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martes, 21 de octubre de 2008

El puente de Mostar


Cuentan que Mimar Hayreddin, el arquitecto, pirata y almirante turco que ordenó construir el puente de Mostar, se quedó contemplando su obra durante mucho tiempo. Tanto que al final le encontró un defecto. Después de eso ya no pudo construir nada más. Muriendo apesadumbrado por lo que el consideró un fracaso. El caso es que no debió de fijarse bien. O eso, o tenía problemas de vista.

Han surgido muchas leyendas alrededor de la construcción del puente. Se dice que tras un primer intento, en el que toda la estructura se vino abajo, el sultán otomano amenazó con decapitar a Hayreddin si fallaba en una segunda oportunidad. Con esa presión sobre su cabeza, el arquitecto prefirió observar cómo se retiraba el andamiaje desde una distancia segura, preparado para huir. Los obreros estaban tan enfadados con él, que emparedaron a su esposa dentro de uno de los soportes, para que pudiese observar el puente por siempre jamás. Sin embargo el puente no se cayó... Hasta 1993.

El Puente Viejo -Stari Most o Стари Мост-, fecha su construcción en 1556. Tiene una anchura de cuatro metros y una longitud de veintiocho, uniendo las dos orillas del río Neretva. Lo flanquean dos torres cuadradas, la Torre Halebija y la Torre Tara, añadidas en el siglo XVII, aunque hechas con la misma piedra que se usó para construir el puente. A pesar de ser dinamitado en el año 1993 durante la guerra, hoy en día luce en pie gracias a la UNESCO y al Gobierno de Turquía, que financiaron un largo trabajo de reconstrucción a la vieja usanza. Un proceso en el que se utilizó el mismo tipo de piedra e idénticos métodos que en la construcción original. La inauguración se produjo en el año 2004 con la presencia de los tres presidentes que tiene el estado bosnio, por lo que entre la población local circula un chiste que establece que, si el puente ha sido capaz de soportar a los tres políticos juntos será capaz de aguantar cualquier cosa y nunca se derrumbará.

Sin embargo, la importancia del puente va mucho más allá de aspectos puramente arquitectónicos o artísticos. Declarado Patrimonio de la Humanidad, es considerado como un símbolo de la sociedad multiétnica de Bosnia y de la paz entre pueblos. De hecho, su destrucción por parte de las fuerzas militares croatas -pese a que todo el mundo crea que fueron los serbios-, ilustra cómo fueron las relaciones entre los bosniacos musulmanes, los bosnio-croatas católicos y los serbo-bosnios ortodoxos. Desembocando en una cruenta guerra fratricida que aún hoy día avergüenza a Europa.

Como ya os comenté en un post reciente, yo anduve por allí y la verdad es que emociona estar sobre ese pedazo de historia. Impresionante. Confiemos en que a ningún cafre, en forma de político demagogo o de líder populista defensor de no sé cuáles esencias de mierda, se le vuelva a ocurrir que hay motivos para dinamitarlo.

lunes, 6 de octubre de 2008

Imágenes de Bosnia - Herzegovina

Acabo de leerme del tirón “Gorazde: Zona Protegida”, del periodista e historietista norteamericano Joe Sacco. Y tengo que decir que me ha gustado mucho. Es una novela gráfica que habla de las atrocidades cometidas por las fuerzas serbo-bosnias en enclaves de la Bosnia oriental. Precisamente aquellos en los que se produjeron las mayores matanzas de musulmanes durante la Guerra de los Balcanes entre los años 1992 y 1996 y en donde, sorprendentemente, la ONU y los medios internacionales prestaron menos atención. Sacco se basa en los recuerdos y las opiniones de los residentes en Gorazde, municipio del cantón de Prodinje Bosnio, al este del país.

Para ello, Sacco se desplazaría hasta allí a comienzos del año 1996, casi al final del conflicto. En su estadía se dedicó a entrevistar a los escasos moradores de un enclave que contaba con 25.000 habitantes al comienzo de la guerra. Y con ello traza un relato de supervivencia. El de los bosniacos residentes en el valle del Drina, en poblaciones como esta, pero también Visegrad, Zepa, Rogatica o esa Srebrenica de infausto recuerdo para todos nosotros.

A través de un dibujo hiperrealista y empleando únicamente el blanco y negro, Sacco nos muestra los padecimientos de un pueblo sometido a las purgas del ejército de la autoproclamada República de Sprska durante tres años largos. Los violentos bombardeos, las hambrunas y los periodos de carestía que marcaron a todas las personas allí sitiadas. Cómo tras la firma de los Acuerdos de Dayton, aquellos que pusieron fin a la guerra, esos ciudadanos musulmanes comprenderían que habían sobrevivido y se abría ante ellos un nuevo panorama, incierto, pero nunca peor que el soportado. 

Como comenta el propio autor, este libro “es tanto la historia de la práctica muerte de una ciudad como la historia de los primeros nuevos pasos de una ciudad hacia la vida”. Un relato claustrofóbico en el que Joe Sacco es capaz de transcribir el horror de la guerra en un rincón olvidado de Bosnia, alejado de las cámaras de televisión. Y vaya si lo consigue. Magistralmente.

En relación a lo anterior, mencionar que este verano pude visitar otro enclave bosnio castigadísimo en esta guerra entre hermanos: la ciudad de Mostar. Exceptuando el entorno del famoso puente de Mostar, rehabilitado para suerte de todos, el resto de la ciudad presenta decenas de edificios en ruinas y otros que se mantienen milagrosamente en pie, repletos de cicatrices en forma de agujeros de bala y piezas de artillería. Y eso en Mostar, no hablemos ya de las pequeñas poblaciones de su entorno en las que pululan refugiados de un sitio para otro vendiendo frutas o cacharrería para turistas. 


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