“Oh Jehovah, no me reprendas en tu furor, ni me castigues en tu ira.No tenía pensado redactar ninguna entrada sobre la victoria de la Selección Española de fútbol durante la pasada Eurocopa. Y eso que el histórico acontecimiento -deportivo, bien es cierto, pero no por ello menos histórico- bien merecía que le dedicara unas líneas. Porque ese triunfo ha supuesto el que, por primera vez, una selección nacional consiga ganar tres títulos mayores de forma consecutiva. Un logro que ha consagrado a una generación irrepetible de futbolistas que han demostrado algo que se dice muchas veces pero pocas se cumple, aquello de que el talento colectivo es superior a la suma de sus componentes. Y encima ganando de una forma sumamente bella, a la par que efectiva, erradicando de un plumazo ese aforismo tan español que reza “jugamos como nunca y perdimos como siempre”. No es casual que prestigiosos medios de comunicación internacionales –con L’Equipe, BBC, Wall Street Journal y New York Post a la cabeza- hayan sentenciado que “la Roja” es el mejor conjunto deportivo de la historia.
Porque tus flechas han penetrado en mí, y sobre mí ha descendido tu mano.
No hay parte sana en mi cuerpo a causa de tu ira; no hay paz en mis huesos a causa de mi pecado.
Porque mis iniquidades han sobrepasado mi cabeza; como carga pesada me agobian.
Hieden y supuran mis heridas a causa de mi locura.”
(Salmo de David. Antiguo Testamento)
Pues bien, decidí no decir ni mú… Y lo hice preso de un prejuicio absurdo, de una sensación extraña y malrollera próxima a la angustia, de un irracional complejo de culpabilidad (¡como sentir alegría con la que está cayendo en este país!) y también por un respeto mal entendido ante los graves acontecimientos que han tenido lugar en mi tierra durante los últimos días. ¡Pero ya está bien! Me libro de ataduras: Lo reconozco, vi el partido. Y lo que es peor, ¡me alegré de que España ganara! Lo pasé bien… ¡que coño bien! ¡¡¡de putísima madre!!! ¿Me convierte eso en un ser humano inferior? ¿Sí? Me lo temía ¿Y qué puedo hacer para redimirme? ¿Nada? También me lo temía… Pues tan sólo me queda expiar mis pecados a lo Salvatore: “penitenciágite, penitenciágite…”.
Pero, ¿a que viene esto ahora? ¿Que me ha empujado a escribir esta entrada, extemporánea a todas luces? Pues la brillantísima aportación de un amigo en una conocida red social. Una reflexión con la que no podría estar más de acuerdo. Procedo a transcribirla:
“…una pregunta retumba culpable mi acetilcolina a la vez que flagela mi pasado comportamiento...¿cabe la posibilidad, aunque sea mínima, que viendo el partido del pasado domingo uno no sea, al menos en grado irreversible, un cretino jilipollas que no piensa por si mismo o un proyecto de pirómano andante...?¿te alejaba más de la cretinidad estar en un concierto? ¿o durmiendo?...”…y añado yo ¿o en una ponencia sobre las visiones de la violencia en el cine contemporáneo? ...¿o en una charla coloquio sobre el funcionamiento de los micro-créditos en Mali? ...o simplemente de cañas, que ya sabemos que después de la quinta o la sexta birra uno acaba divagando, sesudamente, sobre filosofía Marcusiana, recitando las “Bucólicas” de Virgilio y discutiendo sobre los errores de apreciación astronómica en la obra de Parménides de Elea.
En fin, lo dicho, no creo que haga falta añadir mucho más. ¡O bueno sí! Que el no disfrutar de un partido de fútbol -o esconderlo, que es casi peor-, no nos hace mejores personas y mucho menos nos convierte en sujetos más implicados con nuestra sociedad. ¡Que no sois mejores por ello! Que ni siquiera sois mejores que muchos de los que disfrutamos de estos placeres tan vulgares, por mucho que nos consideréis víctimas del borreguismo colectivo. Y que estoy harto de predicadores e iluminados que de todo opinan y de nada saben. Afectados de postal cuya máxima aportación a la colectividad empieza y termina colgando un enlace en Facebook. ¡¡¡Que no sois mejores que yo pringaos!!!
Eso sí, penitenciágite…
A/a Kaixa (Sosé)... con amor.



