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lunes, 21 de junio de 2010

El ciclista de Tim Krabbé



Entre todos la mataron y ella sola se murió. Dicho que viene al pelo para referirme al ciclismo y al triste futuro que le aguarda. El deporte de la bicicleta, probablemente el más noble de todos ellos, abocado a la épica como ningún otro, y gracias al cual algunos logramos sobrevivir al tórrido verano. Arriesgada práctica a través de la cual se consagraron héroes populares como Eddy Merckx, Bernard Hinault, Raymond Poulidor, Miguel Induráin o Federico Martín Bahamontes –me viene a la mente la preciosa escena de Amelie” en la que Bretodeau rompe a llorar cuando encuentra una figurita del Águila de Toledo que creía perdida desde su niñez-.

Sin embargo, hoy día no hay héroes a los que honrar, ni Contador, ni Armstrong, ni Ballan, ni mucho menos Valverde. Cuando los grandes medios  hablan de ciclismo no lo hacen para ensalzar la práctica deportiva, el mérito de los vencedores o el sufrimiento de los vencidos, sino que lo hacen para referirse a las tensiones surgidas entre la Unión Ciclista Internacional (UCI), la Asociación Mundial Antidopaje (AMA) y los responsables de las grandes vueltas, o fundamentalmente para hablar del dopaje en cualquiera de sus modalidades, reales o inventadas, como la broma esa del “doping mecánico” que ahora se le achaca a Fabian Cancellara. En fin, otra chorrada más salida de la mente perjudicada de Pat McQuaid y sus adláteres, de los jefes de todo esto, los principales responsables de que el ciclismo profesional se esté yendo a la mierda… el ciclismo… ¡que buen vasallo sería sí tuviera buen señor!

Pero no vengo aquí a hablar de eso, sino del sentido homenaje a la belleza del ciclismo y a sus grandes figuras que el holandés Tim Krabbé hace en “El ciclista”, uno de los mejores libros de deporte que he leído jamás. Inexplicablemente traducida al castellano ahora, teniendo en cuenta que se publicó originalmente en 1978, “El ciclista” es la historia de una carrera para aficionados disputada en el sur de Francia: El Tour de Mount Aigoual. Narrada por uno de sus participantes, el propio escritor, campeón de ajedrez en su juventud y ciclista aficionado en su madurez, supone un reconocimiento al carácter agónico de este deporte y al sufrimiento y el dolor inherente al que se ven sometidos todos aquellos que lo practican... ¡y sin embargo continúan dando pedales! -“Si preguntas a un alpinista porque sube montañas, te responderá: Porque están ahí”-. 

Un libro fantástico en el cual se relata con maestría lo que debe de ocurrir dentro de una carrera ciclista. Lectura imprescindible si sois amantes de este deporte y recomendable si no lo sois. Yo me he divertido un montón.
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