viernes, 3 de julio de 2020

Píldoras musicales 2020

Estamos ya a mitad de ejercicio y, a excepción de cuando me deshice en elogios con el nuevo proyecto de Afonso Dorido, o con la mención al fantabuloso nuevo álbum de Clem Snide metida con calzador en un post literario, no había colgado nada relacionado con la que es mi pasión principal. Así pues, sin ofrecer una disculpa ni media, paso a relacionar los trabajos musicales de esta cosecha 2020 que me tienen enganchado. Quizás faltaría alguno, es verdad, pero prefiero pegarle otra vueltecita más y reservarles una futura entrada. Que lo mismo os digo esto que luego de ná, lo sé… Ya conocéis el percal. En fin… ¡Allá vamos!

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Storm damage”, Ben Watt

¡Hostias! ¡¡¡Que este tipo es el Everything but the Girl!!! ¡Que no me han molado en la puta vida! Es más, cuenta la leyenda que una vez, allá por el Pleistoceno Medio, acudí a uno de sus shows en les terres del nord y acabé marchándome a la tercera canción. Pero mira tú por donde que ahora me doy de bruces con esto. Y aunque me cueste, he de reconocer que es harina de otro costal. Gratísima sorpresa. Y vale que quizás la cosa ya venía de lejos. Soy consciente de que es el cuarto disco en solitario del menda, pero como nunca hasta ahora le había prestado atención… Así pues, ¿que decir de “Storm damage”? Todo bueno. Que me ha parecido trabajo delicioso. Con esa cadencia jazzística, sus apuntes tristes por doquier y en donde se combinan sabiamente los ritmos orgánicos con la cosa electrónica. Canela en rama. En serio. Muy en serio. ¡No os riáis cabrones!

Dear life”, Brendan Benson

No por esperado, menos deseado. Aunque, lo tengo que decir, conociendo cómo se las gasta el gachón y apelando a su inmaculada trayectoria en solitario o junto a The Raconteurs, fantaseaba con un artefacto más fastuoso. Con todo, el rubio de Michigan, amigatxo del alma de Jack White, nos ofrece once cortes bien variaditos en los que se respira una sensación de libertad poco común en los tiempos que corren. Y vaya, que el muchacho se ha ganado el derecho a hacer lo que le salga del nabo. Y en eso consiste la séptima entrega en solitario de este casi cincuentón, que puede fardar de trayectoria. Brillando con luz propia en este cachivache, “Richest man”, “Evil Eyes” o el tema que da título al disco.

Making a door less open”, Car Seat Headrest

A ver, es cierto que suena raro escuchar al amigo Toledo con sintetizadores. Aún más el ver cómo ha parido un disco tan poco conexo como este –las canciones podrían estar incluidas en 3 o 4 álbumes diferentes y no pasaría nada-. Pero vaya, que a un genio se le perdona todo. Y es que, pasando por alto esto último y más allá de valorar aquello de que el movimiento se hace andando y que aquí, el amigo ha intentado reinventarse por enésima vez, me parece que el disquito contiene un buen puñado de composiciones dignas de alabar. “Weighlifters” con la que abre, me parece tremenda. “Deadlines (Hostile)” un cañón. “Life worth missing” y “There must be more tan blood” me encantan y “Martin” directamente me tiene loco. ¿Qué hay canciones no tan brillantes? Sí. ¿Y en que disco no? Pero vaya que, haciendo un análisis global de la cosa, a mí me satisface. Y sí, obviamente es un trabajo valiente que asume bastantes riesgos, pero, sobre todo y lo más importante es que resulta muy disfrutable. ¿Cuesta entrar en él? Tampoco tanto. No exageremos.

On circles”, Caspian

Para servidora, lo mejor que ha publicado el ahora sexteto desde el inigualable “Tertia”. Obra maestra absoluta de un género como el post-rock, cada vez más vulgarizado. Con una fórmula que no es nueva, pero que en sus manos aún resulta fresca, gracias a esos muros de sonido con marca registrada y esa constante apelación a la emotividad tan suya. Desde Boston con amor y aún más con ruido. Por cierto, “Collapser” es un temarro para la posteridad. He dicho.

Have we met”, Destroyer

Nueva entrega en forma de disco, de uno de los compositores más singulares del pop actual: el canadiense Dan Bejar. Esta vez influido por los sonidos más ochenteros, el ambient y hasta Massive Attack, como él mismo ha reconocido en alguna entrevista. Disco de pop con mayúsculas, bailongueable pese a lo apocalíptico de muchas de sus letras. En mi opinión y sin ser un incondicional de este emérito miembro de The New Pornographers, de lo mejorcito que ha grabado hasta la fecha.

Collector”, Disq

Interesante debut el de este quinteto de Madison, que se mueve como pez en el agua por los añorados senderos del indie-rock de los noventa. Diez temas que ellos mismos califican de “representaciones orgánicas de cada momento en el tiempo” y que harán las delicias de los fans de Elliott Smith, Weezer, Built to Spill y hasta de Titus Andronicus (Why not?). Doy fe.

The unraveling”, Drive-by Truckers

Trabajo que sigue la línea marcada por “American Band” –madurez y activismo en lo lírico, rabia contenida en lo musical, sobriedad en el diseño de carpetas-. Un disco que, sin ser tan bueno como aquel, mantiene en la buena senda a una banda ya mítica. Como leí en alguna parte, parece que la furia se aleja de las guitarras para situarse ahora en las palabras. ¡Y no veas lo bien que les sienta! Aunque a las huestes de Donald Trump les haga pupita. Vaya, que siguen siendo la mejor banda de rock sureño en activo. Con todo, se echan en falta aquellos dibujitos de Patterson Hood y el antiguo diseño de caratulas. Y es que no pué ser…

Bestieza”, Los Enemigos

32 minutejos de ese rock urgente y cañero con el que lograron fama y fortuna. Vaya, lo mismo que llevan haciendo desde hace treinta y tantos años, con sobrada inspiración. Disco muy directo compuesto de diez piezas trufadas por esos textos tan chulos que le salen al Josele – “Siete mil canciones”, “La ofensa”, “Menos que un perro”, “Sacrilegio Sideral”, “Hey Judas”...-. Además, y a diferencia de algunos de sus últimos trabajos, “Bestieza” suena homogéneo. Y razonablemente fresco, aunque esto quizás sea cosa mía -¡es que lo he agarrao con muchas ganas!-. Los Enemigos saben lo que quieren hacer y lo hacen muy bien. No es cuestión de descubrir la pólvora.

Floatr”, Happyness

Cómo ya comenté en alguna otra parte, me encanta el nuevo trabajo de estos dos. Casi tanto como su debut y bastante más que el anterior, en el que, lo reconozco, me costó muchísimo entrar. Y eso a pesar de la enésima puta mierda de portada –consolidando la tradición de hacer portadas de mierda- en la carrera de la banda londinense. O hasta del título elegido. Vaya, salvo que se trate de un inesperado homenaje a Chiquito de la Calzada o una referencia al atípico verano con pandemia que nos espera -por aquello del flotador, se entiende, ¿no?-. Especialmente para los súbditos de la reina Isabel, tan aficionados ellos al melanoma con D.O. Costa Blanca. En todo caso, me postro a sus pinreles. A los de Jonny y Kenazi, no a los de la vieja Windsor.

Classical notions of happiness”, Jordana

Podría tratarse del enésimo trabajo de chica lánguida con guitarrita, cantándole al desamor y a los problemas adolescentes y/o haciendo gala de una viejuventud a todas luces innecesaria. Pero no. O bueno sí, porque aquí hay mucho de introspección y madurez impropia, pero hay bastante más. Creo. Los cortes presentan un sonido y una fórmula bastante particular, por decirlo de alguna manera. Circulan al trote cochinero, pero de golpe surge el genio. La Jordana vendría a ser entonces una suerte de Karim Benzema con mamellas y consagrado al noble arte de las musas, en lugar de a dar asistencias memorables o marcar goles imposibles. Responsable de preciosas melodías que sirven no solo como recipiente para unas letras bastante chulas. Un disco simpático. Lento, que no aburrido, e imperfecto como todo debut que se precie.

Lina_Raül Refree”, Lina y Raül Refree

Después de Sílvia Pérez Cruz, Rocío Márquez o la Rosalía de los comienzos -además de colaborar con Lee Ranaldo, entre otros-, el ex-Refree se mete de lleno en el mundo del fado. Del fado sin guitarra portuguesa, por lo que, supongo, habrá recibido su buena dosis de hostias. Como por otra parte, ya le pasó en la piel de toro tras “profanar” la tumba de Farina o de La Niña de los Peines. Estamos ante un disco de fado que no es fado, con piano, sintetizadores y armonio, pero sin cuerdas y bastante más oscuro para lo habitual del género. Hay quien ve similitudes con las cosas de Nico, si la artista nibelunga hubiese nacido en el barrio de la Alfama. No me convence del todo. En todo caso, el proyecto gira en torno al repertorio de Amália Rodrigues y es Lina Rodrigues quien le pone voz, por lo que si no es fado, se le parece un huevo. Y mola un ídem.

Good souls better angels”, Lucinda Williams

He leído todo tipo de descalificaciones a la hora de valorar el nuevo trabajo del fenómeno de Luisiana. Pues mira, a mí me parece descollante. Se tenía que decir y se dijo. Cadencias blueseras, country-rock del clásico al guarrete, denuncia política sin pelos en la lengua y unas buenas dosis de a fer la mà tot. Tremendo es poco, insisto. Y no tengo más que añadir. Ni voy a discutirlo con nadie.

Beat poetry for survivalists”, Luke Haines y Peter Buck

Proyecto de quien fuera líder de los Auteurs o, más recientemente, Black Box Recorder, junto uno de los fundadores y guitarrista principal de R.E.M. Y los tipos se han sacado de la manga este delicioso trabajo colaborativo. Zurcido a cuatro manos e ideado a dos cerebros, suena tanto a sus bandas madre como a Lou Reed a quien, de alguna manera, rinden homenaje. Vaya, también al chalao de Jack Parsons a quien dedican uno de los mejores cortes del álbum.

Uneasy laughter”, Moaning

Quizás sea este el disco al que más vueltas le haya pegado en lo que llevamos de año. Y es que me parece la hostia. A ver, tampoco es cuestión de fliparse. “Uneasy laughter” no incluye nada especialmente novedoso en su interior. Es más, se desarrolla entre los transitados senderos del revival post-punk, con algunos matices. Eso sí, creo que es un paso adelante maravilloso e inesperado, el emprendido por el trío angelino. Dotándose de un repertorio más interesante y completo, que destaca por unos estribillos tan poderosos como pegadizos. Además se trata de un trabajo sin material de relleno. Sus trece piezas cobran sentido en el total y cada una de ellas ralla a buen nivel. En el caso de “Ego”, “Make it stop”, “Connect de dots”, “Fall in love” o “Coincidence or faith” más que eso...

Never not together”, Nada Surf

Regreso feliz del proyecto musical comandado por Matthew Caws y Dani Lorca. Y eso que este nuevo álbum no mola tanto como su predecesor, “You know who you are”. Pero es que aquel era una puta barbaridad... Con todo, tenemos nueve temas bien bonitos que condensan todo el saber aprendido por la banda neoyorquina en sus casi tres décadas de existencia. Y es que “Never not together” supone la enésima invitación al goce, a tararear, a sacarnos una sonrisilla o unas lágrimas (según se tercie), como solo ellos saben hacer. Y se agradece… Alguna vez he escrito por aquí que Nada Surf son eternos y su estrella no se apagará nunca. Lo han vuelto a demostrar. Y sin necesidad de promoción, como siempre. Para eso tienen sus canciones. Ya les gustaría a otros con menos años y más medios...

Feral”, RVG

Segundo lanzamiento del grupo de Romy Vager. Líderesa de esta interesante formación que he conocido gracias a este fantástico “Feral”. Incluyendo una decena de temas que beben de referentes reconocidos, como sus paisanos los Go-Betweens, pero también los británicos The Soft Boys y The Smiths. Canciones que tocan ese punto dulce entre lo claro y lo oscuro, sin desdeñar el ruido de guitarras. Mención aparte para la voz andrógina de la Santo y seña de este combo forjado en Melbourne. Muy especial lo de esta señorita y sus adláteres.

X”, She Past Away

Primero colgaron un par de remixes en su Bandcamp y pensé que de ahí no pasaría la cosa. Pasado un tiempo, fueron acumulándose varios más, a cada cual mejor. Todos ellos firmados por eminentes miembros del all star de la cosa oscura. Al final, juntaron todas las piezas, revisiones y perversiones, incluyeron alguna cover, y se sacaron de la manga un discarro doble y tremebundo que me tiene fascinado. De hecho, creo que es lo mejor que han parido estos turcos en una aún corta trayectoria, consagrada a revitalizar los sonidos de la darkwave. Veintidós cortes -que se dice pronto-, por los que desfilan gentes como The Soft Moon, Boy Harsher, Bragolin, Lebanon Hanover, Front 242, Dear Deer, Clan of Xymox, Selofan o el tipo de Xeno & Oaklander. Varios de ellos son brutales.

Traditional techniques”, Stephen Malkmus

Folk psicodélico con cierta deriva country y algunos giros más propios del blues-rock. Ecos a los Beatles in India, a Led Zeppelin, también a Canned Heat y que sé yo. Vaya, que el tercer disco en solitario del líder de Pavement sin Pavement y también sin los Jicks, es exactamente lo que Stephen ha querido que sea. Ha hecho lo que le sale de la chorra y a huir, importándole una higa lo que digamos los demás. Enésimo peldaño de esa autopista hacia el cielo por la que transita este californiano. Es más, si le hacemos caso a su discográfica y esto forma parte de una trilogía -junto al tremebundo último trabajo de los Jicks, y a la electrónica rara de “Groove Denied”-, todavía resulta más extraordinario. ¡Encima el tío sigue girando con Pavement! Steph, ya que estas on fire, ¿qué no grabarías un largo con tu banda madre? ¿Un epé manque sea? Por pedir que no quede…

Saint Cloud”, Waxahatchee

Ya para acabar, el nuevo disco de Waxahatchee. En él se nos presenta a una nueva Katie Crutchfield más feliz, o al menos no tan enfadada con el mundo y quien sabe si más conforme con la vida. Un trabajo más cálido que los anteriores y probablemente más apto para todo tipo de paladares. Apreciándose un acercamiento a sus raíces, de las que, según ella misma cuenta, renegó durante años. También se siente la impronta de los chicos de Bonny Doon, joven banda de Detroit que ya os recomendé hace un par de años y que, desde hace un tiempo, acompaña a la artista de Alabama en sus giras. Así pues lo-fi enriquecido, country a su manera, rock sureño del de toda la vida de Dios, mucho pianito y poca distorsión… Y absolutamente nada de aquel indie-rock primigenio. Otra Katie es posible, yes. Todas ellas son igualmente brillantes.

lunes, 22 de junio de 2020

"Los asquerosos" (y la Mochufa)

Mis libros favoritos de Santiago Lorenzo son “Los millones” y “Los huerfanitos”. El primero, la historia de un tío del GRAPO al que le toca La Primitiva, lo puso en mi radar. Por cierto, gracias a don Kiko Amat. El segundo, aquella sátira costumbrista sobre unos hermanos que heredan un teatro y se tienen que comer una deuda inabordable por obra y gracia de su señor padre, me parece su opus mágnum. Decir descacharrante sería quedarse corto. Con estos antecedentes -y otros que no vienen al caso- puedo considerarme incondicional de este vizcaíno. Bueno, de él y de ese peculiar estilo repleto de nostalgia y mala leche, que emplea un vocabulario maravilloso que transita entre lo rebuscado y la neo-lengua lorenzana o lorenciana, si se me permite la licencia. Vaya, que podría decirse que el hombre es uno de mis escritores favoritos. Por lo que no podía dejar pasar su última novela, “Los asquerosos”. Siendo además una de las lecturas imprescindibles del 2019, según varios medios.

Y me ha gustado. Mucho. Los personajes son brutales. Los asquerosos que lo protagonizan y también la mochufa. Especialmente los mochufas, vaya. ¿Pero que qué es eso? “Ser mochufa es creerse que Ana Rosa no se está riendo en tu cara cuando se emociona”. ¡Ea! Y no hase falta disir namás… Y es que el libro se estructura en dos partes bien diferenciadas. La primera es la historia de un pringao de manual que deviene en un Thoreau ft. Alonso Quijano, por la fuerza de las circunstancias. Y es divertido, no lo negaré. Pero donde “Los asquerosos” alcanza otra dimensión, donde te partes el ojete en siete trozos desiguales, por lo que merece realmente la pena leérsela y hasta acudir a Urgencias con el culo maltrecho, es por la segunda. Una suerte de ensayo sobre esa subespecie humana, capaz de basar su vida en frases hechas y gilipolleces insondables. No tiene desperdicio. Y vaya, que resulta tan certero… Se ve a tanta peña reflejada ahí… Pero tanta… E insisto en que el rollo Richard Kimble meets “Walden y hasta a Sergio del Molino, mola. Pero la mochuza… ¡Que jartá de reír parfavar!
“La soledad suena muy bien pero no tiene tanta gracia, implica no follar, no tener amigos ni ningún tipo de compañía. A este, cuando lo prueba, todo le renta porque considera que ha dado un buen paso. Ese es el gran tema de la novela, más que la austeridad o la falta de tiempo, un tío que ensaya una forma de estar en el mundo que asusta bastante y al tío le sale bien. Aquí hemos llegado solo a la primera parte de la novela, luego todo empieza a quebrarse y a saltar por los aires. Si no, habría quedado en una novela corta.”
Así pues, no puedo sino recomendar esta novela estupenda. Aunque solo fuese con el fin de reconocer a la mochufa y arrinconarla. Y que sí, que como he dicho al comienzo y posiblemente por causa de una aplicación analógica y liberrísima del “prior in tempore, potior in iure”, prefiero las dos primeras novelas de Lorenzo. Pero , cómo mola todo lo que factura este tipo… Jardiel, Arniches, Mihura y hasta Azcona se mostrarían orgullosos de la criatura. Y nosotros a disfrutarlo. 

martes, 9 de junio de 2020

Las Ocho Montañas


Hay gente que aprendió a querer las montañas, al igual que se aprenden las letras. Vaya, cómo este menda ama la luz del Mediterráneo, o los reflejos de la Albufera, aunque no se diera cuenta de ello hasta dejar la terreta. El caso es que una de las primeras cosas que me confesó mi compañera de penas y alegrías, fue la añoranza por las vistas de la cordillera desde los esteros del Marga Marga. Lo entiendo. Y eso que no fui consciente de su belleza hasta hace un par de años, ya instalado en aquella parte del mundo.

Paolo Cognetti es milanés y su pasión, además de la escritura, es la montaña. En su caso los senderos, glaciares y bosques en el entorno de los Alpes italianos, donde habita en solitario durante varios meses al año y desde donde escribe. También es allí donde transcurre gran parte de esta maravillosa novela titulada “Las ocho montañas”, protagonizada por su álter ego, supongo. Un chaval solitario que veranea en la zona junto a sus padres. Allí conoce a otro chico de su edad, quien sabe todo sobre la vida en los montes y no necesita más. Con el transcurso de los años, verano tras verano, irá forjándose una profunda amistad, a la par que exploran las laderas del Monte Rosa, el Cervino o el Sassolungo. Eso hasta que sus caminos toman rumbos distintos...

Lo mejor del libro, más allá de la bonita historia o la fuerza de sus personajes -principales y secundarios-, es el empleo de un lenguaje aparentemente simple pero dotado de un magnetismo brutal. Construyendo un extenso poema con el que su autor nos embarca en un viaje íntimo y lleno de vitalidad, que explora lo robusto de las relaciones entre amigos, pero también entre padres e hijos.

Por cierto que, ahora veo como fue galardonada con el premio Strega y el Médicis a la mejor novela extranjera publicada en Francia, deviniendo en una suerte de fenómeno literario europeo. El caso es que a mí me llegó a través del boca- oreja, en una charla informal con unos amigos. La verdad es que últimamente no me entero de casi nada. Si tú tampoco y accedes a “Las ocho montañas” por causa de esta reseña, ya estás tardando en agradecérmelo…

Una joyita, en serio.

jueves, 21 de mayo de 2020

Lo de los Beasties


Durante estos días en los que todo Cristo anda flipao con la docuserie sobre Jordan y los putos Bulls, háganse un favor y dedíquenle un par de horas a lo que ha hecho Spike Jonze con los Beastie Boys. ¡Qué barbaridad de documental! Y que sí, que sí, que tratándose de quienes se trata, ni puedo ni quiero ser objetivo, pero insisto, ¡qué maravilla, joder! ¡Qué requetebién me lo he pasado con esta mierda! ¡Pero que gozada! Y qué grandes los Beastie Boys. Cuanto se les echa en falta… Así que, déjense de esas mierdas sobre dioses del balón Spalding –el año que viene Wilson-, sombre hombres-tigre que devienen en homicidas o patéticas dramatizaciones sobre judíos renegadosSo what'cha what'cha what'cha want -so what'cha want- I said what'cha what'cha what'cha want -what'cha want-… ¡Que le eches el ojo a “Beastie Boys Story”, so mendrugo! Eso es lo que toca…
Estamos hablando de un registro monumental en el cual se expone, organiza y analiza -alla maniera di Jonze, pero también a la de Mike D. y Ad-Rock-, la historia de tres chavales de Brooklyn que, con talento, empeño y algo de suerte acabarían convirtiéndose en uno de los referentes de la cosa esta de las rimas, los ritmos y la jerga apoteósica. Especialmente recomendado para fans, obvio, pero también para quienes no pasaron de aquella oda al desbarre, la farra y la cosa etílica titulada “(You gotta) Fight for your right (to party)”. Y es que, para fans como yo, este “Beastie Boys Story” resulta imprescindible. Pero incluso los neófitos deberíais acercaros para descubrir un gran espectáculo y, quién sabe, igual hasta os engancháis al flow de los Beasties y al rap en general. O no, pero lo pasareis bien, eso seguro.
Como he dicho más arriba, la cosa viene firmada por Spike Jonze, quien ya colaborara con los Beastie Boys en el mítico videoclip de “Sabotage”. Y es a él, supongo, a quien debemos la elección de un formato tan atípico. Se nos presenta como una suerte de performance en vivo y en directo, onda stand-up comedy, protagonizada por Ad-Rock y Mike D. Entre bromas, chistes y anécdotas más o menos jocosas, repasamos la trayectoria de la banda desde sus comienzos, apoyándose en numerosos registros visuales que se van proyectando a espaldas de los protagonistas. Asistimos a esos inicios como cuarteto hardcoreta, a la aparición en escena de Rick Rubin y el fulgurante éxito de “Licensed to ill”. A las giras con Run-DMC, los excesos y payasadas, la etapa rockstar y después la depre y el hartos de todo. También a la pugna con Def Jam, a la fallida migración a Columbia, la etapa californiana y el “mamá quiero ser artista” de Ad-Rock. A la impronta de los Dust Brothers en esa genialidad que es el “Paul’s Boutique”, con el subsiguiente hostiazo padre. La vuelta a los orígenes y el renacimiento, en muchos y variados planos, que supuso “Check Your Head” y después el pepinazo que fue “Sabotage” y ese referente para casi todo que es “Ill Communication”. Participamos de los viajes por el mundo de Adam “MCA” Yauch, a la creación de la fundación Milarepa, también a inmersión en la cosa socio-política, a la asunción de errores de juventud, al dolor ante la pérdida de amigos, después al nacimiento del glorioso “Hello Nasty”, el cáncer de Yauch y la grabación de un par de discos más antes de la muerte del amigo…  Y el fin de los Beasties.
Y es que los Beastie Boys fueron, por encima de todo, un grupo de amigos y coherentemente el proyecto terminó con la muerte de uno de ellos, a los 47 años y por culpa del puto cáncer. Y esa es una de las cosas más bonitas –sino la más bonita- que contiene este “Beastie Boys Story”. Cómo se rinde homenaje al hermano Yauch, en una suerte de loa como yo nunca había visto en pantalla. Los pelillos de punta y los lagrimales currando a destajo en muchos momentos, lo reconozco...

Un documental cálido, introspectivo, divertido, conmovedor y necesario. Elogio de la juventud, pero también de la madurez y que contiene una preciosa oda a la amistad protagonizada por dos buenos tipos de cuerpo presente - Adam Horovitz y Mike D.-  y la impronta del que se fue –Adam Yauch-. Remarcar lo de buena gente, algo no tan habitual en este medio y menos aun en los tiempos del éxito a cualquier precio. Una cuestión que ya me olía cuando vi “The Punk Singer”. Otro recomendable documental, este sobre la figura de Kathleen Hannah, activista y artista que además es la señora de Horovitz, en donde se puede apreciar la relación tan chula que tienen. Y ello pese a provenir de movimientos que representan cosas tan aparentemente distantes.

jueves, 14 de mayo de 2020

El mercader de alfombras, de Pillip Lopate


Ahora mismo soy incapaz de determinar cuándo ocurrió exactamente. Ya ha pasado tiempo desde aquella vez en que le eché el ojo a esta novelita. No sé bien que es lo que me llamó la atención, ya que no conocía a su autor, ni acostumbro a leer la contraportada de los libros - ¡Sacrilegio! -. Tampoco es que su portada llame al optimismo, con esa sobriedad tan característica de los Libros del Asteroide, en este caso, además, en un gris bastante anodino enmarcando una mejorable foto del edificio Chrysler. El caso es que ahí estaba el librito de marras, llamando mi atención desde un estante en una desaparecida librería del Cap i Casal. Y lo compré. Y me lo llevé a casa en dónde lo deposité en las baldas altas de otra estantería. Luego me mudé y acabó en algún armario y luego me volví a mudar, esta vez fuera del país, y terminó dentro de una caja. Podría decirse que todo se debe a una suerte de corazonada. El barrunto de que aquello podría molar. Pero suavecito, si atendemos a los años que han tenido que pasar para rescatarlo del domicilio familiar e hincarle el diente… Porque ha sido aquí y ahora, cuarentena mediante, cuando me he sumergido en la historia de este vendedor de alfombras neoyorquino, hijo de inmigrantes iraníes que profesan el zoroastrismo, como Zubin Metha o Freddy Mercury. Con estos pergaminos no es difícil comprender que el amigo sea una de esas personas a las que les cuesta encontrar su lugar en el mundo.

La narración nos sitúa a finales de los 80 en un Manhattan en plena vorágine gentrificadora. Situación que amenaza la existencia de este hombre culto e insatisfecho a perpetuidad, incapaz de asumir cualquier cambio, por pequeño que sea. Alguien que se refugia en la idea de que, si se convence de que los problemas no le afectarán, estos terminarán por convencerse también y voilá… De hecho, descubriremos que es así como ha ido sobreviviendo durante más de cuatro décadas. Pasando desapercibido por la vida y convencido de que esta se ha olvidado de que él anda por ahí, refugiado entre alfombras persas en su tiendecita del Upper West Side. La cosa cambiará radicalmente con la aparición de los nuevos propietarios del edificio en el que tiene su negocio. Lo que se concreta en un aumento inasumible del precio del alquiler y la sombra del desahucio en el horizonte. Y ese problema, a diferencia de todos los anteriores, amenaza con no desaparecer. Si a eso le sumamos aquello de que a perro flaco… La cosa se pone fea.

Es justo en ese punto donde arranca la trama de “El mercader de alfombras”, novela de 1987 que es, creo, la única obra de Phillip Lopate traducida al castellano. Un judío neoyorquino, profesor universitario y muy aficionado al jazz que, según he leído, no tiene ni puta idea de alfombras. ¡Ah! Y que protagonizaba aquel documental que Scorsese dedicó a la Estatua de la Libertad. Aunque cualquiera lo diría. El hombre debió de documentarse a base de bien. También sobre zoroastrismo aka la religión más antigua que se conoce y de la que, siendo sincero, no tenía ni puta idea… Más allá de saber del profeta Zaratustra - vía Nietzsche -, o que de alguna manera influyó en el nacimiento de “Juego de Tronos” o “Star Wars” –vía la BBC-.
“A veces era demasiado duro consigo mismo. Otras veces, adornaba sus aspectos más mundanos y veía, por ejemplo, su falta de agresividad comercial como una especie de heroico comedimiento y su ineficacia como integridad. Era como si buscase consolarse de la pobreza de su vida diciendo: Todo va bien. No puedo fracasar en nada porque no intenté hacer nada.”

Una interesante lectura protagonizada por un personaje de esos que dejan huella, aunque no sé si para bien o para mal. Y con un final abrupto que me ha parecido sencillamente brutal. Supongo que hasta tiene moraleja, aunque lo mismo me da.¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Estamos solos en la galaxia o acompañados?” Pues eso. Y sí, es verdad que, quien haya leído a Auster –tanto al malo, como al bueno- reconocerá su universo. Pero aparte de eso poco que ver, xé…

Por cierto, que, mientras escribo todo esto, suena en el reproductor lo último de otro ilustre judío gringo, como Lopate. Aunque bueno, lo cierto es que este nació en Tel Aviv y se crió en la otra orilla del río Hudson… Os hablo, por supuesto, del regreso apoteósico de Eef Barzelay con el que muy probablemente sea su mejor álbum (por encima de “The Ghost of Fashion” o “Your Favourite Music”, que se dice pronto). Y es que lo nuevo de Clem Snide es una maravilla inesperada que nos llega tras un lustro de silencio. Para este regreso, el hombre se ha arrimado a uno de los Avett Brothers, además de contar con peña de los Band of Horses y se nota… De ahí que “Forever Just Beyond” –de horrorosa portada, que todo hay que decirlo-, presente un sonido clásico de raíces que le aleja de sus trabajos anteriores. Un álbum redondito en el que destacan cortes como “Roger Ebert”, “Forever just beyond”, “Sorry Charlie”, “Emily” o “Some Ghost”, y que nos recuerda aquello que cantaba Peret de “no estaba muerto…”Aunque no sé si cabe definir como parranda al sinnúmero de desgracias vitales acumuladas por el bueno de Eef, durante los últimos cinco años.

domingo, 3 de mayo de 2020

La década prodigiosa de Brian de Palma


Hablando con un amigo sobre la maravillosa experiencia que supone sumergirse en el metraje de “Impacto” (1981), aún hoy y transcurridos cuarenta años desde su estreno, me soltó una frase con la que no podría estar más de acuerdo: “De Palma es todo lo que yo le pido al cine” (Sorry por el entrecomillado, pero creo que la frase fue más o menos esa). Sobre todo, en lo que se refiere a aquellas cintas filmadas por el director de Newark desde comienzos de los setenta, hasta mediada la década de los ochenta. Y eso a pesar de todos los Travoltas, Melanies y otros mariachis que participan de las mismas. Porque Brian demuestra estar por encima de eso y mucho más. Siendo capaz de facturar un cine con vocación de entretenimiento que además está muy –pero que muy- bien rodado. Divertimento en estado puro, no exento de homenajes, a veces poco sutiles, pero siempre logrados (a Godard, a Antonioni, Mario Bava, a su amigo Coppola y muy especialmente a Hitchcock). En una serie de tramas que te agarran por la solapa y no te sueltan hasta su resolución. Y que no resultan para nada ridículas, aunque a veces transiten por el alambre. Y a una impostada sencillez, más aparente que real. Incluyendo un sinnúmero de escenas tremendamente arriesgadas en lo visual, en lo estético y en lo compositivo, expresado así de forma genérica. Una colección de películas dotadas de esa condición tan valorable en el mundo del cine –y del arte en general- que tiene que ver con aquello de envejecer bien.
Podría decirse que esta década dorada se inicia con “Hermanas” de 1973. Un thriller esotérico y mórbido, con el que De Palma saltaría a la fama. La historia de dos hermanas siamesas con caracteres opuestos, el marido de una de ellas y una gacetillera entrometida que aspira a formar parte de las grandes ligas del periodismo. Una trama con marcado aroma hitchcockiano que, de alguna manera, fue evocada por David Cronenberg en la mítica “Inseparables”. En todo caso, las que situarán a De Palma como uno de los autores más importantes del momento, serán esas dos obras de género fantástico que rueda a continuación. Hablo, por supuestísimo, de “El fantasma del paraíso” (1974) y de “Carrie” (1976). La primera es un musical de terror, cuya partitura fue íntegramente escrita por el compositor y cantante Paul Williams –que además la protagoniza-. Un musical de culto, muy en la línea con “The Rocky Horror Picture Show” y que contiene guiños a Bowie, a “El Fantasma de la Ópera” o al mito de Fausto. Respecto a “Carrie”, ¿qué decir? ¿Quién no la ha visto? Magnífica adaptación de la conocida novela de Stephen King que, vista hoy, resulta un alegato claro contra el bullying en las aulas, en clave malrollera. Repleta de inolvidables escenas – hete aquí con la bloody scene- y de olvidables actores –hete aquí con los rizos rubios del Gran Héroe Americano-. Lo que no impidió que fuera un éxito descomunal.
Ese mismo año –el glorioso 76, ejem- el realizador norteamericano presentaría “Fascinación”, otro homenaje confeso al maestro británico del suspense. En ella, un tipo que ha perdido a su familia en el fatal desenlace de un secuestro, acaba topándose, un porrón de años después, con una joven que es el vivo retrato de su difunta señora. Y sí, el guiño es vertiginosamente obvio, aunque aquí el rol de la Novak lo cumpla Geneviève Bujold. Después vendría “La furia”, de 1978, una confusa trama que combina elementos del thriller y el cine fantástico. Adorada por algunos y odiada por otros muchos, me parece la más floja de sus creaciones durante este periodo. Con todo, incluye un conjunto de secuencias impactantes que, por sí solas, ya justifican su revisión.
El inicio de los ochenta queda reservado para “Vestida para matar” (1980) y la mencionada “Impacto” (1981). Dos joyitas que nos muestran al De Palma más desatado. La primera destaca por su enfermiza sensualidad y por las deliciosas dosis de misterio, gore y fetichismo. Mientras que la segunda lo hace por algo similar, amén de varios momentos visualmente brutales. Una suerte de “Blow Up” versión De Palma, protagonizada por un joven John Travolta que aquí está sorprendentemente bien. De hecho, su participación en esta película - una de las favoritas reconocidas por Quentin Tarantino-, le valió el papel de Vincent Vega en “Pulp Fiction”.     

Mención aparte merece “El precio del poder” (1984). Trabajo de encargo que, en su día, recibió más palos que una estera y que vendría a ser un remake actualizado y a la vez una secuela de la grandiosa “Scarface, el terror del hampa” (1932). Sumamente violenta y provocativa, cuenta con una de las mejores interpretaciones que yo jamás haya visto: La de Pacino en el papel de Tony Montana. Hoy día considerada un clásico, en su época fue destrozada por la crítica, con el consiguiente fracaso comercial.
Y ya para finalizar, mi favorita de toda su filmografía –también la de Patrick Bateman-: “Doble cuerpo” (1985). El de una Melanie Griffith imponente en esta cinta de género. Fantabuloso homenaje a “La ventana indiscreta”, repleto de morbo y erotismo alla maniera di Brian. Y es que para mí -y algún que otro crítico con mayores conocimientos en la materia-, este thriller terrorífico e hipersexualizado representa el cenit del virtuosismo de este director. Y poco más tengo que añadir. Luego de esta vendrían una serie de films, más o menos interesantes, que ya marcan el declive del hombre que hizo debutar a Robert de Nirosin apoplejías, al menos visibles-. Si bien, no me puedo ir sin destacar una cinta de entre toda esa producción posterior. Se trata de “Ojos de Serpiente” (1998), que cuenta con un Nicolas Cage en una de sus escasas actuaciones remarcables. Frenética historia con un desagradable trasfondo político, que comienza con un plano secuencia de tropecientos minutos que quita el sentío. ¡Absolutamente espectacular! Una peli que sí estaría a la altura de las del periodo glorioso de Brian de Palma.
Y eso es lo que venía a contaros. ¡Cómo he disfrutado estas semanas de confinamiento revisando, incluso descubriendo, a este De Palma! En parte gracias al catálogo de Filmin… Al César lo que es del César. Y sí, ya sé que podría haber mencionado a Eliot Ness, al sargento Tony Meserve o a Carlito Brigante, pero xé, my post, my rules…

martes, 21 de abril de 2020

“Bravo. Una novela muy española”, de Xavi Daura

“Signifique lo que eso signifique, concluyo que la mejor manera de afrontar la rueda de prensa es utilizando mi propio apellido: Bravo. 
Bravo puede significar lo que cada uno quiera interpretar –decía Prieto-. Es una palabra positiva y a la vez determinante, tajante igual que festiva. Transmite mano dura a la vez que optimismo. Significa aplauso, significa fuerza, significas TÚ… y contigo, todos. España. Una perfecta declaración de principios. Para cualquier pregunta, tu postura es… Bravo. La nueva imagen de la Selección. Un nuevo espíritu.
Así que ese es el plan que debo seguir esta mañana: llevar la rueda de prensa como tantas otras, con naturalidad; pero si me hacen alguna pregunta difícil, yo digo: Bravo. 
Lo importante es la actitud con la que lo diga. Si hay que transmitir optimismo, lo digo con alegría. Si conviene transmitir mano dura, lo digo con determinación. Un nuevo orden: A partir de ahora, Bravo. Ya puedo ver los titulares. 
Enfundado en mi Ermenegildo Zegna negro recién planchado, mis zapatos Hugo Boss para ocasiones especiales y el imprescindible Viceroy brillando en mi muñeca, oigo el Mercedes que me reclama en la puerta.
Me veo preparado. Me siento preparado.YO SOY BRAVO.”

Lo mejor que se puede decir de esta novelita, es que te ríes. Más al principio que al final, cierto, pero te ríes mucho. Doy fe de ello. Hay episodios hilarantes, como el de la visita de nuestro héroe futbolero al programucha de Josep Pedrerol. Tronchante. Tendrá que ver que el tal Xavi Daura sea humorista. De hecho es uno de los Venga Monjas y esta es su primera novela.

“Bravo” es una suerte de sátira sobre el fútbol. Y sobre España. Está protagonizada por un mendrugo a quien nombran seleccionador nacional a pocos días del comienzo del Mundial de Rusia. El tipo, que era la cuarta opción al cargo, es designado por Rubiales después de que los tres anteriores protagonicen sucesivos escándalos, a cada cual más cachondo. Es entonces cuando llaman a Rafael Bravo. Y este se ve obligado a soportar el peso de la mayor responsabilidad que puede recaer sobre un español. ¿Qué qué?

Divertida, hiperbólica y por momentos surrealista. Y se lee en dos patás.

Bravo. 

martes, 14 de abril de 2020

El Nix, de Nathan Hill


“Nix” es el nombre germánico de un espíritu al cual en Noruega en realidad llaman “Nokk”. Se supone que vive en el agua y tiene la capacidad de transformarse en cosas distintas, como por ejemplo en un caballo blanco. Y lo hace, bien para tentar a las personas y que estas se sometan, bien para ahogarlas. Me cuenta un pajarito que el bicho en cuestión casi se carga a la prota de la saga “Frozen”, arrastrándola hacia el fondo del mar. Esto último lo apuntaré en mi libreta de cosas que me importan una mierda…
“-El Nix solía aparecerse en forma de caballo –dijo-, pero eso era en los viejos tiempos.
- ¿Y qué aspecto tiene ahora?
-Es distinto para cada uno. Pero generalmente se aparece en forma de persona. Generalmente es alguien a quien crees querer-  
Samuel seguía sin entender. 
-Las personas se quieren por muchos motivos, no siempre buenos –explicó su madre-. Se quieren porque es fácil. O porque se han acostumbrado. O porque se han rendido. O porque tienen miedo. Una persona puede ser un Nix para otra persona.”

Pues bien, en esta primera novela firmada por Nathan Hill, el Nix es una suerte de presencia intangible que le recuerda a sus protagonistas aquel momento crucial en el que todo se fue al carajo y ya nunca fueron capaces de recuperarse. Aquello de lo que pudo haber sido, pero ya nunca será. Porque de eso va el libro, de vidas truncadas por culpa de situaciones que escapan al control de quienes las protagonizan y decisiones que no dependen de la voluntad de quienes las terminan tomando. Y de la imposibilidad del olvido.
 “-Lo que solemos entender como olvido no lo es del todo, en realidad –dijo ella-. No estrictamente. Nunca olvidamos las cosas, sólo perdemos el camino para volver a encontrarlas.”

 “El Nix” se publicó aquí propulsado por la enormidad de las críticas recibidas en los EEUU. Estas nos hablan –again- de aquello de la “gran novela americana”, comparando al autor con el puto David Foster Wallace. Cosa seria. Que hombre, quizás resulte arriesgado comparar la obra de un primerizo como Hill, con el inmenso legado del autor de “La broma infinita”. Pero vaya que, por lo menos en lo que respecta a este debut, sí transmite algo que puede recordar a las maneras del escritor neoyorquino. Por lo que entiendo que la comparativa resulta oportuna y, supongo, muy tentadora.
“-Me encantaría saber que le pasó -dijo Samuel-. En Chicago, digo. En la universidad. ¿Por qué la dejó tan pronto? 
- Ni idea, nunca habló de ello.  
- ¿Y tú no se lo preguntaste? 
- Me alegré tanto de que volviera que preferí no llamar al mal tiempo. A caballo regalado no le mires los dientes, ¿no? Lo dejé correr. Me pareció una actitud muy moderna y empática. 
- Tengo que averiguar que le sucedió. 
- Oye, necesito tu opinión. Vamos a lanzar una línea nueva. ¿Qué logo prefieres? 
- Henry le acercó dos hojas impresas por encima de la mesa. En una ponía CONGELADOS FRESCOS DE GRANJA, y en la otra CONGELADOS DE GRANJA FRESCOS. 
- Me alegro de que te preocupes tanto por el bienestar de tu hijo –dijo Samuel - 
-En serio, ¿cuál te gusta más? 
- Me alegro de que le des tanta importancia a mi crisis personal. 
- No seas tan dramático y elige un logo, anda.   
- Samuel los estudió un momento. Supongo que voto por CONGELADOS FRESCOS DE GRANJA. En caso de duda, ordena las palabras correctamente, ¿no? 
- ¡Eso digo yo! Pero según los de publicidad, el otro orden le da más personalidad a la marca. Bueno, ellos lo llaman branding 
- Qué ganas de usar palabras que no existen. 
- Cómo se nota que eres profesor. Siempre hacen lo mismo. Dicen que hace treinta años era posible anunciarse usando frases sencillas y enunciativas como ¡Sabe delicioso! o ¡Vive feliz!. Hoy en día, en cambio, los consumidores son más sofisticados y eso te obliga a ser más creativo con el lenguaje: ¡El sabor de los que saben!, ¡Paladea tu felicidad! 
- Oye, una pregunta –dijo Samuel-. ¡Cómo es posible que algo sea fresco de granja y, al mismo tiempo, congelado? 
- Eso es algo que se plantea mucha menos gente de la que imaginarías.”

La novela, que alterna el drama y la sátira, viene protagonizada por un treintañero que es a la vez un escritor bloqueado, un profesor hastiado y un adicto a los videojuegos. Abandonado por su madre con apenas once años y, tras más de dos décadas sin saber de ella, se la topará de la forma más insospechada. Por culpa de un incidente con un político que, por obra y gracia del periodismo de sucesos y el merder de las redes sociales, acaba transformándose en una especie de acto terrorista. El caso es que los medios presentan una visión de la señora que su hijo no reconoce, por lo que se ve abocado a indagar. Y ahí será cuando descubra una historia familiar que encierra más secretos que la alcoba de Julio Iglesias.
“-Tu madre te buscó en internet y descubrió que era escritor –dice Periwinkle-. O que querías serlo. Me llamó y me pidió un favor. Me pareció que se lo debía. 
-Por Dios. 
- Qué chasco, ¿no? 
- Y yo que creía que me había hecho famoso por méritos propios. 
- Los únicos que se hacen famoso por méritos propios son los asesinos en serie. Todos los demás necesitan a alguien como yo.”

La historia nos desplaza de década en década y nos ubica en contextos diversos. Desde el Medio Oeste rural en la década de los sesenta, hasta el Nueva York del Occupy Wall Street, pasando por el Chicago de la contracultura. Saltando el charco incluso, en un vuelo hacia las escarpadas costas noruegas que se repite en dos momentos históricos, uno más próximo y el anterior durante la Segunda Guerra Mundial. 

Todo esto define este gran libro que lo es no solo por extensión. Lo cual tampoco conviene pasar por alto, ya que constituye su principal hándicap. De hecho, de no ser por la situación de confinamiento, disponiendo de todo el tiempo del mundo, no me hubiese enfrascado en la lectura de tamaño mamotreto. Bien por el coronavirus, pues. Eso sí, a toro pasado, pienso que, tal vez, el autor se podría haber ahorrado algún capítulo. Me refiero a aquellos que se centran en la obra y milagros de una alumna no tan tonta como aparenta, ni tan lista como ella cree.
“Y es verdad. Ha sido un buen hombre. Tan buen padre como podía serlo. Sólo que Faye nunca se había dado cuenta. A veces estamos tan sumergidos en nuestra propia historia que no nos damos cuenta de que solo somos actores secundarios en la historia de otra persona.”

¿Recomendable? Sí, mucho. Y en los tiempos que corren, aún más.  
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