martes, 3 de marzo de 2009

La dignidad de los perdedores: “El luchador”


El pasado fin de semana fui al cine a ver “El luchador”, la última peli dirigida por mi adorado admirado Darren Aronofsky. Cuenta con Mickey Rourke en el papel principal, en una interpretación que le ha valido la obtención de un Globo de Oro, además de la nominación a los Oscars. La del cenicero humano, tal como Kim Bassinger lo rebautizara en 1986, es una suerte de resurrección que recuerda mucho a la protagonizada por John Travolta gracias a Quentin Tarantino y “Pulp Fiction”. Encima, este cuarto trabajo en la trayectoria del director canadiense, también fue premiado con el León de Oro durante el pasado Festival de Venecia.

La cinta cuenta la historia de Randy “The Ram” Robinson, un luchador profesional de wrestling -el pressing catch de toda la vida-, que tras haber sido una estrella en los ochenta, ahora malvive combatiendo en cuadriláteros de tercera categoría. Cuando los golpes recibidos empiezan a pasarle factura, decide poner un poco de orden en su vida. Lo intenta acercándose a una hija a la que abandonó de pequeña. También con el amor hacia Cassidy, una stripper treintañera que, al igual que él, ya ha visto pasar sus días de gloria. Y es que la película tiene mucho de elegíaca. Tanto el personaje de Randy como en el de Cassidy son conscientes de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero les cuesta reconocerlo. Más en el caso de Ram quien, destrozado física y sentimentalmente, no ceja en el empeño de alcanzar un sueño imposible consistente en retornar a la cima del wrestling dos décadas después.

En este sentido me parecen muy significativas un par de escenas que muestran el nivel de decadencia del personaje. La primera se produce cuando Randy comparte con un vecino de la barriada de autocaravanas en la que malvive, varias partidas en una vieja Nintendo. Juegan a un videojuego de lucha libre de los ochenta protagonizado por el propio Ram y el chaval no tarda en aburrirse con algo tan antiguo y pixelado. Acostumbrado a cosas más de su edad, el crío pregunta a Randy si conoce el Call of Duty 4. Esta secuencia concentra el discurso amargo y a la vez épico de “El luchador”. La crónica del fracaso de un ser humano que depositó todas sus esperanzas en espejismos a costa de su alienación sentimental. Y a quien, finalmente, solo resta la dignidad de apurar hasta el fondo el sentido de la vida que forjó para sí. Topo ello simbolizado en un mísero videojuego que recrea su instante de mayor gloria deportiva, acaecido veintitantos años atrás.

La otra escena se desarrolla cuando los dos personajes principales comparten cervezas en algún antro e inician una conversación sobre las bondades del rock ochentero. “¡Eso sí que era música!”, afirman al unísono, refiriéndose a roqueros de pelo cardado como los Guns n’Roses o Mötley Crüe… “Hasta que apareció el maricón de Cobain para joderlo todo”. La conversación termina con el luchador lamentándose de que los 90 son una puta mierda. Simbólica contraposición entre dos décadas y dos estilos musicales. Los 80 con los máximos exponentes del heavy metal californiano, cuyos hits hablan de chicas, alcohol y diversión; Vs los 90, la década del grunge, con la horda de grupos surgidos de Seattle y alrededores, con sus odas al desarraigo y la autodestrucción. Lo curioso es que tanto Ram como Cassidy añoran el espíritu de los 80, pese a que sus vidas tienen más que ver con el signo de la década posterior. La que vio triunfar a Vedder, Cornell o Staley.

Podrían comentarse muchas más cosas sobre el film, sus protagonistas, la ambientación o las lecturas y símbolos buscados por Siegel –el guionista- y Aronofsky. También criticar la aparente simpleza del planteamiento e incluso aludir a películas anteriores que ya trataban estos mismos temas mejor o peor. O ver las similitudes que presentan otras producciones cuya temática principal tiene que ver con el mundillo pugilístico. Todo lo que queráis, pero nada de eso rebajaría la consideración de P E L I C U L Ó N -así, con mayúsculas-. Es más, aun con las premiaciones de la última gala de los Oscars en la retina, me permito afirmar que “El luchador” de Aronofsky es bastante mejor que todas las producciones galardonadas. Especialmente si la comparamos con la ganadora de la noche, “Slumdog Millionaire” de Danny Boyle. Una historia mucho más simple y limitada que ésta pero que gracias a la promoción, el auto bombo y el exotismo de postal, ha tenido un mejor tratamiento por parte de la crítica y la consiguiente acogida por parte del gran público.

Mención aparte merece el desempeño de Marisa Tomei en el papel de Cassidy, como Mickey Rourke en el papel de Ram. Ambos lo bordan. Y es que el comeback del bueno de Mickey, otrora chulazo oficial de La Meca hoollywoodiense, ha permitido que viésemos su mejor actuación de siempre. No me explayaré en esto, más allá de recomendaros el fantástico artículo “Los demonios de Mickey Rourke” que apareció publicado en El País Semanal.
Y eso es todo. Id a verla mangurrinos.

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