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viernes, 2 de agosto de 2019

Turner antes de las tempestades. Una mirada íntima y decepcionante

El Centro Cultural la Moneda exponía, hasta anteayer, una muestra de acuarelas de William Turner aka “el padre del arte moderno” y/o el “pintor de la luz”, as you like it. “J.M.W. Turner. Acuarelas. Tate Collection”, en alianza con la Tate Britain,  presentaba en ochenta y tantas obras la trayectoria del artista de Covent Garden. Desde sus trabajos de juventud, vinculados a la arquitectura y la topografía, hasta el desarrollo de ese trazo audaz y experimental que lo convirtió en el precursor del Impresionismo y hasta del Expresionismo, adelantándose casi dos décadas a estos movimientos. Y como no es cosa menor el toparse con obras del gran representante de la pintura romántica inglesa aquí en Chile y servidor siempre fue un fanático de sus cuadros de tormentas, pues para Santiago que me dirigí antes de que desmantelaran la expo. ¿Y qué me encontré allí? Pues poca cosa, la verdad.

Vale, lo sé, siempre es interesante reencontrarse con un genio de la pintura. Alguien capaz de proponer un acercamiento al paisaje tan particular, obsesionado por la luz, los reflejos, las brumas y las atmósferas. Ok. Además y siendo justo, la exposición está montada de forma que, si sigues el recorrido propuesto, puedes ver cómo va cambiando su paleta de colores y su trabajo va “alumbrándose” cual Sorolla del mar del Norte. Interesante. Y así vas paseando entre acuarelas de paisajes, de ruinas, de tormentas, del mar, de amaneceres o puestas de sol. Algunas de ellas terminadas, pero otras ni por asomo, siendo una suerte de bocetos en los que Turner experimenta con sus cosas o solo toma notas para trabajos posteriores. De hecho hay hasta alguna prueba de color. Así pues, lo dicho, todo muy interesante para estudiosos del arte o fanáticos de este arte y/o este artista en concreto. Yo pensaba que me debatía entre lo primero y lo segundo, pero a quien pretendo engañar a estas alturas... Lo cierto es que me aburrí soberanamente.   

miércoles, 17 de julio de 2019

Torres García, Obra Viva


Sobre estas líneas “América invertida”, icónica obra del filósofo, educador, poeta, artista y teórico uruguayo Joaquín Torres García. Un sencillo dibujo a pluma y tinta del año 1943, que surge de una premisa tan básica como la de invertir el tablero global. Plantearse aquello de que pasaría si el norte fuera el sur...
“No debe haber Norte para nosotros, sino por oposición a nuestro Sur. Por eso ahora ponemos el mapa al revés, y entonces tenemos justa idea de nuestra posición, y no como quieren en el resto del mundo. La punta de América, desde ahora, prolongándose, señala insistentemente el Sur, nuestro Norte.”

Lo cierto es que Torres García creó con un trazo simple el imaginario de otra América posible. Y lo hizo en el marco del que fuera su gran proyecto, la Escuela del Sur, un taller de trabajo, pero sobre todo una suerte de institución de enseñanza colectiva, que tenía como objetivo alterar el mapa conceptual de referencias para la producción de arte moderno desde Latinoamérica. Tirando de las fórmulas artísticas en boga, la indigenista o nacionalista pero también de la visión universalista. Eso sí, alejándose de la mirada romántica o de reivindicación patriotera de muchos de sus coetáneos. Lo importante era la consecución de un arte puramente latinoamericano que incluyese elementos del arte abstracto tradicional precolombino junto a elementos del arte de vanguardia.

Al final, el taller se convirtió en un movimiento con una destacadísima identidad propia. Ahí nació lo que se ha venido en llamar el universalismo constructivo, del que Torres García fue impulsor. Pero para llegar a eso el artista tuvo que pasar por diferentes etapas. A finales del XIX arribó a Barcelona, lugar de formación, inspiración y primeras influencias, donde participaría del noucentisme. Conocería a Picasso y sobre todo a Gaudí, con quien colaboró en el diseño de vitrales de la Catedral de Palma de Mallorca y en la Sagrada Familia. Más adelante se empaparía de la vitalidad artística de una ciudad como Nueva York, entorno más moderno para su propuesta pictórica y artística. Aunque lo más interesante allí fue su creación juguetera. Al poco regresaría a Europa y en algún momento acabaría instalándose en París, entrando en contacto con la vanguardia. De ahí su relación con Piet Mondrian, quien con sus composiciones de figuras geométricas en colores primarios ejerció una notable influencia en la obra posterior de Torres García. En el advenimiento de ese universalismo constructivo mencionado al comienzo.

Y todo eso es lo que puedes ver en la exposición “Torres García. Obra Viva” del Centro Cultural la Moneda. Muestra con más de cien obras de diversas materialidades -cartones, piezas de madera, óleos sobre tela y pinturas sobre papel- además de fotos, ejemplares de revistas editadas por el taller del artista, juguetes de su fábrica artesanal en los EEUU, teatritos creados en un periplo italiano y hasta su escritorio personal, traído específicamente desde el museo del artista en Montevideo.

No es una presentación despampanante, pero no está nada mal. Sobre todo resulta interesante. Como la reflexión que dio origen al cuadro que ilustra esta entrada.  
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