Los millones
Santiago Lorenzo
Libros Mondo Brutto
205 págs.
¿Los millones? Su reino no es de este mundo. ¿De qué reino
hablamos? De uno que sobrevive perdido, aislado, olvidado, una meseta
80’s que –contra todo pronóstico- vuelve a nosotros en pleno 2011,
acarreando algo de paz para combatir el desasosiego y la presente
banalidad de base. Pero no me entiendan mal: Los millones no es
un libro ochentas; simplemente está ambientado allí. En 1986, para ser
exactos. Esta sensacional novela, por añadidura, ostenta la más escueta y
a la vez descriptiva nota de contraportada que hemos visto jamás:
“Marzo de 1986. A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas
en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI”.
Pero esta (por otra parte) fabulosa reducción de trama podría llevarles
a engaño, porque Los millones dista mucho de ser una noveleta-con-guiño, una broma pulp con
aroma cañí, por mucho que transcurra en el Madrid de mediados de los
ochenta y por mucho que su protagonista sea “terrorista”. He aquí una
novela que podría ser descrita como “analógica”, de la forma en que
Thomas Pynchon se refirió alStone Junction de Jim Dodge. Un
libro que, tanto por su celebración de las cosas que ya no existen, por
su inherente panegírico a ese mundo (a ese Madrid) en vías de
desaparecer, como por su lenguaje deliberadamente anacrónico, como por
su rechazo a truquitos metaliterarios o fragmentación posmo, podría ser
de cualquier época, perenne, inmutable. Noventayochista, si me permiten
exagerar. Esta es, entonces, una novela pre-tecnológica,
pre-globalización, escrita por alguien que aún está enamorado de
Salgari, Verne, Chesterton, el Valle-Inclán de Luces de bohemia y
Conan Doyle, ajeno a los dimes y diretes del mundo editorial, sus modas
y bagatelas, sus pisaverdes y sus pelmazos. Una novela casi de
aventuras, solo que en lugar de suceder la acción en un altiplano
perdido de la Amazonia o en un bajel pirata que sortea el Cabo de Hornos
(o en un café de 1924), su adictiva trama se nos presenta en un
maravilloso Madrid 1986 preservado para nosotros con el amor y el
cuidado de un veterano entomólogo.
La trama detectivesco-conspirativa de Los millones, como habrán
imaginado, es solo un pequeño encanto de los muchos que pasea por ahí
esta remarcable obra. Uno pasa las páginas con furia, enfrentado a un
misteriete que tiene tanto de El hombre que fue jueves como de The Ipcress file.
Pero lo que deja más poso, lo que le rompe a uno el corazón, es su
maravillosa oda a un mundo que parecía eterno, y resultó no serlo. En
ese sentido, Los millones es una obra nostálgica, de la forma
menos imbécil, menos barata y menos estéril posible: una novela que
celebra la sociedad, comunidad y forma de vida de 1986, un universo que
aún era remarcablemente parecido al de 1886, un medio ambiente que
creíamos destinado a la eternidad, y que hacia mitades de los 90 nos
arrancaron de debajo de los pies sin avisar ni pedir permiso. Piensen en
el reciente “My town” de The Wild Swans, o el “Losing Haringay” de The
Clientele, o la penúltima novela de Jonathan Coe, y entenderán el
sentimiento subyacente aquí; incurable pesadumbre por lo que ya no existe.
Los millones, por tanto (sin caer jamás en la sensiblería Reader’s Digest,
o el afectado kitsch gilipollas del que luce una camiseta de
Naranjito), le canta a Radio Ochenta Serie Oro, a la cazalla y los
botellines, a las chupas de “termoforro”, a la prensa deportiva, los
Bonys y el mundo social pre-Facebook, pre-móviles, pre-subnormalidad. En
ese sentido, como obra que aplaude a un planeta 80’s tan seguro de su
permanencia como inquieto por el futuro, la novela es insuperable. Es
irónico, asimismo, que el responsable de describir esa sociedad sea,
precisamente, un protagonista forzado a la marginación y a la
asocialidad, pero tal vez sea su estática soledad la que realza la vida
de una ciudad que vivía en la calle; o, más concretamente, en los bares
de ésta. Y es que Los millones es también un canto al bar, a
sus costumbres, hábitos, clichés y particularidades, a sus leyes y su
aspecto, tanto interior como exterior. Desde luego, solo alguien que
haya pasado media vida en bares y bodegas (ver lista de julio-agosto)
puede ser capaz de plasmar con semejante meticulosidad molecular el
maremoto de detalles y referencias que pueblan la prosa del libro. Como
el propio autor reconoce al final, “todas las localizaciones de la
novela son reales, y funcionaban como tales en 1986”. Ni que lo jures,
Lorenzo.
No obstante, debemos insistir, esta no es una novela vivencial. Su
propósito final es ese entretenimiento de vieja escuela, Jardielesco y
Mihurista, que los cráneos previlegiados de la literatura
actual rehúsan tocar, y que tan en falta se echa en las librerías de
hoy. Y a la vez, esas aventuras son la excusa para hablar con grandioso pathos de
la soledad y la supervivencia, de lo dañina que es la carestía amical,
del hueco en el alma que horada la falta de seres a quien amar, y a la
vez a las posibilidades redentoras del amor romántico, del compadreo
eterno, del encuentro de la media naranja. Por si esto fuese poco, casi
inadvertidamente, Santiago Lorenzo erige simultáneamente un manual para
el ahorro, un decálogo para arreglárselas con pocas perras, que
apreciaran todos los manirrotos patológicos y dados al dislate
pecuniario.
Como todo debe encajar, quizás sepan ya que Santiago Lorenzo es además
artista pre-tecnológico (no se pierdan sus esculturas-híbrido de
modelismo amueblante), cineasta (suyas son Mamá es boba y Un buen día lo tiene cualquiera,
además de varios cortometrajes premiados aquí y allá), señor con cola
de caballo y amante fatal de una buena barra de bar. Es decir: un humano
al que desearíamos conocer, abrazar, sepultar en lisonjas, abrumar
mediante brindis de repetición y, ya juntos y ebrios, maldecir la
dictatorial intangibilidad y estulticia de estos tiempos nuevos, nada
salvajes. Compren su libro, por favor.
Kiko Amat