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jueves, 22 de agosto de 2019

“Stalker” by La Ciencia Simple


Ya había llovido desde la última vez que vi “Stalker”, aquella cinta de culto dirigida por el “escultor del tiempo” Andrei Tarkovsky. La primera vez, allá por el periodo cuaternario, me pareció bastante aburrida. Sin embargo en la segunda, ya inmersos en el terciario temprano, me percaté de que aquello era una genialidad. Una puta obra maestra, vaya. Pero bueno, como soy un tipo reflexivo a quien no le gusta llegar a conclusiones apresuradas (¿?), creí necesario darle un tercer visionado y así desempatar. Eso fue ayer… Aunque de aquella manera. 

Dirigida en 1979, la película describe el viaje de tres hombres a través de un enigmático paraje post-apocalíptico conocido como “la Zona”, en busca de un espacio que tiene la capacidad de cumplir los deseos más profundos de las personas. Y eso a pesar de que el acceso al lugar, en el que alguna vez se produjo un desastre indeterminado, está completamente prohibido. Pero existen unos personajes llamados stalkers –acechadores- que se dedican a guiar a quienes se atreven a aventurarse a cambio de un estipendio.

Basándose en la novela corta “Pícnic extraterrestre” de Arkadi y Boris Strugatskiy, la cinta difiere mucho del libro. En este aparecían numerosos “acechadores”, además de naves y objetos misteriosos, mientras que en la peli solo aparece uno y con propósitos bien distintos a los de la historia original. Y es que cuando el realizador soviético ubicó a los hermanos para que le ayudaran con el guión, les pidió que recortaran la historia y no solo desde el punto de vista temporal. Sacando todos aquellos momentos en los que el libro evidencia la presencia extraterrestre, además de otras cuestiones fantásticas. Dejando así una trama podada que destaca por esos momentos enrarecidos o de inquietud metafísica que hoy consideramos tan de Tarkovsky.

Al final de la carrera y más allá de lo que yo opine sobre “Stalker”, el director consiguió crear un mundo inmersivo, repleto de detalles materiales y atmósferas orgánicas. Un espacio entre lo poético y lo meditativo que se abre a numerosas interpretaciones y significados. Según leí en su momento, contiene una alegoría religiosa, aunque también es reflejo de las ansiedades políticas de su creador. En todo caso, supone una experiencia visual muy especial y sumamente grata. En la que te tienes que sumergir de una, eso sí. Y hete aquí con el resultado del partido de desempate.

Cuando me refería a que esta vez la había visto “de aquella manera”, es porque vi una versión fragmentada de “Stalker” y musicalizada en vivo por la banda de rock instrumental La Ciencia Simple. Todo en un show fantástico celebrado ayer tarde en la Sala Rubén Darío de Valparaíso e incluido dentro del ciclo LeRock, del que ya os he hablado por aquí. Ante un auditorio casi repleto, el quinteto santiaguino expuso una banda sonora alternativa a la compuesta por Eduard Artemyev, adaptando alguna de sus piezas e incluyendo desarrollos ad hoc. Todo eso mientras el proyector nos hacía participes de esas tomas largas e intensas que caracterizan el estilo de Tarkovsky. Además de incluir algún interludio entre fragmentos que nos permitió refugiarnos de la tormenta sonora. Escuchando las reflexiones y poemas filosóficos que Tarkovsky puso en boca del stalker interpretado por Alexandr Kaidanovsky.  La verdad es que fue una puta pasada.

Así pues, si os podéis acercar la semana que viene a Santiago, o después a Conce y más adelante a Valdivia o Puerto Montt, ni lo dudéis.  

domingo, 21 de julio de 2019

José Tomás Molina en El Farol


El viernes por la tarde y casi de casualidad, nos topamos con el bolo que el sello independiente LeRockPsicophonique había montado en la Sala Rubén Darío de Valparaíso, en el marco del ciclo itinerante que lleva por todo Chile el trabajo de sus bandas y artistas. Algún día tendré que dedicar una entrada a la maravillosa labor de un sello capaz de extraer tamaña cantidad de talentos de debajo de las piedras y aquí, en este remoto y apartado rinconcito del mundo. Sería interesante ver la incidencia de esta peña en el chiringuito musical, si se cumpliera la premisa de aquella otra América posible esbozada por Torres García.

El caso es que José Tomás Molina es un brillante compositor y multiinstrumentista, responsable de piezas para orquesta y grupos de cámara. Además forma parte como guitarrista, teclista y bataca del trío de math rock Sistemas Inestables, de quienes ya os hablé en otra entrada. También integra el combo de rock alternativo Inverness, conocidos por aquí tras participar en la banda sonora original de “La memoria del agua” y “La vida de los peces”, ambas películas dirigidas por Matías Bize. Venía a la ciudad de los colores para presentar un adelanto del que será su tercer trabajo en solitario tras “La Orquesta Errante”, de 2014, y el fantástico “Bilanciare” –equilibrio- del año pasado.

Lo que ofrece el músico santiaguino es una suerte de neoclasicismo o clásico moerno muy en línea con el trabajo de artistas internacionales, coetáneos pero un tanto más curtidos y desde luego más reconocidos que él, como Joep Beving o hasta Max Richter. Eso y una suerte de experimentación en base a secuenciadores y algún que otro repiqueteo jazzístico más presente en el directo que en los discos publicados por Molina hasta la fecha. De hecho esto último funcionó anteayer como una especie de homenaje a su banda matriz, a quienes vi en otra ocasión sin que me gustaran tanto. Al menos eso me pareció a mí.
El show, ni muy largo ni muy corto, solo lo justo y necesario, transitó entre lo novedoso y lo reciente, mostrando a un José Tomás Molina un tanto más experimental y menos grandilocuente que en su versión enlatada. Dibujando atmósferas que iban entre lo ambiental y lo esotérico y que podrían venir firmadas por el puto Brian Eno si este se dedicase a reinterpretar las “Gymnopédies” de Satie. Todo ello sin eludir otros aspectos más propios de la música instrumental de guitarras y programitas. Vaya, que forzando un tanto la comparación, hubo momentos en los que me vinieron a la cabeza esas fases más espaciales y vaporosas en la música de Mogwai. En todo caso, si algo quedó demostrado este viernes, es que José Tomás es un tipo talentosísimo. Al piano, por supuesto, pero también con la programación, dándole a las baquetas, rasgando la guitarra o soplando el clarinete. También sus dos acompañantes, un violinista y un violonchelista que tocaron como Dios. Y vaya, que no sé si os interesan demasiado estos sonidos, pero si es el caso, dadle una oportunidad al zagal. Presenciar el concierto aquí en Valpo, en petit comité y a resguardo de los rigores del invierno austral, fue un gustazo. Si puedo, repetiré. Aquí, allá o acullá.

martes, 9 de octubre de 2018

Fin de ciclo con Sistemas Inestables


El pasado viernes y como despedida del interesantísimo ciclo LeRock del sello chileno LeRockPsicophonique, actuaron Sistemas Inestables en la Rubén Darío de Valparaíso. Aprovechando para presentar ante el público porteño su reciente lanzamiento “O”. Un mini-epé compuesto de tan solo cuatro cortes y en el que se aprecia esa mezcla de sonidos etéreos, bizarras estructuras math-rockeras y secuencias electrónicas, que viene a ser la impronta sonora de la banda santiaguina. Lástima que tan solo yo y un par de paracaidistas más pudiésemos disfrutar del concierto. Y tiene cojones la cosa, porque encima el evento era gratuito. En fin…

Antes fue el momento de que Nicolás Aimo sacara a relucir su set de sintetizadores,  secuenciadores, ritmos electrónicos y todo la retahíla de efectos sonoros. El músico argentino también venía a mostrar su nuevo material. El que viene incluido en su segundo trabajo, “Punto Simultáneo”, una obra conceptual y electrónica que sonó a un volumen elevadísimo dentro de la sala. Con todo y aunque hubiese celebrado que el sonidista hubiese afinado más, me gustó bastante el show. Vamos que en general me convenció, saliendo de allí satisfecho. 

Desde luego mucho más que con lo ofrecido por el trío chileno. Demasiado preocupados en generar capa sonora tras capa sonora tras capa... y así ad infinitum. Amén de experimentar en el marco de esos largos pasajes instrumentales repletos de subidas y bajadas y subidas y bajadas... y cosas que se enroscan entre sí y entre asá ad nauseam... Eso sí, el sonido impecable. Por cierto que, en algún momento del bolo, se cascaron unos duelos de percusiones que me hicieron recordar esta mierda maravillosa:
Regusto agridulce que no empaña lo interesante y necesario de propuestas como esta. Ni el fantástico trabajo de un sello al que debemos cosas tan buenas como las que sonaron por aquí.

domingo, 19 de agosto de 2018

Matemáticas, atmósferas y emoción con La Ciencia Simple


Este viernes y con motivo de la primera fecha del tour de lanzamiento de su nuevo álbum "III V VII", acudí hasta Valpo para encontrarme con los chicos de La Ciencia Simple. Actuaban junto a los bonaerenses Proyecto Da Silva en la Sala Rubén Darío y en el marco del Ciclo LeRock, orquestado por las gentes del sello/grupo de amigos LeRockPsicophonique. Asistía al evento con sumo interés y bastantes expectativas, pero a ciegas. Y es que aún no había escuchado una nota del tercer álbum en la aún corta trayectoria del quinteto santiaguino. Mi esperanza surgía de algún punto entre los paisajes atmosféricos y aquellos ejercicios de intensidad experimental que trufan sus trabajos anteriores. Muy especialmente en “II III V” del 2016 al cual, lo reconozco, le he pegado unas cuantas vueltas. Afirmar que cumplieron con creces. El nuevo material va más allá de lo esperado. Y qué decir de la puesta en escena. Apabullante en lo sonoro. Y muy –pero que muy- emocional.     

Tratándose de un evento organizado para la presentación en sociedad de nuevo material, el setlist tan solo podía venir integrado por esas composiciones. Los seis cortes del mencionado “III V VII”, que así a bote pronto y tras darle un par de escuchas -amén del directo que origina esta entrada-, suena más etéreo y ambiental que en episodios anteriores. Menos duro, si se me permite la expresión, si bien, como ya he mencionado, el show resultó bastante ruidoso y por momentos hasta furioso. Diría que ahora hay menos huella de Explosions in the Sky o de mis añorados Duster, por citar una influencia reconocida por la propia banda. Sin embargo, sí que se respira algo más de lo ofrecido por el señor Wolfgang Voigt en sus proyectos “Pop” y “Narkopop” y también de aquel post-rock primigenio personalizado en bandas como Bark Psychosis. En algún momento del directo incluso percibí aromas cercanos al “Rock Action” de Mogwai y aún más –mucho más- al glorioso disco homónimo que firmaron los tejanos This Will Destroy You allá por el 2007. El shoegaze estuvo y está. Y bien que me parece.

Me gustaron especialmente los recursos audiovisuales empleados. Proyecciones de patrones matemáticos sobre fondos monocolor, en consonancia con la exploración rítmica y en perfecta armonía con los conceptos musicales desarrollados. Muy especialmente durante la exposición de esa suerte de experimento titulado “105”, que es el penúltimo corte del álbum. Tremebundo. Como también, pero por otros motivos más detonantes, con ese final a dos percusiones en -creo que era- “AM”. O con el desarrollo de menos a más de “Noisetalgia”, por ahora mi canción favorita de “III V VII”.
Fantástica velada en compañía de una joven banda de la que espero bastante, visto lo visto y sobretodo oído lo oído. También participaron del "baile" Proyecto Da Silva, voluntarioso combo argentino que fue el responsable de abrir las hostilidades. En una actuación irregular, que no mala y que me dejó con un regusto agridulce. A ver, creo que la puesta en escena fue buena. Técnicamente sonaron impecables. O casi. El problema es que esa fórmula entre lo psicodélico y el electro-rock, no me acabó de llenar. Y encima la voz del vocalista me recordaba a demasiadas cosas que no me gustan, lo cual acabó por sacarme del todo. Una lástima.

Y eso es todo.
Os dejo esto por aquí. Dadle una oportunidad.   
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