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miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendo voy, leyendo vengo y por el camino me entretengo...


Ei xics, que ya estoy de vuelta y que cómo cantaba Peret no estaba muerto, estaba de parranda. Más o menos. O menos que más - Ni cerca, vaya-. El caso es que tras sortear todo tipo de dificultades cual Asterix en “Las 12 pruebas”, por fin me he medio instalado en la terreta que me vio nacer. Y el tema es que, además de realizar un sinnúmero de gestiones ante todo tipo de organismos y de padecer a esa peña que se le hace el culo Pepsi Cola con el piso heredado de la abuela Angustias, también me ha dado tiempo para leer un poco. O mucho. Bueno, no sé si tanto, aunque a mí me lo ha parecido y dadas las circunstancias...

Y lo primero que me eché al gañote fueron las “31 Canciones” de Nick Hornby. Delicioso compendio de artículos en el que el autor de “Alta Fidelidad” escribe sobre una treintena de temas que forman parte de la banda sonora de su vida. Comienza muy bien con Teenage Fanclub y termina espléndido con Patti Smith y una bonita anécdota. Por el medio desfilan canciones de Van Morrison, Bob Dylan, Paul Westenberg, Suicide, Richard & Linda Thompson, Bruce Springsteen, Marah, Santana, Badly Drawn Boy, Aimee Mann, Ian Dury, Röyksopp o Nelly Furtado... Sí, la de “I’m like a bird”, que li anem a fer? La línea que une todos los capítulos es el intento, más o menos logrado, de explicar que hay en la música pop que nos toca tan adentro. Y así va dibujando un interesante compendio de revelaciones y recuerdos ligados a la música, que en ocasiones resulta maravilloso y en otras -¿Nelly Furtado, nano?- no tanto. Os dejo una playlist por si os interesa. 

Después me metí de lleno en “Me cago en Godard” de Pedro Vallín. Uno de los analistas más interesantes de la actualidad quien, a través de sus artículos en La Vanguardia y sobre todo a fuerza de tuits a cada cual más ingenioso, nos ayuda a entender un poco la jaula de grillos en lo que se ha convertido la política nacional. Y todo ello recurriendo a ejemplos y comparaciones muy ligadas con la cultura popular, especialmente al mundo del celuloide. No se puede obviar que el periodista asturiano era o es, principalmente, un crítico cinematográfico. De ahí que el libro encierre una polémica reflexión en defensa del cine palomitero, al que Vallín tilda de progresista y emancipador frente al cine cultureta. Con bastante socarronería y mala leche, tacha a los grandes del cine europeo de artistas agrandados adictos a la autofelación y a su cine de conservador. En contraposición afirma que el denostado universo hollywoodiense es mucho más reivindicativo e incluso de izquierdas que aquel. Como veréis, la premisa resulta atrayente, sobre todo por como se caga en las teorías hegemónicas instauradas por la crítica tradicional sobre el cine de aquí y de allá. Y siendo cierto que no estoy de acuerdo al ciento por ciento en aquello que defiende y que no le compro algunos planteamientos, el tipo escribe tan de puta madre que... 
Por cierto que la entrevista que le hizo el hoy Vicepresidente Primero del Gobierno en “Otra vuelta de Tuerka” con ocasión del lanzamiento del libro, merece mucho la pena.

De ahí pasé a “Cómo caza un dromedario” de Víctor Nubla, que es harina de otro costal. Otra marcianada más publicada por la peña de Blackie Books. En este caso protagonizada por este polifacético personaje -que además de escritor es diseñador gráfico, editor, músico experimental, organizador de festivales, ilustrador de portadas y hasta opinólogo ocasional-, bastante conocido en la bohemia barcelonesa. Para hacernos una idea y según reza en la contraportada, el tipo vive en Gràcia y cree en las regiones temporalmente autónomas, mostrando un desinterés absoluto por la cultura del brunch. Cuenta que empezó a dibujar antes que a andar y en algún momento descubrió que las palabras son dibujos que explican cosas, por lo que se metió de lleno en el mundillo de las letras, aunque sea más conocido por sus proyectos sonoros con Macromassa, Dedo o Aixònoéspànic. De hecho, según he leído, incluso hay un cóctel en algún garito de la Ciudad Condal que lleva su nombre. Respecto al libro, ¿qué decir? Inclasificable. Hay historias sobre alienígenas, otras muy bizarras que vienen protagonizadas por animales humanizados o no, ensayos en forma de poema, narraciones sobre cosas mágicas que resultan ridículas, cuentos que realmente son fórmulas matemáticas y un puñado de “señoras vestidas de fiesta, perros peinados, borrachos impenitentes, camorristas de tres al cuarto, presentadores de televisión, inspectores de compañías cerveceras, policías de paisano, músicos agarrados a un vaso, gitanos que cantan solos, calles iluminadas de amarillo, almas en pena, penas sin alma, filósofos prácticos”. Tengo que decir que me ha gustado, pero menos de lo que esperaba. Creo que va de más a menos, desinflándose con el transcurrir de los capítulos. Que sí, el librito está organizado en capítulos, aunque tengan poco que ver los unos con los otros.

Y ya para acabar “El Director” de David Jiménez. El controvertido libro de memorias de quien fuera corresponsal y reportero de guerra durante dos décadas, en su fugaz paso por la dirección de El Mundo. Como aquello que comenzó siendo un reto ilusionante terminó en una cruenta batalla por el control del periódico, provocando su despido tras apenas un año en el cargo. Asistimos a los entresijos de una empresa de información que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo y en la que, aquel derecho consagrado por el artículo 20.1 b) de la Constitución, pasa con facilidad a un segundo plano. El tipo habla con bastante soltura de las presiones editoriales sufridas, de malsanas influencias y de algunos favorcillos reclamados por el poder económico o el político y que comprometieron la independencia del diario. Poniendo sobre la mesa nombres y apellidos, o sobrenombres tras los que se esconden personajes fácilmente identificables. Una lectura que resulta interesante pero que ofrece menos de lo que promete. Y es que gran parte de las intrigas son bien conocidas y las que no lo son, tampoco extrañan demasiado visto lo visto -y oído lo oído-. Además hiede a que el tipo se ha guardado bastantes cositas y no parece que se deba exclusivamente a una cuestión de auto-protección. O tal vez sí. En todo caso, el tiempo dirá. 

Y esto sería todo por ahora. Estoy con el último de la Mariana Enríquez y lo tengo a punto de caramelo. Pero a este libraco y a su autora prefiero dedicarles una entradita en exclusiva.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cinefilia de tres al cuarto


Recuerdo cuando, aún siendo niño, me aficioné a esto del cine. Fue allá por los hoy denostados ochenta y no tanto en las sesiones dobles del único cine que, por aquel entonces, existía en mi pueblo. El flechazo se produjo en casa y gracias a mi madre, cinéfila de postín. Y es que no hay película que la señora no haya visto. Varias veces. Anda a preguntarle por alguna…  Por aquel entonces solo contábamos con dos canales de televisión en abierto. Pero cuidaban la programación o, cuando menos, no basaban sus emisiones en packs de films comprados al peso a algún intermediario alemán. Así fue como me nutrí de aquellos clásicos que se emitían a media tarde durante los fines de semana. También de las pelis de “La Clave”, que creo pasaban las noches de los viernes y siempre antes del debate moderado por José Luís Balbín, al cual no llegaba por cuestiones de edad. Desde “Trapecio” (C. Reed, 1956) a “A través del espejo” (R. Siodmak, 1946), pasando por “Río Bravo” (H. Hawks, 1959), “El hombre que mató a Liberty Valance” (J. Ford, 1962),  “Fahrenheit 451” (1967, F. Truffaut), “Ultimátum a la Tierra” (1951, R. Wise) o los tostones de Cecil B. DeMille y otros exponentes del péplum clásico. Con el tiempo enriquecí este equilibrado menú con sobradas dosis de comida basura.  Muy especialmente yendo a ver pelis, primero en sistema Beta o 2000, más adelante en VHS, en casa de mis colegas. Lo de enriquecer es un decir ya que, como sabréis si habéis tenido juventud, en esas quedadas se puede ver de todo menos clásicos del séptimo arte.

Con todo, yo seguí a la mía y en algún momento subí la apuesta, agenciándome algunas revistas especializadas y sacando libros sobre cine de la biblioteca pública. Y en esas andaba cuando cayó en mis manos una guía cinematográfica, cuyo autor no recuerdo, que resultó de gran valor. El librito de marras tenía la gracia de incluir un buen puñado de referencias por género. Lo que me sirvió para estimular mi ya de por sí voraz apetito. Y para devanarme los sesos localizando las jodidas películas. No es necesario explicar cómo en aquella época de videoclubs de barrio y VHS regrabados de la tele, me costó Dios y ayuda llegar hasta muchas de las cintas. A algunas no accedería hasta muchísimo tiempo después. El tema es que la guía partía de una clasificación, digamos, clásica de los géneros. A saber: drama, comedia, noir, sci-fi, terror, musical, histórica, bélica, documental, western… Y nada de diferenciar entre crepuscular o espagueti western o entre terror distópico y cine gore. Algo bien básico, pero muy útil para un cinéfago en ciernes. Nada que ver con otras obras que pude leer de más adulto, como la reputada “Historia del cine” de Román Gubern o el interesante librito de Rick Altman. Ese que relaciona los papeles que desempeñan la industria, la crítica y el público en la génesis y la redefinición de los géneros.

Y a esto último es a lo quería llegar. A lo de los géneros. Pero para pasarme todas esas clasificaciones por el arco del triunfo, incluyendo la de Gubern. Aprovechando que uno ya tiene una edad y un bagaje en estas lides, por lo que también es capaz de establecer la suya propia. Eso y una madre con criterio y sabiduría a la que es imposible hacer sombra en estas cuestiones. Y es que, por mucho que me estrujara las meninges, jamás me saldría un listado de géneros más completo que el suyo. Un Opus Teresiano que en la actualidad consta de veinticuatro categorías bien diferenciadas incluyendo:

- Pelis de sustos.
Equivaldría al género de terror en la clasificación clásica, pero no exactamente. Vaya, que ni siquiera incluiría a todas la pelis etiquetadas como tal. Por ejemplo “Alien, el octavo pasajero” (1978, R. Scott) no entraría aquí y más adelante veréis por qué. Ejemplos de pelis de sustitos serían cualquiera de la saga “Halloween”' (1978, J. Carpenter), pero también toda esa broza pre y post adolescente que surgió a finales de los 90 y de la cual participó incluso Wes Craven.   

- De monstruitos.

Aquellas con uno o más bichejos que suelen ser la némesis del héroe. La arriba mencionada “Alien..." o su secuela “Aliens: El regreso” (1986, J. Cameron) serían el ejemplo prototípico. Luego están los “Gremlins” (1984, J. Dante), los “Ghoulies” (1985, L. Bercovici), los “Critters” (1986, S. Herek), los “Munchies” (1987, T. Hirsch), los “Hobgoblins” (1988, R. Sloane) y demás historias de mini-monstruos tan en boga en los ochenta.  Pero la cosa no se agota aquí. Esta categoría admite hasta joyitas del celuloide como “Cabeza Borradora” (1977, D. Lynch) o cintas multipremiadas como “El laberinto del fauno” (G. Del Toro, 2006).


- De tiros.
Cualquiera de Bruce Willis. O perpetradores similares. No entran aquí ni las de cowboys, ni tampoco las de guerra. 

Del oeste.
Las de vaqueros de toa la vida de Dios, vaya. Pero no solo las de John Wayne o Lee Marvin ni los western made in Almería de Sergio Leone. También “Que viene Valdez” (1971, E. Sherin) y el resto de morralla ofrecida en el mítico espacio vespertino de la desaparecida Canal 9 titulado “Cine de l’Oest”.

De guerra.
Esta categoría se equipararía, más o menos, al género bélico. Si bien, algunas sobre la Guerra Civil se verían desplazadas a la sección “españolada”.  

- De guasones.
Cintas de humor malo. De esas con las que te puedes partir el culo, pero no dejan de ser malas. Aunque a veces ni para eso dan. Sirvan a modo de ejemplo los “Torrentes”. También cualquier producción que cuente con Steve Martin o Leslie Nielsen entre el elenco actoral. Cabrían incluso las de Monty Python que son buenas, aunque no a ojos de la creadora de esta clasificación.    

- De peleas.
Aquí entraría la extensa filmografía de Jean Claude Van Damme, Steven Seagal, Jason Statham, Chuck Norris y demás maestros del guantazo. Mostros de la cosa violenta de ascendencia occidental. La cosa asiática encontraría acomodo en otro género que explico a continuación.

- De chinos.

Toda la gama de cintas de artes marciales protagonizadas por Bruce Lee o Bruce Li, Bruce Lai, Bruce Le, Bronson Lee, Dragon Lee y resto de la bruceploitation. También las pelis de Mizoguchi, Ozu, Kurosawa y hasta de Wong Kar-wai. Vaya, casi cualquier referente cinematográfico de Quentin Tarantino. Si bien, lo que menos hay ahí son chinos, entendiendo por chinos a los de la China popular. Espero que se entienda.

- De esas de negros
(wtf!?) Pues eso. ¿Qué queréis que os diga? Desde “Los chicos del Barrio” (1991, J. Singleton) a “El príncipe de Zamunda” (J. Landis, 1988), pasando por la egregia filmografía de Spike Lee. Si bien, la etiqueta le calza como un guante a las primeras pelis de Eddie Murphy.

- Románticas.
Casi cualquiera que venga protagonizada por Romy Schneider antes de los 80. Engendros de los que participen Meg Ryan o más recientemente Rachel McAdams. También esas antiguallas ridículas con el guapín de Troy Donahue al frente. Cualquier otra en la que actúe el guachón de la temporada, especialmente si es aquel/aquella al que los medios han calificado como “el hombre más sexy del mundo” o “la novia de América”.   

- De esas de llorar.
Que no necesariamente románticas... “El campeón” (1979, F. Zeffirelli), pero también “Love Story” (1970, A. Hiller)… Un suplicio para el lagrimal.

- Basadas en hechos reales.
Aquí entrarían todos esos films que siguieron la estela a “No sin mi hija” (1990, B. Gilbert), con Sally Field como icono del engender. Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que la sobremesa de Antena 3 solo ofrecía cintas de este pelaje. Antes de la invasión alemana. Ahí también quien las llama “pelis de Lorreins”. Y es que el apelativo Lorraine es tan común en estas cintas, como la eritropoyetina en el ciclismo profesional.     

- De dibujitos.
Pelis de animación sin distinción. Desde Miyazaki a Walt Disney, desde “Akira” (1988, K. Otomo) a “Los Increíbles” (2004, B. Bird). Y bien que me parece.  

- De esas con letreritos.
Aka subtituladas. No hace falta decir namás.

- Americanadas.
¡Uff! Una categoría que de tan amplia es hasta difícil de explicar. Grosso modo serían aquellas historias filmadas a mayor gloria del país de las barras y estrellas. Pelis patrioteras en las que la bandera y la exacerbación nacionalista acaban siendo los verdaderos protagonistas. Ahí tendrían cabida truños como “Independence Day” (1996, R. Emmerich) o “Armaggedon” (1998, M. Bay). De hecho Michael Bay es un insigne representante de este género. También es el caso de “Top Gun” (1986, T. Scott).    

- Españoladas.
Las de Pajares, Esteso, los Ozores, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, López Vázquez, Alfredo Landa, Saza y demás tropa, ya sabéis a lo que me refiero. “La Hoz y el Martínez” (1985, A. Sáenz de Heredia), “Los Bingueros” (1979, M. Ozores), “Playboy en paro” (1984, T. Aznar), “El donante” (1985, R. Fernández), “¡Vaya par de gemelos!” (1978, P. Lazaga)… También las del fenómeno aquel conocido en España como “el destape”. Y por extensión cualquier cosa emitida en aquel lamentable programa de TVE titulado “Cine de Barrio”.

- Alemanas de sobremesa.
Esos telefilms plácidos y amables en los que nunca es invierno, protagonizados por familias rubias y pudientes. O cuando menos beneficiarias de ese modelo de bienestar europeo que aquí nos llegó a medias. Dramones dignos de un talk show y alguna intriga chichinabesca en los que la teutónica heroína siempre sale victoriosa. Y no solo eso, sino que acabará encontrando su destino junto a algún guapo heredero más soso que un salero boca abajo. Películas que ya cuesta diferenciar, incluso en sus nada imaginativos títulos y cuya compra, en lotes de a mil, venía entre las contrapartidas derivadas del rescate bancario autorizado por el BCE y frau Merkel. 

- De Clin Irbu.
Lo que vendrían a ser thrillers escuela “Harry el Sucio” (1971, D. Siegel) o “Harry el ejecutor” (1976, J. Fargo y R. Daley), ande el señor Eastwood enredado en ello o no. Ande Sondra Locke de víctima propiciatoria o tampoco. Lo que sí suelen haber son malosos con gafas de cristales amarillentos.  

- Del tío ese que hace caras raras.
Esta categoría nació originalmente para desacreditar cualquier película de Jim Carey. Si bien, con el tiempo, fue incorporando a otra peña como Ben Stiller, Adam Sandler o su colega Kevin James.

- De esas fantásticas.
Historias futuristas o de ciencia ficción en cualquiera de sus variantes. Desde “Blade Runner” (1982, R. Scott) a “Metrópolis” (1927, F. Lang), pasando por “La Guerra de las Galaxias (1977, G. Lucas). Con una mención especial para las fantasías épicas rollo “Conan el Bárbaro” (J. Millius, 1982).

- De romanos.
Aquellas cintas que están ambientadas en la antigüedad grecorromana y suelen tener una duración próxima o hasta superior a las tres horas. Pero no solo esas. También las aventuretas en el Egipto de Cleopatra –“Sinuhé, el egipcio” (1954, M. Curtiz)- y las basadas en la Biblia tan propias de Semana Santa–“Salomón y la reina de Saba” (1959, K. Vidor). Vamos, lo que popularmente se conoce como el péplum y más socarronamente como cintas de espadas y sandalias.

- De desgracias.
Aviones que se despeñan, rascacielos a punto de venirse abajo, trasatlánticos que se piñan contra un iceberg, islas que van a ser destruidas por un volcán con muy mala leche, ciudades arrasadas por terremotos o maremotos, lugares sobre los que caen las siete plagas bíblicas… Vaya, que no hace falta que os ponga ejemplos.

- De esas raras que te gustan a ti.
Categoría ad hoc que comenzó a moldearse gracias a mi interés adolescente por según qué historias. Con todo, viene a ser un cajón desastre en el que cabe casi cualquier cosa, por lo que se hace difícil establecer límites. De las últimas incluidas cabría citar “Origen” (C. Nolan, 2010) y antes “Primer” (S. Carruth, 2004) o “Pi, fe en el caos” (D. Aronofsky,  1998). Esas y casi todas las de David Cronenberg.    

- De policías y ladrones.
Extensa categoría en la que caben desde clásicos detectivescos escuela Humphrey Bogart, a cualquier adaptación cinematográfica del policiaco sueco-danés de temporada.


Hasta aquí una clasificación que sigo a pies juntillas sin cuestionamiento alguno. Aunque bueno, como habréis deducido, se fue adaptando de a poquito y con el trascurrir de los años. Aún así y con permiso de la Mamma, servidor ha añadido un par de géneros al listado: 

- El primero es reciente y tiene que ver con mi exilio ultramarino. Se trata de las chilenadas. Categoría esta que, lógicamente, no podía estar recogida en la clasificación materna. Y es que, como pasa con las españoladas, no son muy de cruzar el charco. Se trata de producciones malas de andar por casa. Si alguna vez cruzáis los Andes y en el hotel seleccionáis cualquier canal de la televisión en abierto cacharéis altiro. 

- El segundo género que quiero añadir es el “cine de tacitas” tal cual lo explica aquí Miguel López-Neyra y yo suscribo de pé a pá.

Y eso es todo. Creo.

¯\_()_/¯

miércoles, 15 de julio de 2009

Eric Röhmer es un brasas

"Mi noche con Maud" (1969)

Ya hace tiempo que el canal temático Cinematk viene anunciando, a bombo y platillo, que va a dedicarle un ciclo Eric Röhmer. Y no es que me parezca mal. Al fin y al cabo, cualquier tendencia debe tener cabida en un espacio televisivo como este, que tiene por objeto mostrar todas las sensibilidades cinematográficas y la obra de sus principales exponentes. Sin embargo no voy a mentiros, la obra del veterano director francés no me gusta nada. Pero nada de nada. Y me da igual que sea considerado un genio del séptimo arte. ¿Qué digo genio? Un Dios de la intelectualidad… Personaje venerado por cientos de miles de cinéfilos. De forma inexplicable, según yo lo veo, ya que no puedo entender como un tío tan pesao llega al alma de tanta gente. Un realizador monotema cuyas películas van siempre de lo mismo: esos amores y desamores de gente inteligente con angustia existencial. Por  no hablar de esas conversaciones en torno a los temas más banales que uno pueda imaginar. Es que ni fumándome un porro antes de verlas...

Vamos, que si uno se ha chamao buena parte de la filmografía del director francés, es precisamente para poder escribir posts como este. También para conversar con sus amigos cinéfilos, que también los tiene. Marcando el contrapunto en esas sesudas conversaciones sobre el gran cine que de tanto en tanto se dan y suelen acabar como ceremonias de masturbación colectiva en torno a la figura de algún Röhmer de la vida. Lo gracioso es el contexto de las mismas. Y es que se suelen dar en un bar, con botellines de San Miguel en la barra, la Cirsa atronando avances y el suelo lleno de palillos y servilletas de papel. No se me ocurre nada menos Röhmer que eso. 

En una de esas, un amiguete me soltó aquello de “como osas no reconocer la grandeza del maestro”. Pues mira...  Si no lo hago es porque su cine me parece insufrible. Porque dice menos de lo que pretende. Porque pasan los minutos y en pantalla apenas si ocurre algo. Porque todos los personajes van de súper inteligentes y mega sofisticados, pero no son más que una panda de capullos con problemas del primer mundo. Porque los actores -y me da igual que sean la Romand, la Rosette, la Rivière o el Pascal Greggory- son tipos muy anodinos. Porque su alabada simplicidad no es más que una memez supina. Porque la supuesta intelectualidad es mera impostura y porque lleva casi sesenta años rodando la misma puta película... En definitiva y parafraseando a Homer Simpson, porque viendo una cinta de Röhmer ¡¡¡me abuuurrooooo!!!

Vale sí, algo bueno debo reconocerle. Sobre todo en lo que hace a su labor como crítico cinematográfico. Destacando su trabajo como jefe de redacción de Cahiers du Cinema entre 1956 y 1963, junto a quien fuera uno de sus grandes maestros, André Bazin. Revista clave para entender el universo del celuloide y a la cual debemos la recuperación de figuras como John Ford o Alfred Hitchcock. De donde también surgieron Jacques Rivette, Chabrol, Resnais y por supuesto Truffaut. Aunque también es de su responsabilidad el éxito de otro brasas como Godard. Otro mérito de Röhmer es la creación en 1962 de la productora Les Films du Losangeun referente para el cine francés desde entonces.

Nada de eso borra que el Röhmer director sea un pesado de cojones. Y su cine, mal que le pese a la cinéfila afición, a los medios especializados y hasta a algunos de mis amigos, es una mierda pinchada en un palo. Bueno, quizás no tanto, pero sí aburre a las ovejas. Y a todos los seres humanos incluyéndote a ti, aunque lo niegues. Y como yo ni soy cinéfilo ni lo pretendo -si acaso soy un cinéfago- me puedo permitir decirlo así de claro.

Hala, Sulo fent amics…

miércoles, 11 de febrero de 2009

Hammershoi y Dreyer


Vilhelm Hammershoi y Carl Theodor Dreyer son dos de las principales figuras que Dinamarca ha exportado al mundo, al nivel de Soren Kierkegaard, Hans Christian Andersen o Michael Laudrup. El primero de ellos destacó en el arte y más concretamente en la pintura, el segundo como uno de los mayores directores del cine europeo y mundial. Es verdad que la obra de Hammershoi no es especialmente conocida en España y es una lástima, ya que estamos ante uno de los autores más inquietantes que ha producido el arte de los pinceles. Por contra la obra de Dreyer es algo más conocida, al menos entre cinéfilos y hasta cinéfagos adelantados. Si bien muchos lo habrán oído nombrar, pero pocos serán quienes hayan visto su impecable filmografía. Pero vaya, que a poco que tengas un mínimo interés habrás visto “Gertrud” u “Ordet” o “Dies Irae”. O las habrás comenzado al menos. No tengo tan claro que pase eso mismo respecto a los cuadros más representativos de Hammershoi.

De hecho, sólo en una ocasión se montó en España una muestra dedicada a su figura. Fue a comienzos del 2007, cuando el CCCB acogió 36 piezas que hasta entonces tan sólo se habían mostrado en su país, además de en París, Nueva York y Hamburgo. Una exposición tremenda. Muy interesante por cuanto se relacionaba la figura de Hammershoi con la de Dreyer. Planteándose como un estudio de las analogías temáticas y formales existentes entre los dos artistas. En la que se podía apreciar como compartían la convicción de que es en los espacios interiores -de una casa, de una imagen, de un rostro- donde se produce la mayor intensidad dramática. También en la forma de tratar la figura humana, especialmente la femenina, con esas enigmáticas mujeres de espaldas que nos deslizan hacia dramas a puerta cerrada e incluso trasmiten el aroma de la muerte. Y el dominio de la luz sobre la escena expresado en la obra de ambos. O como los exteriores, repletos de paisajes cargados de una atmósfera raruna, son percibimos a través de ventanas y puertas.
Hammershoi y Dreyer coexistieron a finales del siglo XIX y principios del XX en Copenhague, por lo que  bebieron de las mismas fuentes y sufrieron el mismo clima. Supongo que ese será el motivo de la tristeza inherente a la obra de ambos. Con la preeminencia de una escala de colores dominada por los grises como expresión de la soledad y la angustia. Maravillosa soledad y bendita angustia. 

martes, 29 de julio de 2008

“El otro”, auténtica película de culto


¿De qué hablamos cuando hablamos de una película de culto?
Esta simple pregunta carece de respuesta fácil. Si rastreamos por Internet, tiramos de bibliografía básica sobre cine o de revistas especializadas, encontraremos opiniones para todos los gustos. Sesudos opinantes que en base a criterios opuestos incluyen en sus listados de obras de culto películas que resultan no solo diferentes sino antagónicas por sus formas, mensajes, estilo o repercusión. A ver, según el “Diccionario del guión audiovisual”, escrito por Jesús Ramos y Joan Marimón, el concepto de película de culto incluye “todo largometraje, cortometraje o documental que genera veneración”. El término, acuñado en los años setenta, se aplicaría a aquellas películas extrañas, marginales, a veces surrealistas y en ocasiones malditas que mantienen su vigencia con el paso del tiempo. El diccionario adjunta un listado abierto de películas de culto.

Lo cierto es que el culto se crea por la atracción de un pequeño grupo de espectadores que se trasforman en devotos. La gracia está en que la cinta siga siendo popular a pesar del transcurso de los años y para ello es fundamental la relación de la audiencia con ella. La acción de estos fieles seguidores, pocos pero buenos, que la visionan una y otra vez como si asistieran a un oficio dominical. La película es de culto porque así lo conciben ellos. Observamos que estas películas, con frecuencia, no son exitosas en términos comerciales, si bien no siempre se da el caso. De hecho este es uno de los principales motivos de discusión sobre que se considera culto y que no. Hay quiénes entienden que el fracaso comercial es una condición sine qua non. Desde esa óptica diferenciarían entre películas populares y películas de culto, oseasé aquellas que alcanzaron un relativo éxito tras su estreno frente a aquellas otras que pasaron desapercibidas.

Pues bien. Pasando por encima de opiniones más o menos fundamentadas, de purismos o de guías y listados elaborados por otros, este menda considera que “El otro”, film de 1972 dirigido por Robert Mulligan y basado en la novela homónima de Tom Tryon, como ejemplo prototípico de lo que es una película de culto. Me consta que no estoy solo en esta lucha. Cuenta la historia de dos hermanos gemelos de once años que viven en el seno de una familia de origen ruso, en un poblado de la América profunda a mediados de los años treinta. A lo largo del metraje se van sucediendo una serie de acontecimientos macabros en los que se verán involucrados los niños. Muy diferentes entre sí pese al nexo gestacional. Con formas alejadas de enfocar y hasta de entender los mencionados sucesos. Hasta el punto que resulta difícil determinar quién es responsable de qué o si tan sólo son meros espectadores del carnavalito. La expresión en sus rostros, las miradas, los movimientos, el tono de voz… nos adentran en un mundo escalofriante en el que lo fantástico tiene tanta vida como lo real. También es muy importante el papel de la abuela Ada, patriarca de la familia. Por la relación entre lo que acontece y esas tradiciones y ritos rusos que comparte con sus nietos, jugando al “Gran Juego”.

“El otro” se compone de un universo de sueños y pesadillas que configuran este lado oscuro de la infancia pocas veces reflejado por el séptimo arte. De ahí que, al momento de su estreno, lograra buenas críticas. Llegando a ser calificada como “la aproximación más perversa de la historia del cine al universo de la infancia”. Sin embargo y pese a ser considerada como una de las películas más crueles, malsanas y escalofriantes en la historia del cine, no ha alcanzado una consideración acorde a su valía. Y eso que creo es una de las grandes obras del cine moderno. Y no solo como cinta de género, que lo es… Además viene dirigida por una de los máximos exponentes de lo que se conoce como el Nuevo Cine Estadounidense o Generación de la Televisión. Poseedor de una filmografía desigual que sin embargo incluye, además de esta, otra obra inmensa como “Matar a un ruiseñor”. Quién dice inmensa dice una puta obra maestra.    
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