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viernes, 12 de marzo de 2021

The Leftovers, los que se marcharon y los que se quedaron…


¿Es The Leftovers la mejor serie de la historia de la televisión? Seguramente no. ¡Pero como mola, hostia puta! Y como te deja… Y es que, como decía Natalia Marcos en su crónica sobre la última temporada, hay pocas cosas tan poderosas como la emoción y los sentimientos. Y es que al final, hasta da lo mismo que en algún momento a Lindelof se le haya ido la puta olla - para no perder la costumbre-. Pero es que ese final... O mejor dicho, esos finales. ¡Toda esa temporada final! Xé! Que lo compensa todo.

¿Es “The Leftovers” una de las producciones más cuidadas y arriesgadas de la década? Radicalmente sí. Y no le quita valor esa incapacidad para conectar con el gran público. Sorprendentemente, todo sea dicho. De hecho, posiblemente eso es lo que acabará por convertirla en la enésima obra de culto. Pero en esta ocasión del culto güeno. En todo caso, creo que la casi nula repercusión nos ha venido bien a todos. Primero a los propios creadores, quienes han disfrutado de cierta libertad en el desarrollo de la serie. Y sin que por ello el onanismo del hacedor de “Perdidos” nos llegue a salpicar demasiado, insisto. Después a los seguidores, habiendo evitado el enésimo producto televisivo que se eterniza ad nauseam. Aunque, por encima de todo, ha resultado crucial para dibujar ese final dignísimo y pensado al detalle. Un maravilloso cierre tras un fascinante recorrido.

Basada en la novela “Ascensión” de Tom Perrotta, el planteamiento arranca el día en el que el dos por ciento de la población mundial desaparece. Que no parece mucho, pero así, groso modo, estamos hablando de unos ciento cuarenta millones de personas. Lo inesperado del acontecimiento y la inexistencia de causas o explicaciones a tamaña evaporación, hace que los supervivientes se dediquen a buscar las suyas propias. Y es que, de una u otra forma, todos intentan comprender lo que ha pasado, pero sobre todo, lo que se supone deben hacer al respecto. Un muestreo de esas personas conforman el coro protagonista en “The Leftovers”. Comenzando por un jefe de policía que trata de mantener cierta apariencia de normalidad pese al guirigay que tiene montado en casa. Con una hija adolescente rebelde cuyo hermano mayor ha unido su destino al de un santero buenrollista que quita las penas a base de abrazos, y una esposa enrolada en una secta de fumadictos. Esta última atiende al nombre de “El remanente culpable” y es de las cosas más chulas de esta historia que se debate entre lo distópico y lo esperanzador. Se trata de una peña que, viviendo en comunidad, vistiendo absolutamente de blanco y manteniendo la boca cerrada excepto para pegarle caladas al cigarro, proclaman su fe a modo de sacrificio. Al frente de esta organización homenaje al carretero del refrán, se haya uno de los personajes más interesantes de la serie. También un cúmulo de secundarios – algunos efímeros, otros no tanto- protagonistas de varios de los mejores momentos de la trama. Capítulo aparte merece la novia del madero. Alguien que vio en directo como se esfumaban sus dos hijos pequeños y su marido, mientras prepara el café con leche. En una broma del destino, o más bien un completo desafío de todas las leyes de la probabilidad, que sobrellevará con mucho dolor y un sentimiento de culpa que permanece intacto, pese al transcurso del tiempo.

Y luego está lo de Max Richter y su música celestial... ¿Qué decir de la obra de este inmenso creador, de su minimalismo o de esos ruiditos marca de la casa que no se haya dicho ya? Y es que el tipo es responsable de una banda sonora que se erige como un personaje más. Fundamental, se entiende. Y es que esa capacidad inigualable para transmitir estados emocionales frágiles, empapa cada momento climático en la serie. Es más, estoy seguro de que mi percepción de la serie hubiera sido otra, con otra música. Y es que Max consigue que le sigamos, hasta el infinito y más allá, emulando a aquel desconocido flautista al que los hermanos Grimm dedicaron una de sus fábulas más celebradas. Por cierto que la actuación del flautista se produce en el mismo lugar que, varios siglos después, vería nacer al pianista y compositor alemán.

Además, aunque sea a modo de complemento, resaltar que a lo largo de las tres temporadas y en múltiples momentos, en la serie se filtran temas firmados por gente como Fuck Buttons, Al Green, Ty Segall, the Black Keys, Apocalyptica, los Pixies, Duke Ellington, Sturgill Simpson, Hozier, Simon & Garfunkel, Wu-Tang Clan, A-Ha, Ray Lamontagne, Sarah Vaughan, Aznavour, Gravedigazz, los Beach Boys, Otis Redding, Jim James o Billie Holiday. 

Y vale sí, ya sé que son tres temporadas, 28 episodios de una hora de duración en total y ahora que van abrir los bares y se viene “el caloret”, no estáis para hostias. Pero echarle un ojo joer. Haced el esfuerzo. Hay episodios que merecen la pena por sí solos y en los que la trama principal casi es lo de menos. En lo visual, en la puesta en escena, está repleta de momentos prodigiosos. Y hay episodios que son una delicia. Por ejemplo los dirigidos por el señor Craig Zobel. Un director estimable, del que solo había visto esta cosa hasta ahora. Habrá que seguirle la pista.

lunes, 14 de diciembre de 2020

John Le Carré, in memoriam

Ha muerto John Le Carré a los ochenta y nueve años. Lo cual es terrible per sé, si bien, a efectos de este blog, supone algo más… La gota que colma... Y es que en las últimas semanas han fallecido unas cuantas figuras de la farándula y el artisteo a los que este menda debe mucho, sin que este espacio se haya hecho eco (Bueno, ni de esto, ni de nada y es que el TresCagallons está más muerto…). Me refiero a gente como el inimitable Richard Corben, ilustrador del Creepy y de innumerables posters de pelis de terror. Responsable directo de definir una estética que aun perdura. O la del cineasta coreano Kim Ki-duk, quien pese a esa deriva beata que me llevó a distanciarme de su última obra, es responsable de un par de joyitas como “Hierro 3”, o “Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera” que todos deberíamos haber visto. Además de su importancia a la hora de poner al cine de aquel país en el candelero, antes que aparecieran en escena Bong Joon-ho, Park Chan-wook o Na Hong-jin. ¿Y qué decir de Diego Armando Maradona? El mago del fútbol mundial. ¡Barrilete cósmico! Posiblemente el mejor futbolista de la historia y desde luego el más icónico. Un personaje que, para bien o para mal, trasciende el ámbito deportivo. O en ese mismo terreno, el entrañable Paolo Rossi. La estrella del Mundial 82 y con el que algunos nos aficionamos al deporte rey. En mi caso, en la más tierna infancia.

Pero es que antes y también dentro de este fatídico 2020, nos dejaron personalidades como Juan Marsé, Olivia de Havilland, el gran Michael Robinson, Rado Antic, Lucia Bosé, Kobe, José Luís Cuerda, el loco de Limónov, Kirk Douglas, Sean Connery… O músicos talentosos a los que he seguido en mayor o menor medida en diferentes etapas de mi vida, como Eddie Van Halen, Juliette Gréco, Jota Mayúscula, Ennio Morricone, Justin Townes Earle, Little Richard, Florian Schneider, Lee Konitz, John Prine, Rafael Berrio, Bill Withers, Aute, Adam Schlesinger, Víctor Nubla, Manu Dibango, Eduardo Bort, el bataca de Rush, Mike Noga, Gabi Delgado-López, Genesis P-Orridge… El caso es que, exceptuando a estos dos últimos, tampoco me referí a ninguno más cuando tocaba… Más allá de vagas referencias derramadas en las redes. Penitenziagite.

Pues bien. Aunque con esto no voy a reparar todo lo anterior, sí me apetece homenajear aquí y ahora a Mr. John Le Carré. Aunque solo fuera por el número de horas de goce y disfrute que le debo a este escritor, antes diplomático y en algún momento espía. Que sí, que no es mito. David Cornwell, más conocido por su pseudónimo, antes de convertirse en un gran novelista con millones de lectores en todo el mundo, fue reclutado en Oxford por el MI6 británico, abandonando el servicio a principios de los años sesenta. Después se especializaría en movidas de espías ambientadas durante la Guerra Fría. Si bien, cuando cayó el telón de acero, fue capaz de adaptarse y desarrollar otros temas más o menos relacionados con aquel, como el terrorismo internacional. El caso es que, durante mi adolescencia, fui muy fan de este subgénero literario. Bueno, realmente de quien fui fan es de George Smiley, aquel espía algo descuidado, leal y escéptico, magistralmente dibujado por Le Carré en sus novelas más celebradas. No estoy seguro del orden exacto de lectura, aunque, supongo, comenzaría por “Llamada para el muerto”, que además fue su debut literario. Un libro bastante ameno que recuerdo con simpatía, pese a ser una novela negra ad hoc y no tanto una de espías que es por donde discurrió la cosa a posteriori. Como sí es el caso de la fantástica “El espía que surgió del frío”, donde el autor comienza su retrato de ese mundo turbio y enigmático al otro lado del muro. Y que es “la mejor novela de espías jamás escrita”, según Graham Greene. Y si lo dice él, ¿quién somos los demás para contradecirle? También me leí “El espejo de los espías”, obra posterior de la que guardo un recuerdo más vago. Y, como no, la sacrosanta gran trilogía en la que Le Carré desarrolla con maestría el meollo y el final de la Guerra Fría. O la muerte de las ilusiones, en palabras suyas. Estoy hablando, por supuesto, de “El topo” –mi favorita de entre todas sus novelas- “El honorable colegial” y “La gente de Smiley”. Tiempo después me acabé “El peregrino secreto” y “La casa Rusia”, y ya fuera de la serie Smiley, “El Sastre de Panamá”. Las dos últimas sin mucho entusiasmo, la verdad. De hecho, las reconozco más tras su paso por la gran pantalla.

Y esa es otra característica de la obra de John Le Carré: Su adaptabilidad al universo del celuloide. Esas tramas tan bien construidas, que se comprenden y siguen con suma facilidad pese a la densidad de las temáticas y lo complejo de las situaciones, hacen que las historias sean carne de adaptación. De ahí la gran cantidad de films basados en sus novelas. Comenzando por “El espía que surgió del frío”, dirigida por Martin Ritt allá por 1965 y con Richard Burton al frente del elenco actoral. Película que ha resistido divinamente el paso del tiempo. Un año después se estrenaría “Llamada para el muerto”, con factura de, ni más ni menos, Sidney Lumet. ¡Y con James Mason como Smiley! “El espejo de los espías” fue dirigida por Frank Pierson en 1969 y aquí al protagonista le pone cara un jovencísimo Anthony Hopkins. Después se rodarían “La chica del tambor”, dirigida por George Roy Hill (1984), “La casa Rusia” por Fred Schepisi (1990) y con la participación de Sean Connery, “El sastre de Panamá” de John Boorman (2001), la estimable “El jardinero fiel”, dirigida por Fernando Meirelles (2005), “El topo”de Tomas Alfredson (2011) … Y así hasta llegar a “El hombre más buscado” de Anton Corbijn. Cinta del año 2014 que, como curiosidad, supone la última interpretación de Philip Seymour Hoffman antes de su fallecimiento. Bueno, más recientemente se estrenó “Un traidor como los nuestros” (2016), bajo la rúbrica de Susanna White. Película que aún no he visto y en la que aparece, según veo, Ewan McGregor. Tampoco he podido ver las producciones de la BBC sobre el agente Smiley, alguna de ellas protagonizada por el mismísimo Alec Guinness.

Así pues, descanse en paz John Le Carré, que se lo ha ganao. Por ser positivos, el hombre se va a ahorrar el capítulo final del Brexit. Triste episodio en la historia de Gran Bretaña con el que siempre se mostró crítico.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Expediente X, revisated

Ha pasado algo más de un cuarto de siglo desde que Fox Mulder y Dana Scully comenzaran sus andanzas conjuntas en el sótano de la sede central del FBI. Aquel cuartucho oscuro repleto de material relacionado con diversas conspiranoias, la vida extraterrestre, los fantasmitas y otros fenómenos sobrenaturales. Dónde destacaba con luz propia un póster con un platillo volante y el texto “I want to believe”, a la sazón la frase que mejor define el íter vitae del agente Mulder. Y aquellos cajones repletos de expedientes antiguos que el tipo recitaba de memoria, para sorpresa de su pánfila compañera, dando pie a un sinnúmero de aventuras. Aventuras que se habrían de alargar durante la friolera de nueve temporadas –más dos de revival-, que se dice pronto. Y vaya, que el tiempo no pasa en balde para nadie. Tampoco para estos dos. Aunque para mi sorpresa, los ha tratado mejor de lo que esperaba. Digo esto porque Amazon Prime Video ha decidido, en plena pandemia, colgar todos los episodios. 218 de casi una hora de duración, ¡Ahí es ! ¡Y aprovechando la coyuntura… pa’ca’dins!

A ver, no los he visto todos, tampoco os voy a engañar. Son demasiados y ya en su momento, me costó engancharme al culebrón. Entre otras cosas porque en aquella época, había de competir por el mando a distancia con mi madre y con mi hermana, lo que, unido a los constantes cambios de horario y día de emisión… Eso y que con el tiempo mi interés se fue diluyendo como un azucarillo. Acabé harto del escepticismo de la doctora Scully respecto a la cuestión alien y de la temeridad del psicólogo Mulder para con los revoltosos hombrecillos verdes, tras tropecientos encuentros y hasta unas cuantas abducciones sufridas en primera persona. De hecho no guardaba recuerdo sobre las últimas temporadas y de como terminaba la cosa... ¡Y a Dios gracias! Son un buen cagarro. Descubro ahora que llega un momento en el cual ni siquiera están protagonizadas por Mulder y Scully, cediendo el relevo al malo de “Terminator 2” y a una guachona con ilustre apellido hispánico. Y como que no… En el mejor de los casos, meeeh

Con todo “Expediente X” ha resistido bastante bien el paso del tiempo, haciendo honor a su popularidad y a un bien merecido estatus de fenómeno cultural. Además, incluye un puñado de episodios que aún hoy resultan magníficos. Especialmente entre la temporada dos y cinco, pero nunca más allá de la siete. Tanto en el arco argumental de la conspiración extraterrestre, que abarca toda la serie y en las últimas temporadas se embarra, como en la de “los monstruos de la semana”. Me refiero a aquellos episodios auto conclusivos y aparentemente independientes donde están algunas de las mejores y más icónicas historias de la serie. Desde aquel tipo capaz de estrujarse hasta para meterse por cualquier orificio, protagonista de un par de episodios, pasando por el súper villano controlador de voluntades, el del niño pre-cog que aspira a ser campeón del mundo de ajedrez, el vendedor de seguros capaz de visualizar los horrendos crímenes de un psicópata, el monstruo del lago Ness de Hacendado –aka el Quagmire-, la familia de deformes incestuosos de Pensilvania, el protagonizado por John Hawkes como novelista obsesionado con Scully que se muda a vivir al lado de Mulder, el del vampiro adolescente repartidor de pizzas… Eso por no hablar de los homenajes más o menos velados a “La matanza de Texas”, al universo de David Lynch, a “La cosa” de Carpenter, a “El silencio de los corderos”, a “Defensa” de John Boorman, los freaks y a la serie B en general, al mito del chupacabras, a las historias clásicas de fantasmas, a los libros de Stephen King –que llega a dirigir un episodio bien malo-, al mito de Frankenstein, a “Rashomon” de Kurosawa…

También es verdad que, lo más guay a mi entender, y lo que me hizo engancharme a esta cosa –además de la incansable labor propagandística de mi amigo Voro- se condensa en el mytharc: Arco argumental sobre una conspiración gubernamental para ocultar la existencia de una civilización extraterrestre con planes siniestros para la humanidad, que sobrevuela todas las temporadas. Repleta de giros y revelaciones–algunas de ellas muy locas- y que pese a lo mal que acaba - ¿pero realmente acaba? - resulta altamente atractiva. Además, ahí asoman la cara varios de los secundarios imprescindibles de “Expediente X” como “el Fumador”, “Garganta Profunda”, Alex Krijcek o Marita Covarrubias. Aparte, contiene episodios tremendos como “Ascensión”, “Colonia”, “Tugunska” o el que cuenta el pasado de “El Fumador”, que valen la pena por sí mismos.  Es en este marco donde se inscriben las dos películas que se rodaron aprovechando el tirón de la serie. La primera de las cuales, “Expediente X: Enfréntate al futuro”, está bastante chula. No así la segunda, que resulta infumable.
Luego están aquellos episodios en los que los creadores de la serie con Chris Carter a la cabeza, deciden reírse de sí mismos, sus personajes y su creación. Van apareciendo conforme avanzan las temporadas, siendo lo único destacable en las últimas, cuando los argumentos conspirativos resultan ya tan manoseados, tan forzados, tan pesados, a Mulder y Scully les han pasado tantas cosas, que ya es imposible rizar más el rizo. Mola mucho uno de los primeros y en el que Mulder y Scully cambian los roles, cachondeándose del escepticismo habitual en una y la credulidad habitual del otro. También es muy divertido el de las cucarachas de laboratorio, con el agente Mulder transmutado en
ligoteador de baratillo empecinado en mojar el churro con la sensual doctora Bambi. Y cómo no, el episodio de “Cops”, que si bien circula por el alambre y está a punto de caerse en no pocas ocasiones, aguanta la mar de bien. O el del rodaje y estreno de una película basada en las aventuras paranormales de nuestros héroes, en donde la entonces sra. Duchovny hace de Scully… Y da bastante juego.

Y eso es todo. ¿Que la serie es irregular? Obvio. ¿Qué presenta más subidas y bajadas que un disco de Explosions in the Sky? También. Pero , que bien me lo he pasado, again. Y no descarto volver a ella en unos diez años.  Todas las veces que haga falta...

jueves, 21 de mayo de 2020

Lo de los Beasties


Durante estos días en los que todo Cristo anda flipao con la docuserie sobre Jordan y los putos Bulls, háganse un favor y dedíquenle un par de horas a lo que ha hecho Spike Jonze con los Beastie Boys. ¡Qué barbaridad de documental! Y que sí, que sí, que tratándose de quienes se trata, ni puedo ni quiero ser objetivo, pero insisto, ¡qué maravilla, joder! ¡Qué requetebién me lo he pasado con esta mierda! ¡Pero que gozada! Y qué grandes los Beastie Boys. Cuanto se les echa en falta… Así que, déjense de esas mierdas sobre dioses del balón Spalding –el año que viene Wilson-, sombre hombres-tigre que devienen en homicidas o patéticas dramatizaciones sobre judíos renegadosSo what'cha what'cha what'cha want -so what'cha want- I said what'cha what'cha what'cha want -what'cha want-… ¡Que le eches el ojo a “Beastie Boys Story”, so mendrugo! Eso es lo que toca…
Estamos hablando de un registro monumental en el cual se expone, organiza y analiza -alla maniera di Jonze, pero también a la de Mike D. y Ad-Rock-, la historia de tres chavales de Brooklyn que, con talento, empeño y algo de suerte acabarían convirtiéndose en uno de los referentes de la cosa esta de las rimas, los ritmos y la jerga apoteósica. Especialmente recomendado para fans, obvio, pero también para quienes no pasaron de aquella oda al desbarre, la farra y la cosa etílica titulada “(You gotta) Fight for your right (to party)”. Y es que, para fans como yo, este “Beastie Boys Story” resulta imprescindible. Pero incluso los neófitos deberíais acercaros para descubrir un gran espectáculo y, quién sabe, igual hasta os engancháis al flow de los Beasties y al rap en general. O no, pero lo pasareis bien, eso seguro.
Como he dicho más arriba, la cosa viene firmada por Spike Jonze, quien ya colaborara con los Beastie Boys en el mítico videoclip de “Sabotage”. Y es a él, supongo, a quien debemos la elección de un formato tan atípico. Se nos presenta como una suerte de performance en vivo y en directo, onda stand-up comedy, protagonizada por Ad-Rock y Mike D. Entre bromas, chistes y anécdotas más o menos jocosas, repasamos la trayectoria de la banda desde sus comienzos, apoyándose en numerosos registros visuales que se van proyectando a espaldas de los protagonistas. Asistimos a esos inicios como cuarteto hardcoreta, a la aparición en escena de Rick Rubin y el fulgurante éxito de “Licensed to ill”. A las giras con Run-DMC, los excesos y payasadas, la etapa rockstar y después la depre y el hartos de todo. También a la pugna con Def Jam, a la fallida migración a Columbia, la etapa californiana y el “mamá quiero ser artista” de Ad-Rock. A la impronta de los Dust Brothers en esa genialidad que es el “Paul’s Boutique”, con el subsiguiente hostiazo padre. La vuelta a los orígenes y el renacimiento, en muchos y variados planos, que supuso “Check Your Head” y después el pepinazo que fue “Sabotage” y ese referente para casi todo que es “Ill Communication”. Participamos de los viajes por el mundo de Adam “MCA” Yauch, a la creación de la fundación Milarepa, también a inmersión en la cosa socio-política, a la asunción de errores de juventud, al dolor ante la pérdida de amigos, después al nacimiento del glorioso “Hello Nasty”, el cáncer de Yauch y la grabación de un par de discos más antes de la muerte del amigo…  Y el fin de los Beasties.
Y es que los Beastie Boys fueron, por encima de todo, un grupo de amigos y coherentemente el proyecto terminó con la muerte de uno de ellos, a los 47 años y por culpa del puto cáncer. Y esa es una de las cosas más bonitas –sino la más bonita- que contiene este “Beastie Boys Story”. Cómo se rinde homenaje al hermano Yauch, en una suerte de loa como yo nunca había visto en pantalla. Los pelillos de punta y los lagrimales currando a destajo en muchos momentos, lo reconozco...

Un documental cálido, introspectivo, divertido, conmovedor y necesario. Elogio de la juventud, pero también de la madurez y que contiene una preciosa oda a la amistad protagonizada por dos buenos tipos de cuerpo presente - Adam Horovitz y Mike D.-  y la impronta del que se fue –Adam Yauch-. Remarcar lo de buena gente, algo no tan habitual en este medio y menos aun en los tiempos del éxito a cualquier precio. Una cuestión que ya me olía cuando vi “The Punk Singer”. Otro recomendable documental, este sobre la figura de Kathleen Hannah, activista y artista que además es la señora de Horovitz, en donde se puede apreciar la relación tan chula que tienen. Y ello pese a provenir de movimientos que representan cosas tan aparentemente distantes.

domingo, 3 de mayo de 2020

La década prodigiosa de Brian de Palma


Hablando con un amigo sobre la maravillosa experiencia que supone sumergirse en el metraje de “Impacto” (1981), aún hoy y transcurridos cuarenta años desde su estreno, me soltó una frase con la que no podría estar más de acuerdo: “De Palma es todo lo que yo le pido al cine” (Sorry por el entrecomillado, pero creo que la frase fue más o menos esa). Sobre todo, en lo que se refiere a aquellas cintas filmadas por el director de Newark desde comienzos de los setenta, hasta mediada la década de los ochenta. Y eso a pesar de todos los Travoltas, Melanies y otros mariachis que participan de las mismas. Porque Brian demuestra estar por encima de eso y mucho más. Siendo capaz de facturar un cine con vocación de entretenimiento que además está muy –pero que muy- bien rodado. Divertimento en estado puro, no exento de homenajes, a veces poco sutiles, pero siempre logrados (a Godard, a Antonioni, Mario Bava, a su amigo Coppola y muy especialmente a Hitchcock). En una serie de tramas que te agarran por la solapa y no te sueltan hasta su resolución. Y que no resultan para nada ridículas, aunque a veces transiten por el alambre. Y a una impostada sencillez, más aparente que real. Incluyendo un sinnúmero de escenas tremendamente arriesgadas en lo visual, en lo estético y en lo compositivo, expresado así de forma genérica. Una colección de películas dotadas de esa condición tan valorable en el mundo del cine –y del arte en general- que tiene que ver con aquello de envejecer bien.
Podría decirse que esta década dorada se inicia con “Hermanas” de 1973. Un thriller esotérico y mórbido, con el que De Palma saltaría a la fama. La historia de dos hermanas siamesas con caracteres opuestos, el marido de una de ellas y una gacetillera entrometida que aspira a formar parte de las grandes ligas del periodismo. Una trama con marcado aroma hitchcockiano que, de alguna manera, fue evocada por David Cronenberg en la mítica “Inseparables”. En todo caso, las que situarán a De Palma como uno de los autores más importantes del momento, serán esas dos obras de género fantástico que rueda a continuación. Hablo, por supuestísimo, de “El fantasma del paraíso” (1974) y de “Carrie” (1976). La primera es un musical de terror, cuya partitura fue íntegramente escrita por el compositor y cantante Paul Williams –que además la protagoniza-. Un musical de culto, muy en la línea con “The Rocky Horror Picture Show” y que contiene guiños a Bowie, a “El Fantasma de la Ópera” o al mito de Fausto. Respecto a “Carrie”, ¿qué decir? ¿Quién no la ha visto? Magnífica adaptación de la conocida novela de Stephen King que, vista hoy, resulta un alegato claro contra el bullying en las aulas, en clave malrollera. Repleta de inolvidables escenas – hete aquí con la bloody scene- y de olvidables actores –hete aquí con los rizos rubios del Gran Héroe Americano-. Lo que no impidió que fuera un éxito descomunal.
Ese mismo año –el glorioso 76, ejem- el realizador norteamericano presentaría “Fascinación”, otro homenaje confeso al maestro británico del suspense. En ella, un tipo que ha perdido a su familia en el fatal desenlace de un secuestro, acaba topándose, un porrón de años después, con una joven que es el vivo retrato de su difunta señora. Y sí, el guiño es vertiginosamente obvio, aunque aquí el rol de la Novak lo cumpla Geneviève Bujold. Después vendría “La furia”, de 1978, una confusa trama que combina elementos del thriller y el cine fantástico. Adorada por algunos y odiada por otros muchos, me parece la más floja de sus creaciones durante este periodo. Con todo, incluye un conjunto de secuencias impactantes que, por sí solas, ya justifican su revisión.
El inicio de los ochenta queda reservado para “Vestida para matar” (1980) y la mencionada “Impacto” (1981). Dos joyitas que nos muestran al De Palma más desatado. La primera destaca por su enfermiza sensualidad y por las deliciosas dosis de misterio, gore y fetichismo. Mientras que la segunda lo hace por algo similar, amén de varios momentos visualmente brutales. Una suerte de “Blow Up” versión De Palma, protagonizada por un joven John Travolta que aquí está sorprendentemente bien. De hecho, su participación en esta película - una de las favoritas reconocidas por Quentin Tarantino-, le valió el papel de Vincent Vega en “Pulp Fiction”.     

Mención aparte merece “El precio del poder” (1984). Trabajo de encargo que, en su día, recibió más palos que una estera y que vendría a ser un remake actualizado y a la vez una secuela de la grandiosa “Scarface, el terror del hampa” (1932). Sumamente violenta y provocativa, cuenta con una de las mejores interpretaciones que yo jamás haya visto: La de Pacino en el papel de Tony Montana. Hoy día considerada un clásico, en su época fue destrozada por la crítica, con el consiguiente fracaso comercial.
Y ya para finalizar, mi favorita de toda su filmografía –también la de Patrick Bateman-: “Doble cuerpo” (1985). El de una Melanie Griffith imponente en esta cinta de género. Fantabuloso homenaje a “La ventana indiscreta”, repleto de morbo y erotismo alla maniera di Brian. Y es que para mí -y algún que otro crítico con mayores conocimientos en la materia-, este thriller terrorífico e hipersexualizado representa el cenit del virtuosismo de este director. Y poco más tengo que añadir. Luego de esta vendrían una serie de films, más o menos interesantes, que ya marcan el declive del hombre que hizo debutar a Robert de Nirosin apoplejías, al menos visibles-. Si bien, no me puedo ir sin destacar una cinta de entre toda esa producción posterior. Se trata de “Ojos de Serpiente” (1998), que cuenta con un Nicolas Cage en una de sus escasas actuaciones remarcables. Frenética historia con un desagradable trasfondo político, que comienza con un plano secuencia de tropecientos minutos que quita el sentío. ¡Absolutamente espectacular! Una peli que sí estaría a la altura de las del periodo glorioso de Brian de Palma.
Y eso es lo que venía a contaros. ¡Cómo he disfrutado estas semanas de confinamiento revisando, incluso descubriendo, a este De Palma! En parte gracias al catálogo de Filmin… Al César lo que es del César. Y sí, ya sé que podría haber mencionado a Eliot Ness, al sargento Tony Meserve o a Carlito Brigante, pero xé, my post, my rules…

miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendo voy, leyendo vengo y por el camino me entretengo...


Ei xics, que ya estoy de vuelta y que cómo cantaba Peret no estaba muerto, estaba de parranda. Más o menos. O menos que más - Ni cerca, vaya-. El caso es que tras sortear todo tipo de dificultades cual Asterix en “Las 12 pruebas”, por fin me he medio instalado en la terreta que me vio nacer. Y el tema es que, además de realizar un sinnúmero de gestiones ante todo tipo de organismos y de padecer a esa peña que se le hace el culo Pepsi Cola con el piso heredado de la abuela Angustias, también me ha dado tiempo para leer un poco. O mucho. Bueno, no sé si tanto, aunque a mí me lo ha parecido y dadas las circunstancias...

Y lo primero que me eché al gañote fueron las “31 Canciones” de Nick Hornby. Delicioso compendio de artículos en el que el autor de “Alta Fidelidad” escribe sobre una treintena de temas que forman parte de la banda sonora de su vida. Comienza muy bien con Teenage Fanclub y termina espléndido con Patti Smith y una bonita anécdota. Por el medio desfilan canciones de Van Morrison, Bob Dylan, Paul Westenberg, Suicide, Richard & Linda Thompson, Bruce Springsteen, Marah, Santana, Badly Drawn Boy, Aimee Mann, Ian Dury, Röyksopp o Nelly Furtado... Sí, la de “I’m like a bird”, que li anem a fer? La línea que une todos los capítulos es el intento, más o menos logrado, de explicar que hay en la música pop que nos toca tan adentro. Y así va dibujando un interesante compendio de revelaciones y recuerdos ligados a la música, que en ocasiones resulta maravilloso y en otras -¿Nelly Furtado, nano?- no tanto. Os dejo una playlist por si os interesa. 

Después me metí de lleno en “Me cago en Godard” de Pedro Vallín. Uno de los analistas más interesantes de la actualidad quien, a través de sus artículos en La Vanguardia y sobre todo a fuerza de tuits a cada cual más ingenioso, nos ayuda a entender un poco la jaula de grillos en lo que se ha convertido la política nacional. Y todo ello recurriendo a ejemplos y comparaciones muy ligadas con la cultura popular, especialmente al mundo del celuloide. No se puede obviar que el periodista asturiano era o es, principalmente, un crítico cinematográfico. De ahí que el libro encierre una polémica reflexión en defensa del cine palomitero, al que Vallín tilda de progresista y emancipador frente al cine cultureta. Con bastante socarronería y mala leche, tacha a los grandes del cine europeo de artistas agrandados adictos a la autofelación y a su cine de conservador. En contraposición afirma que el denostado universo hollywoodiense es mucho más reivindicativo e incluso de izquierdas que aquel. Como veréis, la premisa resulta atrayente, sobre todo por como se caga en las teorías hegemónicas instauradas por la crítica tradicional sobre el cine de aquí y de allá. Y siendo cierto que no estoy de acuerdo al ciento por ciento en aquello que defiende y que no le compro algunos planteamientos, el tipo escribe tan de puta madre que... 
Por cierto que la entrevista que le hizo el hoy Vicepresidente Primero del Gobierno en “Otra vuelta de Tuerka” con ocasión del lanzamiento del libro, merece mucho la pena.

De ahí pasé a “Cómo caza un dromedario” de Víctor Nubla, que es harina de otro costal. Otra marcianada más publicada por la peña de Blackie Books. En este caso protagonizada por este polifacético personaje -que además de escritor es diseñador gráfico, editor, músico experimental, organizador de festivales, ilustrador de portadas y hasta opinólogo ocasional-, bastante conocido en la bohemia barcelonesa. Para hacernos una idea y según reza en la contraportada, el tipo vive en Gràcia y cree en las regiones temporalmente autónomas, mostrando un desinterés absoluto por la cultura del brunch. Cuenta que empezó a dibujar antes que a andar y en algún momento descubrió que las palabras son dibujos que explican cosas, por lo que se metió de lleno en el mundillo de las letras, aunque sea más conocido por sus proyectos sonoros con Macromassa, Dedo o Aixònoéspànic. De hecho, según he leído, incluso hay un cóctel en algún garito de la Ciudad Condal que lleva su nombre. Respecto al libro, ¿qué decir? Inclasificable. Hay historias sobre alienígenas, otras muy bizarras que vienen protagonizadas por animales humanizados o no, ensayos en forma de poema, narraciones sobre cosas mágicas que resultan ridículas, cuentos que realmente son fórmulas matemáticas y un puñado de “señoras vestidas de fiesta, perros peinados, borrachos impenitentes, camorristas de tres al cuarto, presentadores de televisión, inspectores de compañías cerveceras, policías de paisano, músicos agarrados a un vaso, gitanos que cantan solos, calles iluminadas de amarillo, almas en pena, penas sin alma, filósofos prácticos”. Tengo que decir que me ha gustado, pero menos de lo que esperaba. Creo que va de más a menos, desinflándose con el transcurrir de los capítulos. Que sí, el librito está organizado en capítulos, aunque tengan poco que ver los unos con los otros.

Y ya para acabar “El Director” de David Jiménez. El controvertido libro de memorias de quien fuera corresponsal y reportero de guerra durante dos décadas, en su fugaz paso por la dirección de El Mundo. Como aquello que comenzó siendo un reto ilusionante terminó en una cruenta batalla por el control del periódico, provocando su despido tras apenas un año en el cargo. Asistimos a los entresijos de una empresa de información que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo y en la que, aquel derecho consagrado por el artículo 20.1 b) de la Constitución, pasa con facilidad a un segundo plano. El tipo habla con bastante soltura de las presiones editoriales sufridas, de malsanas influencias y de algunos favorcillos reclamados por el poder económico o el político y que comprometieron la independencia del diario. Poniendo sobre la mesa nombres y apellidos, o sobrenombres tras los que se esconden personajes fácilmente identificables. Una lectura que resulta interesante pero que ofrece menos de lo que promete. Y es que gran parte de las intrigas son bien conocidas y las que no lo son, tampoco extrañan demasiado visto lo visto -y oído lo oído-. Además hiede a que el tipo se ha guardado bastantes cositas y no parece que se deba exclusivamente a una cuestión de auto-protección. O tal vez sí. En todo caso, el tiempo dirá. 

Y esto sería todo por ahora. Estoy con el último de la Mariana Enríquez y lo tengo a punto de caramelo. Pero a este libraco y a su autora prefiero dedicarles una entradita en exclusiva.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

El adversario


Hay una película española del año 2002 protagonizada por José Coronado –él siempre tan preocupado de nuestra flora intestinal-, sobre un fulano que se jacta de ostentar un carguito en el Banco de España, aunque el tío no aparece por allí ni de visita. Tiene una familia perfecta, vive en un bonito chalet, conduce un cochazo y por tener tiene hasta una amante, pero nadie sabe que su vida está basada en la mentira. La película se titula “La vida de nadie” y está dirigida por Eduard Cortés. Es una historia terrible sobre la simulación permanente y el infierno al que normalmente está abocada, que se inspira en “El adversario” de Emmanuel Carrère. El mayor éxito del escritor y realizador parisino hasta la fecha.

Y es que cuando Càrrere publicó su novela un par de años antes, puso patas arriba el panorama literario del país vecino. Se trata de un relato escalofriante que fue comparado con “A sangre fría”, de Truman Capote, al contener una investigación rigurosa sobre un crimen y un criminal: Jean-Claude Romand, quien en enero de 1993 mató a su mujer e hijos, también a sus padres e intentó, sin éxito, suicidarse. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años y a punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua si bien, recientemente, salió en libertad condicional para realojarse en una abadía. Y es que, según parece, el criminal ha padecido una suerte de conversión religiosa en estos veintiséis años entre rejas. Confiando, supongo, que su momento final será algo mejor que el de sus padres.
“Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.”

El autor, que estableció cierta relación por correspondencia con Romand e incluso lo visitó en prisión, trata de desentrañar el misterio. Nos ofrece algunas pistas que nos ayudan a comprender las descomunales mentiras y la incapacidad del sujeto a la hora de cortarle el paso a una bola de nieve que cada día era más grande. Pero deja abiertos un montón de interrogantes, como no podía ser de otra forma. Porque el caso se las trae. ¿Cómo fue capaz de mantener esa vida de soledad, de impostura y de ausencia durante tanto tiempo sin que nadie sospechara nada -o al menos lo suficiente como para desenmascararle-? Imaginar lo que bullía en su mente a lo largo de las horas muertas, cuando se suponía que estaba trabajando y en realidad pasaba el tiempo en parkings, bibliotecas, cafeterías o paseando por los bosques... Un engaño tremendo con el que no ocultaba nada más que el vacío más absoluto. Y es que, al final, “El adversario” es un cuento de terror y no solo por su desenlace.
“Una mentira, normalmente, sirve para encubrir la verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand.”

Antes he citado a Capote y “A sangre fría”, por aquello del paradigma de novela de no ficción sobre una investigación criminal, pero quizás el antecedente más cercano de “El adversario” sea otra novela, esta sí de ficción. Hablo de “El extranjero” de Albert Camus, también una historia sobre un asesino y su condena. Sobre todo porque la frialdad de Romand recuerda más a aquel Meursault  de glacial indiferencia para con el mundo que lo rodea y al que todo le da igual, que a la pareja de outsiders que asesinaron a la familia Clutter.

Por cierto que, aparte de la cinta mencionada al comienzo, hay al menos dos films más que se inspiran en la novela de Carrère. La primera es “El empleo del tiempo” y está dirigida por Laurent Cantet. No puedo hablar de ella porque aún no la he visto. No es el caso de “El adversario” (2002) de Nicole Garcia, la que pretende ser la adaptación más fiel y a la que le eché un ojo hace un par de días. Y para mi sorpresa está bastante conseguida. Pasando por alto que, quizás, me imaginaba a un Romand con una jeta diferente a la del gran Daniel Auteuil. Cuestión menor, lo sé. Quejarse de vicio lo llaman… Porque no vi una foto de Romand hasta después de leer el libro y la verdad es que tampoco me lo imaginaba como realmente es (o era).

Cuando uno está metido en ese engranaje de no querer defraudar, la primera mentira lleva a otra y es toda una vida (…) Cuanto más avanzaba la mentira, más dura era revelarla”

martes, 3 de diciembre de 2019

La cosa esta de "The Irishman"


Vaya de entrada que no soy yo mucho de Scorsese, cosa de la que, supongo, ya os habréis dado cuenta los que me seguís por aquí. Aunque quizás debería especificar un poco, acotando la sentencia a la obra del último Scorsese. Vaya, que no se me escapa que le debo un huevo de alegrías al menda y que a poco que bucee entre su extensa filmografía me salen unas cuantas pelis con aroma a clásico. Si bien es cierto que, con lo de último, tampoco quiero ceñirme a lo más cercano en el tiempo, o sea, a esa cosa sobrevalorada titulada “El irlandés” de la que todo el mundo habla y de la que me dispongo a rajar. Y es que el deterioro del director de las gafotas viene de lejos. ¿He oído “Shutter Island”? ¿La verbena aquella sobre pandilleros del XIX? ¿Queréis que vaya más atrás? Pues eso. Además uno ya no está para cultos. Ese capítulo lo cerré hace veintitantos años con la esperable muerte del rubio de Aberdeen. Amén.

Pero entremos en materia ... “Netlix presenta… The Irishman, de Martin Scorsese”. Mal comienzo, lo sé. Terrible incluso. Mis peores pesadillas empiezan con un tu tuuún e inmediatamente después aparecen esas mayúsculas rojas sobre fondo negro. La cinta en cuestión está basada en un librito supuestamente biográfico escrito por un tal Charles Brandt. Publicado originalmente en 2004 bajo el título de “I heard you paint houses”, narra la historia de Frank Sheeran, veterano de guerra, estafador, sindicalista y sicario que trabajó junto a destacadas figuras de la mafia. La cosa viene producida por Netflix como ya he dicho, por si no teníamos bastante con el Alzheimer galopante de Scorsese. Y es que, como he dejado escrito alguna vez por aquí, lo del catálogo de la plataforma es para hacérselo ver. Que sí, que sí, que la suscripción es barata y al final tiene un montón de referencias disponibles -Casi todas ellas pura mugre-. Lo sé. Yo también lo pago y hasta lo uso. En todo caso, ¿os suena eso de que si la mierda tuviese valor, los pobres nacerían sin culo? Pensadlo. ¿Se me entiende?

-¿Ves esa mierda que viene por ahí?
Es el puto martes.
Ahora va el giro de guión habitual en todas las entradas del Suloki. A ver cómo lo digo para que no me zurréis… Eeeee… Pues vaya, resulta queeee… con todo… la peli tampoco es que me haya disgustado. ¡Ea! Ya lo he dicho. Eso no implica que compre toda la mierda que están vendiendo. Antes de verla me dijeron que era una puta obra maestra. También nosequé pollas del mejor Scorsese y que en su género igualaba y hasta superaba a la trilogía de “El Padrino” o “Uno de los nuestros”. Esta última comparación la hacen, supongo, por citar alguna de las tropecientas mil cintas de gánsteres firmadas por Scorsese y su crew. Que luego el tío se queja de franquicias y tal… En fin… En todo caso un mojón para todos ellos. Luego, cuando ya la estaba viendo y sobre las dos horas de metraje –minuto arriba o abajo-, un colega me comentó que tendríamos que editar la entrada de la Wikipedia con la palabra “sobrevalorado”, fijando una foto del oscarizado realizador. En eso estoy bastante de acuerdo. Hasta el diccionario de la R.A.E. debería añadir una segunda acepción…  
 “Sobrevalorado, da”
Del part. de sobrevalorar.
1. adj. coloq. Otorgar a alguien o algo mayor valor del que realmente tiene.
2. m. Relativo a Martin Scorsese.”
Sin embargo a él no le ha gustado nada “El irlandés” y a mí sí. Algo. Eso es lo que hay.

Ahondando en esto último me ha parecido que la peli está muy bien hecha, con unos actores –especialmente los secundarios- que resultan más o menos creíbles y una historia bien hilada que se sigue con relativo interés. Pero hay que ponerle empeño, que son tres horitas y media. Y ahí radica la primera de mis críticas, en el exceso de minutaje. ¿Hacía falta tanto Martin? ¿En serio? Y es que resulta inexplicable salvo que Scorsese lo haya hecho por joder a alguien con nombre y apellidos. Se me ocurre que también podría contener un recadito para George Lucas, a quien siempre se acusa de recortador. Aunque no lo tengo del todo claro. Quizás solo pretendía batir algún récord absurdo de duración. También es verdad que la historia nos lleva hacia esa última hora en la que se habla del ocaso, la devastación y hasta la pena de alguien que lo tuvo casi todo. Y es un final brillante. Pero hostia, ¿hacían falta tantos prolegómenos? ¿Esa puta hora y media inicial? ¿Ese inserto en clave “Trilogía de los bajos fondos” pero de baratillo?

¡Agarradme que lo reviento!
Y esa es la segunda crítica que le hago a “El irlandés”, que para fabular sobre el asesinato de Kennedy y la mafia de Chicago, de Castro, Bahía de Cochinos y demás oscuros episodios de la política estadounidense, prefiero los libros de James Ellroy. Encima tampoco es que haga mucho aporte aquí. Más allá de darle un poco de contexto a la trama o ahondar en la figura de Jimmy Hoffa, que al parecer es de quien realmente habla el libro. Pero vaya, que eso lo debería haber resuelto antes alguien con sobrados pergaminos como Scorsese. Por último hubiera seguido aquella máxima que reza “lo bueno si breve, dos veces bueno”. Por cierto que, respecto a esto último, la interpretación del mítico líder sindical al cargo de un Al Pacino a quien creía perdido para la causa, me ha parecido de lo mejor. ¿Pasado de rosca? Probablemente. Pero como le leí a algún crítico, ese es el Pacino que queremos. Nada que ver con la “fantástica interpretación” de Anna Paquin, que también se lo he leído a algún fenómeno. A ver compadre, que la niña de “El Piano” sale tres ratos y dice dos palabras. Que si cobrara por los minutos en pantalla aun le tocaría pagar a ella. ¿Qué gran interpretación ni que niño muerto?

...ese caballo que viene de Bonanzaaaa!!!
En todo caso lo peor de “El irlandés” es esa genialidad de agarrar actores setentones para hacer de cuarentones a base de maquillaje y paint. Porque los efectos de rejuvenecimiento digital los tienen que haber hecho con el desaparecido programita, sino no se entiende. Y lo siento mucho Martin, que sí, que lo de las máscaras de látex sería una mierda, pero esto es aún peor. Es que joer, hay escenas que dan vergüenza ajena. La de la paliza al tendero es digna de “Papá Piquillo”. No sé tío, haber utilizado a diferentes actores para cada época. Uno más joven para la primera parte y luego a Robert De Niro y a Joe Pesci, si es que tenían que ser ellos sí o sí. Y si no puedes, porque la producción exige a De Niro y a Pesci en pantalla hasta cuando hacen de bebes de teta, pues ponles un doble en las escenas de acción. ¡Que ya no están para muchos trotes, mon dieu! Que en la mencionada escena, De Niro parece un abuelo con apoplejía intentando zurrar a un notas que al mínimo roce se deja caer como un boxeador untao. ¡Que llega a resultar patético! O una parodia rollo “Goodfellas meet Cocoon”. Es tremendo. Lo mismo para todas esas secuencias en las que nuestro septuagenario favorito huye de la escena del crimen para deshacerse rápidamente del pistolón. Macho, que va a saltitos como si fuera el puto Chiquito de la CalzadaQEPD-. Eso por no decir que, ni con la mejor de las intenciones, te crees que ese viejo sea el padre de la chiquilla. ¡Suspensión de la incredulidad mis cojones! Parece un abuelo que va con su nieta a darle de comer a las palomas. O algo peor, un pederasta engatusando a una cría para hacer Dios sabe qué. Aunque eso pasa más con otra escena protagonizada por la versión digitalizada de Pacino. Sí, esa en la que toman helado juntos, mostrando una suerte de intimidad turbia que no se entiende demasiado bien.

Cuánto cabrón...
Pero lo mismo que te digo una cosa te digo otra. Y aunque en la paliza al frutero al “joven” De Niro no se le ve en buena forma, en la resolución del affaire “Crazy” Joey está soberbio. Esa sucesión de planos con las miradas cruzadas entre los protagonistas, es maravillosa. Y es que el hijoputa de Scorsese sabe. Y el que sae, sae, ya tu sae. Que el tipo es talentoso, obvio, no lo vamos a descubrir ahora. El problema es que está en una posición en la que hace lo que le viene en gana y nadie –pero nadie- osa rechistarle. Aun cuando de un tiempo a esta parte, le haya cogido el gusto a eso de cagar unas mierdas como un castillo de grandes. Se lo habrá ganado, no seré yo quien diga lo contrario, pero esto me suena a aquello del traje nuevo del emperador en clave cinematográfica. “Andersen meets Scorsese, da’ movie”. 

Y eso es todo, creo. Bueno, eso y que, contra lo que pudiera parecer, al final ni tan mal.
Al menos no sale Di Caprio. Puntazo de Scorsese.
También que para irlandés bueno, el café. Nunca la cosa cinematográfica. 
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