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martes, 27 de julio de 2010

El día que España ganó el Mundial

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Dicen que lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. Es por ello que aún no tengo claro si ganamos el Mundial de fútbol o ese logro sólo aconteció en la bizarra capital del juego. Es como lo de las bodas en las archiconocidas Wedding Chapels en donde la gente se casa vestida de Elvis y que tan sólo tienen validez dentro del estado de Nevada. Y es que, por marciano que os parezca, fue allí donde asistí a tan inesperado acontecimiento. Fue en un hotel casino del Strip, el Sahara (“Dijo Sahara?... suuure!!!”), una horterada que pretende asemejarse al palacio de algún jeque árabe, pero hecho de cartón piedra y que es fácilmente reconocible por sus altas torres multicolores. El sitio en cuestión aparece fugazmente en la peli Ocean’s 11 y, según he leído, tuvo cierta distinción en el pasado, cuando los miembros del Rat Pack o el cómico Jack Benny solían actuar en él. Hoy día esta repleto de chusma como servidor, y de turistas, como mis compañeros de aventuras, aunque también (muy de tanto en tanto) aparecen por allí los conductores estrella de la NASCAR.

Precisamente en un restaurante dedicado a ese deporte tan del gusto del público norteamericano, es donde nos apostamos para ver la final del Campeonato Mundial de Sudáfrica. Desde las 11:30 de la mañana, rodeados de holandeses ludópatas (alguno de ellos con muchas ganas de bronca) y apoyados por los camareros mexicanos y una familia de origen hispano de vacaciones en Las Vegas, padecimos lo insufrible hasta que el colegiado pitó el final del partido. Especialmente a partir del minuto 116, glorioso momento en que Chocolate Blanco Iniesta marcó ese golito que, a la fin y a la postre, supuso la victoria. Madre mía, que momentazo, que explosión de felicidad, que ganas de llorar… sí, lo reconozco, al Sulo también le van estas sucias emociones tan ajenas a la intelectualidad, que se le va a hacer… Tan sólo hubiese sido más lindo si el puto holandés macarra se hubiese caído de la silla y se hubiera abierto la cabeza… aunque bueno, en honor a la verdad hay que decir que, una vez finalizado el encuentro, el tipo tuvo los santos cojones de venir a felicitarnos. Siendo sincero, creo que yo no me hubiera comportado de forma tan caballerosa de haber perdido España. 

Y el caso es que la cosa pintaba mal, hasta muy mal, tras la inesperada derrota contra Suiza. La prensa nacional y también la internacional, comenzaron a soltar hostias contra “el eterno aspirante”, ensañándose con el seleccionador Vicente Del Bosque (aka Mr. Satán), al que consideraban un personaje sobrepasado por los acontecimientos y al que venía grande el puesto. Va a ser que no. Don Vicente, siempre exquisito en su comportamiento y humilde como pocos en este circo en el que abundan bocazas, sabijondos y tirititeros, tiene la mala suerte de no caer bien en determinados ambientes periodísticos, bien por no ser un maleducado como su antecesor en el cargo, bien por tratarse de un madridista confeso (faltaría más, si nació y se crió como futbolista allí!!!).

Y en estas estábamos cuando, sin saber muy bien como, nos plantamos en semifinales ¡por primera vez en la historia! Fue un día antes de tomar una serie de aviones que me habían de llevar hasta San Francisco. En ese momento pensé que si no podía ver el histórico encuentro daba igual. La selección, por una vez, había hecho un papel digno en una competición mundial. Ya le iba bien estando incluida entre los cuatro mejores combinados del mundo. Si caía eliminada no pasaba nada, no podía considerarse una decepción, sobretodo teniendo en cuenta que el rival al que habíamos de enfrentarnos era, ni más ni menos, que la nueva Alemania de Özil y Schweinsteiger, la de los once no nacidos de la sangre de Sigfried, la que acababa de arrasar a la Argentina de Maradona convirtiéndose con ello en la principal favorita al título.

Pues bien, nos encontrábamos de ruta turística en plena calle Haight, la que da nombre al histórico barrio de San Francisco en donde nació el movimiento hippie,  y al pasar frente a un Sports bar vimos que ponían el partido. Inmediatamente decidimos aparcar un rato el paseo y tomarnos una cervecita frente a la gran pantalla. ¡En buena hora lo hicimos! ¡Que partidazo! Posiblemente el mejor del Mundial 2010. Recuperando la esencia del tiki-tika que les llevó a ganar la Eurocopa 2008, los de Del Bosque se merecieron el pase a la final por su juego y lo consiguieron… vaya si lo consiguieron!!!... ¡con un cabezazo de Puyol que por poco no atravesó la red! La gente se volvió loca dentro del garito, repleto de seguidores españoles, la mayoría de ellos sudamericanos con camisetas de España más algún expatriado con la camiseta del Betis y la gorra del Atleti, además de turistas como nosotros. Peña llorando de la emoción y los lugareños aficionados al soccer rendidos a la Roja. Algo mágico. Y de ahí a la final, que me tocó ver en las condiciones que os he contado al comienzo. Más magia. Y al día siguiente el capitán Casillas flanqueado por sus compañeros alzando la Copa ¡¡¡en portada de Los Angeles Times!!! ¿Alguien da más? 

Acabo de volver del viaje y vale que tal vez es un poco tarde para escribir sobre esto… lo sé… pero creo que este humilde reconocimiento era necesario, al menos para mí. Sobretodo porque no sé si volveremos a vernos en una de estas.    

lunes, 5 de enero de 2009

América de James Ellroy


“El país nunca fue inocente. Los norteamericanos perdimos la virginidad en el barco que nos traía y desde entonces hemos mirado atrás sin lamentaciones. Pero no se puede atribuir a nuestra pérdida de la virtud a ningún suceso o serie de circunstancias en concreto. No se puede perder lo que no se ha tenido nunca”

Así comienza el primero de los tres libros que configuran la “trilogía americana” o “trilogía de los bajos fondos” de James Ellroy, recorriendo la historia de EEUU desde finales de los años cincuenta hasta mediados de los setenta. Se titula “América” y fue publicado en 1995. A través de un ingente número de pesquisas novelesco-policíacas, mezclando la ficción y la realidad, Ellroy construye “nerviosos frescos” sobre uno de los momentos más mitificados de la Historia del siglo XX. Y vaya que, en razón de sus descubrimientos -auxiliado por varios investigadores privados- la cosa no debe andar muy lejos de la verdad no revelada.

Se trata pues de un trayecto novelado que nos sumerge en uno de los episodios más oscuros de la política estadounidense, de la mano de unos tipos que se codean con auténticas celebrities y mitos reales que, todo sea dicho, no salen muy bien parados. En este primer libro, Ellroy introduce a unos personajes que poco a poco nos van descubriendo las conexiones entre el clan más angelical e idolatrado de los EEUU, los Kennedy, y el crimen organizado. Conexiones que, en virtud de una política no compartida por esos incómodos compañeros de viaje, desembocarán en el magnicidio de Dallas.

La intriga política de este convulso período es el argumento central de “América”, desarrollándose a distintos niveles: Por un lado de la mano de Kemper Boyd, un policía corrupto relacionado con Pete Bondurant, matón a sueldo de la Mafia relacionado a su vez con periodistas sensacionalistas; Y por otro lado Ward J. Littell, un honrado policía antimafia que se verá obnubilado por la esperanza de la nueva administración Kennedy. A su vez, cada trama se complementa con pequeñas subtramas por las que deambulan secundarios de distinto pelaje, tales como Sal d’Onofrio, Fulo Machado o Lenny Sands. Conforme vamos consumiendo las 756 páginas de las que consta la novela, estas irán conectándose al igual que sus personajes. Y llegado el momento todas las piezas encajan.

Además el interés de la historia se acrecienta con la aparición de una serie de personajes de relumbrón, con un papel fundamental. Por ejemplo el excéntrico multimillonario Howard Hugues, el mítico sindicalista Jimmy Hoffa, el famoso director del FBI Edgar Hoover, los mafiosos Santo Trafficante, Sam Giancana o Carlos Marcello, el dictador cubano Fidel Castro y su hermano Raúl… E “instituciones” como la CIA, los Anticastristas, la Mafia de Chicago, el Sindicato de Transportistas, Hollywood, el Ku Klux Klan

Una característica fundamental en la novela es que todos sus personajes -¡absolutamente todos!- están de mierda hasta las cejas. No hay buenos en esta historia y eso es lo más terrible, dado el diferente estatus y condición de cada uno de ellos. Y es que esta es una máxima en la literatura de Ellroy, aquello de que quien más y quien menos tiene algo que ocultar. Y así se escribe la obra del por muchos considerado el principal continuador de la gran novela negra de nuestro tiempo. Digno heredero de Dashiell Hammett, Raymond Chandler o Jim Thompson, creadores del género allá por los años treinta. El hard boiled, del que antaño servidor era ferviente defensor y ávido lector. Ahora, lastimosamente, tan sólo ocasional.

Mucho tiene que ver en esto último, que Ellroy se viera abocado a la literatura casi por necesidad. Y es que, según el mismo ha reconocido en innumerables ocasiones, se hizo escritor para esclarecer el caso sin resolver del asesinato de su madre, Geneva Hilliker. “De ahí que mi estilo sea tan trepidante, que produzca tanto stress (…) sencillamente muestra la violencia de mis tramas, de mi vida”.

En todo caso y ya para finalizar, afirmar que “América” es un gran libro en todos los sentidos. Y que me lo he pasado pipa viajando entre sus tropecientas páginas. Espero con ansia el abordaje de “Seis de los Grandes”, la continuación a este. Os mantendré informados.

“La nostalgia como técnica de mercado nos tiene enganchados a un pasado que no existió nunca. La hagiografía convierte en santos a políticos mediocres y corruptos y reinventa sus gestos más oportunistas para hacerlos pasar por acontecimientos de gran peso moral.”
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