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martes, 3 de diciembre de 2019

La cosa esta de "The Irishman"


Vaya de entrada que no soy yo mucho de Scorsese, cosa de la que, supongo, ya os habréis dado cuenta los que me seguís por aquí. Aunque quizás debería especificar un poco, acotando la sentencia a la obra del último Scorsese. Vaya, que no se me escapa que le debo un huevo de alegrías al menda y que a poco que bucee entre su extensa filmografía me salen unas cuantas pelis con aroma a clásico. Si bien es cierto que, con lo de último, tampoco quiero ceñirme a lo más cercano en el tiempo, o sea, a esa cosa sobrevalorada titulada “El irlandés” de la que todo el mundo habla y de la que me dispongo a rajar. Y es que el deterioro del director de las gafotas viene de lejos. ¿He oído “Shutter Island”? ¿La verbena aquella sobre pandilleros del XIX? ¿Queréis que vaya más atrás? Pues eso. Además uno ya no está para cultos. Ese capítulo lo cerré hace veintitantos años con la esperable muerte del rubio de Aberdeen. Amén.

Pero entremos en materia ... “Netlix presenta… The Irishman, de Martin Scorsese”. Mal comienzo, lo sé. Terrible incluso. Mis peores pesadillas empiezan con un tu tuuún e inmediatamente después aparecen esas mayúsculas rojas sobre fondo negro. La cinta en cuestión está basada en un librito supuestamente biográfico escrito por un tal Charles Brandt. Publicado originalmente en 2004 bajo el título de “I heard you paint houses”, narra la historia de Frank Sheeran, veterano de guerra, estafador, sindicalista y sicario que trabajó junto a destacadas figuras de la mafia. La cosa viene producida por Netflix como ya he dicho, por si no teníamos bastante con el Alzheimer galopante de Scorsese. Y es que, como he dejado escrito alguna vez por aquí, lo del catálogo de la plataforma es para hacérselo ver. Que sí, que sí, que la suscripción es barata y al final tiene un montón de referencias disponibles -Casi todas ellas pura mugre-. Lo sé. Yo también lo pago y hasta lo uso. En todo caso, ¿os suena eso de que si la mierda tuviese valor, los pobres nacerían sin culo? Pensadlo. ¿Se me entiende?

-¿Ves esa mierda que viene por ahí?
Es el puto martes.
Ahora va el giro de guión habitual en todas las entradas del Suloki. A ver cómo lo digo para que no me zurréis… Eeeee… Pues vaya, resulta queeee… con todo… la peli tampoco es que me haya disgustado. ¡Ea! Ya lo he dicho. Eso no implica que compre toda la mierda que están vendiendo. Antes de verla me dijeron que era una puta obra maestra. También nosequé pollas del mejor Scorsese y que en su género igualaba y hasta superaba a la trilogía de “El Padrino” o “Uno de los nuestros”. Esta última comparación la hacen, supongo, por citar alguna de las tropecientas mil cintas de gánsteres firmadas por Scorsese y su crew. Que luego el tío se queja de franquicias y tal… En fin… En todo caso un mojón para todos ellos. Luego, cuando ya la estaba viendo y sobre las dos horas de metraje –minuto arriba o abajo-, un colega me comentó que tendríamos que editar la entrada de la Wikipedia con la palabra “sobrevalorado”, fijando una foto del oscarizado realizador. En eso estoy bastante de acuerdo. Hasta el diccionario de la R.A.E. debería añadir una segunda acepción…  
 “Sobrevalorado, da”
Del part. de sobrevalorar.
1. adj. coloq. Otorgar a alguien o algo mayor valor del que realmente tiene.
2. m. Relativo a Martin Scorsese.”
Sin embargo a él no le ha gustado nada “El irlandés” y a mí sí. Algo. Eso es lo que hay.

Ahondando en esto último me ha parecido que la peli está muy bien hecha, con unos actores –especialmente los secundarios- que resultan más o menos creíbles y una historia bien hilada que se sigue con relativo interés. Pero hay que ponerle empeño, que son tres horitas y media. Y ahí radica la primera de mis críticas, en el exceso de minutaje. ¿Hacía falta tanto Martin? ¿En serio? Y es que resulta inexplicable salvo que Scorsese lo haya hecho por joder a alguien con nombre y apellidos. Se me ocurre que también podría contener un recadito para George Lucas, a quien siempre se acusa de recortador. Aunque no lo tengo del todo claro. Quizás solo pretendía batir algún récord absurdo de duración. También es verdad que la historia nos lleva hacia esa última hora en la que se habla del ocaso, la devastación y hasta la pena de alguien que lo tuvo casi todo. Y es un final brillante. Pero hostia, ¿hacían falta tantos prolegómenos? ¿Esa puta hora y media inicial? ¿Ese inserto en clave “Trilogía de los bajos fondos” pero de baratillo?

¡Agarradme que lo reviento!
Y esa es la segunda crítica que le hago a “El irlandés”, que para fabular sobre el asesinato de Kennedy y la mafia de Chicago, de Castro, Bahía de Cochinos y demás oscuros episodios de la política estadounidense, prefiero los libros de James Ellroy. Encima tampoco es que haga mucho aporte aquí. Más allá de darle un poco de contexto a la trama o ahondar en la figura de Jimmy Hoffa, que al parecer es de quien realmente habla el libro. Pero vaya, que eso lo debería haber resuelto antes alguien con sobrados pergaminos como Scorsese. Por último hubiera seguido aquella máxima que reza “lo bueno si breve, dos veces bueno”. Por cierto que, respecto a esto último, la interpretación del mítico líder sindical al cargo de un Al Pacino a quien creía perdido para la causa, me ha parecido de lo mejor. ¿Pasado de rosca? Probablemente. Pero como le leí a algún crítico, ese es el Pacino que queremos. Nada que ver con la “fantástica interpretación” de Anna Paquin, que también se lo he leído a algún fenómeno. A ver compadre, que la niña de “El Piano” sale tres ratos y dice dos palabras. Que si cobrara por los minutos en pantalla aun le tocaría pagar a ella. ¿Qué gran interpretación ni que niño muerto?

...ese caballo que viene de Bonanzaaaa!!!
En todo caso lo peor de “El irlandés” es esa genialidad de agarrar actores setentones para hacer de cuarentones a base de maquillaje y paint. Porque los efectos de rejuvenecimiento digital los tienen que haber hecho con el desaparecido programita, sino no se entiende. Y lo siento mucho Martin, que sí, que lo de las máscaras de látex sería una mierda, pero esto es aún peor. Es que joer, hay escenas que dan vergüenza ajena. La de la paliza al tendero es digna de “Papá Piquillo”. No sé tío, haber utilizado a diferentes actores para cada época. Uno más joven para la primera parte y luego a Robert De Niro y a Joe Pesci, si es que tenían que ser ellos sí o sí. Y si no puedes, porque la producción exige a De Niro y a Pesci en pantalla hasta cuando hacen de bebes de teta, pues ponles un doble en las escenas de acción. ¡Que ya no están para muchos trotes, mon dieu! Que en la mencionada escena, De Niro parece un abuelo con apoplejía intentando zurrar a un notas que al mínimo roce se deja caer como un boxeador untao. ¡Que llega a resultar patético! O una parodia rollo “Goodfellas meet Cocoon”. Es tremendo. Lo mismo para todas esas secuencias en las que nuestro septuagenario favorito huye de la escena del crimen para deshacerse rápidamente del pistolón. Macho, que va a saltitos como si fuera el puto Chiquito de la CalzadaQEPD-. Eso por no decir que, ni con la mejor de las intenciones, te crees que ese viejo sea el padre de la chiquilla. ¡Suspensión de la incredulidad mis cojones! Parece un abuelo que va con su nieta a darle de comer a las palomas. O algo peor, un pederasta engatusando a una cría para hacer Dios sabe qué. Aunque eso pasa más con otra escena protagonizada por la versión digitalizada de Pacino. Sí, esa en la que toman helado juntos, mostrando una suerte de intimidad turbia que no se entiende demasiado bien.

Cuánto cabrón...
Pero lo mismo que te digo una cosa te digo otra. Y aunque en la paliza al frutero al “joven” De Niro no se le ve en buena forma, en la resolución del affaire “Crazy” Joey está soberbio. Esa sucesión de planos con las miradas cruzadas entre los protagonistas, es maravillosa. Y es que el hijoputa de Scorsese sabe. Y el que sae, sae, ya tu sae. Que el tipo es talentoso, obvio, no lo vamos a descubrir ahora. El problema es que está en una posición en la que hace lo que le viene en gana y nadie –pero nadie- osa rechistarle. Aun cuando de un tiempo a esta parte, le haya cogido el gusto a eso de cagar unas mierdas como un castillo de grandes. Se lo habrá ganado, no seré yo quien diga lo contrario, pero esto me suena a aquello del traje nuevo del emperador en clave cinematográfica. “Andersen meets Scorsese, da’ movie”. 

Y eso es todo, creo. Bueno, eso y que, contra lo que pudiera parecer, al final ni tan mal.
Al menos no sale Di Caprio. Puntazo de Scorsese.
También que para irlandés bueno, el café. Nunca la cosa cinematográfica. 

miércoles, 7 de agosto de 2019

El cementerio de la Recoleta


No hace ni una semana que volvimos a casa tras pasar las vacaciones de invierno en Buenos Aires. Las del invierno austral se entiende, renegones. Y no hace falta que me recordéis que en periodo sabático todos los días son fiesta… ¡Dejadme acabar la puta entrada e iros a joder a otra parte, so mamones!

Porque sí, fueron unos días que vinieron la mar de bien para oxigenar el cerebro. Paseando por una ciudad inmensa que plantea muchos y variados panoramas. Y la verdad es que me gustó bastante. Lo pasé realmente bien en Buenos Aires. No tanto por esa monumentalidad que la hace diferente al resto de capitales sudamericanas. Más bien por su día a día, la vida en los barrios, la abundante oferta cultural y sobre todo por resultar pateable, a diferencia de la mayoría de ciudades en esta parte del mundo. Así pues, desgastamos suela, nos mojamos a base de bien con los esporádicos chaparrones, nos dio para ver algunas exposiciones bastante chulas y otras no tanto, asistimos a una milonga o dos, hicimos turismo de librerías y cafés hasta la extenuación, también del de toda la vida y compramos algunas chorraditas en ferias y mercadillos, amén de alguna que otra rareza discográfica. Pero sobre todo engordamos varios kilos por culpa del bife de chorizo, las milanesas, las empanadas, esas pizzas a la piedra con demasiado queso, el choripán, los alfajores Havanna y los vinos de Mendoza. Ah! También visitamos los monumentos más característicos de la autodenominada “París de Latinoamérica”...

Respecto a esto último decir que lo que más nos impresionó fue el cementerio de la Recoleta. De hecho nos gustó tanto y estaba tan cerca del hostal en el que nos alojamos, que lo visitamos hasta en tres ocasiones. Con lluvia, nubladito y con Sol radiante. Secos e molhados. A primera hora y bien entrada la tarde. Con poca gente, con algo más de afluencia y hasta más solos que la una. Y no hubo un cuarto paseo de pura casualidad. Y de esto os quería hablar... Del cementerio, vaya.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, mi gusto por estos reductos de paz y tranquilidad viene de lejos. Incluso antes de mi fase gótica, allá por el pleistoceno medio, ya gustaba de vagar por las rúas de los camposantos sin buscar nada o a nadie en particular. Deambular a través de las tumbas, los mausoleos y panteones disfrutando del silencio y la quietud. Fijarme en las construcciones, leer las inscripciones y fotografiar los motivos decorativos. Siempre que puedo me acerco a los más representativos de aquellos sitios a los que viajo. Y este de la Recoleta no podía ser menos. Es de los que merece la pena. De su interés da buena cuenta el hecho de que existan varias obras dedicadas al mismo y que sea uno de los lugares más visitados de Buenos Aires. Vaya, que era una parada obligatoria de nuestro viaje que tenía anotada desde mucho antes de leer a la Mariana Enríquez.

El cementerio se encuentra ubicado en el acomodado barrio de la Recoleta, que en el siglo XVIII era un lugar insalubre y despoblado al norte de la ciudad. Nada que ver con lo que es hoy día, repleto de tiendas pijas, restaurantes caros y cervecerías artesanales. Allí se instalarían los frailes de la orden de los recoletos descalzos, quienes levantarían un convento. Y sobre este se erigió el que sería el primer cementerio público de la ciudad. Un fosal que será declarado monumento histórico nacional en los años cuarenta, debido a la riqueza histórica y arquitectónica que alberga. Además de ser un espacio mítico del imaginario porteño.

De los allí enterrados destacan figuras fundamentales en la historia de Argentina como Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen o el autor del himno nacional, Vicente López. Pasando por el presidente Alfonsín o Evita Perón, cuyo sepulcro es parada obligatoria para todo turista que se precie de serlo y eso a pesar de que, por mucho interés que pueda suscitar el personaje, como arquitectura no vale gran cosa. También descasan los restos de Domingo Faustino Sarmiento, uno de los intelectuales latinoamericanos más importantes del siglo XIX. Y los de otras personalidades argentinas, como el premio Cervantes de 1990, Adolfo Bioy Casares, el premio Nobel de Química de 1970, el franco-argentino Luis Leloir, o quien fuera entrenador del Real Madrid campeón de Europa a finales de los cincuenta, don Luis Carniglia. También hay espacio para ilustres representantes de la nobleza criolla de apellido Anchorena, Álzaga, Unzué o Pereda. Sin embargo ninguna de sus tumbas me pareció entre lo más interesante de la necrópolis.

Ese honor queda reservado para las de Juan Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos” y esa estatua de una virgen con capucha sobre una gran columna blanca. O la de Liliana de Crociati, en estilo neogótico, con grandes vidrieras y una estatua a tamaño natural de la fallecida en bronce verde azulado. Vestida de novia y con la mano derecha apoyada sobre la cabeza de su perro, muerto el mismo día que ella por una avalancha -Me viene a la cabeza aquello de Shakespeare de “depositadla en la tierra y que de su carne virgen e impoluta broten violetas…”-. O el mausoleo en mármol negro de Luis Ángel Firpo –que ver con el internacional sub-21 español, recientemente fichado por el Barça-. El primer boxeador latino en luchar por el título mundial del peso pesado. Y qué decir de la de Rufina, hija del escritor Eugenio Cambaceres, sepultada viva a los 19 años tras sufrir un episodio de catalepsia. La destrozada madre no dudo en acentuar el dramatismo del episodio y mandó construir un imponente monumento donde se puede ver la figura de la joven intentando abrir la puerta, símbolo de lo que no logró hacer una vez enterrada viva. También está la tumba de David Alleno, un inmigrante italiano que fue cuidador del cementerio y cuyo sueño era ser enterrado en su interior. Para eso tuvo que ahorrar durante años hasta poder comprarse una parcela, después construir la bóveda y encargar una escultura que le representase ataviado con sus elementos de trabajo. Una vez conseguido, avisó a la administración que dejaba de trabajar y marchó para casa a cumplir con el sueño de su vida. Se pegó un tiro.
Existen otras historias y mitos que podéis leer en cualquiera de las publicaciones que sobre el cementerio existen. Como el de doña María Magdalena, viuda del patriarca de los Álzaga, que se enclaustró para siempre en su casa de la calle Bolívar junto a sus seis hijas adolescentes. O el curioso secuestro del cadáver de doña Inés Indart de Dorrego al cargo de los caballeros de la noche. También está lo de la cabeza de Marco Avellaneda y el valor de Fortunata García, o el suicidio de la poetisa Agustina Andrade y la increíble historia de su marido, el explorador y científico Ramón Lista. Lo del asesinato de Abel Ayerza a manos de la mafia y a causa de un malentendido. Ángel Zuloaga y el mítico viaje en globo sobre la cordillera de los Andes. Y cómo no, el periplo del cadáver de Juan Manuel de Rosas desde el cementerio de Southampton hasta la Recoleta…

Con todo, las historias son casi lo de menos. Lo flipante es el cementerio en sí. Como manual caótico de estilos arquitectónicos, vaya. Por como muestra a través de la arquitectura, la evolución de Argentina desde los tiempos en que fue potencia económica, hasta ahora, con sus crisis y corralitos varios. Por la ingente cantidad de imponentes mausoleos y esplendorosas bóvedas, con sus mármoles, vitrales y esculturas. Algunos se conservan impecables, otros están ya a medio caerse, con los hierros carcomidos por el óxido, sus cristaleras destrozadas y llenos de telarañas. Los hay que han quedado expuestos al transeúnte, que podría tocar esos ataúdes desplazados y a la vista si quisiera. Una lugar mágico al que no le hacen justicia las fotografías que he colgado. Pero son las mejores que tengo... ¡Y eso que tomé más de trescientas!

Hasta aquí mi reporte de este “terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía”, tal cual definió Ambrose Bierce a los camposantos. Maravillosa Recoleta. Ojalá pueda volver. Vivo. 







...

viernes, 19 de julio de 2019

Cuatro lecturas dispares sobre Chernobyl


Cuando ya ha pasado más de un mes desde que HBO emitiera el último de los cinco capítulos de esta miniserie y, de alguna forma, la ola de entusiasmo se ha disipado, es momento de que este menda os hable sobre la última creación de Craig Mazin. “Chernobyl”, dirigida por el sueco Johan Renck, es un drama histórico que recrea el desastre de la central nuclear ucraniana de abril de 1986, contando las historias de aquellos que, supuestamente, lo causaron y de quienes pagaron por ello. Según he leído, bebe de los recuerdos locales de Pripyat recogidos por la premio Nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich en su libro “Voces de Chernóbil”. Una obra literaria que descansa en mi estantería desde hace tiempo y a la que no acabo de hincar el diente. 

Antes de nada una anécdota de pre-adolescencia. Servidor forma parte de esa generación de europeos que un 29 de abril de 1986, tres días después del accidente, se desayunó con la noticia de que había una nube radioactiva pululando por el viejo continente. Y que si no moríamos todos poco iba a faltar. Bueno, esto último no sé si fue tan así. Seguro que estoy exagerando. Pero os imaginareis lo sugestionada que estaba la mente de un niño que, por aquel entonces, ya leía historias de Julio Verne, Boy Lornsen, los tebeos de Dany Bub y los de Tintín. Recuerdo que el acojonamiento era más o menos generalizado. Al menos en mi entorno pueblerino. Hasta el punto de dejar apartadas el resto de preocupaciones. Que vaya, en ese momento y con esa edad no pasarían de evitar las collejas del chulito del cole o que me partieran la trompa jugando a el rogle. Bueno, también hinchar para que Duckadam, Belodedici, Balint, Lacatus y Piturca se follaran al Barça en la final de Copa de Europa a disputar en Sevilla, como finalmente ocurriría.

Así pues, como os podéis imaginar, no podría haber recibido con mayor expectación un producto como este. Quien dice expectación dice entusiasmo, por mucho que fuera consciente de que la fabulación iría más allá de lo que realmente sucedió y que eso serviría a los productores, tan occidentales ellos, para plantear una enmienda a la totalidad de aquel bonito sueño que fue la URSS, con su economía planificada y el milagro de la abundancia en cuatro sencillos pasos. Y no seré yo quien reivindique un proyecto a todas luces fracasado, pero me carga que se niegue el pan y la sal a cualquiera de los que creyeron sinceramente en aquello. Y sobre todo que se oculten los logros de aquel modelo político y económico, que también los hubo.

Dicho lo cual, vamos al asunto: Las cuatro lecturas dispares anunciadas al comienzo. Más que dispares contrapuestas. Lo cual deja a este humilde bloguero al nivel de un Pdr Sncz diciendo una cosa hoy y mañana la contraria, o al de un Alberto Carlos haciendo… Bueno, no, al nivel del farlopero jamás.

La primera es que “Chernobyl” mola un puñao. Por intensidad, por la fuerza de las imágenes ligadas a la música de Hildur Gudnadóttir y también a la no-música de muchas escenas… Por la forma en que la cámara penetra en la historia, aislándolos en los detalles más ínfimos… Porque nos transporta a un tiempo y un lugar absolutamente conseguidos, a un escenario creíble… También porque el elenco actoral es estupendo, en algún caso -como el de Jared Harris en el papel de Valeri Legasov, el de Con O’Neill como director de la central, o en el del secundario que hace de líder de los mineros-, absolutamente maravilloso. Por el sonido, los diálogos, la iluminación, el montaje, los encuadres y movimientos de cámara, los decorados… Por ese color desvaído que lo impregna todo… Lo cierto es que todo brilla a gran altura. Dando lustre a una etiqueta como “HBO presents” que suele asociarse a calidad, aún cuando a veces sea discutible. También por como esas imágenes reproducen una realidad que conmueve. Dibujando un escenario en plan “qué coño pasaría sí…” de forma tal que nos olvidamos de que todo eso ya pasó. De verdad que pasó.

Peeeero… la serie está rodada en inglés. Y eso mola menos. Hasta el punto que me cuestiono si realmente importa verla en versión original. Y es que escuchar a Gorbachov, a los camaradas Briujanov, Shcherbina o Pikalov interactuando en un inglés con acento de Londres, me recordó a aquellos blockbusters ochenteros en los que los rusos siempre eran los malos y hablaban entre sí en jerga de Kentucky pero con acento de Vladivostok. Vaya, que los actores ingleses son cojonudos, no cabe duda. De hecho estoy bastante de acuerdo en aquello que afirmaba Garci de que, junto a los argentinos, son los mejores en lo suyo. Pero la cuestión idiomática chirría. La historia es demasiado soviética como para pasar esta circunstancia por alto. Y esa es mi segunda lectura.
Aún mola menos y esta es la tercera, por cómo afronta la cuestión política de fondo. Más bien por lo maniqueo del planteamiento. Todos sabemos que el cine es un lenguaje y por lo tanto es un medio de llevar un relato y de vehiculizar ideas. Esto viene siendo así desde Griffith hasta Ken Loach, pasando por Visconti y por supuestísimo por un Sergei Eisenstein que siendo soviético viene bastante al caso. El cine es un medio de información pero también de propaganda y esta serie, que incide especialmente en el empeño de los soviéticos por impedir que se conociera la gravedad de lo acontecido en Chernóbil, no escapa a esa premisa. No porque lo que cuente sea mentira, supongo, sino por como lo cuenta y, sobre todo, por lo que decide no contar. Presentándonos a un gran villano, el sistema soviético, pero eludiendo que cuando se produjo el accidente ese sistema ya no existía. Eran tiempos de Perestroika, el proceso de reestructuración y desmantelamiento del antiguo régimen soviético capitaneado por Mijail Gorbachov. Alguien que también tiene su cuota de pantalla en “Chernobyl”, presentado como un zote, o más bien un pelele preso de los burócratas. Una retahíla de hijos de puta, viles y mentirosos, que simbolizan el terrible funcionamiento de las cocinerías de la URSS. Como si estas cosas fueran diferentes en el mundo libre de entonces y en el de ahora. Y a la actualidad política de Españita o el Chilito lindo que tan bien me acoge, me remito. Con todo, lo peor es el antagonismo de esos insobornables y abnegados científicos que velan por el progreso compartido y el bien de la humanidad. Unos seres de luz que al parecer nada tuvieron que ver con el merder que se les/nos vino encima. A otro perro con ese hueso…  Ai Marededeu si todo fuera tan sencillo…

Y ya para acabar mi cuarta lectura. Tiene que ver con ese tonito moralizante e hipócrita que incide en los peligros de la energía nuclear pero no para criticarla como fuente de energía, sino para cuestionar que sus beneficios caigan en manos de los malosos. Vaya, lo mismo que hace Trump señalando a Irán, Corea del Norte y demás miembros honoríficos del eje del mal por desarrollar idénticas tecnologías a las que se exploran desde hace décadas en el país de las barras y estrellas. Vamos, que está bien crear bombas atómicas capaces de arrasar ciudades enteras en cuestión de segundos, siempre y cuando lo hagamos nosotros que somos los buenos, pero no ellos. Todo muy olrait. Y es que, como vemos en un vergonzante pasaje del penúltimo episodio de “Chernobyl”, ¿vamos a aprobar que tengan centrales nucleares unos tipos que no dudan en matar perritos a sangre fría? Que más dará si lo hacen para que la contaminación no se propague y que hayan muerto nosecuantos ucranianos intentando reconducir la situación... Todo tiene un límite y este se sitúa en cosas como el sacrificio de mascotas contaminadas. En serio, ¡¿Perritos?! ¿Qué hostias le pasa a esta peña?

Y esto es todo lo que tengo que decir sobre esta miniserie que habla del principio del fin de la guerra fría y de alarmas nucleares. Un producto televisivo de impecable factura y que, aunque ahora no os lo creáis, he disfrutado bastante. Me ha gustado más de lo que me ha disgustado y de hecho le he cascado un siete en el Filmaffinity. ¡Quién te entienda que te compre, Sulo!  

Ah! Y por cierto, acabo de ver lo de las tropecientas nominaciones a los Emmys… Supongo que volverá el entusiasmo que os comentaba al principio.

Eso y que si queréis ver fotos chulas de las consecuencias del desastre, aquí os dejo esta entrada de hace ocho años… ¡Cómo pasa el tiempo conchasumare!  

martes, 25 de junio de 2019

El salto de papá

El padre de Martín Sivak fue más literal en lo de aprender a volar que el de Patterson Hood. Al menos eso se desprende del abrupto final que justifica este libro, auténtica revelación editorial del pasado 2018 en Argentina. No se trata de una biografía al uso, ni tampoco de la exaltación de una obra. Y es que, como dice este profesor, editor y periodista bonaerense, su papá no fue ni presidente, ni gobernador, ni general, ni revolucionario, ni intelectual, ni escritor, ni empresario influyente, ni deportista destacado, ni siquiera un mártir. Jorge Sivak fue un banquero comunista que se suicidó el 5 de diciembre de 1990 lanzándose desde un piso dieciséis, el día que se había decretado la quiebra de su empresa. Una tragedia que marcaría la vida de los suyos y especialmente la de su hijo mayor, que tenía quince años por aquel entonces. Un cuarto de siglo le ha costado publicar algo al respecto.

Con todo, no es este un libro triste. Está escrito desde el amor, desde el afecto, pero riéndose de uno mismo, del padre y de toda la familia Sivak. Transformando una historia dramática en una suerte de investigación periodística repleta de momentos divertidos y otros no tanto. Reconstruyendo la vida de quien fuera dirigente estudiantil, guerrillero, abogado defensor de presos políticos, preso político y después exiliado político. Todo eso sin abandonar la empresa familiar. Un pequeño imperio creado gracias a la habilidad mercantil del abuelo Sivak y a los fondos secretos del Partido Comunista, que quedarían a su cargo cuando el hermano mayor fuera asesinado a mitad de los ochenta.

El secuestro y asesinato del tío Osvaldo, a cuya memoria está dedicado el libro, fue la otra tragedia que marcó a la familia. Muy especialmente al padre, que nunca llegó a recuperarse. Ni a su tía Marta Oyahanarte, quien se alejaría de los Sivak para después pasar por distintas formaciones políticas hasta ocupar un puesto en el gobierno de Néstor Kirchner. Asunto bastante mediático que formó parte de una serie de secuestros extorsivos que realizaron policías y militares que habían formado parte de la estructura represiva de la dictadura y que con la llegada de la democracia, se reciclaron de este modo. En 2015 Pablo Trapero dirigió una película sobre el tema.

Supongo que en la decisión de escribir un libro sobre tu padre hay algo de soberbia y otro tanto de exhibicionismo. Nuestras vidas o las de los nuestros no son tan importantes. Además, no tienen por qué ser interesantes. A pesar de lo dicho, me alegro de que Martín Sivak haya compartido con nosotros los emprendimientos comerciales absurdos y esas relaciones políticas tan extrañas de su difunto padre. Y que con eso, indirectamente, aprendamos algo de la historia reciente de Argentina. Y es que el libro habla mucho de ese tambaleante y hasta explosivo momento histórico en el país austral. También del rojo de Avellaneda y de Ricardo Enrique Bochini, por supuesto. Y es que no se concibe una historia argentina sin referencia al deporte rey. Ni una mención a Independiente sin hablar de el Bocha

martes, 6 de noviembre de 2018

Bisama por partida doble


Que mejor manera de adentrarme en el universo bizarro de Álvaro Bisama, que a través de su primera y su última novela. “Caja Negra” y “Laguna”. Todo gracias a la elogiosa reseña que le leí a Edmundo Paz Soldán sobre la más reciente de sus creaciones literarias. La mejor según él. No seré yo quien le lleve la contraria.    

Caja negra”, publicada en el 2006, fue la primera novela publicada por este escritor, articulista, crítico y profe universitario chileno.​ El libro aglutina un cúmulo de historias, más o menos relacionadas entre sí y que funcionan a modo de cuenta atrás. Todo comienza por el estallido de un artefacto explosivo en pleno Santiago. A partir de ahí asistimos a la desaparición de un roquero japonés, a la trasmutación de un productor cinematográfico en terrorista o a la evolución de un hotel porteño en el cual el mal fario campa a sus anchas. Si bien, entre todas las historias incluidas, me quedo con la de ese Bowie a la chilena que visita por última vez a su padre, académico y neofascista convencido, tras atrincherarse en la Escuela de Teología al frente de una secta de jóvenes adoradores de Hitler. También aquella que relata la evolución del cine creado por los gemelos Mori. Sus primeras experiencias artísticas, entre lo violento, lo porno y lo freak. O esa breve enciclopedia del Cine B chileno conformada por actores, directores, películas y organizaciones ficticias, relacionadas de alguna manera con los hermanos.

Como se intuye, todo anda por los vericuetos del cine de terror, la cultura underground, el sci-fi de baratillo y lo friki.  

El caso es que me ha gustado bastante. Pero no tanto como “Laguna”, publicada en este 2018 que se acerca al fin. En esta última, el narrador nos recuerda una noche de juventud noventera, en Viña del Mar y con su conocido festival estival de música de fondo. Cuando en un viejo Lada recorrió la ciudad jardín con el Chino, antiguo compañero de universidad y que terminará en un enredo de cojones que culmina con un fuego cruzado entre narcos de medio pelo en la laguna de Sausalito.

Una suerte de policial gótico, sombrío y posmoderno, extraño, con una atmósfera entre lo siniestro y lo delirante, construido a base de frases cortas y sin usar comas. Y en el que aparecen desde la música de Poison o Abba, hasta la mitología popular viñamarina, pasando por la "leyenda" de las antenas nazis en Quilpué. Porque sí, nuestros héroes vienen hasta Quilpué!!! ¿Qué digo Quilpué? ¡Hasta el Belloto!

Y es que, tal como ocurriera con “Caja Negra”, Bisama se basa en diversas historias o crónicas más o menos reales acontecidas en los confines de la Quinta Región y a través de ellas construye el relato. Harto interesante.

Y muy recomendable.
“Soy alguien que escucha casetes. Soy alguien que lee lo que le dicen. Todo queda lejos en mi mente. No entiendo inglés. No entiendo latín. No entiendo historia. No entiendo nada”.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Maudit Allende

Me ha gustado bastante este cómic en torno a la figura de Allende –y la de Pinochet-, escrita por un francés e ilustrada por un argentino. El francés es Olivier Bras y fue corresponsal para medios francófonos en Chile, además de colaborar con Juan Guzmán en el libro “En el borde del mundo - Memorias del juez que procesó a Pinochet”. De ahí que tire de su experiencia personal en el país transandino para montar una historieta que bien podría ser real. La de un chaval nacido en Chile pero criado en el extranjero, a dónde emigró junto a su familia a comienzos de los años setenta. Hijo de pinochetistas, recibe una imagen de Allende que poco o nada tiene que ver con la realidad. Años más tarde y gracias a una relación sentimental, acaba viajando a su país natal donde descubre una visión de la historia completamente diferente a la que le contaron. En paralelo a este descubrimiento, asistimos al auge y caída del recordado presidente chileno y a la traición del golpista militar porteño.
 

Más allá de la trama, la parte gráfica al cargo de Jorge González es muy interesante. Combina carboncillos, pasteles y lápices con técnicas cercanas al collage, dotando de una personalidad propia a cada viñeta del álbum. Muy chulo todo.

lunes, 6 de abril de 2015

Luciopercas, biruji, rancho sin fin y algunas pollas buenas

Que no os engañe esto último, porque no pienso hablar aquí de la versión porno-gay de la archiconocida peliculita protagonizada por el poco contenido Tom Cruise y un (casi)siempre excelso Jack Nicholson. ¡Ya le gustaría al cienciologo velocista! Polla buena la de los seis chotos provenientes de distintos enclaves de la terreta valenciana que se jugaron la vida a bordo de un aeroplano de la compañía irlandesa Morryanair. Una cafetera comandada por algún primo tarado del one hit wonder de la aviación (ya sabéis, el señor A punto L punto… y discúlpenme la cafrada). Todo ello con un único cometido: desenmascarar algunos de los muchos falsos mitos que rodean al tan cacareado Estado de bienestar alemán. Los alemanes, esa panda de rubicundos sociópatas cuyo modus vivendi consiste en trabajar de sol a sol parando tan solo para tragar toneladas de carne muerta, bien regada por la excelsa birra del terreno. Un sitio en el cual el vegetarianismo es poco menos que una entelequia.

Bueno, siendo eso verdad, también lo es que fuimos a visitar a un amigote:
Algunos sobretodo a ranchar...

...solo o en compañía del Polla Buena Team (PBT)...
Sobre estas líneas el PBT al completo desarrollando el principal pasatiempo de los lugareños. Lo cierto es que no hubo problemas para adaptarse al germanian way of life…
Eso sí, la lucioperca de la que os hablaba ayer ni probarla. No nos dejó el líder del PBT, ni aún "a modo de tapa" (glorioso momento). También es verdad que, tres días y pico después, ya no nos cabía nada más en el estómago. Porque el viaje consistió, básicamente, en ingerir alimentos cárnicos de forma masiva. Y que no os extrañe. Pocas cosas más se pueden hacer en esa tierra asolada por el frío y la lluvia. Bueno sí: visitar ciudades y enclaves absolutamente sobrevalorados a ojos del latin tourist, tan acostumbrado a sus terrazas y chiringuitos. A fin de cuentas, la Selva Negra no es más que un trasunto del jodido Mas de Reig pero sobredimensionado, Stuttgart una suerte de Castelló de la Plana pero con más calles y tiendas (lo que no es muy difícil) y la jodida Linea Maginot un zulo de ETA con muchas pretensiones.

Pero no todo es morralla en el seno de la locomotora de Europa. Espira y su mole románica molan mazo. Aunque el vientecico siberiano que asolaba la ciudad poco ayudó para que nos pudiésemos recrear con su estampa recortada al Sol. Ídem de lo mismo respecto a la ribera del Rin. Cuatrocientos metros de ná en algún punto, ¡poca broma! Infranqueable para los romanos que, haciendo de la necesidad virtud, situaron su limes sobre él. Y es que algún Centurión con dos dedos de frente debió darse cuenta de que aquello no tenía mucho sentido. Lo de expandirse por el mero hecho de expandirse, ya me entendéis. Supongo que vio que como broma, ya estaba bien. Y es que con faldita y sandalias no se podía llegar mucho más arriba sin que se les cayeran las pelotas al suelo.
Tampoco esta nada mal Estrasburgo, una de las capitales de la overrated Europa de los veinticinco. Bonita ciudad de la otra parte de la jodida línea Maginot, ya en la Alsacia francesa, repleta de rinconcitos en los que abandonarse a l’amour y/o al bucolismo. Eso y una exuberante catedral gótica que quita el sentío. Eso sí, el sitio es gélido, húmedo y ventoso hasta decir basta. No apto para la vida del mediterráneo medio.

Otra staffen nibelunguen tiene que ver con el asunto de las obras y las carreteras. Un lustro escuchando que las autopistas de Alemania eran la polla Montoya para luego comprobar que ni flowers. Mal drenaje, baches, carriles provisionales, embudos en casi todos los accesos… ¡Y pilotos suicidas! ¿Qué? ¿No os lo creéis? Pues ahí va el documento gráfico que lo atestigua:
Eso por no hablar del reguero de obras que se aprecian en los márgenes de una red de carreteras con más fama de la que merece. Un espectáculo digno del peor Pocero o del mejor Antonio MartínSA-FADESA o viceversa o yo que sé. Eso sí, currelas no se veía ni uno. Tal vez fuera por motivo de las Pascuas. Mucho me temo que gran parte de los nibelunguen en edad de pimplar andaban ya cocidos por alguna cala de Mallorca, luciendo sus patitas blancas y leyendo la edición balear del Bild. El caso es que, bien por eso o por el puto frío, en las ciudades no había ni el Taten. Exceptuando los japoneses con paraguas que deambulaban entorno al castillito de Heidelberg. La ciudad en la que construyó sus reflexiones diarreicas don Inmanuel Kant. Personaje de infausto recuerdo que me traumatizó durante la adolescencia. Ayudó bastante un profesor de filosofía cabrón de cuyo nombre no quiero acordarme, la verdad. Aunque bueno, con el clima que se respira en Heidelberg, ¿que se podría hacer aparte de leer y reflexionar? Me hubiera gustado ver a mí al puto Kant reflexionar en Tenerife (Teneriffa pa’ ellos). Vamos, que ya puede dar gracias el criticismo, el idealismo alemán y hasta la historia de la filosofía de que Germanwings no andase operativa en el S. XVIII. O no, según se mire.
Frío con el PBT como protas
..y más frío con Big Paco ocupando un tercio de la foto
Por cierto que Paco està quadrat y aún no lo había dicho. Flipante su silueta en contraste con la del resto de miembros del PBT. A los hechos (en forma de fotaza) me remito. Eso sí, tiene un gran gusto musical. A él debemos que “Der Raüben un der Linz” se convirtiese en la auténtica banda sonora del viajecito:

DAF - Der Räuber und der Prinz 1981 - MyVideo

En fin Serafín... no os aburro más. Al final la cosa no fue para tanto. Tres días y medio visitando a un colega que vive en las afueras de Karlsruhe y pasándolo bien, que era la idea. O más bien, siendo rigurosos, visitando todos los parajes interesantes en un radio de 150 kilómetros alrededor de Karlsruhe, pero prescindiendo de la ciudad que vio triunfar a Edgar Schmitt. Vamos que, parafraseando (malamente) a Friedrich II "der Große": “Todo para Karlsruhe pero sin Karlsruhe”
Lo dicho... emotivo homenaje a la fraternidad, el colegueo y a Le Grande Bouffe. Y es que dos o tres ingestas diarias de colesterol es para lo que dan..  
El glorioso magical Elbow de Baden Baden
i això es tot. Ahora sí. O casi. Ahí va otra foto: 
Esta imagen demuestra tres cosas: 1) A pesar de los pocos días que duró la aventura, acabé absolutamente derrotado. En parte por los ronquidos de algún miembro del PBT con quien compartía habitación; 2) La dronja caníbal y el espíritu de Magaluf causaron estragos entre los miembros del PBT; y 3) Me la bufa. Yo a lo mío que era dormir.
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PD. La verdad es que los de Le Grande Bouffe acabaron mucho peor, hay que reconocerlo...
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