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martes, 17 de marzo de 2020

“Nuestra parte de noche”, de la Enríquez


Tendemos a enfatizar el hecho de que los dioses de la antigüedad gozaran de poderes sobrehumanos, pero me parece más esclarecedor el uso poco amable de los mismos, por decirlo de una manera suave. La voluntad impuesta de Zeus, Wotan u otros mendrugos adorados por diferentes culturas de aquí y allá resultaba, en no pocas ocasiones, caprichosa, egoísta y lesiva. Supongo que es lo que tiene ser inmortal y disfrutar de las capacidades de someter a cualquiera. Con todo, se supone que algunos usaron esos poderes más centrados en aquello de hacer el bien –y lo que cojones signifique eso- que en lo contrario. De ahí la responsabilidad de cada cual a la hora de declararse acólito del Superman de turno. Y es que la elección de deidad dice más de nosotros que de la propia deidad, que dejó escrito alguien. En mi caso y si fuese capaz de pasar por alto mi ateísmo militante, bebería los vientos por un Dios del tipo destroyer. Aunque puestos a pedir preferiría que los súper poderes me los confiriesen a mí y ser yo el ungido… ¡Os ibais a cagar! ¿Habéis visto “Chronicle” o “El hijo”? Una mariconá al lado de lo que iba a ser esto...

Todo para introduciros a la peña de La Orden, culto dedicado en cuerpo y alma a la veneración de un Dios antiguo que se manifiesta como una oscuridad voraz. Los miembros del mismo conocen a este Dios y le piden cosas chungas, porque en general son más malos que un dolor de muelas. O que el coronavirus, que resulta más actual. Cierto que esto de La Orden no existe en nuestra realidad, al menos que sepamos. Es una invención terrorífica de Mariana Enríquez incluida en su último libro “Nuestra parte de noche”. Una novela tremenda en la que valoriza las supersticiones, los mitos góticos y las leyendas de los pueblos originarios, que resulta siniestra, poética, tierna y hasta política. ¿Qué no puede ser? Acábatela y después me cuentas.

La cosa comienza con un padre y un hijo que atraviesan Argentina por carretera, desde Buenos Aires hacia la frontera norte con Brasil y Paraguay. Son los años del Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura que se instaló en la patria del flaco Spinetta y Borges entre el golpe de estado de 1976 y el gobierno de Alfonsín. Descubriremos que el padre trata de protegerlo del destino que le ha sido asignado. Una condena heredada que seguramente le arrastrará a él, médium del culto arriba mencionado, como ya se llevó por delante a la madre, muerta en circunstancias poco claras. Al final “Nuestra parte de noche” resulta ser una suerte de road trip trasandina que incluye una reflexión sobre la paternidad en un sentido amplio. Y es que el extraño vínculo entre los protagonistas principales y la reflexión sobre si algunas cosas merecen realmente la pena, son con mucho lo mejor de la novela.

Sin olvidar que es un libro de la Enríquez y por lo tanto esencialmente una novela de terror alla maniera di, es decir, vinculando lo cotidiano y la realidad política de su país, con el consabido interés por lo esotérico, los mundos paralelos y los rituales. Influida por la narrativa gótica clásica, las novelas victorianas, las historias “juveniles” de Stephen King, el viaje post apocalíptico dibujado por McCarthy en “La Carretera”, los mundos mágicos del chalao de Jodorowsky, pero también el rock y el cine. ¡Si hasta hay un cameo de Bowie!

La novela, cuya única pega es que, quizás, sea excesivamente larga, está escrita de una forma muy guay. Variando según las voces de quienes la protagonizan y hacen de narradoras. Partiendo de un verso en un poema de Emily Dickinson, se estructura en seis partes, reflejando puntos de vista diferenciados que abordan diferentes épocas que van desde el Londres bohemio y libertino de los sesenta, al Buenos Aires juvenil de los noventa. La verdad es que me ha parecido un novelón en todos los sentidos. Lo del Premio Herralde me la suda, aunque supongo que a ella no, claro.   

miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendo voy, leyendo vengo y por el camino me entretengo...


Ei xics, que ya estoy de vuelta y que cómo cantaba Peret no estaba muerto, estaba de parranda. Más o menos. O menos que más - Ni cerca, vaya-. El caso es que tras sortear todo tipo de dificultades cual Asterix en “Las 12 pruebas”, por fin me he medio instalado en la terreta que me vio nacer. Y el tema es que, además de realizar un sinnúmero de gestiones ante todo tipo de organismos y de padecer a esa peña que se le hace el culo Pepsi Cola con el piso heredado de la abuela Angustias, también me ha dado tiempo para leer un poco. O mucho. Bueno, no sé si tanto, aunque a mí me lo ha parecido y dadas las circunstancias...

Y lo primero que me eché al gañote fueron las “31 Canciones” de Nick Hornby. Delicioso compendio de artículos en el que el autor de “Alta Fidelidad” escribe sobre una treintena de temas que forman parte de la banda sonora de su vida. Comienza muy bien con Teenage Fanclub y termina espléndido con Patti Smith y una bonita anécdota. Por el medio desfilan canciones de Van Morrison, Bob Dylan, Paul Westenberg, Suicide, Richard & Linda Thompson, Bruce Springsteen, Marah, Santana, Badly Drawn Boy, Aimee Mann, Ian Dury, Röyksopp o Nelly Furtado... Sí, la de “I’m like a bird”, que li anem a fer? La línea que une todos los capítulos es el intento, más o menos logrado, de explicar que hay en la música pop que nos toca tan adentro. Y así va dibujando un interesante compendio de revelaciones y recuerdos ligados a la música, que en ocasiones resulta maravilloso y en otras -¿Nelly Furtado, nano?- no tanto. Os dejo una playlist por si os interesa. 

Después me metí de lleno en “Me cago en Godard” de Pedro Vallín. Uno de los analistas más interesantes de la actualidad quien, a través de sus artículos en La Vanguardia y sobre todo a fuerza de tuits a cada cual más ingenioso, nos ayuda a entender un poco la jaula de grillos en lo que se ha convertido la política nacional. Y todo ello recurriendo a ejemplos y comparaciones muy ligadas con la cultura popular, especialmente al mundo del celuloide. No se puede obviar que el periodista asturiano era o es, principalmente, un crítico cinematográfico. De ahí que el libro encierre una polémica reflexión en defensa del cine palomitero, al que Vallín tilda de progresista y emancipador frente al cine cultureta. Con bastante socarronería y mala leche, tacha a los grandes del cine europeo de artistas agrandados adictos a la autofelación y a su cine de conservador. En contraposición afirma que el denostado universo hollywoodiense es mucho más reivindicativo e incluso de izquierdas que aquel. Como veréis, la premisa resulta atrayente, sobre todo por como se caga en las teorías hegemónicas instauradas por la crítica tradicional sobre el cine de aquí y de allá. Y siendo cierto que no estoy de acuerdo al ciento por ciento en aquello que defiende y que no le compro algunos planteamientos, el tipo escribe tan de puta madre que... 
Por cierto que la entrevista que le hizo el hoy Vicepresidente Primero del Gobierno en “Otra vuelta de Tuerka” con ocasión del lanzamiento del libro, merece mucho la pena.

De ahí pasé a “Cómo caza un dromedario” de Víctor Nubla, que es harina de otro costal. Otra marcianada más publicada por la peña de Blackie Books. En este caso protagonizada por este polifacético personaje -que además de escritor es diseñador gráfico, editor, músico experimental, organizador de festivales, ilustrador de portadas y hasta opinólogo ocasional-, bastante conocido en la bohemia barcelonesa. Para hacernos una idea y según reza en la contraportada, el tipo vive en Gràcia y cree en las regiones temporalmente autónomas, mostrando un desinterés absoluto por la cultura del brunch. Cuenta que empezó a dibujar antes que a andar y en algún momento descubrió que las palabras son dibujos que explican cosas, por lo que se metió de lleno en el mundillo de las letras, aunque sea más conocido por sus proyectos sonoros con Macromassa, Dedo o Aixònoéspànic. De hecho, según he leído, incluso hay un cóctel en algún garito de la Ciudad Condal que lleva su nombre. Respecto al libro, ¿qué decir? Inclasificable. Hay historias sobre alienígenas, otras muy bizarras que vienen protagonizadas por animales humanizados o no, ensayos en forma de poema, narraciones sobre cosas mágicas que resultan ridículas, cuentos que realmente son fórmulas matemáticas y un puñado de “señoras vestidas de fiesta, perros peinados, borrachos impenitentes, camorristas de tres al cuarto, presentadores de televisión, inspectores de compañías cerveceras, policías de paisano, músicos agarrados a un vaso, gitanos que cantan solos, calles iluminadas de amarillo, almas en pena, penas sin alma, filósofos prácticos”. Tengo que decir que me ha gustado, pero menos de lo que esperaba. Creo que va de más a menos, desinflándose con el transcurrir de los capítulos. Que sí, el librito está organizado en capítulos, aunque tengan poco que ver los unos con los otros.

Y ya para acabar “El Director” de David Jiménez. El controvertido libro de memorias de quien fuera corresponsal y reportero de guerra durante dos décadas, en su fugaz paso por la dirección de El Mundo. Como aquello que comenzó siendo un reto ilusionante terminó en una cruenta batalla por el control del periódico, provocando su despido tras apenas un año en el cargo. Asistimos a los entresijos de una empresa de información que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo y en la que, aquel derecho consagrado por el artículo 20.1 b) de la Constitución, pasa con facilidad a un segundo plano. El tipo habla con bastante soltura de las presiones editoriales sufridas, de malsanas influencias y de algunos favorcillos reclamados por el poder económico o el político y que comprometieron la independencia del diario. Poniendo sobre la mesa nombres y apellidos, o sobrenombres tras los que se esconden personajes fácilmente identificables. Una lectura que resulta interesante pero que ofrece menos de lo que promete. Y es que gran parte de las intrigas son bien conocidas y las que no lo son, tampoco extrañan demasiado visto lo visto -y oído lo oído-. Además hiede a que el tipo se ha guardado bastantes cositas y no parece que se deba exclusivamente a una cuestión de auto-protección. O tal vez sí. En todo caso, el tiempo dirá. 

Y esto sería todo por ahora. Estoy con el último de la Mariana Enríquez y lo tengo a punto de caramelo. Pero a este libraco y a su autora prefiero dedicarles una entradita en exclusiva.

miércoles, 7 de agosto de 2019

El cementerio de la Recoleta


No hace ni una semana que volvimos a casa tras pasar las vacaciones de invierno en Buenos Aires. Las del invierno austral se entiende, renegones. Y no hace falta que me recordéis que en periodo sabático todos los días son fiesta… ¡Dejadme acabar la puta entrada e iros a joder a otra parte, so mamones!

Porque sí, fueron unos días que vinieron la mar de bien para oxigenar el cerebro. Paseando por una ciudad inmensa que plantea muchos y variados panoramas. Y la verdad es que me gustó bastante. Lo pasé realmente bien en Buenos Aires. No tanto por esa monumentalidad que la hace diferente al resto de capitales sudamericanas. Más bien por su día a día, la vida en los barrios, la abundante oferta cultural y sobre todo por resultar pateable, a diferencia de la mayoría de ciudades en esta parte del mundo. Así pues, desgastamos suela, nos mojamos a base de bien con los esporádicos chaparrones, nos dio para ver algunas exposiciones bastante chulas y otras no tanto, asistimos a una milonga o dos, hicimos turismo de librerías y cafés hasta la extenuación, también del de toda la vida y compramos algunas chorraditas en ferias y mercadillos, amén de alguna que otra rareza discográfica. Pero sobre todo engordamos varios kilos por culpa del bife de chorizo, las milanesas, las empanadas, esas pizzas a la piedra con demasiado queso, el choripán, los alfajores Havanna y los vinos de Mendoza. Ah! También visitamos los monumentos más característicos de la autodenominada “París de Latinoamérica”...

Respecto a esto último decir que lo que más nos impresionó fue el cementerio de la Recoleta. De hecho nos gustó tanto y estaba tan cerca del hostal en el que nos alojamos, que lo visitamos hasta en tres ocasiones. Con lluvia, nubladito y con Sol radiante. Secos e molhados. A primera hora y bien entrada la tarde. Con poca gente, con algo más de afluencia y hasta más solos que la una. Y no hubo un cuarto paseo de pura casualidad. Y de esto os quería hablar... Del cementerio, vaya.

Como ya os he dicho en alguna ocasión, mi gusto por estos reductos de paz y tranquilidad viene de lejos. Incluso antes de mi fase gótica, allá por el pleistoceno medio, ya gustaba de vagar por las rúas de los camposantos sin buscar nada o a nadie en particular. Deambular a través de las tumbas, los mausoleos y panteones disfrutando del silencio y la quietud. Fijarme en las construcciones, leer las inscripciones y fotografiar los motivos decorativos. Siempre que puedo me acerco a los más representativos de aquellos sitios a los que viajo. Y este de la Recoleta no podía ser menos. Es de los que merece la pena. De su interés da buena cuenta el hecho de que existan varias obras dedicadas al mismo y que sea uno de los lugares más visitados de Buenos Aires. Vaya, que era una parada obligatoria de nuestro viaje que tenía anotada desde mucho antes de leer a la Mariana Enríquez.

El cementerio se encuentra ubicado en el acomodado barrio de la Recoleta, que en el siglo XVIII era un lugar insalubre y despoblado al norte de la ciudad. Nada que ver con lo que es hoy día, repleto de tiendas pijas, restaurantes caros y cervecerías artesanales. Allí se instalarían los frailes de la orden de los recoletos descalzos, quienes levantarían un convento. Y sobre este se erigió el que sería el primer cementerio público de la ciudad. Un fosal que será declarado monumento histórico nacional en los años cuarenta, debido a la riqueza histórica y arquitectónica que alberga. Además de ser un espacio mítico del imaginario porteño.

De los allí enterrados destacan figuras fundamentales en la historia de Argentina como Bartolomé Mitre, Hipólito Yrigoyen o el autor del himno nacional, Vicente López. Pasando por el presidente Alfonsín o Evita Perón, cuyo sepulcro es parada obligatoria para todo turista que se precie de serlo y eso a pesar de que, por mucho interés que pueda suscitar el personaje, como arquitectura no vale gran cosa. También descasan los restos de Domingo Faustino Sarmiento, uno de los intelectuales latinoamericanos más importantes del siglo XIX. Y los de otras personalidades argentinas, como el premio Cervantes de 1990, Adolfo Bioy Casares, el premio Nobel de Química de 1970, el franco-argentino Luis Leloir, o quien fuera entrenador del Real Madrid campeón de Europa a finales de los cincuenta, don Luis Carniglia. También hay espacio para ilustres representantes de la nobleza criolla de apellido Anchorena, Álzaga, Unzué o Pereda. Sin embargo ninguna de sus tumbas me pareció entre lo más interesante de la necrópolis.

Ese honor queda reservado para las de Juan Facundo Quiroga, “el tigre de los llanos” y esa estatua de una virgen con capucha sobre una gran columna blanca. O la de Liliana de Crociati, en estilo neogótico, con grandes vidrieras y una estatua a tamaño natural de la fallecida en bronce verde azulado. Vestida de novia y con la mano derecha apoyada sobre la cabeza de su perro, muerto el mismo día que ella por una avalancha -Me viene a la cabeza aquello de Shakespeare de “depositadla en la tierra y que de su carne virgen e impoluta broten violetas…”-. O el mausoleo en mármol negro de Luis Ángel Firpo –que ver con el internacional sub-21 español, recientemente fichado por el Barça-. El primer boxeador latino en luchar por el título mundial del peso pesado. Y qué decir de la de Rufina, hija del escritor Eugenio Cambaceres, sepultada viva a los 19 años tras sufrir un episodio de catalepsia. La destrozada madre no dudo en acentuar el dramatismo del episodio y mandó construir un imponente monumento donde se puede ver la figura de la joven intentando abrir la puerta, símbolo de lo que no logró hacer una vez enterrada viva. También está la tumba de David Alleno, un inmigrante italiano que fue cuidador del cementerio y cuyo sueño era ser enterrado en su interior. Para eso tuvo que ahorrar durante años hasta poder comprarse una parcela, después construir la bóveda y encargar una escultura que le representase ataviado con sus elementos de trabajo. Una vez conseguido, avisó a la administración que dejaba de trabajar y marchó para casa a cumplir con el sueño de su vida. Se pegó un tiro.
Existen otras historias y mitos que podéis leer en cualquiera de las publicaciones que sobre el cementerio existen. Como el de doña María Magdalena, viuda del patriarca de los Álzaga, que se enclaustró para siempre en su casa de la calle Bolívar junto a sus seis hijas adolescentes. O el curioso secuestro del cadáver de doña Inés Indart de Dorrego al cargo de los caballeros de la noche. También está lo de la cabeza de Marco Avellaneda y el valor de Fortunata García, o el suicidio de la poetisa Agustina Andrade y la increíble historia de su marido, el explorador y científico Ramón Lista. Lo del asesinato de Abel Ayerza a manos de la mafia y a causa de un malentendido. Ángel Zuloaga y el mítico viaje en globo sobre la cordillera de los Andes. Y cómo no, el periplo del cadáver de Juan Manuel de Rosas desde el cementerio de Southampton hasta la Recoleta…

Con todo, las historias son casi lo de menos. Lo flipante es el cementerio en sí. Como manual caótico de estilos arquitectónicos, vaya. Por como muestra a través de la arquitectura, la evolución de Argentina desde los tiempos en que fue potencia económica, hasta ahora, con sus crisis y corralitos varios. Por la ingente cantidad de imponentes mausoleos y esplendorosas bóvedas, con sus mármoles, vitrales y esculturas. Algunos se conservan impecables, otros están ya a medio caerse, con los hierros carcomidos por el óxido, sus cristaleras destrozadas y llenos de telarañas. Los hay que han quedado expuestos al transeúnte, que podría tocar esos ataúdes desplazados y a la vista si quisiera. Una lugar mágico al que no le hacen justicia las fotografías que he colgado. Pero son las mejores que tengo... ¡Y eso que tomé más de trescientas!

Hasta aquí mi reporte de este “terreno suburbano aislado donde los deudos conciertan mentiras, los poetas escriben contra una víctima indefensa y los lapidarios apuestan sobre la ortografía”, tal cual definió Ambrose Bierce a los camposantos. Maravillosa Recoleta. Ojalá pueda volver. Vivo. 







...

domingo, 23 de diciembre de 2018

“Alguien camina sobre tu tumba”, de la Enríquez

Desde que tengo uso de razón me atrae la quietud de los cementerios. Y siempre que tengo la posibilidad, me gusta admirar aquellos que merecen la pena de los sitios a los que voy. El último que me sorprendió fue el Cementerio Municipal de Punta Arenas – Sara Braun, en un reciente viaje a la capital de la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena. Bonita necrópolis de varias hectáreas con una plazoleta central coronada por una gran cruz donada por Alfonso Menéndez Behety, hijo de José Menéndez y Menéndez “el rey de la Patagonia”. Un espacio rico en estilos y ornamentos, tanto en los mausoleos como en su edificio principal, en el que se evidencia la influencia de las diversas nacionalidades de inmigrantes que llegaron a la región (croatas, escoceses, alemanes, asturianos como los Menéndez…) y que conforman la actual cultura magallánica.

No es un gusto tan extraño, creo. De hecho, quien no se estremezca tras atravesar las puertas de un camposanto es que está muerto por dentro. O por fuera y está efectuando el venerable trayecto para no volver a salir de allí. En todo caso hay peña que lleva esta afición mucho más allá de lo que la llevo yo, que me conformo con pasear entre tumbas, leer cuatro epitafios y echar alguna fotito. Por ejemplo la periodista y escritora Mariana Enríquez, de quien ya os recomendé leer “Las cosas que perdimos en el fuego” y “Los peligros de fumar en la cama” (¡Leedla!). Y es que la señora fue capaz de sustraer un hueso de las Catacumbas de París. O al menos eso es lo que relata en “Un hueso de los inocentes”, una de las diecisiete historias contenidas en “Alguien camina sobre tu tumba”. Bonito libro que recoge la mirada de la autora argentina en su recorrido por varios cementerios a lo largo y ancho del mundo.

La colección de visitas incluye camposantos en Australia, Argentina, México, Perú, Italia, Alemania, los Estados Unidos, Francia y Cuba. Entre las más chulas está la primera, protagonizada por el musicalizado cementerio de Staglieno en Génova. Allí donde se encuentran las espectaculares tumbas de la portada de “Closer” y del single “Love will tear us apart” de Joy Division. También la historia en torno a la tumba del caballo Malacara y el fosar de Trevelín, en la Patagonia argentina. Enclave poblado a mitad del XIX por gentes provenientes del país de Gales. O la visita al Colonial Park y Bonaventure Cemetery de Savannah. Aquel en el cual se encontraba “La niña ausente” de la carátula de “Medianoche en el jardín del bien y del mal” de John Berendt (con versión cinematográfica al cargo de Clint Eastwood). Aunque de todas las historias, la que me ha resultado más interesante aún sin tener claro que sea la mejor, es la titulada “El Ángel de Salamone”.

Precisamente por haberme descubierto a Francisco o Francesco Salamone. Discutido arquitecto ítalo-argentino, responsable de la modernización de la obra pública de varios municipios del interior en la provincia de Buenos Aires, durante los años 30. Su gran amistad con el gobernador provincial, un tal Manuel Fresco, propició que le encomendaran la tarea de construir más de sesenta obras en apenas cuatro años. El ínclito Manuel Fresco, adorador de los regímenes totalitarios, de Hitler y de Mussolini, necesitaba grandilocuencia. Una arquitectura que reafirmara su poder y el de un estado presente en los momentos importantes de la vida de los lugareños. De ahí que la obra de Salomone se caracterice por el monumentalismo. Con unas construcciones bestiales que llegan a elevarse hasta treinta metros por encima del entorno. El impacto urbanístico debió ser enorme y desde luego que, si puedo, pienso comprobarlo in situ. Su catálogo de obras incluye la portada de 22 metros para el cementerio de Azul, cuya visita relata la Enríquez en “El Ángel de Salamone”. Con un impresionante cuerpo central con las letras RIP en gigantescas placas de mármol negro y, por delante de ellas, el no menos impresionante “Ángel exterminador” hecho de hormigón en estilo art decó. Pero bueno, también están la portada del cementerio de Saldungaray con el “Cristo de la Rueda”, o el cementerio de Laprida y esa demencial entrada a través de una especie de triángulo cónico.
, brutal.        

La verdad es que el libro está genial y no solo por el tema de Salamone. Podría haber halagado cualquiera de las otras historias que incluye ya que son realmente buenas. Todas. Algunas mucho, como “Un dominicano sin cabeza” (Cementerio Presbítero Maestro de Lima), "Ciudades de los muertos" (Cementerios Saint Louis Nº 1, Holt y Lafayette Nº 1 de Nueva Orleans), "Rosas de cristal" (Necrópolis de Colón en La Habana), “Acá nadie se muere” (Cementerio Municipal de la Isla Martín García), "Los perros negros" (Panteón de Belén y Panteón de Mezquitán en Guadalajara)… ¿Pero para qué? Mejor que os pique la curiosidad. Por cierto que, el final del libro incluye una lista de las necrópolis que la autora todavía quiere conocer. Me ha sorprendido que entre estas, señale unas cuantas que ya he visitado.  

lunes, 11 de septiembre de 2017

Los peligros de fumar en la cama

Ya os dije aquí que leyerais a la Enríquez, pero no me hicisteis caso.
Vuelvo a insistir, esta vez con la excusa de una nueva compilación de relatos que, pese a publicarse ahora, son anteriores a los incluidos en “Las cosas que perdimos en el fuego”. Absolutamente coherentes con aquellos, todo sea dicho, e igualmente prodigiosos. Y es que la inmersión en esos universos cotidianos, en los que de repente irrumpen elementos siniestros, es una de las mejoras cosas que me han pasado últimamente. Literariamente hablando, se entiende.

La autora argentina mantiene el pulso a través de doce nuevas-viejas historias de temática más perturbadora que oscura, que también. Una turbación que, lejos de ser mero cliché, define a las claras la seducción ejercida sobre el lector. Y da igual que sea a través de la experiencia de una niña que desentierra unos huesos que resultan no ser de animal o de las andanzas de un mendigo despreciado por las gentes de un barrio de clase media. El desconcierto es el mismo. Como con esa suerte de giros finales que, lejos de resultar impostados, apuntalan lo que parece ya marca de la casa. O esa manera de cerrar sin cerrar nada al final de la narración.   

Con “Los peligros de fumar en la cama” se recupera el primer volumen de cuentos de Mariana Enríquez. Otra joyita manufacturada por una autora en estado de gracia y en la que ninguna de sus historias desmerece a la anterior. Con todo me han gustado especialmente un par de ellas. Aquella que se desarrolla en una Barcelona transformada en un escenario desconcertante más próximo al Raval filmado por González Iñárritu en “Biutiful” (2010). O el cuento protagonizado por una chica que siente una atracción fetichista y hasta malsana por el sonido de los corazones enfermos. ¡Que coño y el del rockero devorado! O el de los niños que vuelven y que tanto remite a aquella fantástica producción francesa con inolvidable sintonía de Mogwai.

Grande la Mariana -que no el Mariano- again.

martes, 2 de agosto de 2016

Las cosas que perdimos en el fuego

Lean a Mariana Enriquez.

En serio.

Sí, ya sé que el exceso de bombo nos lleva a la atonía y que últimamente el libro de la Enriquez aparece hasta en la sopa, pero haced el esfuerzo y sobreponeos por esta vez. Y es que, todos los elogios y parabienes que habréis leído en prensa, blogs, suplementos culturales o revistas literarias respecto a "Las cosas que perdimos en el fuego", primer libro de la escritora argentina que se publica en España, están más que justificados.

Antes de nada decir que ninguno de los doce relatos incluidos en "Las cosas que perdimos en el fuego" tiene que ver con aquellas cosas que Audrey Burke y Jerry Sunborne perdieron en las llamas, en la película de Susanne Bier. Buena peli, por cierto. Aquí estamos ante una compilación de relatos de terror o algo así, de esos que causan angustia y hasta pavor evocando a los clásicos del género, pero que a la vez trazan historias con un trasfondo que va mucho más allá. Utilizando el miedo como excusa para abordar otros temas, aun superficialmente dada la extensión de los escritos, como el desamor, los celos, el patriarcado, el machismo y la violencia de género, la dictadura argentina, el hikikomori, la magia negra, la miseria y la exclusión social, la homosexualidad, la soledad, la culpa, las drogas y hasta el rockanrol.

Un enjambre de historias protagonizado por personas normales en escenarios habituales que, de repente, se transforman. Cotidianeidad que deriva en pesadilla y una normalidad que da paso a lo insólito. Como en el caso de las mujeres ardientes que deciden extender una forma extrema de protesta contra la violencia doméstica, o de esa estudiante que se arranca las uñas y pestañas porque alguien se lo pide, o esas amigas en una hostería en la que aún perviven los fantasmas de un pasado no tan lejano, o ese guía turístico que asiste a la inesperada reaparición del tristemente conocido Petiso Orejudo.

Gran libro.
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