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martes, 11 de septiembre de 2012

La ciudad


A ver… ayer, en mí entrada sobre el mágico concierto que los Dry the River regalaron a la ciudad de Valencia, me excusaba por la tardanza en colgar la crónica haciendo referencia a unas justas y necesarias mini-vacaciones. Okay, pues ese tiempo de relax lo destiné cual moderno de medio pelo a hacer “turismo cultural”. Ya sabéis a que me refiero, aquello de visitar museos, exposiciones, galerías de aaaaarte…
…que no, que noooo, que todavía no soy tan shuuuper… las gafas de pasta aún no me han sorbido todo el (escaso) cerebro del que me proveyó el Creador… pero dadme tiempo y veréis.

Lo que sí hice es aprovechar mi estadía en la capital del Reino para ver un par de exposiciones de dos de mis artistas favoritos: Edward Hopper y William Blake. A la de Hopper en el Thyssen iba de cabeza, con reserva de hora y demás, sin embargo la de Blake me la encontré casi por casualidad en el Caixa Forum y tan solo puedo decir ¡benditas casualidades! Prometo reseña de ambas a lo largo de la semana. 

Pero Madrid dio para más. Por ejemplo para ver una interesante retrospectiva sobre los grabados arquitectónicos de Piranesi y, aprovechando que lo de Hopper era en el Museo Thyssen-Bornemisza, darme una vuelta por las salas en las que se expone su interesantísima exposición permanente. Obviamente para no morir de una sobredosis de arte, seleccioné las cosas que quería ver y entre ellas no podía faltar uno de mis cuadros favoritos, “Metrópolis (la ciudad)” de George Grosz, obra con la que ilustro esta entrada.

Y es que el berlinés George Grosz es otro de mis artistas de cabecera. Sobretodo desde que, hace unos años, viera una maravillosa exposición organizada por el MuVIM (Museu Valencià de la Il.lustració i de la Modernitat) en la cual se comparaba la labor como caricaturista del susodicho, con la del británico William Hogart y la del catalán Lluís Bagaria. Caricatura política, porque Grosz fue un artista de los que hicieron política de verdad. 

Según cuentan los que saben de esto, ya desde los primeros momentos, la obra de Grosz refleja un profundo disgusto por la vida. Un disgusto que se convirtió en indignación tras la Primera Guerra Mundial. Y aunque no llegó a batallar en ella, su rebeldía innata contra toda autoridad y su condición exquisita de dandy le hicieron rechazar violentamente esta situación y sentirse asqueado. Todo eso se plasma en esta maravillosa pintura de gran formato. Una feroz crítica a la sociedad alemana, a sus clases dirigentes, militares, burócratas, burgueses e Iglesia, a través de escenas llenas de violencia y sexo con las que el artista pretende expresar su odio y desesperación. En esta obra Grosz transforma el paisaje urbano en una aglomeración frenética, una composición con tintes apocalípticos. Los personajes tienen el rostro desfigurado por el espanto, perdiendo su condición humana para sugerir su condición de espectros (algo que, lastimosamente, cobra mucha significado hoy día). Como espectadores vemos la escena desde arriba, desde donde acecha el peligro sobre la metrópolis, porque quizás nosotros somos ese peligro… La preponderancia de la gama de rojos anuncia la inminencia del desastre en ese lugar que no es ningún lugar en concreto, si bien, las construcciones evocan al Berlín de la época (aunque se atisbe el ondear de una bandera norteamericana). Genialidad, no digo más. 

viernes, 18 de julio de 2008

Gótico Americano


No sé explicar bien porqué, pero esta pintura es una de las que mayor impresión me han causado desde siempre. Y eso que no he tenido el placer de verla de cerca, que ya me gustaría a mí. Una vez estuve a punto, de paso por Chicago en un viaje por la Costa Este, pero por algún motivo decidí no visitar ese The Art Institute en cuyas paredes cuelga. A ver si hay suerte y alguna obra social nos la trae en una de esas exposiciones itinerantes que montan para pagar menos impuestos. Necesito confrontarme a la imagen de estos dos personajes alargados, de mirada fría y gesto adusto, dispuestos en un cercanísimo primer plano recortado sobre un fondo de carácter rural, que no sólo impresiona sino que hiere. Como esos videos que circulan por Internet y que son capaces de focalizar nuestro interés a pesar de que aquello que muestran no es para nada agradable.

Seguro que a la mayoría os suena el cuadro, emblema de las artes norteamericanas y, según dicen, la obra pictórica más reconocida y reconocible por el americano medio. Y es que la representación de ese personaje masculino horquilla en mano, es un icono americano al nivel de la madre de Whistler, las latas de sopa de Warhol o el pavo de Acción de Gracias de Rockwell. Y no solo en su forma original, sino también a través de las innumerables versiones paródicas que, con diferente intención, se han realizado de ella. Disfrazando a los personajes como un par de terroristas, de borrachines, de modernos, de atletas, de votantes de tal o cual partido, de los Reagan, de los Nixon, de los Clinton u otras caras de la actualidad.

La tela fue pintada en 1930 por Grant Wood (1891-1942), artista conocido por sus cuadros de paisajes y caracteres propios del medio rural norteamericano. Siendo junto a John Steuart Curry y Thomas Hart Benton, los tres principales exponentes de un movimiento conocido como regionalismo -nada que ver con González Lizondo y su Unió Valenciana-. Wood pintó “Gótico Americano” en su ciudad de adopción, Cedar Rapids en el estado de Iowa, mostrándola al público sólo en una ocasión antes de venderla por una cifra cercana a los 300 dólares de la época. El título de la obra se debe a la tendencia arquitectónica de idéntico nombre que dejaría su impronta en el medio rural. De hecho, se aprecian varios elementos característicos de ese gótico americano en el ventanal apuntado de la casa representada al fondo y en las columnas del porche.

A diferencia de lo que alguna gente piensa, Grant Wood no era un paleto. Había estado cuatro veces en Europa, enseñó en varias universidades y estudió arte en París, Alemania e Italia. Fue un pintor excepcionalmente talentoso, aunque no lo desarrolló por demasiado tiempo, realizando casi todas sus obras entre 1930 y 1935. Y es que al hombre no le daba la vida cumpliendo labores de carpintero, tallista, decorador de interiores, creador de lámparas y objetos varios, diseñador de collares y vidrieras, manufacturas de metal… De hecho, su variada producción artística le hace ser considerado como uno de los principales exponentes del American Arts and Crafts.

En este sentido, la pintura fue gestada tras volver de uno de sus viajes por Europa. De Múnich concretamente, donde pasó temporadas en su primera época como pintor ya que, ciertos trabajos consistían en el diseño de murales y vidrieras para grandes ventanales que eran fabricados en aquella ciudad. Allí se impregnaría del movimiento artístico local formado por el grupo de Otto Dix, Max Beckmann, Christian Schad y George Grosz, conocidos como la Nueva Objetividad. También de la arquitectura de las catedrales y las pinturas góticas y renacentistas que pudo contemplar en los museos. De hecho y según el propio Wood, Alemania le influyó poderosamente en la creación de este cuadro.

Al parecer, en uno de sus habituales paseos Wood se topó con el edificio de madera que figura en el cuadro. Sorprendiéndole vivamente y tomando unos apuntes de él. Ya en su estudio, pensó en colocar a dos personas, hombre y mujer, con ropajes de la época. La labor de encontrar a quién quisiera posar fue complicada. Al final fueron la hermana menor de Wood y su dentista, quienes se animaron a quedar retratados con la promesa de no ser reconocibles. A la vista está...

Al dentista le vistió como a un auténtico granjero y a la mujer le colocó el mismo camafeo que lucía su madre en un retrato anterior titulado “Woman with plants”. Sin embargo, al observar la escena nos asaltan algunas dudas ya planteadas por la crítica de arte: ¿La mujer representa a la esposa del granjero, o es la famosa hija del granjero protagonista de innumerables chascarrillos? ¿Es una representación satírica o laudatoria? ¿Están sus personajes en el paraíso, donde todavía rigen las pioneras verdades del protestantismo o en un vecindario rural no muy lejos del Infierno? ¿Es una defensa de los valores perdidos? ¿Propugna una vuelta a la Arcadia feliz? Nunca lo sabremos al cien por cien. Lo que parece claro es que “Gótico Americano” está dotado de un fuerte contenido psicológico. Reflejo de ciertos valores cristianos fundamentales, como la sobria rectitud rural y el corroyente temor al sexo que “engrandecieron” a unos EEUU blancos y protestantes. Los peligros del acto sucio pueden no estar descritos, pero están presentes. Lo pecaminoso es sugerido por el mechón de pelo que se desliza por el cuello de la mujer para susurrarle en el oído, como una serpiente bíblica, o también por el pararrayos representado encima de la casa, de carácter eminentemente fálico. Y por supuesto por la horquilla de tres puntas, cual tridente de Satanás.

La calculada disposición de los elementos no es azarosa. Nada está fuera de lugar. Tampoco el metal brillante de la horquilla que se repite hasta tres veces, a la izquierda, por la distante aguja, el arco apuntado de la ventana y el afilado tejado a la derecha. Además rima con las costuras del mono del hombre. Y esta es otra de las cosas extraordinarias que impresionan de “Gótico americano”. Obra referencial en todos los sentidos.
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