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viernes, 18 de diciembre de 2009

Seth, un escritor con mayúsculas

En una de mis últimas entradas me referí a un artículo del escritor boliviano Edmundo Paz Soldán para El Boomeran(g). Reconozco no haber leído ninguno de los libros de Soldán, lo que no quita que visite habitualmente su blog literario, además de hacer caso de sus recomendaciones. Precisamente una de sus últimas entradas va sobre Seth, nombre artístico adoptado por el canadiense Gregory Gallant, un frikazo que va por la vida ataviado como un gangster del Chicago años 20. A pesar de ese punto excéntrico, podemos considerar a Seth como uno de esos genios contemporáneos a los que alguien debería financiarle una película basada en alguna de sus historias. Un brillantísimo dibujante e historetista al cual debemos algunas de las mejores obras del que cada vez más gente considera como el noveno arte.

Mi acercamiento al universo Seth fue hace relativamente poco y medio por error. Un amigo me recomendó un cómic que le había encantado, pero yo debí de escucharle mal, por lo que acabó en mis manos un ejemplar de “La vida es buena si no te rindes”, la primera novela gráfica del de Ontario. En ella ya se pueden apreciar las líneas básicas que van a definir su peculiar estilo: ese gusto por la nostalgia, el intimismo y una tristeza sutil que lo embarga todo. Y lo que es más curioso, la evocación poética de un pasado mejor y esa mirada gris hacia el presente, que se nos presentan a través de un dibujo bastante amable, detallista, arquitectónico y con un colorido escaso en el cual nunca se utilizan más de tres tintas por viñeta.  

“La vida es buena si no te rindes” está dedicada a su madre, “a quien le oí muy a menudo el título de este libro”. Supongo que esta frase tiene un valor universal, dando igual que estemos en Canadá, en EEUU o en Valencia. Es lo típica que cualquier madre del mundo le suelta a su hijo para motivarle, que se sacrifique y así alcance sus metas y sea feliz. A nadie se le escapa que la frase, por sí sola, encierra una mirada melancólica hacia el pasado. Y es que la historia que se nos cuenta va de eso precisamente. Seth describe su búsqueda compulsiva de un semidesconocido dibujante de tiras cómicas que colaboró en la revista New Yorker antes de desaparecer sin dejar rastro. Una ardua tarea que le llevará a adquirir y repasar cientos de libros y revistas viejas, con la esperanza de tener en sus manos todos los testimonios habidos de la vida de este dibujante. Pretenderá con ello darle sentido a su vida y obra, lo cual conseguirá, reconstruyendo la carrera del misterioso ilustrador.

Debido al grato sabor de boca que me dejó este álbum, me agencié una copia de “George Sprott: 1894 – 1975”. Y he de concluir que este es incluso mejor que el anterior. Estamos ante un falso documental, en forma de cómic, sobre la vida de un veterano presentador de un programa de aventuras árticas emitido durante más de 30 años por una televisión local. Seth va reconstruyendo la historia de Sprott a través de las opiniones de aquellos que lo conocieron en vida y quienes trabajaron con él. Su juventud aventurera, sus traumas familiares, sus inquietudes intelectuales… Todo ello se nos va desvelando a través de viñetas con diferentes formas y tamaños. Una gran novela gráfica, no tanto por lo que se nos cuenta, sino por como se cuenta.

Y por último llegamos a “Ventiladores Clyde”, curiosamente la primera obra de Seth traducida en España. Se trata de un libro precioso estructurado en dos partes, en las que vemos el auge y el declive de una empresa de ventiladores sita en Ontario, el escenario en el cual se desarrollan todas sus historias. La primera parte esta protagonizada por uno de los hermanos que regentaban el negocio, ya jubilado y semiarruinado. Se trata de un triste monólogo en el cual se lamenta ante las oportunidades perdidas para la compañía, para sí mismo y, sobre todo, para su hermano. La segunda parte se desarrolla unas décadas antes, con la empresa a pleno rendimiento. En esta ocasión el narrador es el otro hermano, un viajante de comercio fracasado. Este episodio es todavía más duro que el anterior. Es la historia de un fracaso vital en primera persona. Aquel que ve como la vida se le va de las manos y es incapaz de agarrarse a ella. Comentando el libro con un amigo, me apuntó una interesante diferencia entre las dos partes. Mientras en la primera se cuentan muchas cosas, pero no pasa prácticamente nada, en la segunda se nos cuenta poquísimo pero pasa mucho. Es cierto, como también que el poético y alienado deambular del segundo hermano por la ciudad, recuerda muy mucho a La ciudad de cristal” de Paul Auster.

Lo dicho, que me encanta este tío.
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