Dicen
los que saben de esto que el cine del neoyorquino es esencialmente formal y que
cada una de sus nuevas películas supone un experimento en el cual tan
importante es la historia como la forma de contarla. Sin embargo, lo que le
salva del artificio es su pasión por los personajes, habiendo asumido que sin ellos
no hay buen cine. Pues muy bien, como teoría me parece genial, el problema es
que en su puesta en práctica patina a base de bien. Scorsese junta muchas imágenes
supuestamente perturbadoras que no pasan, en el mejor de los casos, de
desconcertantes pero en el mal sentido. Vamos, que uno tiene la impresión de
que Scorsese ha jugado a ser David Lynch y no ha salido muy bien parado del
experimento. Una decepción total.
Y
la cosa no mejora si entramos a valorar la historia y los actores. Estamos ante
un folletín detectivesco en el cual dos agentes federales acuden a una
remota isla en la que se ubica un hospital psiquiátrico, para investigar
la desaparición de una peligrosa asesina allí recluida. Hasta ahí bien, pero
como la cosa va de los inescrutables senderos de la mente humana, el
protagonista al tiempo que se enfrenta al caso, lo hace también a sus demonios
interiores. Y eso justifica toda una serie de apariciones, alucinaciones y
demás parafernalia onírico freudiana en forma de imágenes, que resulta bastante
ridícula. Estas rayadas se corresponden con la distorsionada percepción que de
la realidad sufre uno de los agentes, el prota de la peli, que está
interpretado por el patético Leo di Caprio. Quien, como no podía ser de otra
manera, lo hace de puta pena. Maldita sea la hora en la que Scorsese cambió a
Robert de Niro por este niñato, ¿es que no había nadie mejor en el mercado? Y
lo peor es que ni siquiera desentona en el conjunto, ya que sus compañeros de
reparto Mark Ruffalo, Michelle Williams o Emily Mortimer, están incluso peor.
Vamos,
que la peliculita es mala de solemnidad. Una paja mental que si recoge alguna
buena crítica será única y exclusivamente porque viene firmada por este
prestigioso director. O porqué parece inspirarse en la serie televisiva de
moda “Perdidos” en algunos planteamientos y situaciones,
lo cual habrá encantado al engreído de J.J. Abrams (“¿Scorsese copiándome a mi?”). Aunque, debemos ser justos y
reconocer que, probablemente, toda la culpa no sea suya. Me han dicho que la
novela de Dennis Lehane en la que se basa “Shutter Island” es
canela fina. Eso sí, nadie le ha puesto una pistola en la cabeza para que
escogiera adaptar esa mierda de libro. Y eso, para alguien que se jacta de
entroncar con los clásicos en su condición de director que trabaja siempre con
guiones ajenos, no es un pecado menor. Siendo uno de los pocos privilegiados
que están en posición de permitirse hacer las películas que les salgan de la
punta del nabo.
¡Ah!
Y si habéis leído por ahí esas declaraciones en las que Scorsese confiesa referencias
en su obra que van desde “Recuerda”(Alfred Hitchcock, 1945), a “La mujer pantera” y “Yo anduve con un zombie”(Jacques Tourneur 1942 y 1943, respectivamente), además de al cine expresionista alemán
de los años 20 o a la literatura de Kafka, no les hagáis ni puto caso. ¡Este
tío se ha vuelto loco! Vamos, que si algún gafapasta
hace suyo semejante delirio y os recita estas palabras de viva voz, le escupís
en la cara de mi parte.
En
fin que, como comenta Mick LaSalle, crítico cinematográfico del San
Francisco Chronicle, “la leyenda se interpone en el camino del
artista (...) Scorsese debería dejar de intentar hacer obras maestras y probar
a hacer buenas películas”. Pues eso.
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PD. Lo único interesante que encontré en “Shutter Island” no es obra de Scorsese, sino de los responsables de los Cines Babel, la sala valenciana a la que acudí a ver la película. En la ficha informativa de la misma traspusieron un breve estudio sobre la historia de las instituciones mentales que, por su interés, enlazaré mañana.




