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jueves, 14 de noviembre de 2013

Contra el cielo

                                                                                                     
                                                                     Saint Moritz, 2 de agosto 
Me aburre el cielo. Algunos momentos, incluso, me hace sufrir. Y entonces no puedo ni siquiera mirarlo, porque no sé cómo vengarme y herirlo. Me siento hermano de los escitas que disparaban sus flechas contra el Sol y las nubes. En suma, para ser franco, al menos conmigo mismo, odio al cielo Y con la peor especie de odio: con el odio impotente. 
No es que ame demasiado la Tierra. La Tierra es reducida, sucia, monótona y poblada más de lo necesario por pedacitos de barro parlante que la desfiguran y la hacen todavía más repugnante. 
Pero aquí nos sentimos en nuestra casa, dueños de hacer y deshacer, de movernos a nuestro gusto. Tal vez podemos hacernos obedecer de la Tierra. Se consigue reducirla, aquí y allí, como queremos;' obtener grano donde había aguazales o guijarros;' crear ríos artificiales, abatir montañas, separar continentes. 
Pero el cielo está distante, lejano, es inmodificable, hostil. No tenemos ningún poder sobre el cielo. Incluso los estratos más bajos de la atmósfera son independientes de nuestro dominio. Es preciso soportar el viento que sopla, esperar el beneplácito de la lluvia, sufrir semanas y meses de serenidad tórrida. 
No sabemos hacer nada contra la tempestad; todo lo más, conseguimos atraer, de cuando en cuando, algún rayo. 
Ni el globo ni el aeroplano han disminuido nuestra impotencia contra el cielo inferior. Podemos correr en el aire, pero estamos de la misma manera a merced de los huracanes, de los tifones, de los tornados, de la niebla. Y apenas conseguimos elevarnos cinco o seis mil metros: siempre por debajo de las montañas más altas. 
Pero lo que odio más ferozmente es el cielo superior, el firmamento. Tolero el Sol bestial, con su cara de fuego llena de lunares, a causa de su utilidad; ¡pero la noche, las estrellas! El infinito no me aterroriza; me disgusta y me ofende. Para sufrir la humillación de mi pequeñez bastaba la tierra. La provocación del cielo estrellado es desproporcionada, prepotente, vergonzosa. Aquellos millones de soles que aparecen a mis ojos como átomos desordenados de luz eléctrica, ¿qué tienen que ver conmigo? ¿Qué quieren? ¿Para qué me sirven? ¿Para qué vuelven todas las noches llamas milenarias, a insultar la brevedad de mis días en este ángulo vacío? 
El cielo es una injuria perpetua e insoportable. Las estrellas no me conocen y yo no podré nunca hacer nada de ellas ni contra ellas. Cuando he sabido a cuántos millares de años de luz distan de mí, y cuántos siglos emplea su claridad para llegar a la Tierra, no he hecho más que dar forma aritmética a mi rabia. 
Yo siento el cielo como algo extraño, remoto, esto es, enemigo. Los cometas que, sin un objeto razonable, arrastran su cola por el infinito, no me dicen nada que me consuele. Las nebulosas, amontonamientos confusos de polvo cósmico, me exasperan como todas las cosas informes no terminadas. En lo que se refiere a los planetas y a los satélites, aduladores extintos que dan vueltas para obtener la limosna de un poco de luz, me causan repugnancia y despecho. 
No comprendo a los astrónomos. ¿Cómo ninguno de ellos se vuelve loco o se suicida? Imagino que son hombres sin fantasías y sin dignidad, incapaces de sentir el insulto permanente de las constelaciones refugiadas en el fondo de los desiertos del espacio. Midiendo y calculando se ilusionan tal vez, pensando que dominan el cielo o al menos que son admitidos como huéspedes. 
Pero el hombre verdadero no puede experimentar ante la vorágine esparcida de los fuegos viajeros, más que ira o terror. 
El cielo tiene influencia sobre mí y yo no puedo tenerla nunca sobre él. Si le contemplo, me rebaja; si le ignoro, me castiga. Tiene una vida suya, misteriosa y solemne, que no consigo de ninguna manera turbar o mudar. Me inspira, contra mi voluntad, pensamientos mortificantes que me hacen daño, me deprimen y me quitan el valor de vivir. 
Por eso prefiero no verlo. Me gustan las regiones y las estaciones donde el cielo está siempre cubierto, donde la noche es muda y total y te sientes bajo una colcha próxima de niebla familiar. 
Envidio a los habitantes de Venus, porque, según se dice, su planeta está casi siempre envuelto por vapores. A ellos se les evita la vista del irritante chisporroteo de las inútiles constelaciones de aquella odiosa Vía Láctea que atraviesa el firmamento como una humareda de burla fosforescente. 
Los poetas, idiotas como niños, se extasían ante las luciérnagas errantes del infinito. Para mí, que por fortuna o por desgracia no soy ni versificador ni místico, el cielo es únicamente el telón siniestro donde leo todas las noches la sentencia de mi nulidad irremediable. 
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"Gog" 
Giovanni Papini (1881 - 1956) 

sábado, 21 de agosto de 2010

Palabras y sangre, de Giovanni Papini

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Escritos entre 1907 y 1910, los catorce cuentos que se incluyen en “Palabras y sangre” son fruto de una de las épocas más alteradas de la vida de su autor, el italiano Giovanni Papini. Al menos así lo indica él mismo en la introducción, de 1912, en la que además nos avisa que ha corregido y cambiado parte de los relatos originales.

Me leí este libro por dos cuestiones y ambas atañen a su autor. En primer lugar por que muchos se han referido a Papini como el maestro de mi querido Dino Buzzati y, obviamente, no podía dejar escapar la ocasión de acercarme a su prosa y así conocer esa fuente. En segundo lugar por la propia historia vital de don Giovanni, turbulenta y llena de contradicciones, el caldo de cultivo ideal para convertirse en un buen escritor. 
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Y es que el tipo nació a finales del S. XIX en el seno de una humilde familia florentina. Autodidacta por necesidad, esa circunstancia no fue obstáculo pata que alcanzara el título de maestro y trabajar como bibliotecario en el Museo de Antropología de su ciudad. Aunque lo más interesante vendría de su faceta periodística, colaborando en varias revistas literarias y filosóficas e incluso llegando a fundar con el tiempo dos de ellas y ser co-director de otra. Ahí fue moldeando su pensamiento radical en ámbitos como el arte, la filosofía y la política, además de un profundo agnosticismo y un marcado anticlericalismo que, acabó por ceder en su última etapa vital, cuando una crisis existencial le hizo dar un giro de 180 grados hasta dejarse llevar por el fervor del catolicismo. Previamente se había aproximado a las corrientes futuristas y al pensamiento fascista. A este último, se acercó tanto que se quemó, pasándolo realmente mal con la caída del régimen. Bien es cierto que también le facilitará un puestecito en la pretigiosa Universidad de Bolonia. Reputado antisemita, creía en una conspiración internacional de los judíos y apoyó las leyes de discriminación racial impuestas por Mussolini en 1938. Como he comentado antes, al igual que muchos fascistas anduvo fascinado por el movimiento futurista (¿o eso fue al revés?) en donde se convirtió en defensor de las tesis de Marinetti. Con todo, Papini fue más conocido en vida por sus artículos y ensayos periodísticos, en los que arremetía contra personajes famosos, que por su obra literaria.

Aunque es más importante la obra legada-“the song not the singer”-. En este sentido tengo que decir que su forma de escribir engancha desde el comienzo y eso que “Palabras y sangre” no es una lectura fácil para iniciarse. Sus cuentos, una  mezcla de lo fantástico y lo real, están plagados de turbios personajes con evidentes problemas de salud mental, que emprenden aventuras a veces humorísticas, a veces trágicas, que al final acaban por ser fúnebres. No en balde el propio autor reconoció estar obsesionado “por la perversa o enferma psicología humana”. Queda claro don Giovanni. Con todo y con eso, es difícil no quedar prendado de la extraña belleza poética que esconden esas narraciones y con el sarcasmo y la sorprendente brutalidad empleada. ¡Hay que tener en cuenta que están escritas a principios del siglo pasado! Aspectos que le confieren una actualidad inesperada (al menos para mí).  

Imagínense, pues, que entre en ustedes, de repente, el alma de otro. En seguida, después de una primera exploración, sentirán el mal olor de los vicios escondidos, descubrirán los rincones oscuros y se maravillarán de la cantidad de imbecilidad y de vileza que puede contener el alma de un caballero inteligente. (Las almas permutadas)

“Matarse por una razón, que la mayoría de las veces no tiene nada de racional, no es una elección: es una caída. La caída en un precipicio sin fondo, pero no calculado antes con toda la libertad del intelecto. El verdadero suicida sería aquel que sin ninguna razón personal, sin ningún motivo interesado, sin estar obcecado por ninguna desgracia doméstica ni por ningún programa metafísico, se pusiera a considerar, serena y objetivamente, la muerte y la vida, y se matara con plena libertad, sin motivos de ningún género, por una decisión de la pura voluntad”. (Sin ninguna razón)
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