lunes, 14 de octubre de 2019

El asesino de la carretera


Circula por la red un vídeo descacharrante, en el que unos hermanos de la tercera edad muestran un baptisterio semi-enterrado sito en algún paraje de la España rural. En un momento de la trasmisión, la más estropeada de los tres –un personaje directamente sacado de alguna cinta de Tod Browning-, espeta al reportero y por extensión también a nosotros, aquello de “¿a quién no le va a gustar un Imperio (baptisterio) Romano del siglo I D. C.? ¿A quién no le va a gustar?” Y vaya si tenía razón la señora. ¿A quién no le va a gustar, hostias? Pues eso… 
Ya, vale, ahora en una suerte de triple salto mortal con tirabuzón y doble pirueta, un servidor -que está igual de sonao o más que los freaks del baptisterio- adapta la preguntita a los intereses de este espacio. Que andan bastante alejados de la arquitectura religiosa y del arte paleocristiano, pero no tanto de la literatura, la novela negra o el puto James Ellroy. Y es que, ¿a quién no le va a gustar una novela de James Ellroy? ¿A quién no le puede gustar? A ver, qué yo me entere, ¡eh!

Que sí, lo sé, que el tipo es un mameluco. Un fulano bastante desagradable, como la mayoría de sus personajes de ficción por otra parte. Eso y que sus historias son truculentas, repletas de pasajes y situaciones que te dejan con muy mal cuerpo. Pero siendo cierto todo eso, aún lo es más que el compadre escribe como Dios. Con ese estilo telegráfico patentado que es marca de fábrica y que le convierte en un escritor diferente, único e inimitable como se decía antaño. De los más importantes que nos quedan vivos, aun cuando la Academia se olvide de ello año tras año. Y es que no aparece ni en las primeras quinielas, tú… Y los suecos, los periodistas culturales y mucho menos los hooligans del Borges millennial, sin decir ni . Llevando al extremo esa economía verbal de la que el novelista angelino hace gala en sus novelas.

Todo esto porque me acabo de leer, con cierto retraso, “El Asesino de la Carretera”. Novela originalmente publicada como “Silent Terror” en 1986 y traducida al castellano unos veinte años después. Y como todo lo que me he leído de Ellroy, exceptuando “Ola de crímenes” y por los motivos que expongo en esa entrada, me ha encantado. Una pesadilla, un delirio criminal, un viaje psicotrópico a través de carreteras secundarias contado en primera persona. Historia que se aleja un tanto de las otras novelas de Ellroy para adentrarse en algo mucho más desquiciado. Y es que uno tiene la sensación de que aquí, el autor de “El cuarteto de Los Ángeles” o la “Trilogía de los bajos fondos”, fantasea sobre cómo habría sido su vida de haberse convertido en un Ed Kemper cualquiera. Y motivos y hasta pergaminos tenía para ello, vaya que sí. Basta con leer sus relatos en clave autobiográfica o las reflexiones incluidas en “A la caza de la mujer” para darse cuenta.

La acción se centra en un único personaje, quien ha sembrado Estados Unidos de cadáveres. Cuando el FBI consigue darle caza, confiesa sus crímenes a cambio de que su autobiografía vea la luz. Escribirá así sus memorias mientras cumple las cuatro cadenas perpetuas a que ha sido condenado. Gracias a eso asistimos a un espectáculo de brutalidad medida, o no tanto, que viene determinada por aquello que ocurre dentro de su cabeza. De hecho Ellroy dedica un montón de páginas a contarnos las pajas mentales del serial killer, en especial las que tienen que ver con su mentor imaginario, la “Sombra Sigilosa”. El villano de unos cómics bastante cutres y medio fachas que nuestro héroe leía de crío.

La novela, que catalogaré de brutal –en todos los sentidos-, recurre a las inserciones de noticias tomadas de revistas y periódicos, de informes policiales o diarios personales, formando un compuesto intercalado, vibrante y barroco. También está presente en “El Asesino de la carretera” el recurso a los cameos de personajes reales tan habitual en la obra de Ellroy. En este caso la estrella invitada será el celebérrimo Charles Manson, quien protagoniza uno de los mejores momentos de la novela. Maravilloso. Ese pasaje y el libro. Todo él.  

jueves, 26 de septiembre de 2019

Ego Sum Jonas

Haciendo memoria, creo que en toda mi vida solo he asistido a un par de conciertos por una cuestión de fanatismo incondicional: Al de Dylan en Viveros, hace ya trece años y ahora a este de Weezer en el Movistar Arena de Santiago. No hace falta que relate por aquí el conciertito que se cascó el amigo Robert en el cap i casal. Pero vaya, que la idea era ver al genio de Duluth desenvolviéndose en lo suyo antes de retirarse, así que… 
Idéntica motivación me impulsó a comprar las entradas para el show de Weezer. Aprovechando que resido en esta parte del mundo y que, vete a saber si tengo otra oportunidad de ver a la banda californiana de cerquita. Eso a pesar de que sus mejores tiempos ya quedan bastante lejos y que su paulatino descenso a los infiernos recién culmina con el indefendible “Black Album”, publicado a comienzos de este año. Un espanto en diez actos en el que no hay ni rastro del powerpop primigenio, ni mucho menos de las guitarras o esos juegos vocales con los que hicieron afición. Un artefacto que espanta hasta a un felino y no va de broma. Os voy a contar una anécdota absolutamente verídica… Tengo un gatito al que le mola posarse en mi regazo cuando estoy trabajando con musiquita de fondo. El animal es bastante roquero, si bien no le hace ascos a casi nada. Pues bien, estaba sonando alguno de esos variaditos que monta el Spotify con criterios harto discutibles y la cosa pasó del “Mercedes Marxist” de los IDLES al “Livin’ in L.A.” de Weezer. El salto que pegó el minino no lo iguala el Javier Sotomayor de los mejores tiempos. Y la carrera hasta el balcón no la supera ni Usain Bolt montado en la Honda de Márquez. Como lo oyes…  De hecho, el disco es tan re-malo que hasta me planteé montar un change.org para que, al menos aquí en Chile, no tocaran ni un solo tema del engendro. Ni de los dos trabajos anteriores que también son canelita fina. Pero no hizo falta.

A ver, tenía que ir a verles sí o sí. O sea, eso lo tenía claro. Weezer son una de mis cuatro o cinco bandas de referencia. De esas a las que rindo pleitesía y manifiesto devoción aún en sus periodos más oscuros. Y eso es así desde los comienzos, allá por el 1994, con el lanzamiento de aquel tremendo debut popularmente conocido como el disco azul y que estaba producido por Ric Ocasek. Una mezcla perfecta entre el espíritu adolescente de los noventa y unas melodías que te agarraban por la solapa desde el primer acorde de “My Name is Jonas”. Trabajo imperecedero en el que se incluyen un sinnúmero de himnos que forman parte de mi educación musical y hasta de mi historia vital. Eso por no hablar del en su momento vilipendiado “Pinkerton”, de 1996. A la postre mi preferido de toda su discografía y uno de mis diez álbumes favoritos de todos los tiempos. Repleto de canciones que me han acompañado a lo largo de diversas etapas de la vida, sobreviviendo a la avalancha de novedades que amenaza con sepultarlo todo. Un compendio de canciones que no me retrotrae a nada en concreto sino a todo. A  T O D O. Y es que, estoy completamente de acuerdo con Nick Hornby cuando afirma que, si una canción te recuerda a tu luna de miel en la Riviera Maya o al milrra del tío Cisquet, lo que en realidad te gusta es el recuerdo, no el tema. Y vaya, que no es el caso.

Y así llegamos al día de autos, que fue el pasado martes por la noche y a casi once mil kilómetros de distancia del sitio en el que me parieron. Encima fue una suerte de celebración de cumpleaños aplazada por un día. Así pues, gracias por pensar en mí tíos. A las nueve treinta y haciendo gala de una inesperada puntualidad británica, aparecieron sobre el escenario Rivers, Patrick, Bryan y Scott, con ese aspecto nerd y la tendencia incontenible a la parodia rockstar que les caracteriza. Prestos a dar buena cuenta de su fórmula mágica para componer canciones pop perfectamente tarareables. Pero antes fue el momento de unos teloneros a los que no conocía ni de oídas. Joven banda local que atiende al nombre de Protistas y que, para ser justo, otorgaré el beneficio de la duda. Porque esa noche sonaron mal. Muy mal, vaya. Y no por culpa de un recinto que, como después quedó demostrado, tiene una sonoridad acojonante. También es cierto que, buceando entre la obra publicada por el combo chileno, aún no he escuchado nada que me genere el más mínimo interés. Pero vayamos a lo que importa…
La cosa comenzó fuerte y sin preámbulos enlazando el “woo ee ooh, I look just like Buddy Holly (oh oh, and you’re Mary Tyler Moore)…” con “Beverly Hills, that’s where I want to be (gimme gimme)…”. Dejando bien claro que iban en serio y no pensaban hacer prisioneros. Iniciando un set que continuaría con el sencillo de “Ratitude”, “(If You’re Wondering If I Want You to) I Want You to”. Tema al que nunca tuve en demasiada estima, pero que a partir de ahora miraré con otros ojos. Y es que sonó como el trueno, suponiendo un preludio maravilloso para la no suficientemente reivindicada “Surf Wax America” y ese demoledor final que nos dejó a todos sin respiración -“…You take your caaar… I'll take my boaaard… You take your caaar… I'll take my boaaard… Let's go!!!!”-. A continuación vendría uno de los puntos álgidos de la noche con “Island in the Sun” liándose la de Dios es Cristo y empezando un karaoke generalizado y furibundo que ya no cesaría hasta el cierre del show. Enlazaron con una versión del “Take on me” de A-ha, pero bastante más lúcida y roquera que la incluida en el mejorable álbum de versiones publicado este 2019.

Después irían desfilando “Perfect Situation” -“singing oohh ho, oohh ho, oohh ho whoa…”-, “Holiday” -“…far away… to stay…”, y una libérrima interpretación del “Happy Together” de los Turtles que incluyó un insert del “Longview” de Green Day, tremendamente celebrada por la horda de cuarentones que copaban el recinto. Aunque lo que yo festejé de verdad fue lo que vino a continuación. Una seguida de cuatro temas incluyendo “In the Garage”, una nueva, “Undone - the Sweater Song” y la inesperada adaptación del “Lithium” de Nirvana en la que se produjo hasta un atisbo de pogo. Y aunque no nos “ofrecieron” cantar en todas ellas, dio un poco lo mismo, porque el personal había venido a pasarlo bien y a corear hasta el último uo uo uouo. Excepto con “The End of the Game”, adelanto del enésimo nuevo álbum de Weezer que, todo hay que decirlo, suena mejor que cualquiera de sus últimas cuarenta composiciones. Un híbrido entre el sonido Weezer de toda la vida y el rollo llena estadios de Journey, que nos presentaron casi pidiéndonos perdón. O sin el casi y es que, el bueno de Rivers se esforzó en ofrecer una disculpa que seguramente se extiende a todas esas mamarrachadas que nos han ido ofreciendo durante los últimos diez años. Encima luego nos dedicamos a destruir suéters, así que ¿cómo no perdonarles? 

El último tramo del concierto comenzó con “Hash Pipe” -“…come on and kick me… You've got your problems... I've got my eyes wide… You've got your big G's…  I've got my hash pipe…”- para llevarnos al éxtasis con una versión del “My Name is Jonas” con ración XXL de armónica en el que todos fuimos Jonas. Después sonaría “El Scorcho” -…ay calooorr!!!- y un tema como “Pork & Beans” que pareció una declaración de principios, con los cuatro miembros de la banda turnándose al micro y con Cuomo apuntando a quién sabe cuando declama eso de  “I don’t give a hoot about what you think”. Lástima que la única intromisión en el “Pinkerton” fuese a través de “El Scorcho”, desdeñando “Tired of Sex” (la historia de mi vida –ja-) o esa “The Good Life” que, según parece, sí integró el setlist en otras actuaciones de la gira sudamericana. Pero vaya, que me conformo con lo presente. No con el amago de cierre que supuso esa ridícula versión de Toto (“Africa”), que al parecer grabaron a comanda de una fan que apeló al conocido sentido del humor y la auto parodia del cuarteto. Con todo, la broma en directo no les quedó ni tan mal. Sobre todo porque nos habíamos entregado a la causa. También es cierto que tamaño espectáculo no merecía este cierre en falso. Por lo que por esta vez y sin que sirva de precedente, alabaré el paripé de los bises. Vaya, que estuvo recontrajustificado.
Es que encima fue muy jugoso, con tres momentos sublimes que hicieron las delicias del público. Comenzando por la reinterpretación de “Buddy Holly” a capella -o en modo Barbershop Quartet que es como lo venden-, imitando la escenificación protagonizada en el programa de Jimmy Fallon. Continuando por la brutal versión del “Paranoid” de los Sabbath, con un Bryan Bell dándolo todo, y terminando con un cierre absolutamente épico, con todos coreando al unísono las estrofas de “Say it Ain’t So”. Gallina de piel.

Así pues un concierto maravilloso desarrollado en un ambiente mágico. Con un nivel de ejecución perfecto y un sonido impecable. Con una banda entregadísima en la que destacó el papel de Rivers Cuomo, que es medio Weezer si no más. Un tipo que tiene una presencia escénica y un empaque que jamás hubiese imaginado. Además es muy simpático y cercano, utilizando en todo momento un castellano más que decente. Produciéndose una conexión increíble con un respetable que respondió de la mejor manera, contribuyendo al ambiente de celebración impulsado por la propia banda. Todo eso en una hora y media de show que me hizo recordar por qué llevo tantos años amándoles sin reservas. Aun cuando los muy cabrones se esfuercen en que les odie con sus últimos trabajos. En fin… Magno acontecimiento que recordaré por siempre jamás y espero se repita. ¿Por qué no?

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Alguna foto es mía, pero otras las he ido pillando a través del tuister. La segunda y las dos últimas son de HumoNegro.com 

lunes, 16 de septiembre de 2019

Diez años de TCBUP, diez años aguantándoos 'josde...


Una conmemoración. Un aniversario. ¡Un puto recordatorio, renegón de mierda! Porque sí tíos, ya van diez años dando la turra por aquí. Aunque bueno, para ser escrupulosos con la información, la efeméride se cumplió hace ya más de un año, concretamente en Fallas del 2018. Y es que esta aventura comenzó en otro espacio que decidí abandonar tras un par de colapsos catastróficos. Pero aquello no era más que la previa y la presentación oficial se produjo aquí, un 16 de septiembre del 2009, coincidiendo con la visita del ex Presidente Aznar a Chile para apoyar al por entonces candidato Piñera. Que también tiene huevos la cosa. Y aquí seguimos. Convidando a todo Cristo a subirse a bordo de este tren, reluciente y con olor a nuevo en aquella instancia. Mendigando viajeros cual político en campaña pidiendo el favor de los electores. Con escaso éxito. Porque vaya, esto nunca ha estado ni cerca de coparse. La audiencia siempre se compuso de cuatro gatos mal contados y bien que me parece. Pocos pero buenos, que diría aquel. El que no se consuela es porque no quiere.

En todo este tiempo ha habido momentos en los que he escrito bastante más y hasta peor, que ya es decir. Han pasado por aquí lectores ocasionales que terminarían convirtiéndose en fijos. También los hubo quienes recorrieron el camino inverso y algunos se fueron para no volver más. Me ha dado para crear un sinfín de secciones que luego fui abandonando. Como aquella de “Grupo de la Semana”, que con tanto entusiasmo inicié, o “Un país de imbéciles” que duraría más de tres años hasta acabar perdiéndose en el tiempo como lágrimas en la lluvia… He escrito mucho o poco sobre cine, música, libros, exposiciones, viajes, cosas de abogaillos, tonteras disfrazadas de reflexión y hasta de política. Si bien de esto último ya casi no cuelgo, demostrando que de todo se puede salir y está bien que así sea. En una década me ha dado para colgar más de mil entradas, que se dice pronto. La mayoría no valen un pimiento, pero bueno, con que haya una decena decentes me conformo. Y con que os gustaran un par me doy con un canto en los dientes. La tónica es que las etiquetadas como “lo milloret de lo milloret” sean las que más visitas acumulan. También las crónicas exprés de conciertos. Algunas, sin saber muy bien porqué, causaron furor. Como una que escribí durante mi primera visita a la ciudad en la que los Warriors disputarán sus partidos esta temporada. Y frikadas como esta o esta, o ejercicios de jeiterismo como este otro

Lo cierto es que creé está bitácora sin mayores pretensiones. Una suerte de memoria externa frente a los recurrentes ataques del señor alemán ese que no perdona a nadie. En algún momento me ilusioné con la idea de que se convirtiera en un punto de encuentro entre amigos y aspirantes a tal, amantes de las artes y el cachondeo. Que eso haya funcionado ya es otra cosa. Es más, siendo sincero, no lo ha hecho. Encima cada vez interesa a menos gente. Supongo que algo tendrá que ver el que esa aldea global que es el Internet, ya no sea lo mismo que al comienzo. Las plataformas y redes sociales se lo han comido todo y el tema de los blogs ha quedado obsoleto. Con todo y aun siendo incapaz de explicar el porqué, me satisface el mantenerme por aquí. Aunque me quede solo, que es lo más probable. Como la protagonista de “Open Water”, pegando berridos en alta mar a sabiendas de que nadie la escucha. Hasta que me harte y chape la paraeta, que en algún momento pasará. No ahora. En todo caso, gracias por seguir ahí. 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Johnston y Berman. Una necrológica necesaria


Iba a comenzar esta entrada diciendo que no me gustan los obituarios. Que me pone triste comentar noticias sobre el fallecimiento de alguien a quien estimo. Pero recurriendo de nuevo a Quevedo, hay que entender que “la muerte siempre es buena” y que “parece mala a veces porque es malo a veces el que muere.” Además nuestros ídolos permanecen vivos en nuestra memoria. Sobre todo a través de unas obras que les sobreviven y que, muy probablemente, también nos sobrevivirán a nosotros. Con todo, me carga escribir artículos de elogio fúnebre. Dar recuento del contexto, la trascendencia o el significado de la vida del muerto. Cierto es que, en los diez años de vida de este blog, he hecho mención a un sinnúmero de ilustres fallecidos. Desde Philip Seymour Hoffman hasta David Foster Wallace, pasando por Bob Casale, Adam Yauch, Jason Molina, Bigas Luna, Robert Mulligan, Harold Ramis, Paco de Lucía, Pete Seeger, Bowie, José Luis Sampedro, Harold Pinter, Jess Franco, Günter Grass, Galeano, García Márquez, Leopoldo María Panero, Di Stéfano, Lou Reed, Tom Sharpe, Azcona y hasta Miliki o el tío Phil. Y es que al final, este menda se siente en deuda con todas aquellas personas que, de una u otra forma, han contribuido a su felicidad. Que menos…

Todo esto viene a cuento porque ayer se nos fue Daniel Johnston y hace poco más de un mes David Berman, con lo que este mundo se ha convertido en un lugar un poco más feo. Iba a decir más triste, pero me ha parecido un adjetivo poco apropiado si atendemos a la historia vital y al legado musical que nos dejan sendos artistas. El deceso más reciente es el de Johnston. Músico, dibujante, artista visual, pero sobre todo un personajazo. Un hombretón que saltaría a la fama gracias a aquel emotivo documental titulado “The Devil and Daniel Johnston” (Jeff Feuerzeig, 2005), de visión obligada para cinéfilos, melómanos, cinéfagos, melófagos o como cojones os queráis definir. Bien es cierto que, en aquel momento, ya había grabado la mayor parte de esas casetes que le convertirían en un artista de culto y figura influyente dentro de la escena underground. Incluyendo el “Yip/Jump Music” o el “Hi, How are you”, ambas de 1983. Esta última es la que lleva la rana alienígena en portada. La misma de aquella icónica camiseta con la que se dejó fotografiar Kurt Cobain, con mirada entre pasmada y dolorosa, haciendo un gesto que, más que un saludo, parece que intenta detener la avalancha de mierda que se le venía encima. Y es que el líder de Nirvana fue uno de los ilustres padrinos de Daniel Johnston. Señalando en no pocas ocasiones la influencia de este a través de varios de sus discos. Pero no fue el único. Otros grandes nombres del noventerismo sónico como Sonic Youth, Yo la Tengo, The Flaming Lips, Beck, Teenage Fanclub o Built to Spill también manifestaron su debilidad por la obra del artista californiano.

Para no extenderme más, evitando así que este homenaje se transforme en una suerte de panegírico digno del peor suplemento cultural, tan solo me queda dar las gracias a este artista honesto por todo lo que nos regaló. Y pegarme cabezazos contra la pared por no haber asistido a aquella gozada de show que, según parece, protagonizó en Valencia hace ya siete años. ¡Menuda cagada! Pensaba enmendarlo alguna vez, pero ya no podrá ser. Un ataque al corazón se ha llevado a Daniel para el otro barrio con cincuenta y ocho primaveras. Descanse en paz.

Y ahora un deceso tanto o más doloroso que el anterior: El de David Berman. Músico, poeta y dibujante virginiano, conocido principalmente por haber montado los Silver Jews a finales de los ochenta, junto a Stephen Malkmus y Bob Nastanovich de Pavement. El grupo, que tuvo más cambios de alineación que la Argentina de Scaloni, se mantuvo con Berman como único miembro fijo. Publicando seis álbumes entre los años 1994 y 2009, siendo mis favoritos “American Water” (1998) y “Bright Flight” (2001). Diez años después formaría los Purple Mountains, con los que acababa de sacar un bonito trabajo al que aún no le he dedicado todo el tiempo que merece. Un último proyecto que ya no tendrá continuidad, en el que retomaba su particular propuesta allí donde la dejó tiempo atrás. Con esa poesía triste y arrastrada, no exenta de pequeñas dosis de socarronería, que le convirtieron en una leyenda del indie-rock. O casi. El caso es que el tipo nos ha dejado con cincuenta y dos tacos. No sé si le habrá dado para, como se comprometió, compensar los daños que el desgraciado de su padre había ocasionado en su condición de lobista de la industria armamentística. Tampoco sé si tiene demasiada importancia. Pero vaya, me gustaría pensar que sí. Ojalá haya encontrado esa paz interior que le fue esquiva en vida.   

miércoles, 11 de septiembre de 2019

“Indigno de ser humano” de Osamu Dazai


Creo que fue Quevedo quién dijo aquello de que todo lo cotidiano es mucho y feo.” Podría haberlo acuñado Osamu Dazai, de haber nacido unos siglos antes y en un lugar más próximo a Villanueva de los Infantes que la prefectura de Aomori. Y es que para este escritor japonés de principios del siglo XX, lo común, lo diario, aquello con lo que se conformaban sus coetáneos, no solo le resultaba insufrible, sino que le parecía horroroso. Indigno de ser vivido para alguien como él, que ni siquiera tenía clara su humanidad. No es raro que el hombre se suicidara con tan solo treinta y ocho años, justo cuando estaba en la cúspide de su corta carrera literaria. Aun así le dio para escribir un buen puñado de obras. Algunas de ellas consideradas entre los clásicos de la literatura japonesa moderna. Poniéndole al nivel de leyendas como Akutagawa, Kawabata, Tanizaki, Mishima, Abe o Endo.

Osamu Dazai, seudónimo de Shuji Tsushima, destacó por su obra claramente autobiográfica, en la que mostraba el descontento generacional tras la II Guerra Mundial y el rechazo frente al tradicionalismo. Entre sus libros destaca este “Indigno de ser humano”, publicado por vez primera en 1948 y que pasa por ser una las novelas más célebres de las letras niponas aún hoy día. La historia de Yozo, el protagonista, un trasunto del autor que narra en primera persona su paulatino alejamiento de la sociedad. Un descenso a los infiernos que no podría concluir de otra forma que quitándose la vida. Eso tras una vida mínima marcada por los excesos y la imposibilidad de seguir las normas y convenciones sociales.

Parece ser que Dazai incorporó numerosos episodios de su turbulenta existencia. Desde luego están presentes esos sentimientos de vergüenza y rabia contra sus semejantes, que marcaron una vida de marginado social. La tristeza y el rechazo a una sociedad que le repudió, al igual que su familia. Y eso a pesar de que siempre tuvo a su alrededor mujeres que, de una u otra manera, se preocuparon por él. Lo que es aplicable a Yozo, pero también a Osamu. Ni por esas.  

Demoledor relato.
Harto recomendable.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Lo de Tool, casi una semana después

Como buen hater que soy, voy a bajar un poquito el suflé con lo nuevo de Tool. A ver, que todo quisque ande diciendo que el “Fear Inoculum”, su quinto álbum de estudio hasta la fecha, es la polla Montoya, me parecería bien si fuera verdad. Tras varias escuchas de esos diez cortes que incluye en formato digital – en el físico son solo siete-, ya os digo yo que tampoco es para tanto. Y no porque me parezca un cagarro, que no lo es, pero tampoco estoy dispuesto a aceptar que estemos ante la enésima obra maestra del combo angelino. Como si Keenan, Carey, Chancellor y el resto de la cuadrilla hubiesen inventado la rueda, después de descubrir el fuego allá por el 2.001 o hasta el arado hace un cuarto de siglo. Me temo que muchos han confundido deseos con realidad y ya tenían una opinión formada sobre el álbum desde antes de escucharlo. Y sí, yo también soy un cuarentón que se prendó de Tool en los maravillosos noventa y discos como el “Aenima” forman parte de mi ADN emocional. Pero chicos, os voy a revelar algo: de todo se sale. Y puestos a ser fanboy, mejor elegir a alguien más joven y guapo. 

Y es que estoy hasta la polla de tanto hype. Y este pasa por ser el mayor que uno recuerde. Lo que no deja de chocar tratándose de una banda cuya fórmula se desarrolla en los límites del metal con el post-rock y la mierda progresiva. Me pinchas y no sangro. Me lo cuentas hace veintitantos años y no me lo creo. Además, los trece años de espera desde que publicaran “10,000 Days” se antojan muchos. Demasiados. Suponen una losa muy pesada. Más cuando cada año por estas mismas fechas y con precisión relojera, nos desayunábamos con noticias sobre el nuevo material que estaba por venir y la patada al avispero que iba a suponer el regreso de Tool. A continuación venía la retahíla de paparruchas dejadas caer no sé bien por quien ni con qué intenciones. El culebrón televisado de las diferencias personales, luego artísticas y también esas cuestiones legales que impedían a estos semidioses del panteón roquero contemporáneo a ofrendarnos con sus nuevos temas. Que no era por culpa de ellos, vaya. Angelets.


Al final “Fear Inoculum”es como el color predominante en su diseño de carpeta, o sea, tirando a plomo. Y más largo que un vuelo desde Madrid a Santiago en Air China y con una pareja verborreica a tu vera - que además viaja con un bebé cagón, amén de un gatito asustado que no para de maullar-. Casi hora y media de compases raros y experimentación ya experimentada hace mucho, embargados por una constante sensación de déjà entendu. Con canciones que no es que sean largas, es que son eternas. Abusando de pasajes dentro de cada pista. Y es que siempre hay espacio para un requiebre más, aun cuando sea absolutamente innecesario, transmutándose en una suerte de imitadores de Onésimo si la peonza de Pucela hubiese desarrollado sus habilidades al bajo, guitarra o la batería. Rizando el rizo hasta el infinito y más allá, ad náuseam. Es verdad que, como también se ha apuntado, el álbum contiene la mejor colección de voces que Maynard James Keenan haya grabado en su puta vida. Aproximándose a los registros que plantea con A Perfect Circle, esos Tool de baratillo con los que nos hemos consolado en ausencia de la banda madre. Pero ojo, acercándose peligrosamente a lo que ofrece el brasas de Steven Wilson ya desde su última época en Porcupine Tree. ¡Terrible! Vaya, jamás pensé que diría esto, pero echo de menos la voz gruesa y cazallera de antaño. Y la inmediatez de aquellos temas con los que se ganaron mi corazoncito. Incluso los del “Lateralus” y eso que, lo reconozco, me costó Dios y ayuda entrar en tamaña genialidad.



Así pues ya tenemos aquí el nuevo trabajo de Tool… Toooca!!!  Que no acaba de ser nuevo del todo, seamos sinceros. Porque es lo mismo de siempre pero extendido y con algún efecto medio rarete por aquello de la modernidad y tal. Y la verdad es que no está mal del todo, aunque parezca que afirmo lo contrario. Es más, conociéndome, es probable que lo acabe comprando. Pero para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Que sí, que sí, ya sé que es complicado mantener la fascinación durante tantos años. Y que mi falta de ilusión tal vez se deba al inexorable paso del tiempo cómo escribiría algún poeta pomposo. Que cada cosa tiene su momento y quizás el de Tool ya pasó. Al menos para mí. Será así que alguna vez me ha pasado hasta con Kurt. Que si el rubio de Aberdeen no hubiera decidido decorar la moqueta con sus sesos y apareciese con disco nuevo bajo el brazo, haciendo más o menos lo mismo que antaño, pues tampoco me interesaría. Es verdad que la idea me dura como diez segundos. Justo lo que me cuesta reponerme del trompazo en la cabeza. 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Lo de las niñas de Alcàsser en Netflix


He visto lo de las niñas de Alcàsser en Netflix y lo primero que he sentido es pena. Bueno, también un poco de asco. Lo primero tiene que ver con los recuerdos y es que este menda se crió en un poblet de la Ribera que está a poco más de diez kilómetros del de Míriam, Toñi y Desirée. Encima tenía más o menos la misma edad que las niñas cuando desaparecieron, aquella fatídica noche de 1992. Recuerdo el revuelo generado en la terreta. Como la incertidumbre, la inquietud y después el miedo se expandieron por unas calles nada acostumbradas a este tipo de sucesos. Allí donde lo normal era morir de viejo o de aburrimiento, pero de pocas cosas más. Y todo por culpa de un crimen que ocupa un lugar destacado en la crónica negra nacional. Asociando el nombre de Alcàsser, el pueblo de alguno de mis amigos, a aquel lamentable episodio. También recuerdo de forma un tanto difusa, cuando fui con los del Soler i Godes hasta la plaza del Ayuntamiento para no sé bien qué. Visto lo instrumentalizado que estuvo todo, me temo lo peor.

A ver, antes de nada tengo que decir que el documental, cómo producto, no me ha parecido gran cosa. Ni la organización de los materiales, ni la secuencia cronológica, ni la forma de narrar… Nada de ello hace de este “El caso Alcàsser”, guionizada por Ramón Campos y León Siminiani y dirigida por este último, algo memorable. Sí que sirve para recordar cosas que no sé si quería recordar y confirmar lo hijos de la gran puta que pueden llegar a ser los medios de comunicación en este país. También constatar cómo tantos años después, seguimos siendo tan fáciles de engañar como entonces. O hasta más. Y es que el fenómeno “Esta noche cruzamos el Mississippi” se repite día tras día a través de los titulares tendenciosos cuando no directamente falsos de nuestra prensa libre. Y es que la popularidad del caso Alcàsser sirvió para estafar a millones de personas. Venderle a todo un país la existencia de una conspiración urdida por poderes ocultos y de la que formaban parte notables de la cosa pública y hasta el famoseo. Y compraron. O más bien compramos. ¿Esperar a los resultados de las investigaciones para señalar culpables? ¿¿¿Lo’qué???

Lo cierto es que lo sucedido en Alcàsser remite directamente a lo que nos cuenta el gran Billy Wilder en “El gran Carnaval”, una de mis pelis favoritas de siempre. Allí, un periodista al que interpreta Kirk Douglas, se topa con la exclusiva de su vida y el lamentable espectáculo que sobreviene nos lleva hasta Nieves Herrero y el programita que se cascó solo un día después de que se encontraran los cuerpos de las niñas. Un vergonzante momento televisivo recogido en “El caso Alcàsser” y que, visto hoy día, aún estremece. En la película, en un determinado momento, el director del periódico para el que trabaja el prota le comenta: “Entonces le preocupa poco la verdad...” A lo que el periodista contesta: “No como para pararme. Estoy en el camino de la gran noticia de mi vida y no me preocupa hacer tratos con un algún sheriff desalmado, y si tengo que aderezarlo con una maldición india y con una esposa desconsolada, tampoco me importa”. Algo parecido debió pensar la periodista buitre arriba mencionada o el coprófago de Pepe Navarro, conductor del “Mississipi”. Con la inestimable colaboración del criminal, que no criminalista, Juan Ignacio Blanco. Fallecido recientemente sin haber mostrado ni uno de esos vídeos que, según él, aclaraban todo. Una mentira más en la trayectoria de quien vivió de engañar y de la pasta de los crédulos hasta el fin de sus días.

Por otra parte, la miniserie de León Siminiani también sirve para corroborar aquello de que a una víctima, por el mero hecho de serlo, no le asiste la razón. Y es duro expresarlo así, pero vaya, que ser el padre de un asesinado por ETA no te convierte en candidato ideal al Ministerio de Justicia y supongo que se entiende. Porque al padre de una de las niñas se le fue la olla, lo cual es hasta razonable, pero de ahí a darle pábulo a cualquiera de sus ocurrencias… Como le leí a Joan Oleaque, autor de “Desde la tenebra”, “nunca llegó a creer algo que en los Juzgados se vive día a día: un niñato indeseable es capaz de hacer un mal realmente atroz. Propio de las películas de terror incluso. Por eso se dejó engañar por Blanco.” Y así fue como dio cancha a todas las conjeturas, especulaciones e hipótesis que este le susurraba al oído. A cada cual más rocambolesca, que todo hay que decirlo.  Y eso a pesar de que el juicio no dejó lugar a dudas sobre lo que pasó y quienes fueron los responsables de ello. Y es en este punto donde el documental anda más atinado, mostrando como se construyeron esas teorías. Al final y mal que le pese a alguno, no quedaron misterios importantes por resolver, más allá de el paradero de Antonio Anglés, responsable probado del crimen junto a su amigo Miquel Ricart. Me acuerdo de que en su momento se dijo nosequé de sí se había colado de polizón en un barco con destino a Brasil, el país de origen de su madre... Pero vete tú a saber. 
Una confesión ya para acabar. No muchos años después del suceso, tuve la suerte de asistir a clases con el fiscal responsable de la acción penal durante el juicio contra Miquel Ricart. Y no es que hablara demasiado del caso durante las clases, pero en aquellas pocas ocasiones y siempre refiriéndose en términos bastante crípticos, el hombre se mostraba bastante disgustado por todo. Incluso abatido. El caso es que aprendí bastantes cosas con él sobre cuestiones penales. Una de las que más recuerdo tiene que ver con esa estupidez tan repetida por los medios y cacareada en reuniones de amigos, del mito del psicópata brillante. Menuda milonga. Se la inventó el mismo que propagó aquello de que si te tragas un chicle, tardas siete años en digerirlo. O de que si te haces pajas te llenarás de granos, vaya. Y es que tan solo hace falta un hombrecillo asustado, crédulo, rencoroso o con un sentido equivocado de la épica para desatar el infierno. ¡Cuánto daño ha hecho Hollywood mondié! Ahora que lo menciono ya no estoy tan seguro que esto saliera a relucir durante sus clases. Sea como fuere, sigue siendo una verdad como un templo.

martes, 27 de agosto de 2019

“Historias desde la cadena de montaje”, de Ben Hamper

Divertidísimo libro de memorias en el tajo el firmado por este anti-héroe de la clase obrera. El mismo tipo con bigote que salía jugando al baloncesto en una clínica mental y que acaba cantando el “Wouldn’t it be nice” al comienzo de “Roger y yo” (1989) de Michael Moore. Aquel aclamado documental sobre el desmantelamiento de la industria automovilística en Flint, Michigan, con el que se daría a conocer el orondo director de “Bowling for Columbine” (2002), “Fahrenheit 9/11” (2004) o “Sicko” (2007).

El tal Ben Hamper, también conocido como “Cabeza de Remache”, es un ex trabajador de la fábrica de camionetas y autobuses que General Motors tenía en Flint. De alguna manera se las ingenió para, tras currar los turnos correspondientes y ponerse hasta arriba de cerveza y otras sustancias, escribir esas “Impresiones de un Cabeza de Remache” por las que alcanzaría cierta fama. Al principio en el ámbito local y gracias al Flint Voice, después Michigan Voice. Más adelante en todo el país y a través del Esquire, del Wall Street Journal –que le dedicaría una primera plana-, también del Harper’s -que reeditó alguno de sus artículos- y sobre todo por la revista Mother Jones de San Francisco -uno de cuyos números abrió con él en portada-.

Estas “Historias desde la cadena de montaje” nos conducen a través de su delirante carrera como currito –o rata de fábrica, como él prefiere denominarse-. Mediante una prosa dura y sin concesiones, tirando de un humor negro que en ocasiones llega a la hilaridad, nos acerca a la realidad -más bien tragedia- de los blue collar. Llevándonos a través de ese inframundo que conocemos como cadena de montaje y que parece diseñado para negar toda individualidad y aniquilar cualquier atisbo de autoestima. 
“Me asignó un trabajo que era una puta locura: tenía que tumbarme dentro de las cabinas de las furgonetas, separar miles de juegos de cables enredados, fijarlos a lo largo del suelo del coche en cuatro posiciones muy concretas, y después doblarme y dejarlos caer por el tablero. Una vez hecho aquello, tenía que correr para insertar dos clips de plástico en la palanca de cambios de tracción en las cuatro ruedas. Y, una vez completado ese paso, debía apresurarme de vuelta a la cabina y atornillar la palanca con una pistola imposible de manejar que daba coces como una mula y que era tan grande como una desbrozadora.” 

Comenta Moore en el prólogo, que Hamper nació en Flint siendo hijo y nieto de obreros fabriles, como él mismo. De hecho su abuelo hizo autoestop desde Springfield, Illinois, hasta la Ciudad del Motor para pasar cuatro décadas trabajando en la planta de motores de Chevrolet. Así pues no se es rata de fábrica por casualidad. Se hereda aun cuando los padres lo hacían justamente para que sus hijos no tuviesen que sufrirlo. Pero como en tantas ocasiones, todo acaba reduciéndose a una cuestión de clase. Saber qué es lo que te toca hacer por una suerte de derecho natural de mierda. El propio Hamper lo expresa de forma un tanto socarrona, cuando escribe que pronto exhibió los síntomas que delatan al que está abocado al muelle de carga. “Casi era capaz de escuchar a mi abuelo aullando desde la tumba: ¡Otro no! Seréis capullos… ¿Ninguno quiere ser abogado?”.

Mola mucho el retrato de los chulos y charlatanes que pululan por la fábrica y que en algún momento fueron compañeros de Hamper. Un cúmulo de seres humanos atrapados en esa especie de laguna Estigia, “calabozo lleno de inadaptados sociales y descerebrados que tenían pinta de haber cometido homicidios triples.” Eso y las curdas que se agarraban todos para sobrellevar el ruido asfixiante, la monotonía y el disparate que suponía todo aquello. Luego está la cuestión de los ridículos planes de calidad puestos en práctica por la empresa. Con esas pantallas repitiendo eslóganes dignos de “Están Vivos” a todas horas, o con la aparición mariana de un impagable personaje de nombre Armando Cochuelos y todas las campañas asociadas al mismo. Para mear y no echar gota.

Y vaya que me ha encantado. Más aún en mi condición de almussafero hijo de currela de la Ford. Así pues, ¿cómo no me iba a interesar esta mierda? Además yo también pasé por la jodida cadena, aunque de forma un tanto efímera, por lo que muchas de las reflexiones de Hamper me resultan cercanas. Incluso en lo que tiene que ver con el retrato de personajes. Si bien, allí no era tan extreme y a Dios gracias…

Ben Hamper en la tele. 1986

viernes, 23 de agosto de 2019

Bong Joon-ho, yo y la madre que nos parió. Una relación ciclotímica e indescifrable

“Parasitos” es una obra maestra y “Okja” una mierda pinchada en un palo y arrastrada por el fango. Y así se resume mi relación con este director de nombre impronunciable, nacido en Daegu hace ya cinco décadas. Eso que no he visto todas su películas, aunque sí las suficientes como para afirmar mi bipolaridad respecto a su obra.

Le conocí con “Memories of Murder” (2003), aquella joyita inspirada en la historia del primer asesino en serie conocido en Corea con la que sorprendió a propios y extraños. Galardonada con un buen puñado de premios y arrasando en todo aquel festival al que se presentó. Más tarde vi “The Host” (2006), la del monstruito mutante que asola Seúl; “Snowpiercer” (2013), adaptación de un tremendo cómic del que ya os hablé por aquí; “Mother” (2009), la de la madre coraje que defiende a un hijo atontado acusado de asesinato; y la mencionada “Okja” (2017), la del chancho-oso y Dora la exploradora en una aventura que parece escrita por los papás de Greta Thunberg. Y creo que en ese orden. Las hay buenas, menos buenas y directamente horribles, si bien ninguna de ellas me había parecido una obra maestra hasta ahora, por mucho que la del serial killer se le acerque. Pero “Parasitos” es otra cosa.

Ganadora de la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, convirtiendo a Bong Joon-ho en el primer coreano en alcanzar ese premio, “Parasitos” es una cinta fascinante. Por su construcción y su puesta en escena. También por la manera de cambiar los ritmos, su desarrollo sorprendente, por los toques de comedia rara y esa manera tan particular de introducir la crítica social. Porque resulta deslumbrante tanto en lo argumental como desde el punto de vista visual. O por como transita entre géneros tan dispares como la comedia bizarra, el neorrealismo a la coreana, el thriller clásico o el terror asiático de toda la vida de Dios.

La historia viene protagonizada por la familia de Ki-taek, padre, madre, hijo e hija que, pese a sus indudables habilidades, están todos desempleados. Viéndose abocados a sobrevivir de lo que sea en un cuchitril sito en algún barrio de mierda de una ciudad coreana. Frente a ellos está la acaudalada familia del señor Park, jefe de una empresa informática que va viento en popa. Lo cual le permite residir en un casoplón diseñado por un afamado arquitecto en un área para gente guapa. Las familias entrarán en contacto a causa de un engaño y a partir de ahí la relación se irá intensificando en relación proporcional al número de trampas. Desencadenando una serie de acontecimientos de los que nadie saldrá indemne. Al final “Parasitos” vendría a ser una alegoría sobre las relaciones humanas en clave biologicista. Explicándonos las diferencias entre el mecanismo de la simbiosis y las relaciones parasitarias. O cómo un vínculo beneficioso para todas las partes deviene en otra cosa y hasta aquí puedo leer.

No os la perdáis…
Y que no os la destripen. Yo he tratado de evitarlo.      

jueves, 22 de agosto de 2019

“Stalker” by La Ciencia Simple


Ya había llovido desde la última vez que vi “Stalker”, aquella cinta de culto dirigida por el “escultor del tiempo” Andrei Tarkovsky. La primera vez, allá por el periodo cuaternario, me pareció bastante aburrida. Sin embargo en la segunda, ya inmersos en el terciario temprano, me percaté de que aquello era una genialidad. Una puta obra maestra, vaya. Pero bueno, como soy un tipo reflexivo a quien no le gusta llegar a conclusiones apresuradas (¿?), creí necesario darle un tercer visionado y así desempatar. Eso fue ayer… Aunque de aquella manera. 

Dirigida en 1979, la película describe el viaje de tres hombres a través de un enigmático paraje post-apocalíptico conocido como “la Zona”, en busca de un espacio que tiene la capacidad de cumplir los deseos más profundos de las personas. Y eso a pesar de que el acceso al lugar, en el que alguna vez se produjo un desastre indeterminado, está completamente prohibido. Pero existen unos personajes llamados stalkers –acechadores- que se dedican a guiar a quienes se atreven a aventurarse a cambio de un estipendio.

Basándose en la novela corta “Pícnic extraterrestre” de Arkadi y Boris Strugatskiy, la cinta difiere mucho del libro. En este aparecían numerosos “acechadores”, además de naves y objetos misteriosos, mientras que en la peli solo aparece uno y con propósitos bien distintos a los de la historia original. Y es que cuando el realizador soviético ubicó a los hermanos para que le ayudaran con el guión, les pidió que recortaran la historia y no solo desde el punto de vista temporal. Sacando todos aquellos momentos en los que el libro evidencia la presencia extraterrestre, además de otras cuestiones fantásticas. Dejando así una trama podada que destaca por esos momentos enrarecidos o de inquietud metafísica que hoy consideramos tan de Tarkovsky.

Al final de la carrera y más allá de lo que yo opine sobre “Stalker”, el director consiguió crear un mundo inmersivo, repleto de detalles materiales y atmósferas orgánicas. Un espacio entre lo poético y lo meditativo que se abre a numerosas interpretaciones y significados. Según leí en su momento, contiene una alegoría religiosa, aunque también es reflejo de las ansiedades políticas de su creador. En todo caso, supone una experiencia visual muy especial y sumamente grata. En la que te tienes que sumergir de una, eso sí. Y hete aquí con el resultado del partido de desempate.

Cuando me refería a que esta vez la había visto “de aquella manera”, es porque vi una versión fragmentada de “Stalker” y musicalizada en vivo por la banda de rock instrumental La Ciencia Simple. Todo en un show fantástico celebrado ayer tarde en la Sala Rubén Darío de Valparaíso e incluido dentro del ciclo LeRock, del que ya os he hablado por aquí. Ante un auditorio casi repleto, el quinteto santiaguino expuso una banda sonora alternativa a la compuesta por Eduard Artemyev, adaptando alguna de sus piezas e incluyendo desarrollos ad hoc. Todo eso mientras el proyector nos hacía participes de esas tomas largas e intensas que caracterizan el estilo de Tarkovsky. Además de incluir algún interludio entre fragmentos que nos permitió refugiarnos de la tormenta sonora. Escuchando las reflexiones y poemas filosóficos que Tarkovsky puso en boca del stalker interpretado por Alexandr Kaidanovsky.  La verdad es que fue una puta pasada.

Así pues, si os podéis acercar la semana que viene a Santiago, o después a Conce y más adelante a Valdivia o Puerto Montt, ni lo dudéis.  
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