lunes, 11 de septiembre de 2017

Los peligros de fumar en la cama

Ya os dije aquí que leyerais a la Enríquez, pero no me hicisteis caso.
Vuelvo a insistir, esta vez con la excusa de una nueva compilación de relatos que, pese a publicarse ahora, son anteriores a los incluidos en “Las cosas que perdimos en el fuego”. Absolutamente coherentes con aquellos, todo sea dicho, e igualmente prodigiosos. Y es que la inmersión en esos universos cotidianos, en los que de repente irrumpen elementos siniestros, es una de las mejoras cosas que me han pasado últimamente. Literariamente hablando, se entiende.

La autora argentina mantiene el pulso a través de doce nuevas-viejas historias de temática más perturbadora que oscura, que también. Una turbación que, lejos de ser mero cliché, define a las claras la seducción ejercida sobre el lector. Y da igual que sea a través de la experiencia de una niña que desentierra unos huesos que resultan no ser de animal o de las andanzas de un mendigo despreciado por las gentes de un barrio de clase media. El desconcierto es el mismo. Como con esa suerte de giros finales que, lejos de resultar impostados, apuntalan lo que parece ya marca de la casa. O esa manera de cerrar sin cerrar nada al final de la narración.   

Con “Los peligros de fumar en la cama” se recupera el primer volumen de cuentos de Mariana Enríquez. Otra joyita manufacturada por una autora en estado de gracia y en la que ninguna de sus historias desmerece a la anterior. Con todo me han gustado especialmente un par de ellas. Aquella que se desarrolla en una Barcelona transformada en un escenario desconcertante más próximo al Raval filmado por González Iñárritu en “Biutiful” (2010). O el cuento protagonizado por una chica que siente una atracción fetichista y hasta malsana por el sonido de los corazones enfermos. ¡Que coño y el del rockero devorado! O el de los niños que vuelven y que tanto remite a aquella fantástica producción francesa con inolvidable sintonía de Mogwai.

Grande la Mariana -que no el Mariano- again.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Soto Ivars, Foucault y Lewis Carroll

El otro día reflejaba por aquí cuan certero me había parecido el análisis que de la poscensura hace Soto Ivars en “Arden las redes”. Libro bien interesante cuya lectura recomiendo de nuevo. Me apetece recordarlo hoy, tras conocer que una mujer anónima ha perdido su empleo después de verter un comentario terrible sobre Inés Arrimadas en twitter. 

Comentaba el murciano que si alguien se ofende contigo por lo que cuelgues en las redes, te linchará digitalmente. Aunque no lo haga él directamente. Se bastará de sus acólitos quienes te insultarán una vez hayan reconocido la diana que tienes pintada en la frente. Si hace falta, hasta recogerán firmas para que te despidan. Para echarte del trabajo, que es exactamente lo que le ha pasado a una usuaria de twitter por culpa de un tuit machista y violento que no pienso reproducir aquí. En este, como en demasiados casos, la justicia la han dictado las redes y todos tan contentos. Y perdonadme si me acojona vivir en un país en el cual una turba de mónguers anónimos tras un teclado es quién dicta las sentencias. Debe ser por deformación profesional.

Quizás no recuerde demasiadas cosas de cuando estudiaba en la facultad, pero sí tengo grabado alguna cosita. Simplezas y naderías, como aquella que reza que en un país serio y democrático, la justicia la dictan los jueces y que los castigos deben ser proporcionales al delito cometido. Esto último se llama principio de proporcionalidad penal y exige un juicio de ponderación donde se valora tanto la gravedad de la pena como el fin que se persigue con ella. En definitiva, que un despido laboral por poner un tuit en tu perfil personal durante tu tiempo libre, por muy terrible que este sea, por muy execrable que sea lo que en el se manifieste, no es admisible para un Estado que se jacta de ser de derecho cada cuarto de hora.

Y luego hay otra cosa. Tiene que ver con otro comentario vertido en la misma red por un eminente miembro del PP el mismo día. Otro repugnante tuit, en este caso racista, dirigido al teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona a cuentas de su ascendencia argentina. No seré yo quien propugne un linchamiento digital y las consiguientes consecuencias en forma de cese o expulsión de este impresentable. Pero sí me llama la atención como aquí la maquinaria ha funcionado de forma diferente. Supongo que esto va un poquito más allá de lo que explica Soto Ivars en su libro. Un complemento al mismo que tiene que ver con las relaciones de poder. Aquello que decía Foucault de que la verdad la dictan los que mandan.

En un conocido pasaje de “Alicia a través del espejo”, la protagonista de la historia se sorprende de que las palabras puedan significar cosas tan diferentes. “La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.” Pues eso. Y que miedo da todo, tú.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Poscensura by Soto Ivars

Este ameno librito nos habla de la poscensura. Censura posmoderna o nosecuantospuntocero caracterizada por no desarrollarse en un plano vertical sino horizontal. Es decir, que la cosa ya no viene de arriba hacia abajo, necesitando de un estado totalitario que lo respalde. Según Soto Ivars ahora la censura viene ejercida por la propia sociedad, nuestros iguales adscritos a grupos beligerantes de todo tipo y condición, desde animalistas hasta feministas, pasando por católicos, izquierdistas, independentistas, unionistas, fascistas…  “…autista, egoísta, multicopista, artista, bromista, dentista, turista, sofista,  carlista, corto de vista...” (Mamá Ladilla, “Alguien tiene que pagar” – “Power de mí”, 2001) El caso es que si dices algo que a alguien le parece incorrecto, ¡agárrate los machos! Se ofenderá y junto a sus compañeros de trinchera te lincharán digitalmente. Te insultarán, recogerán firmas para que te despidan o hacer boicot a tu espectáculo, exigirán la retirada de tus libros, etc...

Y de eso es de lo que va el ensayo del Soto Ivars. Que además está repleto de ejemplos para que entendamos bien como opera la poscensura y no tengamos que preguntarnos nunca más que coño es esta mierda. ¿Qué que es la poscensura? Dices mientras clavas en mi pupila, tu pupila azul. ¿Que es poscensura?¿y tú me lo preguntas? Poscensura eres tú…Y lo sabes.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Meatbodies en el Loco

La semana pasada y casi de rebote tuve la suerte de disfrutar del bolarro que los Meatbodies ofrecieron en la sala El Loco. ¿Y quienes son estos tíos? ¿A santo de qué fuiste a verles? Pues mira, porque la cosa venía comandada por el mismísimo Chad Ubovich, conocido por su trabajo como guitarrista en las giras de Mikal Cronin, pero sobretodo por su desempeño como bajista en los Fuzz de Ty Segall. 

La banda, que ya molaba un huevo con aquel “Meatbodies” de 2014 con el que se presentaron en sociedad –sobreviviendo a la alargada sombra del mencionado Ty Segall-, han dado un paso adelante y molan aún más con este “Alice” (2017), segundo álbum en su corta trayectoria. Un buen trallazo de psicodelia y garage experimental escuela californiana en el que, sin renunciar a las raíces, Ubovich & Cia tiran de un rollo más conceptual en las letras, todas ellas en torno a la guerra, la política y hasta la religión. Musicalmente se acercan a la parte más psicodélica y hasta psicotrópica de unos Black Sabbath o, por citar una referencia más actual, de King Gizzard and The Lizard Wizard. En todo caso, “Alice” presenta una versión más soft del garage californiano tysegalliano, en la senda del glorioso “Manipulator” (2014) del rubiales de Laguna Beach. 

Todo esto fue defendido con brillantez en la tórrida noche valenciana. Fue en el marco de un show en el cual sobresalieron los contrastes imposibles, la energía sin fin y el rock multicapas de temas como “Disciples”,  “Scavenger”, “Mountain”, "Creature Feature", “Kings” o “Disorder”, que se fueron sucediendo casi sin solución de continuidad para goce y disfrute de la juventud allí presente. Demasiado goce, añadiría yo. Aunque eso ya es otra historia y daría para otro post.

Gran parte de la ruidosa chavalada había venido a ver a sus colegas de Wild Ripple. Los teloneros de la noche. Banda local absolutamente desconocida para mí hasta ese momento. Y ello pese a haberse alzado con el primer premio del concurso de bandas organizado por las buenas gentes de La Gramola de Keith. El caso es que presentaban su disco homónimo de debut, facturado este mismo año y la verdad es que suena la mar de bien. De hecho, en el directo, como un cañón. Me dieron una muy buena impresión. Les seguiré.

Y eso es todo.
Bueno, eso y que nos hacemos mayores. Y se nota. Pa’ mal.

viernes, 28 de julio de 2017

Hermana muerte

Hasta en tres ocasiones me había topado con el rostro de la muerte en la ciudad y ahora, en aquella primavera, volvíamos a vernos. Una noche -una de esas noches caleidoscópicas de locura, ebriedad y furia que conocí aquel año, cuando merodeaba por la gran avenida de la oscuridad de sol a sol, desde la medianoche hasta el amanecer, cuando el mundo entero se proyectaba a mi alrededor en una danza descomunal y enloquecida- vi morir a un hombre en el metro.
"Hermana muerte" es mi primera aproximación a la obra de este descomunal autor norteamericano.  Un libro extraordinario. Novelita de poco menos de cien páginas a la que accedí por recomendación de un amigo. Pequeña joya que todo el mundo debería conocer. En ella Thomas Wolfe aborda el tema de la muerte desde el punto de vista de un personaje del cual nada sabemos y poco más sabremos. Visión truculenta a la par que poética sobre el momento final de cuatro personajes anónimos que se cruzan en la vida del narrador. Enmarcadas en diferentes circunstancias, aunque de alguna manera, siempre violentas. Todo esto le sirve al autor para introducir uno de sus temas favoritos: La soledad en la jungla de asfalto. Además la historia está repleta de imágenes bellísimas. Muy, pero que muy, recomendable. 

lunes, 24 de julio de 2017

Fira de juliol 2017

Ya hace más de dos semanas que, fiel a la costumbre, acudí hasta los jardines de Viveros para participar de la Gran Feria de Julio, celebrada desde tiempos inmemoriales en la ciudad que me vio nacer. La ocasión bien lo merecía. Y es que, esa noche de viernes, compartían cartel los catalanes Manel y los valencianos Gener y Geografies. Y no solo por una cuestión cualitativa, a todas luces innegable, sino también por respaldar la decidida apuesta para normalizar el uso del valenciano y fomentar la cultura en nuestra lengua emprendida por los actuales gobiernos municipal y autonómico.

Por comenzar por el principio vamos con lo de Geografies. Se trata de una joven banda valenciana a quien apenas si conocía, más allá de haber escuchado un par de sus temas en bandcamp o de haber leído un puñado de buenas referencias, incluyendo nominaciones y premios de aquí y de allá, en el ámbito de la música en catalán. Acudían a presentar su último trabajo “De Creus Endins” (2016) que viene a ser la manera de nombrar, en Valencia, a la ciudad interior, por oposición al área metropolitana. Y que tiene relación con la forma histórica de marcar con cruces los límites administrativos del Cap i Casal. Los chicos estuvieron voluntariosos, lo cual les bastó para marcarse un bolo resultón que no pareció decepcionar a nadie, incluyendo a aquellos que acudimos al llamado con pocas referencias y aún menos expectativas. Presentan una propuesta de pop-rock en su/mi lengua vernácula, que si bien no suena a nada nuevo, ni parece pretenderlo, dignifica una lengua, la de Ausiàs March o Vicent Andrés Estellés, tan maltratada durante demasiado tiempo por propuestas musicales de ínfima calidad. 


Respecto a Carles Chiner y sus Gener, ¿qué queréis que os diga que no haya escrito ya? Y es que mi idilio con la banda de Benaguasil va viento en popa y el show de Viveros no hizo sino reforzarlo. Si acaso sirvió para aumentar, más si cabe, la estima que les tengo. Agradeciendo el día en que decidieron pasar del blues de secano, para navegar entre la psicodelia, el soul, el góspel, el rock y hasta el cant d’estil. El bolo fue glorioso como corresponde a una banda en estado de gracia. Un directo cojonudo en el cual destacaron esos juegos vocales marca de la casa, así como los momentazos guitar hero de Carles, siempre presto a endurecer hasta aquellas composiciones más delicadas. Con un setlist integrado casi en su totalidad por los cortes de “Oh! Germanes”, pero sin olvidar lo mejorcito de aquel “El Temps del Llop” que les dio a conocer. Si bien lo mejor de la noche vino de la mano de una versión. Y es que para sorpresa de propios y extraños Gener decidió recuperar ese emocionante himno del Ovidi titulado “Cançò de Llaurador”. No exagero si os digo que, solo por ese momento, ya hubiera valido la pena pagar entrada.

El final de la noche quedó reservado para Manel y la enésima presentación de su último álbum “Jo Competeixo”.  Celebrado cuarto disco del cuarteto barcelonés con el que, a diferencia de los tres anteriores, he sido incapaz de disfrutar. Y es que la huida desde aquel folk casi jaranesco de sus orígenes, hacía ese pop mucho más estándar, pulido y hasta anodino, como que no me acaba... Eso por no hablar de la inclusión de ciertos toques electrónicos a su sonido. Matices que, en ocasiones, llegan a sonar ridículos. Pero bueno…. Pese a la decepción por la deriva, he de confesar que en sus directos lo suelo pasar realmente bien. Este no fue la excepción. Y es que los tipos van tan sobrados sobre el tablao y atesoran ya tal número de jitazos,  que a poco que se esfuercen se ganan al respetable. En esta ocasión tiraron más de lo deseable de sus últimas composiones. Vale. Reconozco que, en general  dignificaron varios de los peores cortes del decepcionante “Jo Competeixo”. Aunque lo mejor fue el recurso a los clásicos, que también gozaron de su espacio y a Dios gracias. Con una mención más que especial para esa preciosidad titulada “Ai, Dolors”, de su primer álbum, y también para la deliciosa a la par que triste “Criticarem les noves modes de pentinats”, de su segundo. En fin, que estuvieron más que correctos. Y disfrutables como siempre. Al menos hasta el momento. El tiempo dirá como va la cosa.  


Bueno... Y eso es todo...
L’any que ve, més.

jueves, 29 de junio de 2017

Por favor, mátame

Esta es la conocida frase fijada en la desgarrada camiseta de Richard Hell, uno de los miembros originales de Television. Aquel que, en palabras de Malcolm McLaren, sirvió de inspiración para crear la imagen de sus Sex Pistols y por ende del punk a la británica, vendido a medio mundo como el único y verdadero. Hay en este libro una anécdota relacionada con eso, relatada por el propio Hell, que nos da buena cuenta de cómo estaban las cabezas por aquel entonces. Parece ser que un grupo de enfervorizados punks neoyorquinos se le acercaron para preguntarle si quería que hiciesen realidad el lema de su estampado. Y es que a veces la actitud se nos puede ir de las manos. 

Esta y otros cientos de historias son las que se cuentan en “Por favor, mátame – La historia oral del punk". Narración coral compilada y estructurada por Legs McNeil y Gillian McCain en la que se da cuenta del nacimiento de este movimiento musical y más allá. En boca de muchos de sus protagonistas, pero también y especialmente a través de los actores secundarios de la escena. Es decir, de los sufridos mánagers y abnegados roadies, de reputados fotógrafos y productores, groupies y amantes de todo tipo y condición, amigos, medio-amigos, medio-enemigos y directamente enemigos que nos descubrirán las obsesiones, perversiones y debilidades de las estrellas.

Comenzando a finales de la década de los sesenta por la Gran Manzana y con una de sus bandas insignia, la Velvet Underground de Lou Reed y John Cale, con la colaboración inicial de Nico, Warhol y todos los personajes pululantes en el entorno de la Factory. Más tarde con Patti Smith y su banda de acompañamiento, los New York Dolls, Television con o sin Richard Hell, Johnny Thunders & The Heartbreakers, los Dead Boys y hasta los Dictators traídos desde Cleveland por los chicos de la revista “Punk”. Siguiendo por el Detroit de los MC5 y de Iggy y sus Stooges, con el partido de los White Panthers y el loco de John Sinclair.Y acabando en el Londres de Malcolm Mclaren, con sus Sex Pistols, pero también con los Clash. Todo ello para esclarecer el proceso de alumbramiento de este heterogéneo movimiento.

Una completa retrospectiva que te atrapa y no te suelta hasta mucho después de finalizarla. Trepidante, asombrosa pero también decepcionante en lo que se refiere a comprobar que tal número de obras maestras hayan sido creadas por tipos tan vulgares y hasta miserables. No hay nada de épica en lo que se nos cuenta, tan solo agitación, exhibicionismo, divinidad mal entendida, decadencia y muerte. Y es que, en torno al ochenta por ciento de los participantes del relato ya transitaron hacía el otro barrio y no precisamente por muerte natural. 

Un libro diría que imprescindible para cualquier melómano que se precie de serlo.
“¿Por qué lo llamamos Punk?
La palabra punk resumía todo lo que nos gustaba. Las borracheras, las cosas desagradables, la inteligencia sin pretensiones, el absurdo, las cosas divertidas, irónicas, y todo lo que hiciera referencia a la parte más oscura del individuo.” *
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*Cierto que, a parte de gamberro, rufián, jovenzuelo, de baja estofa, la palabra punk también identifica a una mujer que ejerce la prostitución, o, en un contexto carcelario, al hombre utilizado como un compañero homosexual. 
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