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miércoles, 26 de junio de 2013

Las esquirlas del sr. Prcic

Como reza en la contraportada, estamos ante las memorias de un bosnio que emigra a los Estados Unidos huyendo de la guerra. El joven Ismet saldrá de su Tuzla natal, aprovechando un permiso de viaje a Escocia para actuar con su compañía de teatro, logrando llegar hasta California en donde le aguarda un futuro como universitario. Como os podréis imaginar la cosa va de guerra, de dificultades de adaptación, de rabia, de amor/odio y de recuerdos, muchos recuerdos, terribles recuerdos. Pues sí... pero no. Porque de lo que realmente va “Esquirlas” es de un tipo que está hasta los huevos de todo, de su país, de su nuevo país, de su vida y de sus otras vidas -figuradas o fabuladas-, de lo que pudo ser y no fue y de aquello que nunca más será. Para ello Prcic recurre a hablarnos de sus esquirlas, esas astillas o fragmentos desprendidos de sus propios huesos que le lastran en ese futuro supuestamente mejor. Y nos lo cuenta todo sin tapujos. Desde recuerdos, hasta confesiones, desde ininteligibles paranoias, hasta ficciones y fabulaciones en las que se aprecia una clara intención paliativa, de evitar el dolor o al menos minimizarlo, de alejarlo y observarlo desde la distancia para que duela menos.
No duermo bien. Casi no duermo. Sueño que voy a la universidad y liquido la gente con un kalashnikov. Sueño que lanzo granadas por la ventanilla de mi coche. Sueño que disparan contra mí. No he podido ir a un médico de verdad, porque aquí tienes que estar asegurado o pagar a tocateja, así que fui a un tal doctor Cyrus, un médico voluntario del campus, y me recetó sedantes, que tomo como caramelos.Dice que tengo un trastorno de estrés postraumático. Dice que las pastillas son solo una solución a corto plazo y que, para mejorar realmente, necesito situar mi experiencia en un marco más amplio, un marco que me ayude a darle sentido a todo. Fue él quien me dio la idea de escribir unas memorias. Le pregunté qué debía escribir para que esa terapia diera resultado y dijo: “Escríbelo todo.” Le pregunté por dónde debía empezar y dijo: “Empieza por el principio.”
Es un debut literario y como tal me parece un libro más que correcto. Es un libro honesto, realista y está bastante bien escrito. Su comienzo es brutal e incluye pasajes ciertamente brillantes, con algún que otro destello narrativo. Triste y emotivo pero sin prescindir de elementos humorísticos. El problema es que conforme avanza, la cosa va perdiendo fuelle. Vamos, que el libro va de más a menos y al final acusa una evidente falta de cohesión entre las “esquirlas”. Y es que hay historias en las que el autor se extiende demasiado y otras, con más posibilidades e interés, que deja de lado demasiado pronto. Y sí, también es verdad que parece un libro de autoayuda, pero no os asustéis, no va destinado a nosotros, tan solo a su propio autor.  

jueves, 7 de mayo de 2009

La sombra del cazador


El pasado 2008 se presentó en nuestras salas “La sombra del cazador”, coproducción entre EEUU, Bosnia y Croacia escrita y dirigida por Richard Shepard, cuyo rimbombante título no invitaba a pagar los siete euros de rigor que cuesta la entradita al cine. Más aún cuando entre los protagonistas aparece el nombre del escultural Richard Gere. Digo lo de escultural no porque esté cuadrao, sino por lo que se asemeja en cuanto a poses y gestos a una escultura grecorromana de mármol. Un mendrugo incapaz de sentir, padecer y lo que es peor para un actor, de transmitir algo, dando igual si participa en una comedia, un drama, una de terror, si lo han petao en la cárcel, se le ha muerto un hijo o le tocó la lotería… Muchos pensamos que el careto de Mr. Gere es una máscara de látex. No hay otra explicación plausible a lo suyo. Sin embargo, el hecho de ser uno de los hombres más deseados de América, es argumento suficiente para que, año tras año, le veamos participar en un par de superproducciones por las que, supongo, debe cobrar buena tela.

El caso es que el domingo pasado tenía el día tonto y como pasaban la peli en algún canal del cable, pues me la tragué. Y oye, al final ni tan mal... Bueno, lo explico va… La historia va sobre un intrépido reportero de televisión caído en desgracia que descubre algo, no se sabe bien qué, en algún enclave de la antigua Yugoslavia. Se camela a su antiguo cámara, que junto a un becario enchufado le ayudaran en una misión que consiste en, ni más ni menos, detener a un criminal de guerra refugiado en los montes de la República de Sprska -parte de mayoría serbia en la actual Bosnia-Herzegovina-. Como os habréis dado cuenta, el planteamiento inicial resulta atractivo para alguien tan proclive a interesarse por todo lo relacionado con los Balcanes como este menda. El problema radica en que pretende ser una mezcla de géneros tan rara -comedia negra, sátira, denuncia social, aventuras, drama…- que hace que se derrumbe casi desde el comienzo. Y es que solo un genio hubiera sido capaz de hacer funcionar todo eso a la vez y el Sr. Shephard desde luego que no lo es.

Aunque lo más interesante viene al final. O sea, una vez vista la película. ¡Resulta que está basada en hechos reales! Vamos, que se vuelve a cumplir eso de que a veces la realidad supera a la ficción. Al parecer el director tan sólo cambió los nombres de los personajes, varió alguna ubicación y se permitió unas cuantas licencias como un absurdo final que, mucho me temo, deja a las claras la doble moral presente en el ideario del pueblo norteamericano -y por desgracia, parte del europeo-. El criminal fugitivo al cual nuestro trío de periodistas van a encontrar y apresar -¡¡¡en tan sólo dos días!!!- es un trasunto del líder serbobosnio Radovan Karadzic. Y el periodista interpretado por Richard Gere, no es otro que Scott Anderson, el cual contó su odisea en la revista Esquire en un interesante artículo publicado en octubre del 2000 que se titulaba “Que hice en mis vacaciones de verano”.

El affaire real transcurrió, grosso modo, de la siguiente manera: Anderson viajó a Sarajevo acompañado por otros cuatro colegas de profesión. Todos ellos habían cubierto el Conflicto de los Balcanes cinco años atrás, siendo testigos de los horrores de la guerra. Se las ingenian para averiguar el paradero de Karadzic -criminal de guerra apresado en junio del año pasado-. Pese a ser uno de los personajes más buscados, ni la OTAN, ni la UE, ni los EEUU, ni las autoridades serbias y bosnias habían logrado dar con el paradero de “el carnicero de Srebrenica”. Vaya. No es casual que durante su particular aventura, los periodistas se toparan con la oposición no solo de los serbios de Bosnia, sino también de los representantes de Naciones Unidas en la zona y hasta con la delegación estadounidense. En todo caso, contra viento y marea y en un tiempo récord, acabrán dando con él.

En este punto deslizaré una reflexión exprés sobre la actualidad balcánica. ¿Se están haciendo todos los esfuerzos necesarios para que las diferentes comunidades puedan cerrar heridas y vivir en paz? Obviamente no ¿A quién interesa que eso no sea así? Se me ocurren muchos actores… Por la parte que nos toca, tengo la sensación de que para la Unión Europea es una patata caliente y nunca ha tenido una estrategia clara. Ni siquiera la ha tenido para Kosovo, donde el consenso ha brillado por su ausencia. Tan sólo parece haber unanimidad respecto a Bosnia y con muchísimos matices. O sea, siempre que eso signifique sostener un país imposible compuesto por dos cantones separados étnica, cultural y religiosamente que se odian a muerte y que viven de espaldas. Así pues, ¿qué clase de esfuerzos se pueden hacer cuando ni siquiera sabemos hacia dónde dirigirlos? Lo cierto es que los serbios se consideran agraviados por las medidas impuestas sobre ellos, al señalárseles como responsables únicos de las aberraciones. De ahí que se cubran y protejan a los suyos, aunque se trate de criminales de guerra como el mencionado Karadzic, Slobodan Milosevic o incluso Ratko Mladic. Recordar que este último era un habitual del palco presidencial del Estrella Roja hasta no hace mucho. Sin embargo nadie en territorio serbio sabía dónde estaban. El maravilloso don de la invisibilidad.

Quizás -y sólo quizás- una posible solución comenzaría con un pequeño gesto de disculpa. Los pueblos vecinos e históricamente hermanos han de saber perdonarse, porque todos han cometido tropelías injustificables a lo largo de la historia -léase  “Los Karivan”. Pero para eso, primero hay que asumir responsabilidades.  Principalmente los serbios, actores protagonistas de la mayoría de masacres cometidas durante la guerra. Esta opinión, aún minoritaria entre la población, es la que recoge Ramón Lobo en diferentes artículos para El País -que condenso aquí en un enlace único “El eclipse de Milosevic”-.Y ante la pregunta de quién ha pedido perdón a los serbios -parte fundamental del discurso nacionalista- se debe replicar con una conocida cita de Bertolt Bretcht“Cada uno que hable de su responsabilidad; yo, sólo hablaré de la mía”.

viernes, 13 de marzo de 2009

Cita en Sarajevo


La verdad es que siempre que me topo con cualquier libro, documental, reportaje, cómic o película en cuyo trasfondo se encuentren los Balcanes, intento agenciármelo o hacerle hueco para verlo. Me interesa sobremanera la realidad de ese pedacito del mundo que, como dijo Winston Churchill, produce mucha más historia de la que es capaz de asimilar. Ese es el motivo que me impulsó a participar de una charla con los periodistas Alfons Cervera y Francesc Bayarri en la Librería Primado organizada durante la semana pasada. Allí se habló de la investigación periodística que este último ha realizado sobre la figura de Ilija Stanic: Joven bosnio desaparecido en el año 1969 y perseguido por la Interpol al ser el único acusado del asesinato del general croata Luburic ese mismo año en Carcaixent.
Resultó sumamente interesante el escuchar, por boca de su autor, las peculiares circunstancias y el sinfín de anécdotas producidas durante los tres años de pesquisas que dieron como fruto el libro “Cita en Sarajevo” -galardonado con el Premio de los Escritores Valencianos del 2007-.

¿Pero quién era el tal Luburic? Pues el general Vjekoslav “Maks” Luburic fue uno de los principales líderes de la Gran Croacia independiente que, amparada por Hitler y Mussolini, instauró un régimen totalitario, excluyente y genocida dominado por el partido Ustashi de Croacia -los famosos camisas negras-. Terminada la Segunda Guerra Mundial, el tipo vivió en España protegido por el franquismo. Buscado por crímenes de guerra, este paraguas institucional evitó que fuera extraditado para juzgarle por las muchas salvajadas cometidas. Y es que el amigo fue, entre otras cosas, el comandante encargado de los campos de concentración de la Croacia aliada del nazismo en donde murieron unas 150.000 personas inocentes -según los cálculos más moderados, otros hablan de hasta 700.000-.

El general vivió en la población valenciana de Carcaixent bajo el nombre de Don Vicente. Regentaba una imprenta encargada de editar la revista Drina, panfleto ultranacionalista que mantenía la llama de la causa croata entre los ustashas diseminados por el mundo. Además tenía una granja en Benigànim, lugar en el que vivió con su mujer española y donde tuvo a sus cuatro hijos, estudiantes en internados religiosos de Valencia. Siempre rodeado de eminentes franquistas, hombres de fe y expatriados croatas, la vida de Luburic transcurría apacible y sin sobresaltos, siendo un personaje bastante querido en un pueblo en donde llegó a reconocérsele como Presidente de Honor de una de sus fallas más antiguas. De hecho, aún hoy día existe un monumento conmemorativo presidiendo su tumba, ante la que los nostálgicos del régimen rinden honores una vez al año.

El caso es que, cuando nadie se lo esperaba, la policía encontró el cadáver del genocida brutalmente asesinado. Ante la falta de pruebas y debido a la desaparición de su secretario personal, se le imputó el asesinato a éste. Se trataba de un joven de 23 años, amable, reservado y muy religioso que respondía al nombre de Ilija Stanic. Un tipo realmente apreciado entre los vecinos de Carcaixent. Tras perder su pista en Barcelona, la prensa franquista se dedicó a difamarle durante años, calificándolo como un espía comunista enviado por la Yugoslavia del mariscal Tito.

Bayarri estudió todas las reacciones de la prensa de la época, la franquista y la yugoslava -la oficialista y la disidente croata-, además de los sumarios judiciales de Alzira y Valencia. También entrevistó a las personas que pudieron conocer a los personajes implicados y ya por último, decidió viajar hasta Sarajevo con la esperanza más que con la convicción, de encontrar a Stanic. Lo curioso es que, tras una serie de indagaciones y con la participación de la diosa fortuna, el autor encontraría a aquel Stanic, convertido en un honorable funcionario de la jovencísima República de Bosnia y Herzegovina. Ya con 57 años de edad, mujer, hijos y nietos. Pero sobre todo dispuesto a contar su versión del asunto. Gracias a eso Francesc Bayarri pudo concluir “Cita en Sarajevo”, una reconstrucción narrativa de toda la historia del asesinato y de las circunstancias que impulsaron a su secretario personal a actuar de aquella forma. Combinando la investigación periodística, la narrativa y el ensayo, trasportándonos desde la rancia España de la dictadura hasta el rompecabezas actual en la península de los Balcanes.

Un libro muy interesante que, como no podía ser de otra forma, me ha despertado el gusanillo viajero. Vaya, que muero de ganas de viajar a Sarajevo y a Bosnia en general –again-. En fin…

domingo, 26 de octubre de 2008

Los Karivan


Encontré “Los Karivan”, de Miljenko Jergovic, rebuscando en una montonera de libros en la sección de ofertas de la París-Valencia del parterre. El irrisorio precio de la novela -2 o 3 euros, creo recordar- unido al recuerdo de alguna buena crítica sobre “La Casa del Nogal”, novela firmada por el mismo autor, me impulsaron a comprarlo. Eso y que estaba recién llegado de un viaje por las tierras que lideró el Mariscal Tito con puño de hierro, por lo que andaba bastante predispuesto. Y vaya si me alegro, de no ser así igual me hubiera perdido este compendio de historias sencillas y que tantas cosas revelan sobre la sociedad balcánica. De hecho y esto es lo más interesante, explica mejor su compleja actualidad que la mayoría de ensayos publicados sobre el tema.

El autor es un corresponsal y columnista bosnio-croata que empezó su carrera escribiendo artículos para diversas revistas de Sarajevo. Actualmente goza de cierto reconocimiento, merced a algún premio por sus libros de poesía, ensayo y narrativa. Lo cual le equipararía, salvando mucho las distancias, al premio Nobel bosnio Ivo Andric, autor de la famosísima “Un puente sobre el Drina”. Entre las obras más conocidas de Jergovic destacan “El jardinero de Sarajevo” y  la anteriormente mencionada “La Casa del Nogal”.

Publicada en el año 2000, hay que advertir que “Los Karivan” no es una novela al uso. Es más bien un cúmulo de historias con un nexo de unión, en ocasiones claro y en otras no tanto. Una suerte de narración coral que participa tanto de la novela como del relato. Consta de cuarenta historias breves que dibujan un mundo cambiante y con una terrible constante, la fragilidad. Centrándose en esas explosiones de violencia que, por desgracia, sacuden el avispero de los Balcanes cada poco tiempo y que confirman las teorías de Freud sobre la precariedad de la civilización humana.

Los relatos vienen protagonizados por un conjunto de personajes muy heterogéneo que comparten la descendencia de Iván el Negro -kara-Ivan en serbocroata-. Personaje que habitaba en los territorios de la actual Bosnia, cuando todavía formaba parte del Imperio Otomano y se llamaba “negros” tanto a los asesinos como a héroes. Cuenta el autor que no consta que el tal Iván fuese un delincuente y, desde luego, tampoco protagonizó hazaña alguna, por lo que quizás se le apodó “el negro” porque era herrero. El caso es que los sucesores de aquel herrero, los sufridos Karivan, se vieron obligados a soportar el dominio turco, a los emperadores austro húngaros, la ocupación nazi, la creación forzosa de la extinta Yugoslavia y, en última instancia, el acoso de los francotiradores y los cañonazos de los chetniks en el marco de la Guerra de Bosnia. Se trata por lo tanto de una narración sobre los bosnios, en clave anecdótica, que abarca la friolera de doscientos años. A través de unas historias que se desarrollan a lo largo y ancho de todo el país, desde Sarajevo hasta Banja Luka, pero que también viajan hasta los confines del antiguo Imperio Austro-húngaro y aún más allá, hasta Canadá o los EEUU. Durante todo este tiempo los Karivan, ya diversificados en un sinfín de familias y con diferentes apellidos, consiguieron mantener sus lazos pasando por encima de su diversidad religiosa, étnica o dialectal. Eso hasta el año 1992, cuando por culpa de una guerra fratricida dejarían de reconocerse.

Entre los relatos que recoge el libro, destaca por su belleza y simbolismo “La víctima”, en el que Simun Gavran vive atormentado por culpa de un accidente con su caballo que ocasionó la muerte de un chiquillo de tres años. O “La Sagrada Familia de Ferhat”, en la que dos jóvenes monjes intentan convencer a un viejo musulmán para que les ceda un cuadro religioso que por circunstancias azarosas obra en su poder. Más interesante aún es lo que le sucede a los protagonistas de “Nadie” y “La biografía”. El primero de ellos es un croata que no puede acreditar su identidad porque carece de partida de bautismo, por un olvido de sus progenitores, por lo que es confundido por los suyos que creen ver en él a un enemigo. El segundo relato lo protagoniza una familia judía que escribe al Ayuntamiento de Sarajevo desde Israel con la esperanza de averiguar algo sobre las peripecias de un antepasado. Ante esto, el encargado del expediente se verá en la tesitura de contar la verdad, o sea que no hay datos, o suplir esa ausencia por una historia inventada que satisfaga a la familia. También merecen una mención especial la preciosa historia de casualidades que hila “Los senos”, el “Mal presagio” que supone una pelea doméstica en medio de un bombardeo, o la terrible y elocuente historia de odios que subyace tras “Los moros”. Aunque el mejor relato de todos es “Los atentados”. Sin ningún género de dudas, vaya. La conmovedora historia de un retrasado mental que alardea de ser el auténtico asesino del archiduque Francisco Fernando o del mismísimo Kennedy. Y es que da para una película y de las chulas.

Con estos cuarenta bocados de la realidad bosnia, Jergovic se erige como uno de los principales cronistas de su país. Un relator de excepción del horror y de sus causas a través de insignificantes dramas humanos. Usando la épica de los detalles esenciales y vistiendo de aparente normalidad la monstruosidad y la tragedia. La verdad es que me ha encantado. Y por supuesto le seguiré la pista.

lunes, 6 de octubre de 2008

Imágenes de Bosnia - Herzegovina

Acabo de leerme del tirón “Gorazde: Zona Protegida”, del periodista e historietista norteamericano Joe Sacco. Y tengo que decir que me ha gustado mucho. Es una novela gráfica que habla de las atrocidades cometidas por las fuerzas serbo-bosnias en enclaves de la Bosnia oriental. Precisamente aquellos en los que se produjeron las mayores matanzas de musulmanes durante la Guerra de los Balcanes entre los años 1992 y 1996 y en donde, sorprendentemente, la ONU y los medios internacionales prestaron menos atención. Sacco se basa en los recuerdos y las opiniones de los residentes en Gorazde, municipio del cantón de Prodinje Bosnio, al este del país.

Para ello, Sacco se desplazaría hasta allí a comienzos del año 1996, casi al final del conflicto. En su estadía se dedicó a entrevistar a los escasos moradores de un enclave que contaba con 25.000 habitantes al comienzo de la guerra. Y con ello traza un relato de supervivencia. El de los bosniacos residentes en el valle del Drina, en poblaciones como esta, pero también Visegrad, Zepa, Rogatica o esa Srebrenica de infausto recuerdo para todos nosotros.

A través de un dibujo hiperrealista y empleando únicamente el blanco y negro, Sacco nos muestra los padecimientos de un pueblo sometido a las purgas del ejército de la autoproclamada República de Sprska durante tres años largos. Los violentos bombardeos, las hambrunas y los periodos de carestía que marcaron a todas las personas allí sitiadas. Cómo tras la firma de los Acuerdos de Dayton, aquellos que pusieron fin a la guerra, esos ciudadanos musulmanes comprenderían que habían sobrevivido y se abría ante ellos un nuevo panorama, incierto, pero nunca peor que el soportado. 

Como comenta el propio autor, este libro “es tanto la historia de la práctica muerte de una ciudad como la historia de los primeros nuevos pasos de una ciudad hacia la vida”. Un relato claustrofóbico en el que Joe Sacco es capaz de transcribir el horror de la guerra en un rincón olvidado de Bosnia, alejado de las cámaras de televisión. Y vaya si lo consigue. Magistralmente.

En relación a lo anterior, mencionar que este verano pude visitar otro enclave bosnio castigadísimo en esta guerra entre hermanos: la ciudad de Mostar. Exceptuando el entorno del famoso puente de Mostar, rehabilitado para suerte de todos, el resto de la ciudad presenta decenas de edificios en ruinas y otros que se mantienen milagrosamente en pie, repletos de cicatrices en forma de agujeros de bala y piezas de artillería. Y eso en Mostar, no hablemos ya de las pequeñas poblaciones de su entorno en las que pululan refugiados de un sitio para otro vendiendo frutas o cacharrería para turistas. 


martes, 22 de julio de 2008

Srebrenica


Srebrenica es una pequeña localidad de la actual Bosnia y Herzegovina, cuya principal fuente de ingresos son la minería y un reconocido balneario. Con una población multiétnica y multicultural, mayoritariamente bosniacos musulmanes y serbobosnios, esta “ciudad de plata” -que es lo que significa Srebrenica en serbocroata-, cuenta con una larga historia. Al parecer las minas de plata que le dan nombre ya eran explotadas por los romanos. Quienes además construyeron un balneario para aprovechar el manantial de aguas medicinales que discurre por la población.

Sin embargo no es debido a estas cuestiones el que esta ciudad sea conocida en el mundo entero, sino por la masacre de julio de 1995, en el marco de la Guerra de los Balcanes (1992 - 1995). Uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente del continente europeo. La masacre, o más bien el genocidio, acabó con la vida de unos ocho mil civiles bosnios a manos de unidades del llamado Ejército de la República de Sprska –el ejército serbio de Bosnia- y de paramilitares serbios que se introdujeron en una zona, previamente declarada como segura por las Naciones Unidas y protegida por un destacamento de cascos azules holandeses.

Al frente de la milicia serbia se encontraban dos de los personajes más siniestros de esta guerra fraternal. Por un lado el ejecutor directo de la masacre, el coronel Ratko Mladic, y por otro el ex presidente de la autoproclamada República Serbia de Bosnia, Radovan Karadzic, ambos acusados de crímenes de guerra. Por suerte uno de ellos ya no está huido de la justicia. Y es que ayer mismo conocimos que Karadzic fue detenido en Belgrado, disfrazado y haciéndose pasar por otra persona. Lógicamente será entregado al Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia para que responda de sus actos. Y es que la locura del doctor K, recibido como psiquiatría y especializado en paranoias, neurosis y trastornos depresivos, pero que nunca pudo ejercer como tal, es cosa seria. Quienes le conocieron comentan que “la frustración por lo que nunca supo hacer como psiquiatra en la gran Belgrado, llevó a Karadzic a los extremos de la locura en la pequeña Sarajevo”. También su incapacidad como junta letras, no pasando de ser un aficionado poco ducho en esas lides. En fin...

El tipo fundaría en 1990 el Partido Democrático Serbio, con el fin de unir a los serbios de Bosnia. Ese fue su trampolín hacia el poder. Ahí comenzó a producirse la mutación de este aspirante a poeta y médico frustrado, hasta convertirse en una especie de Hitler balcánico. Si bien, su “reinado” duró bien poco, coincidiendo con los tiempos más oscuros de la actual república de Bosnia y Herzegovina. Su sueño era crear y gobernar una república serbia independiente, algo que no alcanzó por vías democráticas por lo que recurrió a la instigación de la violencia e instaurando un régimen de terror. Después dedicaría todos los recursos a su alcance para acabar con la población de Bosnia que no fuera serbia, es decir, casi el cincuenta por ciento, siendo el responsable político de las llamadas “operaciones de limpieza” realizadas por las fuerzas serbo bosnias. Entre estas se encuentra la perpetrada en Srebrenica y que es la que origina esta entrada. Pero es que además es responsable de crear campos de concentración para musulmanes y otras minorías, de deportar familias enteras y de miles de casos de tortura y violación.
Lo jodido es que todo esto parece una cuestión lejana en el tiempo. Como de otra época. Pero ni es tan antiguo, ni sucedió demasiado lejos de aquí. Ocurrió hace apenas quince años y a poco más de dos mil kilómetros, con la comunidad internacional -con Europa a la cabeza- mirando para otro lado. También la ONU y sus cascos azules, responsables pasivos de la matanza de Srebrenica. Comportándose como privilegiados observadores del espectáculo sangriento ofrecido por las huestes del carnicero de Srebrenica. Tendrán algo para contarles a sus hijos. También es verdad que en esa zona no hay petróleo, ni ningún otro recurso natural codiciado. No sé de qué me quejo entonces...

¿Consuela la captura de Karadzic, cual responsable político del genocidio? Pues no del todo, la verdad. Pero vaya, algo es algo... También está eso de que a cada cerdo le llega su San Martín...

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