Entre todos la mataron y ella sola se murió. Dicho
que viene al pelo para referirme al ciclismo y al triste futuro que le aguarda. El deporte de la bicicleta, probablemente el más noble de todos
ellos, abocado a la épica como ningún otro, y gracias al cual algunos logramos sobrevivir al tórrido verano. Arriesgada práctica a través de la cual se
consagraron héroes populares como Eddy Merckx, Bernard Hinault, Raymond Poulidor,
Miguel Induráin o Federico Martín Bahamontes –me viene a la mente la preciosa
escena de “Amelie” en la que Bretodeau
rompe a llorar cuando encuentra una figurita del Águila de Toledo que creía
perdida desde su niñez-.
Sin embargo, hoy día no hay héroes a los que honrar,
ni Contador, ni Armstrong, ni Ballan, ni mucho menos Valverde. Cuando los
grandes medios hablan de ciclismo no lo
hacen para ensalzar la práctica deportiva, el mérito de los vencedores o el
sufrimiento de los vencidos, sino que lo hacen para referirse a las tensiones surgidas
entre la Unión Ciclista Internacional (UCI), la Asociación Mundial Antidopaje (AMA) y
los responsables de las grandes vueltas, o fundamentalmente para hablar del
dopaje en cualquiera de sus modalidades, reales o inventadas, como la broma esa
del “doping mecánico” que ahora se le
achaca a Fabian Cancellara. En fin, otra chorrada más salida de la mente
perjudicada de Pat McQuaid y sus adláteres, de los jefes de todo esto, los principales
responsables de que el ciclismo profesional se esté yendo a la mierda… el
ciclismo… ¡que buen vasallo sería sí tuviera buen señor!
Pero no vengo aquí a hablar de eso, sino del
sentido homenaje a la belleza del ciclismo y a sus grandes figuras que el
holandés Tim Krabbé hace en “El ciclista”, uno de los mejores libros de deporte
que he leído jamás. Inexplicablemente traducida al castellano ahora, teniendo
en cuenta que se publicó originalmente en 1978, “El ciclista” es la historia de
una carrera para aficionados disputada en el sur de Francia: El Tour de Mount Aigoual. Narrada por uno
de sus participantes, el propio escritor, campeón de ajedrez en su juventud y ciclista
aficionado en su madurez, supone un reconocimiento al carácter agónico de este
deporte y al sufrimiento y el dolor inherente al que se ven sometidos todos aquellos
que lo practican... ¡y sin embargo continúan dando pedales! -“Si
preguntas a un alpinista porque sube montañas, te responderá: Porque están ahí”-.
Un
libro fantástico en el cual se relata con maestría lo que debe de ocurrir dentro de una carrera ciclista. Lectura imprescindible si sois amantes de este deporte y recomendable si no lo sois. Yo me he divertido un montón.

