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miércoles, 16 de diciembre de 2009

La ley de la jungla, de Link Wray

Sobre estas líneas Link Wray, un tío que quiso ser Elvis Presley pero que, tras sobrevivir a una complicada operación en la que le extirparon un pulmón, acabó reconvirtiéndose en un guitarrista mítico. Pionero del rock estadounidense en la década de los 50 y actualmente una figura de culto, sus poderosos riffs de guitarra le valieron el sobrenombre de “el padrino del acorde del poder”. Si bien nunca gozó del reconocimiento de otros contemporáneos suyos como Gene Vincent o el mismo Elvis. El propio Johnny Cash, en varias ocasiones, comentó la influencia ejercida por Link sobre su música. Y no sólo eso, también le debe su característico look de cuero negro.

A pesar de caer en el olvido, Wray siguió contoneándose sobre los escenarios hasta la fecha de su muerte, en el año 2005. Fue en Copenhague, donde una afección coronaria se lo llevo al otro barrio con 76 años recién cumplidos. Sorprendente que llegara a esa edad, para alguien con una vida tan accidentada y agitada como la de este guitarrista de guitarristas.
Y es que el tipo, empuñando su Gibson Les Paul, fue capaz de crear algunas de las descargas más sucias y febriles que uno ha escuchado nunca: ¿a quien no le suena "Rumble", "Jack the Ripper" o "Ace of Spades"? Más meritorio aún, si tenemos en cuenta que comenzó a componer a mediados de los 50, donde sus formas no eran para nada las habituales. No quiero ni pensar lo que dirían de él por aquel entonces.

Pues bien, todo esto para decir que últimamente estoy escuchando a toda hora el "Law ofthe Jungle (Uk Version)", una especie de recopilatorio compuesto de 28 canciones en el que Wray destapa el tarro de las esencias. Especialmente en los cortes instrumentales, sin duda los mejores. Ahí se van sucediendo piezas como "Good Rockin' Tonight", "Black Widow", "Run Chicken Run" o la mencionada "Rumble", su mayor éxito, pese a que en EEUU el tema fuese vetado por varias cadenas de radio al considerar que incitaba la violencia… ¡¡¡Y eso que no tiene letra!!!

¡Ah! Una última cosa. Resulta curioso que quien rescatase del olvido a Wray fuese el puto Quentin Tarantino, incluyendo varios cortes del maestro en la banda sonora de "Pulp Fiction" y más tarde en "Kill Bill". Curioso. Y es que justo el otro día estuve cuestionándome junto a un amigo esa faceta recuperadora del amigo Quentin… je je je  

Hala, ahí os dejo un vídeo del maestro: 

martes, 10 de noviembre de 2009

81 cumpleaños de Ennio Morricone

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Una buena banda sonora es complemento indispensable para apreciar la acción dramática en el curso de cualquier película. Todos recordamos escenas memorables de la historia del cine que no lo serían tanto, de no venir acompañadas por alguna pieza musical al cargo de gente como Dmitri Tiomkin, Leonard Bernstein, Alex North, David Raksin, Nino Rota o el gran Bernard Herrmann (ahora mismo me viene a la mente un hombre en el desierto, un avión que fumiga una zona en la que no hay cosechas a la vista, Cary Grant corriendo delante del avión que está apunto de arrasarle…).

Por desgracia, cada vez es más habitual que las gentes del negocio cinematográfico descuiden el aspecto sonoro de las películas. Muy especialmente en aquellas directamente destinadas al consumo masivo en los centros comerciales de medio mundo. Asistimos así a proyecciones en las que van sucediéndose una pieza musical tras otra, cuando no canciones enteras, sin orden ni concierto y lo que es peor, sin tener mucho que ver con lo que estamos presenciando. Estoy pensando en películas como "Watchmen", adaptación del mítico cómic de Allan Moore, con una banda sonora de las más desacertadas que uno recuerda (pese a que cada una de las canciones que suenan, consideradas de forma aislada, son bastante decentes). Claro, estamos en la era del consumismo extremo y por ello las productoras, que se las saben todas, prefieren tener un disco recopilatorio de artistas más o menos actuales, mucho más fácil de vender como parte del merchandising oficial de la película, que gastarse el dinero en contratar a un profesional que haga una banda sonora “incidental”, mucho más acorde con el film pero con peor salida comercial.

Todo esto rollo para llegar a este punto y ensalzar la figura de uno de esos grandes profesionales de las músicas de cine, el romano Ennio Morricone. Toda una vida al servicio de este noble oficio. Con una larga trayectoria a sus espaldas, es autor de piezas memorables como “La misión”, “Cinema Paradiso”, “Los intocables”, “La batalla de Argel” o “Bugsy”. Aunque sus mejores y más representativas obras son aquellas que compuso para su buen amigo Sergio Leone y sus “spaghetti western”. ¿Quién no recuerda la música de “El bueno el feo y el malo” o “Por un puñado de dólares”?  Ese es el motivo de que Morricone sea considerado un gran maestro del séptimo arte y por ello se le honra hoy, el día en que celebra su ochenta y un cumpleaños… ¡Pero es que el tío sigue en plena forma! No tenía bastante con las casi quinientas bandas sonoras compuestas hasta ahora y se nos presenta con otra más, la de “Malditos bastardos” , película dirigida por Quentin Tarantino. Demos la enhorabuena al maestro.  

"Por un puñado de dólares", mi favorita:

domingo, 20 de abril de 2008

Las memorias del Señor Azul


“Nunca había visto un expediente tan voluminoso. La verdad es que el más grueso que he manejado no era ni la mitad que éste. –Entramos en el despacho y el joven se sentó al otro lado del escritorio-. ¿Qué es esto? – Se puso las gafas, echó un vistazo a un papel pegado con cinta adhesiva a la tapa del expediente y soltó una risita-: ¿Sabe qué pone ahí? Dije que no con la cabeza. -Dice: “Ver expediente número dos”. Entendí el motivo de su risa, pero también resultaba triste. Aquello era mi vida.
“La educación de un ladrón” es la biografía de Edward Bunker. Quien tuvo una durísima infancia en la que hubo de peregrinar entre internados, escuelas militares y centros de reclusión para menores. Nacido en Hollywood en 1933, Eddie tuvo el infortunio de nacer en el seno de una familia disfuncional. Su madre se desentendió pronto de la educación de un niño demasiado problemático y su padre, pese a repetidos intentos, no supo enderezar la trayectoria del hijo. Prontamente familiarizado con el mundo de la delincuencia, las temporadas a la sombra en varias instituciones para menores, supusieron su graduación con honores en la universidad del delito.

Las quinientas páginas de este libro relatan todo eso y mucho más. El sinnúmero de fechorías protagonizadas en una ciudad de Los Ángeles en plena eclosión de la industria cinematográfica; El tránsito por míticas prisiones como Folsom o San Quintín, en las que fue recluido por atracos, delitos de narcotráfico, extorsión o falsificación; Su proximidad al glamoroso mundo de Hollywood, a través de la esposa del afamado productor Hal Wallis; O el interés sobrevenido por la literatura, que le convertiría en un gran lector y escritor.

Su hiperactividad y el carácter insumiso, junto con el alto coeficiente intelectual, determinarán una vida desenfrenada, repleta de aventuras y siempre al filo de la navaja que es narrada por el propio autor sin mostrar un ápice de arrepentimiento por lo dicho y hecho. Ya rehabilitado para la sociedad y a los 65 años, el autor hace este ejercicio de memoria sin obviar episodios que pudieran edulcorar su figura a ojos del lector. No eludiendo la autocrítica, pero mostrándose siempre orgulloso de aquello que le ha llevado hasta ahí.

Muerto el 19 de julio de 2005 a los 71 años de edad, Bunker tuvo tiempo de publicar varias novelas. También escribió guiones e incluso llegó a desempeñarse como actor en la ciudad que le vio nacer. De hecho fue gracias a su participación en la aclamada “Reservoir Dogs” (1992) de Quentin Tarantino, interpretando al Señor Azul, como lograría un primer reconocimiento. Como narrador, nos encontramos ante un interesante autor de policíacos de culto. Alguien a quien James Ellroy llegó a calificar como “un original auténtico de las letras americanas”. Y eso que necesitó de seis intentos para ver publicada su primera novela “Libertad Condicional” (1972), adaptada al cine por Ulu Grosbard. Tras esta fueron cayendo otras cinco: “Animal Factory” (1977), llevada al cine por Steve Buscemi, “Little boy blue” (1988), “Dog Eat Dog” (1996), “La educación de un ladrón” (2000) y póstumamente “Stark” (2006). Con “La educación de un ladrón” obtuvo el premio McCallan Golden Dagger del año 2000, a la mejor obra de no ficción dentro del género negro.
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