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martes, 28 de octubre de 2008

Manuel Tolsá, fotografías de su obra en México


Del 17 de septiembre al 16 de noviembre en el Museo de Bellas Artes de Valencia - San Pío V, tenemos la suerte de disfrutar de la muestra de fotografías que Joaquín Bérchez ha realizado sobre la obra del escultor y arquitecto valenciano Manuel Tolsá Sarrión (Enguera, 1757 – Ciudad de México 1816).

Reconozco que la figura de este artista me era desconocida. Sin embargo me acerque a la exposición para ver las fotografías realizadas por Bérchez, que fue mi profesor cuando estudiaba Historia del Arte en la Universitat de València, un gran especialista en retratar arquitecturas. De hecho, puedo decirlo ahora a toro pasado, que fue todo un placer asistir a las clases de este hombre sabio. Poseedor del mejor repertorio de imágenes de arte de toda la Facultad. Y es que, además de mostramos maravillosas instantáneas de su cosecha, también nos dio a conocer el material de otros maestros en estas lides como Evans o, fundamentalmente, Portoghesi.

Y es que me encanta este tipo de fotografía. Yo mismo, habitualmente, agarro la cámara y me pateo los diferentes barrios de mi ciudad esforzándome en captar desde ángulos imposibles todos esos juegos de luces y sombras que se escurren entre retranqueos y salientes de los monumentos urbanos. De tanto en tanto hasta me sorprendo a mí mismo con alguna buena foto, de entre las doscientas mil tomadas gracias a la era digital. Porque si tuviese que operar con una máquina analógica...

Por todo ello, salí encantado de la exposición. De hecho he vuelto a ir y no descarto acercarme por tercera vez antes de que la desmantelen.

Por cierto, que no lo he dicho, la muestra toma como argumento fotográfico la producción artística de Manuel Tolsá en el antiguo Virreinato de la Nueva España. Una obra con la que consiguió dotar a la ciudad de México de una nueva imagen, más moderna e ilustrada, desde una óptica clasicista, que significaría el tránsito de la época de dominio español al México independiente. Las piezas elegidas para enseñar todos estos aspectos son la estatua ecuestre de Carlos IV (“el caballito”), el Palacio de Minería, el Palacio de Buenavista, la Catedral Metropolitana de México y el Hospicio Cabañas de Guadalajara.

viernes, 28 de marzo de 2008

Meridiano de Sangre

Reconozco que tengo especial debilidad por Cormac McCarthy. De manera que, todos los años espero con ansia que la inspiración del genio colme mis expectativas, en forma de nuevo material publicado. Considerado de forma unánime como una leyenda viva de las letras norteamericanas, este tejano de adopción (nació en Knoxville - Tennessee) aumenta su reconocimiento internacional y alcanza mayor repercusión mediática obra tras obra. En parte gracias al interés que sus historias despiertan en Hollywood, donde ya se anuncian adaptaciones que verán la luz en los próximos años. Aunque sobre todo tras la concesión del Pullitzer 2008 a su última novela, la excelente “La carretera”. El caso es que McCarthy ha pasado en poco tiempo de ser un autor semidesconocido, a superventas. Especialmente tras la publicación de su premiada última novela, pero ya desde antes con la publicación de la excelentemente adaptada al mundo del celuloide “No es país para viejos” (J. Coen, E. Coen - 2007). De todas formas, no se ha de olvidar que esta condición de figura de culto, ajeno a la mayoría de los lectores, estuvo propiciada por su propia actuación en relación a su obra. Manteniéndose esquivo a las entrevistas y a la promoción, además de no mostrarse a través de los medios hasta bien entrado en años y ya con un buen puñado de novelas en la mochila.

De entre todos sus libros, destaca la novela épica “Meridiano de Sangre”, publicada en 1985. Siendo para muchos, entre los que me incluyo, la obra cumbre de su carrera literaria. Al menos hasta el momento. En ella, el autor nos sitúa en los paisajes desolados propios del western crepuscular, mostrándonos una Mexamérica –región que comprende el norte de México y los estados de Texas, Nuevo México, Arizona y California- de carácter eminentemente rural. Un inmenso espacio a caballo entre dos países que se caracteriza por esas grandes extensiones desérticas o semidesérticas, con aislados núcleos habitados, poblada por una fauna compuesta de vaqueros y granjeros carentes de escrúpulos, predicadores corruptos, mercenarios ávidos de dinero fácil, borrachos y vagabundos e indios salvajes. Un universo plagado de tipos duros que no dudarían en pegarte un tiro por la espalda si con ello van a conseguir un mísero dólar. Aunque probablemente también lo harían sin necesidad de obtener nada a cambio, por puro divertimento. O aburrimiento.

Nos hallamos ante una narración absolutamente desmedida, basada en hechos históricos en esa zona fronteriza durante el Siglo XIX. Un grupo de mercenarios norteamericanos se adentra en México, al dictado de las autoridades mexicanas y las del estado de Texas, con el objetivo de acabar con el mayor número de indios posible. El grupo paramilitar está guiado por el temible John Glanton y el desconcertante juez Holden, que acaba por ser el verdadero protagonista de la historia. La expedición, que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, va a ver cómo su situación cambia cuando la espiral de violencia en la que se mueven, les lleve a eliminar incluso a los mexicanos que les pagan. Su itinerario por el desierto, inicialmente en busca de los indios y más adelante en una huida hacia ninguna parte, se convierte en una delirante recreación de una geografía hostil que se configura como un personaje más de esta historia. Todo ello bajo la estricta mirada del mencionado juez. Enorme figura que se erige como una suerte de dios arbitrario, todopoderoso y cruel capaz de condenar a todo aquel que se cruce en su camino.

"Me vas a esconder ahora.
¿A esconder?
Sí. El chaval escupió. 
No puedes esconderte, dijo. ¿Dónde te vas a esconder? 
¿Volverá Glanton?
No sé. 
Este es un sitio horrible para morir. 
Dime uno que no lo sea."
Simplemente brutal.
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