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miércoles, 4 de diciembre de 2019

El adversario


Hay una película española del año 2002 protagonizada por José Coronado –él siempre tan preocupado de nuestra flora intestinal-, sobre un fulano que se jacta de ostentar un carguito en el Banco de España, aunque el tío no aparece por allí ni de visita. Tiene una familia perfecta, vive en un bonito chalet, conduce un cochazo y por tener tiene hasta una amante, pero nadie sabe que su vida está basada en la mentira. La película se titula “La vida de nadie” y está dirigida por Eduard Cortés. Es una historia terrible sobre la simulación permanente y el infierno al que normalmente está abocada, que se inspira en “El adversario” de Emmanuel Carrère. El mayor éxito del escritor y realizador parisino hasta la fecha.

Y es que cuando Càrrere publicó su novela un par de años antes, puso patas arriba el panorama literario del país vecino. Se trata de un relato escalofriante que fue comparado con “A sangre fría”, de Truman Capote, al contener una investigación rigurosa sobre un crimen y un criminal: Jean-Claude Romand, quien en enero de 1993 mató a su mujer e hijos, también a sus padres e intentó, sin éxito, suicidarse. La investigación reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años y a punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua si bien, recientemente, salió en libertad condicional para realojarse en una abadía. Y es que, según parece, el criminal ha padecido una suerte de conversión religiosa en estos veintiséis años entre rejas. Confiando, supongo, que su momento final será algo mejor que el de sus padres.
“Para los creyentes, el instante de la muerte es aquel en que ven a Dios, no ya oscuramente, como un espejo, sino cara a cara. Incluso los no creyentes creen algo parecido: que en el momento de pasar al otro lado los moribundos ven desfilar en un relámpago la película completa de su vida, por inteligible. Y esta visión que hubiese debido poseer para los ancianos Romand la plenitud de las cosas cumplidas, había sido el triunfo de la mentira y el mal. Deberían haber visto a Dios y en su lugar habían visto, adoptando los rasgos de su hijo bienamado, a aquel a quien la Biblia llama Satán, es decir, el adversario.”

El autor, que estableció cierta relación por correspondencia con Romand e incluso lo visitó en prisión, trata de desentrañar el misterio. Nos ofrece algunas pistas que nos ayudan a comprender las descomunales mentiras y la incapacidad del sujeto a la hora de cortarle el paso a una bola de nieve que cada día era más grande. Pero deja abiertos un montón de interrogantes, como no podía ser de otra forma. Porque el caso se las trae. ¿Cómo fue capaz de mantener esa vida de soledad, de impostura y de ausencia durante tanto tiempo sin que nadie sospechara nada -o al menos lo suficiente como para desenmascararle-? Imaginar lo que bullía en su mente a lo largo de las horas muertas, cuando se suponía que estaba trabajando y en realidad pasaba el tiempo en parkings, bibliotecas, cafeterías o paseando por los bosques... Un engaño tremendo con el que no ocultaba nada más que el vacío más absoluto. Y es que, al final, “El adversario” es un cuento de terror y no solo por su desenlace.
“Una mentira, normalmente, sirve para encubrir la verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand.”

Antes he citado a Capote y “A sangre fría”, por aquello del paradigma de novela de no ficción sobre una investigación criminal, pero quizás el antecedente más cercano de “El adversario” sea otra novela, esta sí de ficción. Hablo de “El extranjero” de Albert Camus, también una historia sobre un asesino y su condena. Sobre todo porque la frialdad de Romand recuerda más a aquel Meursault  de glacial indiferencia para con el mundo que lo rodea y al que todo le da igual, que a la pareja de outsiders que asesinaron a la familia Clutter.

Por cierto que, aparte de la cinta mencionada al comienzo, hay al menos dos films más que se inspiran en la novela de Carrère. La primera es “El empleo del tiempo” y está dirigida por Laurent Cantet. No puedo hablar de ella porque aún no la he visto. No es el caso de “El adversario” (2002) de Nicole Garcia, la que pretende ser la adaptación más fiel y a la que le eché un ojo hace un par de días. Y para mi sorpresa está bastante conseguida. Pasando por alto que, quizás, me imaginaba a un Romand con una jeta diferente a la del gran Daniel Auteuil. Cuestión menor, lo sé. Quejarse de vicio lo llaman… Porque no vi una foto de Romand hasta después de leer el libro y la verdad es que tampoco me lo imaginaba como realmente es (o era).

Cuando uno está metido en ese engranaje de no querer defraudar, la primera mentira lleva a otra y es toda una vida (…) Cuanto más avanzaba la mentira, más dura era revelarla”

jueves, 29 de enero de 2009

La clase


Precedida de una ristra de buenas críticas y habiendo sido premiada con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes -¡la primera película francesa que lo logra en veinte años!-, se presentó ante nosotros “La clase”, dirigida por Laurent Cantet. Y he de decir que me ha gustado bastante, la verdad. Pese a sus aires de docudrama y a que se desarrolle, casi por completo, entre las paredes de un colegio en algún suburbio de París. La cinta se centra en la labor de un profesor de lengua, que imparte clases a un grupo multirracial de adolescentes situados en el escalafón más bajo de la sociedad. Y veremos cómo se desenvuelve entre ellos a lo largo de todo un curso académico. Y es que, lo más interesante en “La Clase” es la figura de ese profesor. François Bégaudeau, que así se llama el tipo. Siendo además el autor del libro en el cual se basa la película. Mostrando las dificultades con las que se topa en su día a día y haciéndonos partícipes, de una forma que me ha parecido muy valiente, de sus constantes contradicciones. Y es que, lejos de ser una figura ejemplar, el docente tiene una virtud fundamental: el gran empeño con el que se aplica en la labor de transformar a sus alumnos en ciudadanos de provecho a través del diálogo.

Seguramente no estemos ante la obra maestra que nos han querido vender. Vale que todo lo que nos llega desde Francia suele estar muy bien visto por la crítica oficial del Reino. Pero sí creo que es una película estimable. Además, dados los tiempos que corren, resulta muy necesaria por su sinceridad y honestidad. También por ese reflejo de la identidad moderna francesa  y por extensión - y cada vez más- la española y la europea. Incluso incorpora un bonito homenaje al mundo de la enseñanza que quienes se dediquen a ello seguro agradecerán. Como también hay que agradecerles a los miembros del Jurado del Festival, que nos hayan ahorrado tener entre nosotros a la enésima obra maestra iraní o afgana premiada en Cannes. Otro punto a favor de “La clase” .
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