viernes, 30 de noviembre de 2018

Da' best albums of 2018 pa' este menda (so far) - 4ª (y última) parte

A poco más de un mes para que finalice el año y a la expectativa de pasar mi primera Navidad en manga corta, se agotan las posibilidades de integrar el ranking de lo milloret de lo milloret 2018. Honor sin parangón para cualquier músico o aspirante a ello que se precie. Así que, quien no esté en él, que se lo curre más el año que viene. …not my fault. Lo siguiente ya será el listado definitivo. Lo publicaré durante la segunda quincena del mes de diciembre, supongo. Y como no podría ser de otra manera, incluirá estos quince discos que paso a reseñar. También los cincuenta y largos incluidos en las tres entregas anteriores de “Da’ best albums of…”. Así que, salvo sorpresilla de última hora, aquí se cierra el círculo. Os doy tiempo para que os familiaricéis con los integrantes de egregia representación, no os quejaréis. O bueno, quizás sí. Falta ordenarlos y vosotros sois muy de valorar las posiciones. ¡No jodamos! Concededme que eso es casi lo de menos.  

Bill Ryder-Jones “Yawn”

Cuarto álbum de estudio para quien fuera guitarrista principal en The Coral. Continuación de aquel maravilloso “West Kirby County Primary” con el que nos sorprendió ya hace un par de años. En “Yawn”, que así se llama la cosa, el músico de Mersey ahonda en su particular manera de entender el indie-rock. Lo hace a través de diez canciones que incluyen sus buenas dosis de nostalgia noventera. Destacando por encima de todo el aspecto vocal, aunque también por esas distorsiones tan chulas marca de la casa. La parte lírica y aún más la dicción resultan fundamentales. Y es que, gracias a esa sugerente voz que Dios le ha dado al británico, nos alejamos del bostezo con que titula su último álbum. Por cierto que, ya me gustaría que mi auto diagnosticada casmodia sonara como estas canciones. Tremebundo es poco.     

Kaelan Mikla “Nott Eftir Nott”
Tercer disco de esta joven e interesante girl band islandesa. La mejor noticia que nos ha llegado desde aquellas frías tierras tras la reaparición de Sigur Rós o, años atrás, el fichaje de Gudjohnsen por el Barça. También la retahíla de memes surgidos a raíz de la erupción de aquel volcán con nombre impronunciable. El trío de Reikiavik ahonda en la senda emprendida hace poco más de tres años y que les lleva a transitar, solventemente, entre los sonidos y las texturas propias de la darkwave. Sintetizadores etéreos, voces tenues y toneladas de oscuridad es lo que ofrece este “Nott eftir nott” –“Noche tras noche” en lengua vikinga-. Nueve temas más a añadir al currículum de este proyecto de synth-punk, tal como ellas lo definen. Tremenda producción, que mejora con mucho la de anteriores álbumes. Si bien, mi favorito sigue siendo el disco homónimo de 2016 con el que las conocí. Atmósferas tan hermosas como misteriosas, que remiten tanto a los primeros The Cure como también a la EBM practicada por bandas como Apotygma Berzerk. Algo más que evidente en cortes como “Skuggadans” o “Andvakka”. El inicio a lo Dead Can Dance también tiene su aquel. 

Flasher “Constant Image”
Lo que más me mola de este disco es la onda Devo que se respira en temas como “Material” o “XYZ”. Ese coqueteo con los sintetizadores tan peculiar que se gastaba la banda de los hermanos Mothersbaugh y Casale. Pero la cosa no se queda ahí. También tenemos líneas de bajo que recuerdan a los mismísimos Pixies y hasta devaneos propios de aquellos Pavement más lánguidos. Todo ello sin prescindir de los buenos momentos guitarreros y sin alejarse –al menos no del todo- de esas cadencias un tanto más gélidas con las que se presentaron allá por el 2016. Interesante –y yo diría que sorprendente- álbum de este particular trío de Washington D.C. Con un “nuevo” sonido marcado por el viraje hacia la claridad y por un alejamiento respecto al post-punk iniciático. Lo cual les ha sentado la mar de bien, la verdad. Gran disco. Disfrutable de principio a fin. Si bien, in my opinión, un tanto sobreestimado por parte de la crítica.

Rosalía “El Mal Querer”
Tanto se ha hablado de la gachona y de su mal querer, que no sé si merece la pena que yo me explaye. Que si es o no flamenco… Que si es una falta de respeto al pueblo gitano… Que si estamos ante un ejemplo de apropiacionismo cultural… Que si pollas en vinagre... Debates propios de un país en el que la merma campa a sus anchas y en el cual la envidia es deporte nacional. A ver, yo no sé si “El Mal Querer” es flamenco y otras cosas, o solo es esas otras cosas. Personalmente, me da igual. Porque estamos ante un disco fabuloso. Con una pulsión hacia lo comercial, tal cual lo entienden los gringos, como pocas veces se ha visto en este país. Cierto. ¿Pero es eso malo? ¿Es bueno? Nada. En cualquier caso no le resta un mérito a la propuesta de la artista catalana. Que mejora lo presente con este, su segundo álbum hasta la fecha. Un trabajo más complejo, rico en matices y emocionante que aquel fantástico “Los Ángeles”. Álbum conceptual desarrollado a través de once canciones/capítulos que nos hablan del amor de mierda. El que termina por destrozarnos la autoestima y hasta querer morir. Según parece se inspira “Flamenca”, novela occitana del siglo XIII. Y te podrá gustar más o menos. Ok. Pero tendrás que asumir que estamos ante un disco valiente y rupturista. Situando a esta cría de veintipocos en una dimensión propia. La suya. En un espacio que integra tanto elementos del flamenco, como del pop contemporáneo, el R’n’B y hasta del trap. ¿Qué le vamos a hacer?  

Cloud Nothings “Last Building Burning”
Nada nuevo bajo el sol y bien que me parece. ¡Y no hay más que disir! O bueno sí. Que si no existiera Dylan Baldi tendríamos que inventarlo. Y es que el sexto álbum en la trayectoria del cuarteto de Cleveland –contando la gloriosa colaboración con Wavves-, redunda en aquellos esquemas que les han otorgado fama y fortuna around da’ world. Siguen resultando muy directos y viscerales, a la vez que melódicos. ¿Qué qué? Et pareix poc? Todo ello ejemplificado en cortes como “In Shame”, “Leave Him Now” o “Another Way of Life”, que golpean con fuerza en el estómago. O en la chola. Tal como hicieran antaño con “I’m not part of me”, “Psychic Trauma” o “Enter Entirely”. No creo que con “Last Building Burning” capten nuevos adeptos a la causa. No pasa nada. ¡A los convencidos nos tiene encandilados! Le pongo entre un 8 y un 9 sobre 10. ¡Ea!

Courtney Barnett “Tell me How You Really Feel”
Me costó entrarle bien a este trabajo. Lo reconozco. Y es que, con honrosas excepciones como con la fantástica “Charity”, echo en falta algo de colmillo. También es verdad que la australiana nunca se mostró como una guitar hero de época y su onda dista bastante del rock más agitado. Aún siendo plenamente consciente de eso, “Tell Me How You Really Feel” me resultó fome de primeras. Luego ya y tras varias sesiones non-stop, capté ese toque de sofisticación en el sonido que tiene el álbum. Y fui pillándole la vibra. Parece evidente que está más trabajado y es más complejo que su disco anterior. Para que vaya creciendo con las escuchas. Además y centrándonos en lo lírico, parece como que la Barnett decidió abrirse en canal y contarnos sus cosas. Sus intimidades, se entiende. De ahí que las diez canciones sean tan introspectivas y personales. Más que cualquiera de las compuestas para sus trabajos anteriores. El caso es que al final –si bien, no tan al final- la Barnett me ha conquistado por segunda vez. He disfrutado muchísimo de este, su regreso a la arena. En solitario. Y es que, en su caso, aplicaría aquello de más vale solo... Pese a lo dicho con anterioridad, la propuesta sigue resultando divertida y por momentos hasta juguetona. Y los referentes al mejor indie siguen presentes. Así que… 

Whispering Sons “Image”
Fantástico elepé de debut el facturado por esta joven banda, surgida de entre los ambientes más oscuros de la Bélgica flamenca -¡No queráis ver aquí también apropiación cultural ‘josdeputa!-. Algo que ya anticipábamos quienes les seguíamos la pista a través de los adelantos que, en forma de single, habían ido presentándonos. Lo más destacado de este trabajo son sus atmósferas. Opresivas hasta límites insospechados. Angustiosas hasta decir basta. Cómo logran construir tamaños pozos de desolación a base de ritmos repetitivos y riffs nerviosos de guitarra... Eso y una deliciosa deriva hacia el dramatismo que está presente en todas las composiciones. Con papel protagónico para la profunda voz de Fenne Kuppens. Aunque lo cierto es que no inventan nada. Las referencias a bandas como Sisters of Mercy, Joy Division o hasta a The Soft Moon, son harto evidentes. Pero es que suenan de cojones. Mostrando una consistencia anómala para lo poco que llevan en este negocio. El caso es que “Image” es un perfecto decálogo de presentación para una banda capaz de componer temazos como “No Time”, “Alone”, “Waste” o “Dense”, incluidos aquí. O “White Noise”, que es una pena que la hayan dejado fuera.    

Carolina Otero and Mike Grau “Superfruit”
La verdad es que me he quedado flipao con este disco, surgido de las entrañas de la terreta que me vio nacer. He tenido que descubrirlo justo aquí y ahora, ubicado en el quinto coño. ¿Qué le vamos a hacer? Porque “Superfruit” es un tremendo artefacto colaborativo elaborado a cuatro manos por la polifacética Carolina Otero y don Mike Grau. Quienes, por cierto, ya venían trabajando juntos en el seno de los paiportins Mad Robot. Se trata de un álbum compuesto por siete cortes, en general cañeros, con un sonido muy logrado que evoca a lo mejorcito del rock guitarrero de los noventa. Influencias que van desde Pavement hasta los Pixies, pasando por las Breeders o hasta Veruca Salt. Mel de romer, que diriem al meu poble.   

Gener “Cante el Cos Elèctric”
Del terruño también provienen Gener. Banda capitaneada por Carles Chiner, junto a Enric Alepuz, Vicent Todolí, Pasqu Rodrigo y César Castillo. Los tipos han apurado el año para presentarnos este “Cante el Cos Elèctric”, así de sopetón y antes de que nos pegue mal la fartà de turrones. Su tercer trabajo discográfico supone otra vuelta de tuerca a un sonido que, ahora sí que sí, se aleja definitivamente de aquel blues-rock con raíces mediterráneas con el que se dieron a conocer. Inspirándose en un poema de Walt Whitman, han despachado un álbum conceptual que nos habla sobre las relaciones humanas en la era de la hiperconectividad. Interesting. Bonito collage de doce canciones de pop-rock, con sus escarceos psicodélicos y ciertos aires soul que se benefician del poderoso timbre de voz del sr. Chiner.  

Snail Mail – “Lush”
Snail Mail es el seudónimo tras el cual se esconde una jovencita que debuta a lo grande con este “Lush”. Diez cortes perfectamente pulidos para reformular aquel sonido de Boston surgido a principios de los noventa. Es decir, lo que hacían Juliana Haffield y sus Blake Babies. Bueno, las comparaciones no se agotan aquí. Cabría extenderlas a varios de los principales exponentes del indie de por aquel entonces. Bandas lideradas por chicas, tales como Bettie Serveert, Throwing Muses o hasta Liz Phair. “Lush” es un álbum que, salvo por algún titubeo, parece facturado por una artista veterana. Y por titubeo me refiero a que, en ocasiones, puede pecar de monocorde. Pero coño… Se le perdona. ¡Que solo cuenta con 19 primaveras y recién empieza en esto! Destacando por sus letras -¡bien bonitas!-, pero también por como las interpreta con esa voz que parece más frágil de lo que realmente es. Es cierto que siempre logra equilibrarse con las estructuras de guitarras y la base rítmica. Ahora que lo pienso, la fórmula no anda tan lejos de lo ofrecido por Katie Crutchfield en Waxahatchee, o el dúo californiano Girlpool.

Iceage “Beyondless”
Buena recepción la obtenida por el cuarto álbum de esta banda danesa de post-punk y alguna cosita más. Y es que, ya desde su álbum anterior, parecen empeñados en desarrollar una suerte de mezcla loca entre el post-punk más clásico y cualquier cosa que les venga en gana. Ahora van de dark big band y de orquestilla ritual de cámara. Y es que en “Beyondless” les ha dado por incluir vientos metálicos y arreglos de instrumentación orquestal, en un delirio quasi-jazzístico acojonante. Bueno, en “Under the Sun” o “Plead the Fifth” hay hasta devaneos goth-country. O sin la parte gótica pero sí el country en “Thieves like us”. “¿Cómo no te voy a quereeeeer? ¿Cómo no te voy a quereeeeer? …si eres campeón de Europa por cuaaarta vez…” Por lo demás, distorsiones y capas de sonido con la voz de Elias Bender Rønnenfelt impregnándolo todo. Y un pepinazo como “Catch it”, que parece un homenaje a “Venus in Furs”, como guinda del pastel. Por cierto que también participa Sky Ferreira y ni molesta. Otro punto a favor para “Beyondless”. Pues eso.     

Pascuala Ilabaca y Fauna “El Mito de la Pérgola”
De esta mujer ya os hablé aquí no hace demasiado. Fue con ocasión del concierto ofrecido por la Pascuala y sus inseparables Fauna en la fonda del Trotamundos.  Como digo ahí, estamos ante la artista más destacada dentro de la nueva generación de trovadores chilenos. Alguien que, si no se tuercen las cosas, acabará siendo un clásico dentro de la música del país trasandino. Lo que nos ofrece en este “Mito de la Pérgola”, es una fórmula bien arraigada en el folclore, pero con ciertos aires de jazz, pop-rock y alguna cosita más. Recogiendo influencias que pasan por todo el catálogo de la chilenidad musical y que van desde la Violeta Parra hasta Víctor Jara. Desde la cumbia al trote, sin saltarse la cueca. También evoca lugares tan alejados de los Andes como puedan ser la India, México o el Mediterráneo. Y todo ello en el marco de una investigación en torno a las músicas e instrumentos populares que surgen en el contexto callejero. En palabras de la artista: “Reivindicando a la pérgola como un espacio que reúne al arte con la ciudadanía en el centro de la plaza, en el centro del mundo”.

Will Haven “Muerte”
El retorno de estos jefes no podría haber resultado mejor. Lo han hecho de la mano de “Muerte” y me atrevo a decir que es su mejor trabajo hasta la fecha. Y estoy hablando de unos tipos con una producción musical sostenida en la excelencia durante más de 20 años. ¿Qué qué? Disco tremendísimo. Pesadísimo, ruidoso y muy directo. Con esos ritmos constantes y contundentes que, junto a las atmósferas, llevan su sello. Y derrochando energía hasta reventar. Ni melodías ni pollas. ¡Metal por un tubo! E incorporando aquí alguna interesante colaboración. Especialmente la de Mike Scheidt, vocalista de YOB. También anda por ahí Stephen Carpenter, guitarrista de los otrora gloriosos y hoy comatosos Deftones. 

The Beths “Future me Hates me”
Algo de la Bethany Cosentino, también de Colleen Green y en menor medida de Courtney Barnett… A eso me suenan estos The Beths. Cuarteto de Auckland, Nueva Zelanda, que ya contaban con un epé publicado con anterioridad. “Future me Hates me” expone un interesante muestrario de pop-punk veraniego y juguetón, repleto de bonitas melodías y enérgicos solos de guitarra. He leído por ahí que los cuatro miembros de la banda se conocieron en la universidad en donde estudiaban jazz. Lo cual, supongo, habrá influido en la forma de facturar este disco. Al menos en lo que se refiere a sus elaborados arreglos. Pero la verdad es que no lo sé. Se me escapa... Con todo, lo mejor del debut son canciones como “Little Death”, “Uptown Girl”, “You Wouldn’t Like me”, “River Run: LVL 1” y, por delante de todas la que da título al álbum.

Baikonur “Nihil per Saltum”
Y ya para acabar, el sofomoro en la aún corta trayectoria de esta banda santiaguina de rock instrumental. La expectativa era elevada tras cinco años de espera desde que  publicaran el fantástico “¿Quién vigila al hombre cansado?”. Y en esas estábamos cuando, a finales del 2017, adelantaron “Karellen”. A la postre, uno de los ocho cortes atmosféricos que integran este “Nihil per Saltum” y con el que ya me pusieron los dientes largos. No era para menos. Lo que vino después no solo está al nivel, sino que incluso anda por encima. Pegadle una oída a “Versus Kaspárov”, “Petricor”, “Voight-Kampff” o “El fin de la infancia” y a ver que opináis. Muros de sonido, sube-bajas escuela Explosions in the Sky, sus gotitas de distorsión y un manto de oscuridad que lo impregna todo. Así se define este trabajo de confirmación. Y no solo de Baikonur, sino también de Sudamérica -y de Chile en particular- como meca del post-rock en los tiempos que corren. 

sábado, 10 de noviembre de 2018

Nicolas Vikernes VS los Black Emperor y el Inner Circle de la Mescalina


¡Tenéis que ver “Mandy” tíos! 

Y sí, ya sé que el prota es Nicolas Cage, que anda enfrascado en una insana competencia con el puto Jackie Chan para ver quien filma más bodrios por año. Que de entrada da mucha pereza, lo sé. Pero esta debéis verla. Además, seguro que ya os habéis chamao joyicas del sobrinísimo como “Bangkok Dangerous” o “Ghost Rider”, que aquí nos conocemos todos. Y esta no tiene nada que ver con esa mierda, believe in me. Porque la marcianada es fina. La estampa del tito Nico, el reventador de cabezas, acarreando un hacha dorada forjada por él mismo, cual participante del “Forged in Fire”, es impagable. Eso y el desfile de motosierras, demonios, Harley Davidsons, historietas de Galactus y rayas de a palmo. ¿Qué qué?   

Y es que “Mandy” es cine con mayúsculas. Un ejercicio de divertimento sublime que entronca con lo mejor del cine de terror bizarro, el sci-fi y hasta del surrealismo escuela David Lynch. Bebiendo tanto de la obra de Sam Raimi como del mundillo del pulp, los relatos de Lovecraft y hasta del thriller a la manera de Frank Miller. Y dotada de una estética apabullante que parece sacada de la mente perturbada del mismísimo Varg Vikernes.  

La cosa va de venganza, metal, sectas y toneladas de droga. Si bien, la premisa es más simple que el mecanismo de un chupete. A saber: Red es un leñador que vive alejado del mundo junto a su chica, la tal Mandy, alguien con bastante trueno en la cabeza y que consume su tiempo leyendo noveluchas de fantasía. La muchacha tendrá la mala suerte de cruzarse con una secta de chalaos cuyo líder, sin saber muy bien porqué, desarrolla una obsesión por ella. El chaladomaker invocará a una banda de motoristas del infierno, ataviados como la versión blackmetalera de los Slipknot,  que le ayudarán a raptarla y, si se tercia, hacer “guarreridas españolas”. Hasta aquí la parte más psicodélica del film. Desde entonces y hasta el final un tot per l’aire de manual. Y es que en la segunda parte del metraje, nuestro héroe transmuta en una suerte de Ash Williams, pero prescindiendo de los toques de humor que caracterizaban a aquel, para poner en marcha la madre de todas las venganzas. Una matanza que deja un reguero de cuerpos, sangre y vísceras que te hará exclamar “WTF is this???”.

A ver, uno no sabe muy bien qué coño pintan ahí los moteros, por mucho que alguien durante la historia deslice una justificación bastante chusca. Tampoco se explica cuál es la relación de estos con ese David Koresh de baratillo que vio la luz en Ibiza. Ni porque este último se fascina ante la presencia marmórea de Mandy Bloom (Y es que la tipa resulta más inexpresiva que cualquier personaje de Richard Gere). Y ya puestos, ¿qué carajo hace el rey de la mescalina montando el chiringuito en medio de las Shadow Mountains? ¿¡Pero que más dará leñe!? El poc trellat generalizado es lo que le da calidad a la película. Eso y un tratamiento visual, entre lo ochentero y lo dark, bastante perturbador. En la senda de lo onírico y hasta lo psicotrópico. Con una fotografía velada, muy bella en los momentos de mayor nocturnidad, que son la mayoría. Aunque no tengo claro que bonito sea el adjetivo adecuado. Por no hablar de esa tremenda BSO al cargo del nunca suficientemente reivindicado  Jóhann Jóhannsson. Lástima que esta sea una de sus últimas composiciones, ya que falleció a comienzos de año -Aunque quien más le echará de menos será Denis Villeneuve. El islandés era su compositor fetiche y pieza fundamental en el éxito de peliculones como “Prisoners” de 2013, “Sicario” de 2015 o “La llegada (Arrival)” de 2016-.

Y esta mierda es la que propone el tal Panos Cosmatos, director canadiense a quien no había escuchado ni nombrar y al que no pienso perderle la pista a partir de ahora. Una tremenda película a la que acudí sin fe y solo por la insistencia de un amigo. Y que si bien ya me gustó con el primer visionado, me dejó absolutamente noqueado tras el segundo.  

martes, 6 de noviembre de 2018

Bisama por partida doble


Que mejor manera de adentrarme en el universo bizarro de Álvaro Bisama, que a través de su primera y su última novela. “Caja Negra” y “Laguna”. Todo gracias a la elogiosa reseña que le leí a Edmundo Paz Soldán sobre la más reciente de sus creaciones literarias. La mejor según él. No seré yo quien le lleve la contraria.    

Caja negra”, publicada en el 2006, fue la primera novela publicada por este escritor, articulista, crítico y profe universitario chileno.​ El libro aglutina un cúmulo de historias, más o menos relacionadas entre sí y que funcionan a modo de cuenta atrás. Todo comienza por el estallido de un artefacto explosivo en pleno Santiago. A partir de ahí asistimos a la desaparición de un roquero japonés, a la trasmutación de un productor cinematográfico en terrorista o a la evolución de un hotel porteño en el cual el mal fario campa a sus anchas. Si bien, entre todas las historias incluidas, me quedo con la de ese Bowie a la chilena que visita por última vez a su padre, académico y neofascista convencido, tras atrincherarse en la Escuela de Teología al frente de una secta de jóvenes adoradores de Hitler. También aquella que relata la evolución del cine creado por los gemelos Mori. Sus primeras experiencias artísticas, entre lo violento, lo porno y lo freak. O esa breve enciclopedia del Cine B chileno conformada por actores, directores, películas y organizaciones ficticias, relacionadas de alguna manera con los hermanos.

Como se intuye, todo anda por los vericuetos del cine de terror, la cultura underground, el sci-fi de baratillo y lo friki.  

El caso es que me ha gustado bastante. Pero no tanto como “Laguna”, publicada en este 2018 que se acerca al fin. En esta última, el narrador nos recuerda una noche de juventud noventera, en Viña del Mar y con su conocido festival estival de música de fondo. Cuando en un viejo Lada recorrió la ciudad jardín con el Chino, antiguo compañero de universidad y que terminará en un enredo de cojones que culmina con un fuego cruzado entre narcos de medio pelo en la laguna de Sausalito.

Una suerte de policial gótico, sombrío y posmoderno, extraño, con una atmósfera entre lo siniestro y lo delirante, construido a base de frases cortas y sin usar comas. Y en el que aparecen desde la música de Poison o Abba, hasta la mitología popular viñamarina, pasando por la "leyenda" de las antenas nazis en Quilpué. Porque sí, nuestros héroes vienen hasta Quilpué!!! ¿Qué digo Quilpué? ¡Hasta el Belloto!

Y es que, tal como ocurriera con “Caja Negra”, Bisama se basa en diversas historias o crónicas más o menos reales acontecidas en los confines de la Quinta Región y a través de ellas construye el relato. Harto interesante.

Y muy recomendable.
“Soy alguien que escucha casetes. Soy alguien que lee lo que le dicen. Todo queda lejos en mi mente. No entiendo inglés. No entiendo latín. No entiendo historia. No entiendo nada”.

jueves, 25 de octubre de 2018

No solo de Fermín -el del banderín- vive el hombre


De Fermín Salvochea tan solo sabía un par de cosas antes de leer este libro. La primera es que fue alcalde de Cádiz, siendo uno de los estandartes del anarquismo en la España del XIX. La segunda, que el día que lo enterraron cayó la del pulpo. De hecho aún recuerdo cómo, siendo un crío, uno de mis mejores amigos soltaba aquello de “va a llover más que cuando enterraron a Bigote” cada vez que se aproximaba un tormentazo. La expresión alude al domingo del año 1907 en el que, en medio de un tremendo aguacero, enterraron a Salvochea en su Cádiz natal. Lo gracioso es que ni mi amigo, ni su familia, provienen de allí. A diferencia de mis padres, que llegaron a Valencia justo desde aquellas latitudes. Sin embargo a ellos nunca les escuché la citada expresión. El caso es que el fallecimiento del Bigote marcaría un antes y un después en la historia de la tacita de plata en dónde, aún hoy día, su recuerdo permanece indemne. De hecho hasta el actual alcalde, José María González “Kichi”, obtuvo su dosis de hostias mediáticas al cargo de La Caverna y el TDT Party, cuando decidió sustituir un retrato de Juancar por otro del primer edil de la ciudad durante la República.

Todo esto para introducir esta curiosa novela histórica de aventuras, fantasía y misterio, al más puro estilo de la literatura de género. Viene firmada por Jesús Cañadas, gestor cultural y guionista, además de escritor, que ha trabajado tanto para instituciones como la Generalitat, el Instituto Cervantes o la Feria del Libro de Frankfurt, como para la tele. La historia de un grupo de niños que, a principios del siglo XX se verán abocados a resolver un misterio que amenaza sus vidas y a la propia ciudad de Cádiz. Aunque también la del alcalde anarquista que da nombre a la novela y su barbero personal, convertidos en una suerte de cazadores de vampiros.

Con todo, lo más interesante de este libro es su ambientación. Como el autor dibuja esa sociedad gaditana de finales del XIX y principios del XX. Y como introduce diferentes leyendas de Cai, como las cuevas de María Moco y su Líber Umbrarum, el Liérganes rey de los contrabandistas, o la Bella Escondida, que al final actúan cual personajes al mismo nivel de importancia que los niños, el alcalde, o el ejército de vampiros y mojarras que desfilan a lo largo de las páginas. ¡Que son un puñao! Más de setecientas y repletas de giros argumentales además de alguna que otra sorpresa. Algunos innecesarios, la verdad. Pero bueno, la trama se sigue bien y la novela resulta muy entretenida. Se agradece además el detalle de usar un lenguaje trufado de términos gaditanos. De hecho, por lo que a mí respecta y como hijo de gaditanos, me ha encantado reencontrarme con algunos términos bastante familiares como “arreguindarse”, “carajote”, “guachisnái”, “najarse”, “jindama”, “mollate”, “pirriaque”, “saborío” o “tajarina”. Bastante divertida.

viernes, 19 de octubre de 2018

Homer y Langley, de Doctorow


Magnífica recreación de la que debió ser la fascinante, a la par que trágica, vida de los hermanos Collyer. Dos ermitaños estadounidenses que se hicieron famosos en los años treinta, merced a su carácter excéntrico y por un comportamiento similar al de quienes padecen el Síndrome de Diógenes.  Si bien, en medicina se define esto como el Síndrome de los hermanos Collyer, como ejemplo paradigmático de un trastorno obsesivo-compulsivo. No acabo de entender la diferencia entre las dos manifestaciones, pero tampoco soy médico, así que…

Se trata de una de los últimos libros publicados por E. L. Doctorow antes de su fallecimiento  en 2015. No tan aclamado como “Billy Bathgate” o “Ragtime”, en donde se forja la característica fundamental de su obra: Esa mezcla de fabulación con historia y crítica social. Por supuesto que este “Homer y Langley” no es ajeno a ese sello. Se basa en dos personajes reales que podrían representar la decadencia del Harlem blanco. Doctorow nos explica su día a día y nos hace participes de esos pequeños cambios que van transformando su existencia. La voz de Homer nos detalla la infinidad de factores que, inexorablemente, les encaminan a él y a su hermano hacia el terrible final. Pero a la vez nos trasporta a través de seis décadas de historia norteamericana. Desde las dos grandes guerras, pasando por la “Ley seca”, la persecución de los japoneses en USA, la caza de brujas, el movimiento hippie, Vietnam…. Llegando incluso a tratar la masacre de Jonestown en 1978. Si bien, aquí Doctorow se toma la licencia de alargar la vida de los hermanos hasta principios de los ochenta. Y es que la realidad nos dice que la historia de los Collyer finalizó en 1947. Unos días antes de que la policía de Nueva York, alertada por una llamada anónima, entrara en su mansión y se topara con sus cadáveres y 190.000 periódicos acumulados, entre otras muchas cosas. Algunas bien locas, como diez pianos de cola, coches desguazados o una máquina de rayos X.

“Soy Homer, el hermano ciego. No perdí la vista de golpe, fue como en el cine: un fundido lento.” Así comienza una deliciosa novelita de poco más de doscientas páginas en la que, pese a lo trágico del destino de los personajes y su estrambótico y errático comportamiento, Doctorow consigue que nos divirtamos. Y hasta que nos encariñemos con su obra y milagros.

Muy recomendable.  

domingo, 14 de octubre de 2018

El fascinante universo de Guillermo Lorca

Ya había pasado tiempo desde la última vez en que salí satisfecho de una expo pictórica. Y mucho más de que descubriera y hasta me emocionase con la obra de algún artista desconocido para mí. Hasta ahora, cuando, casi por casualidad, me he topado con la pintura figurativa del chileno Guillermo Lorca. Alguien de quien no sabía nada hasta que entré a la muestra que hay en el Centro Cultural Gabriela Mistral (GAM). Un tipo arrebatadoramente joven en cuyo interior habita un imaginario fantástico –y barroco-, en donde se dan cita esos animales nocturnos que dan nombre a la exposición.   
Animales Nocturnos tiene para mí un doble juego, por una parte es mi propia forma de ser, un creador nocturno, una persona que funciona de noche, cuando el silencio me rodea y las oscuridades y sombras se vuelven más sugerentes. Y por otro lado, están los rincones umbrosos del inconsciente y de los sueños de donde surge el material de mis pinturas. También esa búsqueda de los sutiles lazos entre la memoria y el olvido, las pulsiones y la contención, los miedos y los enfrentamientos, todo ello envuelto por la siempre hermosa y sugerente luz de la noche”
Imágenes del inconsciente, de hadas y demonios, con pasajes oníricos repletos de animales -salvajes y domésticos- combinados con innumerables objetos cotidianos. De eso va la pintura realista y a gran escala de este particular creador. Porque sí, una de las cosas más destacables es el tamaño de unos cuadros que impresionan al toparse con ellos.

La exposición del GAM se compone de diecisiete obras dotadas de ese sello bien personal en el que se respira desde la herencia de los grandes del barroco –especialmente Velázquez- hasta la visión romántica de autores como el suizo Heinrich Füssli. 
Algunas de las obras se presentan en formato un tanto más pequeño, destacando en ellas los rostros quasi feéricos de personajes femeninos en primerísimos planos, confrontados o solo compartiendo espacio con perros, gatos u ovejas. En esta categoría brillan con luz propia tres titulos: “3 niñas”, “Laura y las ovejas” y “Sofi”. Este último es, a mi modo de entender, el mejor de ellos. Con esa cría de facciones perfectas rodeada de unos canes con un gesto que se debate entre lo amenazante y lo protector.

Los cuadros de mayor tamaño suelen mostrar complejísimas representaciones de naturaleza salvaje, en las que aparecen ciertos elementos disonantes. De ahí que al contemplarlos nos pueda producir perplejidad o simplemente asombro. Fantástico resulta “Acteón”, con esa pincelada tan matérica y sobre todo por el genial tratamiento de los blancos. Aspecto este que destaca no solo aquí. También en otras obras como “La fuente”. O incluso más, ya que con la fuente y esos ciervos abrevándose, da la impresión de que Lorca se ha sacado de la manga una suerte de pintura marmórea. Qué decir de “El árbol de los gatos”, “El jabalí dorado” o “La niña de los gatos”, para un servidor lo más espectacular de toda la muestra. Y es que el del jabalí, en vivo, es acojonante. Con ese bicho cosido a dentelladas en el marco de una composición muy expresiva y en la que resaltan los amarillos intensos. También los rostros de los gatos –o de ese único gato Bombay o Habana Café que se repite- que protagonizan las otros dos pinturas, son tremebundos. Cómo el autor ha sido capaz de captar la mirada del animal y cómo esta se posa directamente sobre el espectador… Resulta casi mágico. O sin el casi.


Impresionant, xé.        
Me ha encantado lo que hace este muchacho.
Aquí os dejo un cacho del reportaje que le hicieron Federico y Comparini para el programa City Tour del C13. Maravilloso programa, por cierto.  

martes, 9 de octubre de 2018

Fin de ciclo con Sistemas Inestables


El pasado viernes y como despedida del interesantísimo ciclo LeRock del sello chileno LeRockPsicophonique, actuaron Sistemas Inestables en la Rubén Darío de Valparaíso. Aprovechando para presentar ante el público porteño su reciente lanzamiento “O”. Un mini-epé compuesto de tan solo cuatro cortes y en el que se aprecia esa mezcla de sonidos etéreos, bizarras estructuras math-rockeras y secuencias electrónicas, que viene a ser la impronta sonora de la banda santiaguina. Lástima que tan solo yo y un par de paracaidistas más pudiésemos disfrutar del concierto. Y tiene cojones la cosa, porque encima el evento era gratuito. En fin…

Antes fue el momento de que Nicolás Aimo sacara a relucir su set de sintetizadores,  secuenciadores, ritmos electrónicos y todo la retahíla de efectos sonoros. El músico argentino también venía a mostrar su nuevo material. El que viene incluido en su segundo trabajo, “Punto Simultáneo”, una obra conceptual y electrónica que sonó a un volumen elevadísimo dentro de la sala. Con todo y aunque hubiese celebrado que el sonidista hubiese afinado más, me gustó bastante el show. Vamos que en general me convenció, saliendo de allí satisfecho. 

Desde luego mucho más que con lo ofrecido por el trío chileno. Demasiado preocupados en generar capa sonora tras capa sonora tras capa... y así ad infinitum. Amén de experimentar en el marco de esos largos pasajes instrumentales repletos de subidas y bajadas y subidas y bajadas... y cosas que se enroscan entre sí y entre asá ad nauseam... Eso sí, el sonido impecable. Por cierto que, en algún momento del bolo, se cascaron unos duelos de percusiones que me hicieron recordar esta mierda maravillosa:
Regusto agridulce que no empaña lo interesante y necesario de propuestas como esta. Ni el fantástico trabajo de un sello al que debemos cosas tan buenas como las que sonaron por aquí.
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