Wuxia (o Wu Xia) es un palabro chino cuyo significado literal viene a ser algo así como
"caballeros (o héroes) de las artes marciales". Con ese término nos referimos a aquellas obras literarias y/o
cinematográficas chinas, con un fuerte carácter histórico y profusión de luchas
con espaditas, énfasis en aspectos melodramáticos -de un denso y un pastoso
hasta decir basta-, además de las consabidas alusiones a los sagrados vínculos
de la amistad, la lealtad y la traición, tan del gusto por aquellas tierras. En
definitiva, la Wuxia viene a ser una
obra de artes marciales venida a más, en la que, entre galleta y galleta, el
Jackie Chan de turno reflexiona sobre lo divino y lo humano en términos
indescifrables para un occidental medio. Obviamente, el gafapasta de al lado será capaz de explicarte, con todo lujo de
detalles, los significados que se esconden tras la manera de coger el sable de
Kuen Lun, hermano pequeño de Wang Li y mayor de Ogen Fen, a los que matará por una
traición perpetrada años atrás que no serás capaz de descifrar entre las más de
tres horas de imágenes desenfocadas –oníricas, diría él- o extraer de las mil y
pico farragosas páginas de las que se compone el libro –extraordinariamente
valorado por los críticos de El Cultural-.
Con lo fácil que sería decir, “¡vale tíos, no entendí un pijo!”, pero
no, si hace falta la vuelven a ver (o a leer) cuantas veces sea menester, hasta
dar con una explicación plausible... WTF!!!
Lo cierto es que la Wuxia es un género que no entiende nadie, probablemente ni los
propios chinos, pero que la crítica especializada suele poner muy bien. En
parte, porque a ella suelen recurrir los principales autores orientales cuando
sienten la necesidad de reafirmar su excepción cultural. Son claros ejemplos de
esto mis admirados Ang Lee y Wong Kar-Wai que, hartos de que su cine fuese
apreciado por las masas -desde Móstoles hasta Ohio-, decidieron poner los
puntos sobre las íes. Así es como se gestó esa cagada titulada “Ashes of time Redux”, escrita y dirigida
por el amigo Wongkar en 1994 y “rehecha”
en el 2008, y que tuve el placer (¿¡%!) de
degustar en buena compañía la noche del pasado lunes.
¿Y de que va la peli? Pues según la sinopsis
“oficial”, se trata de la historia de un
armador de katanas de la China Imperial que,
consumido por la envidia hacia su amigo, tiene miedo al amor después de que un
romance le rompiera el corazón. El problema surge cuando dos de sus mejores
guerreros, ya que el tipo es una especie de Madame
para sicarios, “descubren el secreto de
amor verdadero que guarda mientras resguarda su actitud hacia sus guerreros y
la valiosa lección que ellos le han enseñado”. Uooooooooooooo!!! El tema
está en que no llegamos a saber en ningún momento ni quien es su “buen” amigo,
ni que tipa le rompió el corazón, ni cual es la valiosa lección aprendida y si
me apuráis, no está claro siquiera quien cojones es el armador de katanas. Como comenta un tal Sensillo en una crítica con la que no
podría estar más de acuerdo: “Lo que es
poco más que un triángulo amoroso se transforma en algo parecido a los
postulados de la física cuántica en una clase de preescolar, gracias al firme
propósito del director de oscurecer una historia que ni él mismo sabe a dónde
va”.
Lo
dicho, un cagarro con pretensiones. Lo mejor, hacía el final. El prota agonizante (¿el armador?) le
suelta a una señorita que había contratado sus servicios: “Te ayudé por un huevo. Me he comido el huevo. No me debes nada”*.
Eso
es lo que hay.
*Cenkiu
Ivanrojo.

