Vaya
de entrada que ni soy incondicional de la obra de John Boorman ni de la de Sean Connery,
director y actor principal de esta cagada de película titulada
“Zardoz” (1973). ¡Pero hostias, que estos tíos daban para algo más! Que si
observáis la filmografía del realizador británico, podéis encontrar en ella algunas
cositas interesantes como “La selva esmeralda” (1985), “Excalibur” (1981)
“Defensa” (1972) o “A quemarropa” (1967). ¿Y del abuelote escocés que decir? ¡Si
venía de rodar a las ordenes de Sydney Lumet “La ofensa” (1972) y “Supergolpe en Manhattan”(1971)! Eso por no hablar de que, un par de años después,
protagonizaría una obrita maestra del séptimo arte titulada “El hombre que pudo reinar” (John Huston - 1975). ¿Qué coño pasó en esas cabezas?
Porque
mira que es ridícula “Zardoz”. ¡Y mala de pelotas! No hay más.
Patética, envejecida y chusca en grado sumo, hasta el punto de producir
vergüenza ajena y eso que no conozco a estos dos mendas de nada…¡A Dios
gracias!. Sobre todo cada vez que aparece Sean Connery en
calzoncillos rojos, ataviado con bigote de nibelungo, cola caballuna y un pecho-lobo digno de película de Ozores...
La
historia, que pretende ser epatante y es risible hasta decir basta, se sitúa en
un futuro más o menos lejano, cuando la Tierra está poblada
por dos castas que no se mezclan entre sí: la de los Inmortales y la de los Brutales (¡¡¡No se vale reírse!!!). Estos viven o malviven –según- en condiciones de vida totalmente
diferentes. Los primeros son los privilegiados, quienes cortan la pana en ese
mundo. Habitan en un rincón maravilloso del planeta, no envejecen y han conseguido
vencer a la muerte. Frente
a estos, los mencionados Brutales sobreviven en condiciones precarias, sujetos a privaciones, en un mundo corrompido y desolador. Además están sometidos de
facto a esa casta de Inmortales, que los esclaviza a través del culto a Zardoz, el Dios al
que veneran (¡Siempre la puta religión!). El caso es que, no se sabe muy bien ni como ni porqué, aunque tampoco importa, el tal Zardoz elegirá de entre los Brutales a un hombrecillo llamado Zed –Sean Connery para los amigos- para provocar un conflicto entre castas. En concreto su misión consiste en invadir y destruir el
Vortex, el maravilloso rincón poblado por los Inmortales y que vendría a ser una suerte de Arcadia perdida de Hacendado. Como veréis, un guión digno del peor imitador de A.C. Clarke.
Pero
es que encima, el amigo Boorman pretende darle a su obra un tono de reflexión filosófica que echa pa’tras.
Son constantes las divagaciones en torno a los males de la inmortalidad, las bondades del
conocimiento, la necesidad del sexo y otras paridas surgidas de la mente de un
enfermo con las que dan ganas de gomitar (así,
con G, que es como vomitar pero a lo bestia). Eso sí, todo ello sesudísimo, hoyga... Y todo impregnado
de un erotismo de pacotilla, con profusión de mamellas y culamen en un entorno
claramente hippiesco… De pasmo, como
diría uno que yo me sé. Vamos, que me imagino yo al Boorman éste el día de la premiere al lado de los directivos de la
20th -¡que no sabrían ni donde
meterse!- y preguntándoles como en el chiste: “señores, ¿Qué les ha parecido la
ejecución?”. A lo que estos responderían aquello de “hombre, la ejecución igual
es un poquito fuerte, pero de un par de hostias no te libra ni el Dios Zardoz”.
Es evidente que me ha encantado.
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Dedicada a M. …with
love!!!




