sábado, 20 de abril de 2019

Bloodline o la caída del Imperio Rayburn, gente de bien


Hablemos de series, va. Así podréis acusarme de cuentista cuando alardee, por enésima vez, de que yo no pierdo el tiempo en esos menesteres. Conste que esta va por cuenta del Rojo, que fue quien insistió en que la viera. La serie en cuestión se titula “Bloodline”, está en Netflix y consta de tres temporadas. A bote pronto, no sé que nota ponerle a este dramón y casi thriller familiar, ya que comienza muy bien pero acaba de forma lamentable. Con todo y pese al mal sabor de boca final, muy especialmente por culpa de los dos últimos y delirantes episodios, la valoración general no es mala. Vamos, que la he disfrutado. Excepto el cierre. Lo cual me motiva a colgar esta entrada.

La temporada inicial fue estrenada en la plataforma de entretenimiento allá por el año 2015. Y lo cierto es que debieron dejarse los cuartos en ella. El elenco actoral es magnífico, sobresaliendo el tristón de Kyle Chandler en el papel protagónico y también ese fantástico actor australiano llamado Ben Mendelsohn que hace del hermano mayor -¿Cómo olvidar “Animal Kingdom” (David Michod, 2010)?-. También cuenta con dos veteranos de la escena como son Sissy Spacek y Sam Shepard en el papel de los patriarcas del clan. Y un interesante ramillete de secundarios entre los que destaca la presencia de la “desaparecida” Clhoë Sevigny y más adelante, a partir de la segunda temporada, de John Leguizamo. También salen la tipa de “Mandy” y la prota de “La Llorona” (cinta que no he visto, ni creo que vea).

La historia sigue la vida de la familia Rayburn, propietarios de un residencial de lujo sito en los Cayos de Florida, a pocos kilómetros de la rutilante Miami. El mismo enclave en el que se desarrollaba la mítica “Cayo Largo”("Key Largo", 1948), dirigida por John Huston y protagonizada por Humphrey Bogart. De hecho incluye algunos guiños a la misma durante la segunda temporada. Todo comienza cuando, con motivo de la fiesta de aniversario del matrimonio, el hijo mayor y oveja negra del clan vuelve a casa. Rápidamente comienzan los problemas en una familia de apariencia idílica, ejemplo perfecto de aquello del “American way of life”, pero que esconde un oscuro pasado. A los recelos iniciales ante el regreso del hijo pródigo, se une el que este se vea involucrado en el mundillo del hampa local. Obligando al clan a tomar cartas en el asunto. El problema es que, para proteger el legado familiar, los hermanos irán adentrándose en una espiral corrosiva de mentiras y secretos inconfesables que parece no tener fin.

La primera temporada es magnífica. En todos los sentidos vaya. De hecho y según he leído, recibió muy buenas críticas e incluso algún premio a las actuaciones de Chandler y Mendelsohn. No me extraña. En ella se nos presenta a los papás Rayburn y a sus cuatro hijos, además de las respectivas familias y allegados. Asistimos a la complejidad de cada uno de los personajes sobre los que pivota la trama. Que es lo que los mueve o hasta remueve. En todos ellos abundan los claroscuros y responden a múltiples y variados intereses. Sin embargo, impera un extraño vínculo de fidelidad familiar.  La historia se cuece a fuego lento. Pero es un ritmo justificado que acaba desembocando en un infartante final que, de alguna manera, ya se venía anticipando a base de flashforwards. Digamos que la tensión va in crescendo episodio tras episodio. Y que engancha un huevo.   

La segunda temporada retoma las cosas allí donde quedaron tras la tragedia que cerró la primera. Si bien, si existía alguna posibilidad de enmienda para los Rayburn, ahora sabemos que ya no hay vuelta atrás. No es tan brillante como la anterior, pero no por ello mala. Aparecen nuevos caracteres, algunos de los cuales resultan más que interesantes. El tórrido ambiente de la Florida sigue marcando el paso a unos personajes que se adentran cada vez más en un camino plagado de errores, engaños y terribles crímenes. ¿Cuál es el problema? Pues que todo acaba resultando demasiado enrevesado. Un exceso de giros y sorpresas hace que la verosimilitud de la historia se resienta. Y abusa de los flashbacks. Algunos son puro artificio y carecen de sentido.

Con todo hasta aquí ni tan mal. Luego llega la tercera temporada y en algún momento te paras y piensas, ¿Pero qué mierda es esto? ¿En qué cojones se ha transformado? Según parece, la serie no había alcanzado el éxito esperado y de ahí que, lo que iban a ser cinco temporadas se redujesen a solo tres. Esta última habría de condensar todo lo que quedaba por explicar pero en muchos menos episodios. Y a Dios gracias visto el resultado porque...  Marededeusinyor… Qué manera de embarrarlo todo. Y es una pena, porque mira que la cosa comenzó bien… Lo peor es que hasta el quinto episodio de la temporada aún se aprecia cierta decencia. A partir de ahí los directores sucumben al desastre llegando a dar vergüenza ajena. Y es que, tan importantes son los preliminares como saber acabar bien. 
¿La recomiendo? Y yo que sé… Haced lo que os dé la gana. O echadle un ojo a la primera temporada que es muy buena y a ver que tal. Al fin y al cabo lo de después no le importó a nadie. Ni siquiera a los creadores del engender

domingo, 24 de marzo de 2019

David Robert Mitchell y la nostalgia noventera


Parece ser que fue a finales del XVII cuando un médico suizo, de nombre Johannes Hofer, compuso una extraña palabra de apariencia griega en la que se reunían dos términos –el regreso (nóstos) y el dolor (álgos)- para describir una condición que afligía a los soldados destacados lejos de su patria. Los síntomas incluían melancolía, anorexia e incluso suicidio. Y todo ello por la añoranza del hogar. De ahí que la primera acepción de nostalgia en el diccionario de la RAE sea la “pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos”

David Robert Mitchell, realizador estadounidense nacido en Clawson, sufre de nostalgia crónica. Al menos eso es lo que demuestra con su cine. La añoranza de las cosas de esa “patria” que no es sino un momento y un lugar que, como tal, nunca más volverá. Sus primeras películas como director y guionista -“El Mito de la Adolescencia (The Myth of the American Sleepover - 2010)”, “Te sigue (It Follows - 2014)” y la más reciente, “Lo que esconde Silver Lake (Under the Silver Lake - 2018)”- así lo atestiguan. Nos muestran a un realizador prodigioso que tira de vivencias, prejuicios, recuerdos, gustos y hasta mitos de juventud para crear su particular universo cinematográfico. Tres obras bien diferentes y personalísimas en las que no es difícil apreciar un hilo conductor - especialmente acuciada en el caso de las dos primeras-. Y es que Mitchell ha construido una suerte de tríptico sobre la adolescencia - o post-adolescencia-, suponemos que basada en la propia, luchando contra las implicaciones del amor, el sexo y las siempre complejas relaciones paterno filiales.

Cronológicamente, El mito de la adolescencia” es la primera cinta firmada por el director de Michigan. Si bien, con anterioridad ya había escrito y dirigido un corto titulado “Virgin” (2002) que no he sido capaz de encontrar. La cinta nos presenta la historia de un puñado de jóvenes de barrio bien, que buscan desesperadamente el amor o hasta algún sucedáneo, durante el último fin de semana del verano. Asistimos aquí al espectáculo de las míticas Pijama-Party de los gringos, repletas de alcohol y confidencias. Una suerte de Høstblót simpático o no tanto y que actúa a modo de ritual de tránsito a esa edad adulta repleta de temores e incertidumbres, pero también de expectativas. Y ahí es donde radica el encanto de esta historia. En el desfase de quienes aún se sienten niños y se resisten a abandonar esa Arcadia feliz, frente al de los que ya se sienten mayores y prestos a comerse el mundo. Si bien, es claro que todos se arrastran de mejor o peor manera hacia esa Terra Ignota.

Años después apareció “It Follows”, que trata con bastante más contundencia la temática mencionada. Siendo con seguridad su obra más conocida y hasta reconocida merced al exitoso paso por festivales. De ella ya os hablé por aquí, así que no me extenderé. Digamos que el punto de partida podría servir de arranque a cualquier film de terror al uso, pero que ver. Se inicia con una rubia adolescente pensando en cosas de adolescentes rubias. La concreción de esos planteamientos le llevará a formar parte de una versión porno-macabra del juego del "tú la llevas". Se trata de una cinta de terror adolescente que se aleja del común de este tipo de producciones. Sumamente poética y filmada con un gusto exquisito. Y con un mensaje muy en línea del de su predecesora.  

La última película de Mitchell hasta el momento es la maravillosa “Lo que esconde Silver Lake” - mencionada con honores en mi lista de lo milloret de lo milloret 2018-. Una suerte de neo-noir trufado de elementos provenientes de la cultura pop y con guiños al cine de Hitchcock, al universo David Lynch, a los cómics de Charles Burns o Daniel Clowes, a lo que esconde el “What’s the Frequency, Kenneth?” de R.E.M. y hasta al puto Kurt Cobain. Hete aquí con otro lugar en donde habita la pena de este ya cuarentón. Que tampoco se aleja mucho de la de un servidor, transitando de peor forma por la misma década, vaya. Y es que en esta, a un David Robert Mitchell nacido en el año 74, la nostalgia le viene por el grunge, los cómics y la cultura pop en general con la que creció y, suponemos, se formó. Como a otros tantos. Si bien, a él, más talentoso y seguramente con más medios, le dio para labrarse un camino en el séptimo arte. Y es que, con tan solo tres películas a la espalda, ya podemos afirmar que estamos ante alguien que, no solo tiene cosas que contar, sino que sabe cómo contarlas. Uno de los más interesantes nuevos realizadores, sin ningún género de dudas. ¿La nueva esperanza blanca? Solo el tiempo nos lo dirá. Pero por ahora pinta bien… 

martes, 19 de marzo de 2019

Discos de principios de este año con los que estoy flipándolo –y otro que no tanto- o da’ best albums of 2019 pa’ este menda (so far)


I Was a King, “Slow Century”
El primero es este bonito álbum de pop con guitarras, fruto de la colaboración del combo escandinavo con el divino Norman Blake. Que de hecho suena más a Teenage Fan Club que lo último de los escoceses y no parece casualidad. También algo hay de The Byrds, de los Beatles, con ciertos ecos a bandas del momento como Nap Eyes. Segundo álbum en la trayectoria de un cuarteto de rubios que podría haber surgido desde algún enclave en la costa californiana, pero nada más lejos de la realidad. Su lugar en el mundo es el ventoso y frío suroeste noruego.     

Reserva Espiritual de Occidente, “Cristo de la Atlántida”
Seguimos con esta propuesta de folk-rock espiritual y apocalíptico, que entronca perfectamente con los universos dibujados por David Tibet al frente de Current 93. Si bien y en palabras de la banda, también con “las primeras etapas instrumentales de Franco Battiato, la experimentación desprejuiciada de Pierrot Lunaire o la psicodelia inteligente de Opus Avantra; retazos de glorias patrias como Música Dispersa, Asfalto o Lole y Manuel; el romance pausado de Joaquín Díaz o el carácter extático-místico de Kiko Argüello; la tristeza atávica de las voces de El Caurel y de la copla; la brutalidad descarnada de Swans, la oscuridad y el fango de Sunn O))) e incluso una aproximación a lo orquestal que otea desde la distancia a Henryk Górecki o Krzystof Penderecki…”. Eso y dos huevos duros. 

Mike Krol, “Power Chords”
Lo de este gachón es guitarrerismo y distorsión. Fuzz escuela San Francisco con ciertas cadencias que recuerdan a los primerísimos Strokes. Un disco repleto de ganchos a los que colgarse y en el que el divertimento campa a sus anchas. Nada nuevo bajo el sol en la trayectoria de este angelino cuyo timbre de voz recuerda al de Jay Reatard. Once temas inmediatos y pegadizos que os tienen que molar sí o sí.   

Boy Harsher, “Careful”
El esperado regreso del dúo de Northampton nos devuelve ese synth-pop de corte minimalista y oscuro, con el que llevan asfaltando su camino desde hace un lustro. Loops enérgicos, ritmos machacones y por encima de todo la voz casi susurrada de la señorita Mathews. A pesar de que el registro está orientado hacia las pistas de baile, el nuevo álbum incorpora una serie de pasajes atmosféricos que le van la mar de bien a una propuesta que se enriquece con cada nuevo lanzamiento.            

Sharon Van Etten, “Remind Me Tomorrow”
Rotas las reticencias iniciales o más bien harto de buscar excusas para decir que no me gusta lo que realmente me encanta... ¡Porque menudo discazo se ha sacao de la manga la de New Jersey! La maternidad y ese abrazo partío al mundillo de los sintetizadores le ha sentado como un guante. Y sí, hemos perdido a una cantautora con guitarrita y aquel espíritu folk de los inicios ya ni está ni se le espera. Pero hemos ganado a una artista mucho más osada, sin miedo a acercarse a otros universos cómo el de St. Vincent, pero mejor. Mucho mejor de hecho.  

Ryan Bingham, “American Love Song”
La cosa ya comenzó de forma inmejorable con el adelanto de “Wolves”. Alegato anti bullying en clave personal que anticipaba un álbum en el que el vaquero de Nuevo México se vuelve a desnudar frente al oyente. Un trabajo muy personal y bastante político que le reafirma como el mejor country-man de la nueva generación junto a Sturgill Simpson. ¡Y todo eso antes de cumplir los cuarenta!



Deer Tick, “Mayonnaise”
Pieza complementaria a sus dos álbumes más recientes, “Deer Tick vol. 1” y “Deer Tick vol.2”, en el cual la banda de Scott McCauley ofrece versiones alternativas de varias de las pistas allí incluidas. No contentos con eso, también nos suministran una rica dosis de nuevo material. Confirmando por enésima vez su estatus dentro del mundillo de la americana. En la vertiente más macarra y juguetona, claro está. Y es que siguen siendo los más juerguistas del bareto.

Sleaford Mods, “Eton Alive”
Paso de alabar más a estos tíos. Williamson y Fearn son más fiables que el motor de un Audi, una cerveza Bundor o un ensamble de Grégory Pérez. Siempre ofrecen la misma mierda y siempre coloca. Afilados y reflexivos pero un tanto más experimentales, por establecer alguna diferencia con trabajos anteriores. Además es el primero que publican bajo el paraguas de su propio sello. El año que viene habrá más y también será bueno. ¿Apostamos?     
Crocodiles, “Love is Here”
Pues sí, esto es un discazo, lo diga Agamenón o su porquero. Si lo oyeran lo afirmarían ambos, de eso estoy seguro. Séptimo largo en la trayectoria de esta particular banda de pop-punk ruidoso originaria de San Diego. Los mismos que se las tuvieron tiesas con el célebre sheriff Arpaio. El dúo conformado por Brandon Welchez y Charles Rowell nos obsequia ahora con un decálogo de canciones que beben los vientos por bandas como The Jesus and Mary Chain. Pero también de The Fall o Sonic Youth ¿Por qué no? Álbum variadito, con un tono general algo más oscuro que anteriores entregas, en el que llama la atención el genial tratamiento de las guitarras. Vamos, que los riffs son una puta pasada.

Lee Harvey Osmond, “Mohawk”
Nueva entrega en solitario del veterano músico canadiense. Como no podía ser de otra manera, todo gravita en torno a esa voz profunda que le ha dado Dios. Folk-blues pantanoso, con ramalazos de psicodelia en el que, incluso, se permite el cameo de un saxo con tintes morphinianos. Disco conceptual que nace fruto de la identidad mohawk recuperada. Y es que, ya cincuentón, se acaba de enterar de que quienes le criaron no eran sus padres biológicos, ya que unos aborígenes se lo cedieron a estos en adopción. Gracias a ese descubrimiento tenemos este pedazo de álbum que entronca con la deriva del último Howe Gelb.

Ladytron, “Ladytron”
Nuevo capítulo de ese pop abiertamente electrónico y tirando a fome marca de la casa. La sexta, descontando recopilatorios y discos de remixes. Y es que, ocho años después del mejorable “Gravity the Seducer”, el cuarteto de Liverpool recupera presencia con estos trece cortes con algo de colorido adicional respecto a anteriores álbumes. Lo cual se agradece. Álbum bastante accesible que, sin embargo y tirando de antecedentes, dudo que capte nuevos adeptos a la causa. También os digo que no defraudará a ningún acólito. Desde luego que a mí no.

Pedro the Lion, “Phoenix”
Quince añitos nos ha tenido el señor Bazan huérfanos del proyecto que le dio fama y fortuna. Ese es el tiempo transcurrido desde que se publicara “Achille’s Heel”, su anterior referencia discográfica con Pedro the Lion. Supongo que ha merecido la pena, aunque no me hubiese importado esperar menos. “Phoenix” contiene  todo aquello por lo que amé a esta banda y lo seguiré haciendo por los siglos de los siglos –Amén-. Trabajo introspectivo y tristón, en el cual Bazan revive su infancia en la capital de Arizona. Precioso ejercicio de nostalgia.  

Beirut, “Gallipoli”
Zach Condon le da una vueltecita a su proyecto musical y nos entrega otra lujuriosa combinación de melodías pop, pero ahora con un carácter protagónico para los instrumentos de cuerda y la sección de viento. El músico santafecino nos vuelve a mostrar como la riqueza cultural de la antigua colonia, va mucho más allá de las laderas de la sierra que la circunda. De ahí esas raíces y ecos fronterizos, pero también los ambientes orientales, la fanfarria, la mediterraneidad tanto del norte como del sur… Y todo ello batido y sin dejar grumos. Con naturalidad.

De Staat, “Bubblegum”
Oriundos de Nijmegen, cómo aquel equipo de mierda con el que gané todas las competiciones habidas y por haber en el PES. Además coleguitas de los imprescindibles dEUS, que no es cualquier carta de presentación. Agrupación holandesa por lo tanto, que vuelve a lo grande con este, su séptimo elepé. Un trabajo inclasificable y heterogéneo que integra todo tipo de sonidos tanto de la música electrónica como del pop y hasta del hip hop. En temas como “Mona Lisa” recuerdan a hitos del math rock como Battles. Otras van más en la línea de Everything Everything.

Robert Forster, “Inferno”
La mitad pensante de los Go-Betweens sigue la línea de aquel fantástico “Songs to Play” de hace tres años largos. El genio de Brisbane nos vuelve a obsequiar con una colección de temas, que no hacen sino ampliar la leyenda de uno de los más grandes compositores vivos. Abusando del piano hasta límites insospechados en varios de los momentos más brillantes del disco y bien que me parece. Y que no os engañe la horrorosa portada. El contenido es gloria bendita. Por momentos roza el cielo y más allá.

[...]

...y el otro: 

Drenge, “Strange Creatures”
No por esperado menos deseado. Si bien, tengo que reconocer que las expectativas no se han visto del todo satisfechas y por eso lo pongo aquí al final, a modo de addenda. Y es que los adelantos en forma de epé que presentaron durante el 2018 condensan todo lo mejor de un álbum que deja atrás el garaje-rock que tan bien les sentaba en los dos álbumes anteriores. Superado el golpe inicial y tras un par de escuchas más, el disco se disfruta. Al menos tres cuartas partes de él. O un poco menos, va... Pero a uno le queda la sensación de que esto podría haber dado mucho más de sí. Oportunidad perdida y es una lástima. 

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domingo, 17 de marzo de 2019

“The Rider”, de Chloé Zhao


- Sabes Lilly, Apollo se lastimó... Y tuvimos que sacrificarlo.
- No... Noo...
- No es justo para el caballo. No puede correr y jugar y hacer todo lo que quiere hacer.
- No va a seguir...
- Sabes… Yo me lastimé como Apollo. Pero soy una persona. Así que puedo vivir.
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El otro día y a través de una conocida red social, elogié esta joyita del cine independiente norteamericano, que ha pasado medio desapercibida por la cartelera. Y eso a pesar del buen puñado de críticas recogidas tras su participación en el Festival Cannes. Pero es que han pasado casi dos semanas de aquello y aún sigo pegándole vueltas a esta hermosísima película sobre lazos, bridas, camisas con botones nacarados y sombreros Stetson. Fundamentalmente por la belleza de sus planos y ese ritmo parsimonioso que le va que ni pintado al relato. El de una de las jóvenes estrellas del rodeo en Dakota del Sur y, suponemos, en todos los EEUU. Quien tras sufrir un accidente y romperse literalmente la cabeza, se ve incapacitado para volver a montar. El problema es que eso es lo único que sabe hacer, montar y domar caballos, amén de participar en rodeos. Y así se va trazando esta historia minúscula sobre aquello de aguantar arriba sin caerse y en caso contrario volverse a levantar. Todas las veces que haga falta y más. Lírica y conmovedora fábula sobre la superación y también la aceptación.
Sorprendente ficción que a la vez no lo es, dotada de una preciosa fotografía crepuscular que recuerda las “Malas Tierras” (“Badlands” - 1973) de Terrence Malick y con un elenco actoral fantabuloso. Especialmente en lo que respecta a su personaje principal, que es digno de la "Trilogía de la frontera" de Cormac McCarthy. Dotado de un verismo desgarrador. Mucho tendrá que ver que sea el propio Brady Jandreau quien se interprete a sí mismo. También el que su padre y hermana, o algunos de sus amigos/profesionales del rodeo, también lo sean en la vida real.

En definitiva, creo que su directora -¡que es china!- ha dibujado uno de los retratos más genuinos y sensibles de lo que debe ser el mundo de los rodeos y por extensión, del Far West actual. Nada que envidiar a “Hombres errantes” (“The Lusty Men”, Nicholas Ray, 1952) o a “El rey del rodeo” (“Junior Bonner”, Sam Peckinpah -1972), como referentes indudables de este sub-género. O a “Dallas Buyers Club” (Jean-Marc Vallée - 2013), que ahora que lo pienso también tenía el asunto este de los rodeos de trasfondo.

Por cierto que la música de “El Jinete” también es una pasada. Y eso que la banda sonora no tieneque ver con el tipo de música que estáis imaginando. Poco o nada de música country. Si bien, os reconozco que no me hubiese importado escuchar alguna de las últimas de Ryan Bingham.  

sábado, 16 de marzo de 2019

La Ciencia Simple en la presentación del nuevo álbum de Dhármico (y un hombre que nos intentó reventar los tímpanos “a modo de tapa”)

Pues sí, fui a ver a los chicos de La Ciencia Simple por segunda vez. No podía dejarlo pasar tras el pedazo de disco que publicaron en 2018 y después de aquel monumental show en Valpo del que os di buena cuenta por aquí. Egregios representantes del post-rock chilensis, su fórmula se caracteriza por los matices ambientales y los patrones matemáticos plasmados en sus trabajos y también en el directo. Y hete aquí con el primer problema del bolo de anoche. No hubo ni rastro de los recursos audiovisuales en base a esos patrones, que tan bien mezclaban con los conceptos musicales desarrollados. Una pena, ya que el espacio, el teatro del Parque Cultural de Valparaíso en el cerro Cárcel, bien que se prestaba a ello. Con todo, en lo musical, la puesta en escena inicial me pareció brutal. Atronador en aquellos momentos en los que la situación lo requería y descendiendo hacía pasajes más etéreos cuando no. Pero con esto llegamos al segundo problema de la noche: cierto desequilibrio entre el trueno y los pajaritos. Sobre todo de mitad hacia el final. Y añadiré un problema más. No sé si debido a problemas técnicos, o por mor de una mejorable ejecución –probablemente un poco de cada-, pero la cosa fue perdiendo fuelle con el transcurrir de los minutos. Vaya, que la sensación final fue un claro ir de más a menos. Una verdadera lástima porque estos críos molan un puñao y su propuesta, pese a no inventar nada, bien merece la pena. Otra vez será.

Antes del combo chileno aterrizó por allí un paracaidista bogotano, de cuyo nombre no quiero acordarme, con el cometido de generar un tinnitus a los presentes. ¡La madre que lo parió! Aún tengo el zumbido taladrándome los oídos.

Después saldrían a escena Dhármico, propuesta que apunta a la psicodelia desde matices progresivos y a la música latinoamericana, presentando su nuevo disco. Lo cierto es que no los tengo muy escuchados. Y lo que he oído cómo que ni fú ni fá. Y era tarde y hacía mucha hambre. Y la Subida Ecuador está allí mismo. Y el ascensor Reina Victoria y la Cervecería Altamira. Y las chorrillanas y las papas choras y el pastel de choclo… 
Pues eso nomás.

miércoles, 13 de marzo de 2019

“The Guilty” (“Den Skyldige”), de Gustav Möller


Gustav Möller podría ser el lateral derecho del Brondby, el primo nerd de Thomas Gravesen o hasta uno de los pilotos del Ryanair que volaba desde Valencia a Billund y viceversa. Pero no. Se trata del joven director danés que ha firmado su tremendo debut cinematográfico con “The Guilty” o “Den Skyldige” -o “El culpable” o “La culpa”, que no sé por qué esta mierda no la traducen y sí otras-.  Tenso y claustrofóbico thriller que formalmente evoca a las novelas policíacas de espacio cerrado, pero que tiene la virtud de abrirse a otros ambientes en la mente del espectador.

Tenemos al oficial Asger Holm, temporalmente suspendido de funciones por algún suceso poco claro y que ha sido relegado al servicio de emergencias, mientras se sustancia un proceso contra él. Durante el turno de noche, recibe la llamada de una mujer acojonada por algo. Asger se percata de que la señora ha sido secuestrada, por lo que intenta ayudarla con lo que tiene a mano, básicamente el teléfono. Allí recluido, comienza a hacer llamadas a diferentes colegas a lo largo y ancho del país en aras a localizar y liberar a la mujer. Sin embargo y con el transcurso de los minutos, vemos como la cosa se sale de madre. Y el asunto se va precipitando hacia situaciones inesperadas en donde sobrevuelan los demonios personales del policía. Aquellos por los que se encuentra confinado en una centralita de emergencias y no patrullando las calles de Copenhague.

Trabajo de corte minimalista en el que Möller nos muestra que no hace falta gastarse una millonada para facturar un peliculón. Un personaje y un espacio único. Solo un hombre hablando por teléfono en una oficina de policía. Pero junto a esa escasez de medios tenemos un sólido guión, una estudiada planificación, un encomiable tratamiento del sonido, un actor fantástico y un gran pulso en la dirección. Con estos mimbres nos mantiene en tensión durante los ochenta y tantos minutos de metraje. Y ni siquiera nos deja con ganas de más, porqué la cosa acaba como y cuando debe que hacerlo.   
Interesantísima ópera prima. No os la perdáis.

martes, 12 de marzo de 2019

Warlock, de Oakley Hall

“Los hombres son como el maíz. El sol los quema, la lluvia los empapa, el invierno los congela y la Caballería los pisotea, pero a pesar de todo continúan creciendo. Y nada de eso importa mientras haya whisky”.
El para muchos mejor western de la historia o, en palabras de todo un referente como Thomas Pynchon, una de las mejores novelas americanas de todos los tiempos, es una auténtica barbaridad de libro. Y no hace falta añadir nada más. Es tremendo en todos los sentidos y que no os abrumen sus cerca de setecientas páginas cargadas de intensidad. Porque no le sobra ni le falta una coma. Es perfecta. Entre otras cosas porque no es sólo una novela de género cómo aparenta. O sea, sí que contiene todos los elementos del género que encumbró a Stewart E. White o a Zane Grey, pero es mucho más que una simple historia de cowboys. Si tuviera que explicarla, diría que es un libro sobre la justicia y el poder que se sitúa en un momento histórico –finales del siglo XIX- y un lugar –los confines del Far West, casi en la frontera con México-, como podría haber transcurrido en otra época y hasta en cualquier otra parte del mundo. Y es que el temita de marras tiene vocación universal. Hasta el punto de que “Warlock” puede leerse casi como un ensayo de cómo y porqué surge la justicia. También de cómo se sustancian las relaciones de poder.

“Se había engañado a sí mismo con sus ideales de humanidad y apertura hacia la libertad; porque la paz surge de la guerra, no de la razón. Para instaurar el sindicato tendría que haber sangre y fuego. Así había sido siempre, y las revoluciones las hacían hombres que conquistaban, o morían, y no ideas descoloridas en cerebros grises. La paz se lograba con la espada, los derechos con la espada, la justicia y la libertad con la espada, y la lucha para conquistarlas debían dirigirla hombres con espada y no por seres inútiles que predicaban la razón y la moderación.”
Warlock es poco más que un campamento de frontera. Un poblacho surgido en el marco de la conquista del oeste y que aún es tierra de nadie, pero anda en proceso de llegar a ser algo más. Su aspiración es la de convertirse en un pueblo convencional, con el debido reconocimiento oficial, lo que significa que ya no imperará la ley del más fuerte sino las estructuras y la organización de la joven nación norteamericana. Esa tensión entre lo que está por venir y lo que persiste es fundamental para entender la historia. Y le sirve a su autor para contarnos como debió ser la fundación de la sociedad de su país. Ese estatus indefinido durante el proceso de cambio es lo que genera la falta de moral de unos personajes que son, con mucho, lo mejor del libro. Una colección de buscavidas que pasan de héroes a villanos -o simplemente a personajes incómodos-, en menos de lo que canta un gallo. En ocasiones sucede justo lo contrario. 

En este sentido, es impresionante el tratamiento de esos personajes. Lo bien definidos que están, tan humanos y creíbles. No hay ligereza o descuido en el trazo, son personas de verdad, repletas de contradicciones, intenciones, motivaciones y un pasado. El de algunos incluso más oscuro que el de Jacko o el de la Madre Teresa de Calcuta. Caracteres de aquellos que encumbran cualquier historia. Desde el ayudante Gannon hasta la mojigata e hipócrita señorita Jessie y su doctor pagafantas. Pasando por Brunk, el vocero oficioso de los mineros, y su antagonista el pérfido McDonald, gerente de la mina Medusa. O Abe McQuown y sus cuatreros del rancho San Pablo, a los que se enfrenta el Comisario Blaisedell –aka “El hombre de las pistolas de oro”. Y el borracho del juez Holloway que junto al loquer del General Peach representan visiones antagonistas de la cosa pública que mejor no desvelaré. O esa extraña pareja que son – o más bien fueron- Kate Dollar y Tom Morgan aka “el Crótalo Negro” de Warlock. Cada uno de ellos con un leitmotiv que los dota, no ya de verosimilitud, sino de auténtica realidad.

“-¡Yaa-júu! ¡Soy el hombre más malvado del Oeste! ¡El Crótalo Negro de Warlock! ¡Mi madre fue una loba gris y mi padre un puma, y los estrangulé a los dos el día en que nací! ¡Yaa-júu! –gritaba-. ¡Mataré a todo el que se mueva, así es que quietos o moriréis, hijos de puta; y si tenéis que moveros, hacedlo a rastras! ¡Puedo escupir a un hombre a cincuenta metros! ¡Tengo rayos en las dos manos, me peino con gatos monteses y me lavo los dientes con alambre de espino!
Pese a su densidad, “Warlock” es un libro que atrapa desde el primer instante por ambientación y por historia. La trama principal, pero también unas subtramas tremendamente jugosas. Y como no, gracias a la abundancia de diálogos con mucha miga que dotan al relato de un equilibrio asombroso. Sin olvidarnos del cúmulo de personajes anteriormente mencionados, a cada cual más atractivo y con los que, de una u otra forma, llegamos a empatizar.

“Pero hay algo más –prosiguió frunciendo algo más el entrecejo-. Yo no… Yo…-Algo más aparte de ser más rápido –apuntó Gannon.- Eso es. –Blaisedell pareció aliviado-. Se trata de ser mejor. Un hombre ha de tener orgullo, pero ese orgullo debe sustentarse en una razón. Ha de ser auténtico, como he dicho.  –Blaisedell sonrió fugazmente-. Supongo que me entiende. Los dos estáis igualados, en la calle. Es como si dos partes lucharan en el interior de un todo; antes incluso de que nadie saque el Colt. Dentro de uno. Y tienes que saber que eres la parte que va a ganar. Es decir, tienes que estar convencido.-Sí –dijo Gannon, porque lo entendía.-No puede engañarte a ti mismo –concluyó Blaisedell.”
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