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jueves, 19 de marzo de 2020

Limónov, desde Dzerzhinsk al infierno

Dzerzhinsk es una ciudad rusa situada a unos ochocientos kilómetros de Moscú que debe su nombre al primer jefe de la NKVD -el temido departamento soviético de asuntos internos-. Fue además uno de los principales centros de producción de armas químicas de Rusia, con acceso vetado a los occidentales hasta hace cuatro días. Ahí mismito nació Eduard Veniamínovich Savenko, más conocido como Limónov, el escritor de esta macarrada y el protagonista de esta otra. Y no parece casual. Supone un comienzo perfecto en la vida de este aventurero, playboy y militante anarco-fascista -admirador de Stalin y la vez amigo de Karadzic o Le Pen padre- cuya biografía parece el guión de una peli de Tarantino. El fulano que creó y lideró a los nazbol hasta anteayer, cuando pasó a mejor vida. Y es que ya no podremos volar a Moscú y hablar con Limónov de sus planes de gobierno

Ícono underground, Limónov se dio a conocer a través de una serie de novelas en las que narra su exilio en los EEUU a mediados de los setenta – “Soy yo, Édichka”“Historia de un servidor” y “Diario de un fracasado”-. Si bien, mi puerta de entrada al universo del artista fue la fantástica biografía firmada por el rusófilo Emmanuel Carrère. Ya en plena década de los ochenta se mudaría a París, donde participará en varias revistas literarias. Sus trabajos en esa época, también autobiográficos, van más en línea de escandalizar a la plebe con sus historias sexuales –“El poeta ruso prefiere los negrazos”-. Regresaría a su país natal ya en los noventa, coincidiendo con la caída del régimen soviético, para centrarse en cuestiones políticas. Dando cauce a su verborrea delirante a través del periódico Limonka, a la sazón boletín oficial del Partido Nacional Bolchevique, fundado por él mismo. Acusado de terrorismo, conspiración por la fuerza contra el orden constitucional y tráfico de armas, acabaría dando con sus huesos en la cárcel. Pero eso no contuvo su actividad y, una vez fuera, montó La Otra Rusia para continuar esparciendo su mensaje político contradictorio, casi siempre opuesto a Putin, aunque menos hacia el final. Gracias sobre todo a su sesgo nacionalista en temas como el de la anexión rusa de la península de Crimea.

Un tipo que se desenvolvió en la vida como un pececillo de plata entre el papel impreso. No discriminando entre ídolos e ideologías. Capaz de navegar entre los textos de Lenin y Hallier, admirar las bondades del capitalismo para luego criticarlo y ensalzar el modelo soviético. Incorporando casi cualquier cosa al batiburrillo de cuestiones sin sentido y lecturas medio digeridas que había en su cabeza. También es verdad que, como dijo en una entrevista reciente, “cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kalashnikov”. ¡Ea! Descansa en paz tío loco.

martes, 17 de marzo de 2020

“Nuestra parte de noche”, de la Enríquez


Tendemos a enfatizar el hecho de que los dioses de la antigüedad gozaran de poderes sobrehumanos, pero me parece más esclarecedor el uso poco amable de los mismos, por decirlo de una manera suave. La voluntad impuesta de Zeus, Wotan u otros mendrugos adorados por diferentes culturas de aquí y allá resultaba, en no pocas ocasiones, caprichosa, egoísta y lesiva. Supongo que es lo que tiene ser inmortal y disfrutar de las capacidades de someter a cualquiera. Con todo, se supone que algunos usaron esos poderes más centrados en aquello de hacer el bien –y lo que cojones signifique eso- que en lo contrario. De ahí la responsabilidad de cada cual a la hora de declararse acólito del Superman de turno. Y es que la elección de deidad dice más de nosotros que de la propia deidad, que dejó escrito alguien. En mi caso y si fuese capaz de pasar por alto mi ateísmo militante, bebería los vientos por un Dios del tipo destroyer. Aunque puestos a pedir preferiría que los súper poderes me los confiriesen a mí y ser yo el ungido… ¡Os ibais a cagar! ¿Habéis visto “Chronicle” o “El hijo”? Una mariconá al lado de lo que iba a ser esto...

Todo para introduciros a la peña de La Orden, culto dedicado en cuerpo y alma a la veneración de un Dios antiguo que se manifiesta como una oscuridad voraz. Los miembros del mismo conocen a este Dios y le piden cosas chungas, porque en general son más malos que un dolor de muelas. O que el coronavirus, que resulta más actual. Cierto que esto de La Orden no existe en nuestra realidad, al menos que sepamos. Es una invención terrorífica de Mariana Enríquez incluida en su último libro “Nuestra parte de noche”. Una novela tremenda en la que valoriza las supersticiones, los mitos góticos y las leyendas de los pueblos originarios, que resulta siniestra, poética, tierna y hasta política. ¿Qué no puede ser? Acábatela y después me cuentas.

La cosa comienza con un padre y un hijo que atraviesan Argentina por carretera, desde Buenos Aires hacia la frontera norte con Brasil y Paraguay. Son los años del Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura que se instaló en la patria del flaco Spinetta y Borges entre el golpe de estado de 1976 y el gobierno de Alfonsín. Descubriremos que el padre trata de protegerlo del destino que le ha sido asignado. Una condena heredada que seguramente le arrastrará a él, médium del culto arriba mencionado, como ya se llevó por delante a la madre, muerta en circunstancias poco claras. Al final “Nuestra parte de noche” resulta ser una suerte de road trip trasandina que incluye una reflexión sobre la paternidad en un sentido amplio. Y es que el extraño vínculo entre los protagonistas principales y la reflexión sobre si algunas cosas merecen realmente la pena, son con mucho lo mejor de la novela.

Sin olvidar que es un libro de la Enríquez y por lo tanto esencialmente una novela de terror alla maniera di, es decir, vinculando lo cotidiano y la realidad política de su país, con el consabido interés por lo esotérico, los mundos paralelos y los rituales. Influida por la narrativa gótica clásica, las novelas victorianas, las historias “juveniles” de Stephen King, el viaje post apocalíptico dibujado por McCarthy en “La Carretera”, los mundos mágicos del chalao de Jodorowsky, pero también el rock y el cine. ¡Si hasta hay un cameo de Bowie!

La novela, cuya única pega es que, quizás, sea excesivamente larga, está escrita de una forma muy guay. Variando según las voces de quienes la protagonizan y hacen de narradoras. Partiendo de un verso en un poema de Emily Dickinson, se estructura en seis partes, reflejando puntos de vista diferenciados que abordan diferentes épocas que van desde el Londres bohemio y libertino de los sesenta, al Buenos Aires juvenil de los noventa. La verdad es que me ha parecido un novelón en todos los sentidos. Lo del Premio Herralde me la suda, aunque supongo que a ella no, claro.   

miércoles, 14 de agosto de 2019

La expo del MALBA: Leandro Erlich “Liminal”


La palabra liminal no está incluida en el Diccionario de la R.A.E. La única entrada que se registra y que estaría relacionada es liminar, “perteneciente o relativo al umbral o la entrada”. Lo cierto es que la liminalidad existe al margen de lo que diga la Academia y tiene que ver con el límite o la frontera. Se trata de un concepto profusamente usado en el ámbito de la psicología y remite a aquello que no está ni en un sitio ni en otro, sino más bien en el umbral, entre lo que se ha ido y lo que está por llegar. La noción fue acuñada por el etnógrafo y folclorista francés Arnold Van Gennep siendo posteriormente desarrollada por el antropólogo escocés Victor Turner.

Podría decirse que hay estadios o fases, como la enfermedad, la adolescencia, la duermevela o la locura transitoria, que son en esencia liminales. También los viajes. En este sentido también puede hablarse de lugares liminales, como un aeropuerto o una estación de autobuses. O una cárcel. Y ya puestos, un hospital y hasta un aula. Y de eso es de lo que va la exposición del argentino Leandro Erlich en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. La primera antología del artista en América y que reúne una selección de veintiuna instalaciones producidas desde 1996 hasta la fecha. Entre ellas destaca “Swimming Pool”  o “La Pileta”, alojada permanentemente en el 21st Century Museum of Art of Kanzawa, en Japón, pero que también fue exhibida en la Bienal de Venecia del 2001. Quizás la obra de Erlich más reconocida a nivel mundial.

La verdad es que gustó mucho la exhibición de este “Bansky porteño”. Bastante más que la colección permanente de un museo al que tenía muchísimas ganas de ir, pero que me decepcionó profundamente–a excepción de las pinturas de Antonio Berni-. Además de la obra arriba mencionada, la muestra incluye “La vista” de 1997, “Vecinos” de 1996, “La vereda” del 2007, “Las Nubes” de 2018, “El Avión” del 2011, “Puerto de memorias” del 2014, “Vuelo nocturno” de 2015, “Peluquería” de 2017 y “El Aula” del mismo año. Todas ellas destacan por una apariencia de cotidianeidad que encierra una trampa. Y es que lo que vemos desafía las reglas del mundo tal cual lo conocemos. Situándonos en ese espacio liminal que da título a la exposición.

Lo cierto es que, ahora que lo pienso, Argentina también es de alguna forma uno de esos espacios liminales. Un país liminal, siempre a medio camino entre la normalidad que se ha ido y el desastre que se le viene encima. Y sino echadle un ojo a las noticias relacionadas con el país trasandino. No importa cuando. Ahora es por el revolcón electoral de Macri y la posible vuelta del kirchnerismo, ayer por lo contrario y mañana quien sabe.
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miércoles, 7 de agosto de 2019

El cementerio de la Recoleta


No hace ni una semana que volvimos a casa tras pasar las vacaciones de invierno en Buenos Aires. Las del invierno austral se entiende, renegones. Y no hace falta que me recordéis que en periodo sabático todos los días son fiesta… ¡Dejadme acabar la puta entrada e iros a joder a otra parte, so mamones!

Porque sí, fueron unos días que vinieron la mar de bien para oxigenar el cerebro. Paseando por una ciudad inmensa que plantea muchos y variados panoramas. Y la verdad es que me gustó bastante. Lo pasé realmente bien en Buenos Aires. No tanto por esa monumentalidad que la hace diferente al resto de capitales sudamericanas. Más bien por su día a día, la vida en los barrios, la abundante oferta cultural y sobre todo por resultar pateable, a diferencia de la mayoría de ciudades en esta parte del mundo. Así pues, desgastamos suela, nos mojamos a base de bien con los esporádicos chaparrones, nos dio para ver algunas exposiciones bastante chulas y otras no tanto, asistimos a una milonga o dos, hicimos turismo de librerías y cafés hasta la extenuación, también del de toda la vida y compramos algunas chorraditas en ferias y mercadillos, amén de alguna que otra rareza discográfica. Pero sobre todo engordamos varios kilos por culpa del bife de chorizo, las milanesas, las empanadas, esas pizzas a la piedra con demasiado queso, el choripán, los alfajores Havanna y los vinos de Mendoza. Ah! También visitamos los monumentos más característicos de la autodenominada “París de Latinoamérica”...

Respecto a esto último decir que lo que más nos impresionó fue el cementerio de la Recoleta. De hecho nos gustó tanto y estaba tan cerca del hostal en el que nos alojamos, que lo visitamos hasta en tres ocasiones. Con lluvia, nubladito y con Sol radiante. Secos e molhados. A primera hora y bien entrada la tarde. Con poca gente, con algo más de afluencia y hasta más solos que la una. Y no hubo un cuarto paseo de pura casualidad. Y de esto os quería hablar... Del cementerio, vaya.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, mi gusto por estos reductos de paz y tranquilidad viene de lejos. Incluso antes de mi fase gótica, allá por el pleistoceno medio, ya gustaba de vagar por las rúas de los camposantos sin buscar nada o a nadie en particular. Deambular a través de las tumbas, los mausoleos y panteones disfrutando del silencio y la quietud. Fijarme en las construcciones, leer las inscripciones y fotografiar los motivos decorativos. Siempre que puedo me acerco a los más representativos de aquellos sitios a los que viajo. Y este de la Recoleta no podía ser menos. Es de los que merece la pena. De su interés da buena cuenta el hecho de que existan varias obras dedicadas al mismo y que sea uno de los lugares más visitados de Buenos Aires. Vaya, que era una parada obligatoria de nuestro viaje que tenía anotada desde mucho antes de leer a la Mariana Enríquez.

El cementerio se encuentra ubicado en el acomodado barrio de la Recoleta, que en el siglo XVIII era un lugar insalubre y despoblado al norte de la ciudad. Nada que ver con lo que es hoy día, repleto de tiendas pijas, restaurantes caros y cervecerías artesanales. Allí se instalarían los frailes de la orden de los recoletos descalzos, quienes levantarían un convento. Y sobre este se erigió el que sería el primer cementerio público de la ciudad. Un fosal que será declarado monumento histórico nacional en los años cuarenta, debido a la riqueza histórica y arquitectónica que alberga. Además de ser un espacio mítico del imaginario porteño.

De los allí enterrados destacan figuras fundamentales en la historia de Argentina como Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen o el autor del himno nacional, Vicente López. Pasando por el presidente Alfonsín o Evita Perón, cuyo sepulcro es parada obligatoria para todo turista que se precie de serlo y eso a pesar de que, por mucho interés que pueda suscitar el personaje, como arquitectura no vale gran cosa. También descasan los restos de Domingo Faustino Sarmiento, uno de los intelectuales latinoamericanos más importantes del siglo XIX. Y los de otras personalidades argentinas, como el premio Cervantes de 1990, Adolfo Bioy Casares, el premio Nobel de Química de 1970, el franco-argentino Luis Leloir, o quien fuera entrenador del Real Madrid campeón de Europa a finales de los cincuenta, don Luis Carniglia. También hay espacio para ilustres representantes de la nobleza criolla de apellido Anchorena, Álzaga, Unzué o Pereda. Sin embargo ninguna de sus tumbas me pareció entre lo más interesante de la necrópolis.

Ese honor queda reservado para las de Juan Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos” y esa estatua de una virgen con capucha sobre una gran columna blanca. O la de Liliana de Crociati, en estilo neogótico, con grandes vidrieras y una estatua a tamaño natural de la fallecida en bronce verde azulado. Vestida de novia y con la mano derecha apoyada sobre la cabeza de su perro, muerto el mismo día que ella por una avalancha -Me viene a la cabeza aquello de Shakespeare de “depositadla en la tierra y que de su carne virgen e impoluta broten violetas…”-. O el mausoleo en mármol negro de Luis Ángel Firpo –que ver con el internacional sub-21 español, recientemente fichado por el Barça-. El primer boxeador latino en luchar por el título mundial del peso pesado. Y qué decir de la de Rufina, hija del escritor Eugenio Cambaceres, sepultada viva a los 19 años tras sufrir un episodio de catalepsia. La destrozada madre no dudo en acentuar el dramatismo del episodio y mandó construir un imponente monumento donde se puede ver la figura de la joven intentando abrir la puerta, símbolo de lo que no logró hacer una vez enterrada viva. También está la tumba de David Alleno, un inmigrante italiano que fue cuidador del cementerio y cuyo sueño era ser enterrado en su interior. Para eso tuvo que ahorrar durante años hasta poder comprarse una parcela, después construir la bóveda y encargar una escultura que le representase ataviado con sus elementos de trabajo. Una vez conseguido, avisó a la administración que dejaba de trabajar y marchó para casa a cumplir con el sueño de su vida. Se pegó un tiro.
Existen otras historias y mitos que podéis leer en cualquiera de las publicaciones que sobre el cementerio existen. Como el de doña María Magdalena, viuda del patriarca de los Álzaga, que se enclaustró para siempre en su casa de la calle Bolívar junto a sus seis hijas adolescentes. O el curioso secuestro del cadáver de doña Inés Indart de Dorrego al cargo de los caballeros de la noche. También está lo de la cabeza de Marco Avellaneda y el valor de Fortunata García, o el suicidio de la poetisa Agustina Andrade y la increíble historia de su marido, el explorador y científico Ramón Lista. Lo del asesinato de Abel Ayerza a manos de la mafia y a causa de un malentendido. Ángel Zuloaga y el mítico viaje en globo sobre la cordillera de los Andes. Y cómo no, el periplo del cadáver de Juan Manuel de Rosas desde el cementerio de Southampton hasta la Recoleta…

Con todo, las historias son casi lo de menos. Lo flipante es el cementerio en sí. Como manual caótico de estilos arquitectónicos, vaya. Por como muestra a través de la arquitectura, la evolución de Argentina desde los tiempos en que fue potencia económica, hasta ahora, con sus crisis y corralitos varios. Por la ingente cantidad de imponentes mausoleos y esplendorosas bóvedas, con sus mármoles, vitrales y esculturas. Algunos se conservan impecables, otros están ya a medio caerse, con los hierros carcomidos por el óxido, sus cristaleras destrozadas y llenos de telarañas. Los hay que han quedado expuestos al transeúnte, que podría tocar esos ataúdes desplazados y a la vista si quisiera. Una lugar mágico al que no le hacen justicia las fotografías que he colgado. Pero son las mejores que tengo... ¡Y eso que tomé más de trescientas!

Hasta aquí mi reporte de este “terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía”, tal cual definió Ambrose Bierce a los camposantos. Maravillosa Recoleta. Ojalá pueda volver. Vivo. 







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viernes, 19 de julio de 2019

Cuatro lecturas dispares sobre Chernobyl


Cuando ya ha pasado más de un mes desde que HBO emitiera el último de los cinco capítulos de esta miniserie y, de alguna forma, la ola de entusiasmo se ha disipado, es momento de que este menda os hable sobre la última creación de Craig Mazin. “Chernobyl”, dirigida por el sueco Johan Renck, es un drama histórico que recrea el desastre de la central nuclear ucraniana de abril de 1986, contando las historias de aquellos que, supuestamente, lo causaron y de quienes pagaron por ello. Según he leído, bebe de los recuerdos locales de Pripyat recogidos por la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich en su libro “Voces de Chernóbil”. Una obra literaria que descansa en mi estantería desde hace tiempo y a la que no acabo de hincar el diente. 

Antes de nada una anécdota de pre-adolescencia. Servidor forma parte de esa generación de europeos que un 29 de abril de 1986, tres días después del accidente, se desayunó con la noticia de que había una nube radioactiva pululando por el viejo continente. Y que si no moríamos todos poco iba a faltar. Bueno, esto último no sé si fue tan así. Seguro que estoy exagerando. Pero os imaginareis lo sugestionada que estaba la mente de un niño que, por aquel entonces, ya leía historias de Julio Verne, Boy Lornsen, los tebeos de Dany Bub y los de Tintín. Recuerdo que el acojonamiento era más o menos generalizado. Al menos en mi entorno pueblerino. Hasta el punto de dejar apartadas el resto de preocupaciones. Que vaya, en ese momento y con esa edad no pasarían de evitar las collejas del chulito del cole o que me partieran la trompa jugando a el rogle. Bueno, también hinchar para que Duckadam, Belodedici, Balint, Lacatus y Piturca se follaran al Barça en la final de Copa de Europa a disputar en Sevilla, como finalmente ocurriría.

Así pues, como os podéis imaginar, no podría haber recibido con mayor expectación un producto como este. Quien dice expectación dice entusiasmo, por mucho que fuera consciente de que la fabulación iría más allá de lo que realmente sucedió y que eso serviría a los productores, tan occidentales ellos, para plantear una enmienda a la totalidad de aquel bonito sueño que fue la URSS, con su economía planificada y el milagro de la abundancia en cuatro sencillos pasos. Y no seré yo quien reivindique un proyecto a todas luces fracasado, pero me carga que se niegue el pan y la sal a cualquiera de los que creyeron sinceramente en aquello. Y sobre todo que se oculten los logros de aquel modelo político y económico, que también los hubo.

Dicho lo cual, vamos al asunto: Las cuatro lecturas dispares anunciadas al comienzo. Más que dispares contrapuestas. Lo cual deja a este humilde bloguero al nivel de un Pdr Sncz diciendo una cosa hoy y mañana la contraria, o al de un Alberto Carlos haciendo… Bueno, no, al nivel del farlopero jamás.

La primera es que “Chernobyl” mola un puñao. Por intensidad, por la fuerza de las imágenes ligadas a la música de Hildur Gudnadóttir y también a la no-música de muchas escenas… Por la forma en que la cámara penetra en la historia, aislándolos en los detalles más ínfimos… Porque nos transporta a un tiempo y un lugar absolutamente conseguidos, a un escenario creíble… También porque el elenco actoral es estupendo, en algún caso -como el de Jared Harris en el papel de Valeri Legasov, el de Con O’Neill como director de la central, o en el del secundario que hace de líder de los mineros-, absolutamente maravilloso. Por el sonido, los diálogos, la iluminación, el montaje, los encuadres y movimientos de cámara, los decorados… Por ese color desvaído que lo impregna todo… Lo cierto es que todo brilla a gran altura. Dando lustre a una etiqueta como “HBO presents” que suele asociarse a calidad, aún cuando a veces sea discutible. También por como esas imágenes reproducen una realidad que conmueve. Dibujando un escenario en plan “qué coño pasaría sí…” de forma tal que nos olvidamos de que todo eso ya pasó. De verdad que pasó.

Peeeero… la serie está rodada en inglés. Y eso mola menos. Hasta el punto que me cuestiono si realmente importa verla en versión original. Y es que escuchar a Gorbachov, a los camaradas Briujanov, Shcherbina o Pikalov interactuando en un inglés con acento de Londres, me recordó a aquellos blockbusters ochenteros en los que los rusos siempre eran los malos y hablaban entre sí en jerga de Kentucky pero con acento de Vladivostok. Vaya, que los actores ingleses son cojonudos, no cabe duda. De hecho estoy bastante de acuerdo en aquello que afirmaba Garci de que, junto a los argentinos, son los mejores en lo suyo. Pero la cuestión idiomática chirría. La historia es demasiado soviética como para pasar esta circunstancia por alto. Y esa es mi segunda lectura.
Aún mola menos y esta es la tercera, por cómo afronta la cuestión política de fondo. Más bien por lo maniqueo del planteamiento. Todos sabemos que el cine es un lenguaje y por lo tanto es un medio de llevar un relato y de vehiculizar ideas. Esto viene siendo así desde Griffith hasta Ken Loach, pasando por Visconti y por supuestísimo por un Sergei Eisenstein que siendo soviético viene bastante al caso. El cine es un medio de información pero también de propaganda y esta serie, que incide especialmente en el empeño de los soviéticos por impedir que se conociera la gravedad de lo acontecido en Chernóbil, no escapa a esa premisa. No porque lo que cuente sea mentira, supongo, sino por como lo cuenta y, sobre todo, por lo que decide no contar. Presentándonos a un gran villano, el sistema soviético, pero eludiendo que cuando se produjo el accidente ese sistema ya no existía. Eran tiempos de Perestroika, el proceso de reestructuración y desmantelamiento del antiguo régimen soviético capitaneado por Mijail Gorbachov. Alguien que también tiene su cuota de pantalla en “Chernobyl”, presentado como un zote, o más bien un pelele preso de los burócratas. Una retahíla de hijos de puta, viles y mentirosos, que simbolizan el terrible funcionamiento de las cocinerías de la URSS. Como si estas cosas fueran diferentes en el mundo libre de entonces y en el de ahora. Y a la actualidad política de Españita o el Chilito lindo que tan bien me acoge, me remito. Con todo, lo peor es el antagonismo de esos insobornables y abnegados científicos que velan por el progreso compartido y el bien de la humanidad. Unos seres de luz que al parecer nada tuvieron que ver con el merder que se les/nos vino encima. A otro perro con ese hueso…  Ai Marededeu si todo fuera tan sencillo…

Y ya para acabar mi cuarta lectura. Tiene que ver con ese tonito moralizante e hipócrita que incide en los peligros de la energía nuclear pero no para criticarla como fuente de energía, sino para cuestionar que sus beneficios caigan en manos de los malosos. Vaya, lo mismo que hace Trump señalando a Irán, Corea del Norte y demás miembros honoríficos del eje del mal por desarrollar idénticas tecnologías a las que se exploran desde hace décadas en el país de las barras y estrellas. Vamos, que está bien crear bombas atómicas capaces de arrasar ciudades enteras en cuestión de segundos, siempre y cuando lo hagamos nosotros que somos los buenos, pero no ellos. Todo muy olrait. Y es que, como vemos en un vergonzante pasaje del penúltimo episodio de “Chernobyl”, ¿vamos a aprobar que tengan centrales nucleares unos tipos que no dudan en matar perritos a sangre fría? Que más dará si lo hacen para que la contaminación no se propague y que hayan muerto nosecuantos ucranianos intentando reconducir la situación... Todo tiene un límite y este se sitúa en cosas como el sacrificio de mascotas contaminadas. En serio, ¡¿Perritos?! ¿Qué hostias le pasa a esta peña?

Y esto es todo lo que tengo que decir sobre esta miniserie que habla del principio del fin de la guerra fría y de alarmas nucleares. Un producto televisivo de impecable factura y que, aunque ahora no os lo creáis, he disfrutado bastante. Me ha gustado más de lo que me ha disgustado y de hecho le he cascado un siete en el Filmaffinity. ¡Quién te entienda que te compre, Sulo!  

Ah! Y por cierto, acabo de ver lo de las tropecientas nominaciones a los Emmys… Supongo que volverá el entusiasmo que os comentaba al principio.

Eso y que si queréis ver fotos chulas de las consecuencias del desastre, aquí os dejo esta entrada de hace ocho años… ¡Cómo pasa el tiempo conchasumare!  

martes, 25 de junio de 2019

El salto de papá

El padre de Martín Sivak fue más literal en lo de aprender a volar que el de Patterson Hood. Al menos eso se desprende del abrupto final que justifica este libro, auténtica revelación editorial del pasado 2018 en Argentina. No se trata de una biografía al uso, ni tampoco de la exaltación de una obra. Y es que, como dice este profesor, editor y periodista bonaerense, su papá no fue ni presidente, ni gobernador, ni general, ni revolucionario, ni intelectual, ni escritor, ni empresario influyente, ni deportista destacado, ni siquiera un mártir. Jorge Sivak fue un banquero comunista que se suicidó el 5 de diciembre de 1990 lanzándose desde un piso dieciséis, el día que se había decretado la quiebra de su empresa. Una tragedia que marcaría la vida de los suyos y especialmente la de su hijo mayor, que tenía quince años por aquel entonces. Un cuarto de siglo le ha costado publicar algo al respecto.

Con todo, no es este un libro triste. Está escrito desde el amor, desde el afecto, pero riéndose de uno mismo, del padre y de toda la familia Sivak. Transformando una historia dramática en una suerte de investigación periodística repleta de momentos divertidos y otros no tanto. Reconstruyendo la vida de quien fuera dirigente estudiantil, guerrillero, abogado defensor de presos políticos, preso político y después exiliado político. Todo eso sin abandonar la empresa familiar. Un pequeño imperio creado gracias a la habilidad mercantil del abuelo Sivak y a los fondos secretos del Partido Comunista, que quedarían a su cargo cuando el hermano mayor fuera asesinado a mitad de los ochenta.

El secuestro y asesinato del tío Osvaldo, a cuya memoria está dedicado el libro, fue la otra tragedia que marcó a la familia. Muy especialmente al padre, que nunca llegó a recuperarse. Ni a su tía Marta Oyahanarte, quien se alejaría de los Sivak para después pasar por distintas formaciones políticas hasta ocupar un puesto en el gobierno de Néstor Kirchner. Asunto bastante mediático que formó parte de una serie de secuestros extorsivos que realizaron policías y militares que habían formado parte de la estructura represiva de la dictadura y que con la llegada de la democracia, se reciclaron de este modo. En 2015 Pablo Trapero dirigió una película sobre el tema.

Supongo que en la decisión de escribir un libro sobre tu padre hay algo de soberbia y otro tanto de exhibicionismo. Nuestras vidas o las de los nuestros no son tan importantes. Además, no tienen por qué ser interesantes. A pesar de lo dicho, me alegro de que Martín Sivak haya compartido con nosotros los emprendimientos comerciales absurdos y esas relaciones políticas tan extrañas de su difunto padre. Y que con eso, indirectamente, aprendamos algo de la historia reciente de Argentina. Y es que el libro habla mucho de ese tambaleante y hasta explosivo momento histórico en el país austral. También del rojo de Avellaneda y de Ricardo Enrique Bochini, por supuesto. Y es que no se concibe una historia argentina sin referencia al deporte rey. Ni una mención a Independiente sin hablar de el Bocha

lunes, 3 de junio de 2019

Lo de Pablemos, las chirigotas de Cai, l'alcalde en besicleta, los Carmenitas Descalzos, la Berdadera Hisquierda, el PPOE, lo indie-folk, la Colau, el nacionalismo español no consciente y otras mandangas


Hace tiempo me obligué a no escribir una línea más sobre política. De hecho, revisando el histórico de entradas, observo como la última vez fue en verano del 2016. Y eso que en los comienzos, rara era la semana que no colgaba un mínimo de dos. Eran otros tiempos, vaya. ¿Qué motivó el cambio? Podría daros una explicación más o menos detallada o balbucear cualquier parida a modo de justificación simpática. Pero ni lo uno ni lo otro. Tan solo diré que a veces en la vida es preferible tomar distancia con según qué cosas. Y no espero que estéis de acuerdo conmigo. Vaya, que si lo estáis bien y sino pues también. Con todo y aunque pueda parecer una enmienda a lo anterior, aquí os dejo esto de “Cien años de Soledad”. Que no es política sino literatura. Y de libros en este blog sí se habla y mucho. El que quiera entender que entienda.

“En la calurosa sala de visitas, junto al espectro de la pianola amortajada con una sábana blanca, el coronel Aureliano Buendía no se sentó esta vez dentro del círculo de tiza que trazaron sus edecanes. Ocupó una silla entre sus asesores políticos, y envuelto en la manta de lana escuchó en silencio las breves propuestas de los emisarios. Pedían, en primer término, renunciar a la revisión de los títulos de propiedad de la tierra para recuperar el apoyo de los terratenientes liberales. Pedían, en segundo término, renunciar a la lucha contra la influencia clerical para obtener el respaldo del pueblo católico. Pedían, por último, renunciar a las aspiraciones de igualdad de derechos entre los hijos naturales y los legítimos para preservar la integridad de los hogares.

-Quiere decir -sonrió el coronel Aureliano Buendía cuando terminó la lectura- que sólo estamos luchando por el poder.

-Son reformas tácticas -replicó uno de los delegados-. Por ahora, lo esencial es ensanchar la base popular de la guerra. Después veremos.

-Es un contrasentido -dijo-. Si estas reformas son buenas, quiere decir que es bueno el régimen conservador. Si con ellas logramos ensanchar la base popular de la guerra, como dicen ustedes, quiere decir que el régimen tiene una amplia base popular. Quiere decir, en síntesis, que durante casi veinte años hemos estado luchando contra los sentimientos de la nación. Iba a seguir, pero el coronel Aureliano Buendía lo interrumpió con una señal. «No pierda el tiempo, doctor -dijo-. Lo importante es que desde este momento sólo luchamos por el poder.» Sin dejar de sonreír, tomó los pliegos que le entregaron los delegados y se dispuso a firmar.”


Supongo que esta sí es la última. Lo juro. Como aquella vez cuando juré no volver a tomar vodka. En fin... Nostrovia!

miércoles, 18 de octubre de 2017

Maudit Allende

Me ha gustado bastante este cómic en torno a la figura de Allende –y la de Pinochet-, escrita por un francés e ilustrada por un argentino. El francés es Olivier Bras y fue corresponsal para medios francófonos en Chile, además de colaborar con Juan Guzmán en el libro “En el borde del mundo - Memorias del juez que procesó a Pinochet”. De ahí que tire de su experiencia personal en el país transandino para montar una historieta que bien podría ser real. La de un chaval nacido en Chile pero criado en el extranjero, a dónde emigró junto a su familia a comienzos de los años setenta. Hijo de pinochetistas, recibe una imagen de Allende que poco o nada tiene que ver con la realidad. Años más tarde y gracias a una relación sentimental, acaba viajando a su país natal donde descubre una visión de la historia completamente diferente a la que le contaron. En paralelo a este descubrimiento, asistimos al auge y caída del recordado presidente chileno y a la traición del golpista militar porteño.
 

Más allá de la trama, la parte gráfica al cargo de Jorge González es muy interesante. Combina carboncillos, pasteles y lápices con técnicas cercanas al collage, dotando de una personalidad propia a cada viñeta del álbum. Muy chulo todo.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Soto Ivars, Foucault y Lewis Carroll

El otro día reflejaba por aquí cuan certero me había parecido el análisis que de la poscensura hace Soto Ivars en “Arden las redes”. Libro bien interesante cuya lectura recomiendo de nuevo. Me apetece recordarlo hoy, tras conocer que una mujer anónima ha perdido su empleo después de verter un comentario terrible sobre Inés Arrimadas en twitter. 

Comentaba el murciano que si alguien se ofende contigo por lo que cuelgues en las redes, te linchará digitalmente. Aunque no lo haga él directamente. Se bastará de sus acólitos quienes te insultarán una vez hayan reconocido la diana que tienes pintada en la frente. Si hace falta, hasta recogerán firmas para que te despidan. Para echarte del trabajo, que es exactamente lo que le ha pasado a una usuaria de twitter por culpa de un tuit machista y violento que no pienso reproducir aquí. En este, como en demasiados casos, la justicia la han dictado las redes y todos tan contentos. Y perdonadme si me acojona vivir en un país en el cual una turba de mónguers anónimos tras un teclado es quién dicta las sentencias. Debe ser por deformación profesional.

Quizás no recuerde demasiadas cosas de cuando estudiaba en la facultad, pero sí tengo grabado alguna cosita. Simplezas y naderías, como aquella que reza que en un país serio y democrático, la justicia la dictan los jueces y que los castigos deben ser proporcionales al delito cometido. Esto último se llama principio de proporcionalidad penal y exige un juicio de ponderación donde se valora tanto la gravedad de la pena como el fin que se persigue con ella. En definitiva, que un despido laboral por poner un tuit en tu perfil personal durante tu tiempo libre, por muy terrible que este sea, por muy execrable que sea lo que en el se manifieste, no es admisible para un Estado que se jacta de ser de derecho cada cuarto de hora.

Y luego hay otra cosa. Tiene que ver con otro comentario vertido en la misma red por un eminente miembro del PP el mismo día. Otro repugnante tuit, en este caso racista, dirigido al teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona a cuentas de su ascendencia argentina. No seré yo quien propugne un linchamiento digital y las consiguientes consecuencias en forma de cese o expulsión de este impresentable. Pero sí me llama la atención como aquí la maquinaria ha funcionado de forma diferente. Supongo que esto va un poquito más allá de lo que explica Soto Ivars en su libro. Un complemento al mismo que tiene que ver con las relaciones de poder. Aquello que decía Foucault de que la verdad la dictan los que mandan.

En un conocido pasaje de “Alicia a través del espejo”, la protagonista de la historia se sorprende de que las palabras puedan significar cosas tan diferentes. “La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.” Pues eso. Y que miedo da todo, tú.

lunes, 27 de junio de 2016

No se puede

Nunca me he sentido tan próximo a Leo Messi como en la madrugada de ayer y eso que no vi la final de la Copa América Centenario y de haber tenido el ánimo como para verla, hubiese apoyado a Chile. Al astro argentino se le rompió el alma tras perder su cuarta final consecutiva con la selección. Ganaron los chilenos tras una tanda de penaltis en la que la estrella del Barça falló el suyo, el primero y probablemente el último que lance embutido en la camiseta albiceleste. "Para mí se terminó la selección. Ya lo intenté mucho, me duele no ser campeón con la Argentina y me voy sin poder conseguirlo".
Adiós muchachos compañeros de mi vida...” que cantaba Gardel...
Le comprendo.

Mi sentimiento es similar esta mañana, pero por algo mucho más importante. Cosas de la resaca electoral. El pueblo soberano ha decidido que sarna con gusto no pica. Y es que al final ha vuelto a triunfar la pinza, pero no la tan cacareada por la dirigencia socialista, sino la que se pusieron los españoles (y mucho españoles) en la napia a la hora de depositar su papeleta en la urna. Se confirma con ello que hay entre un 25 y un 30 por ciento de españolitos a los que se la suda todo. Se vota al PP siempre, por tradición y aunque les roben en su propia casa. Uno de cada tres votantes, ¡poca broma! Así evitan, por ejemplo, que el Coletas rompa la sacrosanta unidad nacional y nos traiga aquí a Maduro y a Ahmadineyad de asesores gubernamentales. Eso debe ser. 

Y es que el resultado no ofrece duda. Las lecturas al mismo tampoco. La fidelidad de ese electorado resiste pruebas que cualquier democracia desarrollada difícilmente soportaría. Como decía Jesús Maraña esta mañana, estamos a años luz de cualquier otra referencia en occidente. Aunque quizás no tan lejos de esa deteriorada Venezuela a la que tanto recurren algunos. Rajoy puede que sea un hijoputa, pero es nuestro hijoputa y eso es lo que importa. Muy triste todo.

Alguien me dijo alguna vez que la gente no se queja realmente de la corrupción, tan solo de que no les llegue su parte del botín. Al final va a ser que tenía razón. Eso o que este es un país de pre-mentales y cuñaos. O las dos cosas a la vez, que es lo más probable. Borreguismo ilustrado. Nada para el pueblo pero con el pueblo.

Hoy es 27 de junio, jornada post-electoral. San Cirilo de Alejandría, día en el que el sol se pone más tarde. Y yo estoy devastado. Se confirma aquello que demasiados pronosticaban pero yo me negaba a ver. Este país no tiene arreglo. Nunca lo tendrá. Tan solo cabe huir de él como de la peste. Echar a correr sin mirar atrás y llegar lo más lejos posible antes de que se ponga el sol. Dejar toda esta mierda de una vez por todas. Me gusta pensar que el nuevo amanecer se producirá en un entorno mejor. Una pizca, no mucho más, algún lugar en el que exista un mínimo resquicio por el que la esperanza pueda colarse. Tampoco es mucho pedir ¿no? 
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