No voy
a ponerme aquí a desgranar las grandes virtudes que atesora la creación más celebre de don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, ni a relatar la
influencia de este cuadro en la obra de unos cuantos artistas posteriores. Tampoco
es mi intención ahondar en su condición de cumbre del arte
barroco, ni resaltar el hecho - bien conocido por otra parte- de que estamos ante uno
de los grandes momentos de la pintura occidental. Ni siquiera abordaré el asunto de los enigmas que el lienzo encierra, por mucho que resulte
fascinante elucubrar sobre esos secretos ocultos -algunos no lo son
tanto- que Las Meninas esconden a plena vista.
Durante
siglos, el cuadro que representa a la familia de Felipe IV, ha
inspirado a artistas y escritores, convirtiéndose en un verdadero
icono cultural. Los últimos en caer rendidos han sido los madrileños
Santiago García y Javier Olivares, guionista el primero, ilustrador
el segundo, de ese fantástico tebeo titulado precisamente “Las
Meninas” y que ha sido justísimamente galardonado con el Premio Nacional del Cómic
2015. El jurado lo ha elegido por, literalmente, “ser una obra que
asume un riesgo en la estructura narrativa y en el planteamiento
gráfico que se resuelve con brillantez, y por constituir un buen
acercamiento a la figura de Velázquez, su época y su influencia en
otros artistas”.
Y no
es moco de pavo. Porque sumergirse en él y en la deconstrucción que
de la figura de Velázquez y su proceso formativo/creativo que
le habría de llevar hasta pintar "Las Meninas", es una de las mejores
cosas que le puede pasar en estos momentos a un apasionado del mundo de la historieta. Y hasta del universo pictórico creado por el gran
maestro sevillano, ¡que coño!
Consumidos los diez primeros días del mes y aún no les había hecho partícipes de esta preciosidad. Xé xé xé... es que soy un puto desaborio. Eso y que no tengo respeto por mi -cada vez más- escaso público. ¡Manda caralho! En fin... ...que asín semos... ...que le vamos a hacer. Así que ¡ale!, sin más preámbulos ni esbozos de excusa... Aquí os dejo con la SulotK de noviembre. La penúltima del año y en la que se incluyen canciones nuevas de Cuello y Caspian o el avance de lo que será el decimoprimer álbum de Weezer, con impactante portada papal para celebrarlo. También una delicatessen firmada por los Garotas Suecas incluida en su nuevo EP y la curiosidad que supone el ver como colaboran los líderes de dos bandas tan diferentes, a priori, como The National o Menomena. La cosa se llama El Vy suena bastante bien. Espero que como el bon vi gane enteros con el tiempo. También andan por ahí gente nueva como Korey Dane, las Marineros, The Deslondes... y nuevos-viejos como Eilen Jewell con su "Worried Mind". En fin, polla güena, como siempre. Disfruten de la listica y discúlpenme por el retraso...
No creo que sea cosa de Ribó y los nuevos tiempos de la política municipal, pero lo cierto es que el volumen de conciertos interesantes programados en esta puta ciudad, se está incrementando hasta unos niveles que me hacen temer por mi salud económica y también la otra. Vamos, que este páramo está empezando a ponerse serio y en consecuencia las bandas internacionales ya no pasan tanto de largo cuando emprenden sus giras peninsulares. Cuento esto porque el pasado miércoles, absolutamente embotado con la dulce resaca que me dejó el show de don Ezra Furman la noche anterior, acudí hasta la sala 16 Toneladas para recibir un puñetazo sonoro al cargo de los Drones. Ojo, The Drones la banda australiana, no confundir con el esperpento que han firmado este año unos desnortados Muse a los que ya -y ojalá me equivoque- ni están ni se les espera.
Y es que por fin llegó el día en el cual la banda de Gareth Liddiard había de pasar por la capital del Regne-blavero mode ON- en el marco de una gira muy esperada por algunos. Vamos, por este menda y supongo que por todos aquellos fans que aún no habían tenido la suerte de ver a The Drones desenvolviéndose en su medio natural. Que es y ahora lo puedo afirmar con conocimiento de causa, el puto directo.
Ha pasado tiempo desde que estos australianos se hicieran un nombre con aquel lejano y maravilloso “Wait Long by the River and the Bodies of Your Enemies Will Float By”. Disco en el cual se incluye lo más parecido a un himno que tienen -y tendrán jamás-. Os hablo, por supuesto, de “Shark Fin Blues”. Canción que interpretaron anteanoche y por culpa de la cual, aún ahora mientras escribo estas líneas, la cabeza me da más vueltas que en un tiovivo. ¡Que puta barbaridad! Cómo sonó la jodía!!! Y es que diez años después el tema sigue produciendo escalofríos en el mejor de los sentidos. También es verdad que el disquito no era poca cosa. Vamos, que era cosa mayor -como diría el menda de la pachorra que ocupa La Moncloa-. Tampoco la preciosa reedición en vinilo doble que los colegas se han sacado de la manga este 2015. Motivo por el cual, supongo, durante la gira andan tirando del mismo para elaborar los setlist.
Y es que la cosa no acabó con el blues del escualo, sino que, también hubo tiempo para que los aussies sacaran a pasear otros trallazos como “Baby”, “This Time”, “Locust” o “Sitting On The Edge of the Bed Cryin”, en su versión más descarnada, ruda y hasta virulenta. Con un Liddiard en modo contorsionista, pataleando y escupiendo como si estuviese poseído por alguna de esas deidades aborígenes que le quedan tan cercanas. Eso en los gloriosos interludios entre sermón y sermón, ya que, por si no lo sabéis, de eso va realmente la cosa, con un Liddiard que cuando canta parece un Nick Cave con guitarra y más rockanrolizado. Si bien, sin tantos aspavientos como su paisano y con los ojos fijos en el techo durante gran parte del discurso. Con el beneplácito de la señorita Fiona Kitschin, claro está, todo el concierto a su vera aporreando el bajo, mientras ofrece su espalda a gran parte de la audiencia. Excepto cuando le toca participar de los coros, obviamente.
Una actuación brutal en lo sonoro e hipnótica en lo sensorial en la que también hubo tiempo para rescatar temazos del pasado. Es el caso de ese"The Miller's Daughter", incluido en su segundo álbum,con el que consiguieron ponerme los pelos de punta. También para incidir encomposiciones más modernas como ese “I See Seawed” que da título a su último elepé hasta el momento, a expensas del lanzamiento del nuevo, del cual adelantaron “Taman Shud”. También es verdad que no fui capaz de identificar todos los temas interpretados, por lo que es harto posible que incluyeran algo más del nuevo material. Dio lo mismo. Disfruté esas canciones tanto o más que las(re)conocidas. Y es que, a cualquiera que hubiese estado presente -no demasiados, ni un tercio del aforo lastimosamente- le hubiera resultado imposible no dejarse llevar por tamaña demostración de entrega y talento.
Otra cosa me gustaría decir, ya para acabar. Es respecto a la mencionada “Taman Shud”. Canción que, lo reconozco, enlatada no me parece gran cosa. Extraña eso sí. Sin embargo, sobre las tablas del 16 Toneladas sonó gloriosa. Una de las mejores de todo el setlist. Y es que a través de ella sola y en los pocos minutos que duró esa interpretación, los Drones fueron capaces de sintetizar la retahíla de influencias que se suelen citar para etiquetar su música. Una ristra de músicos y de músicas entre las que no se suele citar a los Eitürzende Neubauten y al avantgarde berlinés pero que, a la vista del tattoo que lucía Liddiard en el antebrazo -el archiconocido logo de la banda liderada por Blixa Bargeld- y teniendo en cuenta la extraña estructura compositiva de la pieza musical compuesta por el cuarteto de Melbourne, igual habría que empezar a replanteárselo.
En todo caso ¿qué más da? La música de los Drones es inclasificable. Y está bien que así sea.
Sin embargo sus conciertos, según he leído y ahora he vivido, si son clasificables. Exactamente en el top del ranking de actuaciones. No cabe mejor clasificación. Y es que estos tipos son una banda de directos, de las de verdad, con todo lo que supone eso. Unos monstruos. ¡Menudo regalo nos ofrecieron a los allí presentes! Para un servidor, el segundo que le hacen de este nivel en tan solo dos días. Esas cosas no pasan muchas veces. Aún flipo con ello. Ylo celebro.
De
esto no os había hablado y la verdad es que no tengo excusa.
Y es que, ya han pasado varias semanas desde que aterricé en Madrid
y tuve la inmensa suerte de toparme con esta maravillosa muestra
dedicada a la figura más prominente del arte noruego. Así que, como
imploraba el monje Salvatore, inolvidable personaje de “El
nombre de la Rosa”, “penitenciagite!!!”
Como
reza en la imagen que ilustra esta entrada, me estoy refiriendo a la
exposición “Edvard Munch, Arquetipos”, del Museo
Thyssen-Bornemisza de Madrid. La primera retrospectiva del autor de
“El Grito” en España en tresdécadasy para la que se han
reunido la friolera de ochenta obras, algunas de ellas muy conocidas.
Una cifra más que suficiente para repasar todas y cada una de las
obsesiones de este angustiado pintor y grabador, referente
incuestionable para los expresionistas alemanes de principios del
Siglo XX.
Al
parecer Munch decía de sí mismo que, del mismo modo que Leonardo
estudiaba la anatomía humana y para ello diseccionó cuerpos, él
intentaba diseccionar las almas. De ahí que los temas más
frecuentes en su obra sean aquellos relacionados con los sentimientos
y las tragedias. Supongo que ese es el motivo por el cual la
exposición del Thyssen se estructura en diferentes secciones a
partir de arquetipos emocionales. Representados por seres humanos a
los que vemos -o simplemente vislumbramos- en diferentes escenarios,
manifestando obsesiones existenciales como el amor, el deseo, los
celos, la ansiedad o la muerte, amén de estados anímicos como la
melancolía, la pasión o la sumisión.
Entre
todas las secciones destaca sobremanera, o al menos así me lo
pareció a mí, la dedicada al pánico. Y entre las obras que la
integran “Ansiedad” de 1896, una de las versiones que hay de “El
Grito” de 1893 y “Pánico en Oslo” de 1917. Tres
representaciones en las que el entorno urbano aparece como un lugar
estresante y agitado, donde el hombre se ve sometido a una
experiencia traumática.
También
me impresionaron los cuadros cuya temática es la muerte. Como esa
“Niña Enferma” de 1907 pintado a base de gruesos empastes, con
lo que el pintor de Loten quiso simbolizar la materialidad de la
carne deteriorada de los muertos. Y que decir de los encuadrados en
el espacio dedicado a la melancolía, con “Atardecer” (1888) y
“Melancolía” (1891) a la cabeza. Obras en las que Munch nos
muestra a la naturaleza como espejo de las emociones más
profundas.
En
definitiva, una maravillosa muestra que, si no me equivoco, estará
expuesta hasta mitad de enero y que, si tienes tiempo y dinero
-tampoco tanto- no deberías perderte. Desde luego que, si te pilla
por Madrid o alrededores, no tendría sentido que no fueras. Suloki
dixit.
A ver.
El que la visita de Ezra Furman esté pasando casi desapercibida para
tantísima gente de esta país, inclusive dentro de selectos
ambientes musicales, no tiene perdón de Dios. Menos aún en el caso
de estos últimos, repletos de eruditos de la cosa tan proclives a
pontificar en sus columnas, foros de Internet y hasta conversaciones
de barra de bar -musical o no-. Y es que con menos de treinta años y
seis álbumes sobre la chepa -los tres primeros junto a The Harpoons-
la que está liando este chaval es de aúpa. No solo porque sus
discos, especialmente los dos últimos, sean una puta maravilla, sino
también y muy especialmente debido a su exuberante directo. Algo
digno de ser visto.
Os lo
digo yo, que fui uno de los pocos privilegiados -¡no había ni media
sala!- que asistió al desparrame pop-rock-punk-garage y dos huevos
duros que el de Evanston protagonizó en el Teatre La Rambleta
durante la noche del pasado martes. No creo que ni una sola persona
entre los presentes saliera defraudada. ¡Para quedarse inmune ante
tamaño arsenal! Veintidós torpedos musicales con los que el tipo se
metió a todo quisque en la butxaca.
Y eso
que asistí con la expectativa muy alta, lo cual tiene sus riesgos.
Pero dio absolutamente igual. Este hombre está muy por encima de
todo eso. Da la sensación de que se halla en su momento y justamente
por eso es justo ahora cuando hay que verle y gozarle. También es
verdad que, mi enamoramiento es tal, que aún si vuelve ya más
talludito y viviendo de las rentas, con el ansia, la rabia y hasta la
inspiración tamizada, también acudiré a su encuentro. Solo sea por
comprobar cuanto se perdió en el fuego y sobretodo para disfrutar de
lo que quede, que seguro será mucho.
He
mencionado antes que sus dos últimos discos me parecen grandiosos.
Asombrosos, añadiría. Porque están repletos de cortes a cada cual
más diferente, conformando así una enorme madeja que hace imposible
etiquetar su música. Evidentemente el tipo está abierto a todo tipo
de ideas y tendencias. Se acerca a ellas, las deglute, luego las
digiere y al final nos presenta esa transformación en forma de
canciones, a veces delicadas y otras absolutamente desgarradoras. De
ahí que se haya querido ver en su música el sello de unos Violent
Femmes, Paul Simon, Jonathan Richman, los Beatles, los New York Dolls
y por supuesto el puto David Bowie. La marca de este último es
visible hasta en la pose que Furman adopta sobre el tablao -aquí en
Valencia apareció con pelo azul, labios pintados y ataviado con un
enorme collar de perlas. Tan solo echamos en falta la faldita
exhibida en otros parajes. La próxima vez será-. Todo esto para
señalar el mayúsculo acierto que supuso, a mi parecer, que el
noventa por cien de la actuación estuviese consagrada a enaltecer
los cortes del “Day of the Dog” (2013) y el recientemente
publicado “Perpetual Motion People” (2015). Un álbum este último
que, lo anticipo, aparecerá muy -pero que muy- arriba en el ranking
de recomendaciones musicales de TCBUP al cierre de ejercicio.
La
cosa comenzó sosegada, con “Day of the Dog”, pero rápidamente
se aceleró con varios cañonazos incluidos en ese mismo disco como
“Anything Can Happen”, “I Wanna Destroy Myself”, “Caroline
Jones” (cara B del single “My Zero”) y un
par de aportaciones extraídas de “The Year of No Returning” (2012) – en
concreto “American Soil”, que sonó como un trueno, y “Bad
Man”-. En este primer bloque también tuvimos la suerte de
disfrutar de una versión sosegada de “And Maybe God is a Train”,
que, si bien la prefiero en su formato original, demostró la
capacidad de reinvención que tiene el andrógino geniecillo.
En el
segundo bloque se aglutinaron varios de los platos fuertes de la
velada. Cosas tan brillantes y a la vez tan diferentes como “Lousy
Connection”, “My Body Was Made”, “Wobbly”, “Haunted
Head”, “Tip of a Match” y la delicada “Ordinary Life”,
canción que, según nos contó el propio artista -no sé si medio en
broma- escribió en un momento bastante jodido en el cual decidía
sobre su permanencia en el mundo de los vivos. También se paseó por
allí el jitazo por excelencia de la corta pero larga trayectoria de
Ezra Furman: “My Zero”. Lástima que fuese justo aquí -y solo aquí- cuando “The Boyfriends”, cómplices musicales del susodicho
de un tiempo a esta parte, se desajustasen un poco. Ni siquiera creo que fuese culpa del principal implicado, el saxofonista Tim Sandusky, quien con su instrumento es elresponsable de aportar esos toques
tan elegantes e intensoscaracterísticos del universo Furman. Para finalizar y descontando el asunto de
los bises, sonaron “The Mall”, “At the Bottom of the Ocean” y
poniendo todo aquello patas pa'rriba ese himno titulado “Tell'em
All to Go to Hell”.
Después vino la sorpresa en forma de bises. Y digo sorpresa no por el
consabido teatrillo que esta práctica absolutamente desvirtuada,
pero por todos aceptada, supone. Tampoco por la euforizante
despedida a través de “Restless Year”, momento esperado hasta
por el menos avezado entre los allí presentes. Me refiero a la
libérrima adaptación del “Crown of Love” de los Arcade Fire que
se sacaron de la manga Mr. Furman y sus novios, amén de la presentación a pelo
-vamos, el peliazul pero sin banda de acompañamiento- de una nueva canción
titulada “Penetrate” o “Penetration”.
Y hasta aquí.... Eso
es todo lo que os tenía que contar. Tan solo me queda darle las gracias
al artista por recordarnos que la música, aún hoy día, sigue
siendo el mejor antídoto contra la depresión. Sobretodo en los
tiempos de zozobra que nos está tocando vivir.
Pensaba
que el concierto estaría bien, pero fue aún mejor. Uno de los
mejores – sino el mejor- del año 2015.
Esa
jodida manía de etiquetar y clasificar toda nueva propuesta musical
y a su perpetrador. Esa jodida manía de señalar la ascendencia
musical del susodicho y declararle heredero de prominentes figuras
del pasado. Esa jodida manía que tranquiliza a crítica y publico,
remitiéndonos a los melómanos -de medio pelo- a descubrir cual será
la siguiente nueva tendencia. Esa jodida manía tan mal tolerada por
algunos de los protagonistas de la música así etiquetada. Esa
jodida manía que hace que, con precisión de relojero, año tras año
asistamos al nacimiento de un nuevo estilo musical y al advenimiento
del nuevo Dylan, el nuevo Bowie, los nuevos Joy Division y hasta el
nuevo Camarón...
Pues
bien, de no ser por esa jodida manía este menda no habría podido
sumergirse en los maravillosos mundos de doña Eilen Jewell, also
know as la nueva Loretta Lynn. Jodías manías que, al final de la
carrera, ni son buenas ni malas sino todo lo contrario. En este caso
todo lo “countryario” -ouyeah-. Y es que la Jewell puede llegar a
ser en el mundo del country lo que en su momento fue la Honky Tonk
Woman. Así lo afirman algunos de los que saben de esto. Si bien,
esos mismos son quienes señalaron como trasunto de “la hija del
minero” a personalidades tan dispares -sobretodo en lo que a
calidad musical respecta- como Lucinda Williams, Gillian Welch, Tift
Merritt y últimamente (OMG!) en la señorita Lindi Ortega. Pasando
por alto la coña que supone esta última comparación, a la única
que veo en el papel -además de a Eilen- es a Lucinda y con matices.
Nunca a una hoy retirada (¿?) Gillian Welch quien jamás consiguió
enamorarme y mucho menos a la señorita Merritt, mucho más en la
onda de Joni Mitchell.
El
caso es que el descubrimiento de Eilen no se ha producido ahora. Esta
bitácora ya se hizo eco del fantástico espectáculo ofrecido en
Valencia por la cantautora de Boise hace unos años. Fue en octubre
del 2010 y gracias a un concierto al que acudí con muchas
expectativas, pero también con algo de miedo, como si de una cita a
ciegas se tratara. Todo ello por mor de la machacona campaña
publicitaria en ciertos medios, bien aderezada de loas y parabienes.
Y es que muchos saludaron efusivamente aquella gira española, la
segunda de esta rubia de porcelana por la piel de toro. Eso hizo que
este menda se interesase en comprobar si por los poros de la Jewell
realmente rezuma el espíritu de Loretta, más allá de ser la
responsable de un bonito homenaje, en forma de disco del año 2010,
que se titula “Butcher Holler: A tribute to Loretta Lynn”. A Dios
gracias que me dejé seducir y fui al evento. Desde entonces soy
fan...
...y
desde entonces suplico por que la señorita comparta sus nuevas
canciones. Amén de su vuelta a la noche valenciana para defenderlas
sobre las tablas. Alguien por allá arriba debió atender mis
plegarias ya que durante este 2015 hemos tenido la suerte de
disfrutar de un nuevo disco de Eilen Jewell -“Sundown Over Ghost
Town”- y de que programe un bolo en Valencia para presentárnoslo
como es debido. Esto último pasó durante la noche del pasado jueves
y de eso es de lo que os quería hablar. Un concierto al que la diva
vino acompañada de esa fantástica banda en donde destaca
sobremanera, además de ella misma, un extraordinario guitar-hero
llamado Jerry Miller. También el bataca Jason Beek, a la sazón su
marido y padre de esa niñita que les acompaña durante la gira. La
misma a la que dedicaron una deliciosa versión del “My Girl” de
los Temptations a modo de despedida y cierre.
El
concierto -celebrado en El Loco- estuvo centrado, como no podía ser
de otra forma, en los cortes incluidos en su último lanzamiento. Un
álbum con un sugerente título que alude a su nueva residencia en
Idaho, su tierra natal, a donde la familia Beek-Jewell decidió
retornar tras unos años afincados en Boston. Se trata de un disco de
corte más intimista e introspectivo que los anteriores, al que
cuesta entrar pero del que, una vez dentro, es bastante difícil
salir. Así pues, en el tracklist de la noche se colaron joyitas como
“Worried Mind” -canelita fina que sirvió para romper el hielo”,
“Hallelujah Band” -cançoneta repleta de notas autobiográficas-,
“Río Grande” -con rasgueo de guitarra a lo flamenco incluido- o
“Song Bird” -también dedicada a su omnipresente bebé-. Por
supuesto recuperó cortes de su álbum más reconocido, aquel “Queen
of the Minor Key” del 2014 y gracias al cual bailoteamos con “Ban
Bang Bang”, nos tranquilizamos un poco con “I Remember You” y
nos emocionamos con esa delicia que es“Santa Fe”, más aún
en la forma que fue interpretada: a pelo -voz y guitarra, vamos-. Con lo que quedó patente que sí, que es
verdad, que se podrá discutir quien es más o menos heredera de la
señora Loretta, pero no quien es la auténtica "reina del tono menor".
Entre medias también hubo tiempo para que se colaran la fantástica “Rain Roll In” del “Sea
of Tears” (2009) -mi canción favorita de su ya amplio repertorio-,
o “Richman's World” y “Mess Around” incluidas en sus dos
primeros -y olvidados- discos de estudio. Y como no, las fantásticas
versiones marca de la casa. Además delmencionado jitazo de los Temptations, el “Shakin' All Over” de Wanda Jackson,
“Drop Down Daddy” de Lucinda Williams, “The End of the Line”
de Bob Willis & His Texas Playboys y, of course, “Fist City”
de Loretta Lynn.
En
definitiva, un concierto tremendo al cargo de alguien que pasa por
ser una de las voces más interesantes de la música norteamericana
actual. ¡¡¡Que nos dure pardiez!!!Y
que la podamos ver por aquí cuantas veces que haga falta.
Y eso
es todo...
...bueno... no. Se me olvidó comentar que hubo teloneros. Respondían al nombre de Miss
Tess and The Talkbacks. Dueto de Nashville que practica una suerte de
country-rock, con una deriva algo más swing que la banda teloneada.
Además participaron como músicos de acompañamiento en algunas de
las versiones interpretadas por Eilen Jewell y su banda durante el
show. Algo que, sin ningún género de dudas fue su mejor aportación
a la velada. Y es que las canciones propias de Miss Tess y su
compañero, sin estar mal del todo, no me parecieron nada del otro
jueves.
Pues
mira tú por donde que hoy, día de San Judas y de San Simón -el
simpaticón- toca hablar de Robertson Davies, famoso crítico,
conocido periodista, señalado profesor y por encima de todo egregio
escritor que, inexplicablemente, aún no se había asomado a este
ventanuco internetil. Alguien que pasa por ser uno de los autores
más conocidos del Canadá y a quien se ha llegado a comparar con
Charles Dickens y John Irving. Y todos estos parabienes se deben,
principalmente, a las afamadas trilogías firmadas por Davies a lo
largo de sus más de cuarenta años de trayectoria. Con una mención
muy especial para aquella que parte de un poblacho llamado Depford y que
está integrada por “El quinto en discordia”, “Mantícora” y
“El mundo de los prodigios”. Tres libros publicados en la década
de los setenta y que condensan lo mejor -y supongo que también lo
peor- de la obra de este ilustre barbudo.
El
caso es que la historia gira en torno a un misterio, el que envuelve
la muerte de un magnate remolachero llamado Boy Staunton. A partir de
ahí se teje una trama que involucra, fundamentalmente aunque no
solo, a tres personajes cuyo destino queda sellado por una pelea
infantil con bolas de nieve. Los tres nos ofrecerán su punto de
vista sobre quién mató al exitoso self-made man. Comenzando por
Dunstan Ramsay, amigo de la infancia del muerto y primer narrador.
Aquel que protagoniza ese quinto en discordia que abre la serie y que
es considerado por la crítica como la cima de la obra literaria de
este narrador nacido y criado en Ontario. Valoración a la que, por
supuestísimo, me sumo. Aunque eso no es más que el pistoletazo de
salida a este particular y por momentos exuberante ejercicio
literario repleto de sorpresas y misterio, hasta cuadrar el enigma
que le da sentido.
La
Trilogía está llena de personajes complejos con algunas luces y
otras tantas sombras, encuadrados en esos momentos de la historia del
mundo que hoy consideramos claves. Robertson Davies nos introduce,
por boca de ellos, en una serie de interesantes reflexiones y
pensamientos, perfectamente enlazados a los dramas personales, los
conflictos sociales y religiosos, los valores culturales, las
costumbres y la implacable moral de la época que genera monstruos
allá donde no los hay. Además, a lo largo de sus más de 1200 páginas
asistiremos al fantástico y sórdido mundo del circo, al extraño mundo del ilusionismo
y hasta al psicoanálisis. También conoceremos a gente extraña,
cuando no diréctamente freaks, como Magnus Eisengrim o su excentrica
amiga Liesl, personajes repletitos de historias dignas de ser
contadas. En definitiva, una obra inmensa en la que sumergirse de forma
placentera y dejarse llevar. Solo así accederemos a los
laberínticos túneles de la historia y a sus casualidades, serendipias
y coincidencias, a los mitos y a la magia (¡mucha magia!), pasados por
la túrmix e incorporándoles una buena ración de egos y miserias.
Buena/s novela/s a las que tan solo cabe oponer un pero. Tiene que ver con cierta sensación
de que al final la cosa ha ido de más a menos. Lo que no es cosa menor, o dicho de otra manera -Rajoy style-, es cosa mayor. También es verdad que el primer
volumen de la trilogía me parece insuperable y eso, a cualquier serie,
le supone un problema con difícil solución.
Sé
que estoy desaparecido desde hace tiempo, así que disculpadme, pero
es que ando afectado por el mal de la pereza. Una dolencia acrecentada por
los rigores del estío mediterráneo, tan del gusto de demasiados,
que me ha impedido engarzar cuatro palabrejas para darle forma a uno
de los habituales textos mediocres que suelen poblar esta bitácora.
Si a eso le añadimos que he pasado una temporada expatriado y con la
agenda repleta de eventos, pues comprenderéis que esto haya estado
más muerto que Mufasa, la madre de Bambi, los padres de Tarzán y la
polla de Mr. Bobbit, todos ellos juntos pero no revueltos. Lo que no
obsta a que, a lo largo de estos casi dos meses, haya seguido atento
a cositas diversas, algunas ciertamente interesantes, siendo ahora el
momento de relatároslas. ¡Y no son pocas! Believe in me. Comenzando
por un bonito viaje trasandino del que daré buena cuenta en próximas
fechas, continuando por un par de libros y ensayos que me apetece
reseñar, algún disco del que ando bastante colgado, el conciertillo
que puso fin a mis merecidas vacaciones y hasta una interesante
exposición al cargo del mejor talento que ha deparado Noruega hasta
la aparición del fenómeno Martin Odegaard. Así que, tal cual
hiciera el pene del ex - esposo de doña Lorena, TCBUP resurge de
entre las cenizas con esta entrada…
¡Abordemos en primer lugar la
cuestión corcierteril!
Hete
aquí con el caballero Suloki, tras dos días de desvelo
interoceánico en interminable tránsito aeroportuario, infatigable
como es él, como quien no quiere la cosa, de corrido y sin pasar
por la casilla de salida, se planta en el Loco para asistir al
concierto de dos de sus galanes favoritos. Os estoy hablando, por
supuestísimo, de don Adam Stephens y míster Tyson Vogel, a la sazón
Two Gallants, dueto de folk-rock multivitaminado proveniente de la
maravillosa ciudad de San Francisco. Una banda que me enganchó allá por el año 11 por obra y gracia de maese Txarls, quien me los dio a
conocer a través de una entrada en su recomendable blog. Era cuando estos chicos
liderados por ese trasunto de Barney Stinton aka Doogie Howser “el
médico adolescente”, venían presentando su disco homónimo, el
tercero en su trayectoria y en el cual se incluye una de sus mejores
composiciones hasta el momento, “Despite what you've been told”.
Canción con la que precisamente abrieron su actuación en Valencia
el pasado viernes por la noche. Un temazo incontestable al que
sucedieron otros tantos como “We are undone”, “Incidental”,
“Fools like us”, “Some trouble” o “Heartbreakdown”, estos
incluidos en su último disco “We are undone”, amén de recuperar
jitazos como “Steady rollin'” o “Las Cruces jail” ya en los
bises, ambos cortes extraídos del que para mí aún sigue siendo su
mejor álbum, “What the toll tells”.
El
concierto, en términos generales, fue correcto. La impetuosa pareja
demostró que su fuerte son los directos, derrochando energía cual
banda de punk pese a que sus universos musicales están más próximos
al sonido de raíces. Incluso los medios tiempos marca de la
casa, sus murder ballads y esos novedosos momentos poperos de su último elepé, resonaron con fiereza sobre las tablas.
Y es que sorprende ver como únicamente dos tipos, uno con guitarra y aderezos, el otro a la batería, generan tantísimo ruido.
Con todo y con eso, tal vez porque el cansancio fue mermando mi capacidad de concentración
conforme pasaron los minutos, tuve la sensación de que la actuación fue de más a menos. Empezó pletórica, con la mencionada
“Despite...”, pero fue decayendo en intensidad, apreciando incluso cierta desgana en los músicos. Eso sin contar que
tardaron una eternidad en salir para los bises y tan solo después de un
buen rato, ante la insistencia de tres o cuatro energúmenos a los
que poco importó aporrear la puerta del camerino. Teniendo en cuenta la demora y lo escueto del retorno y que, ya en ese momento,
en la sala atronaba la música propia del post-show, me dio la sensación de que no estaban muy por la labor. Vamos, que no habían salido especialmente satisfechos del bolo. Mucho menos del comportamiento de algunos mendas que copaban las primeras filas.
En lo que a mí respecta lo dicho, dadas las circunstancias y la expectativa, prefiero haber ido. No estuvo mal, pero pudo y debió estar mejor. Confío en volverles a ver para el
desquite.
Y por
ahora eso es todo. Mañana más, si Dios quiere. Si no también.
Ya hace años que venimos asistiendo a la consolidación de una corriente
involucionista dentro del mundo del fútbol -y del deporte
profesional en general-. Salida de los laboratorios ideológicos del
empresariado más caradura y de esos chiringuitos montados por
caza-recompensas profesionales también conocidos como “agencias de
representación de jugadores”, amparada por poderosísimos grupos
mediáticos, esta ideología va impregnándolo todo. Como
representante de esos empresaurios, aquí en nuestro país tenemos a Don
Florentino Pérez, ingeniero y político además de
presidente del grupo ACS y del Real Madrid C.F. De entre los caza-recompensas
destaca el lisboeta Jorge Mendes, representante de futbolistas que
gestiona la compañía de representación Gestifute, asesora al
fondo de inversión deportivo Quality Sports Investment y colabora
con la agencia norteamericana Creative Artists Agency. Dos tipos
prepotentes, cobardes y egoístas, de los que no aceptan una crítica
y mucho menos un no por respuesta. Gente que se cree un regalo de
Dios a la Tierra y por lo tanto no están en disposición de
rebajarse a discutir con aquellos a quienes consideran currantes de
usar y tirar. Todo sea por un bien superior, su cosmovisión y su
cartera -y no necesariamente por ese orden-, a mayor gloria de su
ego.
La
última del dúo cómico hispano-portugués consistía en, una vez
destruido Casillas, una vez humillado y expulsado quien es y será
por méritos propios mucho más grande que ellos dos juntos, traerse
hasta las oficinas del Berbabéu y al coste que sea -que pa' eso pagan los
socios- a David De Gea. Un buen portero, no lo cuestiono, pero que
acaba contrato a final de esta temporada y por lo tanto queda libre para negociar con quien le pretenda. Pero las comisiones
son las comisiones compay y ahí hay demasiado botín como
para dejarlo pasar. El caso es que la “jugada maestra” implicaba
un daño colateral: la defenestración de Keylor Navas, otro buen
portero, al menos tanto como lo es De Gea.
Parecía que, como
siempre, estos dos se iban a salir con la suya. Poco importaba que el
Bernabéu se hubiera posicionado en favor del guardameta tico en la pasada jornada de liga. Tampoco el que a Keylor,
en principio, no le hiciera gracia el cambio de destino. Lo cierto es
que aparte de la visión “privilegiada” de Florentino y los
“fantabulosos” juegos de manos de Mendes poco importaba nada.
Porque al Real Madrid, o sea, a su director deportivo de facto y asociados, era esto lo que les rotava. Ese era el fichaje galáctico
para el 2015. Y ahí comenzó la guerra civil de cada veranito. Pero esta vez
y sin que sirva de precedente se han topado con otro infausto
personaje dentro de este mundillo balompédico, cada vez más asqueroso. Ese es don Louis van
Gaal, un tipo que por catadura no me explico como aún no ha sido
llamado a filas por Florentino -vía Mendes-, quien se transformó en la horma del zapato de Flo y Jor.
A
continuación viene la historia por todos conocida. El negociete por
los aires. Igualmente, la comisión de don Jorge y el ego del “ser
superior” al garete. La marca Real Madrid a tomar por culo. El
portero titular desnortado y es que, amén del ninguneo sufrido,
ahora tiene que quedarse con la mitad de sueldo que le prometía el Manchester y con el destemple de saber que está donde no le querían. ¿Y
De Gea? Pues De Gea con Van Gaal y la promesa -alegal- de seis
millones de prima por fichaje en el alero, quedando en lo económico
y en lo profesional ciertamente tocado. En fin...
Un
amigo igual o más madridista que yo me lo comentó ya hace tiempo:
"Modelo muerto, compadre". Muerto no... lo siguiente. Y es
que esto no se sostiene. Florentino y sus palmeros se han convertido
en una turba de figurantes de cualquiera de las temporadas en The Walking
Dead. El problema es que las criaturas ni tan siquiera se han dado
cuenta. Bueno, Mendes sí y vaya si saca provecho de ello.
Septiembre,
cuando se van los calores o al menos eso es lo que prometen los
hombres del tiempo tan emperifollados ellos en su micro espacio
informativo. Es además el mes en el cual algunos iniciamos las
vacaciones, aunque no tú, que ya estás de vuelta dispuesto a
padecer ese neo-mal bautizado por alguna estrella de la
psicología del papel cuché como “estrés post-vacacional”.
Septiembre y el pistoletazo de salida para que los coleccionables de
tacitas, daditos, muñequitas y hasta clásicos de la literatura
grecorromana invadan los kioscos de vuestros villorrios. El mes del
buen rollo, en el que es obligado plantearse buenos propósitos,
alabados por todo quisque cual verdad inmutable, como ir al gimnasio
para compensar los desmanes del verano o dejar de fumar. También es,
y esto me parece más interesante, época de grandes lanzamientos
discográficos como los que os presento a continuación. Una SulotK
con un poquito de tó y un muchito de ná. No hay espacio en ella
para Jennys Farlópez ni para Justinbivers... Solo buena
mierda, como siempre, que de eso se trata. Colóquense con ella, pero no
abusen. O sí, ¡que coño! Pa' eso está...