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lunes, 29 de noviembre de 2010

Fuck all the people, so fuck love...


Siguiendo con la cuestión de la merma, gracias a la cual llevo unas cuantas entradas en este blog, me viene a la mente algo que me pasó hace unos meses en San Francisco y que creo no relaté. Iba a bordo de un autobús urbano -“el ghetto bus”- de vuelta a casita, tras pasar la mañana paseando por North Beach. Fue justo a la salida del Tender Loin cuando se subió una nihilista con poco apego por su vida y muy mala leche. La buena mujer, de edad y raza indeterminada, comenzó a levantar la voz y a faltarse con los negros –fuckin’ niggers, they’re like monkeys!-. Lo cierto es que la tipa se jugó la vida porque en ese autobús sobre el 80 por ciento de los pasajeros eran de raza negra, incluyendo al propio conductor. ¡Y no negros cualesquiera! Si exceptuamos al conductor, todos eran residentes en The Projects, el gueto negro sito en la parte alta de la ciudad. Pero a la tipa eso no le importó lo más mínimo y continúo con su cháchara racista. Aunque la cosa no se quedó en los negros, tras acabar con estos pasó a faltarse  con los hispanos, después con los turistas (probablemente se daría cuenta que yo llevaba una cámara de fotos), con los inmigrantes en general, para después acometer contra los american citizens y finalmente, para sorpresa de todos y despelote de unos pocos, cerró un brutal “fuckin’ speakin’ english”. La verdad es que me dieron ganas de aplaudir, cosa que no hice para evitarme problemas. Lo que no pude evitar es que se me escapara una sonrisa, ya que ese ejercicio de nihilismo me recordó muy mucho a una canción del dúo electrónico Crossover. Una italiana y un holandés residentes en "la Gran Manzana" que se las gastan tal que así:        


Por cierto que la cancioncita se llama "Black Mess" y ojito con la letra... ¡¡¡y con el vídeo!!! ¿Entendéis ahora porque me hizo tanta gracia el affaire

"You're not mystical
You're just crazy
It ain't cool to be crazy
So fuck you!"

Ni siquiera descarto que todo fuera una performance y cualquier día me vea en Youtube en un vídeo casero homenaje a esta gran canción. 

"So fuck you!"

martes, 7 de septiembre de 2010

This is San Francisco

Hace poco tiempo y vía Facebook, me enteré de que uno de los dibujantes favoritos de Mauro Entrialgo era el checo Miroslav Sasek. El caso es que ya había visto alguna cosa de este ilustrador de libros infantiles, que me había llamado poderosamente la atención. Me remonto a hace muchos años y no recuerdo muy bien donde -¿tal vez en la biblioteca pública de mi pueblo? ¿en el bibliobús que venía todos los martes a la puerta del colegio?...- pero lo cierto es que guardaba en la retina alguno de sus “This is…”, colección de libros de viajes alrededor del mundo con los que Sasek terminó por convertirse en un referente mundial. De hecho, es gracias a ellos el que este checo pudiese dejar su labor como arquitecto en su Praga natal, para dedicarse en exclusiva al mundo de la ilustración. Lo cierto es que esta colección, hoy día casi inencontrable, llegó a estar traducida a varios idiomas incluyendo el castellano por la editorial Molino. ¡Hablamos de los años 60! 
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¿Y que tiene Sasek que no tengan otros? Pues la gracia del checo, lo que hace especialmente atractivas sus viñetas, es ese aire retro con preeminencia de colores desvaídos y un toque de ingenuidad que no resiste comparación con otros autores. Como con ellas nos lleva de viaje hasta diferentes ciudades, mostrándonos sus propias impresiones sobre la arquitectura, las costumbres y los lugares comunes más característicos. Entre los diferentes álbumes de viajes concluidos por Sasek destacan uno sobre París, motivo por el cual comenzó a escribir e ilustrar su serie, otro de Nueva York y un último sobre San Francisco. A ese último quería yo llegar. Obviamente, habiendo estado hace tan poco por aquellas tierras y después de mucho buscar y rebuscar, me agencié una copia de ese fantástico “This is San Francisco (A children’s classic)” de 1962. Si bien, mi copia debe ser una reedición inglesa de no se que año. Da igual, es una auténtica chulada. 
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Comienza el libro con una vista general sobre la maravillosa bahía de San Francisco, al pie de la cual, el autor, reproduce una conocida frase de Rudyard Kipling: “San Francisco, city by the Golden Gate, Queen of the west. And has only one drawback – ‘tis hard to leave”. Quizás una sentencia un tanto exagerada, aunque no por ello exenta de razón. A lo largo de las escasas 60 páginas del álbum vemos como Sasek pone el ojo en los famosos desniveles de la ciudad, sus puentes, túneles, su bahía, sus tranvías, sus preciosos barrios o sus edificios más emblemáticos. Pero también refleja otros aspectos que tendrían que ver más con la cultura y las formas de vida de los habitantes de San Francisco. Tal es el caso de la serie de viñetas en las que Sasek nos trasmite su asombro por la adoración que estos profesan por los automóviles -más bien a vivir sobre ruedas-, con sus autocines y sus drive-in de todo tipo. 
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Hay que tener en cuenta que la imagen de San Francisco que aquí se refleja es de mitad del siglo pasado, sin embargo este aspecto, como otros recogidos por el libro, no difieren mucho de lo que hoy día te puedes encontrar por allí. 
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En fin, un delicioso librito harto recomendable.

jueves, 26 de agosto de 2010

Jim Jones y el People's Temple

El original People’s Temple del Reverendo Jim Jones se situaba en el número 1859 del Bulevar Geary, en San Francisco. Para los que hayáis visitado la ciudad, eso queda dentro del Western Addition, justo al lado de la Calle Fillmore – conocida por el Fillmore Auditorium, local fundamental en el nacimiento de la psicodelia y la contracultura de los 60-, un barrio en el que es poco recomendable pasear durante la noche. Lo que pasa es que la iglesia ya no está ahí, se ha esfumado. Supongo que después de la masacre de Jonestown a las autoridades municipales no les quedó otra que deshacerse del edificio, por vergüenza y también para evitar que aquello se convirtiese en una especie de centro de peregrinación para frikis y/o guiris con mucho tiempo libre y pocos reparos, como servidor. El caso es que yo tenía la esperanza de que todavía quedase algún vestigio de aquello, por lo que, contraviniendo las recomendaciones de un amigo que me aconsejaba no patear sólo por el barrio, pasé una tarde enterita intentando encontrar algo. Como habréis deducido no hallé  nada, ya que justo en el lugar en donde debía elevarse el templo, hoy se ubica una enorme oficina del US Postal y, pared con pared, un restaurante de comida rápida de la cadena Taco Bell.

¿Y que hicieron estos tíos para que perdiera el tiempo de esa manera, jugándome el tipo en un barrio de pandilleros, cuando podía estar comprando souvenirs en Chinatown o hinchándome a chocolatinas en la fábrica del señor Ghirardelli? Pues ocasionar muerte y destrucción, ¿qué va a ser si no? Mis dos grandes pasiones… je je je.

Para los que no lo sepáis, el señor Jones y su secta pasaron a la fama el 18 de noviembre de 1978 en una pequeña comunidad agrícola llamada Jonestown en su honor, que estaba situada en la Guyana. Ese día predicó a sus fieles para que se suicidasen tomando una solución mezcla de limonada y veneno, apelando a otros medios con quienes no quedasen convencidos. El fruto de todo esto son los 913 muertos, incluido él mismo, en lo que supone el mayor acto de suicidio masivo de nuestra historia reciente. Justo un año antes, Jones se había desplazado junto un séquito compuesto por unos mil fieles, hasta esa “tierra prometida”situada a orillas del río Orinoco. Según él, huyendo del acoso de los medios y de las conspiraciones del Gobierno Norteamericano, si bien, no hay que olvidar que previamente la secta se había visto envuelta en varios escándalos y que existen datos, a parte de la masacre en sí, que permiten afirmar que el Reverendo tenía las facultades mentales algo deterioradas. El caso es que las cosas no les fueron muy bien en la Guyana y por eso algunos de sus acólitos desertaron. Estos, nada más llegar a los EEUU, relataron a la prensa como lo que había de ser una comunidad idílica poblada por iguales, acabó por convertirse en un campo de concentración en la que sus residentes sufrían abusos, maltratos y violaciones por parte de Jones y su guardia pretoriana. El revuelo ocasionado por estos testimonios hizo que un congresista californiano volase rumbo a la Guyana, junto con una delegación de periodistas y algunos familiares inquietos. Aquello acabó como el rosario de la Aurora, con el asesinato a tiros del político y varios de sus acompañantes mientras intentaban huir en su avión. El acto siguiente es el suicidio colectivo. Fue un sábado al atardecer cuando el Reverendo Jones, “El Padre”, comenzó su arenga: “Debemos suicidarnos… nos volveremos a encontrar al otro lado (…) esto no es un suicidio, sino un acto revolucionario".

Si os interesa el tema, hay un documental del año 2006 dirigido por Stanley Nelson del que me han hablado bien pero que no he visto... aún. 

martes, 17 de agosto de 2010

Go Giants, go!!!

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El béisbol, ese gran desconocido. Y no me vale que digáis que habéis visto cientos de películas en las que aparecen escenas de este pseudo deporte. No sabéis , como servidor. Lo único que nos muestran las pelis es a un tío con un palo que intenta darle a una pelota lanzada violentamente por otro, que previamente se toca la gorra, escupe o se amolda la taleguilla o las tres cosas a la vez. Al parecer esos gestos suponen una señal para el jugador que hay detrás del bateador, el catcher, inconfundible por su indumentaria acorazada y por estar permanentemente en cuclillas. Pero ni sabemos que significan las señas, ni entendemos porque unos lanzamientos son válidos y otros no, ni porque los jugadores y entrenadores se enfadan por una mala jugada -¿mala jugada? ¿Y en que coño se diferencia de una buena?-…
 
El caso es que da lo mismo. Y me da la sensación que a la mayoría de asistentes a un partido también. Vamos, que el béisbol no lo entienden ni los auténticos aficionados, por muchas gorritas, viseras, camisetas oficiales o dedotes con la leyenda “Let’s go” que lleven puestos. Normal. Lo que verdaderamente interesa a los asistentes a cualquier partido de béisbol es todo lo que hay alrededor de él, o sea todo excepto el juego en sí. Y es que un día de partido es un evento social de gran importancia, un lugar en donde dejarse ver y encontrarse con los amigos o reencontrarse con antiguos conocidos, eso y también un sitio en el cual desbarrar y pasárselo pipa.
 
Pues bien, ante este panorama y estando en los EEUU no podíamos desaprovechar la oportunidad de “disfrutar” de su deporte rey. Jugaban los Giants de San Francisco, uno de los grandes clubes de las Ligas Mayores en cuyas filas jugó el mismísimo Willy Mays –mítico jugador negro al que se menciona en decenas de filmes hollywodienses- , frente a los no menos conocidos New York Mets, el equipo pobre de la Gran manzana, eterno perdedor, con el peor balance de victorias – derrotas de la liga y del cual son fervientes seguidores tanto Enric González, como Ivanrojo (vaya Vd. a saber porqué!!!). Así que nos plantamos en el AT&T Stadium, nos apostamos en las gradas más altas –las más baratas y en las que menos se ve- ¡y a disfrutar! Curiosamente, el día elegido era el último en que Oiva y mi hermana iban a quedarse en la ciudad. Un gran colofón para acabar de entender eso del “american way of life”. ¿Y qué es lo que nos encontramos? Pues mucho más de lo esperado. Una americanada sí, pero de tamaño XXL.
 
De entrada nos llamó la atención lo bien que lo tienen montado para que la peña se gaste los cuartos. En mi vida había visto tantos chiringuitos dentro de un recinto deportivo como allí. Todo tipo de comida y bebida, recuerdos, gorras viseras, camisetas y chaquetas, ¡hasta una tienda de Levi’s! Evidentemente el temita les funciona, la peña gasta lo que no está escrito. Raro es ver a alguien que no vaya equipado con la indumentaria oficial del equipo de casa y aún más que no lleve algo de comida basura en sus manos. En este sentido, en lo que dura el partido, uno se ve acosado por enjambres de vendedores que se acercan hasta su butaca para ofrecerle corndogs, helados, cervecita fresca de varias marcas, frutos secos, porciones de pizza, panes rellenos de sopa marinera (típico del Fisherman’s Wharf), porriatadas de café, chocolatinas de la marca Ghirardelli, churros, etc… Pero no contentos con eso, a la peña no le importa levantarse constantemente y salir hasta los anillos exteriores para llenar el buche. Es más, hay gente que se va y no vuelve. ¡Y eso que la mayoría entraron tarde al partido!, que esa es otra... Aunque si quieren seguir el partido, no hay problema alguno, se puede hacer en cualquiera de los cientos de pantallas que hay situadas enfrente de las paraetas. Estrategia comercial. 
 
Como ya he dicho antes, al personal se la sopla el partido en sí y si acuden hasta el estadio es para otra cosa. Empezando porque, previamente, quedan en los aledaños del recinto y se cascan una parrillada con los amigotes, ¡en pleno parking público! No va de broma. Allí los vimos, rodeados de coches, cervezas y cokes en mano, asando ingentes cantidades de carne roja que luego sumergen en diversas salsas de la marca Heinz. Y es que de eso es de lo que realmente va el béisbol. Respecto a lo otro, el partido, pues que queréis que os diga… creo que ganaron los Giants, ¿acaso importa? A lo mejor me despisté, cierto, pero es que había cosas más interesantes en que fijarse que en ver como un tal Tim Lincecum –la estrella local- eliminaba el solito a todo el plantel de los Mets. Por cierto, en una de las tantas interrupciones una pareja se declaró y en otra ocasión, un señor que se parecía a Carlton Banks perpetró el famoso baile con la música de Tom Jones… vivir para ver.

viernes, 6 de agosto de 2010

Diferencias culturales

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Si algo llama la atención de las formas y estilos de vida en San Francisco, es que cada cual va de lo que quiere. En principio no es nada malo, más bien lo contrario, ya me gustaría a mí que en mi ciudad se diese tal circunstancia. El problema estriba en que, además de eso, cada hijo de vecino hace lo que le viene en gana, lo cual no es necesariamente bueno. Pero entre todos los colectivos, minorías étnicas, comunidades de intereses, vecindarios, comunidades de inmigrantes… no existe ninguno que lleve más allá su pulsión libertaria que el que conforman los asiáticos. Vamos, que los chinorris hacen lo que les sale del nabo constantemente y no pasa ná. Un par de anécdotas para que lo entendáis.

La primera, nada más llegar, en el taxi que nos habría de llevar desde el aeropuerto hasta Potrero Hill y que era conducido por un señor chino, coreano, tailandés o de algún otro lugar cercano. Pues bien, este buen hombre tuvo a bien en deleitarnos con una de las especialidades de la casa: el escupitajo metralleta. Y no exagero para nada, de no llevar bajadas las ventanillas traseras, nos pone finos de saliva y mocos. El tío guarro se pasó todo el trayecto soltando gapadas a través de la ventana i no pasa res!!! En fin, tampoco es para tanto, como diría el típico amigo listillo adoptando una pose de falsa tolerancia, estas cuestiones se han de respetar porque obedecen a diferencias culturales. Claro, eso siempre que el gargajo no les pegue a ellos en toa la jeta. Así que, perdónenme listillos del mundo, pero si eso es cultural esa cultura es una mierda. Y si tan orgullosos estuvieran de ello, ¿a santo de que vienen a esconderlo justo cuando los focos están sobre tu país y sus “costumbres”? (recuérdese que las autoridades chinas prohibieron el ejercicio de esta práctica ancestral en Pekín en vísperas de la celebración de los últimos JJOO).  

Pero es que aún hay más… ¡y mejor!... ¡y en otro taxi! En esta ocasión el conductor tailandés (lo ponía en la licencia) nos deleitó con otra de sus “manifestaciones culturales”. Al señor le parecía mal que nos marchásemos de California sin conocerlas todas y así, como quien no quiere la cosa, se soltó un cuesco “in your face” de esos que crean afición. ¡Que pestazo macho! ¡No se podía aguantar! Y entre risas y comentarios más o menos increpatorios, a los que el tipo hizo oídos sordos, nos tuvimos que conformar con bajar las ventanillas y dejar que escampase la cosa. Con la mala suerte de que aquello no llegó a irse del todo y tuvimos que aguantar el olor a noodles de pescado en mal estado hasta que llegamos a nuestro destino. La cosa era de un caldoso, ¡que ni un huracán se lo hubiera llevado! Finalmente, mareados y asqueados por la podredumbre campando a sus anchas,  dejamos al tipo este que, encima, ¡¡¡pretendía que le diésemos propina!!! WTF?!

Conclusión: hete aquí con las cosas de la multiculturalidad y del debido respeto a las tradiciones milenarias… yo tiral pedete y gapos… tu no enfadal… hecho cultulal!!!

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PD. Que me perdonen mis amigos chinos (que no tengo ninguno), pero eso es lo que hay. Próximamente haré un post sobre esa tradición tan española de alzar los alerones dentro del metro y atufar a "humanidad" a todo aquel que se encuentre a menos de diez metros a la redonda... o la de tirarse pedetes en el avión, jodiéndole el viaje a los vecinos de asiento. Mi amigo Giro es muy respetuoso de esta tradición. De hecho es un ferviente defensor... ¡que se lo digan a Oiva!

martes, 19 de enero de 2010

San Francisco, una semana más tarde

Hace un tiempo, cuando todavía me tomaba en serio eso de estudiar, se me quedó grabada la definición que de ciudad daba Ortega y Gasset: “la ciudad es un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos, tomando de el porciones selectas y acotadas. Su definición, evidentemente, está basada en la diferencia entre naturaleza y ciudad, considerando a esta última como una creación del hombre abstracta y artificial. Ortega, como buen latino, definió ciudad teniendo en mente el modelo de ciudad clásica y mediterránea que el tan bien conocía. Aquel en el cual encontramos como elemento fundamental la plaza como lugar adecuado para la conversación, la disputa, la elocuencia y por supuesto, la política. Pero es una definición parcial de ciudad, ya que, como supondréis, no todas las ciudades responden al mismo modelo.

El profesor Fernando Chueca Goitia, en su interesante ensayo “Breve historia del urbanismo”, se dedicó a describir los tipos fundamentales de ciudad, poniendo de manifiesto las constantes y las diferencias de los diversos modelos, articulados en una secuencia histórica. Según él coexisten tres tipos de ciudad: la “ciudad pública” del mundo clásico, la civitas romana -la ciudad por antonomasia, el concepto de ciudad dado por Ortega-, la “ciudad doméstica” y campestre de la civilización nórdica y la “ciudad privada” y religiosa del Islam. Precisamente me interesa la llamada “ciudad doméstica”, dentro de la cual cabe incluir “los modelos racionalistas” importados de los Estados Unidos y consistentes en grupos residenciales segregados, centros comerciales, parques temáticos, centros lúdicos e, incluso, viviendas unifamiliares en hilera con jardín delantero. Esta ciudad, a la que los urbanistas califican “de tipo mosaico”, está compuesta de piezas cada una de las cuales es internamente homogénea. “Es doméstica porque concibe la vivienda como santuario de la familia y minusvalora, o incluso ignora, la dimensión ciudad. No es una ciudad propiamente dicha sino un asentamiento humano aunque esté bien dotada de servicios y bien equipada con toda suerte de edificios no residenciales. En ella prevale la arquitectura y está más enfocada de cara al coche que al peatón. Es típica la separación de usos, el famoso zoning, y es que todo está clasificado y ordenado.” Este modelo se ejemplificaría en Los Ángeles. ¿Y en San Francisco? Pues no lo tengo claro, pero desde luego me veo en disposición de afirmar que nada tiene que ver el modelo urbanístico de Valencia, mi ciudad, con el de San Francisco, en donde pasé las fiestas navideñas.

Para mí la característica que define a San Francisco, es que se trata de un lugar incomodo por las enormes distancias entre espacios. Pareciera que todo estuviese diseñado pensando más en los conductores de vehículos que en los peatones. Entiéndase. Es incomoda para alguien que está acostumbrado a cruzarse su ciudad en poco más de una hora al trote. Supongo que será diferente para un parisino o un moscovita. Además hay que tener en cuenta que la población de San Francisco y la de Valencia es prácticamente la misma. Que San Francisco sea la polla de larga se debe, en primer lugar, a que todos los barrios en los que se divide -con la única excepción del entorno de Union Square (la zona comercial)- están compuestos de viviendas unifamiliares o casitas divididas en 2 (a lo sumo 3) apartamentos. Eso supone que la aglomeración de personas sea menor a la de cualquier ciudad europea de tamaño medio (como es el caso de Valencia). Difuminándose el número de habitantes por metro cuadrado a lo largo de las monstruosas calles rectas que cuadriculan toda la ciudad. Por otro lado, la manifiesta irregularidad del terreno sobre el que se asienta -con una mención especial para Potrero Hill neibourghood cuyas calles tienen un desnivel poco apto para el paseo- crean la sensación de que todo se encuentra mucho más lejos de lo que realmente está. Sin embargo poco importa, es evidente que la ciudad no está hecha para caminar. Basta observar los usos y costumbres de los lugareños para confirmar esa impresión. Aquí quien no tiene vehículo no es nadie, por más que existan redes de transporte público que comunican con casi todas las barriadas. Pero este último parece estar destinado única y exclusivamente a las clases más desfavorecidas, o sea, aquellas que no tienen recursos suficientes para comprarse un coche, que aquí son más asequibles que en la vieja Europa. Por ello se hace extraño ver a gente pasear por la calle. Bueno, salvo que: a) estén haciendo deporte b) vayan paseando a su perro c) hayan salido de su casa o detenido su coche junto a una cafetería para recargar su termo de café (primera carga y posteriores refill) o d) sean homeless con la casa a cuestas. Justamente los miembros de esta última categoría son los principales moradores de la calle, dueños y señores de un espacio urbano diseñado con finalidades muy diferentes a las que estos le dan. En este sentido, da igual que estemos en un barrio pudiente o en alguna zona marginal, el “cuarto mundo” está muy, pero que muy presente a lo largo y ancho de la capital gay mundial.

Con todo y pese a las peculiaridades descritas, existen barrios en los que se aprecian atisbos de ordenación “a la europea”, con las consiguientes estampas de vida callejera. Castro, centro neurálgico de la comunidad homosexual es uno de ellos. Haight-Ashbury, otrora asentamiento de hippies, aunque en menor medida también… Incluso en la zona de la bahía, con sus preciosas vistas a los dos puentes que comunican San Francisco con las vecinas localidades de Oakland y Sausalito. Si bien, algunos de los muelles de carga del puerto (los turísticos Pier) han sido transformados en centros comerciales para satisfacer las imperiosas necesidades de consumo de los habitantes de este país.

En relación con lo dicho y saliéndome ya de la farragosa retórica urbanística, es en el barrio de Castro donde nace unas de las principales líneas del archiconocido tranvía de San Francisco. Y he de deciros que, pese a ser un espectáculo digno de ver, el tema del viajecito en tranvía es un poco “el timo de la estampita”. Excepto en lo que hace referencia a la línea que va circundando la bahía, bastante útil para los habitantes de la ciudad, los solicitadísimos tranvías que transitan sobre inverosímiles pendientes -y que sin duda ya habréis visto en cientos de películas-, son una guirada del patín. En sus paradas se atestan cientos de turistas asiáticos bien provistos de cámaras de última generación, que hacen cola para subirse y “disfrutar” de los escasos minuto y medio que dura el ascenso a la susodicha pendiente. Así que, salvo que para uno sea el sueño de su vida, mejor pasar. Otro tanto cabe decir de las no menos conocidas curvas de Bullitt , uno de los títulos más celebrados del difunto Steve McQueen, cuyo argumento discurría en pleno San Francisco. Aunque en este último caso he de reconocer que diciembre no era la época ideal para visitar este tramo de la calle Lombard. Probablemente con mejor tiempo y con la vistosidad que siempre dan las flores, la cosa cambiará bastante. 

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Apunte final: Los que hayáis ido a San Francisco pensaréis: “sí sí, todo lo que has dicho está muy bien, pero ¿y de Chinatown no dices nada?”. Pues hombre, sinceramente pienso que el barrio chino de Frisco es algo tan diferente al resto de la ciudad, que merece un capítulo aparte... En forma de entrada, claro está.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Primeras impresiones de un Mussafero afincado circunstancialmente en la (nada) soleada California

Menuda mierda de viaje. Y m­ira que los he hecho largos y pesados, pero os aseguro que como este ninguno. Y eso sin entrar a valorar la simpatía innata del personal de vuelo de la United Airlines: Una caterva de Barbies cincuentonas a las que parecía ofender que gran parte del pasaje no se expresara bien en inglés. Y es que claro, ¿como se puede consentir? ¡En un avión proveniente de Frankfurt, repleto de gabachos, italianottis y hasta portus! ¡Por Dios! ¡¡¡Qué poca vergüenza!!! ¡A donde vamos a ir a parar!… Y es que a nuestro lado se sentaron una parejita de portugueses que por poco no acabaron en Guantánamo. Todo ello merced a la poca profesionalidad de la azafata Mary Jane y a su puta pose de superioridad angloamericana. En fin, ya les llegará su hora…

Ya en San Francisco, mi primera impresión sobre el terreno es que se trata de un lugar bastante extraño. Diferente a como yo me lo esperaba. Nada más salir del aeropuerto -poco más grande que el de Valencia- te ves inmerso en una sucesión de enormes avenidas que comunican los diferentes barrios de la ciudad. Como una aglomeración de municipalidades muy próximas las unas a las otras, en la forma que nosotros conocemos como áreas metropolitanas. Potrero Hill, nuestro barrio de acogida, es un sitio tranquilo. Demasiado tranquilo incluso. Casi nadie circulaba por sus calles a nuestra llegada y eso que eran poco más de las seis de la tarde de un sábado. Planimétricamente es un sitio complicado. Una sucesión de larguísimas calles entrelazadas que forman una perfecta cuadrícula, pero con inverosímiles desniveles. Tiene unas subiditas que ya me gustaría a mi ver a Contador… Si a eso le unes que tan sólo hay casitas y ni una sola finca... Pero es bastante bonito. Raro, peculiar, pero no exento de belleza. Vale sí, para los fanáticos del urbanismo es una puta aberración, I know. Pero es innegable, digan lo que digan los puristas, que las vistas sobre el resto de la ciudad son acojonantes. Muy especialmente en un par de puntos en los que, si la niebla lo permite, se puede divisar una espectacular postal del Skyline y del Downtown sanfrancisqueño.

Por lo demás, ahondando en el tema de la tranquilidad (aka tediosidad) del barrio, un paseo vespertino me sirvió para constatar unas cuantas cositas:
         
1. Estamos en una zona de gente más o menos acomodada. Basta con echar un vistazo a las marcas de los coches estacionados frente a las casas o fijarse en las propias casas.
2. Hay edificaciones verdaderamente hermosas, algunas de las cuales recuerdan muy mucho a la mansión en la que habitaban los cinco hermanos Salinger de la mítica serie noventera “Party of Five”. Pero me han dicho que la acción transcurría en otra zona de la ciudad.
3. Realmente se ve a poca gente por las noches y la que hay no destaca por ser especialmente agradable. Ni un “puto good evening/afternoon”, ni aunque fuera un mísero “hi”… Se creen una raza superior y punto. Una raza que sabe saludar, pese a tener lo de polite en la boca cada diez minutos. Y hay que aceptarlo.
4. Pese a estar en Navidad y salvo alguna destacada (y horrorosa) excepción, las casas no están especialmente decoradas. Acostumbrado a ese abigarramiento de motivos navideños a lo que las películas norteamericanas nos tienen acostumbrados, la discreción de los vecinos de Potrero Hill se hace hasta extraña. Tampoco se aprecia una sobreabundancia de banderitas y otras referencias patrióticas, aspecto este muy de agradecer.
5. Contrariamente a lo que yo pensaba, esto no tiene pinta de gozar de una vida nocturna especialmente agitada. Después de patearme varias manzanas, lo único destacable que vi fue una licorería y un par de cafés cerrados... ¡¡¡Ni un puto bar!!! Se masca la tragedia... Aquí no creo que se monte la juerga padre.

Bueno, lo voy a dejar por hoy. No sin antes apuntar un par de reflexiones de mecedora. La primera es que a pesar de que aquí todo (o casi) está escrito en inglés y español (¡¡¡en ocasiones hasta en chino!!!), ni Dios habla español (diga lo que diga Cordelia). Eso sí, todas las calles, barriadas, edificios públicos, parques… atienden a nombres castellanos. Debido probablemente al origen hispánico de la ciudad -una fundación cristiana de franciscanos españoles de finales del XVI-. Pero ni por esas. Además pronuncian los nombres como les sale de los cojones y no hay Dios que lo entienda. Hostias, mira que es fácil pronunciar “Juan Sánchez” o “Mariposa” o “De Haro”, pues deberíais escucharlos…ufff!!! La segunda tiene que ver conmigo y con mis conocimientos sobre la lengua de Shakespeare. OK, yo sabía que mi dominio del inglés era malo, ¡pero es que es mucho peor! Si a eso le sumas la manera tan especial de hablar que tiene aquí la gente -algo que he decidido bautizar como “modelo simpático agresivo”- al final acabas por agachar la cabeza y pasando de entender nada. No es broma joder, le dan a uno ganas de hacerse pasar por sordomudo. 

Ahora sí que termino. Otro día continuaré relatando las aventuras y desventuras de Sulo Martínez Soria en San Francisco - CA. Agur.
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