martes, 2 de octubre de 2018

...y otra tanda más o da' best albums of 2018 pa' este menda (so far) - 3ª parte


The Jayhawks. “Black Roads and Abandoned Motels”
El décimo álbum en la trayectoria de la banda de Minnesota, es un nuevo muestrario de esa luminosidad melancólica marca de la casa. Un rasgo que viene caracterizando su música desde tiempos inmemoriales y que los hace no grandes, sino enormes. Y ello con o sin Olson a los comandos, mal que le pese a demasiado crítico profesional. Conste que yo también prefiero aquellos Jayhawks. Eso y que parece evidente que este disco no alcanza el nivel de las obras surgidas durante el periodo bifronte. Quizás acercarse a ese horizonte resulte imposible. Pero de ahí a afirmar que estamos ante un disco mediocre, un refrito de cosas o, como ha insinuado alguno, la última mierda que cagó Pilates, pues como que no lo veo. Lo cierto es que “Black Roads and Abandoned Motels” me parece un trabajo notable y hasta glorioso en algunos de sus mejores momentos. Que tampoco es fácil determinar cuáles son, ya que el nivel de las once canciones es sumamente parejo. Para bien, se entiende. Casi todas ellas compuestas a medias con otros artistas. Al parecer con la intención de ser interpretadas por esas voces. Las de Jakob Dylan, Dixie Chicks o Ari Hest entre otros. Supongo que también molaran en boca de los susodichos. Pero no tanto como cuando las canta Gary Louris. O Karen Grotberg y Tim O’Reagan que aquí participan y mucho de la fiesta.

Profligate “Somewhere Else”
Estos nuevos Profligate, erigidos en dúo después de que Noah Anthony haya invitado a subirse al carro a Elain Khan, resultan mucho más interesantes que cuando publicaron “Videotape” o “Finding the Floor”. Como en ese pasado aún reciente, la cosa sigue transitando por los derroteros del ambient, lo industrial y hasta la EBM. Si bien, ahora todo se torna un tanto más denso y oscuro. Y medido y lúcido y tenso y angustioso y nosecuantas cosas más. Deslizándose hacia postulados propios de la darkwave que le sientan la mar de bien. Las texturas y sonidos que lo componen, esos ritmos repetitivos y pegajosos, las disonancias, los zumbidos y crujidos, el juego de voces chico – chica, que en la mayoría de las veces no es más que un spoken word susurrado, hacen que la escucha de este álbum se convierta en una experiencia sumamente especial. Maravilloso rompecabezas sonoro. 

Dead Combo “Odeon Hotel”
Accedí a lo nuevo del dúo lisboeta, aquí en modo orquesta tras la incorporación de varios invitados, gracias a Bboyz como en tantas otras ocasiones. No es que no les conociera. Cuestión esta imposible tras su aclamada participación en aquel maravilloso programa gastro-viajero que conducía el fallecido chef Anthony Bourdain. Lo que pasa es que nunca me los tomé demasiado en serio. Eso hasta ahora y gracias a la aparición de este tremendo “Odeon Hotel”. El séptimo elepé de una banda cuyo sonido transita entre la música para películas, el rock sahariano, el fado, los spaguetti western e incluso esa cosa a la que llamamos americana. Gótica en el caso de “I Know, I Alone”, una de las mejores canciones del álbum y que cuenta con la voz cavernosa de Mark Lanegan al frente. ¡Recitando un poema de Pessoa en inglés! Otras de mis favoritas son “In a Mellotron”, “The Egyptian Magician” - que también recuerda un poco a los Gutter Twins, aunque aquí no cante ni Lanegan ni Dulli ni nadie-, o “Theo’s Walking”. 

Jim James “Uniform Distortion”
Como diría mi amigo Txarls, Jaime al cuadrado nunca decepciona. Ya sea con su banda madre, en proyectos colaborativos o en solitario -como en el caso que nos ocupa-, el músico de Louisville siempre tiene buena mierda para ofrecer. Y eso que en este “Uniform Distortion” se muestra mucho menos experimental que en trabajos anteriores. Porque, digámoslo ya, estamos ante un disco de lo-fi guitarrero que transita por los derroteros del rock gringo de toda la vida. Indicado tanto para fans de Neil Young como de los Drive-by Truckers, si es que se puede ser fan del uno y no de los otros. El caso es que, al menos yo, le agradezco que en este momento de la vida se haya dejado de pajas mentales y nos entregue algo tan crudo, rápido y, en definitiva, rocker como este trabajo. El quinto en la trayectoria en solitario del amigo Yim, si incluimos los dos álbumes de versiones que publicó en los años 2007 y 2017. Y sí, por si no se notaba, certifico que me encanta. Creo que es su mejor obra desde aquellos primeros elepés de My Morning Jacket. Uno de los claros aspirantes a disco del año para esta bitácora. 

Ovlov “Tru”
Delicioso ejercicio de nostalgia noventera el que nos regala este cuarteto de Newtown, Connecticut. Un disco labrado a base de guitarras pesadas y con una sensibilidad que se haya a mitad de camino entre el shoegaze de gentes como My Bloody Valentine y el indie-rock de iconos de (mi) juventud como Pavement o Dinosaur Jr. Muy especialmente en lo que respecta a este último y es que, si lo que suena en canciones como “Short Morgan” no es la jazzmaster de J. Mascis que baje Dios y lo vea. Y si tiene huevos que me lo refute. Le doy también la razón a Bboyz en lo de Cloud Nothings. Dylan Baldi podría formar parte de Ovlov y a nadie nos extrañaría. En definitiva, que siempre es un placer toparse con este tipo de sonoridades que tantos buenos recuerdos me traen.

La Ciencia Simple “III V VII”
De las bondades de este “III V VII”, tercer disco en la aún corta trayectoria de los santiaguinos La Ciencia Simple, ya di buena cuenta por aquí. Fue con motivo del apabullante directo ofrecido en la Sala El Farol de Valparaíso a finales de agosto. Venían justamente a presentar este álbum. Un ejercicio de rock instrumental y experimental en el que las atmósferas y los muros de sonido son la punta de lanza.  Un trabajo tremebundo en el que se aprecia la huella de Explosions in the Sky, Duster, el narkopop de Wolfgang Voigt, Slowdive y los primeros This Will Destroy You.

Ought “Room Inside the World”
Ought es la banda de Tim Darcy, trasunto escuchimizado de Joseph Gordon-Levitt que durante el pasado año debutara en solitario con “Saturday Night” (Número 16 en mi lista de Lo milloret de lo milloret 2017). Y la verdad es que poco o nada tiene que ver aquello con esto. La actitud crooner del artista canadiense en su faceta de solista, se diluye en un proyecto como el de Ought, instalado en la vanguardia del post-punk modernete desde hace tres discos. Con ecos a los últimos Girls Names, también a Editors, pero sobre todo a los primeros álbumes de Interpol. Más en lo que respecta a “Antics” y al “Our Love to Admire” que a “Turn Out the Bright Lights. Lo cierto es que la banda de Montreal no aporta nada nuevo al género. En el caso de este disco, incluso renuncia a la senda “experimental” emprendida con “Sun Coming Down”. Entonces se dijo –y así lo parecía- que estaban tratando de desarrollar un sonido algo más alejado a la lógica del género. Pero poco o nada queda de aquello. Aunque tampoco importa. Creo que con “Room Inside the World” han facturado un disco notable que funciona a la perfección desde la primera a la última canción. De hecho a mí me gustan más estos Ought “convencionales”. Entre otras cosas porque creo que es en esta versión, cuando más brilla la profunda voz de Mr. Darcy. Que al final, como diría el tío de “Sinopsis de Cine”, es lo que le da calidad a la película. 

Moaning   s/t
Más post-punk, aunque no sé si tan formal como os decía del disco anterior. Sí que resulta un tanto más enérgico y oscurete. Banda que surge de Los Ángeles, California, aunque parezca raro. Una formación que, tal como anticipan con la elección del nombre, sustenta su sonido en el gemido de guitarras y en una dimensión vocal bastante fría y lineal. Con esos ingredientes acaban definiendo una fórmula que en ocasiones me recuerda a los suecos Holograms, pero en otras a los primeros The Pains of Being Pure at Heart. Antes de que la china se tirara del carro en marcha. También a algún que otro icono de la milonga shoegazer (je je). El caso es que para ser unos pipiolos y este su debut, se les ve curtidos. Desde luego el que debería pasar a la historia como su álbum homónimo, destila robustez por los cuatro costados.    

Lucrecia Dalt “Anticlines”
Anduve bastante colgado de este extraño disco de electro-pop espacial tras el que se esconde una ingeniera colombiana residente en Berlín. Lo etiqueto así por decir algo, ya que lo que suena en los catorce cortes que integran “Anticlines” puede definirse tal como yo lo he hecho, o de cualquier otra forma y tampoco pasaría nada. La cosa va de zumbidos, crujidos, frotado de copas, ruido de grillos, pequeñas explosiones, goteos y hasta gorjeos, theremines, sintetizadores… Por encima de todo eso, se respira un halo de misterio que en ocasiones recuerda a la mismísima Juana Molina. Si bien, lo que hace Lucrecia Dalt suena más extraño que cualquiera de los discos de la multifacética artista argentina. Supongo que se trata de explorar. O de explorarse. Y que mejor manera de hacerlo que tirando de los conocimientos adquiridos cuando uno es un profesional de la ciencia. No solo como herramienta a la hora de componer, sino también en aras a construir un imaginario propio. En consonancia, la parte vocal resulta fundamental. Con esos spoken words en los que la colombiana tira de jerga geológica y nos adentra en los mundos de la física. Insondables para mí. Si bien, aunque no entienda un carajo, mola un puñao. Believe in me.

Zu93 “Mirror Emperor”
Siempre es grato reencontrarse con la poesía del señor David Tibet. Cierto es que la tenía aparcada desde hace tiempo y ni tan siquiera soy capaz de recordar la última vez que me paré a escuchar alguno de sus trabajos con Current 93. Con todo, el haberme topado con este proyecto colaborativo entre el músico británico y la banda italiana Zu, es de lo mejor que me ha pasado durante el 2018. En lo musical, se entiende. Esta forma de compartir galones se ha concretado en un álbum con aires neofolk, que destaca principalmente por sus atmósferas densas. Con una instrumentación clásica de cuerdas muy delicada y una percusión bastante suave, sobre la que se vierte la voz desgarrada de quien estuviera con los seminales Psychic TV. Aunque “Mirror Emperor” también incluye sus momentos de electricidad. Pero para nada rompen con el concepto en torno al cual pivota todo el disco. Ni con las soflamas de este pastor laico al frente de una orquesta de cámara pagana. Podría haber sido la banda sonora de las huestes de Juliano “el apóstata” durante la batalla de Ctesifonte. ¡¡¡No flipo yo ni ná!!!

John Prine “The Tree of Forgiveness”
No he seguido demasiado la trayectoria de John Prine. Su obra no me es absolutamente ajena, pero os mentiría si dijese que es uno de mis folk-singers favoritos, de los que nunca se me pasa un lanzamiento. También es verdad que cuando el tipo comenzó a grabar discos este menda ni había nacido. Sin embargo, con este último, que debe ser el veintitantos en su larguísima trayectoria, ha conseguido tocarme en lo más profundo. Y es que estamos ante un trabajo de una sensibilidad y con un lirismo primoroso. Un álbum que debería hacer las delicias de todos aquellos que se declaran amantes del folk de raíces y del country a bajas revoluciones. Bueno y de la música en general…qué collons!!! Álbum redondo y muy, pero que muy, bonito. Otorgándole toda la profundidad que se le puede dar al término. O sea, que no solo resulta agradable, útil, satisfactorio o importante, sino que es bello. Enormemente bello. Y es que hay momentos en los que escuchar a John Prine recitando estrofas, me ha recordado al último Johnny Cash. Poca broma. Escuchad “Lonesome Friends of Science”, por poner un ejemplo. O “No Ordinary Blue” que es la que va justo después. También hay algo de Dylan por ahí. …’enga vaaaa… Ya lo dejo.

King Dude “Music to Make War to”
Dejé escrito en alguna red social, que este es el mejor disco publicado jamás por el rey coleguita. Al nivel de sus colaboraciones con Chelsea Wolfe y por encima del “Songs of Flesh & Blood – In the Key of Life” (2015) que era mi favorito hasta la fecha. Igual me dejé llevar por la pasión y obnubilado ante la grandeza del nuevo material, hice de menos cosas como las ya mencionadas, o aquellos maravillosísimos “My Beloved Ghost” del 2010 y “Burning Daylight” del 2012. Y es que lo de este gachón es muy grande. Surgido de los poco delicados ambientes blackmetaleros para emprender un proyecto como este, a medio camino entre el neofolk y la americana. Cruce imposible entre Johnny Cash y Death in June, pasando por el reverendo Edwards y sus misas oscuras al frente de Wovenhand. Lo que hace TJ Cowgill con estas canciones para la guerra, es ofrecernos la banda sonora alternativa de aquella primera temporada de “True Detective”. La buena. Y con todo el imaginario del gótico sureño a su disposición. Al menos hasta mitad del álbum. Bueno y también con ese tremendo corte final que es “God like me”. Lo otro es una suerte experimentación con elementos glam-roqueros -y hasta cabareteros- bastante chula, la verdad. Vamos, que igual me pasé aseverando que estábamos ante lo mejor de King Dude, pero nunca tanto. Me reafirmo en que es una puta maravilla cortada en diez trozos. Un trabajo absolutamente cautivador.  

Juliana Hatfield “Juliana Hatfield sings Olivia Newton-John”
Vale sí, esta elección chirría por los cuatro costados. Pero es que me parece tal marcianada y quiero tanto a la Hatfield y a la Olivia, ¿qué cómo no me iba a gustar? Bueno, antes que nada y en lo que respecta a la rubia protagonista de “Grease” tengo que matizar. Supongo que la atracción viene más por un rollo de sexualidad adolescente que por cualquier otra cosa. Y es que, por mucho que me esfuerce -¡y os juro que lo he hecho!-, soy incapaz de ver del tirón ninguna de sus películas bailongueras -¡Perdóname Travolta!-. Una vez expuesto esto, vamos al tomate. Y por supuesto que en el caso de Juliana Hatfield no hay justificación ni tampoco medias tintas. Me declaro incondicional de la de Maine. Con o sin trío, a cuatro manos junto a Paul Westerberg, o con los olvidados Blake Babies, por la Juli yo mato. O como se dice por estos lares, me agarro a combos con quien se tercie -weón culiao CTM!!!-. El disco viene a ser una relectura de catorce temas de pachanga popera que la actriz y cantante australiana compuso –o le compusieron- entre los años setenta y lo primeros ochentas. Una mierdaca de repertorio vaya. Aun así mola como la Hatfield es capaz de dignificarlos, llevándolos a su territorio. En alguna ocasión, como con “I Honestly Love You (Reprise)”, “A Little More Love” o “Xanadu”, los julianiza hasta tal punto que no desentonarían en cualquiera de sus discos de los noventa. Luego hay otros cortes, como “Dancin’ ’Round and ‘Round” o “Make a Move on me”, que podrían venir firmados por la mismísima Courtney Barnett. Y no es broma.  

Los Andes “Obras Cumbres”
Bonito ejercicio de armonías vocales y melodías tarareables el que protagonizan estos veteranos de la escena bonaerense. Un cuarteto de músicos que confluyen aquí por vez primera para componer este álbum de power pop enérgico y de adhesión instantánea. Con un apreciable repertorio de diez canciones de su propia cosecha, a las que suman un par de versiones de Phonograph y Teenage Fanclub. Todo ello ejecutado a cuatro voces y en un bonito castellano con acento trasandino. Disco facilito y resultón. Me encanta la portada con esa cordillera compuesta a base de deliciosos volcanes de manjar recubiertos de chocolate.  

Chastity “Death Lust”
Como le leí a algún fenómeno en tuister o en llutuve, esto de Chastity viene a ser una reinterpretación del universo Deftones hecha para millennials. ¡¡¡Pero como chanan mondié!!! Es que suenan tremendos. O suena, dicho en singular, ya que detrás del proyecto tan solo anda un chavalín, bastante amargao, nacido y residente en un poblacho de Ontario. Alguien cuya voz y en sus momentos más sosegados, me recuerda a David Bazan. Tanto que, al escuchar canciones como “Suffer”, fantaseo con la posibilidad de que el ex Pedro the Lion la hubiera compuesto. Aunque para eso debería haber nacido metalero y no haberse caído dentro de la marmita del slowcore. Ya sé que lo flipo, pero me divierto. “Death Lust” parece el típico disco de angustia adolescente hecho por un crío con talento y muchísima actitud. ¿No os suena a aquello que surgió en Seattle a comienzos de los noventa? Pues eso. Un joven cabreado con el mundo que le ha tocado vivir y que es capaz de combinar a los mencionados Deftones, con la faceta más guitarrera de Smashing Pumpkins. Algo bastante evidente en ese temazo que es “Children”, posiblemente el mejor corte de todos. También le veo algo de los Stone Temple Pilots en “Heaven Hell Anywhere Else”. Buen pepino, sí señor.

Ty Segall “Freedom’s Goblin”
Como viene siendo la tónica habitual, la vendimia en Viñas del Ty está resultando altamente satisfactoria durante este ejercicio que aún no acaba. Desde aquellos parajes sitos en algún lugar de California, su enólogo estrella nos ofrenda otra magnífica gama de productos entre los que se incluye un entretenido ensamble. El “Joy”, de color picota garagero y ribetes psicodélicos. Intenso en nariz, fresco en boca, con unos taninos más pulidos, fruto de la participación del enólogo Tim Pressey, pero con ese punto de acidez tan del rubiales de Laguna Beach. Con todo, lo más interesante en la producción 2018 de esta reputada bodega, lo hayamos en “Freedom’s Goblin”. Ambicioso producto que ahonda y mejora todos aquellos aspectos que hacen que los caldos de esta viña sean una referencia ineludible para cualquier wine lover. Excelente mejunje en donde la sensibilidad melodiosa que Segall ha cultivado durante años, ha florecido por completo. Manteniendo intacto ese paso fresco, frutal, con buena acidez y de sensaciones golosas que forma parte de su espíritu primordial. Un gran vino de fácil y buen beber y como siempre a un gran precio. ¡Encima esta vez viene en formato jeroboam! “Viñas del Ty” confirma que siempre es un valor seguro.

Alberto Montero “La Catedral Sumergida”
Una de las cosas que más lamento de estar a un océano de distancia de la tierra que me vio nacer, es no poder asistir a las presentaciones en directo de “La Catedral Sumergida”. Esas performances con acompañamiento orquestal, desarrolladas en maravillosos parajes poco habituales para estas lides, como son Les Coves de Sant Josep en la Vall d’Uixò o el teatro romano de Sagunto. También en la Capilla del Corpus Christi del Convento de Vila Nova de Gaia, que visto desde aquí, tampoco me quedaba tan lejos. El caso es que me encanta la voz grave y esa preeminencia del piano tan definitoria en la música del artista del Puerto de Sagunto. Esa forma tan particular de interpretar el mundo y entender la música. Con letras llenas de poesía y simbolismos, en el marco de unas composiciones que recogen influencias bien dispares y que van desde la psicodelia mediterránea, hasta el folk latinoamericano, pasando por el ñoño pop de las Vainica Doble o la música de cámara y de liturgia medieval. Una aventura musical que, en esta ocasión, parte de una reinterpretación libérrima al Preludio nº 10: La Cathédral Engloutie, de Claude Debussy. Si bien, alla maniera di Alberto, como no podía ser de otra forma. Configurando un ramillete de paisajes que a veces resultan acogedores y otras un tanto más áridos. Precioso álbum para tumbarse en la cama y dejarse embargar.

Fantastic Negrito “Please don’t be Dead”
El compadre Xavier Amin Dphrepaulezz, que así se llama el menda, es un nigga
 with actitude de Oakland. Un buscavidas que se ha pasado la vida luchando contra el prejuicio, las malas decisiones y la droga, agarrándose a la música como única tabla de salvación. Lo que pasa es que, a diferencia del Dr. Dre o Ice Cube, a este muchacho le iban más los guitarrazos que los beats, de ahí que se decantase por esta fórmula de blues rock vitaminado que bebe del legado de gentes como R.L. Burnside. Y que entronca con la fórmula que también practican otros hermanos de luchas como Benjamin Booker, John the Conqueror o Amos Lee (excepto en lo último que ha grabado). Todo comenzó hace un porrón de años, pero no estallaría hasta hace tres. Tiny Desk (¡y Bernie Sanders!) mediante, el fantástico negrito pudo salir del ostracismo y mostrarse en todo su esplendor, lo cual queda confirmado con este, el segundo elepé de la nueva etapa. Once cortes de eso que el gusta en llamar “rock de raíces negras para todos”. Vamos, el mencionado blues-rock de toda la vida, con un delicioso toquecito funky y una actitud bastante punkarra.         

Bonny Doon “Longwave”
Lo de estos chicos es lo-fi enriquecido con una ligera sensación de indolencia en la ejecución. Lo cual, curiosamente, resulta la mar de agradable. En línea con lo que practican otros grupos del momento como Nap Eyes. Además de mostrar una evidente afinidad con la cara más intimista y hogareña del Bill Callahan solista. Delicado segundo trabajo al cargo de una joven banda proveniente de Detroit y a quienes conviene no perder la pista.


The Sha La Das “Love in the Wind”
A estos les he descubierto hace bien poco y gracias al Facebook de la Menahan Street Band. Un debut de campanillas el de esta banda compuesta por tres talentosos hermanos de Staten Island, junto al patriarca del clan familiar. Acompañados para la ocasión de un buen número de músicos del sello Daptone, entre ellos, además de miembros de la banda de la calle Menahan, The Dap-Kings y hasta el puto Charles Bradley. Once temas que transitan por entre los senderos del soul, el blues y hasta el doo wop y en los que destacan, por encima de todo, las bellas armonías vocales entonadas por los muchachos Schalda.      

Drake “Scorpion”
Drake me ha molado de siempre y no me pienso justificar por ello. El rapero canadiense publica este 2018 el que viene a ser su quinto álbum de estudio, siendo lo mejor que le he escuchado hasta la fecha. Y no se hable más. Un trabajo pantagruélico compuesto por veinticinco cortes al que no le sobra ni una frase. Estructurado en dos partes bien diferenciadas. La primera, que es la mejor, más jipjopera si se quiere y la segunda, más en la onda del R&B y el pop practicado por los fellas del Drake“…I'm sick of these niggas (sick)… Sick of these niggas (sick, sick)… Hire some help (help)… get rid of these niggas (grr)… Fuck what it was… it is what it is (what)... Whatever you did… it is what it is…” Tremendo nomás. ¿El tipo es un payaso? Sí. Como el Kanye. Si salió del instituto Degrassi, qué voleu? Pero que más dará… “It’s the song, not the singer”.

Rolling Blackouts Coastal Fever “Hope Downs”
Emocionante descubrimiento el de esta banda australiana incluida en el catálogo de Sub Pop. Y sí, ya lo sé listillos, pero cuando hablo de descubrimiento me estoy refiriendo a mí. Y es que no está tan alejado ese tiempo en el que la música de RBCF permanecía oculta a mis orejas. Y es penoso, porque ese nombre tan sugestivo y molón merecía un esfuerzo e indagar hasta llegar a esos dos maravillosos epés con los que se dieran a conocer. El caso es que bien está lo que bien acaba. O más vale tarde que nunca. Lo importante ha sido poder disfrutar a tiempo de los once cortes que integran el primer largo del quinteto de Melbourne. Un gran álbum de pop con guitarras que se entrelazan, una y otra y otra vez, con las voces de sus tres vocalistas. No podían faltar los ritmos frenéticos escuela aussie. Ni esas suaves melodías que no desentonarían en cualquiera de los álbumes de los Go-Betweens. Amén de una fórmula que los emparentaría, forzando un poco, con sus también paisanos The Goon Sax. Saliéndonos ya de Australia y prescindiendo de fórceps, algo se respira de aquellos primeros Strokes.  

Damien Jurado “The Horizon Just Laughed
Que voy a decir yo de un hombre cuyas melodías me han acompañado desde sus comienzos. Alguien a quien adoro por su música y al que, además, guardo un cariño especial. Y un imprescindible dentro de la escena mundial desde hace mucho. De ahí que me resulte difícil no entregarme a cualquiera de sus trabajos. Sobretodo sabiendo que la impronta se va a mantener y los nuevos temas transmitirán su inconfundible personalidad. El nuevo álbum tuvo como tarjeta de presentación un temarro como “Percy Faith”. ¡Qué mejor manera de anticipar toda la grandeza de lo que venía a continuación! Porque “The Horizon Just Laughed” incluye otra preciosa colección de canciones en clave folk al estilo Damien Jurado. Es decir, con esa capacidad de sobrecoger que solo él tiene. No faltan aquí esas cadencias jazzísticas que comenzaran a colarse en su música desde hace un par de álbumes. Acercándose incluso a la bossa nova en un tema como “Marvin Kaplan”. Imperdible como siempre.   

Lurk “Fringe”
Y ya para acabar una buena ración de metal seis o siete –u ocho, o nueve, o diez…- punto cero. “Fringe”, que así se titula el álbum, es una colección de ocho cantos fúnebres en el marco de atmósferas opresivas y pesadas. Las que dibujan unos tíos que atienden al nombre de Lurk y se ubican en Tampere. Death, Doom, Sludge Metal y demás mandangas tan del gusto del público escandinavo y también de quien suscribe estas líneas. Ecos que van desde Neurosis hasta los primeros Paradise Lost. De hecho esta última influencia es la que más me aproximó al disco, el tercero en la carrera de los fineses. Y es que soy fan absoluto de la banda de Halifax en todas sus etapas y transiciones, por muy extrañas que hayan sido a veces. Grata sorpresa la de estos Lurk .

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martes, 25 de septiembre de 2018

La Pascuala en el Trota. Por fin...


Conocí a la Pascuala casi a la vez que a mi pareja. Algo tendrá que ver el que vengan del mismo sitio y que se hayan criado –al menos en gran parte- a menos de 20 kilómetros la una de la otra. Si bien y merced al hijoputa de Augusto Pinochet y a su ímprobo esfuerzo por destruir cualquier rastro de cultura y disidencia en Chile, la acordeonista nacería en Girona. No siendo hasta un par de años después cuando se “devuelva” a la ciudad patrimonio. Tal vez sea que, como le pasa a los de Bilbao, los porteños nacen donde les viene en gana. Y bien que me parece.

Lo que propone Pascuala Ilabaca, junto a sus inseparables Fauna, es un fórmula bien arraigada en el folclore chileno, pero incorporando ciertos aires de jazz, pop-rock y alguna cosita más. Recogiendo influencias que pasan por todo el catálogo de la chilenidad musical y que van desde la Violeta Parra hasta Víctor Jara, desde la cumbia al trote, pasando por la cueca. Amén de incluir referencias a lugares tan alejados del país trasandino como pueden ser la India, México o el Mediterráneo. Nada es casualidad. La chica nació en Catalunya, residió por un tiempo en la tierra de Zapata y en su formación artística pasó por el país de los mil colores.    
 Mi acercamiento al universo violetaparrista de la Pascuala se produjo con “Busco paraíso”, allá por el 2012. Desde entonces y hasta ahora, ha sido capaz de parir tres bonitos álbumes más: “Me saco el sombrero” (2014), “Rey Loj” (2015) y el recién presentado “El Mito de la Pérgola”. Sin embargo no fue hasta la semana pasada cuando pude verla por vez primera desempeñándose sobre un escenario. También os digo que no será la última. Lo gracioso es que llegó a tocar en Valencia estando yo allí. Fue hace tres o cuatro años y creo que en el 16 Toneladas. No recuerdo por qué no pude ir, pero el caso es que no fui. Gilipollas que está uno.      

Por si no la conocéis, esta treintañera es una joyita escondida. En mi opinión, la artista más destacada dentro de la nueva generación de trovadores chilenos. Y a cierta distancia del resto. Alguien que, si no se tuercen las cosas –y por ahora no lo parece- habrá de convertirse en una referencia clásica dentro de la música chilena. Si es que no lo es ya. Aunque bueno, démosle tiempo al tiempo.     

Como ya os he dicho, acudí a su último concierto. Fue el día 19 y aquí mismito, en Quilpué City. Concretamente en la fonda del Trotamundos. Precioso marco que deberías conocer si resides o tan solo andas de paso por la Quinta Región. En el último día de feriado oficial y a modo de despedida y cierre del atracón de asados, empanadas y terremotos que es en lo que básicamente consiste esto de las fiestas patrias. Dejando de lado la milonga del dieciocho chico, por supuesto. No se me ocurrió mejor forma de hacerlo que acompañado de la poderosa presencia escénica de Pascuala y esa voz que le ha dado Brahma, Elche, Viracocha y/o Jotacé con toda la planilla de apóstoles a su servicio. Y también la de esos maravillosos músicos que la acompañaron en la interpretación de las quince -¿o dieciséis?- canciones que allí sonaron.

Tremendo repaso a los siete trabajos publicados hasta la fecha por la artista de Valpo. Con una presencia especial para aquellos temas que integran su nuevo disco y del cual interpretaron “Te Traigo Flores”, “Son de la Vida”, “Manikarnica” o “El Baile de Kkoyaruna”. Esta última es por ahora mi favorita. Entre medio hubo espacio para que desfilaran temazos como “El Arado” (original de Víctor Jara) o “Canción Quechua”, ambas incluidas en “Me saco el sombrero” (2014). También para “Pupila de Águila”, “Y Arriba quemando el Sol” o la preciosa “Teneme en tu corazón”, del disco homenaje a Violeta de 2008. “Ay Mamita, Mamita” y “Diablo Rojo, Diablo Verde”, del álbum de idéntico nombre publicado en 2010; “Busco Paraíso”, “Isla” o “Carnaval de San Lorenzo de Tarapacá” y “Caminito Viejo” integradas en los discos de 2015 y 2012 mencionados al comienzo...
Un hermoso show el ofrecido por esta alumna aventajada de Violeta Parra. Dejo aquí una listica del Spotify que condensa -mah o menoj- lo que por allí sonó.    

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Father & son


Pues mira, no me ha molado mucho este librito de Larry Brown. La que es mi introducción en el universo sureño del fallecido autor de “Amor malo y feroz”.

El caso es que le tenía ganas. Y debe ser que la expectativa me ha jugado una mala pasada. Eso y que todo en esta historia de buenos y malos, paisajes mugrientos y perdedores arquetípicos, resulta muy manoseado. Otra historia más del hijo pródigo que vuelve a casa enfurecido y dispuesto a pasarle la boleta al responsable de sus desgracias, tras una temporadita alejado. A la sombra y en la musicalizada penitenciaria de Parchman, en el caso que nos ocupa. Enésima tragedia griega a la americana, con sus toques de thriller y efecto bola de nieve que anticipa un final inexorable. Aquello de que lo que mal empieza, acaba peor.

Alguna de las tramas secundarias resulta interesante, así como el retrato de los personajes. Así en general. Porque el maniqueísmo en lo que respecta a los dos principales me chirría un poco. De hecho no le encuentro sentido. También me sobra ese final entre lo abrupto y lo acelerado.

Manifiestamente mejorable. Seguiremos probando con el autor.          

lunes, 27 de agosto de 2018

Crimen colectivo en Valpito


Se vino el crimen colectivo y este menda no ha dicho esta boca es mía. Grave. Ya hace un par de semanas de ello. Encima salí vivo y relativamente satisfecho. Así que os hago participes ahora. Tarde y mal. Achacadlo a la proverbial falta de tiempo del malfaener. O a lo que os salga de la punta del nabo. La cosa es que asistí, que es lo importante. Sobretodo por presenciar el directo de Como Asesinar a Felipes (en adelante CAF). Y es que necesitaba ver como defendían sobre un tablao los cortes de esa marcianada inclasificable que es “Elipse” y que yo mismo coloqué en el puesto 58 en la lista de los mejores álbumes del 2017. Aunque también para catar la emulsión de hip hop y big band elaborada por las gentes de La Brígida Orquesta.

Todo transcurrió en un espacio como el del Teatro Municipal de Valparaíso hasta las trancas de un público variopinto. Si bien, tras un sucinto estudio de campo - elaborado a ojo y sin contrastar nada-, puedo afirmar que yo era uno de los más firmes candidatos a ser declarado el pare ous. Los primeros disparos fueron cosa de las once molondras que conforman La Brígida Orquesta. Coupage de vientos al que se añade una base rítmica y un peculiar rapero al que a veces no se le entiende una mierda. Y no solo por mis problemas con el español chileno, que también. Los tipos presentaron un puñado de canciones que, seguramente, formarán parte de un álbum de debut aún por publicar. Tuvieron tiempo hasta de aparecer disfrazados de fantasmitas a la vieja usanza (“A Ghost Story” style), tras el interludio. Y aunque estuvo divertido, me pareció un tanto forzado. Rompiendo la fluidez con la que se habían desempeñado hasta ese instante. Moló la irreverencia de la propuesta y los relatos cotidianos rimados por ese peculiar emsí que es Matiah Chinaski. También la rica sección de vientos compuesta por siete tipos. Más en lo que se refiere a las trompetas que a los saxos, aunque para gustos los colores. Lo que me sacó un poco del juego fue la sobre participación vocal del tipo a la pianola. Un tal Gabo Paillao que parece ser es quien corta el bacalao. Una pena. Si hubiera limitado su participación al aspecto meramente instrumental les hubiese lucido más. 

Terminado el show de la orquesta, fue el momento de que CAF saliera a escena y tirara de setlist. El comienzo de los santiaguinos vino a mostrar varias de esas canciones antiguas ya importantes en su discografía. Hacía mitad pegaron más fuerte con sus temas de “Elipse” y a Dios gracias. Creo que es lo mejor que han parido hasta el momento y a leguas de distancia de todo lo anterior. Funky, rap, free jazz, hard rock, canción protesta y dos huevos duros. Sermones y prédicas usando la lengua de Cervantes. Con ritmos y efectos un tanto más duros –en ocasiones casi metaleros- a como suenan en el álbum. Retahíla de temas que sonaron urgentes y mostraron la complejidad de una propuesta tremendamente original. 

Mereció la pena. 

domingo, 19 de agosto de 2018

Matemáticas, atmósferas y emoción con La Ciencia Simple


Este viernes y con motivo de la primera fecha del tour de lanzamiento de su nuevo álbum "III V VII", acudí hasta Valpo para encontrarme con los chicos de La Ciencia Simple. Actuaban junto a los bonaerenses Proyecto Da Silva en la Sala Rubén Darío y en el marco del Ciclo LeRock, orquestado por las gentes del sello/grupo de amigos LeRockPsicophonique. Asistía al evento con sumo interés y bastantes expectativas, pero a ciegas. Y es que aún no había escuchado una nota del tercer álbum en la aún corta trayectoria del quinteto santiaguino. Mi esperanza surgía de algún punto entre los paisajes atmosféricos y aquellos ejercicios de intensidad experimental que trufan sus trabajos anteriores. Muy especialmente en “II III V” del 2016 al cual, lo reconozco, le he pegado unas cuantas vueltas. Afirmar que cumplieron con creces. El nuevo material va más allá de lo esperado. Y qué decir de la puesta en escena. Apabullante en lo sonoro. Y muy –pero que muy- emocional.     

Tratándose de un evento organizado para la presentación en sociedad de nuevo material, el setlist tan solo podía venir integrado por esas composiciones. Los seis cortes del mencionado “III V VII”, que así a bote pronto y tras darle un par de escuchas -amén del directo que origina esta entrada-, suena más etéreo y ambiental que en episodios anteriores. Menos duro, si se me permite la expresión, si bien, como ya he mencionado, el show resultó bastante ruidoso y por momentos hasta furioso. Diría que ahora hay menos huella de Explosions in the Sky o de mis añorados Duster, por citar una influencia reconocida por la propia banda. Sin embargo, sí que se respira algo más de lo ofrecido por el señor Wolfgang Voigt en sus proyectos “Pop” y “Narkopop” y también de aquel post-rock primigenio personalizado en bandas como Bark Psychosis. En algún momento del directo incluso percibí aromas cercanos al “Rock Action” de Mogwai y aún más –mucho más- al glorioso disco homónimo que firmaron los tejanos This Will Destroy You allá por el 2007. El shoegaze estuvo y está. Y bien que me parece.

Me gustaron especialmente los recursos audiovisuales empleados. Proyecciones de patrones matemáticos sobre fondos monocolor, en consonancia con la exploración rítmica y en perfecta armonía con los conceptos musicales desarrollados. Muy especialmente durante la exposición de esa suerte de experimento titulado “105”, que es el penúltimo corte del álbum. Tremebundo. Como también, pero por otros motivos más detonantes, con ese final a dos percusiones en -creo que era- “AM”. O con el desarrollo de menos a más de “Noisetalgia”, por ahora mi canción favorita de “III V VII”.
Fantástica velada en compañía de una joven banda de la que espero bastante, visto lo visto y sobretodo oído lo oído. También participaron del "baile" Proyecto Da Silva, voluntarioso combo argentino que fue el responsable de abrir las hostilidades. En una actuación irregular, que no mala y que me dejó con un regusto agridulce. A ver, creo que la puesta en escena fue buena. Técnicamente sonaron impecables. O casi. El problema es que esa fórmula entre lo psicodélico y el electro-rock, no me acabó de llenar. Y encima la voz del vocalista me recordaba a demasiadas cosas que no me gustan, lo cual acabó por sacarme del todo. Una lástima.

Y eso es todo.
Os dejo esto por aquí. Dadle una oportunidad.   

viernes, 17 de agosto de 2018

Leñador o ruinas continentales


La novela comienza y termina de la misma forma: Talando un árbol. Cómo no,  siendo la historia de un tipo que se dedica a cortar, recoger y, suponemos, a vender leña. De nuestro leñador tan solo sabemos que es un antiguo combatiente y boxeador. Eso y que en tales oficios no le fue bien. Lo cual le lleva a abandonar todo e irse hasta al noroeste de Canadá, sumergiéndose en el legendario bosque del Yukón para vivir entre leñadores y aprender el oficio. Y de eso va esta obra, supuestamente. La experiencia de vida de un muchacho sin nombre y trasunto del propio autor, el gringo-chileno-argentino Mike Wilson.    

El libro es exuberante y bastante singular. Lo cual, en principio, debería ser bueno. Pero a veces no queda tan claro. La narración es farragosa en demasiados pasajes y muy especialmente de la mitad hacia el final. El problema principal estriba en que, en lo fundamental, el libro está construido al modo enciclopédico. Yo diría que en torno al noventa por ciento consiste en la exposición de conocimientos relacionados con el arte de talar, amén de otras cuestiones referidas a las condiciones de vida en los bosques. Todo ello en artículos separados, si bien no dispuestos alfabéticamente.

Lo que cuenta es interesante, no voy a negarlo. Pero al final es demasiada la información. Exhaustiva hasta el extremo en varias de las cuestiones abordadas. Además el número de páginas que vienen dedicadas a narrar la historia propiamente dicha –la de nuestro leñador- se antoja escaso. Escasísimo. Y es una lástima. Ya que al final estaríamos ante el relato de una hombre y de una búsqueda. Un experimento existencial con el que descifrar lo que significa estar vivo y que remeda, de forma bastante clara, al señor Thoreau y a su experiencia vital en “Walden”. O eso es lo que me ha parecido a mí.

Desde luego no es ni un libro de aventuras, ni tampoco un diario de viaje como le he leído a algún reputado crítico literario. Me parece que poner eso en una crítica es un ejemplo prototípico de aquello del hablar por no callar. Y poco más.

¿Lo recomendaría? Pues hombre, no lo sé. Supongo que es como desayunarse una chorrillana. Depende del estómago que tengas. O de la borrachera que hayas pillado en la víspera.
“Llegué a Yukón con la ropa que llevaba puesta y un fardo que contenía un puñado de objetos. Naipes, un par de fotografías, un tubo catódico, rojo, pequeño, del tamaño de mí pulgar, un par de hojas de papel, tres monedas y un frasco vacío.
Los repartí sobre mi catre y me quedé mirándolos, tratando de acordarme de por qué había escogido esos objetos.
Sin encontrar una respuesta que significara algo, que de verdad significara algo más que el despertar de un par de recuerdos fugaces, decidí líbrame de ellos. Los envolví en un pañuelo y los dejé en uno de los anaqueles de la cabaña. Al lado del almanaque agrícola.”     

jueves, 5 de julio de 2018

El thriller según Na Hong-Jin


Cerca de una década desde que este menda devorara producciones coreanas en sesiones non-stop, imitando a aquel Tarantino dependiente de videoclub, cuando empezó a gestarse la leyenda. O eso imaginaba yo. En todo caso, la chifladura acabó hace mucho. Y es que la sobredosis de Park Chan-Wooks, Kim Ki-Duks , Bong Joon-Hos y hasta Kim Jee-Woons hicieron estragos en mi ya de por sí maltrecho aparato digestivo. Eso por no hablar de toda la pléyade de imitadores de baratillo que, aprovechando la ola que nos venía desde el Mar de Japón, llenaron de sangre y vísceras mi salita de estar. Pues bien. Fue entonces cuando Na Hong-Jin apareció en mi vida.     

Justo ahí, mes arriba o mes abajo, descubrí a este fantástico realizador surcoreano. Casi de casualidad, como todo en la vida de este caballero de triste figura. En algún canal del cable, a alguna hora intempestiva y me gustaría pensar que en el marco de una jornada lluviosa a finales de otoño. Aunque lo más probable es que fuese en mitad de los rigores del estío y sudando cual chancho, no tanto por el calor como a consecuencia de la enésima intoxicación etílica durante la noche valenciana. Lo importante es que quedé absolutamente prendado de una suerte de policíaco a la coreana, repleto de personajes sin futuro y en donde la naturaleza de los hombres obedecía a la lógica aristotélica respecto a la maldad intrínseca del ser humano. Una película larga en cuanto al metraje pero que no se hacía larga para nada, gracias a una magistral narrativa que te mantiene pegado al asiento hasta que sale el cartelito de The End o como quiera que se escriba en coreano.    

“The Chaser (Chugyeokja)” es el film del que os hablo. Ese fue el thriller que me abrió la puerta al universo de este gran hombre. Y no solo a mí, supongo. Y es que, aunque entonces no lo sabía, la puesta de largo del por entonces joven cineasta asombró tanto a la crítica especializada de los EEUU como a la del viejo continente. Hasta el punto de que Roger Ebert, reputado crítico cinematográfico del Chicago Sun Times, se atreviera a “aconsejar” su estudio a las gentes de la industria en su país. Y que se aplicaran las enseñanzas extraídas, en lugar de caer en la tentación de filmar el enésimo remake gringo carente de interés. Véase “Vanilla Sky” (2011 - C. Crowe) como ejemplo de lo que digo. Aunque ya sé que “Abre los ojos”(1997 – A. Amenábar) no es una producción coreana y ni siquiera asiática. Pero sirva como muestra de agravio para todos los que hemos engordado visionando el universo cinematográfico cañí.    

La película en sí destaca por su tensión. También por un toque de sordidez exótica. Al menos para aquellos que aún no hemos visitado el país de nacimiento de Son Heung-Min o Park Ji-Sung. Noir malrroller repleto de giros argumentales. Protagonizado por un proxeneta con problemas de liquidez - que para más inri es un antiguo policía- preocupado por la desaparición de varias de sus fulanas. Ante la incapacidad de sus ex compañeros, nuestro anti-héroe se las tendrá que arreglar para seguir las pistas que le lleven a resolver el asunto. O más bien a entender que es lo que hay en ese agujero infecto que aparece al fondo. Respetando o no la ley a su conveniencia, claro está. El caso es que la historia se va enroscando y por allí empiezan a desfilar una serie de elementos que mejor no desvelaré para no joderos el visionado.

Tremenda película que, sin embargo, no me hizo seguir a su director. Supongo, aunque sinceramente no me acuerdo, que investigaría algo y al ver que era un debut lo dejé estar. O quizás me topé con los nombres de sus dos cortos previos. Inencontrables aún hoy día. Aunque nada justifica que le perdiera la pista hasta que, por sorpresa, me topara con “El extraño (Goksung)”, a finales del 2016. Habían pasado ocho años desde “The Chaser”. Ya ha llovido.

A ver, reconozco que he tenido que revisar “El extraño” durante estos días. Y no sabéis lo que me alegro. Porque la primera vez la vi de mala manera, en una tablet y desde algún lugar inapropiado. Con imágenes mejorables, un sonido para nada envolvente y subtítulos que aparecían y desaparecían como los ojos del Guadiana. Con todo, la sensación general fue positiva. Me gustó principalmente ese ambiente enrarecido que tanto remite al film anterior. Aún así y por las dificultades  mencionadas, la cinta se me hizo un pelín cuesta arriba por lo larga, que lo es y mucho. Ciento cincuenta y seis minutos. ¡Ahí es ! Sin embargo, recién revisada en mi residencia quilpueína, hasta se me hicieron cortos. ¡Qué puta maravilla de película, por Dios!   

“El extraño” o “The Wailing” en el ámbito guirófilo, también tiene como trasfondo una investigación criminal. Va sobre unos asesinatos salvajes que se están produciendo en alguna zona de la Corea más rural. Na Hong-Jin añade una serie de elementos novedosos que se salen del molde tradicional del thriller y entroncan directamente con el género de terror. Supersticiones y supercherías a cada cual más burda y que remiten al mundo de lo sobrenatural. Y con un ermitaño de origen japonés en el centro de todo eso. Bueno, con el mencionado “extraño” pero también con un policía y padre desesperado, presto a darle pelea al mismísimo diablo. Santería, espiritismo, chamanes, posesiones diabólicas y sobre todo muchos miedos e ignorancia de paleto. Y lluvia, mucha lluvia. Y una atmósfera acojonante. Magnífica en lo estético y con un despliegue visual despampanante. Con un empleo magistral del suspense que nos mantiene en vilo durante cerca de tres horas. Y expandiendo las posibilidades del género con esos devaneos más propios del cine de zombis o hasta de la cosa gore. No me extraña su premiación en el Festival de Sitges.  
Y ya por último hablaros de “The Yellow Sea (Hwanghae)” del año 2010. Cronológicamente el segundo largometraje filmado por Na Hong-Jin, si bien es el último que yo he visto. También en el cable y por casualidad. ¿Cómo no? Ahora sí en el marco de una deliciosa tarde de lluvia y frío en pleno invierno austral. ¡Ah! Y sin resaca de por medio. Con mantita y agua de jengibre, que hay que cuidarse. La epopeya de un taxista reconvertido en asesino a sueldo, que se enreda con la mafia más violenta de oriente. La que hace sus negocios en y desde la prefectura autónoma coreana de Yanbián, fronteriza con China y Rusia. Acosado por las deudas, el hombre acepta asesinar a alguien como último recurso para cubrir las necesidades de su familia. Para ello tendrá que viajar hasta Seúl donde, en principio, también reside su esposa de la que no tiene noticias desde hace un tiempo y casi mejor. De ahí en adelante os lo podéis imaginar. Y si no pues mejor para vosotros. Más os sorprenderá.
  
Me ha encantado la peli, la verdad. Una historia que, aunque al principio no lo parezca, también es un thriller. Pero con fuerte calado social en este caso. Es evidente la mirada crítica hacia la pobreza y marginalidad que divide a los habitantes de estos países hermanos. Con una frontera al medio que es la que forja a esos seres humanos endurecidos y que se ven abocados a tomar decisiones traumáticas. Los marginados joseonjoks, chino-coreanos que solo pueden optar entre delinquir o malvivir. Como nuestro taxista ludópata. A la postre el responsable de llevar a cabo las pesquisas pseudo-policiales que hacen avanzar la trama, al igual que le ocurría al proxeneta de “The Chaser”. Y es que al amigo Na Hong-Jin le pone la cuestión policíaca. En este caso planteándola de una forma más clásica. En parecidos términos a los de la mencionada “The Chaser”, pero no tanto respecto a “El Extraño”. Poniendo énfasis especial en esas escenas de violencia física que, si bien están presentes en toda su filmografía, aquí son más exageradas y auténticas. Y es que en “The Yellow Sea” asistimos a un espectáculo de martillazos, hachazos y cuchilladas que bordean el límite de las leyes de la física. En línea con películas como “Oldboy” (2003 – C. Park). Sin embargo y a diferencia de esta última -y del cine de Park Chan-Wook en general-, no hay gratuidad aquí. Como tampoco son impostadas unas escenas de persecuciones, que para nada desmerecen a las rodadas en Hollywood por gentes como Michael Mann.

Dos horitas y pico más de divertimento garantizado por obra y gracia de este gran director. Otra gran película firmada por este realizador surcoreano. Aplaudida en Cannes y también en Sitges, en donde además se llevó el premio a la mejor dirección. A ver que nos regala este hombre en el futuro. Ojalá la espera no sea tan larga esta vez.
   
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