viernes, 23 de agosto de 2019

Bong Joon-ho, yo y la madre que nos parió. Una relación ciclotímica e indescifrable

“Parasitos” es una obra maestra y “Okja” una mierda pinchada en un palo y arrastrada por el fango. Y así se resume mi relación con este director de nombre impronunciable, nacido en Daegu hace ya cinco décadas. Eso que no he visto todas su películas, aunque sí las suficientes como para afirmar mi bipolaridad respecto a su obra.

Le conocí con “Memories of Murder” (2003), aquella joyita inspirada en la historia del primer asesino en serie conocido en Corea con la que sorprendió a propios y extraños. Galardonada con un buen puñado de premios y arrasando en todo aquel festival al que se presentó. Más tarde vi “The Host” (2006), la del monstruito mutante que asola Seúl; “Snowpiercer” (2013), adaptación de un tremendo cómic del que ya os hablé por aquí; “Mother” (2009), la de la madre coraje que defiende a un hijo atontado acusado de asesinato; y la mencionada “Okja” (2017), la del chancho-oso y Dora la exploradora en una aventura que parece escrita por los papás de Greta Thunberg. Y creo que en ese orden. Las hay buenas, menos buenas y directamente horribles, si bien ninguna de ellas me había parecido una obra maestra hasta ahora, por mucho que la del serial killer se le acerque. Pero “Parasitos” es otra cosa.

Ganadora de la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes, convirtiendo a Bong Joon-ho en el primer coreano en alcanzar ese premio, “Parasitos” es una cinta fascinante. Por su construcción y su puesta en escena. También por la manera de cambiar los ritmos, su desarrollo sorprendente, por los toques de comedia rara y esa manera tan particular de introducir la crítica social. Porque resulta deslumbrante tanto en lo argumental como desde el punto de vista visual. O por como transita entre géneros tan dispares como la comedia bizarra, el neorrealismo a la coreana, el thriller clásico o el terror asiático de toda la vida de Dios.

La historia viene protagonizada por la familia de Ki-taek, padre, madre, hijo e hija que, pese a sus indudables habilidades, están todos desempleados. Viéndose abocados a sobrevivir de lo que sea en un cuchitril sito en algún barrio de mierda de una ciudad coreana. Frente a ellos está la acaudalada familia del señor Park, jefe de una empresa informática que va viento en popa. Lo cual le permite residir en un casoplón diseñado por un afamado arquitecto en un área para gente guapa. Las familias entrarán en contacto a causa de un engaño y a partir de ahí la relación se irá intensificando en relación proporcional al número de trampas. Desencadenando una serie de acontecimientos de los que nadie saldrá indemne. Al final “Parasitos” vendría a ser una alegoría sobre las relaciones humanas en clave biologicista. Explicándonos las diferencias entre el mecanismo de la simbiosis y las relaciones parasitarias. O cómo un vínculo beneficioso para todas las partes deviene en otra cosa y hasta aquí puedo leer.

No os la perdáis…
Y que no os la destripen. Yo he tratado de evitarlo.      

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