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viernes, 5 de septiembre de 2008

McMafia. El crimen sin fronteras


Bajo el reclamo de dar a conocer “las tramas mundiales del crimen organizado” y utilizando en su promoción aquello tan manido de “el libro más esperado de los últimos años”, apareció en las librerías de Valencia este ensayo, reflexión, análisis periodístico del británico Misha Glenny. Y como me pareció que podía resultar una lectura interesante, me agencié un ejemplar.

El autor es un antiguo corresponsal de The Guardian y la BBC para Europa del Este, por lo que se ha valido de su vasto conocimiento sobre el terreno, así como de una extensa red de contactos y colaboradores en los países del antiguo bloque comunista, para dar buena cuenta de la situación en estas y otras latitudes. La idea del libro es muy sencilla. Demostrar la existencia de una conexión directa entre el crimen organizado y el proceso de globalización en el que nos hallamos inmersos en base a ejemplos prácticos. Enfatizando la relación que nosotros consumidores tenemos con las tramas y como, de forma directa o indirecta, las fomentamos y/o mantenemos.

Así pues, “McMafia” se estructura en cuatro partes: “La caída del comunismo”, “Dinero, oro, diamantes y bancos”, “Drogas” y “El futuro del crimen organizado”. Cada una de ellas se subdivide en capítulos para centrarse en la realidad mafiosa de una zona geográfica determinada. Exponiendo como su actividad delictiva particular en el ámbito de las drogas, las armas, los diamantes, la trata de blancas o los delitos informáticos trasciende sus propias fronteras a través de alianzas e intercambios comerciales.

En este sentido, sirva un ejemplo que aporta Glenny en el libro: el del Congo y el coltán. Material que por sus especiales características es un componente básico y necesario para la fabricación de portátiles, móviles o consolas de videojuegos. Ello supone que quien sea capaz de controlar las minas congoleñas obtenga pingües beneficios. Tengamos en cuenta que el kilo llega a alcanzar los trescientos dólares y que en el país africano se extrae más del 80% del coltán mundial. Ese es el motivo por el que esa zona dejada de la mano de Dios sea una de las más inestables del mundo, con continuos baños de sangre provocados por el ejército de Ruanda, el de Uganda o las milicias hutus, en sus ansias de controlar las minas. ¿Y quién de nosotros no tiene un teléfono, un ordenador o incluso una PlayStation/Wii/XBox? ¿Nadie verdad? Y sí, lo siento, pero son productos bañados en sangre. Sin embargo, el coltán tiene una propiedad especial que hace que todos nos sintamos aliviados. Cuanto más se aleja de su lugar de extracción, o cuando más manufacturado está, más rápidamente se disuelven las manchas de sangre. 

Con todo, los capítulos que me han resultado más interesantes son los que Glenny identifica dentro de “La caída del comunismo”. Se centran en las nuevas realidades delictivas surgidas tras la desintegración de la URSS y Yugoslavia. El autor expone como un cúmulo de profesionales excelentemente preparados, provenientes o relacionados con las esferas de poder de los antiguos regímenes, han ido a engrosar las filas de corporaciones internacionales del crimen. Podríamos citar aquí a Viktor Bout, de quien os hablé por aquí no hace tanto. También de los miembros de la Hermandad de Soltnsevo  de cuyos tejemanejes nos da buena cuenta el libro. Y de la peculiar equidistancia este-oeste adoptada por el Presidente montenegrino Milo Djukanovic con implicaciones en el contrabando internacional de tabaco, de la creación de nuevos estados como Kosovo o Transnitria cuyo presupuesto depende casi en exclusiva del estraperlo, o del fácil entendimiento alcanzado entre las mafias rusa y las de las distintas regiones caucásicas, que contrastan con el frágil equilibrio político de la zona –esto último muy relacionado con el actual conflicto en Osetia del Sur-.

Ya para cerrar, una reflexión que introduce el autor y que a un servidor le parece la mar de interesante: “No es la globalización en sí misma lo que ha estimulado el espectacular crecimiento de la delincuencia organizada de los últimos años, sino unos mercados mundiales insuficientemente controlados, como el sector financiero, o excesivamente regulados, como el sector agrícola y el mercado laboral (…) la hostilidad de los EEUU, la incompetencia de la UE, el cinismo de Rusia y la indiferencia de Japón se han sumado a la incontenible ambición de China y la India por inaugurar una época dorada para las empresas mundiales y la delincuencia organizada internacional.” Nada más que añadir…

Así pues un libro harto recomendable. Interesantísimo y yo diría que necesario, ya que explica de forma sencilla y bastante educativa eso que algunos actores políticos han bautizado como “las sombras de la globalización”.

sábado, 30 de agosto de 2008

El mercader de la muerte


Sobre estas líneas Viktor Bout, más conocido como “el mercader de la muerte”. Más que un sobrenombre, un calificativo y a los hechos me remito. Encarcelado en Tailandia desde el pasado 8 de marzo tras ser detenido en un operativo conjunto de varios países, con asistencia de la Interpol. Es durante estos días cuando se habrá de resolver sobre su extradición a Estados Unidos o Rusia, para que responda por cargos de terrorismo.

Este ex oficial del Ejército Rojo nacido hace cuatro décadas en Dusanbé, capital de Tayikistán, tiene el dudoso honor de ser el mayor traficante de armas del mundo. Y es que tras la desintegración de la URSS, Bout se recicló para convertirse en un hombre de negocios. Se especializaría en la venta de armas, prestando servicios principalmente en África, Latinoamérica y Afganistán. Tras licenciarse en la Escuela Militar de Lenguas Extranjeras de Moscú, su destino fue Mozambique y Angola, donde le sobrevino el colapso de la URSS. Ambos países eran por aquel entonces escenario de violentos conflictos. Una gran oportunidad para Bout que vio ahí un nicho de mercado. Con apenas veinte años por aquel entonces, aprovechó su don de lenguas - habla con fluidez ruso, inglés, francés, portugués, uzbeko y varias lenguas africanas- y su aguda inteligencia para poner en marcha servicios de transporte aéreo con viejo equipamiento soviético. Ganándose la fama de garantizar vuelos a las regiones en conflicto más peligrosas. Y es que sus pilotos, veteranos aviadores soviéticos, se arriesgaban a ir allí dónde otros no querían.

Comenzó suministrando armas en Afganistán, primero a la Alianza del Norte antitalibán y después a los muyaidines. Más adelante se mudaría a Sudáfrica, manteniendo bajo control el abastecimiento de material armamentístico a las diversas facciones enfrentadas en las guerras de Angola, Liberia, Sierra Leona y el Congo. Además de distribuir armas, sus aviones volvían cargados de minerales, flores o hasta pescado, para su venta en los Emiratos Árabes Unidos. Tras un intento fallido de asesinato volverá a Moscú. Allí contactará con nuevos clientes y proseguirá con sus labores, incluyendo en sus negocios equipamiento militar pesado proveniente de Moldavia, Ucrania y Bulgaria. Llegando incluso a prestar sus servicios a la campaña estadounidense en Irak, cuestión esta confirmada por el periodista de la BBC y The Guardian Misha Glenny. Lo que motivó que su nombre fuese borrado, al menos temporalmente, de las listas de delincuentes más buscados por la Interpol. También está documentada su participación en turbios negocios en Colombia que implicarían a las FARC.

La personalidad de Viktor Bout contribuyó a su éxito. Tremendamente educado, muy inteligente y aún más ambicioso, pero a la vez prudente y modesto. De hecho su figura ha servido de inspiración para dos películas recientes del universo Hollywood. Se trata de “Diamante de Sangre” (2006) de Edward Zwick y “El señor de la guerra” (2005) de Mike Niccol. La alargada sombra de Bout se cierne tras la figura del contrabandista interpretado por Leonardo Di Caprio en la primera, y en el traficante de armas Yuri Orlov, a quien pone cara Nicolas Cage, en la segunda.

No se le conoce inclinación política alguna, lo que unido a su falta de escrúpulos, explica que al mismo tiempo proveyese a sendos contendientes de un conflicto armado en Afganistán o Angola. O que le vendiese su mercancía a diferentes guerrillas revolucionarias y también a las milicias presidenciales que las combatían. Además se le conocen negocios de otra índole, como el transporte de fuerzas de paz de la ONU en Somalia y Ruanda, de negociadores de paz en Filipinas, el envió de suministros al Programa Mundial de Alimentos a África o de materiales humanitarios a Sri Lanka. Esa participación en varias misiones para las Naciones Unidas, en los mismos lugares devastados por las armas que sus empresas habían suministrado, define muy a las claras de que tipo de personaje estamos hablando. Genio y figura hasta la sepultura el amigo Viktor.  

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