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martes, 14 de abril de 2020

El Nix, de Nathan Hill


“Nix” es el nombre germánico de un espíritu al cual en Noruega en realidad llaman “Nokk”. Se supone que vive en el agua y tiene la capacidad de transformarse en cosas distintas, como por ejemplo en un caballo blanco. Y lo hace, bien para tentar a las personas y que estas se sometan, bien para ahogarlas. Me cuenta un pajarito que el bicho en cuestión casi se carga a la prota de la saga “Frozen”, arrastrándola hacia el fondo del mar. Esto último lo apuntaré en mi libreta de cosas que me importan una mierda…
“-El Nix solía aparecerse en forma de caballo –dijo-, pero eso era en los viejos tiempos.
- ¿Y qué aspecto tiene ahora?
-Es distinto para cada uno. Pero generalmente se aparece en forma de persona. Generalmente es alguien a quien crees querer-  
Samuel seguía sin entender. 
-Las personas se quieren por muchos motivos, no siempre buenos –explicó su madre-. Se quieren porque es fácil. O porque se han acostumbrado. O porque se han rendido. O porque tienen miedo. Una persona puede ser un Nix para otra persona.”

Pues bien, en esta primera novela firmada por Nathan Hill, el Nix es una suerte de presencia intangible que le recuerda a sus protagonistas aquel momento crucial en el que todo se fue al carajo y ya nunca fueron capaces de recuperarse. Aquello de lo que pudo haber sido, pero ya nunca será. Porque de eso va el libro, de vidas truncadas por culpa de situaciones que escapan al control de quienes las protagonizan y decisiones que no dependen de la voluntad de quienes las terminan tomando. Y de la imposibilidad del olvido.
 “-Lo que solemos entender como olvido no lo es del todo, en realidad –dijo ella-. No estrictamente. Nunca olvidamos las cosas, sólo perdemos el camino para volver a encontrarlas.”

 “El Nix” se publicó aquí propulsado por la enormidad de las críticas recibidas en los EEUU. Estas nos hablan –again- de aquello de la “gran novela americana”, comparando al autor con el puto David Foster Wallace. Cosa seria. Que hombre, quizás resulte arriesgado comparar la obra de un primerizo como Hill, con el inmenso legado del autor de “La broma infinita”. Pero vaya que, por lo menos en lo que respecta a este debut, sí transmite algo que puede recordar a las maneras del escritor neoyorquino. Por lo que entiendo que la comparativa resulta oportuna y, supongo, muy tentadora.
“-Me encantaría saber que le pasó -dijo Samuel-. En Chicago, digo. En la universidad. ¿Por qué la dejó tan pronto? 
- Ni idea, nunca habló de ello.  
- ¿Y tú no se lo preguntaste? 
- Me alegré tanto de que volviera que preferí no llamar al mal tiempo. A caballo regalado no le mires los dientes, ¿no? Lo dejé correr. Me pareció una actitud muy moderna y empática. 
- Tengo que averiguar que le sucedió. 
- Oye, necesito tu opinión. Vamos a lanzar una línea nueva. ¿Qué logo prefieres? 
- Henry le acercó dos hojas impresas por encima de la mesa. En una ponía CONGELADOS FRESCOS DE GRANJA, y en la otra CONGELADOS DE GRANJA FRESCOS. 
- Me alegro de que te preocupes tanto por el bienestar de tu hijo –dijo Samuel - 
-En serio, ¿cuál te gusta más? 
- Me alegro de que le des tanta importancia a mi crisis personal. 
- No seas tan dramático y elige un logo, anda.   
- Samuel los estudió un momento. Supongo que voto por CONGELADOS FRESCOS DE GRANJA. En caso de duda, ordena las palabras correctamente, ¿no? 
- ¡Eso digo yo! Pero según los de publicidad, el otro orden le da más personalidad a la marca. Bueno, ellos lo llaman branding 
- Qué ganas de usar palabras que no existen. 
- Cómo se nota que eres profesor. Siempre hacen lo mismo. Dicen que hace treinta años era posible anunciarse usando frases sencillas y enunciativas como ¡Sabe delicioso! o ¡Vive feliz!. Hoy en día, en cambio, los consumidores son más sofisticados y eso te obliga a ser más creativo con el lenguaje: ¡El sabor de los que saben!, ¡Paladea tu felicidad! 
- Oye, una pregunta –dijo Samuel-. ¡Cómo es posible que algo sea fresco de granja y, al mismo tiempo, congelado? 
- Eso es algo que se plantea mucha menos gente de la que imaginarías.”

La novela, que alterna el drama y la sátira, viene protagonizada por un treintañero que es a la vez un escritor bloqueado, un profesor hastiado y un adicto a los videojuegos. Abandonado por su madre con apenas once años y, tras más de dos décadas sin saber de ella, se la topará de la forma más insospechada. Por culpa de un incidente con un político que, por obra y gracia del periodismo de sucesos y el merder de las redes sociales, acaba transformándose en una especie de acto terrorista. El caso es que los medios presentan una visión de la señora que su hijo no reconoce, por lo que se ve abocado a indagar. Y ahí será cuando descubra una historia familiar que encierra más secretos que la alcoba de Julio Iglesias.
“-Tu madre te buscó en internet y descubrió que era escritor –dice Periwinkle-. O que querías serlo. Me llamó y me pidió un favor. Me pareció que se lo debía. 
-Por Dios. 
- Qué chasco, ¿no? 
- Y yo que creía que me había hecho famoso por méritos propios. 
- Los únicos que se hacen famoso por méritos propios son los asesinos en serie. Todos los demás necesitan a alguien como yo.”

La historia nos desplaza de década en década y nos ubica en contextos diversos. Desde el Medio Oeste rural en la década de los sesenta, hasta el Nueva York del Occupy Wall Street, pasando por el Chicago de la contracultura. Saltando el charco incluso, en un vuelo hacia las escarpadas costas noruegas que se repite en dos momentos históricos, uno más próximo y el anterior durante la Segunda Guerra Mundial. 

Todo esto define este gran libro que lo es no solo por extensión. Lo cual tampoco conviene pasar por alto, ya que constituye su principal hándicap. De hecho, de no ser por la situación de confinamiento, disponiendo de todo el tiempo del mundo, no me hubiese enfrascado en la lectura de tamaño mamotreto. Bien por el coronavirus, pues. Eso sí, a toro pasado, pienso que, tal vez, el autor se podría haber ahorrado algún capítulo. Me refiero a aquellos que se centran en la obra y milagros de una alumna no tan tonta como aparenta, ni tan lista como ella cree.
“Y es verdad. Ha sido un buen hombre. Tan buen padre como podía serlo. Sólo que Faye nunca se había dado cuenta. A veces estamos tan sumergidos en nuestra propia historia que no nos damos cuenta de que solo somos actores secundarios en la historia de otra persona.”

¿Recomendable? Sí, mucho. Y en los tiempos que corren, aún más.  

jueves, 9 de agosto de 2012

Esto es agua


David Foster Wallace fue un magnífico novelista, relatista y ensayista norteamericano considerado hoy día por muchos -entre los que me incluyo- como uno de los más influyentes escritores de los últimos veinticinco años. Hablo en pasado porque, como sin duda sabréis, David Foster Wallace está muerto. Se suicidó el 12 de septiembre de 2008.

Pocos años antes fue invitado a pronunciar un discurso en una ceremonia de graduación en la Universidad de Kenyon, sobre un tema de su elección. De ahí que el 21 de mayo de 2005, por primera y última vez en su vida, Foster Wallace pronunció su discurso dirigiéndose a los estudiantes de Humanidades del college. Lo tituló “Esto es agua” y es una joyita que resume el saber y el sentir del autor de “La broma infinita” o de “Algo supuestamente divertido (que nunca volveré a hacer)”.

Hacia el final del mismo se incluye el siguiente pasaje:
“Sé que lo más probable es que estas cosas no resulten divertidas ni simpáticas ni grandiosamente inspiradoras que es como han de resultar las ideas centrales de un discurso de ceremonia de graduación. 
Lo que son, bajo mi punto de vista, es la verdad, ya desapegada de un buen montón de chorradas retóricas. Obviamente, vosotros podéis considerarlas lo que queráis. 
Pero, por favor, no las despreciéis como si fueran un sermón moralista de consultorio radiofónico. 
Todo esto no tiene nada que ver con la moralidad ni con la religión ni con las grandes y elaboradas preguntas sobre la vida después de la muerte. La verdad con V mayúscula tiene que ver con la vida antes de la muerte. 
Tiene que ver con llegar a los treinta años, o incluso a los cincuenta, sin querer pegarte un tiro en la cabeza. 
Tiene que ver con el verdadero valor de una verdadera educación, que no pasa por las notas ni por los títulos y sí en gran medida por la simple conciencia: la conciencia de algo que es tan real y tan esencial, y que está tan oculto delante mismo de nuestras narices y por todas partes, que nos vemos obligados a recordarnos a nosotros mismos una y otra vez: Esto es agua.   
Esto es agua”.
Foster Wallace no llegó a los cincuenta años ya que tenía cuarenta y seis cuando decidió quitarse de en medio. Y no se pegó un tiro en la cabeza, se ahorcó.

Aquí disponéis del texto íntegro de su discurso, por si os interesa leerlo.

miércoles, 13 de abril de 2011

Algo supuestamente divertido


¿Habéis pensado alguna vez en hacer un crucero? Yo sinceramente no. Y eso que una vez y por circunstancias relacionadas con el amor -o el sexo-, por poco no me embarcan en uno. Y es que permanecer diez días embutido en una cafetera gigantesca, soportando la compañía de desconocidos, realizando excursiones masificadas en cada uno de los puertos turísticos convenidos por la empresa, desayunar y cenar en modo rebaño… en fin, como que no me seduce. Y menos aún después de leer la desternillante crónica que David Foster Wallace hizo de su experiencia a bordo de un megacrucero, respondiendo al encargo del Harper’s Bazaar.

“Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” viene a ser una muestra de eso que se ha llamado periodismo gonzo. O sea, aquellos libros en los que el reportero es un actor más de la historia y en los que no se busca tanto la noticia, como el contexto donde esta se desarrolla. Y es que Foster Wallace disecciona con mucho humor y aún más mala leche, todo lo que acontece a bordo del Nadir. Desde el perfil de los cruceristas y de la tripulación, hasta las supuestas diversiones. Como se desarrolla el día a día en un crucero de lujo y como se las ingenian los propietarios del tinglado para que la gente no se cuestione a donde ha ido a parar el pastizal que han pagado. Pues bien, se les ha ido en el copioso desayuno diario, la misa diaria con renovación de votos matrimoniales, en una biblioteca repleta de libracos de esos que decoran los salones de la gente que no lee -“Grandes villas de Italia”, “Juegos de té famosos del mundo moderno”…-, en torneos de dardos o de ping-pong, charlas sobre sistemas de navegación, almuerzos en la terraza superior, practicas de golf en la cubierta, pujas de arte, lamentables concursos para elegir las mejores piernas masculinas, interminables sesiones de piscina, manualidades, gimnasio olímpico (¡ni más ni menos!), “¡Conozcan al Director del Crucero, Scott Peterson y descubran como es realmente trabajar en un Crucero!” rollo “Club de la Comedia”, ensayos previos al “Show de los pasajeros”, tiro al plato, tomar el té con pastas, visionado de las mismas películas una y otra vez, acicalamiento y cenas de gala bien regadas de alcohol, espectáculos con hipnotizadores, bailes nocturnos, excursiones bovinas… Podría seguir “ad nauseam”, siguiendo la brillante jerga utilizada –y en ocasiones como esta, creada-  por su autor.

En el fondo, el libro viene a ser un alegato contra el turismo mediocre. Ese que viaja hasta donde Cristo perdió el gorro para encerrarse en un parque temático -llámalo crucero, llámalo resort…-, hacer miles de fotos y vídeos con los que torturar a los amigos al regreso, comprar baratijas a modo de recuerdo para que acaben acumulando polvo en algún cajón y poco más. Encima está escrito de forma brillante. E incluye unas hilarantes reflexiones en forma de notas a pie de página que son, desde mi punto de vista, lo mejor de todo. Lástima que su autor, una de las voces más interesantes del panorama narrativo contemporáneo, decidiese dejarnos hace unos años.        
“He visto playas de sacarosa y aguas de un azul muy brillante. He visto un traje informal completamente rojo con las solapas evasé. He notado el olor de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente. Me han llamado señor en tres países distintos. He visto a quinientos americanos pijos bailar el Electric Side. He visto atardeceres que parecían manipulados por ordenador y una luna tropical que parecía más una especie de limón obscenamente grande y suspendido que la vieja luna de piedra de Estados Unidos a la que estoy acostumbrado. He bailado (muy brevemente) la conga.”

domingo, 10 de abril de 2011

La Sonrisa Profesional

“Esto está relacionado con el fenómeno de la Sonrisa Profesional, una pandemia nacional en la industria de los servicios. Y en ninguna parte de mi experiencia he sido receptor de tantas sonrisas profesionales como en el Nadir: maîtres, jefes de camareros, subalternos de gerentes de hoteles, director de crucero… Sus Sonrisas Profesionales se activan como interruptores a mi paso. Pero también en tierra, en bancos, restaurantes, mostradores de venta de billetes de avión, etcétera. Ya conocen esa sonrisa –la contracción enérgica del cuadro circumoral con movimiento cigomático incompleto-, esa sonrisa que no llega a los ojos del que sonríe y que no significa nada más que un intento calculado de adelantarse a los intereses del que sonríe fingiendo que le cae bien el objeto de la sonrisa. ¿Por qué los empresarios y gerentes obligan a los profesionales de los servicios a irradiar la Sonrisa Profesional? ¿Soy el único consumidor en quien dosis elevadas de esa sonrisa producen desesperación? ¿Soy la única persona que está segura de que el número creciente de casos en que gente de aspecto totalmente ordinario aparecen de pronto con armas automáticas en centros comerciales, oficinas de seguros, complejos médicos y McDonald’s guarda alguna relación con el hecho de que estos lugares son centros notorios de difusión de la Sonrisa Profesional?
¿A quien creen que engañan con la Sonrisa Profesional?
Y, sin embargo, ha llegado un momento en que la ausencia de Sonrisa Profesional también causa desesperación. Cualquiera que haya comprado un paquete de chicles en un estanco de Manhattan, o haya pedido que le pongan el sello de frágil en una oficina de correos de Chicago, o que haya intentado que una camarera del sur de Boston le dé un vaso de agua, conoce bien el efecto devastador para el alma del ceño fruncido de un empleado que sirve al público, es decir, la humillación y el resentimiento de que a uno le nieguen la Sonrisa Profesional. Y a estas alturas, la Sonrisa Profesional ya ha eludido incluso mi resentimiento hacia la Sonrisa Profesional: me alejo del estanco de Manhattan no solamente resentido por el mal carácter o la falta de buena voluntad del estanquero sino por su falta de profesionalidad al negarme la Sonrisa. Menudo jaleo, coño.”  
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David Foster Wallace – “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”.

martes, 16 de septiembre de 2008

David Foster Wallace R.I.P.


Esta mañana, mientras me tomaba un café y hojeaba la prensa generalista, me ha sorprendido una de las peores noticias del año. La sección de necrológicas recogía la muerte del escritor norteamericano David Foster Wallace, con apenas 46 años. Calificado como el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana, apareció ahorcado en su domicilio la noche del pasado viernes. Y lo cierto es que este terrible desenlace era hasta previsible, conociéndose sus fuertes tendencias suicidas. El propio escritor pidió no hace mucho que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria, pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida.

Mi acercamiento al universo DFW es relativamente reciente. Me lo presentó un buen amigo, entre cerveza y cerveza, mientras discutíamos sobre la obra de Chuck Palahniuk, otro gran fabulador contemporáneo. Por este motivo comencé a leer las historias de este magnífico autor, punta de lanza de una generación literaria que incluye nombres como Richard Powers, Jonathan Franzen o Mark Layner. Todos ellos con una forma radicalmente nueva de entender la literatura.

Nacido en Ithaca en 1962, se trata de un personaje muy respetado tanto por el gremio de escritores como en la comunidad universitaria, donde impartía clases de escritura creativa. Wallace ejerció una influencia considerable entre los jóvenes novelistas de su país, así como entre los europeos. Sus reportajes, entrevistas, ensayos y relatos se publicaron en todo tipo de revistas, estando la mayoría de ellos traducidos al castellano. Destacando las colecciones de relatos “La niña del pelo raro” y “Extinción” o el ensayo humorístico “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer”. También son suyas las “Entrevistas breves con hombres repulsivos”, la “Historia abreviada del infinito”, “Olvido” y “Hablemos de langostas”. Aunque sin ningún género de dudas su obra más conocida y reconocida es “La broma infinita”. Un monumental ejercicio narrativo de más de mil páginas, considerada por la crítica como una de las novelas más audaces e innovadoras de los últimos tiempos.

Somos muchos los que pensamos que lo mejor de David Foster Wallace estaba aún por llegar. Y eso que aún no le he hincado el diente a su opus magnum, que descansa en alguna de mis estanterías desde que otro de mis amigos me la regalara por mi cumpleaños. Supongo que leerla ahora es el mejor homenaje que le puedo hacer. Descanse en paz.
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