martes, 25 de junio de 2019

El salto de papá

El padre de Martín Sivak fue más literal en lo de aprender a volar que el de Patterson Hood. Al menos eso se desprende del abrupto final que justifica este libro, auténtica revelación editorial del pasado 2018 en Argentina. No se trata de una biografía al uso, ni tampoco de la exaltación de una obra. Y es que, como dice este profesor, editor y periodista bonaerense, su papá no fue ni presidente, ni gobernador, ni general, ni revolucionario, ni intelectual, ni escritor, ni empresario influyente, ni deportista destacado, ni siquiera un mártir. Jorge Sivak fue un banquero comunista que se suicidó el 5 de diciembre de 1990 lanzándose desde un piso dieciséis, el día que se había decretado la quiebra de su empresa. Una tragedia que marcaría la vida de los suyos y especialmente la de su hijo mayor, que tenía quince años por aquel entonces. Un cuarto de siglo le ha costado publicar algo al respecto.

Con todo, no es este un libro triste. Está escrito desde el amor, desde el afecto, pero riéndose de uno mismo, del padre y de toda la familia Sivak. Transformando una historia dramática en una suerte de investigación periodística repleta de momentos divertidos y otros no tanto. Reconstruyendo la vida de quien fuera dirigente estudiantil, guerrillero, abogado defensor de presos políticos, preso político y después exiliado político. Todo eso sin abandonar la empresa familiar. Un pequeño imperio creado gracias a la habilidad mercantil del abuelo Sivak y a los fondos secretos del Partido Comunista, que quedarían a su cargo cuando el hermano mayor fuera asesinado a mitad de los ochenta.

El secuestro y asesinato del tío Osvaldo, a cuya memoria está dedicado el libro, fue la otra tragedia que marcó a la familia. Muy especialmente al padre, que nunca llegó a recuperarse. Ni a su tía Marta Oyahanarte, quien se alejaría de los Sivak para después pasar por distintas formaciones políticas hasta ocupar un puesto en el gobierno de Néstor Kirchner. Asunto bastante mediático que formó parte de una serie de secuestros extorsivos que realizaron policías y militares que habían formado parte de la estructura represiva de la dictadura y que con la llegada de la democracia, se reciclaron de este modo. En 2015 Pablo Trapero dirigió una película sobre el tema.

Supongo que en la decisión de escribir un libro sobre tu padre hay algo de soberbia y otro tanto de exhibicionismo. Nuestras vidas o las de los nuestros no son tan importantes. Además, no tienen por qué ser interesantes. A pesar de lo dicho, me alegro de que Martín Sivak haya compartido con nosotros los emprendimientos comerciales absurdos y esas relaciones políticas tan extrañas de su difunto padre. Y que con eso, indirectamente, aprendamos algo de la historia reciente de Argentina. Y es que el libro habla mucho de ese tambaleante y hasta explosivo momento histórico en el país austral. También del rojo de Avellaneda y de Ricardo Enrique Bochini, por supuesto. Y es que no se concibe una historia argentina sin referencia al deporte rey. Ni una mención a Independiente sin hablar de el Bocha

martes, 18 de junio de 2019

Jordan “Estafa” Peele


Y no, para nada me estoy refiriendo al enésimo vencedor del Royal Humble de la WWF, ni tampoco al heredero oficioso de Jim “Estaca” Duggan en el Wrestlemania  XLVI si es que este evento llega a disputarse. ¡Dios nos libre! Os hablo de un famoso realizador afroamericano quien, tras participar en varias producciones como actor, se decidió a entrar al mundo de la dirección debutando con “Déjame salir” -Oscar a mejor guion original en 2018- y después con la aún más aplaudida “Nosotros”, estrenada este mismo año. Dos pelis de género absolutamente vulgares que sin embargo han conseguido que la crítica se rinda a los pies de este “hermano de otra madre”, tal cual lo llamara Zadie Smith.

Cuando se estrenó “Déjame salir” (2017), la ópera prima del por entonces actor y comediante, todo fueron loas y parabienes para un insólito híbrido cinematográfico en el que muchos quisieron ver un manifiesto político y una crítica al racismo imperante en los EEUU, además de una cinta de terror. Y vale que contenga algún gag más simpático que cómico y un par de escenas bastante inquietantes, pero de ahí a todo lo demás… Vaya, que no hay tanto que rascar. Ni siquiera la interpretación del protagonista Daniel Kaluuya, a quien la vida ha sonreído desde entonces. Con todo, la historia del chico negro que visita a la familia de su novia blanca y va descubriendo lo que hay tras el comportamiento demasiado complaciente de los suegros, se podía seguir con un puntito de interés. Aunque solo fuera por ver en que terminaba la cosa y descubrir que mierdas había detrás de todo el tinglado. Al final, sin llegar a ser horrible pero a tres universos de distancia de la obra maestra que nos quisieron vender, “Déjame salir” parece la versión contemporánea de “Adivina quién viene esta noche” (1967) en clave de terror. Lo cual no es que sea mucho, la verdad.

La cosa se pone peor en “Nosotros” (2019). Un contenedor de tantas metáforas que al final no significa nada. Entre otras cosas porque la mayoría se entienden pero no nos importan una mierda y no porque sean falsas. Que sí Jordan, nos hemos dado cuenta que los tipos de rojo con tijeras salen desde abajo para terminar con sus dobles de arriba. Es muy básico, pero también muy cierto que los privilegiados tan solo se dan cuenta de la existencia del de abajo cuando se ven afectados directamente. También como el arte nos hace más humanos y la alienación nos convierte en animales. ¿Pero qué pinta todo esto aquí? Tras la historia de la familia Wilson y sus “nosotros”, tras esa idílica/horripilante escapada veraniega, yo tan solo veo efectismo caro y una trama muy mal hilada. Eso a pesar de que la cinta es visualmente atractiva, lo reconozco. Como el sonido, bastante contenido y para nada efectista. O la secuencia del comienzo, justo antes de los fantásticos títulos de crédito, que duran unos tres minutos -entre el 8:30 y el 11:30, más o menos- y es lo único que realmente merece la pena en “Us”. Todo lo demás es broza.

Hay quien se atreve a afirmar que Peele es el Hitchcock de nuestra generación. Un maestro del suspense capaz de hacernos reflexionar sobre temas recurrentes, además de entretenernos. A mí me parece que es una versión gringa del Patxi de los chistes sobre vascos. Alguien que no sabe bien cuándo se está a setas y cuándo a Rolex.

miércoles, 5 de junio de 2019

Cosas (y) materiales, de Mark Miodownik

En la última entrada, recordaba el día que me forcé a no escribir más sobre política en este blog. El caso es que aquella decisión iba unida a dedicarle más tiempo y espacio a temáticas algo más gratas. Darle un poco de vidilla a los temas culturales e introducir cuestiones de tipo filosófico o hasta científico. Cosa que, para ser honesto, no he cumplido. En mi descargo diré que no me interesa demasiado la filosofía y que no tengo mucha idea sobre ciencia. Aristóteles me la refanfinfla y por otro lado siempre fui un analfabeto científico. Y digo esto último con pesar. Cuando era un crío se supone que iba para químico. Al menos eso me cuentan.

No es cuestión baladí esta del analfabetismo científico. Todo quisqui tiene una opinión sobre medicina, nutrición, cambio climático o el origen del Universo, pero casi nadie tiene una base mínima para opinar con propiedad. Y vale que esto no ocurre solo con la ciencia. Ese ventilador de mierda que es la todología y el cuñadismo reinante lo salpican prácticamente todo. Yo mismo me he topado con peña que me ha discutido la eficacia de un acto administrativo, o la aplicación del régimen de mínimis a una determinada subvención, y que no ha abierto un libro de derecho en su puta vida. Tipos que creen que García de Enterría es una marca de quesos o que el tal Mínimis es el enano que salía junto al Dr. Maligno en “Austin Powers”. Aunque tampoco consuela. Ya sabemos que mal de muchos…

El término analfabeto designa la condición de aquel que no sabe leer y escribir. Luego están los analfabetos funcionales, que son quienes aun sabiendo leer y escribir, no comprenden lo que leen o no tienen la capacidad de poner por escrito una idea o aquello que quieren comunicar. De forma análoga se designa como analfabeto científico a quien desconoce lo que es la ciencia y sus métodos. Y es preocupante verificar como está de extendido ese mal. Situación que debería alarmarnos, pues la ciencia no es sólo un atributo ventajoso para la especie, sino que es un elemento indispensable para nuestra supervivencia. Supongamos que la ciencia desapareciera mañana. Palmaríamos ipso facto. Así pues, nos va la vida en ello.  

Con todo tampoco es necesario que todos nos doctoremos en química, física, biología o cualquier mandanga similar. Bastaría con adquirir un conocimiento básico y mínimo, suficiente para apreciar el mundo que nos rodea y a la vez tomar decisiones informadas. Comprender los temas críticos con los que uno se topa a diario en las noticias o en los debates públicos y apreciar como las leyes naturales afectan a nuestras vidas. Más allá de eso, siempre se puede tirar de amiguetes profesionales del ramo, para a resolver las dudas. O de los divulgadores científicos. Los imprescindibles Punsets de la vida (D.E.P.). Unos tipos que, guste más o menos, son capaces de trasmitir conceptos e ideas complejas de forma sencilla y comprensible hasta para un cenutrio como yo. Y aquí es cuando llegamos al librito de Mark Miodownik.

Se titula “Cosas (y) materiales. La magia de los objetos que nos rodean” y fue galardonado con el premio Winton de la Royal Society al mejor libro de ciencias. Y no me extraña. Lo que ha conseguido este ingeniero especializado en la ciencia de los materiales, además de profesor e investigador del University College de Londres es tremendo. ¡Que nos interesemos por los materiales de los objetos que nos rodean! Desde los más corrientes hasta los inventos más punteros, porque todo está hecho de algún material que expresa, de manera compleja, las necesidades y los deseos humanos. Para crearlos hay que hacer algo extraordinario: investigar a fondo su estructura interna. Y de eso es de lo que se ocupa la ciencia de los materiales, que tiene miles de años de antigüedad y es igual de importante o más que las otras ciencias aunque sea menos conocida. Y que la música, la pintura, el cine, la literatura...

Y es que todos somos, consciente o inconscientemente, sensibles a la importancia de los materiales. En cada aspecto de nuestras vidas elegimos materiales que reflejan nuestros valores, ya sean los azulejos de nuestro baño, los muebles del comedor o las cortinas del dormitorio. Del mismo modo, otros nos imponen sus valores en nuestros lugares de trabajo, ciudades o aeropuertos. El mundo material vive una continua reflexión, absorción y expresión que constantemente redibuja los significados de los materiales a nuestro alrededor. Porque al final, los materiales son un reflejo de quienes somos y una expresión, a diversas escalas, de nuestros deseos y necesidades.     

El ensayo de Miodownik nos cuenta todo eso y mucho más, desvelando los secretos y las historias que hay detrás del papel, el cristal, la porcelana, el chocolate o el hormigón. Partiendo por una cuchilla de afeitar, pasando a una taza de té, un billete de un dólar, el motor de un avión supersónico, la cúpula del Panteón de Agripa, una tableta de chocolate Fry’s, la suela de unas zapatillas, un rollo de película o un empaste dental... cada uno relata una historia que inspira asombro ante la capacidad del ser humano para crear. 
Entretenidísimo libro sobre ciencia e inventos que arroja bastante luz sobre esta sociedad de merluzos.

lunes, 3 de junio de 2019

Lo de Pablemos, las chirigotas de Cai, l'alcalde en besicleta, los Carmenitas Descalzos, la Berdadera Hisquierda, el PPOE, lo indie-folk, la Colau, el nacionalismo español no consciente y otras mandangas


Hace tiempo me obligué a no escribir una línea más sobre política. De hecho, revisando el histórico de entradas, observo como la última vez fue en verano del 2016. Y eso que en los comienzos, rara era la semana que no colgaba un mínimo de dos. Eran otros tiempos, vaya. ¿Qué motivó el cambio? Podría daros una explicación más o menos detallada o balbucear cualquier parida a modo de justificación simpática. Pero ni lo uno ni lo otro. Tan solo diré que a veces en la vida es preferible tomar distancia con según qué cosas. Y no espero que estéis de acuerdo conmigo. Vaya, que si lo estáis bien y sino pues también. Con todo y aunque pueda parecer una enmienda a lo anterior, aquí os dejo esto de “Cien años de Soledad”. Que no es política sino literatura. Y de libros en este blog sí se habla y mucho. El que quiera entender que entienda.

“En la calurosa sala de visitas, junto al espectro de la pianola amortajada con una sábana blanca, el coronel Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron sus edecanes. Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la manta de lana escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de los títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los hogares.

-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos luchando por el poder.

-Son reformas tácticas -replicó uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Después veremos.

-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el régimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes, quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra los sentimientos de la nación. Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buendía lo interrumpió con una señal. «No pierda el tiempo, doctor -dijo-. Lo importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder.» Sin dejar de sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a firmar.”


Supongo que esta sí es la última. Lo juro. Como aquella vez cuando juré no volver a tomar vodka. En fin... Nostrovia!

lunes, 27 de mayo de 2019

Columbus


Esta cosa de la cinefagia, definida de forma un tanto despreciativa como el innoble arte de tragarse casi cualquier producción cinematográfica por el mero hecho de serlo, también tiene sus cosas buenas. Y el que dice buenas, dice buenísimas. A mí, desde luego, me ha hecho muy feliz esa manera de entender la pasión por el cine. Disponiendo de un menú amplísimo en el que, según el día y la hora, elijo que cosas zamparme. Unos días me voy de asado de lomo vetado y choripanes y al siguiente me convierto en vegano estricto. Y a gozarlo, oye. Sin avergonzarme por ello. Haciendo compatible el disfrutar de un clásico de los años 50, con el de alguna tontera de acción o la comedieta simpática del año. Flipando con una peli de Bergman pero también con el último Mad Max, cambiando la mirada y aceptando que ni todos los momentos son iguales, ni siempre buscamos lo mismo. Lo cierto es que gracias a esa visión amplia, he podido toparme con verdaderos tesoros en lugares insospechados. Sirva de ejemplo mi penúltimo descubrimiento fílmico, One Cut of the Dead” (2017) del director japonés Shin'ichiro Ueda (Gracias Javi). Inteligentísima comedia de zombis en la que nada es lo que parece y mejor que no os diga mucho más. O la última cinta que he visto y de la cual me dispongo a hablar en esta entrada. “Columbus” (2017), dirigida por un ensayista y colaborador de la revista Sight & Sound que firma bajo el desafortunado seudónimo de “Kogonada”. El corrector insiste en poner “Mojonada” y a mí me viene a la cabeza todo el rato “Cojonada”.

El título elegido por este coreano-americano para su ópera prima, hace referencia a una población del estado de Indiana. Pequeña localidad sita en un entorno rural, que sin embargo supone un enorme ejemplo de mecenazgo en lo que a la arquitectura del siglo XX se refiere. El motivo se llama Irwin Miller, quien ocupara diferentes cargos de responsabilidad al frente de Cummins Inc., empresa líder en el desarrollo y distribución de motores diesel a nivel mundial y que está radicada en Columbus. A él se debe la imagen actual de la ciudad, ya que se esforzó en convertirla en el sueño de cualquier apasionado a la arquitectura y al arte moderno en general. El hombre, que era un intelectual graduado en Yale y Oxford, guardaba una estrecha relación con el arquitecto finlandés Eero Saarinen. De esta amistad, forjada a raíz de la construcción en Columbus de la First Christian Church, proyectada por el padre de aquel, surgirían un gran número de obras arquitectónicas en la ciudad. Todas financiadas, principalmente, por la familia Miller. Destacando el Irwin Union Trust and Bank, la casa Miller o la North Christian Church, proyectadas por el propio Saarinen; o el Mabel McDowell Adult Education Center y la First Baptist Church, por John Carl Warnecke y Harry Weese respectivamente.  

Todo este rollo tiene relevancia, ya que estas arquitecturas son un elemento fundamental para entender “Columbus”. Kogonada se sirve de esos espacios físicos para confrontarlos al espacio emocional de los dos caracteres principales de la historia. Maravillosamente interpretados por John Cho y, muy especialmente, por la jovencita Haley Lu Richardson. Personajes diferentes en cuanto a edad, formación, aspiraciones y desilusiones, que se encontrarán en Columbus de forma casual para, de alguna forma, liberarse de sus ataduras. Él es hijo de un famoso arquitecto y profesor, mientras que ella es una simple estudiante. Él se encuentra atrapado en Columbus, llegado desde Corea, tras ser avisado de que su padre está ingresado en un hospital de la ciudad. Ella, que es residente, se encuentra atrapada por culpa de su madre, una adicta en fase de recuperación. El caso es que ambos se ven obligados a permanecer allí contra su voluntad, en lugar de volver a la rutina en Seúl -en el caso de él-, o salir a perseguir sus sueños -en el de ella-. Las imponentes obras de los Saarinen y compañía, son el escenario en el cual se produce el acercamiento entre ambos. Además de actuar como metáfora. Esas casas, iglesias, bancos o escuelas son el marco al que ambos se ven atados e incapaces de huir.
Lo más tremendo del film, además de una imponente fotografía arquitectónica digna de Paolo Portoghesi o las atmósferas creadas por la música de Hammock, es la química entre actores. Reflejada en esas escenas a dos en las que, a través de los diálogos, pero también con el uso preciso de los silencios, van encontrándose y descubriéndose. Reflejándose el uno en el otro y, en definitiva, tejiendo un vínculo afectivo que podría llegar a ser su salvación. Unas escenas que recuerdan mucho en las formas al cineasta japonés Yasujiro Ozu. No parece casual esa impronta. Kogonada dedicó un ensayo visual a la obra del autor de “Los Cuentos de Tokio” (1953) o “Las hermanas Munekata” (1950) titulado “Way of Ozu” (2016). Identificando patrones formales y correspondencias, encontrando ritmos afines y contrapuntos, tanto a nivel de imagen como en lo sonoro.

El caso es que “Columbus” supone el estimulante debut tras las cámaras del amigo Kogonada. Y tiene mérito para alguien que debe llevar años pontificando sobre cine, escondido tras la pantalla de un ordenador. Por lo que supongo, o más bien intuyo, habría unos cuantos esperando el patinazo. Y el momento de devolver los “afectos” recibidos de aquel. Pero ya lo siento peña, tendrá que ser a la próxima.  

viernes, 24 de mayo de 2019

Hotel Graybar, de Curtis Dawkins


Esta entrada va a ser cortita, aviso. Porque este “Hotel Graybar”, debut literario de un tal Curtis Dawkins, condenado a cadena perpetua por asesinar a alguien en un atraco, es una puta mierda. Y no me apetece hacer sangre. Porque sí, vale, mola la historia real del tipo, como criminal confeso que deviene en escritor y lo del sincero arrepentimiento, la contrición y demás mandangas. Eso y que todos tenemos derecho a gozar de segundas oportunidades, vaya. Además, en este caso, sí esas oportunidades se dan escribiendo, en un medio como el carcelario en el cual si hay abundancia de algo es de tiempo, pues tanto mejor para él. Lo que no implica necesariamente que el tipo tenga talento. Vamos, a mí no me parece que lo tenga.

Se supone que las catorce historias que componen el libro, retratan la vida en prisión de Dawkins y sus compañeros. Una colección de personajes reales, incluyéndole a él mismo, a los que les ocurren cosas entre lo anodino y lo irrelevante. Y eso que, según el propio autor reconoce, ha fabulado cosa seria. Pero infumable es poco. Ese estilo fresco y conmovedor con el que la crítica se ha referido a su forma de escribir, ni está ni se le espera. "Hotel Graybar" puede esconder cualquier cosa menos un relato conmovedor. Y lo de las pinceladas de humor, ni media, vaya. Las historias son enrevesadas y tediosas. El estilo farragoso. Y tiene mérito dada la corta extensión de los cuentos. Así que, ¿Para que voy a añadir nada más?

Poco o nada que rascar. No perdáis el tiempo.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cinefilia de tres al cuarto


Recuerdo cuando, aún siendo niño, me aficioné a esto del cine. Fue allá por los hoy denostados ochenta y no tanto en las sesiones dobles del único cine que, por aquel entonces, existía en mi pueblo. El flechazo se produjo en casa y gracias a mi madre, cinéfila de postín. Y es que no hay película que la señora no haya visto. Varias veces. Anda a preguntarle por alguna…  Por aquel entonces solo contábamos con dos canales de televisión en abierto. Pero cuidaban la programación o, cuando menos, no basaban sus emisiones en packs de films comprados al peso a algún intermediario alemán. Así fue como me nutrí de aquellos clásicos que se emitían a media tarde durante los fines de semana. También de las pelis de “La Clave”, que creo pasaban las noches de los viernes y siempre antes del debate moderado por José Luís Balbín, al cual no llegaba por cuestiones de edad. Desde “Trapecio” (C. Reed, 1956) a “A través del espejo” (R. Siodmak, 1946), pasando por “Río Bravo” (H. Hawks, 1959), “El hombre que mató a Liberty Valance” (J. Ford, 1962),  “Fahrenheit 451” (1967, F. Truffaut), “Ultimátum a la Tierra” (1951, R. Wise) o los tostones de Cecil B. DeMille y otros exponentes del péplum clásico. Con el tiempo enriquecí este equilibrado menú con sobradas dosis de comida basura.  Muy especialmente yendo a ver pelis, primero en sistema Beta o 2000, más adelante en VHS, en casa de mis colegas. Lo de enriquecer es un decir ya que, como sabréis si habéis tenido juventud, en esas quedadas se puede ver de todo menos clásicos del séptimo arte.

Con todo, yo seguí a la mía y en algún momento subí la apuesta, agenciándome algunas revistas especializadas y sacando libros sobre cine de la biblioteca pública. Y en esas andaba cuando cayó en mis manos una guía cinematográfica, cuyo autor no recuerdo, que resultó de gran valor. El librito de marras tenía la gracia de incluir un buen puñado de referencias por género. Lo que me sirvió para estimular mi ya de por sí voraz apetito. Y para devanarme los sesos localizando las jodidas películas. No es necesario explicar cómo en aquella época de videoclubs de barrio y VHS regrabados de la tele, me costó Dios y ayuda llegar hasta muchas de las cintas. A algunas no accedería hasta muchísimo tiempo después. El tema es que la guía partía de una clasificación, digamos, clásica de los géneros. A saber: drama, comedia, noir, sci-fi, terror, musical, histórica, bélica, documental, western… Y nada de diferenciar entre crepuscular o espagueti western o entre terror distópico y cine gore. Algo bien básico, pero muy útil para un cinéfago en ciernes. Nada que ver con otras obras que pude leer de más adulto, como la reputada “Historia del cine” de Román Gubern o el interesante librito de Rick Altman. Ese que relaciona los papeles que desempeñan la industria, la crítica y el público en la génesis y la redefinición de los géneros.

Y a esto último es a lo quería llegar. A lo de los géneros. Pero para pasarme todas esas clasificaciones por el arco del triunfo, incluyendo la de Gubern. Aprovechando que uno ya tiene una edad y un bagaje en estas lides, por lo que también es capaz de establecer la suya propia. Eso y una madre con criterio y sabiduría a la que es imposible hacer sombra en estas cuestiones. Y es que, por mucho que me estrujara las meninges, jamás me saldría un listado de géneros más completo que el suyo. Un Opus Teresiano que en la actualidad consta de veinticuatro categorías bien diferenciadas incluyendo:

- Pelis de sustos.
Equivaldría al género de terror en la clasificación clásica, pero no exactamente. Vaya, que ni siquiera incluiría a todas la pelis etiquetadas como tal. Por ejemplo “Alien, el octavo pasajero” (1978, R. Scott) no entraría aquí y más adelante veréis por qué. Ejemplos de pelis de sustitos serían cualquiera de la saga “Halloween”' (1978, J. Carpenter), pero también toda esa broza pre y post adolescente que surgió a finales de los 90 y de la cual participó incluso Wes Craven.   

- De monstruitos.

Aquellas con uno o más bichejos que suelen ser la némesis del héroe. La arriba mencionada “Alien..." o su secuela “Aliens: El regreso” (1986, J. Cameron) serían el ejemplo prototípico. Luego están los “Gremlins” (1984, J. Dante), los “Ghoulies” (1985, L. Bercovici), los “Critters” (1986, S. Herek), los “Munchies” (1987, T. Hirsch), los “Hobgoblins” (1988, R. Sloane) y demás historias de mini-monstruos tan en boga en los ochenta.  Pero la cosa no se agota aquí. Esta categoría admite hasta joyitas del celuloide como “Cabeza Borradora” (1977, D. Lynch) o cintas multipremiadas como “El laberinto del fauno” (G. Del Toro, 2006).


- De tiros.
Cualquiera de Bruce Willis. O perpetradores similares. No entran aquí ni las de cowboys, ni tampoco las de guerra. 

Del oeste.
Las de vaqueros de toa la vida de Dios, vaya. Pero no solo las de John Wayne o Lee Marvin ni los western made in Almería de Sergio Leone. También “Que viene Valdez” (1971, E. Sherin) y el resto de morralla ofrecida en el mítico espacio vespertino de la desaparecida Canal 9 titulado “Cine de l’Oest”.

De guerra.
Esta categoría se equipararía, más o menos, al género bélico. Si bien, algunas sobre la Guerra Civil se verían desplazadas a la sección “españolada”.  

- De guasones.
Cintas de humor malo. De esas con las que te puedes partir el culo, pero no dejan de ser malas. Aunque a veces ni para eso dan. Sirvan a modo de ejemplo los “Torrentes”. También cualquier producción que cuente con Steve Martin o Leslie Nielsen entre el elenco actoral. Cabrían incluso las de Monty Python que son buenas, aunque no a ojos de la creadora de esta clasificación.    

- De peleas.
Aquí entraría la extensa filmografía de Jean Claude Van Damme, Steven Seagal, Jason Statham, Chuck Norris y demás maestros del guantazo. Mostros de la cosa violenta de ascendencia occidental. La cosa asiática encontraría acomodo en otro género que explico a continuación.

- De chinos.

Toda la gama de cintas de artes marciales protagonizadas por Bruce Lee o Bruce Li, Bruce Lai, Bruce Le, Bronson Lee, Dragon Lee y resto de la bruceploitation. También las pelis de Mizoguchi, Ozu, Kurosawa y hasta de Wong Kar-wai. Vaya, casi cualquier referente cinematográfico de Quentin Tarantino. Si bien, lo que menos hay ahí son chinos, entendiendo por chinos a los de la China popular. Espero que se entienda.

- De esas de negros
(wtf!?) Pues eso. ¿Qué queréis que os diga? Desde “Los chicos del Barrio” (1991, J. Singleton) a “El príncipe de Zamunda” (J. Landis, 1988), pasando por la egregia filmografía de Spike Lee. Si bien, la etiqueta le calza como un guante a las primeras pelis de Eddie Murphy.

- Románticas.
Casi cualquiera que venga protagonizada por Romy Schneider antes de los 80. Engendros de los que participen Meg Ryan o más recientemente Rachel McAdams. También esas antiguallas ridículas con el guapín de Troy Donahue al frente. Cualquier otra en la que actúe el guachón de la temporada, especialmente si es aquel/aquella al que los medios han calificado como “el hombre más sexy del mundo” o “la novia de América”.   

- De esas de llorar.
Que no necesariamente románticas... “El campeón” (1979, F. Zeffirelli), pero también “Love Story” (1970, A. Hiller)… Un suplicio para el lagrimal.

- Basadas en hechos reales.
Aquí entrarían todos esos films que siguieron la estela a “No sin mi hija” (1990, B. Gilbert), con Sally Field como icono del engender. Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que la sobremesa de Antena 3 solo ofrecía cintas de este pelaje. Antes de la invasión alemana. Ahí también quien las llama “pelis de Lorreins”. Y es que el apelativo Lorraine es tan común en estas cintas, como la eritropoyetina en el ciclismo profesional.     

- De dibujitos.
Pelis de animación sin distinción. Desde Miyazaki a Walt Disney, desde “Akira” (1988, K. Otomo) a “Los Increíbles” (2004, B. Bird). Y bien que me parece.  

- De esas con letreritos.
Aka subtituladas. No hace falta decir namás.

- Americanadas.
¡Uff! Una categoría que de tan amplia es hasta difícil de explicar. Grosso modo serían aquellas historias filmadas a mayor gloria del país de las barras y estrellas. Pelis patrioteras en las que la bandera y la exacerbación nacionalista acaban siendo los verdaderos protagonistas. Ahí tendrían cabida truños como “Independence Day” (1996, R. Emmerich) o “Armaggedon” (1998, M. Bay). De hecho Michael Bay es un insigne representante de este género. También es el caso de “Top Gun” (1986, T. Scott).    

- Españoladas.
Las de Pajares, Esteso, los Ozores, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, López Vázquez, Alfredo Landa, Saza y demás tropa, ya sabéis a lo que me refiero. “La Hoz y el Martínez” (1985, A. Sáenz de Heredia), “Los Bingueros” (1979, M. Ozores), “Playboy en paro” (1984, T. Aznar), “El donante” (1985, R. Fernández), “¡Vaya par de gemelos!” (1978, P. Lazaga)… También las del fenómeno aquel conocido en España como “el destape”. Y por extensión cualquier cosa emitida en aquel lamentable programa de TVE titulado “Cine de Barrio”.

- Alemanas de sobremesa.
Esos telefilms plácidos y amables en los que nunca es invierno, protagonizados por familias rubias y pudientes. O cuando menos beneficiarias de ese modelo de bienestar europeo que aquí nos llegó a medias. Dramones dignos de un talk show y alguna intriga chichinabesca en los que la teutónica heroína siempre sale victoriosa. Y no solo eso, sino que acabará encontrando su destino junto a algún guapo heredero más soso que un salero boca abajo. Películas que ya cuesta diferenciar, incluso en sus nada imaginativos títulos y cuya compra, en lotes de a mil, venía entre las contrapartidas derivadas del rescate bancario autorizado por el BCE y frau Merkel. 

- De Clin Irbu.
Lo que vendrían a ser thrillers escuela “Harry el Sucio” (1971, D. Siegel) o “Harry el ejecutor” (1976, J. Fargo y R. Daley), ande el señor Eastwood enredado en ello o no. Ande Sondra Locke de víctima propiciatoria o tampoco. Lo que sí suelen haber son malosos con gafas de cristales amarillentos.  

- Del tío ese que hace caras raras.
Esta categoría nació originalmente para desacreditar cualquier película de Jim Carey. Si bien, con el tiempo, fue incorporando a otra peña como Ben Stiller, Adam Sandler o su colega Kevin James.

- De esas fantásticas.
Historias futuristas o de ciencia ficción en cualquiera de sus variantes. Desde “Blade Runner” (1982, R. Scott) a “Metrópolis” (1927, F. Lang), pasando por “La Guerra de las Galaxias (1977, G. Lucas). Con una mención especial para las fantasías épicas rollo “Conan el Bárbaro” (J. Millius, 1982).

- De romanos.
Aquellas cintas que están ambientadas en la antigüedad grecorromana y suelen tener una duración próxima o hasta superior a las tres horas. Pero no solo esas. También las aventuretas en el Egipto de Cleopatra –“Sinuhé, el egipcio” (1954, M. Curtiz)- y las basadas en la Biblia tan propias de Semana Santa–“Salomón y la reina de Saba” (1959, K. Vidor). Vamos, lo que popularmente se conoce como el péplum y más socarronamente como cintas de espadas y sandalias.

- De desgracias.
Aviones que se despeñan, rascacielos a punto de venirse abajo, trasatlánticos que se piñan contra un iceberg, islas que van a ser destruidas por un volcán con muy mala leche, ciudades arrasadas por terremotos o maremotos, lugares sobre los que caen las siete plagas bíblicas… Vaya, que no hace falta que os ponga ejemplos.

- De esas raras que te gustan a ti.
Categoría ad hoc que comenzó a moldearse gracias a mi interés adolescente por según qué historias. Con todo, viene a ser un cajón desastre en el que cabe casi cualquier cosa, por lo que se hace difícil establecer límites. De las últimas incluidas cabría citar “Origen” (C. Nolan, 2010) y antes “Primer” (S. Carruth, 2004) o “Pi, fe en el caos” (D. Aronofsky,  1998). Esas y casi todas las de David Cronenberg.    

- De policías y ladrones.
Extensa categoría en la que caben desde clásicos detectivescos escuela Humphrey Bogart, a cualquier adaptación cinematográfica del policiaco sueco-danés de temporada.


Hasta aquí una clasificación que sigo a pies juntillas sin cuestionamiento alguno. Aunque bueno, como habréis deducido, se fue adaptando de a poquito y con el trascurrir de los años. Aún así y con permiso de la Mamma, servidor ha añadido un par de géneros al listado: 

- El primero es reciente y tiene que ver con mi exilio ultramarino. Se trata de las chilenadas. Categoría esta que, lógicamente, no podía estar recogida en la clasificación materna. Y es que, como pasa con las españoladas, no son muy de cruzar el charco. Se trata de producciones malas de andar por casa. Si alguna vez cruzáis los Andes y en el hotel seleccionáis cualquier canal de la televisión en abierto cacharéis altiro. 

- El segundo género que quiero añadir es el “cine de tacitas” tal cual lo explica aquí Miguel López-Neyra y yo suscribo de pé a pá.

Y eso es todo. Creo.

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