No voy a comenzar
este post aburriéndoos con mi habitual perorata en la que enfatizo mi condición de neófito
en este mundillo de las series. Más que nada porque la cosa ya no cuela. Y es que los asiduos a este negociado ya os habréis dado cuenta de que para jactarme de
no ver series, ya son unas cuantas sobre las que he
compartido mis impresiones. Bien es cierto que mi adicción no
es igual a la de un fan series prototípico, aguardando semanas, meses y hasta años para
conocer el desenlace de las mismas. Yo soy más de tragármelas del tirón y como
para ello se requiere un montón de tiempo libre, mi momento serie viene
condicionado por los dolores y estados de postración con los que me obsequia mi maltrecha espalda.
Todo esto para hablaros
de “Breaking Bad", la serie del momento, sobre la que todo el mundo habla, sea en
el trabajo, en la verdulería, en el metro o en la barra del bar. La que todo quisque ha visto, está viendo o quiere ver, la mejor serie de ficción de la historia para algunos (entre los que se incluye Anthony Hopkins)... En fin, ya sabéis, la del apocado profesor de química que acaba convirtiéndose en un brutal
capo de la droga capaz de inundar Nuevo México con su fantabuloso cristal azul… Esa misma...
- Peeeeeero ¿realmente es para tanto?
- Pues sí.
- A ver Suloki, ¡no nos precipitemos!
-Okey, no lo haré. Me lo pienso cinco minutos y contesto…
Tic
Tac
Tic
Tac
¡Pueeeees sí! ¡¡¡que coño!!! "Breaking Bad" es una cosa bárbara. Cincuenta horas de buen cine. Un tiempo más que bien empleado.
Vale, ya sé que es tremendamente jodido comparar y elaborar un ranking sobre un género del que es imposible haberlo visto todo (ni tan siquiera lo más representativo). Pero por eso mismo, porque hasta a los más eruditos les falta bagaje, me tiro al monte y una vez hecho el esfuerzo de concluir las cinco temporadas que conforman “Breaking Bad” en tan solo tres semanas, afirmo que es de lo mejorcito que yo jamás haya visto y, muy posiblemente, de lo que vaya a ver.
- ¿Y porque está tan guay "Breaking Bad"?
- Muy buena pregunta...
En primer lugar porque el trabajo de dirección, guión, fotografía, producción, etc... es absolutamente descomunal. Unos tipos que han sido capaces de mantener la disciplina y el control sobre el fondo y la forma, ¡durante seis años! Poca broma.
También porque los actores, con Bryan Cranston en el papel de Walter White/Heisenberg a la cabeza, lo bordan. Un trabajo absolutamente impresionante el de este tipo, a quien apenas recordaba como secundario en "Argo" (2012 - Ben Affleck), "Contagio" (2011 - Steven Soderbergh) o como papá de Malcolm en la serie "Malcolm in the Middle". También están impresionantes Giancarlo Esposito como Gus Fring, Dean Norris como el agente de la DEA Hank Schrader y Bob Odenkirk en el inolvidable papel del abogado Saul Goodman (aka “Better call Saul!”) de quien ya se anuncia un spin off al que seguro echaré un ojo...
Y sobretodo porque la historia es cojonuda. Y cuando digo que es cojonuda creédme, lo es.
“Volviéndose malo” o algo
así, que es como podríamos traducir “Breaking Bad”, tiene un título que le viene que ni pintado. Recuerdo pocos mejor elegidos que este. Porque de eso va esta ficción, de cómo un tipo que al comienzo se parece sospechosamente al puto Ned Flanders, acaba por convertirse en una especie de Pablo Escobar, sanguinario y déspota. Un mequetrefe que
nunca tuvo agallas para mostrarse como un malvado pero que, tras ser
diagnosticado de un cáncer terminal, se deja llevar por sus instintos y
comienza a hacer lo que nunca antes se atrevió desligándose de cualquier
consideración de tipo legal o moral. Un tipo que decide vivir lo que le queda de vida como siempre había
fantaseado pero nunca se había atrevido, rompiendo las reglas, viviendo al
límite y sobretodo alimentando el ego. Porque antes del cáncer Walter White era alguien apocado a la derrota, medio engañado por supuestos amigos que se forran gracias a sus ideas y proyectos, con un hijo adolescente aquejado de algún tipo de parálisis cerebral y un bebé no deseado por nacer, inmerso en un trabajo para el que está manifiestamente sobre-cualificado y qué ni siquiera le da para pagar las facturas, por lo que ha de completar la jornada trabajando en un lavadero de coches. Un pringado de tomo y lomo de quien se burlan hasta sus alumnos, como en aquella escena del primer episodio en en el que dos listillos le fotografían con el móvil encerando un coche para mostrarlo a los compañeros de clase. Pero será aparecer el cáncer y que todo cambie. A partir de ahí presenciaremos como el sr. White va desvaneciéndose y de entre sus cenizas surge el gran Heisenberg.
Y eso es lo que nos cuenta "Breaking Bad", la transmutación de un loser talla XXL en el puto emperador de la droga por todo el mundo conocido como Heisenberg. Pero es que encima lo hace con gracia, adoptando una fórmula tragicómica -de oscura comedia y drama moral- al estilo del cine de los hermanos Coen.
Hay que resaltar que la metamorfosis de este Dr. Jekyll contemporáneo, o más bien su descenso a los infiernos, se operará a través del concepto mafioso
de la famiglia. Algo que le inoculará su predecesor al frente del imperio de la metaanfetamina: el inolvidable Gustavo Fring. Eso le sirve para armar su coartada, esgrimida mil y una veces a lo largo de la serie, de que tan sólo actúa para asegurar el futuro de su familia (si bien, al final llegará a reconocer lo que todos ya sabíamos, que eso no es cierto o al menos no es toda la verdad). También se justifica así la extraña relación amor-odio entablada con Jesse Pinkman, quien comienza siendo un mero socio comercial, para acabar revelándose como un hijo descarriado al que proteger.
Tampoco quiero dar a entender que todo
en “Breaking Bad” haya sido perfecto. Quizás al señor David Gilligan, creador de la cosa, le haya sobrado
una temporada o temporada y media, pudiendo contar lo que quería en menos episodios. Pero la pela es la pela, supongo, y con esas audiencias tan brutales se antoja difícil no sucumbir al encanto de sumar capítulos para engrosar la cuenta corriente. Y sí encima son buenos... Por otra parte, contraviniendo la opinión mayoritariamente expresada por críticos y seguidores, el final es manifiestamente mejorable. ¡Ojo! No digo que sea malo, porque no lo es, tan sólo creo que podría haberse resuelto de mejor manera en el sentido
de más acorde a la odisea vital de su personaje principal. Según yo lo veo Heisenberg no necesitaba (ni merecía) un acto de redención
como el del episodio final. Pero bueno para gustos los colores y desde luego no por ello "Breaking Bad" deja de ser una gran serie de la que he disfrutado como no recordaba haberlo hecho nunca.
... que encima se cierra con esta maravillosa canción de Badfinger. Dedicada a los que todavía sostienen que "Breaking Bad" no cuida el aspecto musical... Bullshit!!!
Todavía se me salta la lagrimita...


