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miércoles, 7 de agosto de 2019

El cementerio de la Recoleta


No hace ni una semana que volvimos a casa tras pasar las vacaciones de invierno en Buenos Aires. Las del invierno austral se entiende, renegones. Y no hace falta que me recordéis que en periodo sabático todos los días son fiesta… ¡Dejadme acabar la puta entrada e iros a joder a otra parte, so mamones!

Porque sí, fueron unos días que vinieron la mar de bien para oxigenar el cerebro. Paseando por una ciudad inmensa que plantea muchos y variados panoramas. Y la verdad es que me gustó bastante. Lo pasé realmente bien en Buenos Aires. No tanto por esa monumentalidad que la hace diferente al resto de capitales sudamericanas. Más bien por su día a día, la vida en los barrios, la abundante oferta cultural y sobre todo por resultar pateable, a diferencia de la mayoría de ciudades en esta parte del mundo. Así pues, desgastamos suela, nos mojamos a base de bien con los esporádicos chaparrones, nos dio para ver algunas exposiciones bastante chulas y otras no tanto, asistimos a una milonga o dos, hicimos turismo de librerías y cafés hasta la extenuación, también del de toda la vida y compramos algunas chorraditas en ferias y mercadillos, amén de alguna que otra rareza discográfica. Pero sobre todo engordamos varios kilos por culpa del bife de chorizo, las milanesas, las empanadas, esas pizzas a la piedra con demasiado queso, el choripán, los alfajores Havanna y los vinos de Mendoza. Ah! También visitamos los monumentos más característicos de la autodenominada “París de Latinoamérica”...

Respecto a esto último decir que lo que más nos impresionó fue el cementerio de la Recoleta. De hecho nos gustó tanto y estaba tan cerca del hostal en el que nos alojamos, que lo visitamos hasta en tres ocasiones. Con lluvia, nubladito y con Sol radiante. Secos e molhados. A primera hora y bien entrada la tarde. Con poca gente, con algo más de afluencia y hasta más solos que la una. Y no hubo un cuarto paseo de pura casualidad. Y de esto os quería hablar... Del cementerio, vaya.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, mi gusto por estos reductos de paz y tranquilidad viene de lejos. Incluso antes de mi fase gótica, allá por el pleistoceno medio, ya gustaba de vagar por las rúas de los camposantos sin buscar nada o a nadie en particular. Deambular a través de las tumbas, los mausoleos y panteones disfrutando del silencio y la quietud. Fijarme en las construcciones, leer las inscripciones y fotografiar los motivos decorativos. Siempre que puedo me acerco a los más representativos de aquellos sitios a los que viajo. Y este de la Recoleta no podía ser menos. Es de los que merece la pena. De su interés da buena cuenta el hecho de que existan varias obras dedicadas al mismo y que sea uno de los lugares más visitados de Buenos Aires. Vaya, que era una parada obligatoria de nuestro viaje que tenía anotada desde mucho antes de leer a la Mariana Enríquez.

El cementerio se encuentra ubicado en el acomodado barrio de la Recoleta, que en el siglo XVIII era un lugar insalubre y despoblado al norte de la ciudad. Nada que ver con lo que es hoy día, repleto de tiendas pijas, restaurantes caros y cervecerías artesanales. Allí se instalarían los frailes de la orden de los recoletos descalzos, quienes levantarían un convento. Y sobre este se erigió el que sería el primer cementerio público de la ciudad. Un fosal que será declarado monumento histórico nacional en los años cuarenta, debido a la riqueza histórica y arquitectónica que alberga. Además de ser un espacio mítico del imaginario porteño.

De los allí enterrados destacan figuras fundamentales en la historia de Argentina como Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen o el autor del himno nacional, Vicente López. Pasando por el presidente Alfonsín o Evita Perón, cuyo sepulcro es parada obligatoria para todo turista que se precie de serlo y eso a pesar de que, por mucho interés que pueda suscitar el personaje, como arquitectura no vale gran cosa. También descasan los restos de Domingo Faustino Sarmiento, uno de los intelectuales latinoamericanos más importantes del siglo XIX. Y los de otras personalidades argentinas, como el premio Cervantes de 1990, Adolfo Bioy Casares, el premio Nobel de Química de 1970, el franco-argentino Luis Leloir, o quien fuera entrenador del Real Madrid campeón de Europa a finales de los cincuenta, don Luis Carniglia. También hay espacio para ilustres representantes de la nobleza criolla de apellido Anchorena, Álzaga, Unzué o Pereda. Sin embargo ninguna de sus tumbas me pareció entre lo más interesante de la necrópolis.

Ese honor queda reservado para las de Juan Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos” y esa estatua de una virgen con capucha sobre una gran columna blanca. O la de Liliana de Crociati, en estilo neogótico, con grandes vidrieras y una estatua a tamaño natural de la fallecida en bronce verde azulado. Vestida de novia y con la mano derecha apoyada sobre la cabeza de su perro, muerto el mismo día que ella por una avalancha -Me viene a la cabeza aquello de Shakespeare de “depositadla en la tierra y que de su carne virgen e impoluta broten violetas…”-. O el mausoleo en mármol negro de Luis Ángel Firpo –que ver con el internacional sub-21 español, recientemente fichado por el Barça-. El primer boxeador latino en luchar por el título mundial del peso pesado. Y qué decir de la de Rufina, hija del escritor Eugenio Cambaceres, sepultada viva a los 19 años tras sufrir un episodio de catalepsia. La destrozada madre no dudo en acentuar el dramatismo del episodio y mandó construir un imponente monumento donde se puede ver la figura de la joven intentando abrir la puerta, símbolo de lo que no logró hacer una vez enterrada viva. También está la tumba de David Alleno, un inmigrante italiano que fue cuidador del cementerio y cuyo sueño era ser enterrado en su interior. Para eso tuvo que ahorrar durante años hasta poder comprarse una parcela, después construir la bóveda y encargar una escultura que le representase ataviado con sus elementos de trabajo. Una vez conseguido, avisó a la administración que dejaba de trabajar y marchó para casa a cumplir con el sueño de su vida. Se pegó un tiro.
Existen otras historias y mitos que podéis leer en cualquiera de las publicaciones que sobre el cementerio existen. Como el de doña María Magdalena, viuda del patriarca de los Álzaga, que se enclaustró para siempre en su casa de la calle Bolívar junto a sus seis hijas adolescentes. O el curioso secuestro del cadáver de doña Inés Indart de Dorrego al cargo de los caballeros de la noche. También está lo de la cabeza de Marco Avellaneda y el valor de Fortunata García, o el suicidio de la poetisa Agustina Andrade y la increíble historia de su marido, el explorador y científico Ramón Lista. Lo del asesinato de Abel Ayerza a manos de la mafia y a causa de un malentendido. Ángel Zuloaga y el mítico viaje en globo sobre la cordillera de los Andes. Y cómo no, el periplo del cadáver de Juan Manuel de Rosas desde el cementerio de Southampton hasta la Recoleta…

Con todo, las historias son casi lo de menos. Lo flipante es el cementerio en sí. Como manual caótico de estilos arquitectónicos, vaya. Por como muestra a través de la arquitectura, la evolución de Argentina desde los tiempos en que fue potencia económica, hasta ahora, con sus crisis y corralitos varios. Por la ingente cantidad de imponentes mausoleos y esplendorosas bóvedas, con sus mármoles, vitrales y esculturas. Algunos se conservan impecables, otros están ya a medio caerse, con los hierros carcomidos por el óxido, sus cristaleras destrozadas y llenos de telarañas. Los hay que han quedado expuestos al transeúnte, que podría tocar esos ataúdes desplazados y a la vista si quisiera. Una lugar mágico al que no le hacen justicia las fotografías que he colgado. Pero son las mejores que tengo... ¡Y eso que tomé más de trescientas!

Hasta aquí mi reporte de este “terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía”, tal cual definió Ambrose Bierce a los camposantos. Maravillosa Recoleta. Ojalá pueda volver. Vivo. 







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domingo, 23 de diciembre de 2018

“Alguien camina sobre tu tumba”, de la Enríquez

Desde que tengo uso de razón me atrae la quietud de los cementerios. Y siempre que tengo la posibilidad, me gusta admirar aquellos que merecen la pena de los sitios a los que voy. El último que me sorprendió fue el Cementerio Municipal de Punta Arenas – Sara Braun, en un reciente viaje a la capital de la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena. Bonita necrópolis de varias hectáreas con una plazoleta central coronada por una gran cruz donada por Alfonso Menéndez Behety, hijo de José Menéndez y Menéndez “el rey de la Patagonia”. Un espacio rico en estilos y ornamentos, tanto en los mausoleos como en su edificio principal, en el que se evidencia la influencia de las diversas nacionalidades de inmigrantes que llegaron a la región (croatas, escoceses, alemanes, asturianos como los Menéndez…) y que conforman la actual cultura magallánica.

No es un gusto tan extraño, creo. De hecho, quien no se estremezca tras atravesar las puertas de un camposanto es que está muerto por dentro. O por fuera y está efectuando el venerable trayecto para no volver a salir de allí. En todo caso hay peña que lleva esta afición mucho más allá de lo que la llevo yo, que me conformo con pasear entre tumbas, leer cuatro epitafios y echar alguna fotito. Por ejemplo la periodista y escritora Mariana Enríquez, de quien ya os recomendé leer “Las cosas que perdimos en el fuego” y “Los peligros de fumar en la cama” (¡Leedla!). Y es que la señora fue capaz de sustraer un hueso de las Catacumbas de París. O al menos eso es lo que relata en “Un hueso de los inocentes”, una de las diecisiete historias contenidas en “Alguien camina sobre tu tumba”. Bonito libro que recoge la mirada de la autora argentina en su recorrido por varios cementerios a lo largo y ancho del mundo.

La colección de visitas incluye camposantos en Australia, Argentina, México, Perú, Italia, Alemania, los Estados Unidos, Francia y Cuba. Entre las más chulas está la primera, protagonizada por el musicalizado cementerio de Staglieno en Génova. Allí donde se encuentran las espectaculares tumbas de la portada de “Closer” y del single “Love will tear us apart” de Joy Division. También la historia en torno a la tumba del caballo Malacara y el fosar de Trevelín, en la Patagonia argentina. Enclave poblado a mitad del XIX por gentes provenientes del país de Gales. O la visita al Colonial Park y Bonaventure Cemetery de Savannah. Aquel en el cual se encontraba “La niña ausente” de la carátula de “Medianoche en el jardín del bien y del mal” de John Berendt (con versión cinematográfica al cargo de Clint Eastwood). Aunque de todas las historias, la que me ha resultado más interesante aún sin tener claro que sea la mejor, es la titulada “El Ángel de Salamone”.

Precisamente por haberme descubierto a Francisco o Francesco Salamone. Discutido arquitecto ítalo-argentino, responsable de la modernización de la obra pública de varios municipios del interior en la provincia de Buenos Aires, durante los años 30. Su gran amistad con el gobernador provincial, un tal Manuel Fresco, propició que le encomendaran la tarea de construir más de sesenta obras en apenas cuatro años. El ínclito Manuel Fresco, adorador de los regímenes totalitarios, de Hitler y de Mussolini, necesitaba grandilocuencia. Una arquitectura que reafirmara su poder y el de un estado presente en los momentos importantes de la vida de los lugareños. De ahí que la obra de Salomone se caracterice por el monumentalismo. Con unas construcciones bestiales que llegan a elevarse hasta treinta metros por encima del entorno. El impacto urbanístico debió ser enorme y desde luego que, si puedo, pienso comprobarlo in situ. Su catálogo de obras incluye la portada de 22 metros para el cementerio de Azul, cuya visita relata la Enríquez en “El Ángel de Salamone”. Con un impresionante cuerpo central con las letras RIP en gigantescas placas de mármol negro y, por delante de ellas, el no menos impresionante “Ángel exterminador” hecho de hormigón en estilo art decó. Pero bueno, también están la portada del cementerio de Saldungaray con el “Cristo de la Rueda”, o el cementerio de Laprida y esa demencial entrada a través de una especie de triángulo cónico.
, brutal.        

La verdad es que el libro está genial y no solo por el tema de Salamone. Podría haber halagado cualquiera de las otras historias que incluye ya que son realmente buenas. Todas. Algunas mucho, como “Un dominicano sin cabeza” (Cementerio Presbítero Maestro de Lima), "Ciudades de los muertos" (Cementerios Saint Louis Nº 1, Holt y Lafayette Nº 1 de Nueva Orleans), "Rosas de cristal" (Necrópolis de Colón en La Habana), “Acá nadie se muere” (Cementerio Municipal de la Isla Martín García), "Los perros negros" (Panteón de Belén y Panteón de Mezquitán en Guadalajara)… ¿Pero para qué? Mejor que os pique la curiosidad. Por cierto que, el final del libro incluye una lista de las necrópolis que la autora todavía quiere conocer. Me ha sorprendido que entre estas, señale unas cuantas que ya he visitado.  
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