lunes, 24 de julio de 2017

Fira de juliol 2017

Ya hace más de dos semanas que, fiel a la costumbre, acudí hasta los jardines de Viveros para participar de la Gran Feria de Julio, celebrada desde tiempos inmemoriales en la ciudad que me vio nacer. La ocasión bien lo merecía. Y es que, esa noche de viernes, compartían cartel los catalanes Manel y los valencianos Gener y Geografies. Y no solo por una cuestión cualitativa, a todas luces innegable, sino también por respaldar la decidida apuesta para normalizar el uso del valenciano y fomentar la cultura en nuestra lengua emprendida por los actuales gobiernos municipal y autonómico.

Por comenzar por el principio vamos con lo de Geografies. Se trata de una joven banda valenciana a quien apenas si conocía, más allá de haber escuchado un par de sus temas en bandcamp o de haber leído un puñado de buenas referencias, incluyendo nominaciones y premios de aquí y de allá, en el ámbito de la música en catalán. Acudían a presentar su último trabajo “De Creus Endins” (2016) que viene a ser la manera de nombrar, en Valencia, a la ciudad interior, por oposición al área metropolitana. Y que tiene relación con la forma histórica de marcar con cruces los límites administrativos del Cap i Casal. Los chicos estuvieron voluntariosos, lo cual les bastó para marcarse un bolo resultón que no pareció decepcionar a nadie, incluyendo a aquellos que acudimos al llamado con pocas referencias y aún menos expectativas. Presentan una propuesta de pop-rock en su/mi lengua vernácula, que si bien no suena a nada nuevo, ni parece pretenderlo, dignifica una lengua, la de Ausiàs March o Vicent Andrés Estellés, tan maltratada durante demasiado tiempo por propuestas musicales de ínfima calidad. 


Respecto a Carles Chiner y sus Gener, ¿qué queréis que os diga que no haya escrito ya? Y es que mi idilio con la banda de Benaguasil va viento en popa y el show de Viveros no hizo sino reforzarlo. Si acaso sirvió para aumentar, más si cabe, la estima que les tengo. Agradeciendo el día en que decidieron pasar del blues de secano, para navegar entre la psicodelia, el soul, el góspel, el rock y hasta el cant d’estil. El bolo fue glorioso como corresponde a una banda en estado de gracia. Un directo cojonudo en el cual destacaron esos juegos vocales marca de la casa, así como los momentazos guitar hero de Carles, siempre presto a endurecer hasta aquellas composiciones más delicadas. Con un setlist integrado casi en su totalidad por los cortes de “Oh! Germanes”, pero sin olvidar lo mejorcito de aquel “El Temps del Llop” que les dio a conocer. Si bien lo mejor de la noche vino de la mano de una versión. Y es que para sorpresa de propios y extraños Gener decidió recuperar ese emocionante himno del Ovidi titulado “Cançò de Llaurador”. No exagero si os digo que, solo por ese momento, ya hubiera valido la pena pagar entrada.

El final de la noche quedó reservado para Manel y la enésima presentación de su último álbum “Jo Competeixo”.  Celebrado cuarto disco del cuarteto barcelonés con el que, a diferencia de los tres anteriores, he sido incapaz de disfrutar. Y es que la huida desde aquel folk casi jaranesco de sus orígenes, hacía ese pop mucho más estándar, pulido y hasta anodino, como que no me acaba... Eso por no hablar de la inclusión de ciertos toques electrónicos a su sonido. Matices que, en ocasiones, llegan a sonar ridículos. Pero bueno…. Pese a la decepción por la deriva, he de confesar que en sus directos lo suelo pasar realmente bien. Este no fue la excepción. Y es que los tipos van tan sobrados sobre el tablao y atesoran ya tal número de jitazos,  que a poco que se esfuercen se ganan al respetable. En esta ocasión tiraron más de lo deseable de sus últimas composiones. Vale. Reconozco que, en general  dignificaron varios de los peores cortes del decepcionante “Jo Competeixo”. Aunque lo mejor fue el recurso a los clásicos, que también gozaron de su espacio y a Dios gracias. Con una mención más que especial para esa preciosidad titulada “Ai, Dolors”, de su primer álbum, y también para la deliciosa a la par que triste “Criticarem les noves modes de pentinats”, de su segundo. En fin, que estuvieron más que correctos. Y disfrutables como siempre. Al menos hasta el momento. El tiempo dirá como va la cosa.  


Bueno... Y eso es todo...
L’any que ve, més.

jueves, 29 de junio de 2017

Por favor, mátame

Esta es la conocida frase fijada en la desgarrada camiseta de Richard Hell, uno de los miembros originales de Television. Aquel que, en palabras de Malcolm McLaren, sirvió de inspiración para crear la imagen de sus Sex Pistols y por ende del punk a la británica, vendido a medio mundo como el único y verdadero. Hay en este libro una anécdota relacionada con eso, relatada por el propio Hell, que nos da buena cuenta de cómo estaban las cabezas por aquel entonces. Parece ser que un grupo de enfervorizados punks neoyorquinos se le acercaron para preguntarle si quería que hiciesen realidad el lema de su estampado. Y es que a veces la actitud se nos puede ir de las manos. 

Esta y otros cientos de historias son las que se cuentan en “Por favor, mátame – La historia oral del punk". Narración coral compilada y estructurada por Legs McNeil y Gillian McCain en la que se da cuenta del nacimiento de este movimiento musical y más allá. En boca de muchos de sus protagonistas, pero también y especialmente a través de los actores secundarios de la escena. Es decir, de los sufridos mánagers y abnegados roadies, de reputados fotógrafos y productores, groupies y amantes de todo tipo y condición, amigos, medio-amigos, medio-enemigos y directamente enemigos que nos descubrirán las obsesiones, perversiones y debilidades de las estrellas.

Comenzando a finales de la década de los sesenta por la Gran Manzana y con una de sus bandas insignia, la Velvet Underground de Lou Reed y John Cale, con la colaboración inicial de Nico, Warhol y todos los personajes pululantes en el entorno de la Factory. Más tarde con Patti Smith y su banda de acompañamiento, los New York Dolls, Television con o sin Richard Hell, Johnny Thunders & The Heartbreakers, los Dead Boys y hasta los Dictators traídos desde Cleveland por los chicos de la revista “Punk”. Siguiendo por el Detroit de los MC5 y de Iggy y sus Stooges, con el partido de los White Panthers y el loco de John Sinclair.Y acabando en el Londres de Malcolm Mclaren, con sus Sex Pistols, pero también con los Clash. Todo ello para esclarecer el proceso de alumbramiento de este heterogéneo movimiento.

Una completa retrospectiva que te atrapa y no te suelta hasta mucho después de finalizarla. Trepidante, asombrosa pero también decepcionante en lo que se refiere a comprobar que tal número de obras maestras hayan sido creadas por tipos tan vulgares y hasta miserables. No hay nada de épica en lo que se nos cuenta, tan solo agitación, exhibicionismo, divinidad mal entendida, decadencia y muerte. Y es que, en torno al ochenta por ciento de los participantes del relato ya transitaron hacía el otro barrio y no precisamente por muerte natural. 

Un libro diría que imprescindible para cualquier melómano que se precie de serlo.
“¿Por qué lo llamamos Punk?
La palabra punk resumía todo lo que nos gustaba. Las borracheras, las cosas desagradables, la inteligencia sin pretensiones, el absurdo, las cosas divertidas, irónicas, y todo lo que hiciera referencia a la parte más oscura del individuo.” *
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*Cierto que, a parte de gamberro, rufián, jovenzuelo, de baja estofa, la palabra punk también identifica a una mujer que ejerce la prostitución, o, en un contexto carcelario, al hombre utilizado como un compañero homosexual. 

lunes, 29 de mayo de 2017

Jo confesso

He devorado con ferocidad felina las casi mil páginas que componen este impresionante libro, en su edición en catalán al cargo de labutxaca. Me lo regaló un amigo para mi último cumpleaños y cuando vi semejante tocharro me acordé de toda su familia. Confiteor. Siempre le tendré que agradecer las tres semanas de gozo que me ha reportado.

“Jo confesso” es la historia de Adrià Ardèvol, un hijo de la burguesía barcelonesa con tantas aptitudes como carencias. Nacido en el seno de una familia que le inculcó el amor por el estudio pero también un grave déficit afectivo. Tan solo tiene un amigo íntimo, Bernat Plensa –peaso personaje-, a parte de dos figuritas de juguete, un jefe indio arapajó y un sheriff, con quienes interactúa habitualmente. El mozo acabará enamorándose castamente de quien será la mujer de su vida. Tras unos dubitativos inicios, Sara, que así se llama la muchacha, lo rechaza tras conocer secretos inconfensables que afectan a la familia Ardèvol. Apesadumbrado y muy sorprendido, Adrià aprovechará los siguientes años para formarse intelectualmente, llegando a ser un reputado profesor universitario y ensayista de renombre. Al final y casi por sorpresa la novia a la fuga reaparecerá años después. Ocasionando que todo aquello que parecía firme en la vida de Adrià vuelva a tambalearse.

Contra lo que podáis deducir no es este un libro de amor. O al menos no solo. De hecho la temática principal es el mal y la culpa, como ya indica el título. El mal que pervive a través de los siglos hasta llegar al protagonista, que lo hereda y aumenta con la posesión de un violín y una medallita religiosa que son tanto o más protagonistas de la historia que su propia vida. Y la confesión de Adrià a su amada en forma de autobiografía repleta de lagunas, que en ocasiones son rellenadas por fábulas. Con esa premisa viajamos a través de la historia negra del continente europeo, desde la Inquisición hasta la Italia renacentista, pasando por el mundo islámico mediterráneo y centrándose sobretodo en el nazismo y la Shoah, para constatar que nadie está libre de todo mal. Transitan por la historia desde malvados absolutos como el comandante de las SS Aribert Voigt, hasta personajes más ambiguos como el padre del protagonista. También personas aparentemente buenas, como el propio Adrià, su amigo Bernat o hasta Sara, que tampoco quedan totalmente libres de pecado.

Pese a su extensión y complejidad –el autor entremezcla momentos históricos, tramas y hasta las voces de los diferentes personajes en una misma frase- la lectura es vertiginosa. Creo que se debe a la importancia del componente policíaco en un libro en el que se juega con los géneros literarios. Si bien, una de las cosas más sobresalientes son esos pequeños relatos sobre personajes ligados a los objetos y a las fantasías de Adrià, que el autor inserta a lo largo de toda la narración. También molan, aunque a veces parezca que sobran, las digresiones filosóficas -¡en ocasiones rozan la paja mental!- que desarrolla el profesor Adrià.

En fin, que celebro el regalo. Lo he disfrutado muchísimo. Es más, creo que es de lo mejor que he leído últimamente y eso que, como bien sabéis los seguidores de este blog, he enlazado un par de joyitas. No le tengáis miedo a la extensión. 
Más que recomendable. 

martes, 23 de mayo de 2017

...ahondando en la cuestión

Aquí van dos raciones más, o lo que viene a ser la micro-crónica concierteril de mis dos últimas semanas around el Cap i Casal.

Y es que ya hace un par de miércoles que me acerqué hasta el 16 Toneladas para reencontrarme con Micah P. Hinson y su folk rock de tintes clásicos o lo que mierdas perdure de todo eso. Y es que ya van unos años sin noticias de quien fuese considerado y con justicia, como una de las grandes promesas de la música norteamericana. Eso y que la última vez que asistí a uno de sus shows me prometí no volver nunca más. La melopea que llevaba el mendrugo era fina y cualquier parecido con un evento musical, fue pura casualidad. Sin embargo, quizás por la milonga esa de que el tiempo cura las heridas, en cuanto me enteré de que volvía por Valencia, no dude ni un instante en agenciarme la entrada. También porque, según se anunciaba, lo hacía para retomar los temas incluidos en aquel maravilloso “Micah P. Hinson and the Opera Circuit”. Álbum con el que opositó a entrar en el salón de la fama de la música de raíces del país que le vio nacer. Al final hasta eso fue mentira.  

Y allí que se plantó el tipo, con el aspecto infantilizado de siempre y sus gafotas de pasta a lo Woody Allen, para, sin mediar palabra, comenzar con el repertorio en formato acústico. Todo eso ante una sala repleta de nostálgicos. Gente que seguramente se hubiese contentado con muy poquito. Pero ni por esas. Vale que el que tuvo retuvo y eso quedó patente durante la velada, a pesar de la desidia y a lo pobre de la puesta en escena. Pero no resultó suficiente. Porque encima tuvo los santos cojones de dar por finalizado el show a la media hora escasa. ¡Tócate la polla! Cierto que volvió a salir desde sus aposentos, no sin antes decirnos más que un perro por increparle, para tocar tres cancioncillas más. Entre ellas “Beneath the Rose" que no venía a cuento, pero bien está. Insisto en que el hombre sigue teniendo algo de todo aquello que tantos le vimos hace diez años. Por ejemplo, conserva ese vozarrón que Dios le dio al nacer. Y cierto halo de melancolía que, en muchas de sus canciones, resulta delicioso. Pero como no empiece a poner algo más de su parte, se puede ir bien a la mierda. Desde luego a mí ya no me engancha más. Aunque vete tú a saber. Lo mismo dije la última vez. Y creo que en la penúltima también. 


Nada que ver con lo acontecido al miércoles siguiente, en la misma sala pero con bastante menos público. Y es que lo del Reverend Peyton’s Big Damn Band fue la polla. Un bolarro de los que se recuerdan por mucho tiempo. Blues guarro del Delta y rollete redneck al cargo de un trío bastante peculiar. Liderados por un predicador laico proveniente de algún remoto lugar de la América profunda y cuyos salmos harían estremecer al más pintado. Además el tipo toca la guitarra como los ángeles. Bueno, la guitarra y el bajo en un all in one digno de los mejores herederos del maestro LeadBelly. Bueno, la guitarra, el bajo, un hacha encordada y hasta un paquete de puros marca Macanudo. A su vera una enorme hillbilly con más actitud que un diplomático en Corea del Norte, a los mandos de una tabla de lavar metálica. Curioso instrumento al que es capaz de sacarle ritmos tribales, usando unos guantes de colores con dedales. El trío se completa con el batería. Un tipo con aspecto de bon xicon de la Ribera, que usa un enorme cubo de plástico a modo de timbal base. De esos que utilizan los restaurantes de comida rápida para las salsas, ya sabéis.  Por allí sonaron “We deserve a happy ending”, “Shakey Shirley”, “Cornbread and Butterbeans” y otras joyitas incluidas en su último trabajo. También en anteriores discos como el “So Delicious” o el icónico “Between the Ditches”. Por cierto que ese “The Front Porch Sessions” publicado hace menos de dos meses es increíble. Conviene no pasarlo por alto. ¿Cómo son capaces de captar ese sonido tocando en el porche delantero de su casa en Indiana? Una auténtica pasada.

Al final de la carrera disfrutamos de un concierto divertidísimo e incendiario al cargo de unos tipos que, seguramente, merecen más fama de la que disfrutan. Y estoy empezando a pensar que a Micah le pasa justo lo contrario. 


sábado, 6 de mayo de 2017

"Hondonadas" de conciertos

Eso es lo que aconteció por estos pagos la semana pasada. Parafraseando a Pazos, mítico personaje de “Airbag” (1997) de Juanma Bajo Ulloa, claro está. Así que paso a comentaros mis impresiones. Que por aquello de ordenar los acontecimientos en base a un criterio temporal, comenzarán con el Tagomago. Porque eso fue antes… “disculpe agente, ¿se refiere a antes en el tiempo, o antes en el espacio?” ‘enga, vete a tomar por culo Suloki…
 
Pues eso. Que asistí a la jornada del viernes de la tercera edición del Tagomago Fest. Oscilaciones cósmicas y música experimental en la Capital del Rechne, como rezaba en su cartel. En el bueno, no en esa mierda que se sacaron de la manga los de La3 con Will Smith de figurante. Que ya les vale. Por cosas como esta, una propuesta más que interesante, obtuvo peor fortuna de la que seguramente merecía. En fin… El caso es que el set de apertura venía integrado por gentes como el Aviador Dro y Sus Obreros Especializados, Schwarz, Artificiero, Güiro Meets Russia, Yobamochi… Y pese a lo mejorable del recinto, que cambió a última hora por cuestiones ajenas a la voluntad de los organizadores, la cosa fue bien. Principalmente gracias a Schwarz cuyo show me sorprendió gratamente y como no a las huestes del Aviador Dro. Y eso que no soy fan de la banda capitaneada por Servando Carballar. Pero a estas alturas resulta imposible no reconocerle el meritazo de llevar cuatro décadas haciéndonos partícipes de ese universo retrofuturista, que quizás beba más de Devo que de Kraftwerk. En el bolo disfrutamos con la recuperaron de temazos como “Rosemary”, “Nuclear sí” o “La TV es nutritiva” acompañándolo de toda la parafernalia y los bailecitos marca de la casa, como no podía ser de otra manera.
 
No pude acudir a la segunda jornada del Tagomago porque me apetecía ver en directo a Havalina, que actuaban el sábado por la noche en El Loco. Era necesario acudir al llamado. Sobretodo porque creo que el trío madrileño lleva ya un par de discos –o hasta tres- instalados en un nivel superior. Posicionamiento que, para ser sincero, nunca pensé alcanzarían. El grupo ha sabido construirse de a poquito, forjando una identidad propia que no reniega de casi nada y que bebe tanto del metal como del indie. Sin dejar de lado otras influencias bastante sorprendentes, como la alargada sombra de Gustavo Ceratti tan presente en el registro vocal de Manuel Cabezalí tras el acertadísimo tránsito del inglés al castellano. El espectáculo fue tremebundo. Sonido Havalina del de la última época. Atmósferas cargadas y desarrollos de guitarra perfectamente ejecutados. Contundencia y suavidad alterna, sin abusar, que sitúan la propuesta de la banda en un espacio cercano al del mejor post-rock. Un gran concierto al cargo de unos tíos que han sabido alcanzar la madurez con enorme solvencia. Sin necesidad de recurrir a alardes gratuitos.
 

Ya por último toca hablar del esperadísimo y quizás por ello decepcionante concierto ofrecido por Handsome Family. También fue en El Loco, tras el enésimo puente en el calendario laboral valenciano. El dúo de Alburquerque se presentó ante un público numeroso y heterogéneo, distinto del que se suele ver en los conciertos de americana o alt-country que trufan la programación mensual de esta sala. Es lo que tiene que una de tus canciones se convierta en icónica gracias a la serie de moda. Os hablo de, ¿cómo no?, “Far from any road”. La sintonía de la aclamada primera temporada de “True Detective”, de la HBO y que seguramente todos habréis escuchado. El problema es que el repertorio del matrimonio musical no está a la altura del sorpresivo jitazo. Menos aún si atendemos a su último álbum, titulado “Unseen”(2016). Un disco que, de no venir firmado por quien viene, habría pasado sin pena ni gloria como de hecho casi ocurrió. Para más inri la actuación fue tirando a sosa y ni siquiera la simpatía de los protagonistas, empleando un voluntarioso spanglish entre canción y canción, les sacó del atolladero. Por otro lado, un amigo me apuntó algo en lo que no había reparado escuchando los plásticos de la banda. Tiene que ver con los juegos vocales entre marido y mujer. Porque sí, es cierto, las voces de los Sparks no casan demasiado bien. Y no solo es que se complementen regular, es que por momentos resultan incompatibles. Vamos que mejor les iría a ambos buscando combinaciones alternativas. ¡Divorcio ya! No moló. Nada más.

Y eso es todo. Que no es mucho dada la amplitud de la oferta. Pero ¿qué queréis? Estoy falto de tiempo por culpa del laburo y otras mandangas que no me apetece contaros. Además estoy en una fase introspectiva en la que el goce interno se erige como principio y fin de todas las cosas. Y encima…. Ey ey ey ¿Hace falta dar más explicaciones? 


Hostia!!! Con esto último me he acordado de la anécdota aquella del obispo que, visitando una pequeña localidad, se indignó porque al entrar en la localidad no tocaron las campanas de la iglesia. Al requerir al cura acerca del motivo, este le respondió:
-Monseñor, no tocamos las campanas por tres motivos.
-El primero es que no tenemos campanas.

A lo que el Obispo respondió:
-Pues los otros dos métaselos usted en.......

En fin pues eso. Capish!
Y que menos da una piedra gachones. 

viernes, 28 de abril de 2017

El hijo, de Philipp Meyer

A veces y casi sin esperarlo, uno se reencuentra con el placer de la lectura. Vale, es cierto que el mero hecho de leer ya debería conducirnos hasta la dicha. Y es que conforme pasamos páginas y devoramos párrafos nos adentramos en una historia que, en cierta forma, acaba convirtiéndose en la nuestra. Así es como, parafraseando a algún francés cuyo nombre no recuerdo, nos hacemos contemporáneos y hasta compatriotas de todos esos personajes de la trama. Vamos, que el proceso lector ya es gratificante per sé. O al menos es lo que dice la teoría. Lo que pasa es que para algunos devorar libros es, ante todo, una necesidad vital al nivel del respirar, el comer y supongo que el follar. La necesidad imperiosa de llevarse a la boca algún texto aún en los momentos en los que no se encuentra estímulo en ello. Enlazando ladrillos y truñacos que no te aportan nada o casi nada. Lecturas efectuadas con el piloto automático puesto, siempre con la expectativa de que aquello que venga después será mucho mejor. ¿Hay goce y disfrute ahí? Pues no lo sé. Unas veces sí, otras no... Y en estas que te topas con cosas tan maravillosas como la última novela de Philipp Meyer.

Sí, todo este rollo es para introducir mi última lectura: “El hijo” del mencionado autor neoyorquino. Alguien que, según parece, fue cocinero antes que fraile, desempeñando toda suerte de oficios hasta verse publicado. Inmensa novela de resonancias épicas ambientada en el lejano oeste y que en ocasiones recuerda a la obra del gran Cormac McCarthy. Una suerte de auge y caída del Imperio Romano-Tejano, con el papel de los Césares desempeñado por una saga familiar ambiciosa, sacrificada y cruel. Los McCullough y su historia, que abarca desde la independencia de Texas, allá por el 1836, hasta la actualidad. Hombres y mujeres hechos a sí mismos. Corazones indomables capaces de todo, hasta de levantar un imperio con sus propias manos y defenderlo con los dientes. No tanto como heroicidad sino como drama. Y es que hacen lo que hacen porque no saben hacer otra cosa. Es lo que les enseñaron y al final es su único camino en la vida.

La fórmula que emplea Meyer es narrarlo a través de tres de esos personajes del clan McCullough, pertenecientes a tres generaciones diferentes. Ellos nos harán de guías por unos parajes que gotean sangre y, como no, hieden a vaca y más tarde también a petróleo. Los capítulos se van intercalando y así es como vamos conociendo la historia de Eli aka el Coronel, su vida junto a los comanches y su posterior desempeño como Ranger que, tras alejarse del conflicto, devendrá en magnate ganadero. También a Peter, quien carga con el peso emocional de la interminable campaña de su padre por el poder y que tan alejado se muestra de las formas y costumbres de este. Por último Jeannie, bisnieta del Coronel y nieta de Peter, y su denodada lucha por alcanzar el reconocimiento de una sociedad tremendamente machista en pos de conservar un patrimonio familiar que va aumentado gracias a las reservas petrolíferas.

Una novela inmensa y no solo por su extensión, que nos ofrece una descripción muy realista de la terrible violencia sobre la que se edificó Texas y por ende los EEUU. Un prodigio. La he disfrutado muchísimo.

sábado, 8 de abril de 2017

La España Vacía

Con la etiqueta de mejor libro de no ficción 2016, gracias al galardón concedido por el gremio de libreros de Madrid, amén de toda suerte de parabienes, elogios y críticas favorables en prensa, radio y televisión, así fue como llegó hasta mí “La España vacía, viaje por un país que nunca fue” de Sergio del Molino. Periodista madrileño, criado en algún lugar de la costa valenciana y residente en Zaragoza, al que le ha dado por hablarnos de esa España interior, despoblada y atrasada que, en términos geográficos, comprende la meseta y la depresión del Ebro. Es decir, las dos Castillas, Extremadura, La Rioja y Aragón, descontando las grandes urbes. Si bien, tanto la Valencia castellana, como el maestrat, el interior de Murcia y Andalucía, así como los lindes de Galicia, Asturias y Cantabria con Castilla León también serían territorios asimilables.

La premisa del autor es que existe una España vacía en la que viven un puñado de españoles, pero hay otra que habita en la mente y/o memoria de millones de españoles. Aquellos que padecieron el gran trauma. Los que entre la década de los cincuenta y los setenta se vieron obligados a abandonar sus pueblos rumbo a las ciudades. Pero también sus hijos y nietos, en quienes perviven los mitos y tradiciones de esos pueblos en los que ellos no nacieron. Mitos por todos conocidos, mayormente negativos, desde la España negra y embrutecida de Puerro Hurraco o Fago, hasta la vergonzantemente atrasada e inculta de Las Hurdes (tierra sin pan). Prejuicios introducidos en la memoria colectiva desde la otra orilla, la de la España llena sin que a la vacía le asista posibilidad de réplica. Frente a esa realidad han aparecido reacciones de todo tipo: Desde Ramón J. Sénder a Gregorio Marañón e incluso desde antes del mencionado gran trauma, con Machado y Unamuno. O ya llegando a nuestros días, con esa moda hipster que considera esos abandonados territorios como una suerte de Arcadia feliz. Ese lugar idealizado al que conviene retornar.
Es este un libro raro. Peculiar mezcolanza de géneros. Libro de viajes, narración histórica, estudio antropológico, anecdotario aunque, por encima de todo, es un ensayo sin conclusión clara. Una interesante lectura, trufada de hitos de la cultura pop y que se sigue fácil. Quizás le falte un poco de profundidad a la hora de abordar los temas, pero bueno, supongo que por eso resulta tan ameno.

Interesting.
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