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miércoles, 20 de enero de 2010

La cinta blanca

Después de ver una película de Haneke siempre me pasan dos cosas. La primera es que estoy de mal rollo y necesito pegarme un largo paseo antes de volver a mi casa. La otra es que me sumo en una profunda reflexión sobre lo visto y trato de convencerme de que, si bien nunca me creí la máxima roussoniana que afirma que “el hombre es bueno por naturaleza”, es mejor tragarse ese cuento que pensar lo contrario. Justo al revés de lo que afirma Michael Haneke en cada una de sus películas. Y resulta jodido reconocernos en la imagen que el director austriaco da de la especie humana. Con todo, vuelvo una y otra vez al cine para ver cada uno de sus estrenos. Siempre salgo tócado, sí, pero nunca con la sensación de haber invertido mal tiempo y dinero.

Michael Haneke es un maestro del séptimo arte, con trazas de universalidad le pese a quien le pese. Los premios cosechados con sus últimas realizaciones no hacen sino afianzar una figura demasiado tiempo relegada a un segundo plano. Su última obra, “La cinta blanca”, representa la culminación del trabajo desarrollado a lo largo de muchos años. Tal vez sea la pieza más perfecta y afilada de ese cine malrollero, acusador e incomodo, con el que Haneke ha ido desmenuzando los aspectos más oscuros de nuestra querida Europa. Esa manera de hacer cine, “a la austriaca”, que genera adhesiones y rechazos casi por partes iguales. De hecho, hay quienes afirman que Haneke con su cine, lo que está haciendo es predicar su Evangelio. De ser cierto, me descubro. Sé que es mi pastor y con él nada me faltará.

Respecto a “La cinta blanca”, mucho se ha hablado sobre el trasfondo que encierra su argumento. Que si con ella Haneke ha querido poner de manifiesto cuales fueron las auténticas raíces del nazismo. En fin, no sé si se puede hilar tan fino. No quiero decir con ello que la sombra del nazismo esté totalmente ausente en la película, pero tengo la sensación de que Haneke ha pretendido ser algo más general. Vale que a ese grupo de niños alemanes a los que se les inculcan valores considerados como absolutos, con brutales métodos de aprendizaje, se les puede ver como el germen de las organizaciones nacionalsocialistas. Además, al ubicar la trama en una pequeña aldea alemana y en vísperas de que estalle la I Guerra Mundial, esa sensación se incrementa. Sin embargo, como ya he comentado antes, tengo la impresión de que Haneke ha sacado el bisturí para desmenuzar todos aquellos aspectos que, a la fin y a la postre, forman parte del caldo de cultivo de cualquier tipo de autoritarismo, señalando con ello no sólo al que afectó a su patria. Él mismo llegó a afirmar en una entrevista reciente, que “si se considera un principio o un ideal como algo absoluto, sea político o religioso, se convierte en inhumano y lleva al terrorismo”.

Por lo demás, en referencia a los aspectos formales de la cinta, lo que más llama la atención es la espectacular puesta en escena. Yo la calificaría de apabullante. En un blanco y negro precioso que nos hace recordar al maestro Dreyer (y sus conexiones con la pintura de Hammershoi), en lo visual resulta impecable. Por no hablar de la fotografía, una delicia para cualquier aficionado por poco puesto que esté en estas cuestiones. La dirección soberbia y los actores magníficos, algo muy a destacar teniendo en cuenta que casi todos ellos son niños y ya sabéis lo que decía Hitchcock de trabajar enanos -“Ni con niños, ni con animales, ni con Charles Laughton”-. En fin, que no me extraña para nada que le hayan concedido la Palma de Oro en Cannes, el FIPRESCI, el Globo de Oro a mejor película de habla no inglesa y que sea la favorita a los Oscar en esa misma categoría. Y vale, que sí, que no os apetece verla por que el Haneke tiene mu mala follá y al final de sus películas siempre te sientes mal… Pero hay que ir joder, que es muy necesaria. ¡Y una puta obra maestra! 

miércoles, 11 de febrero de 2009

Hammershoi y Dreyer


Vilhelm Hammershoi y Carl Theodor Dreyer son dos de las principales figuras que Dinamarca ha exportado al mundo, al nivel de Soren Kierkegaard, Hans Christian Andersen o Michael Laudrup. El primero de ellos destacó en el arte y más concretamente en la pintura, el segundo como uno de los mayores directores del cine europeo y mundial. Es verdad que la obra de Hammershoi no es especialmente conocida en España y es una lástima, ya que estamos ante uno de los autores más inquietantes que ha producido el arte de los pinceles. Por contra la obra de Dreyer es algo más conocida, al menos entre cinéfilos y hasta cinéfagos adelantados. Si bien muchos lo habrán oído nombrar, pero pocos serán quienes hayan visto su impecable filmografía. Pero vaya, que a poco que tengas un mínimo interés habrás visto “Gertrud” u “Ordet” o “Dies Irae”. O las habrás comenzado al menos. No tengo tan claro que pase eso mismo respecto a los cuadros más representativos de Hammershoi.

De hecho, sólo en una ocasión se montó en España una muestra dedicada a su figura. Fue a comienzos del 2007, cuando el CCCB acogió 36 piezas que hasta entonces tan sólo se habían mostrado en su país, además de en París, Nueva York y Hamburgo. Una exposición tremenda. Muy interesante por cuanto se relacionaba la figura de Hammershoi con la de Dreyer. Planteándose como un estudio de las analogías temáticas y formales existentes entre los dos artistas. En la que se podía apreciar como compartían la convicción de que es en los espacios interiores -de una casa, de una imagen, de un rostro- donde se produce la mayor intensidad dramática. También en la forma de tratar la figura humana, especialmente la femenina, con esas enigmáticas mujeres de espaldas que nos deslizan hacia dramas a puerta cerrada e incluso trasmiten el aroma de la muerte. Y el dominio de la luz sobre la escena expresado en la obra de ambos. O como los exteriores, repletos de paisajes cargados de una atmósfera raruna, son percibimos a través de ventanas y puertas.
Hammershoi y Dreyer coexistieron a finales del siglo XIX y principios del XX en Copenhague, por lo que  bebieron de las mismas fuentes y sufrieron el mismo clima. Supongo que ese será el motivo de la tristeza inherente a la obra de ambos. Con la preeminencia de una escala de colores dominada por los grises como expresión de la soledad y la angustia. Maravillosa soledad y bendita angustia. 
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