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miércoles, 1 de abril de 2009

Whitaker vs Díaz


Fue cosa de ver “El luchador” (2008) –magnífica película de la que ya os hablé por aquí-, y que inmediatamente me viniera a la cabeza la figura el púgil Policarpo Díaz, también conocido por el sobrenombre de “El Potro de Vallecas”. Personaje hoy relegado al olvido más absoluto en esta España doliente, que sin embargo, no hace mucho, desfiló por los informativos tras montar un pollo en alguna discoteca de Oviedo junto a Mickey Rourke, a la sazón protagonista principal de la cinta mencionada. Por ese motivo ambos fueron detenidos por la policía del Principado, aunque al final la cosa quedaría en nada. Nada extraño para Díaz, que entre 1992 y 1994 sería detenido otras cuatro veces por diversos asuntos, entre ellos aquel extraño suceso en el que su primera mujer se lanzó desde un primer piso en Vallecas. Recuerdo que en los albores de la telebasura berlusconiesca (o como se diga), alguien entrevistó a la señora de Díaz que, en un sufrido portuñol, intentó explicarnos lo mucho que quería a su marido, a pesar de haberle pegado una hostia que la impulsó a través de una ventana.
Aunque sería tremendamente injusto recordar a Poli sólo por esos episodios. O por sus últimos desvaríos, reflejados por las crónicas de sucesos. Y es que desde su aparición con apenas 20 añitos, no ha surgido ninguna otra figura dentro del boxeo nacional que haya puesto en primera línea  a un deporte que, cada vez está más relegado a minorías selectas o ambientes sórdidos. Lejos quedan los tiempos en los que la gente tertuliaba sobre los míticos combates de Urtain, Pepe Legrá o Pedro Carrasco (o eso me han contado, que yo no estaba). Y es que, más allá de la eclosión de Poli Díaz, el deporte del cuadrilátero no ha dejado de perder aficionados y practicantes en España año tras año. Y ni siquiera las recientes victorias de Javier Castillejo, “El lince de Parla”, han reconducido esa deriva.

El caso es que Poli ya era campeón de España y Europa con 22 años. Un título este que ganaría hasta en ocho ocasiones, ostentando un récord de 47 combates disputados con 44 ganados (28 por KO) y solo tres perdidos. Sin embargo su carrera se truncaría la fatídica noche del 27 de julio de 1991 en Norfolk, Estados Unidos. Lugar en el cual disputó el combate por el título mundial del peso wélter frente a Pernell Whitaker. Rememoremos la entrada en escena… Imágenes que tengo nítidas como si las hubiera visto repetidas más de mil veces. Y no es así, ¡lo juro! Ahí apareció el bueno de Poli con gesto desafiante, mientras a su espalda ondeaba una inmensa bandera de España. La más grande que había visto en mi vida, hasta que Trillo colgó la ridiculez aquella de Plaza de Colón. “¡A morir Poli, a morir!”- le jaleaba su entrenador, mientras el público local le saludaba con una tremenda pitada. Y vaya si le hizo caso, porque casi muere sobre el ring. Tuvo que soportar una somanta de palos de las que dejan huella. Durante doce asaltos, ni más ni menos. Y es que “El Potro de Vallecas” tuvo la mala suerte de enfrentarse a uno de los mejores boxeadores de la historia en su peso, el tipo con mejor defensa y esquiva que se recuerde y que además se hallaba en estado de gracia. No es casual que el bueno de “Sweat Pea” se mantuviera imbatido entre los años 1988 y 1997, cuando perdió a los puntos contra otro boxeador para la historia, el angelino Óscar de la Hoya.
El tema es que aquel día, que pudo ser el más grande en la vida de Poli, acabaría por arruinarlo todo. La derrota se quiso justificar con excusas como la de que Poli había competido con dos costillas y la muñeca rota. O con que el árbitro concedió alguna ayudita al americano en la única ocasión en la que este se vio acorralado. La verdad es que Whitaker fue mucho Whitaker y ganó sin asomo de dudas. Pero las consecuencias más graves del combate no fueron ni las magulladuras ni las mencionadas roturas de huesos consecuencia de los golpes, sino la maldición que desde aquel instante se cernió sobre Poli. Comenzando por la cuantiosa parte de la bolsa del combate que se esfumó como si nada. Y es que así era la vida de un chico de la calle con escasas luces, que andaba siempre rodeado de un séquito de personajes de dudosa moral. Esa deriva le llevaría a aceptar un nuevo rol como personaje farandulero, contando sus miserias de plató en plató. Y aunque al principio le bastaba con eso, en algún momento la cosa se jodió aún más, viéndose obligado a ampliar su currículum participando en el mundo del porno. Allí compartiría rodaje con Nacho Vidal, la minga más grande de Enguera, en cintas como “El Potro se desboca”. Ahí no acabaría la cosa. Su caída en picado le llevó de cabeza al mundo de la droga. De esa época son las patéticas fotografías en las que se le veía en el poblado de La Rosilla, alquilando una tienda de campaña a los yonquis a cambio de un pico.

Así de triste transcurría su vida hasta que, hace poco, Poli dejó la droga y se puso a currar en la construcción. Es más, lo vi pululando en algún programa en el que, con su fluida dialéctica, comentaba como vivía en Vallecas, mientras se ganaba el pan como paleta en las eternas obras de ampliación del metro de Madrid. Además explicó que, a pesar de que no ser habitual de los gimnasios, seguía ofreciéndose para transmitir sus conocimientos pugilísticos a quien quisiese pagar por ello.

Pero es que ahora me entero que aquel combate contra Whitaker no sólo marcó el devenir de este vallecano de adopción, sino también al propio Whitaker. El Marca publica un interesante texto sobre la caída en las drogas del legendario campeón. Cuenta que, el décimo mejor boxeador de la historia según la revista Ring, fue finalmente derrotado por la cocaína. Con un sinnúmero de detenciones por posesión y altercados diversos, sancionado de por vida para combatir tras varios positivos en controles anti-doping, “Sweat Pea” acabó dando con sus huesos en la cárcel. A partir de entonces, al igual que Poli, comenzó por desintoxicarse para después, a partir del 2005, comenzar a entrenar de forma profesional. Algunos de sus pupilos parece que son unos fenómenos.

Quizás el tan cacareado sueño americano le permite a uno resurgir de las cenizas. Volviendo triunfante a un mundo que, en otros tiempos, te dio la espalda. No así el español, que es más modesto. Ese solo permite reinventarte pero de peón en la construcción, profesión que por otra parte es tan digna como la que más. El caso es que a mí me caía muy bien Poli, un ignorantón cuya popularidad llego a ser tal en aquella España de comienzos de los noventa como para protagonizar un videojuego llamado “Poli Díaz Boxeo 1991”. Hasta en eso se parece a Randy “The Ram” Robinson, el personaje de la película con la que inicio esta entrada. ¡Grande Poli!

martes, 3 de marzo de 2009

La dignidad de los perdedores: “El luchador”


El pasado fin de semana fui al cine a ver “El luchador”, la última peli dirigida por mi adorado admirado Darren Aronofsky. Cuenta con Mickey Rourke en el papel principal, en una interpretación que le ha valido la obtención de un Globo de Oro, además de la nominación a los Oscars. La del cenicero humano, tal como Kim Bassinger lo rebautizara en 1986, es una suerte de resurrección que recuerda mucho a la protagonizada por John Travolta gracias a Quentin Tarantino y “Pulp Fiction”. Encima, este cuarto trabajo en la trayectoria del director canadiense, también fue premiado con el León de Oro durante el pasado Festival de Venecia.

La cinta cuenta la historia de Randy “The Ram” Robinson, un luchador profesional de wrestling -el pressing catch de toda la vida-, que tras haber sido una estrella en los ochenta, ahora malvive combatiendo en cuadriláteros de tercera categoría. Cuando los golpes recibidos empiezan a pasarle factura, decide poner un poco de orden en su vida. Lo intenta acercándose a una hija a la que abandonó de pequeña. También con el amor hacia Cassidy, una stripper treintañera que, al igual que él, ya ha visto pasar sus días de gloria. Y es que la película tiene mucho de elegíaca. Tanto el personaje de Randy como en el de Cassidy son conscientes de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero les cuesta reconocerlo. Más en el caso de Ram quien, destrozado física y sentimentalmente, no ceja en el empeño de alcanzar un sueño imposible consistente en retornar a la cima del wrestling dos décadas después.

En este sentido me parecen muy significativas un par de escenas que muestran el nivel de decadencia del personaje. La primera se produce cuando Randy comparte con un vecino de la barriada de autocaravanas en la que malvive, varias partidas en una vieja Nintendo. Juegan a un videojuego de lucha libre de los ochenta protagonizado por el propio Ram y el chaval no tarda en aburrirse con algo tan antiguo y pixelado. Acostumbrado a cosas más de su edad, el crío pregunta a Randy si conoce el Call of Duty 4. Esta secuencia concentra el discurso amargo y a la vez épico de “El luchador”. La crónica del fracaso de un ser humano que depositó todas sus esperanzas en espejismos a costa de su alienación sentimental. Y a quien, finalmente, solo resta la dignidad de apurar hasta el fondo el sentido de la vida que forjó para sí. Topo ello simbolizado en un mísero videojuego que recrea su instante de mayor gloria deportiva, acaecido veintitantos años atrás.

La otra escena se desarrolla cuando los dos personajes principales comparten cervezas en algún antro e inician una conversación sobre las bondades del rock ochentero. “¡Eso sí que era música!”, afirman al unísono, refiriéndose a roqueros de pelo cardado como los Guns n’Roses o Mötley Crüe… “Hasta que apareció el maricón de Cobain para joderlo todo”. La conversación termina con el luchador lamentándose de que los 90 son una puta mierda. Simbólica contraposición entre dos décadas y dos estilos musicales. Los 80 con los máximos exponentes del heavy metal californiano, cuyos hits hablan de chicas, alcohol y diversión; Vs los 90, la década del grunge, con la horda de grupos surgidos de Seattle y alrededores, con sus odas al desarraigo y la autodestrucción. Lo curioso es que tanto Ram como Cassidy añoran el espíritu de los 80, pese a que sus vidas tienen más que ver con el signo de la década posterior. La que vio triunfar a Vedder, Cornell o Staley.

Podrían comentarse muchas más cosas sobre el film, sus protagonistas, la ambientación o las lecturas y símbolos buscados por Siegel –el guionista- y Aronofsky. También criticar la aparente simpleza del planteamiento e incluso aludir a películas anteriores que ya trataban estos mismos temas mejor o peor. O ver las similitudes que presentan otras producciones cuya temática principal tiene que ver con el mundillo pugilístico. Todo lo que queráis, pero nada de eso rebajaría la consideración de P E L I C U L Ó N -así, con mayúsculas-. Es más, aun con las premiaciones de la última gala de los Oscars en la retina, me permito afirmar que “El luchador” de Aronofsky es bastante mejor que todas las producciones galardonadas. Especialmente si la comparamos con la ganadora de la noche, “Slumdog Millionaire” de Danny Boyle. Una historia mucho más simple y limitada que ésta pero que gracias a la promoción, el auto bombo y el exotismo de postal, ha tenido un mejor tratamiento por parte de la crítica y la consiguiente acogida por parte del gran público.

Mención aparte merece el desempeño de Marisa Tomei en el papel de Cassidy, como Mickey Rourke en el papel de Ram. Ambos lo bordan. Y es que el comeback del bueno de Mickey, otrora chulazo oficial de La Meca hoollywoodiense, ha permitido que viésemos su mejor actuación de siempre. No me explayaré en esto, más allá de recomendaros el fantástico artículo “Los demonios de Mickey Rourke” que apareció publicado en El País Semanal.
Y eso es todo. Id a verla mangurrinos.
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