martes, 24 de marzo de 2020

¿Todo está bien? ¿Seguro?


Pues ahora quien ha muerto es Gabi Delgado-López, la mitad pensante y ejecutante de los míticos D.A.F. (Deutsch Amerikanische Freundschaft). Formación de culto, de sobra conocida en Alemania o Gran Bretaña, pero no tanto en la sufrida piel de toro, de donde Gabi hubo de huir a causa del hacedor de pantanos. Por lo que, a riesgo de convertir esto en la sección de necrológicas de cualquier periodicucho, me veo obligado a escribir unas líneas al respecto. Y no solo por su condición de pionero, a través de este proyecto electropunk surgido en Düsseldorf en la década de los setenta. O por como Gabi, junto a su compañero Robert Görl, influirían en el desarrollo posterior del sonido industrial o en la mierda esa de la EBM que tan buenos ratos me dio durante la adolescencia. Sino principalmente por lo bien que me lo he pasado y aún me lo pasó poniendo a rodar sus discos. Especialmente el fantástico “Alles is Gut” de 1981, el tercero en su trayectoria. También el más elogiado.

No sé la de veces que habré entregado a esos ritmos repetitivos y agobiantes. A ese sonido minimalista y hasta rudimentario, trufado por los fraseos tan característicos del front-man cordobés. Con esas atmósferas amenazadoras, densas e hipersexualizadas –a esto ayudaba mucho la imagen del grupo- que alcanzan su cénit en cortes como “Sato-Sato”, “Ich un die Wirklichkeit” o “Der Mussolini” -lo más parecido a un hit que jamás tendrían-. Un himno punk con mensaje antifascista, por mucho que algunos en su momento lo entendieran de forma bien distinta. Con todo, mi favorita hasta el día de hoy, también incluida en este álbum, sigue siendo la malrollera “Der Raüber und der Prinz”. Una auténtica joyita del sonido alemán de todos los tiempos.
Cuando Gabi terminara con D.A.F. siguió haciendo sus cositas. Como productor, diyéi ocasional y también publicando discos en solitario. El más conocido vino firmado con su nombre, titulándolo “Mistress” (1983). Una cosa rara que transita por otros derroteros, más apegado a la cosa funky y hasta con guiños tropicales, que ya no me interesa tanto. De hecho he intentado recuperarlo mientras escribía esta entrada y no ha habido manera... Que li anem a fer?

En fin, descanse en paz Gabi Delgado-López y larga vida a su legado. Gracias por tanto. Sobre todo por D.A.F.

domingo, 22 de marzo de 2020

Genesis P. Orridge 1950 - 2020


La verdad es que en esta trama distópica en la que andamos enfrascados y en la que aquello de la suspensión de la incredulidad funciona regular, estamos pasando por alto un sinfín de cosas importantes. Quizás porque nos cuesta concebir que todo es real como la vida misma, porque es justamente eso, la vida misma. Pero su apariencia –y que me perdonen los expertos- no podría ser más peliculera. Y no de una peli buena precisamente. ¿Os acordáis de aquellos tiempos en los que nos reíamos de los chinos? ¡Qué’sageraos con el coronavirus mondié! ¡Si es una puta gripe mal curá! En fin… Penitenziagite.

Hablando de recordar, ahora me viene a la cabeza el último disco de Throbbing Gristle que me agencié. Y está hilado con lo anterior, no os asustéis. No hace tanto de la compra. Fue en una efímera tienda de vinilos que abrió en un barrio pijo del Cap i Casal. Una reedición de un álbum mítico que ya tenía en otro formato, pero me apeteció llevarme tras una distendida charla con el vendedor. También me acuerdo que, años antes, un fenómeno con aspiraciones a gurú musical pretendió colarme la misma edición como si de un original se tratara. El conato de agresión se produjo en un chiringuito que estaba –o está- en una céntrica calle de Barcelona en la que hay –o había- otros espacios del mismo palo. La verdad es que la anécdota da para otra entrada.

El caso es que, en estos días de desasosiego e infección, en los que hemos pasado de creernos a pies juntillas al Dr. Simón a cagarnos en sus muertos, uno de estos últimos –aunque no por coronavirus- ha sido el señor/señora Genesis P. Orridge. Y está bien recordarlo aquí. Vaya, que sería bastante injusto pasar por alto tamaña pérdida. Al menos en un espacio con ínfulas culturales. Porque este andrógino personaje, miembro fundador y líder espiritual de los mencionados Throbbing Gristle, es una de las cosas más chulas que le ha pasado al mundo del arte –sí, del arte- y no solo de la música. Un tipo controvertido y problemático que acaba de pasar a mejor vida, según parece, tras una larga lucha contra la leucemia.

El asunto y a eso es a lo que iba, es que Genesis la ha palmao y esto también parece ficción. Porque creía que era un personaje inmortal, como los vampiros estilizados de las sagas creadas por Anne Rice. O como Jordi Hurtado. Con esta muerte, junto a la de gente como Mark E. Smith hace un par de años, se nos están yendo casi todos los referentes del underground sin que se atisbe mucho más en el horizonte. Y no consta que nadie esté postulando a las vacantes, lo que más que una realidad es un puto drama.

No os voy a engañar, a los Gristle llegué tarde y mal, como a tantas otras cosas en esta vida. Es más, hay discos de la banda británica que apenas si he escuchado. Respecto a sus míticas performances, repletas de sexo, defecaciones, mutilaciones y demás cuestiones contrarias a la moral y al sistema de valores tradicional, tan solo he leído cosas. Bueno, algún vídeo he visto. Teniendo en cuenta que Genesis, Chris Carter, Cosey Fanni Tutti y “Sleazy” Christopherson configuraron esto como un proyecto escénico artístico, por encima de la cuestión musical, pues ya me contaréis…

Con todo, aunque sea a la distancia y a través de un altavoz, me lo he pasado de puta madre con su mierda desquiciada. Sobre todo los primeros discos, con los que si me he dado el tiempo… Esos sonidos atonales, esquizoides y provocadores... Y especialmente “20 Jazz Funk Greats” de 1979, su ópus magnum, que es el álbum del que os hablaba un poco más arriba. Aquel en el que mejor se plasma el espíritu dadaísta de una banda que no admite comparaciones. Un trabajo que no incluye nada de jazz, ni de funk y mucho menos cualquier atisbo de éxito. Ni siquiera las veinte canciones que promete. Con esa portada que parece la de un grupo de música facilona, con los cuatro miembros de la banda acicalados para la ocasión, posando frente a un bonito paisaje. En algún momento supe que aquello que se ve al fondo es una playa de Sussex que causa furor entre los suicidas. Así pues el envoltorio supone la primera provocación de un trabajo de “terrorismo sonoro” (tal cual lo definió el mítico Jon Savage), que sentaría las bases de la electrónica experimental en años venideros.

Throbbing Gristle se separarían poco tiempo después de publicar este disco. El fallecido Genesis P. Orridge (Q.E.P.D.) fundaría los no menos míticos Psychic TV e iniciaría un proceso de transformación corporal en aras a parecerse cada vez más a su esposa. Y más allá de lo brutal del proyecto personal, en lo meramente musical la cosa ya me interesa menos. Que también puede ser que no lo haya oído lo suficiente… Es verdad que es en esta etapa cuando se produjo la recordada actuación en el programa de la Chamorro. Pero yo era un niño, xé. Sorry.

Y este es mi humilde homenaje a Genesis P. Orridge y a los Throbbing Gristle… 
Bueno, esto también…
¿A que chana la camisa?

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Que por cierto “Throbbing Gristle” vendría a significar erección, en jerga de Yorkshire. Y en España, quien homenajeara con más éxito a la acción de erguir o erigir el pene, con agrandamiento y estado firme, sería el hijo del Fary -En el mundillo de la música, que os veo venir-. Creo que con eso está todo dicho. 
(Os dejo el vídeo enlazado, pero no os hagáis daño… Lo digo en serio).

sábado, 21 de marzo de 2020

El angelito negro de Douglas P. y la piel de plata del Javier Calvo bueno


¿Es el “But, What Ends When the Symbols Shatter” el mejor disco de Death in June? Pues hombre, no sé si sería justo relegar de esa honrosa posición al “Nada Plus!”, el “Operation Hummingbird”, el “Brown Book” o al “Take Care & Control”. A mí personalmente el que más me gusta es el “Rose Clouds of Holocaust” y mi canción favorita ni siquiera está incluida en él, sino en el “Oh How We Laughed” -se trata de “State Laugther”, por motivos sentimentales chungos y también por esas trompetas locas seguidas de la gloriosa tamborrada y esos ruiditos que suenan a sci-fi ochentero-. Pero vaya, que peña más sabía y dedicada a estas cuestiones del neofolk, suele concluir que sí. Decantándose por este icónico álbum publicado el mismo año en el que se celebraron las Olimpiadas de Barcelona. Con esa portada en la que se homenajea, de forma poco disimulada, a Benito Mussolini. También de alguna manera al líder homicida del People’s Temple. Y es que varios de los cortes son reinterpretaciones de las soflamas del reverendo Jim Jones. Entre ellas “Little Black Angel”, una de las piezas más celebradas en la larga trayectoria musical de Douglas Pearce y que me da pie para introducir mi última lectura: “Piel de plata”.

Firmado por Javier Calvo, que también es un fenómeno, aunque le tuviese medio olvidado. Alguien a quien conocí primero a través de sus artículos musicales -entiéndase esto en un sentido amplio-. Bueno, también en su faceta de traductor. Y es que es responsable de haber traducido varias obras de Foster Wallace, Palahniuk, Don DeLillo o Donald Ray Pollock que me he leído. Pero vaya, que de todo esto ya os hablé en otra entrada y no es cuestión de repetirse. De hecho, aquel post iba sobre la novela con la que conocí al Javier Calvo escritor:“El jardín colgante”. Mi único acercamiento hasta el momento al universo fabulado por Calvo. Y resulta inexplicable que habiendo pasado casi ocho años desde aquello, aún no me hubiese echado al gañote nada más de una cosecha que incluye un buen número de publicaciones. Porque como dejé escrito, aquella obra me maravilló. Ni que hablar de sus recomendaciones musicales, literarias o culturales así en general, cada vez más difíciles de rastrear por la web.

“Piel de Plata” es la historia de un crío bastante rarete -y enfermo- que se pasa el día leyendo novelitas de ciencia ficción. Un día, en la sala de espera del psiquiatra, conoce a una chica y queda fascinado. Es mayor que él y se supone que más inteligente, aunque a la postre lo único que queda claro es que está muchísimo más loca. Con ella descubrirá la obra del poeta Juan Eduardo Cirlot y esos mundos más allá de su comprensión -y la de casi cualquiera-. También a los mencionados Death in June, a través del “But, What Ends When the Symbols Shatter” y muy especialmente de ese angelito negro que nada tiene que ver con los de Machín y tan hipnótico resulta en boca de Douglas P. Tras una serie de encuentros y desencuentros producidos en una Barcelona menos mediterránea de lo que les gustaría a sus políticos -y a los propios barceloneses, supongo-, vemos como esta suerte de Holden Caulfield posmoderno y con atracción por la oscuridad, transita el mito de la adolescencia. Y eso es básicamente “Piel de plata”. Más o menos. Bueno, eso y un reconocido homenaje a Michael Moorcock, prolífico autor de fantasía épica y asiduo letrista de los pesaos de Hawkwind.
“El día que los extraterrestres lleguen a la Tierra no será como nos lo han contado mil veces los novelistas de ciencia-ficción. Los extraterrestres no levantarán una manita de tres dedos a modo de saludo, ni tampoco harán unos pitiditos simpáticos que con el tiempo nuestros científicos podrán descifrar y a los que podrán replicar. Cuando los extraterrestres lleguen a la Tierra, lo más seguro es que se estrellen porque no estén familiarizados con el concepto de suelo. O bien no entenderán que los pobladores del planeta somos nosotros y no nuestras casas. O no caerán en la cuenta de que nuestro lenguaje está asociado con las vibraciones que salen de los agujeros en la cara, porque en su planeta no habrá agujeros, ni caras, ni vibraciones, ni mucho menos pequeños glifos de tinta de un papel que se interpretan con unos orbes mojados que hay en medio de esa cosa llamada cara.”

Un canto a la juventud y a la rebeldía repleto de interesantes referencias que como novela y pese a resultar entretenida, no es tan buena como “El jardín colgante”. Quizás es que siempre me ha costado entrar en el rollo de Hawkwind… Y eso que tengo bastante material original heredado. Eso sí, está muy bien escrito.
My little black angel as years go by ... I want you to fly with wings held high... I want you to live by the justice code... I want you to burn down freedom's road...”

jueves, 19 de marzo de 2020

Limónov, desde Dzerzhinsk al infierno

Dzerzhinsk es una ciudad rusa situada a unos ochocientos kilómetros de Moscú que debe su nombre al primer jefe de la NKVD -el temido departamento soviético de asuntos internos-. Fue además uno de los principales centros de producción de armas químicas de Rusia, con acceso vetado a los occidentales hasta hace cuatro días. Ahí mismito nació Eduard Veniamínovich Savenko, más conocido como Limónov, el escritor de esta macarrada y el protagonista de esta otra. Y no parece casual. Supone un comienzo perfecto en la vida de este aventurero, playboy y militante anarco-fascista -admirador de Stalin y la vez amigo de Karadzic o Le Pen padre- cuya biografía parece el guión de una peli de Tarantino. El fulano que creó y lideró a los nazbol hasta anteayer, cuando pasó a mejor vida. Y es que ya no podremos volar a Moscú y hablar con Limónov de sus planes de gobierno

Ícono underground, Limónov se dio a conocer a través de una serie de novelas en las que narra su exilio en los EEUU a mediados de los setenta – “Soy yo, Édichka”“Historia de un servidor” y “Diario de un fracasado”-. Si bien, mi puerta de entrada al universo del artista fue la fantástica biografía firmada por el rusófilo Emmanuel Carrère. Ya en plena década de los ochenta se mudaría a París, donde participará en varias revistas literarias. Sus trabajos en esa época, también autobiográficos, van más en línea de escandalizar a la plebe con sus historias sexuales –“El poeta ruso prefiere los negrazos”-. Regresaría a su país natal ya en los noventa, coincidiendo con la caída del régimen soviético, para centrarse en cuestiones políticas. Dando cauce a su verborrea delirante a través del periódico Limonka, a la sazón boletín oficial del Partido Nacional Bolchevique, fundado por él mismo. Acusado de terrorismo, conspiración por la fuerza contra el orden constitucional y tráfico de armas, acabaría dando con sus huesos en la cárcel. Pero eso no contuvo su actividad y, una vez fuera, montó La Otra Rusia para continuar esparciendo su mensaje político contradictorio, casi siempre opuesto a Putin, aunque menos hacia el final. Gracias sobre todo a su sesgo nacionalista en temas como el de la anexión rusa de la península de Crimea.

Un tipo que se desenvolvió en la vida como un pececillo de plata entre el papel impreso. No discriminando entre ídolos e ideologías. Capaz de navegar entre los textos de Lenin y Hallier, admirar las bondades del capitalismo para luego criticarlo y ensalzar el modelo soviético. Incorporando casi cualquier cosa al batiburrillo de cuestiones sin sentido y lecturas medio digeridas que había en su cabeza. También es verdad que, como dijo en una entrevista reciente, “cada cosa tiene su tiempo, eso es todo. Hay uno para las tetas y los muslos de Maggie, reina de la cocaína, y otro para el fusil de asalto Kalashnikov”. ¡Ea! Descansa en paz tío loco.

martes, 17 de marzo de 2020

“Nuestra parte de noche”, de la Enríquez


Tendemos a enfatizar el hecho de que los dioses de la antigüedad gozaran de poderes sobrehumanos, pero me parece más esclarecedor el uso poco amable de los mismos, por decirlo de una manera suave. La voluntad impuesta de Zeus, Wotan u otros mendrugos adorados por diferentes culturas de aquí y allá resultaba, en no pocas ocasiones, caprichosa, egoísta y lesiva. Supongo que es lo que tiene ser inmortal y disfrutar de las capacidades de someter a cualquiera. Con todo, se supone que algunos usaron esos poderes más centrados en aquello de hacer el bien –y lo que cojones signifique eso- que en lo contrario. De ahí la responsabilidad de cada cual a la hora de declararse acólito del Superman de turno. Y es que la elección de deidad dice más de nosotros que de la propia deidad, que dejó escrito alguien. En mi caso y si fuese capaz de pasar por alto mi ateísmo militante, bebería los vientos por un Dios del tipo destroyer. Aunque puestos a pedir preferiría que los súper poderes me los confiriesen a mí y ser yo el ungido… ¡Os ibais a cagar! ¿Habéis visto “Chronicle” o “El hijo”? Una mariconá al lado de lo que iba a ser esto...

Todo para introduciros a la peña de La Orden, culto dedicado en cuerpo y alma a la veneración de un Dios antiguo que se manifiesta como una oscuridad voraz. Los miembros del mismo conocen a este Dios y le piden cosas chungas, porque en general son más malos que un dolor de muelas. O que el coronavirus, que resulta más actual. Cierto que esto de La Orden no existe en nuestra realidad, al menos que sepamos. Es una invención terrorífica de Mariana Enríquez incluida en su último libro “Nuestra parte de noche”. Una novela tremenda en la que valoriza las supersticiones, los mitos góticos y las leyendas de los pueblos originarios, que resulta siniestra, poética, tierna y hasta política. ¿Qué no puede ser? Acábatela y después me cuentas.

La cosa comienza con un padre y un hijo que atraviesan Argentina por carretera, desde Buenos Aires hacia la frontera norte con Brasil y Paraguay. Son los años del Proceso de Reorganización Nacional, la dictadura que se instaló en la patria del flaco Spinetta y Borges entre el golpe de estado de 1976 y el gobierno de Alfonsín. Descubriremos que el padre trata de protegerlo del destino que le ha sido asignado. Una condena heredada que seguramente le arrastrará a él, médium del culto arriba mencionado, como ya se llevó por delante a la madre, muerta en circunstancias poco claras. Al final “Nuestra parte de noche” resulta ser una suerte de road trip trasandina que incluye una reflexión sobre la paternidad en un sentido amplio. Y es que el extraño vínculo entre los protagonistas principales y la reflexión sobre si algunas cosas merecen realmente la pena, son con mucho lo mejor de la novela.

Sin olvidar que es un libro de la Enríquez y por lo tanto esencialmente una novela de terror alla maniera di, es decir, vinculando lo cotidiano y la realidad política de su país, con el consabido interés por lo esotérico, los mundos paralelos y los rituales. Influida por la narrativa gótica clásica, las novelas victorianas, las historias “juveniles” de Stephen King, el viaje post apocalíptico dibujado por McCarthy en “La Carretera”, los mundos mágicos del chalao de Jodorowsky, pero también el rock y el cine. ¡Si hasta hay un cameo de Bowie!

La novela, cuya única pega es que, quizás, sea excesivamente larga, está escrita de una forma muy guay. Variando según las voces de quienes la protagonizan y hacen de narradoras. Partiendo de un verso en un poema de Emily Dickinson, se estructura en seis partes, reflejando puntos de vista diferenciados que abordan diferentes épocas que van desde el Londres bohemio y libertino de los sesenta, al Buenos Aires juvenil de los noventa. La verdad es que me ha parecido un novelón en todos los sentidos. Lo del Premio Herralde me la suda, aunque supongo que a ella no, claro.   

domingo, 23 de febrero de 2020

Lo de Gospelbeach en El Loco

Hace un par de viernes estuvieron por aquí Gospelbeach, otra de esas prominentes bandas de americana® que con su sonido y apariencia desbordan los límites de tan manoseada etiqueta. Yo estuve. Y moló bastante. 

Antes de nada y como no soy de esconderme, reconoceré que me costó engancharme a su última propuesta. Es más, cuando salió “Let it Burn” a mediados del pasado año, pasé bastante de él. Y eso que no es un disco cualquiera y ahora lo puedo decir. Creo que incluye varias de las mejores composiciones en la aun corta trayectoria del combo angelino. Como banda, se entiende, que el amigo Rademaker tiene una brillante historia con Beachwood Sparks y The Tyde. Como también la tenía Neal Casal, cuyo fallecimiento marcó el lanzamiento de este álbum y seguramente el devenir de Gospelbeach. Por otra parte, también tengo que decir que al “Another Summer of Love”publicado tan solo un par de años antes, lo rallé de las vueltas que le pegué.   

Volviendo a la figura de Casal -na´que ver con Tino ni con Luz, que yo sepa-, quien volvía a la banda tras un corto periodo de ausencia, decir que su perdida es una verdadera pena. La muerte de (casi) cualquiera lo es, obviamente, pero en este caso y para el asunto que nos ocupa, el meramente musical, resulta dramático. Y es que la sombra del guitarrista de New Jersey es alargada y su impronta se hace harto evidente en todo “Let it Burn”. Le echarán en falta. También en el directo. De hecho, al menos aquí en Valencia, sus compañeros no dudaron en recordarlo en no pocas ocasiones. 

El caso es que con o sin él, esta cosa de Gospelbeach transita entre la psicodelia, el rock setentero, el country, las melodías sedosas y también los ramalazos guitarreros, los guiños a los Byrds, a Buffalo Springfield, a Gram Parsons y hasta a los Grateful Dead. Y todo eso es lo que mostraron en El Loco, que no es poco. Bueno, también fardaron de pelazo. Especialmente el fichaje de la guitarrita. ¡Porque menudas melenas se gastan mondié! Y lo dice uno que tampoco se puede quejar y que además ha decidido poner en práctica aquello de a la vejez viruelas.

Como ya os he comentado el concierto estuvo la mar de bien. O sea, más que bien. Aun hoy me debato entre si fue muy bueno o muy muy bueno. De lo que no tengo dudas es de que resultó un espectáculo súper divertido y tremendamente disfrutable. Y es que el señor Rademaker -a diferencia de alguno de sus compañeros- tiene alma de showmana pesar de que abuse con la longitud de los speechs, consigue hacer más amenos hasta los interludios. Con todo, lo mejor siempre será la música y en ese ámbito brillaron un sinnúmero de canciones con aroma a clásico. Al tiempo. Por allí desfilaron temarros como “Dark Angels”, “Baby (It’s all your fault)”, o la deliciosa “Bad Habits”, incluidas en su último elepé, pero también “Hangin’ On”, “In the Desert”, “Strange Days” o la más country “California Steamer”, de discos anteriores. Incluso se atrevieron a adaptar una pieza de Jim Lowe incluida en la banda sonora de “Érase una vez en... Hollywood” -la última de Tarantino- y por supuesto al mencionado Neal Casal interpretando alguna de sus creaciones en solitario. 

Y eso fue todo. Más o menos. Antes subieron al escenario unos granaínos de glorioso nombre y poco más. La verdad es que no me gustaron nada así que, ¿para que hacer sangre?

domingo, 16 de febrero de 2020

Micapé, el amigo Samuel, la monguerada y la Marina del emérito...

Pues yo venía aquí a hablar de Micapé y la relación de amor odio que sostengo con este texano escuchimizado desde el 2007 o así. Pero vaya, que va a ser que no. Todo por culpa de ese maravilloso público valenciano del que ya he dicho en alguna ocasión que es la mayor mierda que existe en el Firmamento. Y da igual cuando leas esto porque hay cosas que nunca cambian. Os lo cuenta uno que tenía la esperanza de que la cosa fuera diferente, tras dos años largos de alejamiento de las plateas del terruño.

Luego está la cosa esa de la gratuidad, circunstancia y condición de la que cada vez estoy más convencido que es una puta mierda. Primero porque, como dice el refrán, nadie da duros a cuatro pesetas. Y eso viene siendo así desde que los primeros hombres se dedicaban a recoger bayas y cazar mamuts. Después porque la prestación de cualquier servicio sin que se nos exija alguna forma de pago, termina indefectiblemente en una minusvaloración de lo ofrecido. A veces -muchas- directamente en una no valoración del bien o servicio. De esto saben mucho los artistas. Sobre todo los que pasan por Valencia. Y es que celebrar un concierto gratis en el Cap i Casal supone asumir que te vas a apostar ante una reunión de cotorras maleducadas pasando de tu culo. Vamos, que lo mismo les da estar allí que postrados en el bareto de la esquina, ¡Pero están allí! Y dando por el culo...


En el show de hace dos sábados en La Pèrgola, no había ni veinte personas atentas al panorama. Mucha modernor, eso sí, repartida en cuadrillas e incluso con los churumbeles a cuestas, que debían ser proto-fans de Micapé o del amigo Samuel Reina, encargado de abrir hostilidades. Ya, ya… Seguro. También estaban presentes sus mascotas con pedrigrí y en primera fila, por supuesto. Que mucho animalismo y mucha polla, pero luego ahí jodiendo a los perritos, que ladraban como si no hubiera un mañana. Tan puestos que están y desconocen eso de que el animalico escucha hasta tres veces más fuerte de lo que lo hacemos nosotros. Así pues, como veréis, fue una mierda todo. Hasta el punto de fantasear con que apareciera por allí el chino ese al que se le cayó la probeta con el coronavirus i a fer la mà!

¿Y el concierto bien, no? Pues hombre, ¿qué queréis que os diga? Bastante hicieron los artistas aguantando sobre el escenario como si alguien allí le importaran las canciones. Y lo cierto es que la banda de Samuel Reina no sonó mal. Su rollito folkie intelectualizado tiene su aquel. Eso sí, mejor en castellano que en inglés. Respecto a Micapé, pues eso, que es Micah P. y va a su puta bola. Hay que quererlo así, aunque a veces cueste. Cierto que yo le quise mucho, pero las últimas veces que había pasado por Valencia me tocó bastante los cataplines. Por no decir que dio vergüencita ajena. Con todo, es indiscutible que esos diez álbumes a las espaldas le convierten en uno de los compositores gringos más sólidos de su generación. Que es la mía, más o menos -de hecho él es más joven, aunque cualquiera lo diría-. Y de los de su Liga no vienen tantos por Valencia. También he de decir que, gracias al bolo, me he reenganchado al “When I shoot at you with Arrows I Will Shoot to Destroy you” del cual sonaron varios temas -muy bien- y del que pasé bastante en su momento. Cierto que hubiese molado más que el hombre llevase a efecto la amenaza contenida en el título. Ahí sí que se lo hubiera perdonado todo. Lo pasado y lo futuro. 

Y hasta aquí puedo leer.
Sorry por la tardanza. 

viernes, 7 de febrero de 2020

El Ranking, Xé –a petición popular-


Respondiendo directamente al llamado del Crespo, aunque con la suficiente demora como para que esto ya no interese a nadie, ahí va mi lista ordenadita con los treinta y seis mejores discos publicados durante el pasado 2019 acompañados de sus buenos caldos chilenos –¡toma guiño!-. Eso sí, ni una explicación ni media... Pa'qué!?

1.       “Two Hands” de BIG THIEF ft. COYAM de Emiliana, Valle del Maule
2.      “Twelve Nudes” de EZRA FURMAN ft. AMAYNA SAUVIGNON BLANC de Viña Garcés Silva, Valle del Leyda
3.      “Dogrel” de FONTAINES DC ft. PARCELA #7 de Viña Von Siebenthal, Valle del Aconcagua
4.      “Falha Comum” de RAKTA ft. GRAN TERROIR DE LOS ANDES CARMENERE de Casa Silva, Valle Central
5.      “U.F.O.F.” de BIG THIEF ft. MARQUÉS DE CASA CONCHA CABERNET SAUVIGNON de Concha y Toro, Valle del Maipo
6.      “Wire Mountain” de WILL JOHNSON ft. CHATEAU LOS BOLDOS GRAND RESERVE CARMENERE de Viña Los Boldos, Valle de Cachapoal
7.      “Useless Coordinates” de DRAHLA ft. COOL COAST SAUVIGNON GRIS de Casa Silva, Valle de Colchagua
8.     “Not Waving, but Drowning” de LOYLE CARNER ft. MARQUÉS DE CASA CONCHA CARMENERE de Concha y Toro, Valle del Maipo
9.      “Father of the Bride” de VAMPIRE WEEKEND ft. KALFU KUDA CHARDONNAY de Viña Ventisquero, Valle del Leyda
10.  “Danser Danser Danser sur les Ruines” de MICHEL CLOUP DUO ft. ARBOLEDA PINOT NOIR de Viña Arboleda, Aconcagua Costa
11.   “Comanchería” de LOS CHIKOS DEL MAIZ ft. PÉREZ CRUZ LIMITED EDITION CARMENERE de Viña Pérez Cruz, Valle del Maipo
12.  “Victory is Rated” de DARK BLUE ft. KALFU KUDA SAUVIGNON BLANC de Viña Ventisquero, Valle del Huasco
13.  “Deceiver” de DIIV ft. PEQUEÑAS PRODUCCIONES – SAUVIGNON BLANC de Bodegas Casas del Bosque, Valle de Casablanca
14.  “Truant” de BENEDICT BENJAMIN ft. TELMO & RUTH de Viña las Tinajas, Valle del Maule
15.  “Schlagenhem” de BLACK MIDI ft. HACEDOR DE MUNDOS CABERNET SAUVIGNON de Gillmore, Valle del Maule
16.  “Problems” de THE GET UP KIDS ft. MISIONES DE RENGO GRAN RESERVA MERLOT de Viña Misiones de Rengo, Valle de Cachapoal
17.   “When I have Fears” de THE MURDER CAPITAL ft. UNDURRAGA TH CARMENERE PEUMO de Undurraga, Valle del Peumo
18.  “Midnight” de STEF CHURA ft. TRABUN SYRAH de Trabun Wines, Alto Cachapoal
19.  “Designer” de ALDOUS HARDING ft. PÉREZ CRUZ CABERNET SAUVIGNON RESERVA de Viña Pérez Cruz, Valle del Maipo
20. s/t de AMYL AND THE SNIFFERS ft. MAYCAS DEL LIMARÍ SUMAQ PINOT NOIR de Maycas del Limarí, Valle del Limarí
21.  “In Search of the Miraculous” de DESPERATE JOURNALIST ft. PEQUEÑAS PRODUCCIONES – PINOT NOIR de Bodegas Casas del Bosque, Valle de Casablanca
22. “10000” de VERSING ft. GRAN RESERVA TARAPACÁ ORGÁNICO de Viña Tarapacá, Valle del Maipo
23. “H.A.Q.Q.” de LITURGY ft. QUELEN de Viña Pérez Cruz, Valle del Maipo
24. “Ghosteen” de NICK CAVE & THE BAD SEEDS ft. MONTES ALPHA MALBEC de Montes Alpha, Valle de Colchagua
25. “A Dream is You” de FRANCIS LUNG ft. CASA SILVA CUVEE COLCHAGUA CARMENERE de Casa Silva, Valle de Colchagua
26. “Hospital Lullabies” de MUERAN HUMANOS ft. APALTAGUA CABERNET SAUVIGNON GRAN RESERVA de Viña Apaltagua, Valle de Colchagua
27.  “Fuerza Nueva” de FUERZA NUEVA ft. DONNA MARIA SYRAH de Viña Falernia, Valle del Elqui
28. “Love is Here” de CROCODILES ft. VINO BLANCO COOPERADO de Cooperativa del Marga Marga, Valle del Marga Marga
29. “Niño Futuro” de RAFAEL BERRIO ft. VERAMONTE RESERVA MERLOT de Bodegas Veramonte, Valle de Casablanca
30. “In Plain Sight” de HONEYBLOOD ft. LAPOSTOLLE LE ROUGE de LAPOSTOLLE WINES, Valle de Colchagua
31.  s/t de DERBY MOTORETA’S BURRITO KACHIMBA ft. GREY (GLACIER) CARMENERE de Viña Ventisquero, Valle del Maipo
32. “Six Lenins” de THE PROPER ORNAMENTS ft. MAX RESERVA CABERNET SAUVIGNON de Viña Errázuriz, Valle del Aconcagua
33. “Remind me Tomorrow” de SHARON VAN ETTEN ft. ODFJELL ORZADA CARIGNAN de Viña Odfjell, Valle del Maule
34. “When we all Fall Asleep, Where do we Go?” de BILLIE EILISH ft. 1865 CARMENERE de Viña San Pedro, Valle del Maipo
35. “Fireraisers Forever” de COMET GAIN ft. LA CANCHA CABERNET SAUVIGNON de De Martino, Valle del Maule
36. “Infest the Rats’ Nest” de KING GIZZARD & THE LIZARD WIZARD ft. ATTILIO & MOCHI MALBEC de Attilio & Mochi, Valle de Casablanca

miércoles, 29 de enero de 2020

Leyendo voy, leyendo vengo y por el camino me entretengo...


Ei xics, que ya estoy de vuelta y que cómo cantaba Peret no estaba muerto, estaba de parranda. Más o menos. O menos que más - Ni cerca, vaya-. El caso es que tras sortear todo tipo de dificultades cual Asterix en “Las 12 pruebas”, por fin me he medio instalado en la terreta que me vio nacer. Y el tema es que, además de realizar un sinnúmero de gestiones ante todo tipo de organismos y de padecer a esa peña que se le hace el culo Pepsi Cola con el piso heredado de la abuela Angustias, también me ha dado tiempo para leer un poco. O mucho. Bueno, no sé si tanto, aunque a mí me lo ha parecido y dadas las circunstancias...

Y lo primero que me eché al gañote fueron las “31 Canciones” de Nick Hornby. Delicioso compendio de artículos en el que el autor de “Alta Fidelidad” escribe sobre una treintena de temas que forman parte de la banda sonora de su vida. Comienza muy bien con Teenage Fanclub y termina espléndido con Patti Smith y una bonita anécdota. Por el medio desfilan canciones de Van Morrison, Bob Dylan, Paul Westenberg, Suicide, Richard & Linda Thompson, Bruce Springsteen, Marah, Santana, Badly Drawn Boy, Aimee Mann, Ian Dury, Röyksopp o Nelly Furtado... Sí, la de “I’m like a bird”, que li anem a fer? La línea que une todos los capítulos es el intento, más o menos logrado, de explicar que hay en la música pop que nos toca tan adentro. Y así va dibujando un interesante compendio de revelaciones y recuerdos ligados a la música, que en ocasiones resulta maravilloso y en otras -¿Nelly Furtado, nano?- no tanto. Os dejo una playlist por si os interesa. 

Después me metí de lleno en “Me cago en Godard” de Pedro Vallín. Uno de los analistas más interesantes de la actualidad quien, a través de sus artículos en La Vanguardia y sobre todo a fuerza de tuits a cada cual más ingenioso, nos ayuda a entender un poco la jaula de grillos en lo que se ha convertido la política nacional. Y todo ello recurriendo a ejemplos y comparaciones muy ligadas con la cultura popular, especialmente al mundo del celuloide. No se puede obviar que el periodista asturiano era o es, principalmente, un crítico cinematográfico. De ahí que el libro encierre una polémica reflexión en defensa del cine palomitero, al que Vallín tilda de progresista y emancipador frente al cine cultureta. Con bastante socarronería y mala leche, tacha a los grandes del cine europeo de artistas agrandados adictos a la autofelación y a su cine de conservador. En contraposición afirma que el denostado universo hollywoodiense es mucho más reivindicativo e incluso de izquierdas que aquel. Como veréis, la premisa resulta atrayente, sobre todo por como se caga en las teorías hegemónicas instauradas por la crítica tradicional sobre el cine de aquí y de allá. Y siendo cierto que no estoy de acuerdo al ciento por ciento en aquello que defiende y que no le compro algunos planteamientos, el tipo escribe tan de puta madre que... 
Por cierto que la entrevista que le hizo el hoy Vicepresidente Primero del Gobierno en “Otra vuelta de Tuerka” con ocasión del lanzamiento del libro, merece mucho la pena.

De ahí pasé a “Cómo caza un dromedario” de Víctor Nubla, que es harina de otro costal. Otra marcianada más publicada por la peña de Blackie Books. En este caso protagonizada por este polifacético personaje -que además de escritor es diseñador gráfico, editor, músico experimental, organizador de festivales, ilustrador de portadas y hasta opinólogo ocasional-, bastante conocido en la bohemia barcelonesa. Para hacernos una idea y según reza en la contraportada, el tipo vive en Gràcia y cree en las regiones temporalmente autónomas, mostrando un desinterés absoluto por la cultura del brunch. Cuenta que empezó a dibujar antes que a andar y en algún momento descubrió que las palabras son dibujos que explican cosas, por lo que se metió de lleno en el mundillo de las letras, aunque sea más conocido por sus proyectos sonoros con Macromassa, Dedo o Aixònoéspànic. De hecho, según he leído, incluso hay un cóctel en algún garito de la Ciudad Condal que lleva su nombre. Respecto al libro, ¿qué decir? Inclasificable. Hay historias sobre alienígenas, otras muy bizarras que vienen protagonizadas por animales humanizados o no, ensayos en forma de poema, narraciones sobre cosas mágicas que resultan ridículas, cuentos que realmente son fórmulas matemáticas y un puñado de “señoras vestidas de fiesta, perros peinados, borrachos impenitentes, camorristas de tres al cuarto, presentadores de televisión, inspectores de compañías cerveceras, policías de paisano, músicos agarrados a un vaso, gitanos que cantan solos, calles iluminadas de amarillo, almas en pena, penas sin alma, filósofos prácticos”. Tengo que decir que me ha gustado, pero menos de lo que esperaba. Creo que va de más a menos, desinflándose con el transcurrir de los capítulos. Que sí, el librito está organizado en capítulos, aunque tengan poco que ver los unos con los otros.

Y ya para acabar “El Director” de David Jiménez. El controvertido libro de memorias de quien fuera corresponsal y reportero de guerra durante dos décadas, en su fugaz paso por la dirección de El Mundo. Como aquello que comenzó siendo un reto ilusionante terminó en una cruenta batalla por el control del periódico, provocando su despido tras apenas un año en el cargo. Asistimos a los entresijos de una empresa de información que tiene mucho más de lo primero que de lo segundo y en la que, aquel derecho consagrado por el artículo 20.1 b) de la Constitución, pasa con facilidad a un segundo plano. El tipo habla con bastante soltura de las presiones editoriales sufridas, de malsanas influencias y de algunos favorcillos reclamados por el poder económico o el político y que comprometieron la independencia del diario. Poniendo sobre la mesa nombres y apellidos, o sobrenombres tras los que se esconden personajes fácilmente identificables. Una lectura que resulta interesante pero que ofrece menos de lo que promete. Y es que gran parte de las intrigas son bien conocidas y las que no lo son, tampoco extrañan demasiado visto lo visto -y oído lo oído-. Además hiede a que el tipo se ha guardado bastantes cositas y no parece que se deba exclusivamente a una cuestión de auto-protección. O tal vez sí. En todo caso, el tiempo dirá. 

Y esto sería todo por ahora. Estoy con el último de la Mariana Enríquez y lo tengo a punto de caramelo. Pero a este libraco y a su autora prefiero dedicarles una entradita en exclusiva.
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