Me ha gustado bastante este cómic en torno a la figura de Allende –y la de Pinochet-, escrita por un francés e ilustrada por un argentino. El francés es Olivier Bras y fue corresponsal para medios francófonos en Chile, además de colaborar con Juan Guzmán en el libro “En el borde del mundo - Memorias del juez que procesó a Pinochet”. De ahí que tire de su experiencia personal en el país transandino para montar una historieta que bien podría ser real. La de un chaval nacido en Chile pero criado en el extranjero, a dónde emigró junto a su familia a comienzos de los años setenta. Hijo de pinochetistas, recibe una imagen de Allende que poco o nada tiene que ver con la realidad. Años más tarde y gracias a una relación sentimental, acaba viajando a su país natal donde descubre una visión de la historia completamente diferente a la que le contaron. En paralelo a este descubrimiento, asistimos al auge y caída del recordado presidente chileno y a la traición del golpista militar porteño.
Más allá de la trama, la parte gráfica al cargo de Jorge González es muy interesante. Combina carboncillos, pasteles y lápices con técnicas cercanas al collage, dotando de una personalidad propia a cada viñeta del álbum. Muy chulo todo.
miércoles, 18 de octubre de 2017
lunes, 16 de octubre de 2017
El refugio de los canallas
El fader me regaló este libro por el día de mi cumpleaños. Al parecer lo recomendaron en la sección cultural del programa radiofónico líder de las mañanas del fin de semana. He de reconocer que me sorprendió, ya que suelo escuchar ese programa y me fío de lo que allí dicen. Sin embargo no me sonaba haber oído a Pino & Co hablar sobre la novelita de marras y de ahí el escepticismo con el que me introduje en su lectura. Bueno, para ser justos, probablemente se debiera a la saturación de gestos y símbolos que durante estos días dan la razón al Dr. Samuel Johnson en su archirepetida reflexión sobre el patriotismo que sirve de título a esta novela. El caso es que al final, me ha dejado un muy buen sabor de boca.
He leído por ahí que “El refugio de los canallas” es la novela de madurez del escritor, guionista y columnista Juan Bas. También que remite parcialmente a “Patria” de Fernando Aramburu. El problema es que no me he leído el que fuera el hit literario del pasado 2016. Eso y que antes de zambullirme en esta obra, desconocía de la existencia de su autor, así que no puedo valorar lo de la madurez. Bien es cierto que el bilbaíno tiene ya unos cuantos libros publicados. Entre ellos el que fuera Premio Euskadi de Literatura 2007 , “Voracidad”, o un sugerente “Tratado sobre la resaca” que trataré de agenciarme. Pero lo dicho, hasta ahora ni idea de este buen hombre.
Pero vamos a la mandanga.
La novela en cuestión va de terrorismo, sí. Y de banderas, también. El autor se basa tanto en historias que ocurrieron durante aquellos años del plomo -como el secuestro de J. A. Ortega Lara, el macabro asesinato de Ramón Baglietto, el caso Lasa- Zabala y otras operaciones de los GAL...-, como en personajes fácilmente reconocibles para quienes asistimos a la barbarie televisada del terrorismo. Juan Bas construye con ello una estructura compleja en la forma, a partir de saltos en el tiempo, pero bastante ágil y muy fácil de seguir. Concatena breves capítulos, siempre encabezados por el año en el que transcurre la acción –entre 1946 y 2015-, para que así nos ubiquemos y podamos situar cada momento.
Con esta fórmula conocemos las tragedias sufridas por un amplio abanico de personajes tocados directa o indirectamente por el terrorismo. Del mosaico destaca la historia protagonizada por “La Pantera”. Guapa y sanguinaria terrorista que evoca muy mucho a la figura de Idoia López Riaño aka “La Tigresa”. También la miseria vital de la madre del etarra Mairu, una fanática que con su odio acabará destruyendo a todos aquellos a quienes supuestamente quiere. Y como no la trama que recrea los orígenes del GAL y en paralelo el auge y caída de sus principales actores, con una mención muy especial para los últimos días en la indigencia del comisario Arnedo.
Como he dicho al comienzo, la novela es bastante chula. Te mantiene en vilo hasta el final y no se hace pajas mentales en un tema tan delicado como el que trata. Y se agradece.
He leído por ahí que “El refugio de los canallas” es la novela de madurez del escritor, guionista y columnista Juan Bas. También que remite parcialmente a “Patria” de Fernando Aramburu. El problema es que no me he leído el que fuera el hit literario del pasado 2016. Eso y que antes de zambullirme en esta obra, desconocía de la existencia de su autor, así que no puedo valorar lo de la madurez. Bien es cierto que el bilbaíno tiene ya unos cuantos libros publicados. Entre ellos el que fuera Premio Euskadi de Literatura 2007 , “Voracidad”, o un sugerente “Tratado sobre la resaca” que trataré de agenciarme. Pero lo dicho, hasta ahora ni idea de este buen hombre.
Pero vamos a la mandanga.
La novela en cuestión va de terrorismo, sí. Y de banderas, también. El autor se basa tanto en historias que ocurrieron durante aquellos años del plomo -como el secuestro de J. A. Ortega Lara, el macabro asesinato de Ramón Baglietto, el caso Lasa- Zabala y otras operaciones de los GAL...-, como en personajes fácilmente reconocibles para quienes asistimos a la barbarie televisada del terrorismo. Juan Bas construye con ello una estructura compleja en la forma, a partir de saltos en el tiempo, pero bastante ágil y muy fácil de seguir. Concatena breves capítulos, siempre encabezados por el año en el que transcurre la acción –entre 1946 y 2015-, para que así nos ubiquemos y podamos situar cada momento.
Con esta fórmula conocemos las tragedias sufridas por un amplio abanico de personajes tocados directa o indirectamente por el terrorismo. Del mosaico destaca la historia protagonizada por “La Pantera”. Guapa y sanguinaria terrorista que evoca muy mucho a la figura de Idoia López Riaño aka “La Tigresa”. También la miseria vital de la madre del etarra Mairu, una fanática que con su odio acabará destruyendo a todos aquellos a quienes supuestamente quiere. Y como no la trama que recrea los orígenes del GAL y en paralelo el auge y caída de sus principales actores, con una mención muy especial para los últimos días en la indigencia del comisario Arnedo.
Como he dicho al comienzo, la novela es bastante chula. Te mantiene en vilo hasta el final y no se hace pajas mentales en un tema tan delicado como el que trata. Y se agradece.
lunes, 2 de octubre de 2017
La "Música de mierda" no mola...
Parece obvio, ¿no? Y es que, como dice su autor, el periodista musical Carl Wilson, "200 millones de discos después Céline Dion sigue sin gustarle a nadie". Y a Dios gracias añadiría yo, aún sabiendo que no es cierto. Porque eso de que nadie aprecia los gorgoritos de la estomagante chillona de Charlemagne, es una mentira como un piano de cola. Vendría a ser como aquella leyenda que reza que nadie vota al PP en el entorno de uno. O como aquello otro de las meigas, que haberlas haylas. ¡Putos expedientes X!
Se supone que "Música de mierda” va sobre Céline Dion y el gusto. O mejor dicho el mal gusto. Y de la mierda de música que nos gusta y hasta tarareamos en público para vergüenza de los presentes. También pretende explicar algo acerca del esnobismo cultural. Y de la pugna cultura popular vs cultura de masas. Y otras muchas muchas cosas. Para eso Wilson tira de Paul Valéry, Whitman, Hume, Kant o Bourdieu. Pero ná... Ni por esas. El ensayo, como dice su título en español, es una piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Quizás no un ñordo catedralicio, pero desde luego dista mucho de ser la joyita literaria que han tratado de vendernos. Aparte de que en algunos aspectos está absolutamente desfasado. Ofreciendo escasas conclusiones y yéndose por los cerros de Úbeda con una pasmosidad que asusta.
O sea, que sí, que el gusto de gran parte de los mortales es pésimo. Que incluso los que presumimos de buen gusto musical aceptamos de buen grado nuestras dosis de mierdecilla en forma de vicios inconfesables, o reivindicados hasta con pose torera. Que el pop crea-diabéticos que se gasta la Dion es indefendible y sus power-ballads producen vergüenza ajena se pongan como se pongan sus fans alrededor del mundo. Que la humanidad, como tal, está sobrevalorada desde el affaire de Adán con la manzana y solo eso explica que gente como Céline sean referentes musicales para millones. Y también que está muy mal mirar por encima del hombro a otra persona por sus preferencias. Aunque tampoco esperarás que te feliciten si te pasas el día cantando el horror ese de “Titanic”. Vamos que sí… Pero para contar todo eso no hacía falta este ensayo con pretensiones literarias.
Pues eso.
Se supone que "Música de mierda” va sobre Céline Dion y el gusto. O mejor dicho el mal gusto. Y de la mierda de música que nos gusta y hasta tarareamos en público para vergüenza de los presentes. También pretende explicar algo acerca del esnobismo cultural. Y de la pugna cultura popular vs cultura de masas. Y otras muchas muchas cosas. Para eso Wilson tira de Paul Valéry, Whitman, Hume, Kant o Bourdieu. Pero ná... Ni por esas. El ensayo, como dice su título en español, es una piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Quizás no un ñordo catedralicio, pero desde luego dista mucho de ser la joyita literaria que han tratado de vendernos. Aparte de que en algunos aspectos está absolutamente desfasado. Ofreciendo escasas conclusiones y yéndose por los cerros de Úbeda con una pasmosidad que asusta.
O sea, que sí, que el gusto de gran parte de los mortales es pésimo. Que incluso los que presumimos de buen gusto musical aceptamos de buen grado nuestras dosis de mierdecilla en forma de vicios inconfesables, o reivindicados hasta con pose torera. Que el pop crea-diabéticos que se gasta la Dion es indefendible y sus power-ballads producen vergüenza ajena se pongan como se pongan sus fans alrededor del mundo. Que la humanidad, como tal, está sobrevalorada desde el affaire de Adán con la manzana y solo eso explica que gente como Céline sean referentes musicales para millones. Y también que está muy mal mirar por encima del hombro a otra persona por sus preferencias. Aunque tampoco esperarás que te feliciten si te pasas el día cantando el horror ese de “Titanic”. Vamos que sí… Pero para contar todo eso no hacía falta este ensayo con pretensiones literarias.
Pues eso.
miércoles, 27 de septiembre de 2017
El niño que...
Casi me olvido de deciros que leáis a este tío. Al menos esta novelita, que se lee en dos ratos y es magnífica. Si no lo hacéis a causa de mi recomendación, que sea por lo sugerente del título, que lo es y mucho. No lo negaréis.
Yo caí gracias a una mención en el twitter de no recuerdo quien. Y me topé con una obra angustiosa, emotiva, salvaje e incluso divertida en alguno de los pasajes. Preciosa en las formas, con una prosa poderosa de enorme belleza.
Nos cuenta el viaje iniciático de una pareja de hermanos, el Grande y el Pequeño, dentro de un pozo en medio de ninguna parte. Allí pasarán cerca de tres meses tratando de salir, luchando por sobrevivir al hambre, al frío, al hastío y también a la locura.
Como veis una trama muy sencilla, pero de gran poder metafórico. Bonita fábula para adultos.
Yo caí gracias a una mención en el twitter de no recuerdo quien. Y me topé con una obra angustiosa, emotiva, salvaje e incluso divertida en alguno de los pasajes. Preciosa en las formas, con una prosa poderosa de enorme belleza.
Nos cuenta el viaje iniciático de una pareja de hermanos, el Grande y el Pequeño, dentro de un pozo en medio de ninguna parte. Allí pasarán cerca de tres meses tratando de salir, luchando por sobrevivir al hambre, al frío, al hastío y también a la locura.
Como veis una trama muy sencilla, pero de gran poder metafórico. Bonita fábula para adultos.
lunes, 11 de septiembre de 2017
Los peligros de fumar en la cama
Ya os dije aquí que leyerais a la Enríquez, pero no me hicisteis caso.
Vuelvo a insistir, esta vez con la excusa de una nueva compilación de relatos que, pese a publicarse ahora, son anteriores a los incluidos en “Las cosas que perdimos en el fuego”. Absolutamente coherentes con aquellos, todo sea dicho, e igualmente prodigiosos. Y es que la inmersión en esos universos cotidianos, en los que de repente irrumpen elementos siniestros, es una de las mejoras cosas que me han pasado últimamente. Literariamente hablando, se entiende.
La autora argentina mantiene el pulso a través de doce nuevas-viejas historias de temática más perturbadora que oscura, que también. Una turbación que, lejos de ser mero cliché, define a las claras la seducción ejercida sobre el lector. Y da igual que sea a través de la experiencia de una niña que desentierra unos huesos que resultan no ser de animal o de las andanzas de un mendigo despreciado por las gentes de un barrio de clase media. El desconcierto es el mismo. Como con esa suerte de giros finales que, lejos de resultar impostados, apuntalan lo que parece ya marca de la casa. O esa manera de cerrar sin cerrar nada al final de la narración.
Con “Los peligros de fumar en la cama” se recupera el primer volumen de cuentos de Mariana Enríquez. Otra joyita manufacturada por una autora en estado de gracia y en la que ninguna de sus historias desmerece a la anterior. Con todo me han gustado especialmente un par de ellas. Aquella que se desarrolla en una Barcelona transformada en un escenario desconcertante más próximo al Raval filmado por González Iñárritu en “Biutiful” (2010). O el cuento protagonizado por una chica que siente una atracción fetichista y hasta malsana por el sonido de los corazones enfermos. ¡Que coño y el del rockero devorado! O el de los niños que vuelven y que tanto remite a aquella fantástica producción francesa con inolvidable sintonía de Mogwai.
Grande la Mariana -que no el Mariano- again.
Vuelvo a insistir, esta vez con la excusa de una nueva compilación de relatos que, pese a publicarse ahora, son anteriores a los incluidos en “Las cosas que perdimos en el fuego”. Absolutamente coherentes con aquellos, todo sea dicho, e igualmente prodigiosos. Y es que la inmersión en esos universos cotidianos, en los que de repente irrumpen elementos siniestros, es una de las mejoras cosas que me han pasado últimamente. Literariamente hablando, se entiende.
La autora argentina mantiene el pulso a través de doce nuevas-viejas historias de temática más perturbadora que oscura, que también. Una turbación que, lejos de ser mero cliché, define a las claras la seducción ejercida sobre el lector. Y da igual que sea a través de la experiencia de una niña que desentierra unos huesos que resultan no ser de animal o de las andanzas de un mendigo despreciado por las gentes de un barrio de clase media. El desconcierto es el mismo. Como con esa suerte de giros finales que, lejos de resultar impostados, apuntalan lo que parece ya marca de la casa. O esa manera de cerrar sin cerrar nada al final de la narración.
Con “Los peligros de fumar en la cama” se recupera el primer volumen de cuentos de Mariana Enríquez. Otra joyita manufacturada por una autora en estado de gracia y en la que ninguna de sus historias desmerece a la anterior. Con todo me han gustado especialmente un par de ellas. Aquella que se desarrolla en una Barcelona transformada en un escenario desconcertante más próximo al Raval filmado por González Iñárritu en “Biutiful” (2010). O el cuento protagonizado por una chica que siente una atracción fetichista y hasta malsana por el sonido de los corazones enfermos. ¡Que coño y el del rockero devorado! O el de los niños que vuelven y que tanto remite a aquella fantástica producción francesa con inolvidable sintonía de Mogwai.
Grande la Mariana -que no el Mariano- again.
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Soto Ivars, Foucault y Lewis Carroll
El otro día reflejaba por aquí cuan certero me había parecido el análisis que de la poscensura hace Soto Ivars en “Arden las redes”. Libro bien interesante cuya lectura recomiendo de nuevo. Me apetece recordarlo hoy, tras conocer que una mujer anónima ha perdido su empleo después de verter un comentario terrible sobre Inés Arrimadas en twitter.
Comentaba el murciano que si alguien se ofende contigo por lo que cuelgues en las redes, te linchará digitalmente. Aunque no lo haga él directamente. Se bastará de sus acólitos quienes te insultarán una vez hayan reconocido la diana que tienes pintada en la frente. Si hace falta, hasta recogerán firmas para que te despidan. Para echarte del trabajo, que es exactamente lo que le ha pasado a una usuaria de twitter por culpa de un tuit machista y violento que no pienso reproducir aquí. En este, como en demasiados casos, la justicia la han dictado las redes y todos tan contentos. Y perdonadme si me acojona vivir en un país en el cual una turba de mónguers anónimos tras un teclado es quién dicta las sentencias. Debe ser por deformación profesional.
Quizás no recuerde demasiadas cosas de cuando estudiaba en la facultad, pero sí tengo grabado alguna cosita. Simplezas y naderías, como aquella que reza que en un país serio y democrático, la justicia la dictan los jueces y que los castigos deben ser proporcionales al delito cometido. Esto último se llama principio de proporcionalidad penal y exige un juicio de ponderación donde se valora tanto la gravedad de la pena como el fin que se persigue con ella. En definitiva, que un despido laboral por poner un tuit en tu perfil personal durante tu tiempo libre, por muy terrible que este sea, por muy execrable que sea lo que en el se manifieste, no es admisible para un Estado que se jacta de ser de derecho cada cuarto de hora.
Y luego hay otra cosa. Tiene que ver con otro comentario vertido en la misma red por un eminente miembro del PP el mismo día. Otro repugnante tuit, en este caso racista, dirigido al teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona a cuentas de su ascendencia argentina. No seré yo quien propugne un linchamiento digital y las consiguientes consecuencias en forma de cese o expulsión de este impresentable. Pero sí me llama la atención como aquí la maquinaria ha funcionado de forma diferente. Supongo que esto va un poquito más allá de lo que explica Soto Ivars en su libro. Un complemento al mismo que tiene que ver con las relaciones de poder. Aquello que decía Foucault de que la verdad la dictan los que mandan.
En un conocido pasaje de “Alicia a través del espejo”, la protagonista de la historia se sorprende de que las palabras puedan significar cosas tan diferentes. “La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.” Pues eso. Y que miedo da todo, tú.
Comentaba el murciano que si alguien se ofende contigo por lo que cuelgues en las redes, te linchará digitalmente. Aunque no lo haga él directamente. Se bastará de sus acólitos quienes te insultarán una vez hayan reconocido la diana que tienes pintada en la frente. Si hace falta, hasta recogerán firmas para que te despidan. Para echarte del trabajo, que es exactamente lo que le ha pasado a una usuaria de twitter por culpa de un tuit machista y violento que no pienso reproducir aquí. En este, como en demasiados casos, la justicia la han dictado las redes y todos tan contentos. Y perdonadme si me acojona vivir en un país en el cual una turba de mónguers anónimos tras un teclado es quién dicta las sentencias. Debe ser por deformación profesional.
Quizás no recuerde demasiadas cosas de cuando estudiaba en la facultad, pero sí tengo grabado alguna cosita. Simplezas y naderías, como aquella que reza que en un país serio y democrático, la justicia la dictan los jueces y que los castigos deben ser proporcionales al delito cometido. Esto último se llama principio de proporcionalidad penal y exige un juicio de ponderación donde se valora tanto la gravedad de la pena como el fin que se persigue con ella. En definitiva, que un despido laboral por poner un tuit en tu perfil personal durante tu tiempo libre, por muy terrible que este sea, por muy execrable que sea lo que en el se manifieste, no es admisible para un Estado que se jacta de ser de derecho cada cuarto de hora.
Y luego hay otra cosa. Tiene que ver con otro comentario vertido en la misma red por un eminente miembro del PP el mismo día. Otro repugnante tuit, en este caso racista, dirigido al teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona a cuentas de su ascendencia argentina. No seré yo quien propugne un linchamiento digital y las consiguientes consecuencias en forma de cese o expulsión de este impresentable. Pero sí me llama la atención como aquí la maquinaria ha funcionado de forma diferente. Supongo que esto va un poquito más allá de lo que explica Soto Ivars en su libro. Un complemento al mismo que tiene que ver con las relaciones de poder. Aquello que decía Foucault de que la verdad la dictan los que mandan.
En un conocido pasaje de “Alicia a través del espejo”, la protagonista de la historia se sorprende de que las palabras puedan significar cosas tan diferentes. “La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.” Pues eso. Y que miedo da todo, tú.
viernes, 1 de septiembre de 2017
Poscensura by Soto Ivars
Este ameno librito nos habla de la poscensura. Censura posmoderna o nosecuantospuntocero caracterizada por no desarrollarse en un plano vertical sino horizontal. Es decir, que la cosa ya no viene de arriba hacia abajo, necesitando de un estado totalitario que lo respalde. Según Soto Ivars ahora la censura viene ejercida por la propia sociedad, nuestros iguales adscritos a grupos beligerantes de todo tipo y condición, desde animalistas hasta feministas, pasando por católicos, izquierdistas, independentistas, unionistas, fascistas… “…autista, egoísta, multicopista, artista, bromista, dentista, turista, sofista, carlista, corto de vista...” (Mamá Ladilla, “Alguien tiene que pagar” – “Power de mí”, 2001) El caso es que si dices algo que a alguien le parece incorrecto, ¡agárrate los machos! Se ofenderá y junto a sus compañeros de trinchera te lincharán digitalmente. Te insultarán, recogerán firmas para que te despidan o hacer boicot a tu espectáculo, exigirán la retirada de tus libros, etc...
Y de eso es de lo que va el ensayo del Soto Ivars. Que además está repleto de ejemplos para que entendamos bien como opera la poscensura y no tengamos que preguntarnos nunca más que coño es esta mierda. ¿Qué que es la poscensura? Dices mientras clavas en mi pupila, tu pupila azul. ¿Que es poscensura?¿y tú me lo preguntas? Poscensura eres tú…Y lo sabes.
Y de eso es de lo que va el ensayo del Soto Ivars. Que además está repleto de ejemplos para que entendamos bien como opera la poscensura y no tengamos que preguntarnos nunca más que coño es esta mierda. ¿Qué que es la poscensura? Dices mientras clavas en mi pupila, tu pupila azul. ¿Que es poscensura?¿y tú me lo preguntas? Poscensura eres tú…Y lo sabes.
miércoles, 2 de agosto de 2017
Meatbodies en el Loco
La semana pasada y casi de rebote tuve la suerte de disfrutar del bolarro que los Meatbodies ofrecieron en la sala El Loco. ¿Y quienes son estos tíos? ¿A santo de qué fuiste a verles? Pues mira, porque la cosa venía comandada por el mismísimo Chad Ubovich, conocido por su trabajo como guitarrista en las giras de Mikal Cronin, pero sobretodo por su desempeño como bajista en los Fuzz de Ty Segall.
La banda, que ya molaba un huevo con aquel “Meatbodies” de 2014 con el que se presentaron en sociedad –sobreviviendo a la alargada sombra del mencionado Ty Segall-, han dado un paso adelante y molan aún más con este “Alice” (2017), segundo álbum en su corta trayectoria. Un buen trallazo de psicodelia y garage experimental escuela californiana en el que, sin renunciar a las raíces, Ubovich & Cia tiran de un rollo más conceptual en las letras, todas ellas en torno a la guerra, la política y hasta la religión. Musicalmente se acercan a la parte más psicodélica y hasta psicotrópica de unos Black Sabbath o, por citar una referencia más actual, de King Gizzard and The Lizard Wizard. En todo caso, “Alice” presenta una versión más soft del garage californiano tysegalliano, en la senda del glorioso “Manipulator” (2014) del rubiales de Laguna Beach.
Todo esto fue defendido con brillantez en la tórrida noche valenciana. Fue en el marco de un show en el cual sobresalieron los contrastes imposibles, la energía sin fin y el rock multicapas de temas como “Disciples”, “Scavenger”, “Mountain”, "Creature Feature", “Kings” o “Disorder”, que se fueron sucediendo casi sin solución de continuidad para goce y disfrute de la juventud allí presente. Demasiado goce, añadiría yo. Aunque eso ya es otra historia y daría para otro post.
Gran parte de la ruidosa chavalada había venido a ver a sus colegas de Wild Ripple. Los teloneros de la noche. Banda local absolutamente desconocida para mí hasta ese momento. Y ello pese a haberse alzado con el primer premio del concurso de bandas organizado por las buenas gentes de La Gramola de Keith. El caso es que presentaban su disco homónimo de debut, facturado este mismo año y la verdad es que suena la mar de bien. De hecho, en el directo, como un cañón. Me dieron una muy buena impresión. Les seguiré.
Y eso es todo.
Bueno, eso y que nos hacemos mayores. Y se nota. Pa’ mal.
La banda, que ya molaba un huevo con aquel “Meatbodies” de 2014 con el que se presentaron en sociedad –sobreviviendo a la alargada sombra del mencionado Ty Segall-, han dado un paso adelante y molan aún más con este “Alice” (2017), segundo álbum en su corta trayectoria. Un buen trallazo de psicodelia y garage experimental escuela californiana en el que, sin renunciar a las raíces, Ubovich & Cia tiran de un rollo más conceptual en las letras, todas ellas en torno a la guerra, la política y hasta la religión. Musicalmente se acercan a la parte más psicodélica y hasta psicotrópica de unos Black Sabbath o, por citar una referencia más actual, de King Gizzard and The Lizard Wizard. En todo caso, “Alice” presenta una versión más soft del garage californiano tysegalliano, en la senda del glorioso “Manipulator” (2014) del rubiales de Laguna Beach.
Todo esto fue defendido con brillantez en la tórrida noche valenciana. Fue en el marco de un show en el cual sobresalieron los contrastes imposibles, la energía sin fin y el rock multicapas de temas como “Disciples”, “Scavenger”, “Mountain”, "Creature Feature", “Kings” o “Disorder”, que se fueron sucediendo casi sin solución de continuidad para goce y disfrute de la juventud allí presente. Demasiado goce, añadiría yo. Aunque eso ya es otra historia y daría para otro post.
Gran parte de la ruidosa chavalada había venido a ver a sus colegas de Wild Ripple. Los teloneros de la noche. Banda local absolutamente desconocida para mí hasta ese momento. Y ello pese a haberse alzado con el primer premio del concurso de bandas organizado por las buenas gentes de La Gramola de Keith. El caso es que presentaban su disco homónimo de debut, facturado este mismo año y la verdad es que suena la mar de bien. De hecho, en el directo, como un cañón. Me dieron una muy buena impresión. Les seguiré.
Y eso es todo.
Bueno, eso y que nos hacemos mayores. Y se nota. Pa’ mal.
viernes, 28 de julio de 2017
Hermana muerte
Hasta en tres ocasiones me había topado con el rostro de la muerte en la ciudad y ahora, en aquella primavera, volvíamos a vernos. Una noche -una de esas noches caleidoscópicas de locura, ebriedad y furia que conocí aquel año, cuando merodeaba por la gran avenida de la oscuridad de sol a sol, desde la medianoche hasta el amanecer, cuando el mundo entero se proyectaba a mi alrededor en una danza descomunal y enloquecida- vi morir a un hombre en el metro."Hermana muerte" es mi primera aproximación a la obra de este descomunal autor norteamericano. Un libro extraordinario. Novelita de poco menos de cien páginas a la que accedí por recomendación de un amigo. Pequeña joya que todo el mundo debería conocer. En ella Thomas Wolfe aborda el tema de la muerte desde el punto de vista de un personaje del cual nada sabemos y poco más sabremos. Visión truculenta a la par que poética sobre el momento final de cuatro personajes anónimos que se cruzan en la vida del narrador. Enmarcadas en diferentes circunstancias, aunque de alguna manera, siempre violentas. Todo esto le sirve al autor para introducir uno de sus temas favoritos: La soledad en la jungla de asfalto. Además la historia está repleta de imágenes bellísimas. Muy, pero que muy, recomendable.
lunes, 24 de julio de 2017
Fira de juliol 2017
Ya hace más de dos semanas que, fiel a la costumbre, acudí hasta los jardines de Viveros para participar de la Gran Feria de Julio, celebrada desde tiempos inmemoriales en la ciudad que me vio nacer. La ocasión bien lo merecía. Y es que, esa noche de viernes, compartían cartel los catalanes Manel y los valencianos Gener y Geografies. Y no solo por una cuestión cualitativa, a todas luces innegable, sino también por respaldar la decidida apuesta para normalizar el uso del valenciano y fomentar la cultura en nuestra lengua emprendida por los actuales gobiernos municipal y autonómico.
Por comenzar por el principio vamos con lo de Geografies. Se trata de una joven banda valenciana a quien apenas si conocía, más allá de haber escuchado un par de sus temas en bandcamp o de haber leído un puñado de buenas referencias, incluyendo nominaciones y premios de aquí y de allá, en el ámbito de la música en catalán. Acudían a presentar su último trabajo “De Creus Endins” (2016) que viene a ser la manera de nombrar, en Valencia, a la ciudad interior, por oposición al área metropolitana. Y que tiene relación con la forma histórica de marcar con cruces los límites administrativos del Cap i Casal. Los chicos estuvieron voluntariosos, lo cual les bastó para marcarse un bolo resultón que no pareció decepcionar a nadie, incluyendo a aquellos que acudimos al llamado con pocas referencias y aún menos expectativas. Presentan una propuesta de pop-rock en su/mi lengua vernácula, que si bien no suena a nada nuevo, ni parece pretenderlo, dignifica una lengua, la de Ausiàs March o Vicent Andrés Estellés, tan maltratada durante demasiado tiempo por propuestas musicales de ínfima calidad.
Respecto a Carles Chiner y sus Gener, ¿qué queréis que os diga que no haya escrito ya? Y es que mi idilio con la banda de Benaguasil va viento en popa y el show de Viveros no hizo sino reforzarlo. Si acaso sirvió para aumentar, más si cabe, la estima que les tengo. Agradeciendo el día en que decidieron pasar del blues de secano, para navegar entre la psicodelia, el soul, el góspel, el rock y hasta el cant d’estil. El bolo fue glorioso como corresponde a una banda en estado de gracia. Un directo cojonudo en el cual destacaron esos juegos vocales marca de la casa, así como los momentazos guitar hero de Carles, siempre presto a endurecer hasta aquellas composiciones más delicadas. Con un setlist integrado casi en su totalidad por los cortes de “Oh! Germanes”, pero sin olvidar lo mejorcito de aquel “El Temps del Llop” que les dio a conocer. Si bien lo mejor de la noche vino de la mano de una versión. Y es que para sorpresa de propios y extraños Gener decidió recuperar ese emocionante himno del Ovidi titulado “Cançò de Llaurador”. No exagero si os digo que, solo por ese momento, ya hubiera valido la pena pagar entrada.
El final de la noche quedó reservado para Manel y la enésima presentación de su último álbum “Jo Competeixo”. Celebrado cuarto disco del cuarteto barcelonés con el que, a diferencia de los tres anteriores, he sido incapaz de disfrutar. Y es que la huida desde aquel folk casi jaranesco de sus orígenes, hacía ese pop mucho más estándar, pulido y hasta anodino, como que no me acaba... Eso por no hablar de la inclusión de ciertos toques electrónicos a su sonido. Matices que, en ocasiones, llegan a sonar ridículos. Pero bueno…. Pese a la decepción por la deriva, he de confesar que en sus directos lo suelo pasar realmente bien. Este no fue la excepción. Y es que los tipos van tan sobrados sobre el tablao y atesoran ya tal número de jitazos, que a poco que se esfuercen se ganan al respetable. En esta ocasión tiraron más de lo deseable de sus últimas composiones. Vale. Reconozco que, en general dignificaron varios de los peores cortes del decepcionante “Jo Competeixo”. Aunque lo mejor fue el recurso a los clásicos, que también gozaron de su espacio y a Dios gracias. Con una mención más que especial para esa preciosidad titulada “Ai, Dolors”, de su primer álbum, y también para la deliciosa a la par que triste “Criticarem les noves modes de pentinats”, de su segundo. En fin, que estuvieron más que correctos. Y disfrutables como siempre. Al menos hasta el momento. El tiempo dirá como va la cosa.
Bueno... Y eso es todo...
L’any que ve, més.
Por comenzar por el principio vamos con lo de Geografies. Se trata de una joven banda valenciana a quien apenas si conocía, más allá de haber escuchado un par de sus temas en bandcamp o de haber leído un puñado de buenas referencias, incluyendo nominaciones y premios de aquí y de allá, en el ámbito de la música en catalán. Acudían a presentar su último trabajo “De Creus Endins” (2016) que viene a ser la manera de nombrar, en Valencia, a la ciudad interior, por oposición al área metropolitana. Y que tiene relación con la forma histórica de marcar con cruces los límites administrativos del Cap i Casal. Los chicos estuvieron voluntariosos, lo cual les bastó para marcarse un bolo resultón que no pareció decepcionar a nadie, incluyendo a aquellos que acudimos al llamado con pocas referencias y aún menos expectativas. Presentan una propuesta de pop-rock en su/mi lengua vernácula, que si bien no suena a nada nuevo, ni parece pretenderlo, dignifica una lengua, la de Ausiàs March o Vicent Andrés Estellés, tan maltratada durante demasiado tiempo por propuestas musicales de ínfima calidad.
Respecto a Carles Chiner y sus Gener, ¿qué queréis que os diga que no haya escrito ya? Y es que mi idilio con la banda de Benaguasil va viento en popa y el show de Viveros no hizo sino reforzarlo. Si acaso sirvió para aumentar, más si cabe, la estima que les tengo. Agradeciendo el día en que decidieron pasar del blues de secano, para navegar entre la psicodelia, el soul, el góspel, el rock y hasta el cant d’estil. El bolo fue glorioso como corresponde a una banda en estado de gracia. Un directo cojonudo en el cual destacaron esos juegos vocales marca de la casa, así como los momentazos guitar hero de Carles, siempre presto a endurecer hasta aquellas composiciones más delicadas. Con un setlist integrado casi en su totalidad por los cortes de “Oh! Germanes”, pero sin olvidar lo mejorcito de aquel “El Temps del Llop” que les dio a conocer. Si bien lo mejor de la noche vino de la mano de una versión. Y es que para sorpresa de propios y extraños Gener decidió recuperar ese emocionante himno del Ovidi titulado “Cançò de Llaurador”. No exagero si os digo que, solo por ese momento, ya hubiera valido la pena pagar entrada.
El final de la noche quedó reservado para Manel y la enésima presentación de su último álbum “Jo Competeixo”. Celebrado cuarto disco del cuarteto barcelonés con el que, a diferencia de los tres anteriores, he sido incapaz de disfrutar. Y es que la huida desde aquel folk casi jaranesco de sus orígenes, hacía ese pop mucho más estándar, pulido y hasta anodino, como que no me acaba... Eso por no hablar de la inclusión de ciertos toques electrónicos a su sonido. Matices que, en ocasiones, llegan a sonar ridículos. Pero bueno…. Pese a la decepción por la deriva, he de confesar que en sus directos lo suelo pasar realmente bien. Este no fue la excepción. Y es que los tipos van tan sobrados sobre el tablao y atesoran ya tal número de jitazos, que a poco que se esfuercen se ganan al respetable. En esta ocasión tiraron más de lo deseable de sus últimas composiones. Vale. Reconozco que, en general dignificaron varios de los peores cortes del decepcionante “Jo Competeixo”. Aunque lo mejor fue el recurso a los clásicos, que también gozaron de su espacio y a Dios gracias. Con una mención más que especial para esa preciosidad titulada “Ai, Dolors”, de su primer álbum, y también para la deliciosa a la par que triste “Criticarem les noves modes de pentinats”, de su segundo. En fin, que estuvieron más que correctos. Y disfrutables como siempre. Al menos hasta el momento. El tiempo dirá como va la cosa.
Bueno... Y eso es todo...
L’any que ve, més.
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