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jueves, 31 de enero de 2019

1000 violines


Kiko Amat es uno de esos críticos a los que merece la pena leer, independientemente de si te interesa sobre quién o qué escribe. El de Sant Boi es un especialista en trufar sus textos con simpáticas anécdotas extraídas de su propia vida, hasta un punto en el que, da igual las canciones o los libros que justifiquen los artículos. A ver, eso no quiere decir que la música no importe. De hecho, como el mismo reconoce, las canciones son lo único que importa siendo el eje alrededor del cual gira todo. Desde luego son la argamasa que aúna las diversas historias que se incluyen en este “Mil violines (y otras crónicas sobre pop y humanos)”. Donde también aparecen listados de temas, crónicas de conciertos y hasta confesiones autobiográficas, siguiendo el tono de las columnas que al autor realizó para La Vanguardia, Catorcephenia, El País, Jot Down o su blog Bendito Atraso.

Así pues, y parafraseando al propio autor, este libro va de, entre otras muchas cosas, discos, miedo, 1995, Mose Allison, vida-entre-tíos, música-para-tíos, skinheads, Rachmaninov, Kiko Amat, la familia y los amigos de Kiko Amat, Robert Forster, 1993, mod revival, The Chords, masculinidad, debilidad, pena, The Dictators, subcultura, “Top Secret”, Alison Statton, Weekend, Radio 80 Serie Oro, Catalunya Música, 1930's dance band music, Dennis Potter, De La Soul + Teenage Fanclub, gangsta rap, el cringe, la música triste de Jimmy Webb, el deep soul y la curación por la canción, Bill Withers como modelo a seguir, el “Rarities” de los Who, la música de mil chaquetas de tweed, Billy Childish, sombreros, defender el atasco y el anacronismo y la tradición y la experiencia, “I don’t like cynicism”, Kwik Safe, Cricklewood, robar en Virgin Records, David Papiol, britpop, Blur, “Wonderwall”, Mega City Four, Hurrah!, ser fan en contra de Morrisey, la nostalgia que hay que explicar, The Fleshtones y diez canciones odiosas. También habla de su mujer y de Los Fresones Rebeldes, de Brighton 64, A Tribe Called Quest y N.W.A., de Los Negativos y Los Canguros, del “Murmur” de R.E.M., de Vic Godard, Dexys Midnight Runners, The Lambrettas, Miqui Puig y hasta de El Último de la Fila o El Dúo Dinámico.

Pero como al final esto va de canciones, ahí van un puñado de ellas:

domingo, 29 de septiembre de 2013

Los millones

Pongamos qué un miembro de los GRAPO, de una pírrica célula durmiente instalada en un suburbio de Madrid y que está compuesta única y exclusivamente por su mismidad, es agraciado con el premio gordo de la Lotería Primitiva. Pongamos que al terrorista, en su innoble condición, le resulta difícil cobrar un premio para lo cual habría de identificarse y abandonar el anonimato y la marginalidad. Pues bien, eso es "Los millones", deliciosa novelita del polifacético artista y artesano vasco Santiago Lorenzo. Bueno eso y mucho más tal como apunta Kiko Amat en esta magnífica entrada en su web que suscribo de Pé a Pá:
Los millones
Santiago Lorenzo
Libros Mondo Brutto
205 págs.
¿Los millones? Su reino no es de este mundo. ¿De qué reino hablamos? De uno que sobrevive perdido, aislado, olvidado, una meseta 80’s que –contra todo pronóstico- vuelve a nosotros en pleno 2011, acarreando algo de paz para combatir el desasosiego y la presente banalidad de base. Pero no me entiendan mal: Los millones no es un libro ochentas; simplemente está ambientado allí. En 1986, para ser exactos. Esta sensacional novela, por añadidura, ostenta la más escueta y a la vez descriptiva nota de contraportada que hemos visto jamás: “Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”. Pero esta (por otra parte) fabulosa reducción de trama podría llevarles a engaño, porque Los millones dista mucho de ser una noveleta-con-guiño, una broma pulp con aroma cañí, por mucho que transcurra en el Madrid de mediados de los ochenta y por mucho que su protagonista sea “terrorista”. He aquí una novela que podría ser descrita como “analógica”, de la forma en que Thomas Pynchon se refirió alStone Junction de Jim Dodge. Un libro que, tanto por su celebración de las cosas que ya no existen, por su inherente panegírico a ese mundo (a ese Madrid) en vías de desaparecer, como por su lenguaje deliberadamente anacrónico, como por su rechazo a truquitos metaliterarios o fragmentación posmo, podría ser de cualquier época, perenne, inmutable. Noventayochista, si me permiten exagerar. Esta es, entonces, una novela pre-tecnológica, pre-globalización, escrita por alguien que aún está enamorado de Salgari, Verne, Chesterton, el Valle-Inclán de Luces de bohemia y Conan Doyle, ajeno a los dimes y diretes del mundo editorial, sus modas y bagatelas, sus pisaverdes y sus pelmazos. Una novela casi de aventuras, solo que en lugar de suceder la acción en un altiplano perdido de la Amazonia o en un bajel pirata que sortea el Cabo de Hornos (o en un café de 1924), su adictiva trama se nos presenta en un maravilloso Madrid 1986 preservado para nosotros con el amor y el cuidado de un veterano entomólogo.
La trama detectivesco-conspirativa de Los millones, como habrán imaginado, es solo un pequeño encanto de los muchos que pasea por ahí esta remarcable obra. Uno pasa las páginas con furia, enfrentado a un misteriete que tiene tanto de El hombre que fue jueves como de The Ipcress file. Pero lo que deja más poso, lo que le rompe a uno el corazón, es su maravillosa oda a un mundo que parecía eterno, y resultó no serlo. En ese sentido, Los millones es una obra nostálgica, de la forma menos imbécil, menos barata y menos estéril posible: una novela que celebra la sociedad, comunidad y forma de vida de 1986, un universo que aún era remarcablemente parecido al de 1886, un medio ambiente que creíamos destinado a la eternidad, y que hacia mitades de los 90 nos arrancaron de debajo de los pies sin avisar ni pedir permiso. Piensen en el reciente “My town” de The Wild Swans, o el “Losing Haringay” de The Clientele, o la penúltima novela de Jonathan Coe, y entenderán el sentimiento subyacente aquí; incurable pesadumbre por lo que ya no existe.
Los millones, por tanto (sin caer jamás en la sensiblería Reader’s Digest, o el afectado kitsch gilipollas del que luce una camiseta de Naranjito), le canta a Radio Ochenta Serie Oro, a la cazalla y los botellines, a las chupas de “termoforro”, a la prensa deportiva, los Bonys y el mundo social pre-Facebook, pre-móviles, pre-subnormalidad. En ese sentido, como obra que aplaude a un planeta 80’s tan seguro de su permanencia como inquieto por el futuro, la novela es insuperable. Es irónico, asimismo, que el responsable de describir esa sociedad sea, precisamente, un protagonista forzado a la marginación y a la asocialidad, pero tal vez sea su estática soledad la que realza la vida de una ciudad que vivía en la calle; o, más concretamente, en los bares de ésta. Y es que Los millones es también un canto al bar, a sus costumbres, hábitos, clichés y particularidades, a sus leyes y su aspecto, tanto interior como exterior. Desde luego, solo alguien que haya pasado media vida en bares y bodegas (ver lista de julio-agosto) puede ser capaz de plasmar con semejante meticulosidad molecular el maremoto de detalles y referencias que pueblan la prosa del libro. Como el propio autor reconoce al final, “todas las localizaciones de la novela son reales, y funcionaban como tales en 1986”. Ni que lo jures, Lorenzo.
No obstante, debemos insistir, esta no es una novela vivencial. Su propósito final es ese entretenimiento de vieja escuela, Jardielesco y Mihurista, que los cráneos previlegiados de la literatura actual rehúsan tocar, y que tan en falta se echa en las librerías de hoy. Y a la vez, esas aventuras son la excusa para hablar con grandioso pathos de la soledad y la supervivencia, de lo dañina que es la carestía amical, del hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar, y a la vez a las posibilidades redentoras del amor romántico, del compadreo eterno, del encuentro de la media naranja. Por si esto fuese poco, casi inadvertidamente, Santiago Lorenzo erige simultáneamente un manual para el ahorro, un decálogo para arreglárselas con pocas perras, que apreciaran todos los manirrotos patológicos y dados al dislate pecuniario.
Como todo debe encajar, quizás sepan ya que Santiago Lorenzo es además artista pre-tecnológico (no se pierdan sus esculturas-híbrido de modelismo amueblante), cineasta (suyas son Mamá es boba y Un buen día lo tiene cualquiera, además de varios cortometrajes premiados aquí y allá), señor con cola de caballo y amante fatal de una buena barra de bar. Es decir: un humano al que desearíamos conocer, abrazar, sepultar en lisonjas, abrumar mediante brindis de repetición y, ya juntos y ebrios, maldecir la dictatorial intangibilidad y estulticia de estos tiempos nuevos, nada salvajes. Compren su libro, por favor.
Kiko Amat
Después de acogerme a la ley del mínimo esfuerzo ( penitenciacite), me despido insistiendo en lo mismo que el señor Amat: ¿a qué esperan para leerse este libro? Búsquenlo, cómprenlo y léanlo, no se arrepentirán.

sábado, 20 de julio de 2013

El cantante de gospel, de Harry Crews

Harry Crews es un mito, un escritor de culto, quizás -aunque tan solo quizás- el más maldito de todos los autores de culto de las letras norteamericanas  Sin embargo no encontrareis mención suya ni en las grandes enciclopedias, ni en la Historia Universal de la literatura, ni en los textos de los principales eruditos. Es más, es bastante posible que ni siquiera lo encontréis en la librería de vuestro barrio y mucho menos en la biblioteca municipal, más que nada porque, hasta el momento, solo un par de sus obras han sido traducidas al castellano. Da lo mismo. Chuck Palahniuk, Irvine Welsh, Donald Ray Pollock o más cerca de (casi) todos nosotros Kiko Amat, no pueden estar equivocados. El señor Crews es Dios, ¡el fuckin' master! 

Nacido en ese sur rural que tan extraño, violento y paleto nos resulta a los que vivimos atravesando el océano, su historia comienza un 7 de junio de 1935 al final de un camino de tierra en el condado de Bacon, Georgia. Hijo de granjeros pobres incapaces de alimentar a su prole, su infancia y la de sus hermanos estuvo marcada por las carencias, el infortunio y la miseria. Su padre murió de un ataque al corazón cuando tan solo tenía veintiún meses. Su madre volvió a casarse con un borracho violento y maltratador. El propio Crews describe la frágil situación familiar que le tocó padecer de la siguiente forma: “El mundo que circunscribía a la gente de la que yo procedía contaba con tan poco margen de error, tan poco margen para la mala suerte, que cuando algo iba mal, casi siempre ocurría algo que empeoraba la cosa aún más. Era un mundo en el que la supervivencia dependía de un crudo valor, un coraje que nacía de la desesperación y mantenido por la ausencia de alternativas”. Crews padeció dos importantes reveses físicos siendo aún un niño. A los cinco años le acometió una extraña fiebre que le obligó a guardar cama durante más de seis meses. Un año después y en el curso de un juego infantil llamado “El Látigo”, Crews fue arrojado -suponemos que accidentalmente- a una caldera de hierro colado que se utilizaba para escaldar cerdos. Con quemaduras que le cubrían más de dos terceras partes del cuerpo sobrevivió de puro milagro. Así lo recuerda el autor: “Entonces sentí unas manos encima que me quitaban la ropa y el dolor dio paso a algo que no se puede expresar con palabras, o al menos que yo no puedo expresar con palabras. Yo no tengo forma de hablar de ello porque cuando me quitaron la camisa mi espalda se fue con ella. Al bajarme el peto, se deslizó también mi piel cocida y brillante”.
En 1953 Crews se alistó en los marines y allí fue donde comenzó a leer seriamente. El motivo, huir. Bueno, eso y que "como éramos buenos chicos sureños e ignorantes, hicimos lo que suele hacer la buena gente sureña e ignorante: nos alistamos tan rápido como pudimos, pues estábamos ansiosos de verter nuestra sangre al estilo bueno, sureño e ignorante". Al licenciarse se matriculó en la Universidad de Florida, con la intención de convertirse en escritor: "No porque pensara que alguien pudiera enseñarme allí a escribir ficción, sino porque pensé que alguien podría enseñarme allí a ganarme la vida mientras yo me enseñaba a mí mismo a escribir ficción." 
"Sin embargo, tras dos años ahogándome y agonizando entre la Verdad y la Belleza, dejé la Universidad por una moto Triumph. Me dirigí al oeste en una clara mañana de primavera con siete dólares y cincuenta y cinco centavos en el bolsillo y durante el año siguiente estuve en la cárcel de Glenrock, Wyoming; un indio blackfoot al que le faltaba una pierna me dio una paliza en una pelea justa en una reserva de Montana; fregué platos en Reno, Nevada; recolecté tomates en las afueras de San Francisco; un hombre que se creía Cristo me expulsó el demonio que llevaba dentro en un albergue el YMCA de Colorado Springs y en Chihuahua, México, me hice amigo de un piloto aéreo mexicano obsesionado con las alforjas de motocicleta. Volví a la Universidad de Florida, purificado y santificado, dispuesto a absorber todo lo que quedara de Verdad y Belleza. 
Después de eso, el tipo se casó y se separó dos veces (¡de la misma mujer!), tuvo dos hijos (uno de los cuales murió ahogado), dio clases de inglés en un instituto, practicó karate, publicó varios relatos en revistas, le partieron la nariz por varios puntos, se emborrachó y dio taburetazos en unos cuantos bares, impartió algún que otro taller de literatura, se aficionó a la cetrería, escribió una veintena de novelas y, como mágica culminación a toda una vida, se tatuó en el cuerpo un verso de E.E. Cummings (How do you like your blue eyed boy, Mr.Death?).
El 28 de marzo de 2012 Harry Crews falleció en su casa de Florida. Tenía 76 años, que valen por dos (¡o por diez!) vista su odisea vital.    

La primera de sus novelas es del año 1968 y se titula “El cantante de gospel”. Me la acabo de leer. Y es que como mandan los cánones, siempre se debe empezar por el comienzo, ¿no? Pues eso. El libro, que no me ha parecido maravilloso pero si bastante interesante, viene a ser una suerte de gótico americano en el cual se nos presenta a toda una galería de gente estropeada que vive, o más bien malvive, en algún agujero ponzoñoso de la América rural. La historia está protagonizada por un afamado cantante de voz angelical que después de mucho tiempo regresa a su pueblo natal, Enigma. Un poblacho de mala muerte en el que, como os imaginaréis, abunda la white trash, el alcoholismo, la violencia, el beaterio y el racismo. Aunque por encima de todo el ciudadano medio de Enigma está afectado por el mal de la ignorancia. De ahí que idolatren a su ilustre vecino de un modo absurdo e insano, atribuyéndole unos poderes curativos que, evidentemente, no posee. Y él, que es un prenda de cuidao pero en el fondo no es tan mal tipo, se atormenta por ello. Aún así no ceja en la dramatización de su farsa (que ni empieza ni acaba con lo de sus supuestos poderes), evitando que la verdad salga a la luz. Al menos hasta que ponga los pies en polvorosa.

Como comenta Kiko Amat en el prólogo, “El cantante de gospel” es “un libro sobre gente fracturada intentando recuperar su orgullo, hombres y mujeres incompletos, quebrados, rebelándose contra el destino y la mala fortuna. Los feos, abandonados, extraviados, deformes del mundo: sus anhelos y dolores, sus culpas y sus venganzas, su deseo de escapar de esa mala pata. Ese es el gran tema Crews, ni más ni menos. Gente haciéndolo lo mejor que pueden con el material que les ha tocado en suerte. Sin moralina ni regañinas éticas (aunque sus libros están llenos de moralidad; una moralidad superior)”.

Y eso es lo que hay. 
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