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miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendo voy, leyendo vengo y por el camino me entretengo...


Ei xics, que ya estoy de vuelta y que cómo cantaba Peret no estaba muerto, estaba de parranda. Más o menos. O menos que más - Ni cerca, vaya-. El caso es que tras sortear todo tipo de dificultades cual Asterix en “Las 12 pruebas”, por fin me he medio instalado en la terreta que me vio nacer. Y el tema es que, además de realizar un sinnúmero de gestiones ante todo tipo de organismos y de padecer a esa peña que se le hace el culo Pepsi Cola con el piso heredado de la abuela Angustias, también me ha dado tiempo para leer un poco. O mucho. Bueno, no sé si tanto, aunque a mí me lo ha parecido y dadas las circunstancias...

Y lo primero que me eché al gañote fueron las “31 Canciones” de Nick Hornby. Delicioso compendio de artículos en el que el autor de “Alta Fidelidad” escribe sobre una treintena de temas que forman parte de la banda sonora de su vida. Comienza muy bien con Teenage Fanclub y termina espléndido con Patti Smith y una bonita anécdota. Por el medio desfilan canciones de Van Morrison, Bob Dylan, Paul Westenberg, Suicide, Richard & Linda Thompson, Bruce Springsteen, Marah, Santana, Badly Drawn Boy, Aimee Mann, Ian Dury, Röyksopp o Nelly Furtado... Sí, la de “I’m like a bird”, que li anem a fer? La línea que une todos los capítulos es el intento, más o menos logrado, de explicar que hay en la música pop que nos toca tan adentro. Y así va dibujando un interesante compendio de revelaciones y recuerdos ligados a la música, que en ocasiones resulta maravilloso y en otras -¿Nelly Furtado, nano?- no tanto. Os dejo una playlist por si os interesa. 

Después me metí de lleno en “Me cago en Godard” de Pedro Vallín. Uno de los analistas más interesantes de la actualidad quien, a través de sus artículos en La Vanguardia y sobre todo a fuerza de tuits a cada cual más ingenioso, nos ayuda a entender un poco la jaula de grillos en lo que se ha convertido la política nacional. Y todo ello recurriendo a ejemplos y comparaciones muy ligadas con la cultura popular, especialmente al mundo del celuloide. No se puede obviar que el periodista asturiano era o es, principalmente, un crítico cinematográfico. De ahí que el libro encierre una polémica reflexión en defensa del cine palomitero, al que Vallín tilda de progresista y emancipador frente al cine cultureta. Con bastante socarronería y mala leche, tacha a los grandes del cine europeo de artistas agrandados adictos a la autofelación y a su cine de conservador. En contraposición afirma que el denostado universo hollywoodiense es mucho más reivindicativo e incluso de izquierdas que aquel. Como veréis, la premisa resulta atrayente, sobre todo por como se caga en las teorías hegemónicas instauradas por la crítica tradicional sobre el cine de aquí y de allá. Y siendo cierto que no estoy de acuerdo al ciento por ciento en aquello que defiende y que no le compro algunos planteamientos, el tipo escribe tan de puta madre que... 
Por cierto que la entrevista que le hizo el hoy Vicepresidente Primero del Gobierno en “Otra vuelta de Tuerka” con ocasión del lanzamiento del libro, merece mucho la pena.

De ahí pasé a “Cómo caza un dromedario” de Víctor Nubla, que es harina de otro costal. Otra marcianada más publicada por la peña de Blackie Books. En este caso protagonizada por este polifacético personaje -que además de escritor es diseñador gráfico, editor, músico experimental, organizador de festivales, ilustrador de portadas y hasta opinólogo ocasional-, bastante conocido en la bohemia barcelonesa. Para hacernos una idea y según reza en la contraportada, el tipo vive en Gràcia y cree en las regiones temporalmente autónomas, mostrando un desinterés absoluto por la cultura del brunch. Cuenta que empezó a dibujar antes que a andar y en algún momento descubrió que las palabras son dibujos que explican cosas, por lo que se metió de lleno en el mundillo de las letras, aunque sea más conocido por sus proyectos sonoros con Macromassa, Dedo o Aixònoéspànic. De hecho, según he leído, incluso hay un cóctel en algún garito de la Ciudad Condal que lleva su nombre. Respecto al libro, ¿qué decir? Inclasificable. Hay historias sobre alienígenas, otras muy bizarras que vienen protagonizadas por animales humanizados o no, ensayos en forma de poema, narraciones sobre cosas mágicas que resultan ridículas, cuentos que realmente son fórmulas matemáticas y un puñado de “señoras vestidas de fiesta, perros peinados, borrachos impenitentes, camorristas de tres al cuarto, presentadores de televisión, inspectores de compañías cerveceras, policías de paisano, músicos agarrados a un vaso, gitanos que cantan solos, calles iluminadas de amarillo, almas en pena, penas sin alma, filósofos prácticos”. Tengo que decir que me ha gustado, pero menos de lo que esperaba. Creo que va de más a menos, desinflándose con el transcurrir de los capítulos. Que sí, el librito está organizado en capítulos, aunque tengan poco que ver los unos con los otros.

Y ya para acabar “El Director” de David Jiménez. El controvertido libro de memorias de quien fuera corresponsal y reportero de guerra durante dos décadas, en su fugaz paso por la dirección de El Mundo. Como aquello que comenzó siendo un reto ilusionante terminó en una cruenta batalla por el control del periódico, provocando su despido tras apenas un año en el cargo. Asistimos a los entresijos de una empresa de información que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo y en la que, aquel derecho consagrado por el artículo 20.1 b) de la Constitución, pasa con facilidad a un segundo plano. El tipo habla con bastante soltura de las presiones editoriales sufridas, de malsanas influencias y de algunos favorcillos reclamados por el poder económico o el político y que comprometieron la independencia del diario. Poniendo sobre la mesa nombres y apellidos, o sobrenombres tras los que se esconden personajes fácilmente identificables. Una lectura que resulta interesante pero que ofrece menos de lo que promete. Y es que gran parte de las intrigas son bien conocidas y las que no lo son, tampoco extrañan demasiado visto lo visto -y oído lo oído-. Además hiede a que el tipo se ha guardado bastantes cositas y no parece que se deba exclusivamente a una cuestión de auto-protección. O tal vez sí. En todo caso, el tiempo dirá. 

Y esto sería todo por ahora. Estoy con el último de la Mariana Enríquez y lo tengo a punto de caramelo. Pero a este libraco y a su autora prefiero dedicarles una entradita en exclusiva.

lunes, 27 de mayo de 2019

Columbus


Esta cosa de la cinefagia, definida de forma un tanto despreciativa como el innoble arte de tragarse casi cualquier producción cinematográfica por el mero hecho de serlo, también tiene sus cosas buenas. Y el que dice buenas, dice buenísimas. A mí, desde luego, me ha hecho muy feliz esa manera de entender la pasión por el cine. Disponiendo de un menú amplísimo en el que, según el día y la hora, elijo que cosas zamparme. Unos días me voy de asado de lomo vetado y choripanes y al siguiente me convierto en vegano estricto. Y a gozarlo, oye. Sin avergonzarme por ello. Haciendo compatible el disfrutar de un clásico de los años 50, con el de alguna tontera de acción o la comedieta simpática del año. Flipando con una peli de Bergman pero también con el último Mad Max, cambiando la mirada y aceptando que ni todos los momentos son iguales, ni siempre buscamos lo mismo. Lo cierto es que gracias a esa visión amplia, he podido toparme con verdaderos tesoros en lugares insospechados. Sirva de ejemplo mi penúltimo descubrimiento fílmico, One Cut of the Dead” (2017) del director japonés Shin'ichiro Ueda (Gracias Javi). Inteligentísima comedia de zombis en la que nada es lo que parece y mejor que no os diga mucho más. O la última cinta que he visto y de la cual me dispongo a hablar en esta entrada. “Columbus” (2017), dirigida por un ensayista y colaborador de la revista Sight & Sound que firma bajo el desafortunado seudónimo de “Kogonada”. El corrector insiste en poner “Mojonada” y a mí me viene a la cabeza todo el rato “Cojonada”.

El título elegido por este coreano-americano para su ópera prima, hace referencia a una población del estado de Indiana. Pequeña localidad sita en un entorno rural, que sin embargo supone un enorme ejemplo de mecenazgo en lo que a la arquitectura del siglo XX se refiere. El motivo se llama Irwin Miller, quien ocupara diferentes cargos de responsabilidad al frente de Cummins Inc., empresa líder en el desarrollo y distribución de motores diesel a nivel mundial y que está radicada en Columbus. A él se debe la imagen actual de la ciudad, ya que se esforzó en convertirla en el sueño de cualquier apasionado a la arquitectura y al arte moderno en general. El hombre, que era un intelectual graduado en Yale y Oxford, guardaba una estrecha relación con el arquitecto finlandés Eero Saarinen. De esta amistad, forjada a raíz de la construcción en Columbus de la First Christian Church, proyectada por el padre de aquel, surgirían un gran número de obras arquitectónicas en la ciudad. Todas financiadas, principalmente, por la familia Miller. Destacando el Irwin Union Trust and Bank, la casa Miller o la North Christian Church, proyectadas por el propio Saarinen; o el Mabel McDowell Adult Education Center y la First Baptist Church, por John Carl Warnecke y Harry Weese respectivamente.  

Todo este rollo tiene relevancia, ya que estas arquitecturas son un elemento fundamental para entender “Columbus”. Kogonada se sirve de esos espacios físicos para confrontarlos al espacio emocional de los dos caracteres principales de la historia. Maravillosamente interpretados por John Cho y, muy especialmente, por la jovencita Haley Lu Richardson. Personajes diferentes en cuanto a edad, formación, aspiraciones y desilusiones, que se encontrarán en Columbus de forma casual para, de alguna forma, liberarse de sus ataduras. Él es hijo de un famoso arquitecto y profesor, mientras que ella es una simple estudiante. Él se encuentra atrapado en Columbus, llegado desde Corea, tras ser avisado de que su padre está ingresado en un hospital de la ciudad. Ella, que es residente, se encuentra atrapada por culpa de su madre, una adicta en fase de recuperación. El caso es que ambos se ven obligados a permanecer allí contra su voluntad, en lugar de volver a la rutina en Seúl -en el caso de él-, o salir a perseguir sus sueños -en el de ella-. Las imponentes obras de los Saarinen y compañía, son el escenario en el cual se produce el acercamiento entre ambos. Además de actuar como metáfora. Esas casas, iglesias, bancos o escuelas son el marco al que ambos se ven atados e incapaces de huir.
Lo más tremendo del film, además de una imponente fotografía arquitectónica digna de Paolo Portoghesi o las atmósferas creadas por la música de Hammock, es la química entre actores. Reflejada en esas escenas a dos en las que, a través de los diálogos, pero también con el uso preciso de los silencios, van encontrándose y descubriéndose. Reflejándose el uno en el otro y, en definitiva, tejiendo un vínculo afectivo que podría llegar a ser su salvación. Unas escenas que recuerdan mucho en las formas al cineasta japonés Yasujiro Ozu. No parece casual esa impronta. Kogonada dedicó un ensayo visual a la obra del autor de “Los Cuentos de Tokio” (1953) o “Las hermanas Munekata” (1950) titulado “Way of Ozu” (2016). Identificando patrones formales y correspondencias, encontrando ritmos afines y contrapuntos, tanto a nivel de imagen como en lo sonoro.

El caso es que “Columbus” supone el estimulante debut tras las cámaras del amigo Kogonada. Y tiene mérito para alguien que debe llevar años pontificando sobre cine, escondido tras la pantalla de un ordenador. Por lo que supongo, o más bien intuyo, habría unos cuantos esperando el patinazo. Y el momento de devolver los “afectos” recibidos de aquel. Pero ya lo siento peña, tendrá que ser a la próxima.  

jueves, 23 de mayo de 2019

Cinefilia de tres al cuarto


Recuerdo cuando, aún siendo niño, me aficioné a esto del cine. Fue allá por los hoy denostados ochenta y no tanto en las sesiones dobles del único cine que, por aquel entonces, existía en mi pueblo. El flechazo se produjo en casa y gracias a mi madre, cinéfila de postín. Y es que no hay película que la señora no haya visto. Varias veces. Anda a preguntarle por alguna…  Por aquel entonces solo contábamos con dos canales de televisión en abierto. Pero cuidaban la programación o, cuando menos, no basaban sus emisiones en packs de films comprados al peso a algún intermediario alemán. Así fue como me nutrí de aquellos clásicos que se emitían a media tarde durante los fines de semana. También de las pelis de “La Clave”, que creo pasaban las noches de los viernes y siempre antes del debate moderado por José Luís Balbín, al cual no llegaba por cuestiones de edad. Desde “Trapecio” (C. Reed, 1956) a “A través del espejo” (R. Siodmak, 1946), pasando por “Río Bravo” (H. Hawks, 1959), “El hombre que mató a Liberty Valance” (J. Ford, 1962),  “Fahrenheit 451” (1967, F. Truffaut), “Ultimátum a la Tierra” (1951, R. Wise) o los tostones de Cecil B. DeMille y otros exponentes del péplum clásico. Con el tiempo enriquecí este equilibrado menú con sobradas dosis de comida basura.  Muy especialmente yendo a ver pelis, primero en sistema Beta o 2000, más adelante en VHS, en casa de mis colegas. Lo de enriquecer es un decir ya que, como sabréis si habéis tenido juventud, en esas quedadas se puede ver de todo menos clásicos del séptimo arte.

Con todo, yo seguí a la mía y en algún momento subí la apuesta, agenciándome algunas revistas especializadas y sacando libros sobre cine de la biblioteca pública. Y en esas andaba cuando cayó en mis manos una guía cinematográfica, cuyo autor no recuerdo, que resultó de gran valor. El librito de marras tenía la gracia de incluir un buen puñado de referencias por género. Lo que me sirvió para estimular mi ya de por sí voraz apetito. Y para devanarme los sesos localizando las jodidas películas. No es necesario explicar cómo en aquella época de videoclubs de barrio y VHS regrabados de la tele, me costó Dios y ayuda llegar hasta muchas de las cintas. A algunas no accedería hasta muchísimo tiempo después. El tema es que la guía partía de una clasificación, digamos, clásica de los géneros. A saber: drama, comedia, noir, sci-fi, terror, musical, histórica, bélica, documental, western… Y nada de diferenciar entre crepuscular o espagueti western o entre terror distópico y cine gore. Algo bien básico, pero muy útil para un cinéfago en ciernes. Nada que ver con otras obras que pude leer de más adulto, como la reputada “Historia del cine” de Román Gubern o el interesante librito de Rick Altman. Ese que relaciona los papeles que desempeñan la industria, la crítica y el público en la génesis y la redefinición de los géneros.

Y a esto último es a lo quería llegar. A lo de los géneros. Pero para pasarme todas esas clasificaciones por el arco del triunfo, incluyendo la de Gubern. Aprovechando que uno ya tiene una edad y un bagaje en estas lides, por lo que también es capaz de establecer la suya propia. Eso y una madre con criterio y sabiduría a la que es imposible hacer sombra en estas cuestiones. Y es que, por mucho que me estrujara las meninges, jamás me saldría un listado de géneros más completo que el suyo. Un Opus Teresiano que en la actualidad consta de veinticuatro categorías bien diferenciadas incluyendo:

- Pelis de sustos.
Equivaldría al género de terror en la clasificación clásica, pero no exactamente. Vaya, que ni siquiera incluiría a todas la pelis etiquetadas como tal. Por ejemplo “Alien, el octavo pasajero” (1978, R. Scott) no entraría aquí y más adelante veréis por qué. Ejemplos de pelis de sustitos serían cualquiera de la saga “Halloween”' (1978, J. Carpenter), pero también toda esa broza pre y post adolescente que surgió a finales de los 90 y de la cual participó incluso Wes Craven.   

- De monstruitos.

Aquellas con uno o más bichejos que suelen ser la némesis del héroe. La arriba mencionada “Alien..." o su secuela “Aliens: El regreso” (1986, J. Cameron) serían el ejemplo prototípico. Luego están los “Gremlins” (1984, J. Dante), los “Ghoulies” (1985, L. Bercovici), los “Critters” (1986, S. Herek), los “Munchies” (1987, T. Hirsch), los “Hobgoblins” (1988, R. Sloane) y demás historias de mini-monstruos tan en boga en los ochenta.  Pero la cosa no se agota aquí. Esta categoría admite hasta joyitas del celuloide como “Cabeza Borradora” (1977, D. Lynch) o cintas multipremiadas como “El laberinto del fauno” (G. Del Toro, 2006).


- De tiros.
Cualquiera de Bruce Willis. O perpetradores similares. No entran aquí ni las de cowboys, ni tampoco las de guerra. 

Del oeste.
Las de vaqueros de toa la vida de Dios, vaya. Pero no solo las de John Wayne o Lee Marvin ni los western made in Almería de Sergio Leone. También “Que viene Valdez” (1971, E. Sherin) y el resto de morralla ofrecida en el mítico espacio vespertino de la desaparecida Canal 9 titulado “Cine de l’Oest”.

De guerra.
Esta categoría se equipararía, más o menos, al género bélico. Si bien, algunas sobre la Guerra Civil se verían desplazadas a la sección “españolada”.  

- De guasones.
Cintas de humor malo. De esas con las que te puedes partir el culo, pero no dejan de ser malas. Aunque a veces ni para eso dan. Sirvan a modo de ejemplo los “Torrentes”. También cualquier producción que cuente con Steve Martin o Leslie Nielsen entre el elenco actoral. Cabrían incluso las de Monty Python que son buenas, aunque no a ojos de la creadora de esta clasificación.    

- De peleas.
Aquí entraría la extensa filmografía de Jean Claude Van Damme, Steven Seagal, Jason Statham, Chuck Norris y demás maestros del guantazo. Mostros de la cosa violenta de ascendencia occidental. La cosa asiática encontraría acomodo en otro género que explico a continuación.

- De chinos.

Toda la gama de cintas de artes marciales protagonizadas por Bruce Lee o Bruce Li, Bruce Lai, Bruce Le, Bronson Lee, Dragon Lee y resto de la bruceploitation. También las pelis de Mizoguchi, Ozu, Kurosawa y hasta de Wong Kar-wai. Vaya, casi cualquier referente cinematográfico de Quentin Tarantino. Si bien, lo que menos hay ahí son chinos, entendiendo por chinos a los de la China popular. Espero que se entienda.

- De esas de negros
(wtf!?) Pues eso. ¿Qué queréis que os diga? Desde “Los chicos del Barrio” (1991, J. Singleton) a “El príncipe de Zamunda” (J. Landis, 1988), pasando por la egregia filmografía de Spike Lee. Si bien, la etiqueta le calza como un guante a las primeras pelis de Eddie Murphy.

- Románticas.
Casi cualquiera que venga protagonizada por Romy Schneider antes de los 80. Engendros de los que participen Meg Ryan o más recientemente Rachel McAdams. También esas antiguallas ridículas con el guapín de Troy Donahue al frente. Cualquier otra en la que actúe el guachón de la temporada, especialmente si es aquel/aquella al que los medios han calificado como “el hombre más sexy del mundo” o “la novia de América”.   

- De esas de llorar.
Que no necesariamente románticas... “El campeón” (1979, F. Zeffirelli), pero también “Love Story” (1970, A. Hiller)… Un suplicio para el lagrimal.

- Basadas en hechos reales.
Aquí entrarían todos esos films que siguieron la estela a “No sin mi hija” (1990, B. Gilbert), con Sally Field como icono del engender. Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en el que la sobremesa de Antena 3 solo ofrecía cintas de este pelaje. Antes de la invasión alemana. Ahí también quien las llama “pelis de Lorreins”. Y es que el apelativo Lorraine es tan común en estas cintas, como la eritropoyetina en el ciclismo profesional.     

- De dibujitos.
Pelis de animación sin distinción. Desde Miyazaki a Walt Disney, desde “Akira” (1988, K. Otomo) a “Los Increíbles” (2004, B. Bird). Y bien que me parece.  

- De esas con letreritos.
Aka subtituladas. No hace falta decir namás.

- Americanadas.
¡Uff! Una categoría que de tan amplia es hasta difícil de explicar. Grosso modo serían aquellas historias filmadas a mayor gloria del país de las barras y estrellas. Pelis patrioteras en las que la bandera y la exacerbación nacionalista acaban siendo los verdaderos protagonistas. Ahí tendrían cabida truños como “Independence Day” (1996, R. Emmerich) o “Armaggedon” (1998, M. Bay). De hecho Michael Bay es un insigne representante de este género. También es el caso de “Top Gun” (1986, T. Scott).    

- Españoladas.
Las de Pajares, Esteso, los Ozores, Gracita Morales, Paco Martínez Soria, López Vázquez, Alfredo Landa, Saza y demás tropa, ya sabéis a lo que me refiero. “La Hoz y el Martínez” (1985, A. Sáenz de Heredia), “Los Bingueros” (1979, M. Ozores), “Playboy en paro” (1984, T. Aznar), “El donante” (1985, R. Fernández), “¡Vaya par de gemelos!” (1978, P. Lazaga)… También las del fenómeno aquel conocido en España como “el destape”. Y por extensión cualquier cosa emitida en aquel lamentable programa de TVE titulado “Cine de Barrio”.

- Alemanas de sobremesa.
Esos telefilms plácidos y amables en los que nunca es invierno, protagonizados por familias rubias y pudientes. O cuando menos beneficiarias de ese modelo de bienestar europeo que aquí nos llegó a medias. Dramones dignos de un talk show y alguna intriga chichinabesca en los que la teutónica heroína siempre sale victoriosa. Y no solo eso, sino que acabará encontrando su destino junto a algún guapo heredero más soso que un salero boca abajo. Películas que ya cuesta diferenciar, incluso en sus nada imaginativos títulos y cuya compra, en lotes de a mil, venía entre las contrapartidas derivadas del rescate bancario autorizado por el BCE y frau Merkel. 

- De Clin Irbu.
Lo que vendrían a ser thrillers escuela “Harry el Sucio” (1971, D. Siegel) o “Harry el ejecutor” (1976, J. Fargo y R. Daley), ande el señor Eastwood enredado en ello o no. Ande Sondra Locke de víctima propiciatoria o tampoco. Lo que sí suelen haber son malosos con gafas de cristales amarillentos.  

- Del tío ese que hace caras raras.
Esta categoría nació originalmente para desacreditar cualquier película de Jim Carey. Si bien, con el tiempo, fue incorporando a otra peña como Ben Stiller, Adam Sandler o su colega Kevin James.

- De esas fantásticas.
Historias futuristas o de ciencia ficción en cualquiera de sus variantes. Desde “Blade Runner” (1982, R. Scott) a “Metrópolis” (1927, F. Lang), pasando por “La Guerra de las Galaxias (1977, G. Lucas). Con una mención especial para las fantasías épicas rollo “Conan el Bárbaro” (J. Millius, 1982).

- De romanos.
Aquellas cintas que están ambientadas en la antigüedad grecorromana y suelen tener una duración próxima o hasta superior a las tres horas. Pero no solo esas. También las aventuretas en el Egipto de Cleopatra –“Sinuhé, el egipcio” (1954, M. Curtiz)- y las basadas en la Biblia tan propias de Semana Santa–“Salomón y la reina de Saba” (1959, K. Vidor). Vamos, lo que popularmente se conoce como el péplum y más socarronamente como cintas de espadas y sandalias.

- De desgracias.
Aviones que se despeñan, rascacielos a punto de venirse abajo, trasatlánticos que se piñan contra un iceberg, islas que van a ser destruidas por un volcán con muy mala leche, ciudades arrasadas por terremotos o maremotos, lugares sobre los que caen las siete plagas bíblicas… Vaya, que no hace falta que os ponga ejemplos.

- De esas raras que te gustan a ti.
Categoría ad hoc que comenzó a moldearse gracias a mi interés adolescente por según qué historias. Con todo, viene a ser un cajón desastre en el que cabe casi cualquier cosa, por lo que se hace difícil establecer límites. De las últimas incluidas cabría citar “Origen” (C. Nolan, 2010) y antes “Primer” (S. Carruth, 2004) o “Pi, fe en el caos” (D. Aronofsky,  1998). Esas y casi todas las de David Cronenberg.    

- De policías y ladrones.
Extensa categoría en la que caben desde clásicos detectivescos escuela Humphrey Bogart, a cualquier adaptación cinematográfica del policiaco sueco-danés de temporada.


Hasta aquí una clasificación que sigo a pies juntillas sin cuestionamiento alguno. Aunque bueno, como habréis deducido, se fue adaptando de a poquito y con el trascurrir de los años. Aún así y con permiso de la Mamma, servidor ha añadido un par de géneros al listado: 

- El primero es reciente y tiene que ver con mi exilio ultramarino. Se trata de las chilenadas. Categoría esta que, lógicamente, no podía estar recogida en la clasificación materna. Y es que, como pasa con las españoladas, no son muy de cruzar el charco. Se trata de producciones malas de andar por casa. Si alguna vez cruzáis los Andes y en el hotel seleccionáis cualquier canal de la televisión en abierto cacharéis altiro. 

- El segundo género que quiero añadir es el “cine de tacitas” tal cual lo explica aquí Miguel López-Neyra y yo suscribo de pé a pá.

Y eso es todo. Creo.

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miércoles, 15 de julio de 2009

Eric Röhmer es un brasas

"Mi noche con Maud" (1969)

Ya hace tiempo que el canal temático Cinematk viene anunciando, a bombo y platillo, que va a dedicarle un ciclo Eric Röhmer. Y no es que me parezca mal. Al fin y al cabo, cualquier tendencia debe tener cabida en un espacio televisivo como este, que tiene por objeto mostrar todas las sensibilidades cinematográficas y la obra de sus principales exponentes. Sin embargo no voy a mentiros, la obra del veterano director francés no me gusta nada. Pero nada de nada. Y me da igual que sea considerado un genio del séptimo arte. ¿Qué digo genio? Un Dios de la intelectualidad… Personaje venerado por cientos de miles de cinéfilos. De forma inexplicable, según yo lo veo, ya que no puedo entender como un tío tan pesao llega al alma de tanta gente. Un realizador monotema cuyas películas van siempre de lo mismo: esos amores y desamores de gente inteligente con angustia existencial. Por  no hablar de esas conversaciones en torno a los temas más banales que uno pueda imaginar. Es que ni fumándome un porro antes de verlas...

Vamos, que si uno se ha chamao buena parte de la filmografía del director francés, es precisamente para poder escribir posts como este. También para conversar con sus amigos cinéfilos, que también los tiene. Marcando el contrapunto en esas sesudas conversaciones sobre el gran cine que de tanto en tanto se dan y suelen acabar como ceremonias de masturbación colectiva en torno a la figura de algún Röhmer de la vida. Lo gracioso es el contexto de las mismas. Y es que se suelen dar en un bar, con botellines de San Miguel en la barra, la Cirsa atronando avances y el suelo lleno de palillos y servilletas de papel. No se me ocurre nada menos Röhmer que eso. 

En una de esas, un amiguete me soltó aquello de “como osas no reconocer la grandeza del maestro”. Pues mira...  Si no lo hago es porque su cine me parece insufrible. Porque dice menos de lo que pretende. Porque pasan los minutos y en pantalla apenas si ocurre algo. Porque todos los personajes van de súper inteligentes y mega sofisticados, pero no son más que una panda de capullos con problemas del primer mundo. Porque los actores -y me da igual que sean la Romand, la Rosette, la Rivière o el Pascal Greggory- son tipos muy anodinos. Porque su alabada simplicidad no es más que una memez supina. Porque la supuesta intelectualidad es mera impostura y porque lleva casi sesenta años rodando la misma puta película... En definitiva y parafraseando a Homer Simpson, porque viendo una cinta de Röhmer ¡¡¡me abuuurrooooo!!!

Vale sí, algo bueno debo reconocerle. Sobre todo en lo que hace a su labor como crítico cinematográfico. Destacando su trabajo como jefe de redacción de Cahiers du Cinema entre 1956 y 1963, junto a quien fuera uno de sus grandes maestros, André Bazin. Revista clave para entender el universo del celuloide y a la cual debemos la recuperación de figuras como John Ford o Alfred Hitchcock. De donde también surgieron Jacques Rivette, Chabrol, Resnais y por supuesto Truffaut. Aunque también es de su responsabilidad el éxito de otro brasas como Godard. Otro mérito de Röhmer es la creación en 1962 de la productora Les Films du Losangeun referente para el cine francés desde entonces.

Nada de eso borra que el Röhmer director sea un pesado de cojones. Y su cine, mal que le pese a la cinéfila afición, a los medios especializados y hasta a algunos de mis amigos, es una mierda pinchada en un palo. Bueno, quizás no tanto, pero sí aburre a las ovejas. Y a todos los seres humanos incluyéndote a ti, aunque lo niegues. Y como yo ni soy cinéfilo ni lo pretendo -si acaso soy un cinéfago- me puedo permitir decirlo así de claro.

Hala, Sulo fent amics…

miércoles, 11 de febrero de 2009

Hammershoi y Dreyer


Vilhelm Hammershoi y Carl Theodor Dreyer son dos de las principales figuras que Dinamarca ha exportado al mundo, al nivel de Soren Kierkegaard, Hans Christian Andersen o Michael Laudrup. El primero de ellos destacó en el arte y más concretamente en la pintura, el segundo como uno de los mayores directores del cine europeo y mundial. Es verdad que la obra de Hammershoi no es especialmente conocida en España y es una lástima, ya que estamos ante uno de los autores más inquietantes que ha producido el arte de los pinceles. Por contra la obra de Dreyer es algo más conocida, al menos entre cinéfilos y hasta cinéfagos adelantados. Si bien muchos lo habrán oído nombrar, pero pocos serán quienes hayan visto su impecable filmografía. Pero vaya, que a poco que tengas un mínimo interés habrás visto “Gertrud” u “Ordet” o “Dies Irae”. O las habrás comenzado al menos. No tengo tan claro que pase eso mismo respecto a los cuadros más representativos de Hammershoi.

De hecho, sólo en una ocasión se montó en España una muestra dedicada a su figura. Fue a comienzos del 2007, cuando el CCCB acogió 36 piezas que hasta entonces tan sólo se habían mostrado en su país, además de en París, Nueva York y Hamburgo. Una exposición tremenda. Muy interesante por cuanto se relacionaba la figura de Hammershoi con la de Dreyer. Planteándose como un estudio de las analogías temáticas y formales existentes entre los dos artistas. En la que se podía apreciar como compartían la convicción de que es en los espacios interiores -de una casa, de una imagen, de un rostro- donde se produce la mayor intensidad dramática. También en la forma de tratar la figura humana, especialmente la femenina, con esas enigmáticas mujeres de espaldas que nos deslizan hacia dramas a puerta cerrada e incluso trasmiten el aroma de la muerte. Y el dominio de la luz sobre la escena expresado en la obra de ambos. O como los exteriores, repletos de paisajes cargados de una atmósfera raruna, son percibimos a través de ventanas y puertas.
Hammershoi y Dreyer coexistieron a finales del siglo XIX y principios del XX en Copenhague, por lo que  bebieron de las mismas fuentes y sufrieron el mismo clima. Supongo que ese será el motivo de la tristeza inherente a la obra de ambos. Con la preeminencia de una escala de colores dominada por los grises como expresión de la soledad y la angustia. Maravillosa soledad y bendita angustia. 

domingo, 31 de agosto de 2008

De aquellos pozos...


Que Daniel Day-Lewis es uno de los dos o tres mejores actores que tenemos en la actualidad es algo bastante obvio. Si no lo crees así, échale un ojo a “Pozos de Ambición” (There will be blood, 2007) de Paul Thomas Anderson, en dónde pone cara al protagonista principal. Una actuación magistral que le valió para obtener el Globo de Oro al mejor actor en la categoría de drama, así como el Oscar al mejor actor. Y ya sé que hay quiénes no están muy de acuerdo con esto. Sin ir más lejos tengo un amigo bastante desubicado, al que no convence el histrionismo de Daniel y me martillea en cada debate cinéfago con aquello de que “el británico siempre sobreactúa”. Pues bendito histrionismo… ¡Y viva la sobreactuación! Day-Lewis es capaz de llorar sin caer en el dramatismo facilón, sonreír y hacernos reír sin que resulte ridículo, hacer que sus personajes rezumen simpatía o antipatía y que de las dos maneras parezca verosímil. Alguien capaz de fumar con tremendo estilo y sin que resulte impostado, con la importancia que eso tiene en el mundillo de la actuación; que cuando bebe o come nos transmite sed y hambre, pero de verdad, con lo difícil que es… Resacoso, dormido, sereno, borracho, triste, radiante, tullido o hasta de espaldas a la cámara lo hace de puta madre… Y esta película no podía ser la excepción. El gachón está excelente, sin ningún género de dudas. Aunque le joda a mi broda’.

Premiada en el último Festival de Berlín, en la gala de los Oscars y por el Círculo de Críticos de Nueva York, la cinta es una adaptación de la novela “¡Petróleo!” que Upton Sinclair publicara en 1927. Narra la historia de un buscador de petróleo de Texas, que hace fortuna durante los primeros años del negocio, a comienzos del siglo XX. Transcurrido un tiempo y ya transformado en magnate, intentará adueñarse de un importante yacimiento ubicado en una pequeña población de interior. Encontrando la oposición de un predicador cristiano que se transformará rápidamente en la horma de su zapato.

La primera parte de la película es excepcional. Con apenas diálogos y casi sin música, sobresalen esas escenas iniciales en las que vemos cómo se va forjando el personaje. Los sufrimientos de quien acabará deviniendo en eso tan valorado por la sociedad norteamericana, lo del hombre hecho a sí mismo. La filmación es de un cuidado preciosismo, bellísima. Destacando los abundantes claroscuros que resaltan más si cabe la rudeza en los rostros y también lo duro de la empresa emprendida. Ya entonces y a través de la afilada cámara de P.T. Anderson vemos como ese hombre asume ser un canalla sin redención. Aunque no va a ser hasta la segunda parte que observaremos como el monstruo despliega sus alas. Ciego de ambición, no cejara en el empeño hasta convertirse en millonario. Comportándose como un miserable capaz de todo con tal de colmar sus ansias de riqueza. Y saciar su sed de petróleo, por supuesto.

Y es que, por si no había quedado claro, “Pozos de ambición” es la historia de una ambición desmesurada. El auge y caída de un ser humano cuya codicia le llevará hasta la destrucción moral y también física más absoluta. Obra oscura, deprimente y opresiva como pocas. La única pega es, por decir algo, el exceso de frialdad en algunas de las escenas. Aquellas que parecen filmadas no tanto para resultar claves en el desarrollo de la historia, sino para que el director se luzca. Y que nos quedemos con la boca abierta ante esa belleza quasi pictórica. ¡Bendito problema! Tampoco estoy de acuerdo con un metraje a todas luces excesivo. En esto sí creo que el director se equivoca. Debería haber acortado un poco hacia final, ahorrándonos ciertas teatralizaciones. Esas con las que recalca mensajes que tienen que ver con la eterna fricción entre el poder, la religión o la familia, y que ya habían quedado más que claros. Esa “violencia tragicómica con la que se resuelve el final” tal cual lo ha definido algún crítico.
A pesar de todo y con las reservas expuestas, me ha encantado la película. Siendo además una extraordinaria muestra de estilo. El del siempre interesante P.T. Anderson, director californiano también responsable de films como “Embriagado de amor” (2002), “Magnolia” (1999), “Boogie Nights” (1997) o Sidney (1996). Desde luego que merece la pena tragarse las más de dos horas y media de imágenes. Aunque solo fuera por la prodigiosa primera hora, por la fastuosa interpretación de Daniel Day-Lewis, por la primorosa planificación, por la bellísima fotografía, por su elegante tratamiento sonoro y porque, seamos serios, tampoco es que haya tantas obras maestras pululando por nuestros cines. Y esta no lo será, de acuerdo, pero se le acerca mucho. Y sino al tiempo…  

lunes, 7 de julio de 2008

Christopher Lambert, el anti-actor


“Resurrección” (1999) es un thriller dirigido por Russell Mulcahy sobre un detective encargado de la investigación de una serie de espeluznantes crímenes en la ciudad de Chicago. Al parecer, el asesino ha tenido la ocurrencia de reconstruir el cuerpo de Cristo con miembros amputados de sus víctimas. Tan magna obra debería quedar completada para el domingo de resurrección. Nada nuevo bajo el Sol. Siendo esta cinta un plagio, burdamente disimulado, de la celebérrima “Seven” dirigida por David Fincher en el año 1995.

El verdadero motivo por el cual comento esta porquería es para manifestar mi opinión respecto al actor protagonista, don Christopher Lambert. Y eso porque en los días de mi vida he visto actor más lamentable que éste. Ya desde su etapa de guaperas -que alguien me lo explique-, hasta sus aportaciones al cine histórico o historicista, o incluso cuando hace de gorila gorilón, Mr. Lambert se ha empeñado en mostrar al mundo de los insufribles cinéfagos -sí chavales, aquellos que acabamos tragándonos cualquier cosa que pasan por la tele al margen de la pinta que presente el producto- que cualquier tonto con suerte puede ganarse la vida y bien en una profesión para la cual simplemente no vale. Pues bien, me doy por aludido y le reconozco el mérito Christopher. ¡Es usted pésimo! ¡¡¡Nefasto!!! En los días de mi vida he visto un profesional tan negado. ¡Y sin embargo vive de ello! ¿Cómo lo ha conseguido? ¿Cuál es su secreto? Porque ni haciéndolo a posta se puede ser tan malo. Con sus actuaciones consigue hacer buenos a Vin Diesel, Van Damme, Steven Seagal o Chuck Norris... Que tié cojones la cosa… Así que, acepte esta recomendación de un humilde aficionado al cine: ¡Retírese hombre! Vaya a disfrutar de sus hijos o nietos o caballos o lo que tenga en su rancho texano. O dedíquese al arte, a la papiroflexia o a moldear bonsais. ¡Haga lo que le rote! Se lo ha ganado con creces. Ale, arreando… Y cierre la puerta al salir. 

Pero no... No solo es incapaz de retirarse, aunque fuere por dignidad, sino que ahora se deja humillar en una campaña publicitaria luciendo de esta guisa…

S/c.

Lo gracioso es que la colaboración entre Mulcahy y Lambert, dio buenos frutos en el pasado. De hecho, buceando en ese océano de mierda que es la filmografía del amigo Christopher, encuentras dos filmes como Los Inmortales”(1986) y su secuela “Los Inmortales II: El desafío” (1991), ambos con el de Long Island en el rol principal y el realizador australiano tras las cámaras. La historia de esos seres que sólo pueden morir decapitados entre sí y que viven desde hace siglos entre los hombres ocultando su identidad, es seguramente lo único decente que han filmado ambos, juntos y por separado. Y por eso ilustro la entrada con esa fotito... 

No, si al final habrá que quererle... Redèu quina Creu!!!
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