martes, 19 de marzo de 2019

Discos de principios de este año con los que estoy flipándolo –y otro que no tanto- o da’ best albums of 2019 pa’ este menda (so far)


I Was a King, “Slow Century”
El primero es este bonito álbum de pop con guitarras, fruto de la colaboración del combo escandinavo con el divino Norman Blake. Que de hecho suena más a Teenage Fan Club que lo último de los escoceses y no parece casualidad. También algo hay de The Byrds, de los Beatles, con ciertos ecos a bandas del momento como Nap Eyes. Segundo álbum en la trayectoria de un cuarteto de rubios que podría haber surgido desde algún enclave en la costa californiana, pero nada más lejos de la realidad. Su lugar en el mundo es el ventoso y frío suroeste noruego.     

Reserva Espiritual de Occidente, “Cristo de la Atlántida”
Seguimos con esta propuesta de folk-rock espiritual y apocalíptico, que entronca perfectamente con los universos dibujados por David Tibet al frente de Current 93. Si bien y en palabras de la banda, también con “las primeras etapas instrumentales de Franco Battiato, la experimentación desprejuiciada de Pierrot Lunaire o la psicodelia inteligente de Opus Avantra; retazos de glorias patrias como Música Dispersa, Asfalto o Lole y Manuel; el romance pausado de Joaquín Díaz o el carácter extático-místico de Kiko Argüello; la tristeza atávica de las voces de El Caurel y de la copla; la brutalidad descarnada de Swans, la oscuridad y el fango de Sunn O))) e incluso una aproximación a lo orquestal que otea desde la distancia a Henryk Górecki o Krzystof Penderecki…”. Eso y dos huevos duros. 

Mike Krol, “Power Chords”
Lo de este gachón es guitarrerismo y distorsión. Fuzz escuela San Francisco con ciertas cadencias que recuerdan a los primerísimos Strokes. Un disco repleto de ganchos a los que colgarse y en el que el divertimento campa a sus anchas. Nada nuevo bajo el sol en la trayectoria de este angelino cuyo timbre de voz recuerda al de Jay Reatard. Once temas inmediatos y pegadizos que os tienen que molar sí o sí.   

Boy Harsher, “Careful”
El esperado regreso del dúo de Northampton nos devuelve ese synth-pop de corte minimalista y oscuro, con el que llevan asfaltando su camino desde hace un lustro. Loops enérgicos, ritmos machacones y por encima de todo la voz casi susurrada de la señorita Mathews. A pesar de que el registro está orientado hacia las pistas de baile, el nuevo álbum incorpora una serie de pasajes atmosféricos que le van la mar de bien a una propuesta que se enriquece con cada nuevo lanzamiento.            

Sharon Van Etten, “Remind Me Tomorrow”
Rotas las reticencias iniciales o más bien harto de buscar excusas para decir que no me gusta lo que realmente me encanta... ¡Porque menudo discazo se ha sacao de la manga la de New Jersey! La maternidad y ese abrazo partío al mundillo de los sintetizadores le ha sentado como un guante. Y sí, hemos perdido a una cantautora con guitarrita y aquel espíritu folk de los inicios ya ni está ni se le espera. Pero hemos ganado a una artista mucho más osada, sin miedo a acercarse a otros universos cómo el de St. Vincent, pero mejor. Mucho mejor de hecho.  

Ryan Bingham, “American Love Song”
La cosa ya comenzó de forma inmejorable con el adelanto de “Wolves”. Alegato anti bullying en clave personal que anticipaba un álbum en el que el vaquero de Nuevo México se vuelve a desnudar frente al oyente. Un trabajo muy personal y bastante político que le reafirma como el mejor country-man de la nueva generación junto a Sturgill Simpson. ¡Y todo eso antes de cumplir los cuarenta!



Deer Tick, “Mayonnaise”
Pieza complementaria a sus dos álbumes más recientes, “Deer Tick vol. 1” y “Deer Tick vol.2”, en el cual la banda de Scott McCauley ofrece versiones alternativas de varias de las pistas allí incluidas. No contentos con eso, también nos suministran una rica dosis de nuevo material. Confirmando por enésima vez su estatus dentro del mundillo de la americana. En la vertiente más macarra y juguetona, claro está. Y es que siguen siendo los más juerguistas del bareto.

Sleaford Mods, “Eton Alive”
Paso de alabar más a estos tíos. Williamson y Fearn son más fiables que el motor de un Audi, una cerveza Bundor o un ensamble de Grégory Pérez. Siempre ofrecen la misma mierda y siempre coloca. Afilados y reflexivos pero un tanto más experimentales, por establecer alguna diferencia con trabajos anteriores. Además es el primero que publican bajo el paraguas de su propio sello. El año que viene habrá más y también será bueno. ¿Apostamos?     
Crocodiles, “Love is Here”
Pues sí, esto es un discazo, lo diga Agamenón o su porquero. Si lo oyeran lo afirmarían ambos, de eso estoy seguro. Séptimo largo en la trayectoria de esta particular banda de pop-punk ruidoso originaria de San Diego. Los mismos que se las tuvieron tiesas con el célebre sheriff Arpaio. El dúo conformado por Brandon Welchez y Charles Rowell nos obsequia ahora con un decálogo de canciones que beben los vientos por bandas como The Jesus and Mary Chain. Pero también de The Fall o Sonic Youth ¿Por qué no? Álbum variadito, con un tono general algo más oscuro que anteriores entregas, en el que llama la atención el genial tratamiento de las guitarras. Vamos, que los riffs son una puta pasada.

Lee Harvey Osmond, “Mohawk”
Nueva entrega en solitario del veterano músico canadiense. Como no podía ser de otra manera, todo gravita en torno a esa voz profunda que le ha dado Dios. Folk-blues pantanoso, con ramalazos de psicodelia en el que, incluso, se permite el cameo de un saxo con tintes morphinianos. Disco conceptual que nace fruto de la identidad mohawk recuperada. Y es que, ya cincuentón, se acaba de enterar de que quienes le criaron no eran sus padres biológicos, ya que unos aborígenes se lo cedieron a estos en adopción. Gracias a ese descubrimiento tenemos este pedazo de álbum que entronca con la deriva del último Howe Gelb.

Ladytron, “Ladytron”
Nuevo capítulo de ese pop abiertamente electrónico y tirando a fome marca de la casa. La sexta, descontando recopilatorios y discos de remixes. Y es que, ocho años después del mejorable “Gravity the Seducer”, el cuarteto de Liverpool recupera presencia con estos trece cortes con algo de colorido adicional respecto a anteriores álbumes. Lo cual se agradece. Álbum bastante accesible que, sin embargo y tirando de antecedentes, dudo que capte nuevos adeptos a la causa. También os digo que no defraudará a ningún acólito. Desde luego que a mí no.

Pedro the Lion, “Phoenix”
Quince añitos nos ha tenido el señor Bazan huérfanos del proyecto que le dio fama y fortuna. Ese es el tiempo transcurrido desde que se publicara “Achille’s Heel”, su anterior referencia discográfica con Pedro the Lion. Supongo que ha merecido la pena, aunque no me hubiese importado esperar menos. “Phoenix” contiene  todo aquello por lo que amé a esta banda y lo seguiré haciendo por los siglos de los siglos –Amén-. Trabajo introspectivo y tristón, en el cual Bazan revive su infancia en la capital de Arizona. Precioso ejercicio de nostalgia.  

Beirut, “Gallipoli”
Zach Condon le da una vueltecita a su proyecto musical y nos entrega otra lujuriosa combinación de melodías pop, pero ahora con un carácter protagónico para los instrumentos de cuerda y la sección de viento. El músico santafecino nos vuelve a mostrar como la riqueza cultural de la antigua colonia, va mucho más allá de las laderas de la sierra que la circunda. De ahí esas raíces y ecos fronterizos, pero también los ambientes orientales, la fanfarria, la mediterraneidad tanto del norte como del sur… Y todo ello batido y sin dejar grumos. Con naturalidad.

De Staat, “Bubblegum”
Oriundos de Nijmegen, cómo aquel equipo de mierda con el que gané todas las competiciones habidas y por haber en el PES. Además coleguitas de los imprescindibles dEUS, que no es cualquier carta de presentación. Agrupación holandesa por lo tanto, que vuelve a lo grande con este, su séptimo elepé. Un trabajo inclasificable y heterogéneo que integra todo tipo de sonidos tanto de la música electrónica como del pop y hasta del hip hop. En temas como “Mona Lisa” recuerdan a hitos del math rock como Battles. Otras van más en la línea de Everything Everything.

Robert Forster, “Inferno”
La mitad pensante de los Go-Betweens sigue la línea de aquel fantástico “Songs to Play” de hace tres años largos. El genio de Brisbane nos vuelve a obsequiar con una colección de temas, que no hacen sino ampliar la leyenda de uno de los más grandes compositores vivos. Abusando del piano hasta límites insospechados en varios de los momentos más brillantes del disco y bien que me parece. Y que no os engañe la horrorosa portada. El contenido es gloria bendita. Por momentos roza el cielo y más allá.

[...]

...y el otro: 

Drenge, “Strange Creatures”
No por esperado menos deseado. Si bien, tengo que reconocer que las expectativas no se han visto del todo satisfechas y por eso lo pongo aquí al final, a modo de addenda. Y es que los adelantos en forma de epé que presentaron durante el 2018 condensan todo lo mejor de un álbum que deja atrás el garaje-rock que tan bien les sentaba en los dos álbumes anteriores. Superado el golpe inicial y tras un par de escuchas más, el disco se disfruta. Al menos tres cuartas partes de él. O un poco menos, va... Pero a uno le queda la sensación de que esto podría haber dado mucho más de sí. Oportunidad perdida y es una lástima. 

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domingo, 17 de marzo de 2019

“The Rider”, de Chloé Zhao


- Sabes Lilly, Apollo se lastimó... Y tuvimos que sacrificarlo.
- No... Noo...
- No es justo para el caballo. No puede correr y jugar y hacer todo lo que quiere hacer.
- No va a seguir...
- Sabes… Yo me lastimé como Apollo. Pero soy una persona. Así que puedo vivir.
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El otro día y a través de una conocida red social, elogié esta joyita del cine independiente norteamericano, que ha pasado medio desapercibida por la cartelera. Y eso a pesar del buen puñado de críticas recogidas tras su participación en el Festival Cannes. Pero es que han pasado casi dos semanas de aquello y aún sigo pegándole vueltas a esta hermosísima película sobre lazos, bridas, camisas con botones nacarados y sombreros Stetson. Fundamentalmente por la belleza de sus planos y ese ritmo parsimonioso que le va que ni pintado al relato. El de una de las jóvenes estrellas del rodeo en Dakota del Sur y, suponemos, en todos los EEUU. Quien tras sufrir un accidente y romperse literalmente la cabeza, se ve incapacitado para volver a montar. El problema es que eso es lo único que sabe hacer, montar y domar caballos, amén de participar en rodeos. Y así se va trazando esta historia minúscula sobre aquello de aguantar arriba sin caerse y en caso contrario volverse a levantar. Todas las veces que haga falta y más. Lírica y conmovedora fábula sobre la superación y también la aceptación.
Sorprendente ficción que a la vez no lo es, dotada de una preciosa fotografía crepuscular que recuerda las “Malas Tierras” (“Badlands” - 1973) de Terrence Malick y con un elenco actoral fantabuloso. Especialmente en lo que respecta a su personaje principal, que es digno de la "Trilogía de la frontera" de Cormac McCarthy. Dotado de un verismo desgarrador. Mucho tendrá que ver que sea el propio Brady Jandreau quien se interprete a sí mismo. También el que su padre y hermana, o algunos de sus amigos/profesionales del rodeo, también lo sean en la vida real.

En definitiva, creo que su directora -¡que es china!- ha dibujado uno de los retratos más genuinos y sensibles de lo que debe ser el mundo de los rodeos y por extensión, del Far West actual. Nada que envidiar a “Hombres errantes” (“The Lusty Men”, Nicholas Ray, 1952) o a “El rey del rodeo” (“Junior Bonner”, Sam Peckinpah -1972), como referentes indudables de este sub-género. O a “Dallas Buyers Club” (Jean-Marc Vallée - 2013), que ahora que lo pienso también tenía el asunto este de los rodeos de trasfondo.

Por cierto que la música de “El Jinete” también es una pasada. Y eso que la banda sonora no tieneque ver con el tipo de música que estáis imaginando. Poco o nada de música country. Si bien, os reconozco que no me hubiese importado escuchar alguna de las últimas de Ryan Bingham.  

sábado, 16 de marzo de 2019

La Ciencia Simple en la presentación del nuevo álbum de Dhármico (y un hombre que nos intentó reventar los tímpanos “a modo de tapa”)

Pues sí, fui a ver a los chicos de La Ciencia Simple por segunda vez. No podía dejarlo pasar tras el pedazo de disco que publicaron en 2018 y después de aquel monumental show en Valpo del que os di buena cuenta por aquí. Egregios representantes del post-rock chilensis, su fórmula se caracteriza por los matices ambientales y los patrones matemáticos plasmados en sus trabajos y también en el directo. Y hete aquí con el primer problema del bolo de anoche. No hubo ni rastro de los recursos audiovisuales en base a esos patrones, que tan bien mezclaban con los conceptos musicales desarrollados. Una pena, ya que el espacio, el teatro del Parque Cultural de Valparaíso en el cerro Cárcel, bien que se prestaba a ello. Con todo, en lo musical, la puesta en escena inicial me pareció brutal. Atronador en aquellos momentos en los que la situación lo requería y descendiendo hacía pasajes más etéreos cuando no. Pero con esto llegamos al segundo problema de la noche: cierto desequilibrio entre el trueno y los pajaritos. Sobre todo de mitad hacia el final. Y añadiré un problema más. No sé si debido a problemas técnicos, o por mor de una mejorable ejecución –probablemente un poco de cada-, pero la cosa fue perdiendo fuelle con el transcurrir de los minutos. Vaya, que la sensación final fue un claro ir de más a menos. Una verdadera lástima porque estos críos molan un puñao y su propuesta, pese a no inventar nada, bien merece la pena. Otra vez será.

Antes del combo chileno aterrizó por allí un paracaidista bogotano, de cuyo nombre no quiero acordarme, con el cometido de generar un tinnitus a los presentes. ¡La madre que lo parió! Aún tengo el zumbido taladrándome los oídos.

Después saldrían a escena Dhármico, propuesta que apunta a la psicodelia desde matices progresivos y a la música latinoamericana, presentando su nuevo disco. Lo cierto es que no los tengo muy escuchados. Y lo que he oído cómo que ni fú ni fá. Y era tarde y hacía mucha hambre. Y la Subida Ecuador está allí mismo. Y el ascensor Reina Victoria y la Cervecería Altamira. Y las chorrillanas y las papas choras y el pastel de choclo… 
Pues eso nomás.

miércoles, 13 de marzo de 2019

“The Guilty” (“Den Skyldige”), de Gustav Möller


Gustav Möller podría ser el lateral derecho del Brondby, el primo nerd de Thomas Gravesen o hasta uno de los pilotos del Ryanair que volaba desde Valencia a Billund y viceversa. Pero no. Se trata del joven director danés que ha firmado su tremendo debut cinematográfico con “The Guilty” o “Den Skyldige” -o “El culpable” o “La culpa”, que no sé por qué esta mierda no la traducen y sí otras-.  Tenso y claustrofóbico thriller que formalmente evoca a las novelas policíacas de espacio cerrado, pero que tiene la virtud de abrirse a otros ambientes en la mente del espectador.

Tenemos al oficial Asger Holm, temporalmente suspendido de funciones por algún suceso poco claro y que ha sido relegado al servicio de emergencias, mientras se sustancia un proceso contra él. Durante el turno de noche, recibe la llamada de una mujer acojonada por algo. Asger se percata de que la señora ha sido secuestrada, por lo que intenta ayudarla con lo que tiene a mano, básicamente el teléfono. Allí recluido, comienza a hacer llamadas a diferentes colegas a lo largo y ancho del país en aras a localizar y liberar a la mujer. Sin embargo y con el transcurso de los minutos, vemos como la cosa se sale de madre. Y el asunto se va precipitando hacia situaciones inesperadas en donde sobrevuelan los demonios personales del policía. Aquellos por los que se encuentra confinado en una centralita de emergencias y no patrullando las calles de Copenhague.

Trabajo de corte minimalista en el que Möller nos muestra que no hace falta gastarse una millonada para facturar un peliculón. Un personaje y un espacio único. Solo un hombre hablando por teléfono en una oficina de policía. Pero junto a esa escasez de medios tenemos un sólido guión, una estudiada planificación, un encomiable tratamiento del sonido, un actor fantástico y un gran pulso en la dirección. Con estos mimbres nos mantiene en tensión durante los ochenta y tantos minutos de metraje. Y ni siquiera nos deja con ganas de más, porqué la cosa acaba como y cuando debe que hacerlo.   
Interesantísima ópera prima. No os la perdáis.

martes, 12 de marzo de 2019

Warlock, de Oakley Hall

“Los hombres son como el maíz. El sol los quema, la lluvia los empapa, el invierno los congela y la Caballería los pisotea, pero a pesar de todo continúan creciendo. Y nada de eso importa mientras haya whisky”.
El para muchos mejor western de la historia o, en palabras de todo un referente como Thomas Pynchon, una de las mejores novelas americanas de todos los tiempos, es una auténtica barbaridad de libro. Y no hace falta añadir nada más. Es tremendo en todos los sentidos y que no os abrumen sus cerca de setecientas páginas cargadas de intensidad. Porque no le sobra ni le falta una coma. Es perfecta. Entre otras cosas porque no es sólo una novela de género cómo aparenta. O sea, sí que contiene todos los elementos del género que encumbró a Stewart E. White o a Zane Grey, pero es mucho más que una simple historia de cowboys. Si tuviera que explicarla, diría que es un libro sobre la justicia y el poder que se sitúa en un momento histórico –finales del siglo XIX- y un lugar –los confines del Far West, casi en la frontera con México-, como podría haber transcurrido en otra época y hasta en cualquier otra parte del mundo. Y es que el temita de marras tiene vocación universal. Hasta el punto de que “Warlock” puede leerse casi como un ensayo de cómo y porqué surge la justicia. También de cómo se sustancian las relaciones de poder.

“Se había engañado a sí mismo con sus ideales de humanidad y apertura hacia la libertad; porque la paz surge de la guerra, no de la razón. Para instaurar el sindicato tendría que haber sangre y fuego. Así había sido siempre, y las revoluciones las hacían hombres que conquistaban, o morían, y no ideas descoloridas en cerebros grises. La paz se lograba con la espada, los derechos con la espada, la justicia y la libertad con la espada, y la lucha para conquistarlas debían dirigirla hombres con espada y no por seres inútiles que predicaban la razón y la moderación.”
Warlock es poco más que un campamento de frontera. Un poblacho surgido en el marco de la conquista del oeste y que aún es tierra de nadie, pero anda en proceso de llegar a ser algo más. Su aspiración es la de convertirse en un pueblo convencional, con el debido reconocimiento oficial, lo que significa que ya no imperará la ley del más fuerte sino las estructuras y la organización de la joven nación norteamericana. Esa tensión entre lo que está por venir y lo que persiste es fundamental para entender la historia. Y le sirve a su autor para contarnos como debió ser la fundación de la sociedad de su país. Ese estatus indefinido durante el proceso de cambio es lo que genera la falta de moral de unos personajes que son, con mucho, lo mejor del libro. Una colección de buscavidas que pasan de héroes a villanos -o simplemente a personajes incómodos-, en menos de lo que canta un gallo. En ocasiones sucede justo lo contrario. 

En este sentido, es impresionante el tratamiento de esos personajes. Lo bien definidos que están, tan humanos y creíbles. No hay ligereza o descuido en el trazo, son personas de verdad, repletas de contradicciones, intenciones, motivaciones y un pasado. El de algunos incluso más oscuro que el de Jacko o el de la Madre Teresa de Calcuta. Caracteres de aquellos que encumbran cualquier historia. Desde el ayudante Gannon hasta la mojigata e hipócrita señorita Jessie y su doctor pagafantas. Pasando por Brunk, el vocero oficioso de los mineros, y su antagonista el pérfido McDonald, gerente de la mina Medusa. O Abe McQuown y sus cuatreros del rancho San Pablo, a los que se enfrenta el Comisario Blaisedell –aka “El hombre de las pistolas de oro”. Y el borracho del juez Holloway que junto al loquer del General Peach representan visiones antagonistas de la cosa pública que mejor no desvelaré. O esa extraña pareja que son – o más bien fueron- Kate Dollar y Tom Morgan aka “el Crótalo Negro” de Warlock. Cada uno de ellos con un leitmotiv que los dota, no ya de verosimilitud, sino de auténtica realidad.

“-¡Yaa-júu! ¡Soy el hombre más malvado del Oeste! ¡El Crótalo Negro de Warlock! ¡Mi madre fue una loba gris y mi padre un puma, y los estrangulé a los dos el día en que nací! ¡Yaa-júu! –gritaba-. ¡Mataré a todo el que se mueva, así es que quietos o moriréis, hijos de puta; y si tenéis que moveros, hacedlo a rastras! ¡Puedo escupir a un hombre a cincuenta metros! ¡Tengo rayos en las dos manos, me peino con gatos monteses y me lavo los dientes con alambre de espino!
Pese a su densidad, “Warlock” es un libro que atrapa desde el primer instante por ambientación y por historia. La trama principal, pero también unas subtramas tremendamente jugosas. Y como no, gracias a la abundancia de diálogos con mucha miga que dotan al relato de un equilibrio asombroso. Sin olvidarnos del cúmulo de personajes anteriormente mencionados, a cada cual más atractivo y con los que, de una u otra forma, llegamos a empatizar.

“Pero hay algo más –prosiguió frunciendo algo más el entrecejo-. Yo no… Yo…-Algo más aparte de ser más rápido –apuntó Gannon.- Eso es. –Blaisedell pareció aliviado-. Se trata de ser mejor. Un hombre ha de tener orgullo, pero ese orgullo debe sustentarse en una razón. Ha de ser auténtico, como he dicho.  –Blaisedell sonrió fugazmente-. Supongo que me entiende. Los dos estáis igualados, en la calle. Es como si dos partes lucharan en el interior de un todo; antes incluso de que nadie saque el Colt. Dentro de uno. Y tienes que saber que eres la parte que va a ganar. Es decir, tienes que estar convencido.-Sí –dijo Gannon, porque lo entendía.-No puede engañarte a ti mismo –concluyó Blaisedell.”

jueves, 28 de febrero de 2019

Permafrost, de Eva Baltasar


Me ha gustado mucho esta novela de la poetisa Eva Baltasar. Atiende al título de Permafrost, como la capa de suelo permanentemente congelado de las regiones muy frías o periglaciares. Representación de ese manto que recubre a la protagonista quien, siempre en primera persona, nos muestra a que se enfrenta y de que se protege. Desde la superficialidad de todo cuanto la rodea, hasta un entorno familiar que poco o nada tiene que ver con su manera de entender la vida. Con una madre obsesiva, una tía interesada, una hermana frívola y una sobrina desconocida a la cabeza. 

Historia contundente e intensa, incluso bernhariana -en clave feminista-, que incluye un puñado de imágenes poéticas que son, con mucho, lo mejor del libro. 

Un fantástico debut literario con el que esta autora catalana reivindica la libertad femenina en el placer y también en la soledad. Bueno, supongo que es una vindicación de esas libertades en general, sin necesidad de reducirlo a una cuestión de género.   

miércoles, 27 de febrero de 2019

Vuestro problema con los Oscars

¡Qué os lo tomáis demasiado en serio leñe!

Eso y que los sufrís, que ya son ganas…

Esto va por la ola de jeiterismo desnortado que inunda las redes desde el pasado lunes, tras conocerse el nombre de los ganadores de los Oscars 2019. Una cuestión que ya no me sorprende y es que cada año viene a ser lo mismo: “Qui ni ha ganado li qui mís mi gustí a mí… Qui ni hin timidi in considiriciín a la ictriz di Sipirsalidospirtisieti”… ¡Pues muy bien chavales! Pero que sepáis que parecéis una caterva de Lenores desatados. Y el soriano es cosa seria.

Creo recordar que fue en el programa de cine que comandaba José Luís Garci en La2, donde escuché la frase. Alguno de los contertulios – no recuerdo si fue Miguel Marías, Lamet o quizás Torres Dulce-, dijo algo así como que el interés de los Oscars no se medía tanto por quienes eran los galardonados, como por las películas nominadas.  Y aunque tampoco es que esté de acuerdo al ciento por ciento con la lectura, si me parece más adecuada a lo que sucede dentro del antiguo Kodak Theatre. Por cierto, glorioso programa aquel “¡Qué grande es el cine!”.  Añorado por cualquier cinéfilo, cinéfago o adicto a la nicotina que se precie.

Luego está aquello que decía Mahler de que la tradición no es el culto de las cenizas, sino la transmisión del fuego. Porque es verdad que esto de los Oscars tiene mucho de cosa caduca y poco o nada de fuego. Pero bueno, hablamos de unos premios orquestados por y para la industria así que, ¿cómo coño queréis que premien a una peli uzbeka que ni tan siquiera se estrenó en EEUU? Todavía más atendiendo a la edad media de los integrantes de la Academia. Los que votan, vaya. Y sabiendo como sabemos que la presbicia es enemiga de los subtítulos. Pues eso.

En todo caso, que una peli tan simpática y vulgar como “Green Book” haya sido la ganadora del certamen no me parece ni tan mal. Desde luego que podría haber sido mucho peor. Y es que por ahí andaban “Bohemian Rhapsody” y “Black Panther” al acecho. Sin ir más lejos en la edición 2018 ganó esa mierda sobrevalorada de “La forma del agua”. Peor fue el año anterior, cuando premiaron a “Moonlight”. Y si nos vamos unos añitos hacia atrás, podemos ver ahí, brillando con luz propia, las estatuillas de “Una mente maravillosa” o “Shakespeare enamorado”. ¿Qué digo brillando? ¡Refulgiendo! ¿Pero de que hostias vais Academia?

Y eso es todo lo que tenía que decir sobre la 91 edición de los premios otorgados por la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas. Ahora es momento de hablar sobre los Oscars de verdad: El Guarén de Cobre Robao que otorga la Academia del Cagallón presidida por el Comandante Suloki. Quién no ha visto todas las películas rodadas durante el pasado 2018 y ni falta que hace. Paso a relacionar la lista de galardonadas o, siguiendo la jerga de esta bitácora, “lo milloret de lo milloret” del 2018 cinematográfico:  

“Climax” de Gaspar Noé
Musical psicodélico y medio racista en el que la cámara se pasa la mayor parte del tiempo rodando desde ángulos inverosímiles. Cine terrorista en el que el caos, la violencia y el exceso campan a sus anchas.  El baile inicial, en un interminable plano secuencia, es sublime.
“Cold War” de Pawel Pawlikowski
Conmovedora historia de amor con trasfondo musical. Rodada en blanco y negro y con una deslumbrante fotografía que viene a ser la marca de fábrica de este director polaco. Precioso homenaje al cine de antaño sin caer en el pastiche o la imitación.
“Mandy” de Panos Cosmatos
Ejercicio de divertimento bizarro que entronca con el terror de serie B, el sci-fi y hasta del surrealismo escuela David Lynch. Bebiendo tanto de la obra de Sam Raimi como del mundillo del pulp, los relatos de Lovecraft y hasta del thriller alla maniera di Frank Miller. Y con Nicolas Cage en una Harley acarreando un hacha dorada.
“Lo que esconde Silver Lake” de David Robert Mitchell
Maravillosa historia detectivesca con aroma a cine clásico, pero embadurnada de cultura pop. Repleta de guiños al cine de David Lynch, a los cómics de Charles Burns y Daniel Clowes, al “What’s the Frequency Kenneth?” de R.E.M y hasta a Kurt Cobain. ¿Qué qué?   
“La enfermedad del domingo” de Ramón Salazar
Impresionante drama dotado de una belleza casi espectral. Cada encuadre, cada movimiento de cámara, cada nota musical o palabra dicha nos trasladan hasta un espacio repleto de poesía sobre el cual se cierne una amenaza invisible. Eso y una Bárbara Lennie descomunal. 
“Un lugar tranquilo” de John Krasinski
Bellísimo film distópico en el que el no-sonido es el verdadero protagonista. Historia sin apenas diálogos, rodada en una forma elegante y en la que no hacen falta monstruitos para mantener el suspense de principio a fin.  
“Spider-Man: Un nuevo universo” de Bob Persichetti, Peter Ramsey y Rodney Rothman
Una locura audiovisual. Nueva visión del universo Spider-Man que poco o nada tiene que ver con sus predecesoras y menos mal. Sobresaliente en lo estético. La verdad es que la historia es lo de menos. 
“Border” de Ali Abbasi
“Déjame entrar” versión troll y con un poco más de mala vibra. Bonita reflexión sobre la identidad como garantía de pertenencia al grupo y también sobre la importancia del autoconocimento.
“Black Mirror: Bandersnatch” de David Slade
Un “elija su propia aventura” versión 9.0. Repleta de simpáticos guiños que no ocultan un trasfondo bien oscuro y profundamente inquietante.
“Roma” de Alfonso Cuarón
Historia pequeñita y conmovedora que encierra grandes verdades. Más allá de la historia de Cleo, la protagonista, tiene planos por los que ya merece la pena hincarle el diente. Un regalito para los sentidos.
“Isla de Perros” de Wes Anderson
La imaginación del rubio de Houston no conoce límites. Historia de un niño que emprende un viaje para buscar a su perro extraviado en un entorno repleto de divertidas ideas mecánicas. Maravillosa en sus colores. Vibrante en lo musical.
“La casa de Jack” de Lars Von Trier
Puro Lars Von Trier. Cinta oscura, provocadora, inquietante, sádica y muy desagradable. Nada nuevo bajo el Sol y a Dios gracias. Y con una escapada estilística al final que te deja espatarrao.    
“La Balada de Buster Scruggs” de Joel y Ethan Coen
Conjunto de historias sobre el lejano oeste en las que aparecen todos los elementos característicos en el cine de los Coen: violencia, humor negro, miserias humanas, personajes únicos y la importancia de lo inesperado. Bella a pesar de su irregular desarrollo.
“El Reino” de Rodrigo Sorogoyen
La historia de la España actual resumida en un conjunto de personajes de ficción o no tanto. Retrato sobre la corrupción cañí rodado con un ritmo vertiginoso, en lo visual y en lo musical, en el cual se verá reflejado más de uno.
“Dogman” de Matteo Garrone
Este hombre perro es la dolorosa encarnación de una vida de humillaciones. Historia de un perdedor de manual vapuleado por las circunstancias y acostumbrado a encajar. Recreación de un macabro suceso acontecido a finales de los ochenta en el extrarradio romano.
“Todos lo saben” de Asghar Farhadi
Mitad thriller, mitad drama en el que todos saben lo que pasa menos los que lo tienen que saber. Recelos pueblerinos, rencores familiares, asuntos de guita y secretos a voces en esta interesante excursión de Farhadi a terra ignota.
“Noche de lobos” de Jeremy Saulnier
Policiaco impecable factura en el que los bosques, la nieve, los lobos, las costumbres y creencias atávicas y los secretos de familia se dan la mano. Y con esos giros argumentales tan habituales en el cine de Saulnier.
“Ghostland” de Pascal Laugier
Peculiar historia de terror no tanto por el planteamiento formal, que asume todas las convenciones del género, como por proponer una lectura diferente. Ejercicio inteligente de sadismo, aunque sin llegar a salpicarnos como en “Martyrs”.
“La favorita” de Yorgos Lanthimos
La película más contenida en la trayectoria de este animal se centra en las maquinaciones políticas durante el reinado de Ana Estuardo. Menos sórdida que sus predecesoras, a cambio ofrece un tour de force entre las tres actrices protagonistas. Despampanantes.
“Lazzaro feliz” de Alice Rohrwacher
Mezcla entre fábula y neorrealismo que oculta una crítica a la sociedad capitalista y evidencia un claro homenaje al cine del primer Fellini. Con un discurso que oscila entre lo social y lo poético.
“Viudas” de Steve McQueen
Adaptación de un miniserie ochentera sobre cuatro mujeres con nada en común excepto una deuda heredada por las actividades criminales de sus difuntos esposos. Impecable como pieza de género.
“Calibre” de Matt Palmer
Una suerte de “Defensa” versión británica que ofrece mucho más de lo que inicialmente promete. Con su puntito justo de tensión y misterio es capaz de regalarnos un buen rato de diversión.
“Upgrade (Ilimitado)” de Leigh Whannell
Una marcianada repleta de ingenio tan predecible en su desarrollo como disfrutable. No sé si era lo que su director pretendía, pero parece más una comedia que un thriller de ciencia ficción. Y lo digo como algo positivo.  
“Deadpool 2” de David Leitch
Secuela de “Deadpool” en la que nuestro anti-súper-héroe favorito vuelve a las andadas con sus cafradas e insultos. Por muy insustancial que nos parezca,  este universo Deadpool sigue resultando estiloso y descacharrante.   
“Green Book” de Peter Farrelly
Tan vulgar como entretenida, tan fútil como divertida, tan buenista como interesante. Otra historia más sobre la amistad, el entendimiento y los prejuicios. Destacando, muy por sobre todo, la figura de Viggo Mortensen.
“Campeones” de Javier Fesser
Trabajo hasta más buenista que el anterior, pero para nada desdeñable. Tierno canto a la dignidad, la bonhomía y hasta la generosidad en una propuesta muy entretenida y por momentos, hasta divertida.
“Cam” de Daniel Goldhaber
Ínfima producción televisiva con aires a episodio de “Black Mirror”. Desconcertante inmersión en el universo de las redes sociales y del sexo on-line protagonizado por la más loquer de las protagonistas en “El cuento de la criada”.
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Y hasta aquí los Guarenes de Cobre Robao Awards.

Como ya hiciera el año pasado, solo he incluido aquellas películas valoradas por un servidor con, al menos, un cinquito en filmaffinity. Si bien, esta vez no las he ordenado basándome en la nota que les puse. Me he dado cuenta de que hay películas que han crecido mucho desde que las valorara en la mencionada web.

¡Ah! Y sí, yo también he visto “Hereditary” y hasta “El infiltrado del Klan” pero no están en la lista. ¿Qué pasa?

¡Y no! No he visto la de Freddy Mercury. ¡Ni ganas! Sí quiero ver “Quién te cantará” de Carlos Vermut  y ya lo habría hecho de no ser porqué es inencontrable aquí en Chile. También me suscita curiosidad la última de Koreeda –a pesar de la mierdaca que se cascó el año pasado-. Además quiero confirmar si la interpretación de Christian Bale en “Vice” es para tanto. Pero no se puede llegar a todo. Ni hay tantos guarenes a repartir.   
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