y ahí es donde radica el encanto de esta historia. En el desfase de quienes aún se sienten niños y se resisten a abandonar esa Arcadia feliz, frente al de los que ya se sienten mayores y prestos a comerse el mundo. Si bien, es claro que todos se arrastran de mejor o peor manera hacia esa Terra Ignota.

Años después apareció “It Follows”, que trata con bastante más contundencia la temática mencionada. Siendo con seguridad su obra más conocida y hasta reconocida merced al exitoso paso por festivales. De ella ya os hablé por aquí, así que no me extenderé. Digamos que el punto de partida podría servir de arranque a cualquier film de terror al uso, pero que ver. Se inicia con una rubia adolescente pensando en cosas de adolescentes rubias. La concreción de esos planteamientos le llevará a formar parte de una versión porno-macabra del juego del "tú la llevas". Se trata de una cinta de terror adolescente que se aleja del común de este tipo de producciones. Sumamente poética y filmada con un gusto exquisito. Y con un mensaje muy en línea del de su predecesora.  

La última película de Mitchell hasta el momento es la maravillosa “Lo que esconde Silver Lake” - mencionada con honores en mi lista de lo milloret de lo milloret 2018-. Una suerte de neo-noir trufado de elementos provenientes de la cultura pop y con guiños al cine de Hitchcock, al universo David Lynch, a los cómics de Charles Burns o Daniel Clowes, a lo que esconde el “What’s the Frequency, Kenneth?” de R.E.M. y hasta al puto Kurt Cobain. Hete aquí con otro lugar en donde habita la pena de este ya cuarentón. Que tampoco se aleja mucho de la de un servidor, transitando de peor forma por la misma década, vaya. Y es que en esta, a un David Robert Mitchell nacido en el año 74, la nostalgia le viene por el grunge, los cómics y la cultura pop en general con la que creció y, suponemos, se formó. Como a otros tantos. Si bien, a él, más talentoso y seguramente con más medios, le dio para labrarse un camino en el séptimo arte. Y es que, con tan solo tres películas a la espalda, ya podemos afirmar que estamos ante alguien que, no solo tiene cosas que contar, sino que sabe cómo contarlas. Uno de los más interesantes nuevos realizadores, sin ningún género de dudas. ¿La nueva esperanza blanca? Solo el tiempo nos lo dirá. Pero por ahora pinta bien… 

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