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domingo, 3 de mayo de 2020

La década prodigiosa de Brian de Palma


Hablando con un amigo sobre la maravillosa experiencia que supone sumergirse en el metraje de “Impacto” (1981), aún hoy y transcurridos cuarenta años desde su estreno, me soltó una frase con la que no podría estar más de acuerdo: “De Palma es todo lo que yo le pido al cine” (Sorry por el entrecomillado, pero creo que la frase fue más o menos esa). Sobre todo, en lo que se refiere a aquellas cintas filmadas por el director de Newark desde comienzos de los setenta, hasta mediada la década de los ochenta. Y eso a pesar de todos los Travoltas, Melanies y otros mariachis que participan de las mismas. Porque Brian demuestra estar por encima de eso y mucho más. Siendo capaz de facturar un cine con vocación de entretenimiento que además está muy –pero que muy- bien rodado. Divertimento en estado puro, no exento de homenajes, a veces poco sutiles, pero siempre logrados (a Godard, a Antonioni, Mario Bava, a su amigo Coppola y muy especialmente a Hitchcock). En una serie de tramas que te agarran por la solapa y no te sueltan hasta su resolución. Y que no resultan para nada ridículas, aunque a veces transiten por el alambre. Y a una impostada sencillez, más aparente que real. Incluyendo un sinnúmero de escenas tremendamente arriesgadas en lo visual, en lo estético y en lo compositivo, expresado así de forma genérica. Una colección de películas dotadas de esa condición tan valorable en el mundo del cine –y del arte en general- que tiene que ver con aquello de envejecer bien.
Podría decirse que esta década dorada se inicia con “Hermanas” de 1973. Un thriller esotérico y mórbido, con el que De Palma saltaría a la fama. La historia de dos hermanas siamesas con caracteres opuestos, el marido de una de ellas y una gacetillera entrometida que aspira a formar parte de las grandes ligas del periodismo. Una trama con marcado aroma hitchcockiano que, de alguna manera, fue evocada por David Cronenberg en la mítica “Inseparables”. En todo caso, las que situarán a De Palma como uno de los autores más importantes del momento, serán esas dos obras de género fantástico que rueda a continuación. Hablo, por supuestísimo, de “El fantasma del paraíso” (1974) y de “Carrie” (1976). La primera es un musical de terror, cuya partitura fue íntegramente escrita por el compositor y cantante Paul Williams –que además la protagoniza-. Un musical de culto, muy en la línea con “The Rocky Horror Picture Show” y que contiene guiños a Bowie, a “El Fantasma de la Ópera” o al mito de Fausto. Respecto a “Carrie”, ¿qué decir? ¿Quién no la ha visto? Magnífica adaptación de la conocida novela de Stephen King que, vista hoy, resulta un alegato claro contra el bullying en las aulas, en clave malrollera. Repleta de inolvidables escenas – hete aquí con la bloody scene- y de olvidables actores –hete aquí con los rizos rubios del Gran Héroe Americano-. Lo que no impidió que fuera un éxito descomunal.
Ese mismo año –el glorioso 76, ejem- el realizador norteamericano presentaría “Fascinación”, otro homenaje confeso al maestro británico del suspense. En ella, un tipo que ha perdido a su familia en el fatal desenlace de un secuestro, acaba topándose, un porrón de años después, con una joven que es el vivo retrato de su difunta señora. Y sí, el guiño es vertiginosamente obvio, aunque aquí el rol de la Novak lo cumpla Geneviève Bujold. Después vendría “La furia”, de 1978, una confusa trama que combina elementos del thriller y el cine fantástico. Adorada por algunos y odiada por otros muchos, me parece la más floja de sus creaciones durante este periodo. Con todo, incluye un conjunto de secuencias impactantes que, por sí solas, ya justifican su revisión.
El inicio de los ochenta queda reservado para “Vestida para matar” (1980) y la mencionada “Impacto” (1981). Dos joyitas que nos muestran al De Palma más desatado. La primera destaca por su enfermiza sensualidad y por las deliciosas dosis de misterio, gore y fetichismo. Mientras que la segunda lo hace por algo similar, amén de varios momentos visualmente brutales. Una suerte de “Blow Up” versión De Palma, protagonizada por un joven John Travolta que aquí está sorprendentemente bien. De hecho, su participación en esta película - una de las favoritas reconocidas por Quentin Tarantino-, le valió el papel de Vincent Vega en “Pulp Fiction”.     

Mención aparte merece “El precio del poder” (1984). Trabajo de encargo que, en su día, recibió más palos que una estera y que vendría a ser un remake actualizado y a la vez una secuela de la grandiosa “Scarface, el terror del hampa” (1932). Sumamente violenta y provocativa, cuenta con una de las mejores interpretaciones que yo jamás haya visto: La de Pacino en el papel de Tony Montana. Hoy día considerada un clásico, en su época fue destrozada por la crítica, con el consiguiente fracaso comercial.
Y ya para finalizar, mi favorita de toda su filmografía –también la de Patrick Bateman-: “Doble cuerpo” (1985). El de una Melanie Griffith imponente en esta cinta de género. Fantabuloso homenaje a “La ventana indiscreta”, repleto de morbo y erotismo alla maniera di Brian. Y es que para mí -y algún que otro crítico con mayores conocimientos en la materia-, este thriller terrorífico e hipersexualizado representa el cenit del virtuosismo de este director. Y poco más tengo que añadir. Luego de esta vendrían una serie de films, más o menos interesantes, que ya marcan el declive del hombre que hizo debutar a Robert de Nirosin apoplejías, al menos visibles-. Si bien, no me puedo ir sin destacar una cinta de entre toda esa producción posterior. Se trata de “Ojos de Serpiente” (1998), que cuenta con un Nicolas Cage en una de sus escasas actuaciones remarcables. Frenética historia con un desagradable trasfondo político, que comienza con un plano secuencia de tropecientos minutos que quita el sentío. ¡Absolutamente espectacular! Una peli que sí estaría a la altura de las del periodo glorioso de Brian de Palma.
Y eso es lo que venía a contaros. ¡Cómo he disfrutado estas semanas de confinamiento revisando, incluso descubriendo, a este De Palma! En parte gracias al catálogo de Filmin… Al César lo que es del César. Y sí, ya sé que podría haber mencionado a Eliot Ness, al sargento Tony Meserve o a Carlito Brigante, pero xé, my post, my rules…

sábado, 30 de agosto de 2008

El mercader de la muerte


Sobre estas líneas Viktor Bout, más conocido como “el mercader de la muerte”. Más que un sobrenombre, un calificativo y a los hechos me remito. Encarcelado en Tailandia desde el pasado 8 de marzo tras ser detenido en un operativo conjunto de varios países, con asistencia de la Interpol. Es durante estos días cuando se habrá de resolver sobre su extradición a Estados Unidos o Rusia, para que responda por cargos de terrorismo.

Este ex oficial del Ejército Rojo nacido hace cuatro décadas en Dusanbé, capital de Tayikistán, tiene el dudoso honor de ser el mayor traficante de armas del mundo. Y es que tras la desintegración de la URSS, Bout se recicló para convertirse en un hombre de negocios. Se especializaría en la venta de armas, prestando servicios principalmente en África, Latinoamérica y Afganistán. Tras licenciarse en la Escuela Militar de Lenguas Extranjeras de Moscú, su destino fue Mozambique y Angola, donde le sobrevino el colapso de la URSS. Ambos países eran por aquel entonces escenario de violentos conflictos. Una gran oportunidad para Bout que vio ahí un nicho de mercado. Con apenas veinte años por aquel entonces, aprovechó su don de lenguas - habla con fluidez ruso, inglés, francés, portugués, uzbeko y varias lenguas africanas- y su aguda inteligencia para poner en marcha servicios de transporte aéreo con viejo equipamiento soviético. Ganándose la fama de garantizar vuelos a las regiones en conflicto más peligrosas. Y es que sus pilotos, veteranos aviadores soviéticos, se arriesgaban a ir allí dónde otros no querían.

Comenzó suministrando armas en Afganistán, primero a la Alianza del Norte antitalibán y después a los muyaidines. Más adelante se mudaría a Sudáfrica, manteniendo bajo control el abastecimiento de material armamentístico a las diversas facciones enfrentadas en las guerras de Angola, Liberia, Sierra Leona y el Congo. Además de distribuir armas, sus aviones volvían cargados de minerales, flores o hasta pescado, para su venta en los Emiratos Árabes Unidos. Tras un intento fallido de asesinato volverá a Moscú. Allí contactará con nuevos clientes y proseguirá con sus labores, incluyendo en sus negocios equipamiento militar pesado proveniente de Moldavia, Ucrania y Bulgaria. Llegando incluso a prestar sus servicios a la campaña estadounidense en Irak, cuestión esta confirmada por el periodista de la BBC y The Guardian Misha Glenny. Lo que motivó que su nombre fuese borrado, al menos temporalmente, de las listas de delincuentes más buscados por la Interpol. También está documentada su participación en turbios negocios en Colombia que implicarían a las FARC.

La personalidad de Viktor Bout contribuyó a su éxito. Tremendamente educado, muy inteligente y aún más ambicioso, pero a la vez prudente y modesto. De hecho su figura ha servido de inspiración para dos películas recientes del universo Hollywood. Se trata de “Diamante de Sangre” (2006) de Edward Zwick y “El señor de la guerra” (2005) de Mike Niccol. La alargada sombra de Bout se cierne tras la figura del contrabandista interpretado por Leonardo Di Caprio en la primera, y en el traficante de armas Yuri Orlov, a quien pone cara Nicolas Cage, en la segunda.

No se le conoce inclinación política alguna, lo que unido a su falta de escrúpulos, explica que al mismo tiempo proveyese a sendos contendientes de un conflicto armado en Afganistán o Angola. O que le vendiese su mercancía a diferentes guerrillas revolucionarias y también a las milicias presidenciales que las combatían. Además se le conocen negocios de otra índole, como el transporte de fuerzas de paz de la ONU en Somalia y Ruanda, de negociadores de paz en Filipinas, el envió de suministros al Programa Mundial de Alimentos a África o de materiales humanitarios a Sri Lanka. Esa participación en varias misiones para las Naciones Unidas, en los mismos lugares devastados por las armas que sus empresas habían suministrado, define muy a las claras de que tipo de personaje estamos hablando. Genio y figura hasta la sepultura el amigo Viktor.  

martes, 10 de junio de 2008

Otra de portaditas guapas. Edición “intrusos”


Con ocasión del lanzamiento del mediocre álbum de debut de Scarlett Johansson, a la sazón nueva musa de Woody Allen, los chicos de Hipersónica elaboraron una lista de celebridades que, aprovechando su fama, se arrojaron de cabeza a este sufrido mundo de la canción en el que casi todo cabe. Con lamentables consecuencias para nuestro aparato auditivo todo sea dicho. ¡Y visual! Para muestra un botón… O varios:

Nicholas Cage, “Love Me”
Steven Seagal, “Songs from the Crystal Cave”
Carmen Electra s/t
Paris Hilton, “Paris”
David Hasselhoff, “Night Rocker”
Lindsay Lohan, “Speak”
Hulk Hogan and the Wrestling Boot Band  , “Hulk Rules”
Mr. T “Mr. T Experience”
Bruce Willis, “Bruce Willis Classic”


La de Hasselhoff es muy grande. Y lo más fuerte es que el tipo tiene un huevo de discos con portadas a cada cual más increíble. Y es que the Hoff es una especie de Bertín Osborne yanqui, pero con un Pontiac Firebird Trans Am del 82 en lugar de un condado en ciernes. Lo más grande que ha parío Baltimore. 

Con los clásicos de Universal de Bruce Willis te puedes cagar y con la Wrestling Boot Band de Hulk Hogan descojonarte. Cómo con la experiencia de su archienemigo el señor Té, también conocido cómo M.A. Barracus. Respecto a los trabajos de la ex vigilante de la playa con nombre de ópera, el de la rica heredera de emporio hotelero y el del enésimo juguete roto de la Disney, que decir más allá de la vergüenza ajena que uno siente. Igual que con el disquito del sobrinísimo, vaya.

Y como no iba a estar representado el mayor ARTISTA -así con mayúsculas-, que ha conocido nuestra época: Don Steven Seagal. Un tipo que lo mismo está zurrando a cualquier mentecato, que se para, saca la guitarrita y te interpreta un temazo del country. Y lo hace razonablemente bien, ¡ojo!  Porque su disco es el mejor de todos los aquí expuestos y a años de luz de diferencia... ¡Y no es broma! Cierto es que no era muy difícil.
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