jueves, 11 de marzo de 2010

Lillágoras, sofista y esteta del balón


Ayer vi en el Telediario como Juanma Lillo, actual técnico de la UD Almería, se deshacía en elogios con Pep Guardiola, su discípulo y amigo. Ya son varias las veces en las que Lillo ha salido a la palestra defendiendo, no se de qué, al actual técnico del FC Barcelona. Los medios de comunicación han visto el filón y cuentan mucho con la pedantería del tolosarra cuando se trata de hablar del de Santpedor. Lo de pelotear a Guardiola vende en estos momentos y en ese cometido no hay nadie como Lillo, vendedor estrella de la fábrica de "pelotas". Ojo, no pretendo criticar con esta entrada que se le de bombo a Guardiola, el cual se merece esto y mucho más por todo lo que lleva conseguido al frente de su equipo. Lo que me molesta es la omnipresencia de Lillo que, con su jerga pedante e intencionadamente confusa, acaba siempre sacando pecho por haber “descubierto” al Pep entrenador (“nació para ser entrenador”). Se ve que es más fácil obtener tus minutos de gloria a costa del trabajo de los demás, porque si nos hemos de remitir a su trayectoria, no ha hecho méritos como para tener semejante cobertura mediática.

Cuenta el técnico vasco, que ese descubrimiento se produjo cuando ambos coincidieron en los Dorados de Sinaloa, de la Primera División Mexicana, en la temporada 2005 - 2006. Allí se hicieron muy amigos y también “quedaron enamorados de la nítida salida del balón de los conjuntos aztecas”, aprendiendo mucho con ello. El caso es que podría haber aplicado sus conocimientos al club que le pagaba por aquel entonces, porque los pobres Dorados acabaron esa temporada descendiendo de categoría.

A mi Lillo no es que me caiga mal, pero me parece que no da la talla para estar donde está. Su curriculum como entrenador no pasa de mediocre y tan sólo su labia le ha hecho aparecer de vez en cuando en televisiones y radios. Parece un futbolista frustrado que quiso ser filósofo y acabó por ser entrenador… pobre UD Almeria. El típico que sabe explicarle a todo el mundo como se hacen las cosas, pero después es incapaz de aplicarse el cuento a sí mismo.

Además con Lillo me pasa otra cosa. Es de esos tipos que me provocan que cambie de canal en cuanto aparece en pantalla. Decía Laura, en una reciente entrada en su blog, que si alguien quiere que su hijo no lea y prefiera salir de farra salvaje, poniéndose de coca hasta las trancas, nada mejor que obligarle a ver alguna de esas patéticas tertulias literarias que nos ofrecen las noches televisivas. Pues con Lillo pasa algo parecido, si uno quiere que sus hijos se hagan obesos y se enganchen a la videoconsola, la fórmula consiste en ponerle en sesión non stop las “obras escogidas” de Juanma Lillo. Seguro que se le quitan las ganas de hacer deporte para toda la vida.  

Decía Bakunin en las páginas de "Dios y el Estado" que "la Iglesia puede convertir a un genio en charlatán y a un charlatán en un genio" La tele también puede.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Surf-O-Rama '2010


Transcurridos un par de días desde que se puso el cierre al Festival Surforama 2010, con la cabeza más despejada y con un recopilatorio de The Shadows sonando en mi reproductor, paso a relataros mi visión de lo allí acontecido. Para esta edición, la organización había distribuido las actuaciones en tres días, los que iban del 4 al 6 de marzo. Ni del jueves 4, ni de la matiné celebrada el sábado, os puedo decir nada. Nos hacemos mayores y necesito racionar las salidas nocturnas y los consiguientes desbarres alcohólicos, para no acabar mal. Además quería disfrutar en plenitud de la música, al fin y al cabo el motivo fundamental para asistir a este tipo de eventos, a pesar de lo os digan esa plaga conocida como los fibers.

El viernes actuaron primero Los Infraseres, que debieron pasar sin pena ni gloria por el tablao. Después fue el turno del proyecto conjunto de Fernando Pardo (Los Coronas) y los Imperial Surfers, denominado Fernando Pardo y los Imperial-Tones (un dechado de originalidad!!!).Y para cerrar, nada mejor que esa marcianada de banda de versiones de los Ramones en clave surf y que atiende al nombre de los Ramonetures (Los Ramones + los Ventures). Precisamente la actuación de estos últimos era la más esperada de la noche y posiblemente de todo el festival. Era la única actuación que los chicos de Mel Bergman, guitarrista original de los Phantom, iba a dar en España. Si a eso le unimos que todo lo que suene a Ramones, más allá que sea en clave surf o no, congrega a cientos de personas en esta ciudad, pues os podéis imaginar como se puso la sala. Y la espera bien mereció la pena. Asistimos a una potente actuación en la cual Ramonetures desgranaron la práctica totalidad de su disco tributo a los chicos del Hey oh! let’s go!!! Un elepé compuesto por dieciseis temas, casi todos ellos interpretados esa noche. Imprescindible para cualquier fan de los Ramones. Pero como servidor no lo es, pues ni lo tiene ni se lo compró en el stand de ventas que había en la sala. Lo que no quita para que disfrutara como un enano durante su actuación.

Aunque si tengo que elegir algo de lo presencié esa noche, sin duda alguna me quedo con el pedazo de concierto que nos ofrecieron Fernando Pardo y los Imperial-Tones. Una actuación que hubiera sido redonda, si el amigo Fernando no se hubiera empeñado en ejercer de humorista entre canción y canción. Con todo y con eso fue una pasada, un ejercicio de virtuosismo al cargo de estos cinco músicos curtidos en mil batallas y que ostentan el honor, desde mi humilde opinión, de ser los artífices de algunas de las mejores versiones de Dick Dale que uno recuerde.

De los conciertos del sábado, tan sólo decir que los Born Losers estuvieron correctos, pero sin más. No es que lo hicieran mal, simplemente no les lució. Encima tuvieron la mala suerte de compartir escenario con dos bandas que les pasaron por encima, resultando los claros perdedores de la velada. Al menos así le hicieron honor a su nombre... quien no se consuela es porque no quiere... Aunque el mítico surfero californiano Eddie Bertrand, tampoco anduvo muy sobrado. ¿Pero cuál fue la diferencia con los "nacidos perdedores"? Pues hombre, que Eddie Bertrand es un mito viviente, mientras que a estos barceloneses no los conoce mucha gente más allá de nuestras fronteras. Lo cierto es que muchos nos habíamos dado cita allí, con el casi único propósito de ver, en vivo y en directo, al genial guitarrista de los 60. Uno de los pioneros del surf, primero formando parte de The Bel-Airs y posteriormente al frente de los imprescindibles Eddie & The Showmen. Estamos hablando del tipo al que muchos responsabilizan de la explosión de la música surf en la soleada California.

Para cerrar la noche y la edición 2010 del Surforama, nadie mejor que The Kongsmen, también de Barcelona. Desde mi punto de vista y atendiendo a criterios exclusivamente musicales, lo mejor de la noche. Los reyes del rock’n’roll simiesco, enfundados en sus caretas de gorila, se lo curraron a base de bien. Consiguiendo con ello que todo el respetable bailoteara con sus fantásticos riffs de guitarra y su particular manera de entender e interpretar los sonidos más surferos.

En fin, un buen festival, bastante bien organizado y al que sólo le sobró el espectáculo de danzas polinesias entre banda y banda. Un pelín ridículo, la verdad. Con todo y con eso, seguro que nos vemos en el Surforama 2011… let’s go surfin’!!!

lunes, 8 de marzo de 2010

Cayendo en picado

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Una de las cosas con las que más disfruto en esta vida es con el cine. Me encanta sentarme en una butaca ante la pantalla o apalancarme en el sofá de mi casi ante el televisor para ver una buena película. Es más, el mero hecho de ver cine ya me produce placer, independientemente de que la película sea peor o mejor (si es buena, por descontado que disfruto más). Y es que, como ya he dejado escrito en alguna ocasión, más que un cinéfilo me considero un cinéfago, consumidor de cualquier cosa con apariencia cinematográfica que caiga en mis manos. ¿He dicho cualquier cosa? Pues me he equivocado, quise decir “casi” cualquier cosa. Incluso a mi poco exigente paladar le cuesta tolerar algunos productos. Por eso eludo ver cualquier engendro, aka película, de la cual participe la señora (o señorita) Sandra Bullock.

Pero mira tu por donde, este año parece que va a ser el de esta mujer. Anoche, sin ir más lejos, ganó el Oscar a la mejor actriz principal por su participación en “The blind side” (John Lee Hancock, 2009), aún por estrenar en España. Hace unas semanas, por ese mismo papel, fue galardonada con el premio a mejor actriz dramática en la ceremonia de entrega de los Globos de Oro. Me lo expliquen. Porque si hay una actriz mala, que digo mala, nefasta, dentro del actual panorama cinematográfico esa es Sandra Bullock. La tipa que perpetró “28 días”, “Prácticamente magia” o “Miss agente especial 1 y 2” (la tres está al caer) no puede, y remarco NO PUEDE, ganar un Oscar. Coño, ¡que no!, que unos premios que se consideran serios no pueden/deben incluir en su palmarés a gente como Sandra Bullock… isn't posible y punto… estoy dispuesto a aceptar el que le dieron a Julia Roberts en el 2000 por “Erin Brockovich”, ok, “aceptamos pulpo como animal de compañía”, pero a la Bullock ni de coña  ¡¡¡por favor!!!

Y es que desde que tuviera lugar la primera ceremonia de entrega de los premios Oscar, el día 16 de mayo de 1929, nunca se había caído tan bajo. Hostias, que uno repasa el palmarés del premio y ve como lo han honrado señoras del nivel de Meryl Streep, Hellen Mirren, Emma Thompson, Shirley McLane, Katharine Hepburn, Diane Keaton, Simone Signoret, Loretta Young, Claudette Colbert… ¡y  ahora Sandra Bullock!... manda huevos.   

Para los carcamales de la Academia hollywoodiense ha sido suficiente con que la Bullock sea considerada la reina del “slapstick” amable, con sus habituales toñas y su seguido de patochadas supuestamente graciosas/simpáticas. Y como a la mindundi le ha dado ahora por reciclarse y dárselas de actriz dramática, pues han decidido que estaría bien recompensarla por su demostrada solvencia y variedad de registros, ¿que tal? Así de barato está ganar un Oscar hoy día. Serán los efectos de la crisis… Aunque ya puestos, cualquier día nominarán a Jean Claude Van Damme. Y visto lo visto, es hasta injusto que no lo hayan hecho ya por interpretarse a si mismo en "JCVD". De seguir esa línea, no le descartemos para futuras ediciones. 

Aunque lo más marciano de todo, es que la tía ha ganado en un mismo año el Oscar y su némesis, el Razzie Award (en este caso por “Loca obsesión” - Phil Traill, 2009). Todo ello suena muy coherente y muy razonable. ¿Se puede ser el mejor y el peor actor en un mismo año? Sandra Bullock puede. Yes she can!!!

viernes, 5 de marzo de 2010

Retorno al cine carcelario

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De entre la enorme cosecha de películas que nos deparó el pasado año 2009, dos de las que más me gustaron fueron “Celda 211”, dirigida por Daniel Monzón y la recientemente estrenada en España “Un profeta”, del francés Jacques Audiard. Ambas tienen en común, que su desarrollo fundamental transcurre dentro de una prisión, bien es cierto que en circunstancias muy diferentes. Pero en ambos casos eso le sirve de pretexto a su  director para mostrarnos como se las gastan un buen número de tipos duros privados de libertad.  

El interés por filmar lo que ocurre entre los muros de una prisión, es algo que se repite desde los albores del séptimo arte, siendo ya muchas las películas que se han hecho con esta temática. No todas ellas siguen idéntico patrón, pero al menos sí suelen abordar, de forma más o menos acertada, las complejidades de la condición humana. En todas ellas la cárcel es un personaje más, en ocasiones el auténtico protagonista, otras veces compartiendo galones con los presos del penal (como en “La leyenda del indomable”), o con los policías y/o funcionarios de la prisión (“La milla verde”, “Brubaker”). En un gran número de estos films, la trama se centra en los planes de fuga de uno o varios de los prisioneros. Son tantas de hecho, que podríamos considerarlo como un subgénero dentro del cine carcelario. Aunque incluso entre estas últimas existen claras diferencias. No es lo mismo el carácter verbenero de la aventura en la que se embarcan Michael Caine, Stallone, Pelé y el resto de participantes en “Evasión o victoria”, que la amargura de “Papillon”, por mucho que Franklin J. Schaffner se preocupara de edulcorar la historia de ese para de infelices brillantemente interpretados por Dustin Hoffman y Steve McQueen.  

Además, gracias a este genero, hemos incorporado a nuestro imaginario míticas prisiones como Sing Sing, San Quintín, Folsom o, sobretodo, Alcatraz. ¿Quién no ha visto alguna película cuya historia transcurra en los confines de la Roca?  Títulos como “Fuga de Alcatraz” de Don Siegel, o “El hombre de Alcatraz” de John Frankenheimer, en las que se narra la fuga protagonizada por Frank Morris y los hermanos Anglin, o el paso por este penal de Robert F. Stroud, “the birdman of Alcatraz”. Recientemente tuve la suerte de poder visitar la isla de Alcatraz, ubicada en el centro de la bahía de San Francisco a pocos kilómetros de la costa. Allí pude ver una exposición sobre las diferentes visiones que el mundo del cine ha dado de esta mítica prisión federal, hoy día clausurada. También pude ver la ruta que siguieron los fugados retratados en la película de Siegel y los “muñecos” que hicieron servir para hacerles creer a los vigilantes que se hallaban durmiendo en sus celdas. Igualmente, me enteré que “Birdman” Stroud era un tipejo malcarado con el que había que tener mucho cuidado y que nunca tuvo su clínica para pájaros en esta prisión. En realidad Stroud tuvo sus aves en la Penitenciaría de Leavenworth en un período anterior a ser transferido a la Roca. Ahora que lo pienso fue una visita muy interesante. 
En fin, sigo con lo mío.

Como veis cine carcelario se ha hecho mucho y muy variado. Hay buenas películas, menos buenas, regulares y directamente malas. Y las mejores de todas ellas, al menos para un servidor, son dos joyitas del cine francés: “Un condenado a muerte se ha escapado”, dirigida en 1956 por Robert Bresson, y “La evasión”, dirigida en 1960 por Jacques Becker. Dos clásicos del cine en general que merece mucho la pena que veáis, si no lo habéis hecho ya. 
Pues bien, sin llegar a esas cotas de excelencia, tanto la española “Celda 211” como la francesa “Un profeta”, han de ser consideradas como dos buenas películas. E incluso muy buenas.

A la española casi podríamos calificarla como un film de acción. Daniel Monzón retrata con maestría un motín carcelario, destacando el vigor en el manejo de las cámaras y la crudeza de las imágenes, con una mención muy especial para la escena del suicidio con la que se abre la cinta. Igualmente, hay que ensalzar el magnífico trabajo realizado por los actores. Muy especialmente Luís Tosar, en el papel de “Malamadre”, el tipo que corta el bacalao entre los presos, y el irregular Antonio Resines, interpretando al policía hijoputa de apellido Utrilla. Una historia trepidante que no da tregua al espectador y sin hacer concesiones a los espectadores (¿quién necesita un happy end?)

Por el contrario la cinta francesa “Un profeta”, es más un drama carcelario de los de toda la vida (pero de los buenos!!!). Narra la estadía en prisión de Malik El Djebena, un paria proveniente del extrarradio de alguna ciudad francesa, y de como irá creciendo en todos los sentidos durante los seis años que permanecerá en prisión. Pese a ingresar a los diecinueve años sin saber leer ni escribir, saldrá convertido en un auténtico capo. Es valiente y aprende rápido, por lo que no tardará en hacerse imprescindible para uno de los líderes entre los presos de nombre César, un mafioso corso. Acabará por ser un excelente negociador y ejecutor, magnífico motivando a los suyos, brillante en la planificación de “negocios”... coño, ¡si saldrá hablando italiano! En definitiva, lo que Audiard nos plantea es la historia de un chaval, que llega a una posición que nunca habría alcanzado de no haber estado en prisión.

Para concluir, mencionar otra cosa que tienen en común “Celda 211” y “Un profeta” y que antes no he mencionado. Ambas han sido las grandes triunfadoras de los premios concedidos por las academias del cine de sus países de procedencia. Eso sí, no podrán verse las caras en la carrera de los Oscars, ya que “Celda 211” no ha sido nominada a mejor película de habla no inglesa. Un premio que este año va a estar muy caro, competir contra las últimas creaciones de Michael Haneke ("La cinta blanca") y Juan José Campanella ("El secreto de sus ojos") no va a ser nada fácil. 

martes, 2 de marzo de 2010

Maderos de Ken Bruen

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Me ha costado Dios y ayuda dar con un ejemplar de esta novelita policíaca protagonizada por Jack Taylor, el detective privado y ex – policía protagonista de la serie creada por el irlandés Ken Bruen. Y pensareis: “¿coño, a Santo de qué tanto interés por agenciarte ese libro?”. Pues simplemente por tratarse de una de las escasas tres recomendaciones que Don Winslow, el autor de la magnánima “El poder del perro”, realizó en el curso de la entrevista digital que concedió a El País hace un par de semanas. Y para un servidor, a día de hoy y mientras no me defraude, lo que diga el señor Winslow va a misa.

El libro comienza con el amigo Jack Taylor siendo expulsado de la policía por su incurable alcoholismo. O más bien por emborracharse y no saber controlar sus instintos violentos, en especial contra los ilustres representantes de los poderes establecidos de su ciudad. Esto último será lo que verdaderamente le cueste el puesto. A partir de ese momento, sin trabajo, sin familia y sin expectativas, Taylor se arrastrará por todos los bares de su ciudad natal, Galway. Pues bien, será en uno de esos míticos pubs irlandeses, entre tragos de Jameson y pintas de Guiness, cuando nuestro protagonista decida convertirse en detective privado. Llevado por los efectos euforizantes propios de la ingesta masiva de alcohol, a Taylor le dará por pensar que él, con sus años de experiencia como policía, podría llegar a ser el Sherlock Holmes local. Y todo empieza a tener sentido cuando una angustiada madre decide confiarle la investigación de las circunstancias del suicidio de su hija. Lo que en un principio parecía un caso sin aparentes complicaciones, muy pronto y con el desarrollo de las primeras pesquisas, se revelará como algo mucho más complejo. Y con profusión de corruptelas y otros elementos sordidos.

Con todo, la gracia del libro radica en no ser lo que aparentemente es. O sea, que no es exactamente lo que entendemos por una novela negra o policíaca. Vale que el personaje de Jack Taylor responde al arquetipo de antihéroe cínico, autodestructivo y duro como una roca tan habitual del hard boiled clásico y su correspondiente versión cinematográfica: el film noir. Pero en esta ocasión la historia policíaca o detectivesca no es lo primordial, sino que actúa más bien como un MacGuffin sin apenas relevancia. Una mera excusa argumental que nos permite acceder a las interioridades de un ex policía en plena bajada hacia los infiernos del alcoholismo, con sus anhelos y sus miserias y con millones de pecados por expiar. Ok hay un caso, pero termina siendo del todo secundario. De hecho, casi desde el principio sabemos en que va acabar todo. Y lo poco que hay por descubrir se nos desvela en los dos primeros capítulos.   

Si a eso le sumas que está escrita con mucha gracia (casi toda en forma de diálogos, en ocasiones muy ingeniosos) y que abundan los “homenajes” bibliográficos, apuntes musicales y cinematográficos (que en contra de lo que pudiera parecer, no van en detrimento de la obra convirtiéndola en un ejercicio de pedantería e impostura intelectualoide), tan sólo puedo concluir diciendo que la novela me ha gustado mucho. Por cierto que, en relación con el tema de los “homenajes”, alguno de los libros citados por Bruen tienen muy buena pinta, así que, por si logro encontrarlos, permanezcan atentos a sus pantallas… próximamente en su bitácora favorita.

Por todo lo dicho, porque lo que se cuenta es muy interesante, por que es lúcida, sintética y corta y ya se sabe que “lo bueno si breve dos veces bueno”, os recomiendo encarecidamente la lectura de “Maderos – Un caso de Jack Taylor”.

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“Nunca tuve intención de matarle.
Se abusa más allá de lo tolerable de una expresión corriente: Me dejé llevar. Se utiliza para disculparlo todo desde
las palizas conyugales
hasta
conducir borracho.
Bueno, pues me dejé llevar. Lo que empezó como un ejercicio de intimidación acabó en asesinato.”

viernes, 26 de febrero de 2010

Alemania, tierra de porteros extravagantes


Lo que más me llamó la atención del encuentro de Champions League disputado el pasado martes y que enfrentaba al VfB Stuttgart y al FC Barcelona, fue la patada de karate que Jens Lehmann, el guardameta del conjunto alemán, lanzó en dirección a Carles Puyol cuando éste se dirigía a disputarle un balón dividido. ¿Qué le pasa a Lehmann? ¿Está loco o qué? Y es que no es la primera vez que hace una de estas.

Las buenas actuaciones de Lehmann, si es que alguna vez las tuvo, ya quedan muy lejos en el tiempo. A mí personalmente siempre me pareció un futbolista sobrevalorado, que ya puede darse con un canto en los dientes por haber militado en los grandes equipos con los que ha jugado. Vale, reconozco que el afirmar que Lehmann es un mal portero es algo muy subjetivo, siempre habrá quien me pueda echar en cara algunas palomitas del alemán en su etapa inicial del Arsenal FC o el penalty detenido a Verón y que supuso la victoria del Schalke 04 en la final de la Copa de la UEFA de 1997. Ahora, lo que es estrictamente objetivo es que este bicho es un mal compañero y peor persona. Si no que se lo pregunten a Manu Almunia o al estonio Mart Poom, portero y actual preparador de porteros del Arsenal FC respectivamente, y a ver que cuentan del rubio de Essen. Pero es que encima el tío va de estrellita y ahora, con la cuarentena ya bien rebasada y padeciendo los males del que nunca tuvo (por lo que no puede retener), tan sólo es capaz de aparecer en los informativos fruto de sus excentricidades, como la patadita a lo Bruce Lee que da pié a este post, o por ponerse a mear en medio de un partido (en diciembre, contra el Unirea Urziceni), o por acudir a los entrenamientos de su club en helicóptero (el tipo vive a 250 kilómetros de Stuttgart)…

Con todo, la pregunta formulada respecto a Lehmann, se habría de hacer extensiva al resto de sus compatriotas: ¿qué coño les pasa a los porteros alemanes? Y es que la cosa viene de lejos y Lehmann no es ninguna excepción. Antes de Lehmann fue Oliver Kahn, aquel guaperas albino que alternaba vuelos imposibles con cagadas de campeonato y declaraciones impresentables con agresiones a rivales, y antes de él fue Bodo Illgner… vale sí, este último no era tan mal tipo como los otros dos, tan sólo era un poco autista… bueno, y un poco jorota también estaba.   

Aunque cualquiera de los desplantes protagonizados por Lehmann palidecen ante la salvajada cometida por Toni Schumacher en las semifinales del Mundial ’82.  Schumacher, nada que ver con el archiconocido piloto de F1, era el guardameta titular de Alemania durante el Campeonato Mundial de España. Además, a diferencia de los tres porteros mencionados con anterioridad, no estaba para nada sobrevalorado, ¡era un crack de la cabeza a los pies! Pero sus magníficas actuaciones bajo los palos quedaron en un segundo plano tras la brutal agresión al francés Battiston, durante las semifinales de aquel campeonato. El galo se quedó inconsciente, sin dientes y con dos vértebras rotas. "¿Y a mí qué?, debió pensar el Schumi, ya que mientras todo el mundo se preocupaba por el estado del delantero francés (al que algunos de sus compañeros creyeron ver muerto), él se dedicó a hacer estiramientos justo a su vera. Ese es el motivo de la leyenda negra de Schumacher, al que sus compatriotas crucificaron por ello. Bueno, por eso y porque después acusó a sus compañeros de selección de dopaje. Como veis una joyita el chaval… hasta el punto de que en una encuesta de la época, fue considerado como el tipo más odiado de Alemania, ¡¡¡por delante de Adolf Hitler!!!

Ah! Y que no se me olvide Sepp Maier, mítico cancerbero del Bayern Munich. Un tipo huraño, excéntrico y agresivo con sus compañeros de profesión, pero también con los chicos de la prensa. Cómo cuando le soltó una hostia a un redactor en mitad de un entrenamiento, para después justificarse diciendo que le pasaba factura por las tonterías que escribía sobre él. Además, ahora a la vejez, nos lo intenta explicar todo con semejante teoría: “un portero genial requiere unas cualidades innatas que no se pueden entrenar. Tiene que ser un fanático, casi un marginado en su propio equipo; en definitiva, ha de estar loco”. Sí, como teoría está de  puta madre, pero no explica: a) ¿por qué eso pasa más en Alemania que en otros lados; y b) ¿por qué casi ninguno de estos porteros pasa de discretito?

Siempre se ha dicho que los guardametas son gente extraña, peculiar e incluso enajenada. Hay quien dice que es por el rol solitario que desempeñan sobre el campo de fútbol… en fin, yo, como diría el bueno de Ronaldo, “nusé”, pero lo que es evidente es que en Alemania están más locos que en el resto del mundo… ¡¡¡como una puta regadera!!!

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PD. Y eso que no he mencionado al gran Timo Hildebrand, ese señor cuyo único mérito reconocible es el de guardar cierto parecido con Paul Banks (Julian Plenti, Interpol). Bueno y el de ser el futbolista con el nombre más apropiado que uno recuerda. Desde luego y a la vista de lo que hizo en el Valencia CF, le viene que ni pintado.

miércoles, 24 de febrero de 2010

La conjura contra América


Este libro ha supuesto que me reencuentre con uno de mis escritores favoritos, el norteamericano Philip Roth, sempiterno aspirante al Nobel de literatura y Premio Pulitzer 1998 por la magnífica “Pastoral americana”. En esta ocasión elabora un ejercicio de política ficción fabulando sobre las consecuencias que hubiera tenido una victoria Charles A. Lindbergh, héroe de la aviación, fanático aislacionista y antisemita, si este se hubiese presentado a las elecciones presidenciales de 1940. Para ello el autor no tiene que salirse del barrio judío de Newark en el que nació y pasó su infancia. Partiendo de este hecho que nunca sucedió, ya que Lindbergh no concurrió a esas elecciones que fueron ganadas por Franklin D. Roosevelt, Roth nos muestra como la vida de una familia judía, la suya propia, ha de enfrentarse a una ola de creciente antisemitismo alentada desde la presidencia de la nación.

El punto de partida es una verdad histórica y no sé si incomoda para algunos norteamericanos, los poco disimulados coqueteos del señor Lindbergh con el régimen nazi, en ese momento en pleno apogeo en Europa. El mítico aviador del “Spirit of Saint Louis” se había encargado de culpar públicamente a los judíos de empujar a los EEUU hacia una guerra absurda contra Alemania y las potencias del Eje. Fue en Des Moines, el 11 de enero de 1941, en una concentración del “America First Committee”, donde soltó su conocido discurso “¿Quiénes son los agitadores belicistas?”. No tiene desperdicio.
A partir de esto Philip Roth se imagina un país gobernado por el amigo Lindy, que se apresurará a firmar un acuerdo cordial con Adolf Hitler, aceptando así su conquista de Europa y su virulenta política antisemita. Una política que, de una forma más sibilina que la empleada por el alemán, irá implantándose en los EEUU. Vemos ese viraje fascista a través de los ojos de un niño, el joven Roth, que nos sumergirá en los temores habituales de la infancia y en los miedos de una sociedad aún en formación. Por otra parte no es nuevo el tema de la utilización del judío como chivo expiatorio o las teorías de la conspiración antisemita en las que nos embarca Philip Roth en “La conjura contra América”, sin embargo, lo que sí es novedoso es la maestría con la que nos lo cuenta.

¿Qué hubiera sucedido si el famoso piloto y héroe americano Lindbergh (u otro de su misma cuerda) se hubiera presentando a las elecciones norteamericanas y las hubiera ganado? Pues no lo sabemos. Como tampoco lo sabe Philip Roth, pero se agradece su esfuerzo en descifrarlo. ¿Un aviso para navegantes, tal vez?

martes, 23 de febrero de 2010

Detrás de Shutter Island: La inaudita pero verdadera historia de las instituciones mentales

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"Shutter Island transcurre en un macabro mundo que apenas ha sido llevado al cine: el de las instituciones psiquiátricas de la década de los cincuenta, en una época en la que el tratamiento de aquellos con los más violentos ataques de locura estaba a punto de experimentar una importante revolución. Cuando los oscuros días de los psiquiátricos “estilo barracón” dieron paso a una nueva época de potentes cirugías cerebrales y fármacos neurológicos, los pacientes se perdían en instituciones kafkianas mientras otros eran conejillos de nuevos experimentos en los que se basaron nuestras teorías contemporáneas sobre la demencia criminal. A medida que el misterio de Shutter Island se desenreda, Martin Scorsese nos transporta a un oscuro mundo que se mantuvo oculto hasta hace muy poco.

Las instituciones mentales se remontan a la Edad Media, pero incluso antes de entonces, las sociedades se debatían sobre qué hacer con aquellos tan locos que podían resultar un amenaza en el mundo exterior. Dicen incluso que la expresión “barco de locos” hace referencia a los barcos sin rumbo que llevaban a los locos a alta mar como una primera forma de institución.

Los manicomios europeos de los siglos XVI y XVII son los antecedentes de los de Estados Unidos. Eran fundamentalmente cárceles, no centros de tratamiento, agujeros inhóspitos en los que los pacientes estaban encadenados y eran tratados como animales, golpeados hasta la sumisión y “almacenados” en condiciones espantosas, a menudo hasta su muerte. Quizá el ejemplo más atroz fue el enorme Hospital Bethlehem de Londres, cuyo nombre se redujo a Bedlam Hospital, que a su vez dio lugar a la palabra inglesa bedlam, que significa “casa de confusión”. El hospital abría sus puertas a los visitantes, que a cambio de un penique, podían contemplar, insultar e instigar a los prisioneros. La sociedad les consideraba herramientas de la voluntad del Demonio, así que había escasa compasión hacia su sufrimiento. Sorprendentemente, por el contrario, los manicomios medievales de Persia eran relativamente progresistas y usaban baños calmantes, terapia con música y formas iniciales de psicoterapia para intentar reinsertar a los pacientes en la sociedad. Bedlam fue también una película de Val Lewton de 1946 cuyo reclamo era: “¡Sensacionales secretos de la atroz casa de locos REVELADOS!”

No fue hasta 1792 cuando un manicomio de París probó a cortar las cadenas de los pacientes y pasar de mazmorras sin ventanas a habitaciones con luz. El hecho de que algunos pacientes considerados incurables se recuperasen afianzó esta visión. Surgió entonces lentamente la era del “Nuevo Tratamiento”, que daba más importancia a buscar una cura, aunque a veces con métodos extremos y salvajes. Lamentablemente, en un principio se experimentó con horrendos tratamientos que iban desde hacer girar a los pacientes a gran velocidad en sillas especiales a “calmarles los nervios”, torturándoles literalmente para “hacerles volver a sus cabales”. Estas técnicas sólo contribuyeron a aumentar la reputación de los manicomios como lugares de espanto de los que pocos regresaban a la sociedad.

A lo largo del siguiente siglo y medio, los manicomios occidentales siguieron siendo lugares rodeados de miedo y repugna. El primero de Estados Unidos fue fundado por Benjamin Rush en 1769 en Williamsburg, Virginia, y fue la única institución de este tipo durante medio siglo. En esos años, la mayoría de los enfermos mentales del país eran recluidos en hospicios o cárceles, hasta que en 1827 una “Ley Referente a los Lunáticos”, prohibió el encarcelamiento de enfermos mentales y se construyeron varias instituciones. Aunque había algunos ejemplos más progresistas, fundamentalmente los manicomios fundados por los cuáqueros en Philadelphia, Boston y Nueva York, seguían siendo instituciones bastante poco acogedoras desde el punto de vista actual, y era habitual el uso de camisas de fuerza e incluso purgas y sangrados.

También surgió una nueva categoría de enfermos mentales, aquellos cuya locura provocaba terribles crímenes. En 1859, Nueva York inauguró el primer Manicomio Estatal para Criminales Trastornados.

Tras la primera guerra mundial, con las revolucionarias teorías de Freud y miles de veteranos con síndrome de guerra, las instituciones mentales comenzaron a mejorar sus condiciones, aunque los tratamientos seguían siendo espantosamente duros. En los años veinte el Dr. Henry A. Cotton, que dirigía el Manicomio de Lunáticos del Estado de Nueva Jersey fue pionero en una serie de cirugías que incluían extraer dientes, amígdalas, intestinos y órganos sexuales para evitar infecciones que se creía que inducían a la locura.

En los años treinta, el Dr. Egas Moniz, un neurólogo portugués, empezó a experimentar con la técnica que luego se conocería como lobotomía prefrontal, una cirugía radical que seccionaba fibras nerviosas en la parte del cerebro asociada con las emociones. Aunque efectivamente el tratamiento calmaba a los esquizofrénicos y las psicosis incurables, tenía un gran coste para la personalidad del paciente. Moniz llegó a recibir el premio Nóbel por el descubrimiento de esta técnica.

Durante los años 40, la lobotomía dio lugar una nueva época de la psiquiatría que profundizaba en la fisiología del cerebro y en las formas de alterarla. La escalofriante cifra de 40.000 estadounidenses, algunos con depresión, retraso mental o simplemente un carácter rebelde, fueron sometidos a esta intervención de consecuencias irreversibles. Otros métodos extremos eran los comas inducidos con insulina y la terapia de electroconvulsiones, conocida como “terapia de choque”. Afortunadamente, a finales de la década, la aparición de potentes fármacos neurolépticos, como los antidepresivos y los antipsicóticos, prometía una vía de tratamiento más humana, aunque no exenta de controversia.

Tras la segunda guerra mundial, se crearon por primera vez instituciones dirigidas a pacientes con traumas relacionados con el combate, y esto dio lugar a tratamientos más complejos y menos agresivos. Mientras, tras la caída del Telón de Acero, las instituciones mentales de Europa Oriental se ganaron la terrible fama de ser brutales lugares de castigo para los disidentes y presos políticos, en los que experimentos de control mental hicieron que muchos que entraron cuerdos perdieran completamente la razón."
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Como os mencioné ayer, este artículo venía en la ficha que de la película "Shutter Island" habían elaborado los responsables de los Cines Albatros y Babel de Valencia. Aunque buscando en la red, me he topado con que el mismo artículo aparece en la web "The Dreamers" firmado por un tal Nacho.

lunes, 22 de febrero de 2010

Shutter Island, Scorsese se saca la chorra y nos mea encima

Dependiendo del cariño que le tengáis a Martin Scorsese, del visionado de Shutter Island podéis extraer tres conclusiones bien diferentes. Si sois de los que pensáis que el director neoyorquino está claramente sobrevalorado, con esta película os reafirmareis en vuestra posición. Si os encontráis en el grupo de los que pensamos que la mejor época de Scorsese ya pasó, también os vendrá bien verla y así añorar aquellos tiempos en los que este tipo rodaba cosas como Taxi Driver o Toro Salvaje. Si por el contrario sois incondicionales del amigo Martin, al que consideráis un crack capaz de  convertir en oro todo lo que toca, pues una de dos, o salís de la sala pensando que hasta los más grandes tienen derecho a cagarla alguna vez, o bien aceptando la máxima de que los pedos de Scorsese huelen a flores, os ponéis la venda en los ojos y proclamáis a los cuatro vientos que Shutter Island” es una obra maestra. Si os hayáis entre estos últimos, siento comunicaros que los cuescos de Scorsese huelen igual de mal que los que nos echamos el resto de los mortales. En ocasiones incluso peor.  

Dicen los que saben de esto que el cine del neoyorquino es esencialmente formal y que cada una de sus nuevas películas supone un experimento en el cual tan importante es la historia como la forma de contarla. Sin embargo, lo que le salva del artificio es su pasión por los personajes, habiendo asumido que sin ellos no hay buen cine. Pues muy bien, como teoría me parece genial, el problema es que en su puesta en práctica patina a base de bien. Scorsese junta muchas imágenes supuestamente perturbadoras que no pasan, en el mejor de los casos, de desconcertantes pero en el mal sentido. Vamos, que uno tiene la impresión de que Scorsese ha jugado a ser David Lynch y no ha salido muy bien parado del experimento. Una decepción total.

Y la cosa no mejora si entramos a valorar la historia y los actores. Estamos ante un folletín detectivesco en el cual dos agentes federales acuden a una remota isla en la que se ubica un hospital psiquiátrico, para investigar la desaparición de una peligrosa asesina allí recluida. Hasta ahí bien, pero como la cosa va de los inescrutables senderos de la mente humana, el protagonista al tiempo que se enfrenta al caso, lo hace también a sus demonios interiores. Y eso justifica toda una serie de apariciones, alucinaciones y demás parafernalia onírico freudiana en forma de imágenes, que resulta bastante ridícula. Estas rayadas se corresponden con la distorsionada percepción que de la realidad sufre uno de los agentes, el prota de la peli, que está interpretado por el patético Leo di Caprio. Quien, como no podía ser de otra manera, lo hace de puta pena. Maldita sea la hora en la que Scorsese cambió a Robert de Niro por este niñato, ¿es que no había nadie mejor en el mercado? Y lo peor es que ni siquiera desentona en el conjunto, ya que sus compañeros de reparto Mark Ruffalo, Michelle Williams o Emily Mortimer, están incluso peor.

Vamos, que la peliculita es mala de solemnidad. Una paja mental que si recoge alguna buena crítica será única y exclusivamente porque viene firmada por este prestigioso director. O porqué parece inspirarse en la serie televisiva de moda “Perdidos” en algunos planteamientos y situaciones, lo cual habrá encantado al engreído de J.J. Abrams (“¿Scorsese copiándome a mi?”). Aunque, debemos ser justos y reconocer que, probablemente, toda la culpa no sea suya. Me han dicho que la novela de Dennis Lehane en la que se basa “Shutter Island” es canela fina. Eso sí, nadie le ha puesto una pistola en la cabeza para que escogiera adaptar esa mierda de libro. Y eso, para alguien que se jacta de entroncar con los clásicos en su condición de director que trabaja siempre con guiones ajenos, no es un pecado menor. Siendo uno de los pocos privilegiados que están en posición de permitirse hacer las películas que les salgan de la punta del nabo.

¡Ah! Y si habéis leído por ahí esas declaraciones en las que Scorsese confiesa referencias en su obra que van desde “Recuerda”(Alfred Hitchcock, 1945), a “La mujer pantera” y “Yo anduve con un zombie”(Jacques Tourneur 1942 y 1943, respectivamente), además de al cine expresionista alemán de los años 20 o a la literatura de Kafka, no les hagáis ni puto caso. ¡Este tío se ha vuelto loco! Vamos, que si algún gafapasta hace suyo semejante delirio y os recita estas palabras de viva voz, le escupís en la cara de mi parte.

En fin que, como comenta Mick LaSalle, crítico cinematográfico del San Francisco Chroniclela leyenda se interpone en el camino del artista (...) Scorsese debería dejar de intentar hacer obras maestras y probar a hacer buenas películas. Pues eso. 

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PD. Lo único interesante que encontré en Shutter Island” no es obra de Scorsese, sino de los responsables de los Cines Babel, la sala valenciana a la que acudí a ver la película. En la ficha informativa de la misma traspusieron un breve estudio sobre la historia de las instituciones mentales que, por su interés, enlazaré mañana. 

viernes, 19 de febrero de 2010

Amos, no me jodas (y van 3!!!!)

Gora Euskadi Ta Askatasuna... ¡¡¡y que viva el comando Facebook!!!

(La noticia, según El Correo) 


Entre la fotico, los comentarios en el perfil de Facebook, que a uno de ellos lo "desterraron" por fantoche (alardeaba de su pertencia a ETA) y esos colegas a los que pillaron por trapichear con drogas, uno tiene la sensación de estar ante el guión de la versión cañí de Austin Powers. ¡¡¡Con dos cojones, machotes!!!
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Addenda
Manel Fontdevila en el Público de hoy. 
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Gracias Laura.  
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